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Virginia Mayer y la autoficción

28 Oct

La revista SoHo se constituye cada cierto tiempo en soporte para publicar historias escandalosas con la idea de que presentan irreverencia o verdad desnuda, historias  narradas por gente común que busca ser vista y leída y que para conseguirlo se vale de estrategias que en muchas ocasiones atentan contra su dignidad como seres humanos. A ellos, a los “escritores” y al director de la revista no les importa si el texto está bien escrito o si la historia es relevante, lo que de verdad importa es que se hable mucho de la publicación, bien o mal pero que se hable para que los lectores no olviden que la revista todavía existe y da de qué hablar. Para lograr su cometido cuentan con una colabora  frecuente, una mujer sin pelos en la lengua, la gran Virgina Mayer.

Lo más sorprendente de la última colaboración de Virginia Mayer en la revista SoHo es que en medio del revuelo que causó la historia de su aborto terminó revelando que es autora en primera persona -como Fernando Vallejo y como Jaime Bayly- (en otras ocasiones ha dicho que es la versión femenina de Charles Bukowski y no tiene claro todavía si goza más de sus experiencias sexuales con hombres o con mujeres, como Frida Kahlo). Virginia Mayer sabe que escribe como los grandes y vive como los rebeldes, no espera que otros se lo digan, ella lo sabe.

Virginia Mayer nos dio a entender en la entrevista que concedió en Caracol Radio que se instala en la autoficción y entonces vale la pena hacerse varias preguntas:

¿Convertir la vida privada en espectáculo público es arte?

¿Narrar una historia vivida detallando los pasajes más escabrosos y buscando de forma deliberada afectar las emociones del lector es autoficción, amarillismo,  falta de decoro o deseo loco de llamar la atención recurriendo a los recursos más extremos, una especie de porno de la vida?

¿Se está confundiendo la autoficción con la autodenigración?

¿Por qué le resulta tan estimulante al público de las redes sociales ver como personas comunes se autodenigran compartiendo sus miserias personales en espacios públicos y suelen solidarizarse con ellos?

¿Por qué la miseria ajena genera tanto morbo?

¿Por qué las revelaciones de carácter sexual son las que gozan de más éxito en un país como Colombia?

¿Es parte de nuestro subdesarrollo?

¿Por qué quienes narran las historias escabrosas cargadas de sentimentalismo y estados de ánimo, arrebatos del alma dignos de ser tratados por un profesional de la salud mental, son tan explícitos y por qué eso excita tanto a los lectores? Los detalles del abuso infantil, la destrucción de unos senos en una cirugía mal practicada, un aborto fruto de un encuentro ocasional -sin condón- con un desconocido contactado en Tinder.

¿Cansados de las telenovelas los internautas se excitan más con las historias reales narradas por seres destrozados?

¿Gozan un poco con estas exposiciones de la propia miseria y se consuelan pensando que hay alguien en el planeta que sufre, llora y maldice su soledad, su abandono, su falta de amor, más que ellos?

¿Por qué el recorrido de estas historias siempre es similar?:  publicación en un medio impreso que también se puede leer en versión electrónica, impacto en las redes sociales, explosión de la noticia en todos los medios y en muchos casos -pensemos en la revelación de Adolfo Zableh- el pobre ser vulnerado y sufrido termina publicando un libro que espera vender bastante bien en la próxima feria.

La entrevista a Virginia Mayer en Caracol Radio -medio amarillista por excelencia- fue titulada: “La polémica columnista reveló todo lo sucedido tras haber revelado su decisión” y en medio de risas vulgares, frases procaces y un español pobrísimo las periodistas felicitaron a Virginia Mayer por  su valentía, por hablar de una situación que han vivido millones de mujeres, porque es una mujer provocadora. Virginia Mayer muerta de la risa pronunció frases no precisamente dignas de una escritora de autoficción sino de una persona común sin formación literaria ni sentido del gusto; cabe recordar que en la  autoficción el autor renuncia a su clase, se burla del poder, al que renuncia también, claro; renuncia a una posición económica o social acomodada, no es una simple exposición burda de la vida privada de forma directa sin haber pensado en una apuesta estética, es algo mucho más complejo, no es algo que pueda hacer cualquier persona.

