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La casa de las bellas durmientes o, bien, la tristeza de la sexualidad masculina

20 Feb

Vargas Llosa y García Márquez están convencidos de que probablemente La casa de las bellas durmientes  es la mejor obra de Yasunari Kawabata y un lector dócil dirá sin dudarlo: sí, claro, tiene que ser cierto, puesto que lo dicen dos grandes lectores que además son premio nobel de literatura.

Yo no necesito decir que es una gran obra porque lo dicen “los grandes” sino porque lo sé. Cuando la leí la primera vez -es un libro hermoso que se lee en una tarde- quedé maravillada con la historia, es una historia única, no sé si parte de hechos reales, si en Japón existen este tipo de diversiones para abuelos tristes, pero está tan bien narrada que de ser cierto que los ancianos sufren con este tipo de placeres, lo más probable es que la experiencia de los contempladores de hermosas mujeres vírgenes dormidas y complacientes no es tan hermosa y tan triste como se le presenta al lector a través de las palabras. Aquí la ficción tiene que superar la realidad.

Y por eso es gran literatura, porque no es una colección de chismes estúpidos -como los que estamos acostumbrados a leer en la infamia llamada Literatura Colombiana- sino que es la sucesión de frases perfectamente enlazadas que nos cortan el aliento porque se ven muy bien una después de la otra. Esa historia es el tipo de historia que nunca se olvida aunque hayamos leído muchos libros. Las mujeres dormidas y los recuerdos de los hombres mientras las contemplan nos hacen sentir como si estuviéramos ahí, con ellos, con esos pobres ancianos conscientes de su decadencia, humillados ante la belleza desnuda de niñas dormidas que provocan en ellos sentimientos y sensaciones relacionados con su sexualidad, con la idea que tienen de las mujeres y de los recuerdos que de ellas conservan. Es, por sobre todas las cosas, un encuentro -que se convierte en vicio- con su propia miseria, con el deseo de morir mientras duermen al lado de esas jóvenes que no saben quién es el abuelo de turno que las contempla, las desea y no las puede complacer porque están más cerca de la muerte que de la vida.

La obra original no tiene nada que ver con la traducción en español. La idea que tenemos de Japón, de los rituales de té, de la sensualidad de las mujeres japonesas, de la forma en que los hombres conciben la vida, el amor, la sexualidad y la mujer nos es casi totalmente ajena, pero es seguro que cualquier lector con una pizca de sensibilidad queda hechizado ante las imágenes que pasan por la mente de los viejos tristes que contemplan y yo como mujer siento pena por los hombres -por todos los hombres- mientras leo este libro porque sospecho que esas sensaciones ante el cuerpo y la sexualidad de las mujeres es universal mientras que las mujeres no nos desvivimos por el cuerpo ni por el placer de los hombres porque sus armas de seducción son menos contundentes que las nuestras y porque la experiencia sexual puede tener varios sentidos para las mujeres mientras que para los hombres el sexo es el sexo y el cuerpo de la mujer parece perturbarlos en demasía y, como lo dice el autor, estas sensaciones no tienen que ver necesariamente con las formas, los movimientos y la edad de la mujer, con su bondad, su inteligencia o su alegría sino que cada mujer es la misma mujer y cada una lo perturba de forma diferente.

 

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Alejandro Ordoñez Maldonado admira a Nicolás Gómez Dávila

29 May

La buena noticia es que estoy fascinada con mi descubrimiento reciente: las frases maravillosas de Nicolás Gómez Dávila. La mala noticia es que también le fascinan al Procurador General de la Nación. Le gustan tanto que hasta comparte textos en Word para que todos gocemos con su sabiduría: la sabiduría del pensador colombiano que perfectamente puede compararse con Pascal y con Montaigne  y la sabiduría del Procurador a través de su cuidadosa selección.

Asusta saber que Alejandro Ordoñez tome al pie de la letra algunas reflexiones extravagantes  para esta época de Nicolás Gómez Dávila y que fortalezca su lucha contra el aborto, la comunidad gay, la izquierda colombiana,  la idea que tiene de las mujeres, el poder de la iglesia…  y que seguramente le dé ideas a los miembros del partido nazi  colombiano a costa del ingenio de este intelectual refinadísimo que seguramente no mataba una mosca porque pasaba el día leyendo y pensando en lo que leía.

