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El arte de no saber vivir

28 May

Me recuerdo como quien corriera un tramo por un sendero perdido, y luego volviera hacia atrás, sin hallar el dato definitivo que probara que aquél era un buen camino. Pendulaba a la deriva hasta el momento crucial en que le llegaba la decisión al alma, y entonces avanzaba a ella cualesquiera fueran las consecuencias.

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La loca Elsy

4 Jul

Desde 1979 han tratado de ofenderme usando la palabra loca para referirse a mí y esa palabra nunca me ha ofendido, más bien me ha sorprendido porque siempre he sentido que soy una persona dominada por la cordura y el buen juicio. Parezco el proyecto del humano perfecto. Varias veces me han dicho que estoy más allá del bien y del mal. Una loca que está más allá del bien y del mal, eso es muy gracioso.

Cuando era niña y me decían que era loca sospechaba que me lo decían porque no me gustaba jugar sino caminar, no soportaba la violencia de los juegos infantiles, lo que me gustaba era mirar los dibujos que había en los salones del colegio y caminar por unos pasillos angostos, pasillos y callejones, siempre los mismos. Desde niña gozo caminando siempre por los mismos caminos porque la rutina es encantadora, todavía lo hago: todas las mañanas a la misma hora durante una hora camino siempre por el mismo camino y veo como crecen las ramas de los árboles, como florecen y mueren las formas de la naturaleza, como envejecen los perros del vecindario.

Cuando estaba en bachillerato me decían loca porque odiaba todo en el colegio, estaba dominada por la indisciplina y hacía exactamente lo contrario, no lo que los profesores y coordinadores esperaban que hiciera. En el colegio con sus filas, uniformes, puertas cerradas, horarios estrictos, consejos a la juventud, izadas de bandera, tareas y direcciones de grupo me sentía en una cárcel. Nadie tenía fe en mí, esperaban un final infeliz, pensaban que era una oveja descarriada, un caso perdido, una persona mal orientada. Y no, nada de eso, lo único que quería era escapar de esa prisión para encerrarme a leer en la biblioteca, quería ser autodidacta, no quería ser bachiller, odiaba la educación formal. Y todos pensaban que estaba loca, pero no. Luego supe que sin leer a Althusser había descubierto a través de la amarga experiencia que el sistema educativo es un modelador de mentes, un aparato ideológico de estado y supe también que la mejor alternativa era resistir y, entonces me sentí orgullosa de mi actitud y sentí pena por los mejores estudiantes, por los mejor educados, por los que izaban bandera, ganaban becas y leían discursos de agradecimiento el día en que se graduaban de bachilleres.

Cuando conocí a mi primer amor me trató de loca y de bruja al final  del romance. Ese día supe que ese pobre hombre estaba muy enamorado y no podía explicar de forma racional la naturaleza de sus sentimientos. Cuando es el ser amado el que me dice loca me emociono más porque siento que lo que lo impulsa a decirlo es la confusión, el hecho de no saber exactamente cuál es la naturaleza de sus sentimientos. Y es porque cuando amo a una persona lo hago de todo corazón y no debe ser fácil escapar de esa locura. Era loca porque no me quería casar ni quería tener hijos. Nadie lo podía creer. La sociedad entera esperaba que la pareja perfecta sellara su idilio, su mundo perfecto, en la iglesia, ante los ojos de Dios; esperaban que tuviéramos dos o tres hijos y fuéramos felices para siempre. Yo no aspiraba a eso, yo quería amor, no quería pensar en el otro aparato ideológico de estado: la familia. En esa época todavía no había leído a Althusser y también descubrí que no quería darle gusto a la sociedad, quería amor, no quería ser la esposa perfecta, no quería ser buena cocinera, madre ejemplar ni buena vecina, quería seguir leyendo y todos pensaban que estaba loca porque había encontrado al amor de mi vida y lo había dejado ir. El ahora es feliz, tiene esposa gorda y una hija. No fue tan cierto que le dañé la vida como me lo dijo una vez gritando y llorando de ira e indignación.