Estas son las frases célebres de Virginia Mayer para Caracol Radio:

“Yo pensé que me iban a dar durísimo porque este es el país del Sagrado Corazón, estoy lista a que me llueva lo que me llueva, no importa qué me digan, no me da duro, no me interesa qué me diga nadie, es problema mío cómo follo, soy sin pelos en la lengua para nada, súper abierta, escueta, es difícil ser Virginia Mayer, empecé a escribir en primera persona, revelo las cosas más íntimas, muy cruda, muy real, ellos (mis viejos) me aceptan como soy, me aceptan como vengo. Yo le dije a Chaves: Eres famoso pero nadie sabe quién eres. Yo no me enamoro de un hombre o de una mujer, ya no queda nada oculto, yo quiero amor, me ilusiono con cualquier baboso y la vuelta no funciona”.

¿Virginia Mayer es una especie de Fernando en La virgen de los sicarios y Chaves es Wilmar?

¿Virginia Mayer tiene claros los límites entre escritor, narrador y personaje?

Mejor no me sigo haciendo más preguntas y espero que no me vayan a amenazar de nuevo de muerte o con ácido por haberme ocupado de un tema tan sensible como este.

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Escribir un correo es un asunto muy serio

23 Jun

Tengo una dificultad en la vida y es que a la gente que conozco cara a cara sólo puedo tratarla con dulzura y amabilidad y cuando escribo soy otra, una persona muy diferente, una especie de monstruo implacable y despiadado dominado por la prepotencia y el orgullo. Sé que produzco la sensación de tomarme por omnipotente y sabia. Es escritura, no soy yo, la persona que habla con tranquilidad, la del trato amable, la sonrisa franca y los modales suaves. La señora de pocas palabras que quiere pasar desapercibida en una conversación de más de tres personas.

Cuando escribo pensando en un texto público que será leído por mucha gente los dedos vuelan en el teclado y me domina la risa, cuando voy a escribirle a una persona a la que conozco cara a cara, a los que me conocen de verdad, los que saben el tipo de persona que soy en el trato personalizado (la persona más indefensa y confiada que pueda existir sobre la tierra)  tengo que esforzarme, cambiar muchas palabras, revisar el texto varias veces, redactar varias versiones hasta encontrar la que mejor plasma la verdadera esencia de mi ser.

Cuando escribo mensajes privados no me gusta dar la impresión de ser la señora que escribe sino la señora que habla y como la escritura y la oralidad no son la misma cosa me cuesta mucho trabajo escribir de tal manera que mi interlocutor no sienta que es Ensayista sino que es Elsy, la persona, la señora amable y de muy pocas palabras la que le está enviando el mensaje.

Hoy tuve que enviar dos mensajes de ese tipo dirigidos a dos personas tan amables como yo, el problema es que esas personas también leen lo que escribo en este blog. Creo que no herí a ninguno de los dos, las respuestas fueron inmediatas y quedé con la sensación de que les quedó bien claro que puedo escribir mensajes privados que me hagan ver como soy, no como lo que se refleja a través de la escritura pública.

Cuadernos 1957-1972

5 Jun

La puntualidad es propia de un angustiado.

Lo macabro es la forma grotesca de lo trágico.

Se puede ser pusilánime por exceso de sensibilidad.

Nada puede echar a perder a alguien, salvo el éxito.

El mundo no vive en la mediocridad sino en la mala desmesura.

Habría que introducir la pena de muerte para la gente impuntual.

Una tarea irrealizable ofrece más seducción que un objeto asequible.

Aunque sea un genio, quien no llega puntual a la cita queda liquidado para mí.

