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La mirada de Antonio García Ángel

11 Ago

No conozco a nadie porque nací arrogante y aunque me he cruzado con mucha gente a lo largo de la vida no hago ningún esfuerzo para recordar nombres, ocupaciones, escalones sociales o posiciones en el hall de la fama. Tampoco recuerdo caras.

Muchas veces me han preguntado por personas con nombre propio y mi respuesta siempre es la misma: no lo conozco. No lo conozco aunque esa persona me conozca, sepa mi nombre, lea lo que escribo, haya conversado conmigo un par de veces y hasta se tome por amigo mío.

Casi siempre camino mirando hacia ninguna parte porque mi ocupación favorita no es mirar sino pensar, pero muchas veces siento que me miran con atención, como si me conocieran y algunas veces miro bien a la persona que me mira tratando de entender quién es y si alguna vez hemos hablado y casi nunca puedo saber quién es el que me mira.

Ayer estaba en la biblioteca y vi que alguien me miraba, lo miré para tratar de saber si sabía quién era y por qué me miraba como me miraba. El me miraba, yo lo miraba, él me volvía a mirar, yo lo volvía a mirar y al final el pobre hombre me miró con mirada lastimera, como de perro apaleado, y yo decidí mirar para otro lado.

Lo mirada lastimera de perro apaleado en el rostro de un hombre me conmovió un poco, me pregunté por qué alguien a quien nunca había visto antes mi miró con esa cara, como si temiera un golpe en la espalda de mi parte con una porra, como si conociera la contundencia de mis golpes y lo implacable de mis palizas.

Mi compañero de viaje estaba haciendo la consulta en la biblioteca y mientras él miraba el catálogo le narré la conmovedora historia, él detuvo un momento la búsqueda, me miró a los ojos y me dijo sonriendo: ¡Es @erizodemar!

Era Antonio García Ángel el hombre con mirada de perro apaleado, la eterna promesa de la literatura colombiana, el remedo de escritor de quien me he ocupado varias veces en este blog, el mismo hombre que me había mirado antes (en Avenida Chile) y yo no había visto y sí había visto mi amigo que goza viendo la mirada y la reacción de otros mientras me miran.

Cuando mi amigo llegó a la biblioteca yo estaba mirando el teléfono y el perro apaleado me estaba mirando a mí. Vio cómo nos miramos él y yo cuando nos saludamos, después me miró con mirada de perro porque seguramente pensó que yo sabía a quién estaba mirando y no, no lo sabía.

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Mario Mendoza y Antonio García Ángel

6 Mar

En tiempos de incertidumbre como los que estamos condenados a vivir ni siquiera Edgar Morin es fuente de consuelo. Ni Edgar Morin ni ningún intelectual postmoderno está a la altura de Pierre Bourdieu, el último intelectual comprometido que tuve el placer de leer, el último con quien gocé el placer de la dificultad.

Ahora todo fluye en conferencias y libros de lectura rápida sobre el fin del periodismo, el fin de las instituciones, eras del vacío, renuncia de papas, muerte de Chávez, velocidad de la información, lluvia de asteroides, sociedades líquidas…

Como no hay futuro tampoco hay compromiso, seriedad ni rigurosidad, todo fluye con la velocidad del rayo y nosotros, pobres mortales, románticos soñadores de tiempos pasados, estamos condenados a abrir la boca todo los días ante la inesperado.

Todo transcurre rápido y nada nos garantiza que la reflexión profunda tarde demasiado en gestarse y cuando esté a punto de revelarse el resultado de la investigación nos estrelle el asteroide. Entonces tenemos que hacer todo muy rápido: este post lo redactaré desde un vil café internet ubicado justo en frente de la universidad para la que trabajo. El ambiente es el propicio para estar a tono con el tema que nos convoca: dos libros de autores colombianos reconocidos como algunos de los más influyentes desde hace ya un buen tiempo: Antonio García Ángel y Mario Mendoza.

Antonio García Ángel es un tuitero estrella, los usuarios lo encuentran gracioso, inteligente y de humor sofisticado. El libro que leí se titula Animales domésticos y es una reverenda basura, no muy diferente a lo que se publica en Colombia desde hace más de veinte años. Nuestro artista escribe historias ligeras para ser leídas en la buseta. Estos autores  toman todas las voces, se ven inmersos en situaciones inverosímiles, hacen despliegues inimaginables de humor y creatividad pero una lectora como yo termina asqueada, ofendida y alarmada ante la podredumbre de su estilo, la falsedad de las historias, el modelo eterno que nos recuerda las “crónicas” de la revista SoHo y la idea de que estos pelmazos deben sentirse al lado de Kafka, Joyce, Proust, Musil…

Y no falta el escritor “famoso” y el columnista influyente que se lo hace creer. Nuestro artista es íntimo amigo y admirador de Ricardo Silva Romero y Daniel Samper Ospina ¿podemos esperar algo digno de ser leído fruto de la pluma de este selecto grupo? ¡No!

El libro de Antonio García Ángel lo encontré en la mesa de descuentos de la Panamericana en cinco mil pesos ($5.000) al lado de Ponqué y otros cuentos, de Carolina Sanín (que escribe mucho peor que nuestro artista tuitero). Carolina no tiene cuenta en Twitter, se interesa en temas mucho más estúpidos y publica en Arcadia. ¡Punto para Antonio!

Por el libro de Mario Mendoza pagué treinta y nueve mil pesos ($39.000) y eso incrementa más mi furia contra este narrador filósofo savatereano. ¡Lástima mi plata! El título de libro es La importancia de morir a tiempo y ha sido un verdadero fenómeno de ventas, se agotó la primera edición y ya está a la venta la segunda.

Mario Mendoza es todavía más patético que Antonio García porque se toma más en serio su papel de Maestro, se compara sin rubor con los grandes, se asume como la versión colombiana de Ernesto Sabato y cree que sus melancolías entán emparentadas con las de Flaubert, es un  vendedor de libros profesional, ha aprendido la técnica de Héctor Abad Faciolince: la de hablar en sus libros de bellos sentimientos con palabritas bonitas para engatuzar mejor al lector y hacerlo sentir bien o bueno. Estos libros son una especie de narcótico para olvidarnos de la velocidad, es una buena estrategia editorial para estos tiempos confusos.

Si comparamos La importancia de morir a tiempo con Animales domésticos  es mucho más deshonesto Mario Mendoza porque trivializa temas serios y profundos de literatura, filosofía, psicología, pedagogía…  y los pone al alcance de los niños, de niños de escuela secundaria. En vez de motivar a los jóvenes a leer los clásicos les hace creer que él es el hombre enciclopedia, el hombre sensibilidad, el hombre sabiduría y el hombre madurez y los niños lo deben tomar en serio porque el lector modelo de La importancia de morir a tiempo es no sólo un niño muy ignorante sino, especialmente, un niño muy tonto, mucho más inocente que las admiradoras que suspiran con los trinos bien construidos de Antonio García Ángel.

En fin…

Vivimos tiempos de incertudimbre.