Cuando terminé la maestría la gente pensaba que estaba loca porque no quería ser doctora, porque no quería viajar, porque no quería investigar, porque no quería publicar libros, porque no quería ser conferencista, porque no quería ser profesora de tiempo completo en una universidad prestigiosa si era un hecho que tenía todos los méritos para ser una intelectual exitosa, una figura digna de ser llamada por los medios radiales e impresos para que opinara sobre los grandes temas. Estaba loca porque quería seguir leyendo y caminando, porque quería seguir siendo una persona común a pesar de mi erudición, mi inteligencia y mi talento para escribir. No creo que esté loca por haber tomado esa decisión, sé de varias personas ilustres que se han consagrado a esa vida, que se han tomado en serio su rol de pensadores, genios o influyentes y creo que no son dignos de envidia, su idea de éxito está enmarcada en las trampas de nuestro tiempo, muchos hacen el papel de idiotas útiles, no saben que los verdaderos triunfadores son los dueños de los medios, los bancos, las empresas de telecomunicaciones y las multinacionales. El intelectual es un consumidor más, un emprendedor, un profesional exitoso, un joven bien preparado. Muchos de ellos cayeron en la trampa y están sumidos en la depresión, el estrés y la frustración.

Cuando empecé a escribir sobre figuras públicas varias personas me llamaron loca, me pudieron que buscara ayuda profesional porque estaba perturbada, temían que escribiera sobre ellos o sobre sus compinches, temían que les dañara su carrera exitosa. La forma de mostrarme su miedo fue llamándome loca. Después aparecieron las amenazas de muerte y la censura en Twitter y por pura prudencia dejé de escribir sobre estrellas de la farándula, escritores colombianos y divas tuiteras. Exponerse a la muerte violenta al estilo colombiano sólo por escribir sobre estas personas no es una locura sino una irresponsabilidad porque me han advertido varias veces que mis enemigos van muy en serio y si me sigo burlando de ellos me mandan matar.

Andrés acaba de llamarme loca, él, la persona que se supone es quien mejor me conoce después de mi familia. Mi familia dejó de pensar en mí como la loca desde hace mucho tiempo porque me conocen desde hace mucho tiempo. Que Andrés me haya llamado loca merece un post aparte.

Contra las biografías

19 Jun

Durante veinte años o más me desviví por las biografías y ahora que yo misma me he convertido en un personaje digno de ser estudiado por los especialistas en literatura y en psicología del arte siento que las biografías son una verdadera patraña, una gran mentira.

Poco tiene que ver la familia ilustre de Virginia Woolf con su talento, poco tiene que ver el alcoholismo de Bukowski con su poesía, poco tiene que ver la pobreza de William Blake con sus visiones, poco tiene que ver la biblioteca de Emily Dickinson con sus experiencias en el jardín de su casa y poco tiene que ver la sinceridad de Nietzsche con su locura. No es muy diferente ser el hijo de un ministro o de un carnicero, estudiar en el mejor colegio del barrio o ir todos los días a una biblioteca pública, haber viajado por todo el mundo o no haber salido nunca de la casa, haber sido reconocido y aplaudido en vida o haber muerto sumido en la pobreza, el olvido, la burla y el desprecio.

Todo queda en manos del tiempo y la vida del autor dice muy poco, casi nada de su obra, de lo más asombroso y perturbador de lo que escribió cuando era un simple ser humano sentado ante una hoja de papel, una máquina de escribir, un computador o un iPad.

Hay mucha gente culta, alcohólica, sensible, devota, amante del campo, delirando en un hospital psiquiáitrico, sumida en la pobreza y el abandono, hay mucha gente viviendo en las mejores y en las peores condiciones y ni la comodidad ni la miseria los convierte en artistas, partamos de este principio: no hay condiciones materiales, sociales, intelectuales ni psicológicas ideales para fabricar seres excepcionales.

Los biógrafos y los analistas se esfuerzan, buscan orden y lógica, explicaciones que nos lleven a comprender la naturaleza del artista gracias a sus carencias o sus excesos, sus influencias, sus genes y lo más probable es que la explicación no se encuentra ahí sino que va mucho más allá y lo que buscan con tanto empeño leyendo muchos libros para luego escribir otros, esa verdad sobre el talento del artista no se encuentra escudriñando la vida privada de la gente, sus traumas de infancia ni su lista de amigos y enemigos.

Ahora la moda del momento consiste en que un periodista comparte una semana de vida en la casa del artista, se inmiscuye en su privada con la ilusión de llegar al fondo de su ser y luego escribe un perfil  para una revista prestigiosa con muchas fotografías en pose casual y una prosa regular sobre lo que significó conocer a fondo a una persona sobre la que todos quieren saber algo más allá de lo que pueden ver cuando leen lo que escribe.

A mí me han propuesto esos ejercicios y nunca salgo del asombro, creo que esa no es la forma más inteligente y sutil de llegar a la esencia de un ser excepcional.