Con la pluma en la mano tengo un valor que nunca recobro ante el enemigo.

Si se quiere dar vivacidad al estilo hay que rozar la incorrección en todo instante.

Llevo años sin leer a Baudelaire, pero pienso en él como si lo leyera todos los días.

Me estremezco de horror cuando oigo a alguien decir mi mujer. Soy metafísicamente soltero.

Para olvidar esas penas y apartarse de las obsesiones fúnebres, nada hay como el trabajo manual.

Ante el teléfono, ante el automóvil, ante el menor instrumento, siento un invencible arranque de asco y horror.

En la espera se manifiesta, se revela, la esencia del tiempo. ¡Qué superioridad la de haber dejado de esperar!

Si hubiera un dios, nos habría dispensado de la carga que entraña almacenar podredumbre, arrastrar un cuerpo.

No puedo perdonar a aquellos a quienes he convertido en mis ídolos. Tarde o temprano me erijo en iconoclasta.

Sentir a alguien viviendo al lado, percibir su presencia, imaginar su respiración: todo eso me ha vuelto loco siempre.

¿Por qué está loco? Porque no disfraza, porque no puede disfrazar nunca su primer impulso. Todo en él está en estado bruto.

Me apiado de cualquier cosa, tengo estremecimientos de niña. Tal vez sea también por una imposibilidad de llorar por mí mismo.

 

Cioran

 

Mario Mendoza y Antonio García Ángel

6 Mar

En tiempos de incertidumbre como los que estamos condenados a vivir ni siquiera Edgar Morin es fuente de consuelo. Ni Edgar Morin ni ningún intelectual postmoderno está a la altura de Pierre Bourdieu, el último intelectual comprometido que tuve el placer de leer, el último con quien gocé el placer de la dificultad.

Ahora todo fluye en conferencias y libros de lectura rápida sobre el fin del periodismo, el fin de las instituciones, eras del vacío, renuncia de papas, muerte de Chávez, velocidad de la información, lluvia de asteroides, sociedades líquidas…

Como no hay futuro tampoco hay compromiso, seriedad ni rigurosidad, todo fluye con la velocidad del rayo y nosotros, pobres mortales, románticos soñadores de tiempos pasados, estamos condenados a abrir la boca todo los días ante la inesperado.

Todo transcurre rápido y nada nos garantiza que la reflexión profunda tarde demasiado en gestarse y cuando esté a punto de revelarse el resultado de la investigación nos estrelle el asteroide. Entonces tenemos que hacer todo muy rápido: este post lo redactaré desde un vil café internet ubicado justo en frente de la universidad para la que trabajo. El ambiente es el propicio para estar a tono con el tema que nos convoca: dos libros de autores colombianos reconocidos como algunos de los más influyentes desde hace ya un buen tiempo: Antonio García Ángel y Mario Mendoza.

Antonio García Ángel es un tuitero estrella, los usuarios lo encuentran gracioso, inteligente y de humor sofisticado. El libro que leí se titula Animales domésticos y es una reverenda basura, no muy diferente a lo que se publica en Colombia desde hace más de veinte años. Nuestro artista escribe historias ligeras para ser leídas en la buseta. Estos autores  toman todas las voces, se ven inmersos en situaciones inverosímiles, hacen despliegues inimaginables de humor y creatividad pero una lectora como yo termina asqueada, ofendida y alarmada ante la podredumbre de su estilo, la falsedad de las historias, el modelo eterno que nos recuerda las “crónicas” de la revista SoHo y la idea de que estos pelmazos deben sentirse al lado de Kafka, Joyce, Proust, Musil…

Y no falta el escritor “famoso” y el columnista influyente que se lo hace creer. Nuestro artista es íntimo amigo y admirador de Ricardo Silva Romero y Daniel Samper Ospina ¿podemos esperar algo digno de ser leído fruto de la pluma de este selecto grupo? ¡No!