Si Nicolás Gómez Dávila está en el Cielo debe estar muy preocupado con la apropiación y la interpretación que el hombre más poderoso de Colombia haga de sus textos maravillosos. Con ustedes, una presentación del autor y una selección de citas de nuestro nuevo inquisidor hechas  a su medida y a la de quienes lo admiran. Se trata de una buena lectura que ha caído en las manos equivocadas:

Nicolás Gómez Dávila

SENTENCIAS DOCTAS DE UN PENSADOR ANTIMODERNO O DE UN AUTÉNTICO REACCIONARIO

Santa Fe de Bogotá 2001

Prólogo

“quizás desciendo de esos hombres viejos que en sus cuevas pintaron animales, después ánforas dioses y azulejos y después construyeron catedrales.”

R.P Leonardo Castellani

Nicolás Gómez Dávila es el más importante exponente del pensamiento reaccionario en Colombia y por esa misma circunstancia es un total desconocido para la gran mayoría de los colombianos, incluso para quienes por tener con éste una misma comunión de ideales deberíamos conocer y difundir ampliamente su obra. Sus textos son de muy difícil consecución, circulan fotocopiados en muy restringidos círculos intelectuales, más como una pintoresca muestra de nuestra historia periodística que para señalar la vigencia de sus doctas sentencias.

Nació en Cajicá en 1913 y murió en Bogotá en 1994. A muy temprana edad se mudó a Francia siendo sus institutores sacerdotes benedictinos; durante los cálidos veranos se trasladaba Inglaterra donde completó su formación, nunca asistió a centro universitario alguno, convirtiéndose en el más importante autodidacta colombiano del siglo XX.

Regresó a Colombia a los 24 años y al morir a sus 81 años tenía una de las bibliotecas privadas más grandes del mundo. Cerca de 34,000 volúmenes la conformaban. Allí pasó la mayor parte de su vida, convirtiéndose sin lugar a dudas en un anacoreta urbano.

Recientemente el departamento de historia de la facultad de ciencias sociales De la Universidad de los Andes al hacer referencia su obra, afirmó: “para este bogotano, su verdadera familia intelectual es la de la reacción… él mismo se declaren sus escolios… heredero de un pleito sagrado, receptáculo irrenunciable de una tradición reaccionaría y ultramontana…”

Católico tradicional de esos que nunca se aggiornaron a pesar de las reformas eclesiales, las cuales le causaron gran desazón. La misma publicación señaló más adelante al respecto: “sería erróneo sin embargo, suponer que su catolicismo fue exento de problemas. Gómez Dávila jamás aceptó las reformas litúrgicas del segundo concilio Vaticano y fue un declarado enemigo de las tendencias modernizantes en la Iglesia”. Bastaría con leer alguna de sus sentencias más contundentes sobre la materia: “el segundo concilio Vaticano parece menos una asamblea episcopal que un conciliábulo de manufactureros asustados porque perdieron la clientela”. “En el segundo concilio Vaticano no surgido lenguas de fuego sino un ardiente riachuelo”.

Previó con incomparable agudeza los frutos que al final del siglo XX y en los albores del siglo XXI, se recogerían en un mundo que alborozadamente enarboló desde la Revolución Francesa el dogma del “progreso necesario”. Con su incomparable agudeza, en una de sus sentencias más premonitorias, aseveró: “el adversario de los principios modernos no tiene aliados más leales que las consecuencias de esos principios”.

Podemos afirmar que Gómez Dávila fue un pensador antimoderno que fustigó acerbamente todo aquello de lo cual la modernidad se enorgullece. La autonomía del hombre frente Dios, su soberanía, su agnosticismo, su racionalismo. El profesor Reinhart Maurer de la Universidad libre de Berlín al dictar una conferencia sobre la obra de Gómez Dávila, en el año de 1988, titulada “la posmodernidad reaccionaria”, al referirse a su pensamiento manifestó: “lo posmoderno corre el riesgo de desembocar en una escalación de la modernidad. O de convertirse en una “nueva era” que busca distanciarse de ella. Queda la alternativa de los reaccionarios que asume Gómez Dávila; los únicos que no tienen que asumir que prosiga inexorablemente el progreso de la organización básica tecnológica-tecnocrática-democrática de la sociedad, pues se remiten a lo antiguo cultural y a lo antiguo europeo para demoler las estructuras fundamentales de la modernidad. El ejemplo más impresionante de semejante actitud espiritual que yo conozca la ofrece Gómez Dávila.