Nietzsche: el hombre ingenuo

24 Jul

El hombre no puede ser superado, lo máximo que podemos hacer es renegar de él. Debemos renegar de él. Considero esa idea de superhombre un completo absurdo. Tan sólo pensar en los vicios propios de los animales nos hace ya estremecernos. Y los del hombre son mucho peores. Un superhombre tendría, naturalmente, cualidades, pero también los defectos de dichas cualidades, que serían terribles, mucho más terribles que el propio hombre. Nietzsche me parece demasiado ingenuo. Era un solitario que no vivió demasiado entre sus semejantes, un hombre digno de lástima, en el fondo, un hombre aislado, al que faltaba la experiencia inmediata del otro. Toda su tragedia, sus disputas con sus amigos, las decepciones que le causaron esos mismos amigos, prueban simplemente que Nietzsche no conoció de verdad a los hombres. Además tenía predilección por localidades pequeñas, por lo que carecía también de la experiencia tan instructiva de la gran ciudad. No sabía lo que quiere decir vivir en el infierno, pues hoy toda gran ciudad es un infierno, ¿verdad? El propio infierno tal vez sea peor, pero no mucho peor. Nietzsche me parece en verdad demasiado ingenuo.

Cioran

Llegar a los cuarenta y cuatro años no es divertido para alguien como yo

9 Jun

Hoy cumplo cuarenta y cuatro años, no lo escribo para que me feliciten porque no hay nada que celebrar pero tengo la sospecha de que estoy justo en el centro de mi vida. Antes -cuando tenía ocho años- quería vivir ciento doce, ahora me parece bien llegar a los ochenta y ocho. No quiero demostrarle nada a nadie.

Cuando era niña tenía más vitalidad y sueños fantásticos relacionados con la vejez, me preparaba para pasar de los cien años. Ahora no, a veces la buena vida cansa y como ahora los viejos son legión me produce asco compartir vitalidad con tanta gente despreciable. Lo que más me fastidia de la gente mayor de cuarenta es su deseo de volver a ser jóvenes como si no hubieran vivido ya.

He buscado consejos modernos para vivir la vejez con dignidad y ninguno de esos consejos tiene sentido para mí. Dicen los expertos: has trabajado como una mula, te has casado con la persona equivocada, tienes unos hijos a los que a veces desprecias, sientes que has arruinado tu vida porque no has hecho lo que te gusta, porque no sabes qué es lo que te gusta. Estás en la peor edad de tu vida, sabes que eres un perdedor, un ser humano de expresiones duras y cuerpo lamentable, sabes que si no hiciste nada digno a los treinta ni a los cuarenta tampoco lo va a hacer a los cincuenta, resígnate, perdedor, trata de disfrutar los pocos años de vida que te quedan, no te mires mucho en el espejo para que no te deprimas todavía más, compra ropa que oculte tu cuerpo inmundo…

La diferencia entre la mayoría de la gente que se acerca a los cincuenta y yo es que ellos han cometido casi todos los errores y yo no he cometido ninguno. La gran diferencia entre la mayoría de la gente que está cerca de los cincuenta y yo es que ellos ha vivido en la inconsciencia, como las ratas, mientras que yo he vivido en la lucidez, como los dioses. Pero debo reconocer que hay momentos de desesperación, de aburrimiento. Cuando no hay nada que lamentar, cuando no hay traumas para superar ni personas a las que perdonar los días se hacen un poco largos y ni los libros ni las películas tienen nada que decirme porque el aprendizaje es para la vida y después de los cuarenta es poco lo que se puede aprender para el futuro porque el futuro es ya, porque toda la preparación en la infancia y la juventud fue para este momento, precisamente para este.

No me preparé para el triunfo ni para el éxito sino para la vida tranquila, para vivir en el eterno descanso, para ver transcurrir el tiempo en la placidez del hogar sin que se interpongan las miradas de las vecinas.

Logré el sueño que planeaba desde niña: no repetir los eternos errores de los pobres seres humanos, no dejarme guiar por el cuerpo ni por los amigos sino por el cerebro, vivir una vida consciente, eso quería, guiada por mentes brillantes como Séneca, Pascal, Montaigne y Bourdieu. Aquí estoy, sentada en mi trono con una sonrisa plácida pero un poco aburrida en todo caso. Si Dios existe se debe aburrir mucho, la perfección y la templanza también desesperan un poco cuando lo único que queda es el vacío, sentarse a esperar a que siga transcurriendo el tiempo.

 

Del inconveniente de haber nacido

30 May

¿El ser ideal? Un ángel devastado por el humor.