El libro de Antonio García Ángel lo encontré en la mesa de descuentos de la Panamericana en cinco mil pesos ($5.000) al lado de Ponqué y otros cuentos, de Carolina Sanín (que escribe mucho peor que nuestro artista tuitero). Carolina no tiene cuenta en Twitter, se interesa en temas mucho más estúpidos y publica en Arcadia. ¡Punto para Antonio!

Por el libro de Mario Mendoza pagué treinta y nueve mil pesos ($39.000) y eso incrementa más mi furia contra este narrador filósofo savatereano. ¡Lástima mi plata! El título de libro es La importancia de morir a tiempo y ha sido un verdadero fenómeno de ventas, se agotó la primera edición y ya está a la venta la segunda.

Mario Mendoza es todavía más patético que Antonio García porque se toma más en serio su papel de Maestro, se compara sin rubor con los grandes, se asume como la versión colombiana de Ernesto Sabato y cree que sus melancolías entán emparentadas con las de Flaubert, es un  vendedor de libros profesional, ha aprendido la técnica de Héctor Abad Faciolince: la de hablar en sus libros de bellos sentimientos con palabritas bonitas para engatuzar mejor al lector y hacerlo sentir bien o bueno. Estos libros son una especie de narcótico para olvidarnos de la velocidad, es una buena estrategia editorial para estos tiempos confusos.

Si comparamos La importancia de morir a tiempo con Animales domésticos  es mucho más deshonesto Mario Mendoza porque trivializa temas serios y profundos de literatura, filosofía, psicología, pedagogía…  y los pone al alcance de los niños, de niños de escuela secundaria. En vez de motivar a los jóvenes a leer los clásicos les hace creer que él es el hombre enciclopedia, el hombre sensibilidad, el hombre sabiduría y el hombre madurez y los niños lo deben tomar en serio porque el lector modelo de La importancia de morir a tiempo es no sólo un niño muy ignorante sino, especialmente, un niño muy tonto, mucho más inocente que las admiradoras que suspiran con los trinos bien construidos de Antonio García Ángel.

En fin…

Vivimos tiempos de incertudimbre.

El amor en tiempos de Twitter

4 Mar

Hace diez años yo decía de memoria: «Lo que uno piense del amor es, en el fondo, lo que más profundamente piensa del sentido de lo que somos y de lo que nos rodea.» y me sentía seria, profunda, erudita y sensible al decirlo. Creía en mi propio discurso.

Ahora no sé qué pensar, diez años fueron suficientes para cambiar mi idea del Amor (sin contar con que hace diez años recién me arriesgaba a publicar mis cavilaciones sobre el amor, el arte y la melancolía, mis reflexiones más sublimes y mejor pensadas en medios digitales. Sí, en medios digitales).

No es lo mismo publicar ensayos de cien páginas en  revistas indexadas que publicar un post de veinte renglones en un espacio que bien puede ser creado y administrado por cualquiera, ¡por cualquiera! Pero bueno,  la cita de hoy es para hablar del amor en los tiempos de Twitter, no para hablar de escritura.

El amor es una de las experiencias humanas más complejas, no es un sentimiento ni una sensación sino la suma de sentimientos y sensaciones manifiestos de manera simultánea y a veces contradictoria: la alegría se convierte o lleva consigo aparejada la tristeza,  el amor  más profundo puede acabar sumido en la más dolorosa indiferencia, la realización del deseo conduce al hastío y  en los periodos durante los cuales  la  experiencia amorosa se vive sin situaciones que la perturben,  la plenitud se acompaña del  miedo a la pérdida definitiva  del ser amado, la muerte o la ruptura  se vislumbran como hechos posibles. Si se ama intensamente la vida no puede ser concebida sin la presencia del otro.

Todo lo expresado en el párrafo anterior es cierto y lo seguirá siendo para quienes no tienen cuenta en Twitter y no han gozado de chats, foros, blogs y Twitter, especialmente de Twitter. Para quienes nos hemos contaminado con esas experiencias virtuales el amor no es el mismo amor, es un amor menos  dramático, más promiscuo  y más divertido también.