La reacción es necesaria para que la humanidad no siga rodando aceleradamente en una dirección cada vez más problemática. Hay reservas importantes que permiten reaccionar y que se fundan en el espíritu premoderno. Aquí se puede encontrar la salida de la trampa tecnológica en la que cayó la humanidad con la historia moderna. Hay quienes formulan así la salida: “pensar en adelante sólo es posible como crítica de las ideologías de ayer en nombre de las viejas culturas de Europa”. Nadie, sin embargo, más consecuente con esto que Gómez Dávila”.

La mayor parte sus obras las escribió en un estilo muy particular. Las sentencias, los aforismos y los escolios fueron el género literario por él utilizado, con razón se le puede considerar como el Pascal hispanoamericano. Temas de la más variada índole fueron tratados por él en dicho estilo, desde la teología hasta la arquitectura, desde la liturgia hasta la política, desde la filosofía hasta el arte.

Me propongo entonces, con criterio doctrinario, catalogar sus escolios que no fueron presentados por el autor en el orden ni con la titulación que aquí aparecen. Es un extracto de su prolija obra que pretendo sea conocida por quienes como él mismo afirma: “conspiramos sin ilusión alguna contra el mundo actual, pacientes, tenaces, porfiados, llevando acaso entre los pliegues de un harapo el destino del mañana”.

Dr. Alejandro Ordoñez Maldonado.

                                                        “Ya que el dogmatismo cambió de campo, la impiedad tiene que cambiar de sitio”

“Hoy toca rechiflar a los santones democráticos”

                              “A los que nos acusan de insolencia recordemos que el que hay que vengar un poco a los simples y a las beatas”

Nicolás Gómez Dávila: un colombiano dispuesto a decir lo que pensaba

28 May

Casi todos los autores se vanaglorian de decir la verdad, de desnudar su alma sensible a través de la palabra pero casi todos mienten, es parte de su condición humana, de su miedo, su interés, su deseo de ser amados, su búsqueda eterna de  vida fácil y cómoda. Reflexionan así: sentirme amado, comprendido y admirado por  mis contemporáneos me asegura un puesto en la historia de la literatura y le da bienestar a mi miserable existencia. Eso deben pensar cada mañana al despertar Héctor Abad Faciolince, Ricardo Silva Romero, Alberto Salcedo Ramos y otros treinta tontos más que se toman por joyas vivas de la literatura colombiana contemporánea. El 98% de estos inocentes seres mueren engañados y son olvidados pronto.

Nicolás Gómez Dávila lo resumiría así:

Del que se dice que “pertenece a su tiempo” sólo se está diciendo que coincide con el mayor número de tontos en ese momento.

Ayer  tuve el placer de leer por primera vez con atención las frases contundentes de este bogotano amargado, fanático, culto, clasista, soberbio y cruel y supe que es como mis autores favoritos, amigos de las sentencias que debieron gozar como niños mientras las escribían y que por lo general son  mansas palomas, gente que pasó la mayor parte de su vida leyendo y que cuando tomaron la mala decisión de compartir un momento con sus semejantes enfermaron al regresar a su cuarto y reflexionaron sobre lo vivido mientras escribían y vomitaban. Casi todos los autores dispuestos a decir lo que piensan son más o menos así.

Nuestro autor no tiene problema en llamar bobo, tonto, idiota o imbécil a su lector y eso es maravilloso. Si escribe de esta manera es porque no le interesa nada, ni siquiera que los demás crean que se trata de un alma sensible:

Los reaccionarios les procuramos a los bobos el placer de sentirse atrevidos pensadores de vanguardia.

El manifiesto firmado por más de tres personas resulta siempre un ejemplo más del mismo tema idiota.

La presencia de un imbécil entristece.

Las nomenclaturas metafóricas (v. g. cuerpo social — cerebro electrónico— etc.) proveen de soluciones y de enigmas al imbécil.