La verdadera poesía no tiene nada que ver con la “poesía”.

Perdimos al nacer lo mismo que perdemos al morir. Todo.

Regla de oro: dejar una imagen incompleta de sí mismo.

Sólo tiene convicciones quien no ha profundizado en nada.

El arte de combinar autoridad e indiferencia, rigor y descuido.

Mi misión es sufrir por todos aquellos que sufren sin saberlo.

Toda amistad es un drama oculto, una serie de heridas sutiles.

Aquellos a quienes amamos, difícilmente brillan en nuestros sueños.

El placer de calumniarse vale mucho más que el de ser calumniado.

Los sueños son engañosos; cagarse en la cama, eso es lo verdadero.

El tiempo vacío de la meditación es, en realidad, el único tiempo lleno.

El hombre siempre ha pensado que se encontraba en el umbral de lo peor.

Dios es lo sobreviviente a la evidencia de que nada merece ser pensado.

Mi existencia se me presenta como la degradación y el desgaste de un salmo.

Repetirse es demostrar que uno cree aún en sí mismo, en lo que ha sostenido.

Cualquier logro, en cualquier orden, trae consigo un empobrecimiento interior.

Mi visión del futuro es tan precisa, que si tuviera hijos, los estrangularía en el acto.

Uno debe ponerse del lado de los oprimidos, incluso cuando están equivocados.

Sin una buena dosis de ferocidad no se podría llevar un pensamiento hasta el fin.

Aniquilar da un sentimiento de poder y halaga algo oscuro, original, en nosotros.

Fusión entre la resignación y el éxtasis, entre el estoico frío y un místico descabellado.

La poesía excluye cálculo y premeditación: es inconclusión, presentimiento, abismo.

Es obvio que Dios no era la solución y que nunca se encontrará otra igualmente satisfactoria.

Querer dominar, representar un papel, hacer la ley, comporta una fuerte dosis de estupidez.

Dios: una enfermedad de la que nos creemos curados porque ya nadie muere por su causa.

La ambición se encuentra en todo, se ven incluso sus huellas en los rostros de los muertos.

Llegar a no tener a qué renunciar. Ese debería ser el sueño de todo espíritu desengañado.

“Comete usted un error al contar conmigo”. ¿Quién podría hablar así? Dios y el Fracasado.

Hay que sufrir hasta el final, hasta el momento en que se deja de creer en el sufrimiento.

El último paso hacia la indiferencia es la destrucción de la idea misma de indiferencia.

Uno debería conformarse con un solo idioma y profundizar cada vez más en su conocimiento.

Lo único que debería enseñársele a los jóvenes es que no hay nada o casi nada que esperar de la vida.

Caminar en un bosque entre dos hileras de helechos transfigurados por el otoño; eso es un triunfo.

Para vencer la perturbación o una inquietud tenaz no hay nada como imaginar el propio entierro.

El antídoto del aburrimiento es el miedo. Es menester que el remedio sea más fuerte que el mal.

El sufrimiento abre los ojos, ayuda a mirar las cosas de otra forma que no hubiésemos percibido.

La única manera de encaminarse hacia lo universal es ocuparnos únicamente de lo que nos atañe.

Aprender a no dejar huellas es una guerra de cada instante que libramos contra nosotros mismos.

En lo más íntimo de sí mismo el hombre aspira a alcanzar la condición que tenía antes de la conciencia.

No es el temor de emprender algo , sino el temor de conseguirlo lo que explica más de un fracaso.

No es la desgracia, sino la felicidad, la felicidad insolente, la que conduce al tono agrio y al sarcasmo.

Después de ciertas experiencias deberíamos cambiar de nombre, puesto que ya no somos el mismo.

Destrucción y estallido de la sintaxis, victoria de la ambigüedad y del poco más o menos. Muy bien.

En una obra de psiquiatría sólo me interesa lo que dicen los enfermos; en un libro de crítica, las citas.

Poder vivir sin ninguna ambición. Me constriño a ello. Pero este hecho tiene ya que ver con la ambición.

Cuando hemos puesto a alguien muy alto, se nos hace más asequible en cuanto comete un acto indigno.

No es construyendo sino pulverizando como podemos adivinar las satisfacciones secretas de un dios.

Seguramente la existencia tuvo algún atractivo antes del advenimiento del ruido, digamos antes del neolítico.

Desde el momento en que uno se identifica enteramente con su propio ser, uno reacciona como Dios, es Dios.

Los monos que viven en grupo rechazan a aquellos que han tenido de alguna manera contacto con los humanos.