El amor es una ilusión, una ilusión muy persistente que se alimenta de palabras, de la idea distorsionada que nos hemos creado en la mente de una persona que creemos sacada de un mundo perfecto. Todo amor es amor virtual y cuando vivimos el amor en espacios virtuales es todavía más engañoso porque ese amor está hecho casi sólo de palabras y las palabras suelen seducir más que nada cuando sentimos que ese sentimiento nuevo nos envuelve.

En internet  el cuerpo  termina sobrando y el deseo de ese cuerpo también. La cita de los enamorados virtuales  se puede concertar cada noche sin presencia física, sin aliento, se trata de un juego peligroso para las personas que saben leer y escribir y además les gusta la literatura, es un erotismo más sofisticado que el erotismo de motel. En el amor virtual no se agotan los recursos del cuerpo sino de la palabra, del placer de seducir y de hacerse esperar mientra llega el siguiente tuit.

El amor puede experimentarse como realidad, deseo, recuerdo o ensoñación, surge como necesidad para aliviar la soledad, como anhelo de plenitud, felicidad o realización personal y los millones de tuiteros que cada día se sientan frente a la pantalla están buscando  amor, reconocimiento a través de la aprobación ajena, están tanto o más desesperados que el enamorado de antes de la red.

El enamorado de un amor virtual bien puede cantar como cantaban los enamorados del pasado:

«Oh, tú, que ocupas en mi cuerpo el puesto del espíritu,
no pienses que estoy libre del insomnio y de cuidados.
¡Que Dios te guarde del insomnio,
de la inquietud
y de la tristeza que padezco!
Por ti mi pena se renueva y no se extingue,
rompe mi corazón
y corta el nudo de mi entereza.
No tengo ya resignación de perderte,
resignación que enciende la inquietud en mi costado,
lo mismo que una madre
no se resigna a perder a su hijo»
Al-Wassa.

El amor convencional se basa en el amor carnal, no se materializa sin cuerpo y el cuerpo del ser amado termina por producir hastío en el enamorado del amor, de las palabras, de la ilusión muy persistente:

«¡El amor! Pero, ¿qué es por tanto el amor? ha sido poetizado para uso de los necios. Una vulgar necesidad periódica, una chillona ley de la naturaleza, de la naturaleza eterna que reproduce y se multiplica, una inclinación brutal, un carnal cruce de sexo, un espasmo ¡Nada más! Pasión, ternura, sentimiento, todo se limita a eso.»  Petrus Borel.

A través de su queja Borel parece anhelar la realización de  algunos valores del amor «elegante»  promulgado por la  tribu preislámica  Banú Udra (hijos de la virginidad), celebrada por Al-Wassa en El libro del brocado, asimilada por los poetas provenzales y algunos  románticos y ahora por millones de tuiteros. El amor, desde esta perspectiva, no debería ser un «carnal cruce de sexo» sino  perpetuación del deseo, de gozo en el sufrimiento, en la sensación de que el objeto amoroso está próximo y lejano, es caprichoso y majestuoso, humano pero con un halo de divinidad; se trata, en últimas, de un sentimiento que alberga contemplación y deseo y por encima de todo idealización del amor, concebido como la experiencia que  le concede mayor vitalidad al ser humano:

El amor es uno de los preceptos fijos  de los hombres discretos …  es el comportamiento más hermoso de los hombres corteses y nobles… Un hombre cortés no puede estar libre de pasión ni desnudo de languidez, porque la pasión tal como la han descrito los sabios y como lo dicen los filósofos, es la primera puerta a través de la cual se abren las mentes y se ensancha el espíritu, y tiene una intensidad en el corazón por la que vive el alma. (Al-Wassa. 1990: 76).