La “explicación” no necesita ser cierta para tranquilizar al tonto.

____________________________

A los escritores de frases maravillosas no vale la pena comentarlos sino citarlos, voy a conseguir todas las frases de este bogotano ilustre y prometo seleccionar las mejores para deleite de todos. Tenía que decir lo admirable que me parece este autor porque es extraño este tipo de escritura en países felices, violentos, despiadados, dominados por la ignorancia, el alcoholismo, la promiscuidad, el mal gusto, la superficialidad y la tontería como Colombia. No somos tan poca cosa finalmente. Hay países que no tienen su Nicolás Gómez Dávila, su José Asunción Silva ni su Fernando Vallejo.

Carolina Sanín se desnuda para El Espacio

17 May

En Colombia -a pesar de internet- todavía se vive con la sensación de que conceder entrevistas para un medio o salir en televisión convierte como por arte de magia al protagonista en Figura Pública. Y entonces vemos a los mejores y a los peores, a  los más finos y a los más vulgares, a los artistas y a los embaucadores, a todos y a todas, en los mismos medios con la misma avidez de sentirse famosos y especiales fingiendo desinterés.

Hay un medio bogotano digno de desprecio entre intelectuales, entre los mejores y entre los peores, ellos se imaginan en una entrevista para Arcadia, SoHo, El Malpensante, Semana y similares. No se imaginan hablando de sus gustos estéticos y  de sus procesos creativos para El Espacio. Ayer me encontré esta joya de colección. ¿tan desesperada de figurar está nuestra joven desencantada?

¿Como en el personaje de tu cuento, ‘Una hoja escrita’, te ha atacado la desesperación como para montarte en un colectivo y buscar el mar a contracorriente en una jungla de cemento?

“No la desesperación, pero la confusión, sí. Alguna vez en un estado de despecho amoroso, cuando viví en España, un día hice toda la ruta en un metro de ida y vuelta hasta la última estación”.

¿Y fue terapéutico?

“Sí, o por lo menos hipnótico”.

¿Crees que la buena literatura, definitivamente, nace de esos estados de opresión y desasosiego?

“No creo. Pienso que las experiencias malas no prevalecen sobre las buenas para hacer literatura”.

¿Cómo nace un cuento tuyo?

“Muchas veces de una reflexión sobre algo, de una observación, más que de una idea para un argumento”.

¿De una imagen, de un olor, de algo que escuchas?

“Realmente, no; más bien de fragmentos de conversaciones que escucho sin darme cuenta”.

¿Eso que llaman chisme?

“Sí, los rumores que terminan siendo parte de la definición de las cosas”.

¿Cómo germina la ávida escritora que hay en ti?

“Supongo que en algún momento me di cuenta, siendo niña, de que llamaba la atención por lo que escribía, entonces me acostumbré a hacerlo”.

¿A partir de qué lecturas?

“No eran unas lecturas específicas, siempre he sido buena lectora, y en algún momento quise imitar los libros que leía y parecerme a sus autores”.

¿Quiénes, por ejemplo?

“En la infancia, los cómics; luego Dickens, cuya obra no se parece en nada a lo que hago, y ya después autores de teatro del Siglo de Oro, escritores españoles posteriores como Juan Ramón Jiménez; los franceses de la ‘nueva novela’; Rulfo, Thomas Pynshon, entre otros”.

¿En tu caso, cómo es la construcción de un cuento?

“De forma diferente, algunos se construyen a partir de notas que he tomado y que luego se van a armando como bloques, mientras que otros crecen más orgánicamente a partir de sí mismos. Es como si se desplegaran de una primera idea”.

¿Qué tan difícil es llevar encima el apellido Sanín?

“No soy una persona muy de familia, es decir que tengo poco contacto con mis familiares en general; a pesar de eso y de que siempre ha sido así desde mucho tiempo, al principio, cuando empecé a publicar en el diario, algunos me atacaron diciendo que me habían dado un espacio allí por mi apellido, cuando eso nunca ha sido cierto”.

¿Pero sí has esculcado en la obra del maestro Baldomero Sanín Cano, tu tío bisabuelo?

“Sí, y lo admiro, pero no lo he estudiado con profundidad”.