Si me apegara a mis convicciones más íntimas, dejaría de manifestarme, de reaccionar de cualquier manera.

Si lo propio del sabio es no hacer nada inútil, nadie me ganará en sabiduría: ni siquiera me rebajo a hacer cosas útiles.

Un escritor no nos marca porque lo hayamos leído mucho, sino porque hemos pensado en él más de la cuenta.

El hombre acepta la muerte pero no la hora de su muerte. Morir cuando sea, salvo cuando haya que morir.

No se crea una obra sin apegarse a ella, sin convertirse en su esclavo. Escribir es el acto menos ascético que existe.

En cuanto uno se recuesta, el tiempo deja de fluir y de tener importancia. La historia es el producto de una raza en pie.

El tormento metafísico se sitúa mucho antes de esa insipidez universal que sigue al advenimiento de la Filosofía.

Gritar no tiene sentido más que en un universo creado. Si no hay creador, ¿qué sentido tiene llamar la atención de sí?

Aunque haya entrado en su fase de sobreviviente, se agita como si estuviese en el umbral de una carrera maravillosa.

He sobrepasado el nivel en el que los seres importan y no veo ninguno razón para luchar en los mundos conocidos.

Para un escritor, charlar con una portera es mucho más provechoso que conversar con un sabio en una lengua extranjera.

Con el tiempo, ya nada es bueno ni malo. El historiador que se pone a juzgar el pasado, hace periodismo en otro siglo.

Es un privilegio vivir en conflicto con la propia época . En todo momento uno es consciente de no ser como los demás.

Cuando se ha cometido la locura de confiarle a alguien un secreto, la única forma de saber que lo guardará es matarlo de inmediato.

La ventaja no desdeñable de haber odiado mucho tiempo a los hombres es la de llegar a soportarlos por agotamiento de ese mismo odio.

Para el ansioso no hay diferencia entre éxito y fracaso. Su reacción frente a ambos es la misma. Los dos le molestan igualmente.

No he frecuentado especialmente a Baudelaire ni a Pascal, pero no he dejado de pensar en sus miserias que me han acompañado siempre.

Me imaginaba bien tranquilo en mi tumba. Y en seguida me ablandaba. No desdeñemos tanto nuestro cadáver: puede sernos útil a veces.

Detenerme en los cementerios rurales, tenderme entre dos tumbas y fumar durante horas. La considero la época más activa de mi vida.

Cuando me preocupa un poco más de la cuenta el no trabajar, me digo que bien podría estar muerto y que entonces trabajaría aún menos.

Se puede comprender todo, admitir todo, imaginar todo, salvo la propia muerte, aunque se piense en ella sin descanso y se esté resignado.

De por qué es mejor tener treinta que cuarenta

19 May

La edad ideal es nueve años, para mí fue una revelación. En 1979 supe qué quería, qué no quería, qué me gustaba y qué me fastidiaba, qué haría con mi vida a partir de ese momento.

Los veinte me fastidiaron mucho, por aquello de Juventud Divino Tesoro, te vas para no volver (sí, en esa época leía mucha poesía latinoamericana), por aquello de que los jóvenes son el futuro y muchos otros lugares comunes falsos, como son todos los lugares comunes. Tener veinte años no es la gran cosa, es la fase más animal del ser humano. Cuando tenía veinte lo que más deseaba era tener treinta para deshacerme de la tontería llamada Juventud.

Los treinta son los mejores, es mentira que a medida que pasan los años la gente es más feliz. A menos que se trate de viejos que han vivido a los golpes, como animales, cumpliendo ciclos biológicos que los tomaron por sorpresa, por ejemplo, realizándose como esposos, padres y adultos. Yo no cometí esa tontería, nunca creí que se aprende a los golpes, que la vida es dura y que las grandes satisfacciones son fruto de un gran esfuerzo, que se siembra para recoger.

Desde que nací he practicado la Filosofía del descanso y, ahora, que voy a cumplir cuarenta y cuatro, creo que llegó la hora de descansar todavía más a conciencia, por aquello del peso de los años. Ese no es otro lugar común, es real. No es lo mismo tener treinta que cuarenta. Si una vieja de cuarenta dice que se siente mejor ahora que cuando tenía veinte es porque a los veinte ya era casada y tenía cuatro hijos o, simplemente, era una mujer enferma que superó sus enfermedades en la edad adulta. Jamás un niño de diez años pronunciaría frases del tipo: estoy pasando por el mejor momento de mi vida, es mejor tener ocho que seis.