El amor es una de las pocas experiencias capaces de transformar el comportamiento de forma radical:

Da valor al cobarde, hace generoso al avariento y elocuente al mudo, da fuerzas de decisión al indeciso… El poderoso se humilla ante la pasión y el orgulloso se somete; por el amor aparecen los secretos ocultos y se dejan llevar los reticentes, pues es un príncipe obediente y un jefe al que se sigue (Al-Wassa. 1990: 75).

Gracias al amor el enamorado  ve más claro en sí mismo, la oscuridad desaparece de  los actos y los pensamientos, el tuitero se esfuerza por escribir con corrección, con tildes y comas, sin errores de ortografía, con coherencia y cohesión. Una frase bien construida y celebrada con doscientos favs puede desencadenar dos o tres espasmos en los lectores de ese tuit, provocar un encuentro futuro a través de mensajes privados, que es el canal perfecto para los enamorados, es la fuente encantada, el lugar mágico -porque es privado-y los enamorados buscan privacidad para conocerse mejor.

El amor carnal puede ser superado por el amor virtual:

«Mi mente está para apreciarte,
mis ojos para verte,
mis oídos para llenar todo mi ser con
tus alabanzas.
Me gustaría hacer de mi mente una
abeja negra
y entronizar tus pies en mi mente,
y en mi lengua libar el Néctar de tu nombre.»
Ravi Das

Cuando se supera el amor carnal es posible establecer relaciones amorosas más satisfactorias y plenas   con otras personas o con Dios (concebido fuera de costumbres, credos o rituales específicos). En este tipo de experiencias las sensaciones son más elaboradas en la medida en que el objeto amoroso  tiene la potencialidad de  conducir al enamorado por encima de sí mismo, siempre que esté dispuesto; cuando la experiencia amorosa y la mística son muy profundas suelen confundirse, el Amado de los místicos podría equipararse con un   profundo amor entre tuiteros, una locura maravillosa, una experiencia espiritual, lo más noble del ser humano, su palabra, su deseo y su admiración:

El místico  Ravi Das le canta a su Amado:

Oh inquieto corazón, ven, lloremos,
retorzámonos de dolor,
¿ Para qué pensar en dormir
Esta es una noche que no tiene amanecer.

Para Mira Bai:

Esta angustia de la separación me atormenta,
y el tiempo pasa sin que el sueño
me dé alivio en toda la noche.

Uno de los enamorados citados en El libro del brocado dirá, de manera muy cercana a la expresión de los místicos citados por Darshan Singh (1998):

Tú  que yaces enfermo y torturado por la pasión,
también conozco yo los sufrimientos del amor.
Quien conoce el amor pasa insomne la noche
y el corazón enamorado se le escapa del pecho.
Es el amor una dolencia
que anida en las entrañas, en el pecho.
No se puede ocultar el amor, aunque se intente.

En este tipo de relaciones la calidad de la experiencia no depende del otro, que es inmenso, inalcanzable, sino del enamorado, de hasta dónde puede llegar para hacerse uno con su ideal. Millones de tuiteros han dejado de dormir las ocho horas ideales, pasan sus noches leyendo, escribiendo y pensando en su eterno amor virtual, el del momento, el último, el que todavía no se extingue, es una especie de monje incapaz de conciliar el sueño porque el amor y la congoja lo consumen. En términos modernos se llama ciberadicción, pero los psicólogos saben muy poco del loco amor virtual.

Bibliografía

Al-Wassa. El libro del brocado (la elegancia y los elegantes).  Madrid: Alfaguara. 1990.

Diego de, Rosa; Vázquez, Lydia (eds). Humores negros. Del tedio, la melancolía, el esplín y otros aburrimientos.  Biblioteca Nueva: Madrid. 1998.

Font, Jordi. Religión, psicopatología y salud mental. Barcelona: Paidós. 1999.

Galmés de Fuentes, Alvaro. El amor cortés en la lírica árabe y en la lírica provenzal. Madrid: Cátedra. 1995.