¿Nunca te llamó la atención la política?

“Me llama la atención, pero no el ejercicio de la política electoral, sino la crítica del poder”.

¿Más o menos lo que haces desde tu habitual columna de El Espectador?

“Sí, aunque a veces me gustaría involucrarme en movimientos activistas”.

¿Por qué dijiste alguna vez que es un dolor de cabeza escribir esa columna?

“Porque no deja de ser estresante, pero a la larga satisfactorio”.

¿Cuando le vas a dar palo a alguien lo piensas más de dos veces?

“Sí, y suelo suavizar mucho el texto final”.

¿A veces lo haces como un acto de venganza?

“En alguna medida, sí”.

Por ejemplo, ¿la columna que escribiste contra Daniel Samper Ospina, hace ya dos años en El Malpensante?

“No procede en absoluto de una venganza personal. De hecho tengo una relación cortés con Samper Ospina, pero supongo que cumplía un resarcimiento con la actitud sexista generalizada entre los colombianos”.

De alguna manera escribes para Soho, ¿o no?

“No. Publiqué un cuento en Soho hace cinco años y no he vuelto a publicar allí, aunque alguna vez me lo han pedido, pero no comparto su estética, ni su machismo ni su periodismo de explotación”.

¿Cuál es tu lectura de la literatura que se hace en Colombia de quince años para acá?

“Creo que ha habido grandes obras como ‘El Crimen del siglo’, de Miguel Torres; que hay muchos escritores en formación, y también que ha habido obras muy infladas”.

¿Eso que llaman literatura del ‘glamour’?

“Algo así. Digamos que a veces hay unos acuerdos tácitos o explícitos entre un autor ambicioso, un editor conservador, un periodista cultural mediocre y un público conformista que no tiene con qué comparar lo que le dicen que compre”.

¿Crees en las listas de los diez más vendidos?

“Nunca las leo”.

¿Tú sí has corrido con la suerte de que todo lo que escribes lo publican?

“No todo, ha habido textos que se han quedado por fuera, pero todos los libros que he terminado se han publicado, afortunadamente”.

¿Qué le aporta la filosofía a la literatura?

“Ayuda a desconfiar de los lugares comunes”.

¿Quién es Carolina Sanín cuando no está en sus labores de cátedra y de escritura?

“La dueña de un perro y una persona que trata de ser libre”.

¿Neurótica, insoportable, radical, cuadriculada?

“Radical, a veces; cuadriculada, no; creo en la seriedad y no en la solemnidad”.

Pero neurótica, ¿sí?

“Sí”.

¿Por qué esa manía de esconder la belleza en una capul que me recuerda a la de Marta Traba?

“No me parece que sea esconder la belleza y no siempre llevo capul”.

¿Qué puede ser lo más feo que tienes?

“Varios vicios de comportamiento”.

Fuera de tu cuento, ¿cuál es tu ponqué favorito?

“El de ciruela”.

http://www.elespacio.com.co/archivo/component/content/article/103-farndula/farandula/fa4-1d/15618-comiendo-ponque-con-carolina-sanin

Mario Mendoza y Antonio García Ángel

6 Mar

En tiempos de incertidumbre como los que estamos condenados a vivir ni siquiera Edgar Morin es fuente de consuelo. Ni Edgar Morin ni ningún intelectual postmoderno está a la altura de Pierre Bourdieu, el último intelectual comprometido que tuve el placer de leer, el último con quien gocé el placer de la dificultad.

Ahora todo fluye en conferencias y libros de lectura rápida sobre el fin del periodismo, el fin de las instituciones, eras del vacío, renuncia de papas, muerte de Chávez, velocidad de la información, lluvia de asteroides, sociedades líquidas…

Como no hay futuro tampoco hay compromiso, seriedad ni rigurosidad, todo fluye con la velocidad del rayo y nosotros, pobres mortales, románticos soñadores de tiempos pasados, estamos condenados a abrir la boca todo los días ante la inesperado.

Todo transcurre rápido y nada nos garantiza que la reflexión profunda tarde demasiado en gestarse y cuando esté a punto de revelarse el resultado de la investigación nos estrelle el asteroide. Entonces tenemos que hacer todo muy rápido: este post lo redactaré desde un vil café internet ubicado justo en frente de la universidad para la que trabajo. El ambiente es el propicio para estar a tono con el tema que nos convoca: dos libros de autores colombianos reconocidos como algunos de los más influyentes desde hace ya un buen tiempo: Antonio García Ángel y Mario Mendoza.

Antonio García Ángel es un tuitero estrella, los usuarios lo encuentran gracioso, inteligente y de humor sofisticado. El libro que leí se titula Animales domésticos y es una reverenda basura, no muy diferente a lo que se publica en Colombia desde hace más de veinte años. Nuestro artista escribe historias ligeras para ser leídas en la buseta. Estos autores  toman todas las voces, se ven inmersos en situaciones inverosímiles, hacen despliegues inimaginables de humor y creatividad pero una lectora como yo termina asqueada, ofendida y alarmada ante la podredumbre de su estilo, la falsedad de las historias, el modelo eterno que nos recuerda las “crónicas” de la revista SoHo y la idea de que estos pelmazos deben sentirse al lado de Kafka, Joyce, Proust, Musil…

Y no falta el escritor “famoso” y el columnista influyente que se lo hace creer. Nuestro artista es íntimo amigo y admirador de Ricardo Silva Romero y Daniel Samper Ospina ¿podemos esperar algo digno de ser leído fruto de la pluma de este selecto grupo? ¡No!

El libro de Antonio García Ángel lo encontré en la mesa de descuentos de la Panamericana en cinco mil pesos ($5.000) al lado de Ponqué y otros cuentos, de Carolina Sanín (que escribe mucho peor que nuestro artista tuitero). Carolina no tiene cuenta en Twitter, se interesa en temas mucho más estúpidos y publica en Arcadia. ¡Punto para Antonio!

Por el libro de Mario Mendoza pagué treinta y nueve mil pesos ($39.000) y eso incrementa más mi furia contra este narrador filósofo savatereano. ¡Lástima mi plata! El título de libro es La importancia de morir a tiempo y ha sido un verdadero fenómeno de ventas, se agotó la primera edición y ya está a la venta la segunda.

Mario Mendoza es todavía más patético que Antonio García porque se toma más en serio su papel de Maestro, se compara sin rubor con los grandes, se asume como la versión colombiana de Ernesto Sabato y cree que sus melancolías entán emparentadas con las de Flaubert, es un  vendedor de libros profesional, ha aprendido la técnica de Héctor Abad Faciolince: la de hablar en sus libros de bellos sentimientos con palabritas bonitas para engatuzar mejor al lector y hacerlo sentir bien o bueno. Estos libros son una especie de narcótico para olvidarnos de la velocidad, es una buena estrategia editorial para estos tiempos confusos.

Si comparamos La importancia de morir a tiempo con Animales domésticos  es mucho más deshonesto Mario Mendoza porque trivializa temas serios y profundos de literatura, filosofía, psicología, pedagogía…  y los pone al alcance de los niños, de niños de escuela secundaria. En vez de motivar a los jóvenes a leer los clásicos les hace creer que él es el hombre enciclopedia, el hombre sensibilidad, el hombre sabiduría y el hombre madurez y los niños lo deben tomar en serio porque el lector modelo de La importancia de morir a tiempo es no sólo un niño muy ignorante sino, especialmente, un niño muy tonto, mucho más inocente que las admiradoras que suspiran con los trinos bien construidos de Antonio García Ángel.

En fin…

Vivimos tiempos de incertudimbre.

La situación de Carolina Sanín es complicada

5 Feb

Supe de la existencia de Carolina Sanín hace menos de un mes y ese tiempo me bastó para desilusionarme de ella. ¿Dónde supe de su existencia? En Twitter, por supuesto, como supe también allí que hay un personaje lamentable llamado Suso el Paspi y una presentadora de farándula llamada Jessica Cediel que lloró ante Pirry mientras narraba su drama relacionado con una cirugía estética mal practicada. Sí, los profesores de literatura de los Andes ahora son Trending Topic en Twitter como cualquier Amparo Grisales o Natalia París y no precisamente porque escriban literatura o crítica literaria sino porque, como las figuras de la farándula, escriben con el propósito de ser insultados bajo el precepto de Oscar Wilde.