García Alonso, Rafael. Literatura filosófica. Madrid: Siglo XXI. 1995.

Sádaba, Javier. El amor contra la moral.  Madrid: Prodhufi. 1993.

Singh, Darschan. Corrientes de néctar. Vidas, poesías y enseñanzas de santos y místicos. Medellín: SK. 1998.

¿Por qué no podría ser columnista?

7 Feb

Este año me invitaron a ser columnista y acepté, me preguntaron si quería publicar mi columna cada ocho días o cada quince y yo respondí sin dudar: “cada ocho días”. Quería escribir -claro- sobre procesos de escritura en las redes sociales, tenía mucho que decir y lo diría y empecé a escribir mi columna semanal. Cuando había escrito cuatro o cinco profundas reflexiones sobre Twitter, twitteros y tweets sentí que a medida que publicaba se agotaban las ideas y que no podía fallarme a mí misma, no podía olvidar que me había prometido muy joven -a los nueve años- no repetir lo mismo cien veces por plata, prestigio, orgullo u obligación y que sería una tontería ceder a los cuarenta.

Después de haber publicado menos de diez textos le escribí a quien me había invitado a ser columnista: “Pensé que tenía mucho que decir pero no era cierto y no quiero escribir sin deseo, no quiero escribir por escribir, no quiero posar de intelectual, inteligente, crítica, contestataria, informada o actualizada, no quiero parecer forzada como casi todos los columnistas en algún momento de su triste carrera”.

A veces pienso en los columnistas por contrato y siento escalofrio, una semana se pasa muy rápido y no cambia mucho el panorama como para que todos los pensadores tengan algo que decir, algo tan bien pensado que ponga en actitud reflexiva a sus lectores. También pienso en María Isabel Rueda: todos los días en W Radio Colombia anuncian a la “pensadora” con un “Y mientras tanto, ¿qué se estará preguntando María Isabel?”. María Isabel Rueda no me parece precisamente la gran pensadora colombiana pero ella se obliga a hacerse dos o tres preguntas trascendentales cada mañana. Yo no podría vivir así, el mejor tiempo es el que transcurre tranquilamente y creo que las grandes ideas, las grandes preguntas, los grandes pensamientos, aparecen en el momento menos pensado, sin que lo planeemos, sin que nos paguen por pensar.

Bukowski también hizo curso de escritura creativa

5 Feb

En algún momento del trayecto, en algún momento a partir del patio del colegio, se te meten en la cabeza. Te dicen, en resumidas cuentas, que el poeta es un maricón. Y no siempre se equivocan. Una vez, en mi locura, se me ocurrió seguir un curso de escritura creativa en el Colegio Universitario de L.A. ¡eran maricones, colega! Afectados, bonitos, apocados niños prodigio. Escribían acerca de bonitas arañas y flores, estrellas y meriendas en familia. Las mujeres eran más grandes y más fuertes que los hombres pero escribían igual de mal. Eran corazones solitarios y disfrutaban en compañía de los demás; disfrutaban con la charla hermética; disfrutaban de sus enfados y sus opiniones trilladas, muertas. El profesor se sentaba en una alfombra tejida a mano en el centro del suelo, los ojos vidriados de estupidez e inercia, y se reunían en torno a él, alzando la sonrisa hacia su dios, las mujeres con sus largas faldas de volantes y los hombres con sus nalguitas prietas redondeadas de alegría. Se recitaban los unos a los otros y lanzaban risillas y hervían a fuego lento y tomaban el té con las galletitas.

¡Ríete! Yo permanecía solo sentado contra una pared, ojeroso y cabreado e intentaba escuchar y caía en la cuenta de que incluso cuando discutían entre ellos seguía siendo una especie de tregua entre mentes limitadas.

Charles Bukowski, en Un delirante ensayo sobre la poética y la condenada vida escrito mientras bebía media docena de latas de cerveza (altas).