Carolina Sanín no logró hacerse notar con sus lamentables obras literarias ni con sus columnas de señora amargada y ahora, como si se tratara de una caricatura de Fernando Vallejo mimada, se despide de su espacio en El Espectador con un insulto de varios párrafos que sólo se pueden tomar en serio sus eternos enamorados y los jóvenes melancólicos que se deprimen porque llueve y porque no llueve.

No debe ser agradable saberse sobrina de Noemí Sanín, bella, burguesa, doctora en literatura, políglota, feminista, espectadora sufrida de la deplorable televisión colombiana -incluyendo reinados de belleza y conciertos de Juanes- y además de todo eso, solitaria, triste, melancólica y clara en lo que tiene que ver con su odio a los taxistas, el agua embotellada, las mujeres enmorcilladas en sus pantalones debajo de sus botas y sus horribles “rayitos”.

Carolina Sanín, como todo buen principiante que aspira a convertirse en Maestro de Las Letras Colombianas, en este momento adopta el estilo de Héctor Abad Faciolince y Evelio Rosero antes de convertirse en divos, en buenos vendedores de libros, en bebedores compulsivos de whisky en eventos culturales patrocinados por El Malpensante, Soho o Arcadia (no debemos olvidar que nuestra sufrida escritora ha publicado en estas revistas); pasa por la fase en que sufre, llora y se lamenta porque nadie comprende la hondura de su pensamiento, el estilo de su prosa, los mensajes cifrados que se ocultan en párrafos de aparente sencillez.

No quisiera estar en el cuerpo de Carolina Sanín, no debe ser fácil soportar el peso de un apellido y una familia, estar bajo la sombra y seguramente la tutela de una tía que pocas escritoras quisieran tener, un rostro hermoso que excita a hombres ordinarios que sueñan con un beso de la mujer seria que escribe cuentos para niños que no soportan ni siquiera los niños, la misma mujer que seguramente ha estudiado con juicio los clásicos de la literatura tal vez con la idea de que en estos tiempos la literatura significa lo mismo que significaba hace veinte años, una mujer demasiado seria y exquisita para soportar los insultos de millones de ignorantes que pasan sus días escuchando música popular y viendo televisión colombiana.

Zonas húmedas: ir al fondo de las cosas hasta vomitar

5 Feb

Helen es una joven de 18 años que se llama a sí misma Helen en su discurso autoreflexivo mientras se prepara y se recupera de una operación de culo: “Estoy horrorizada con el ojo de mi culo, mejor dicho, con lo que ha quedado de él. Es más ojo que culo” (Roche. 2009: 47). Es observadora, analítica y está obsesionada con la verdad, la verdad relacionada con el cuerpo, la sexualidad femenina y los “desechos”; le acaban de extirpar un trozo de carne que colgada de su culo, y ella necesita ver qué es, en qué se ha convertido esa parte que era suya:

Las cosas siempre salen de manera distinta a como te imaginas. Por lo menos me imagino algo y me figuro ese algo hasta el mínimo detalle; pregunto para contrastar con la realidad y saber más que antes. Así lo he aprendido de papá. Ir al fondo de las cosas hasta vomitar. O casi. Estoy contenta de haber visto lo que fue mío antes de que termine en la incineradora de los residuos hospitalarios (Roche. 2009: 77).

Su madre, una señora pulcra, no le ayuda mucho a resolver sus dudas, al contrario, ha hecho de la niña un ser tímido y avergonzado con su propio cuerpo que lucha sin tregua para erradicar sus prejuicios relacionados con la corrección y la higiene femenina. Helen está obsesionada con la “naturaleza”:

Todos somos animales deseosos de copular. Y preferiblemente con seres que huelen a coño – El olor a chocho, polla, sudor, nos pone cachondos a todos- La mayoría de la gente está desnaturalizada y piensa que lo natural apesta y que lo artificial huele a gloria (Roche. 2009: 22).

El origen de la enfermedad de Helen tiene que ver con la educación recibida de su madre:

Que en los asuntos del coño sea tan sana y en los del ano tan estrecha, se debe a que mi madre me adoctrinó en una cagafobia inmensa. Cuando era pequeña me decía muchas veces que ella nunca hacía aguas mayores. Y que tampoco tenía necesidad de tirarse pedos. Que se le guardaba todo adentro hasta que se disolvía. Lógico, pues, que yo esté como estoy (Roche. 2009: 73).

Helen disfruta comiendo, saboreando los “residuos” las costras, los fluidos de su cuerpo y los de otros:

Y así me bebí por primera vez en mi vida los vómitos de otra persona, y a litros. Mezclados con los míos. A grandes tragos y alternando. Hasta que el cubo quedó vacío (Roche. 2009: 63).

Sus placeres favoritos son el sexo con hombres y con mujeres, el goce con su propio mal olor, masturbarse y masturbar, cultivar aguacates y frecuentar el puticlub para resolver dudas, para ver, preguntar y practicar, siempre con mujeres, preferiblemente de raza negra:

Hace poco, en una de mis excitantes visitas al puticlub, aprendí algo más sobre hemorragias y tampones. Resulta que ahora frecuento a menudo esos sitios para explorar el cuerpo femenino. Porque difícilmente puedo preguntarles a mi madre o mis amigas si están dispuestas a abrirme un rato sus vaginas para que pueda satisfacer mi lúbrica sed de conocimientos. No me atrevo (Roche. 2009: 109).

Helen no quiere ser una mujer cuidada, las desprecia:

Las mujeres cuidadas se hacen las uñas, las manos, la cara, los labios, el pelo, la piel, los pies, se pintan, se depilan, se tiñen, se rizan, se esmaltan, se exfolian y se untan con crema.

Se sienten tiesas como una estatua rococó porque cuánto trabajo han invertido y quieren que les dure el mayor tiempo posible.

¡Quién se va a atrever a sobar y follar a esas tías!

Todo lo que se considera sexy, el pelo revuelto, los tirantes cayéndose de los hombros, el brillo de sudor en la cara, de una imagen de desorden, sí, pero llama al toqueteo (Roche: 209: 101).

A Helen le gusta el olor de su propia sangre:

Cuando follo con un chico al que le guste que esté sangrando, dejamos la cama hecha una marranada a lo gore. También me encanta que me lo chupen. De hecho, es una especie de prueba de fuego para él. Después de terminar, levanta la cabeza y me mira con la boca pringada, y yo le doy un beso para que los dos parezcamos un par de lobos que acaban de cepillarse un venado (Roche. 2009: 104-105).

La madre de Helen, como la mujer ejemplar que es, espera que su hija sea madre y abuela. Helen se ríe de ella mientras la oye hacer sus planes:

Al llegar a los dieciocho mi vida ha mejorado mucho, pero también es más cara. Primero, la esterilización. Novecientos euros con anestesia incluida (Roche. 2009: 109).

Helen es una mujer autónoma, decide sobre su cuerpo y decide con quién sí y con quién no, es truculenta, una habilidad no precisamente “femenina”:

Cuando he quedado con un chico para follar después, uso un truco genial como prueba. Como prueba de que soy yo la autora intelectual del polvo y que éste no es producto del azar. De hecho, esas salidas empiezan sin ninguna garantía, no se sabe (Roche. 2009: 97).

Esta novela, es y será una novela que generará polémica. Harod Bloom no sabrá qué hacer con ella, a críticos como él no les interesa mucho ir al fondo de las cosas hasta vomitar si no hay suficiente poesía y en este libro no hay mucha poesía, hay mucha verdad dicha de forma ofensiva, asquerosa, nada que ver con Emily Dickinson ni con Virgina Woolf. Está más cerca de la prosa de Marguerite Duras en El amante, especialmente si se observa desde la inversión de los valores: la mujer escoge, la mujer narra, la mujer goza, la mujer decide, la mujer abandona. A las feministas radicales este libro les debe parecer toda una revelación, pueden encontrar citas abundantes para argumentar sobre la emancipación femenina; si son feministas radicales de las que odian a los hombres y, por esa razón, considerarán que la mejor feminista es también lesbiana concluirán fácilmente que en esta novela lo que hay es un bello canto al lesbianismo. En fin, una novela que vale la pena leer y que se basta a sí misma, se explica y se justifica con su propio estilo.

Roche, Charlotte. Zonas húmedas. Barcelona: Anagrama. 2009. 206 páginas.

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