Tag Archives: Virginia Woolf

Profesión ensayista

10 Sep

Buscando Ensayista en Google imágenes aparecemos los más grandes desde tiempos de Montaigne. ¡Soy sensacional!

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Una casa para escribir

21 Feb

Virginia Woolf necesitaba una habitación propia y terminó matándose; murió sin descubrir que lo que de verdad necesitaba era una casa suya y soledad, para escribir.

Marguerite Duras no fue tan conformista, tuvo la fortuna de nacer un poco después de Virginia Woolf, tenía el terreno mejor abonado. Ella necesita una casa inmensa y soledad para escribir. Lo sabía desde niña y construyó su vida en función de ese deseo.

Admiro a Virginia Woolf pero admiro más a Marguerite Duras porque fue más fuerte y arriesgada.

Virginia Woolf fue como tantas mujeres conformistas que vio en el matrimonio con un hombre -un socio y un hermano- el sustento más cómodo para aparecer como una señora normal y respetable ante la sociedad, como una mujer que no sucumbió ante la soledad. Le rindió culto a la familia y soñó con ser normal y aunque esa vida no le resta mérito a su obra vale la pena preguntarse qué tipo de textos hubiera escrito en caso de haberse atrevido a dar el gran paso. ¿Hubiera escrito textos como los que escribió Marguerite Duras?

La escritora más consciente que he leído es Marguerite Duras y he tomado varias ideas suyas para adaptarlas a mi propia vida. Una vida como la de ella sin incluir la tristeza, el alcohol ni el puterío.

Ella tenía claro desde muy joven que amaba el sexo y a los hombres pero la escritura era lo que de verdad le importaba. Quería tener un amante, varios amantes, mucho sexo, muchos amantes, mucho alcohol y soledad, pero lo que de verdad quería era escribir, escribir era lo que de verdad le importaba en la vida.

Compró una casa inmensa con su propio dinero, con ganancias obtenidas escribiendo. Eso es maravilloso.

Compró una casa inmensa para perderse en ella y para sentirse aún más sola porque la soledad la cautivó desde la infancia y decidió que la soledad es el mejor sustento para escribir.

Un hombre que escribe necesita una mujer para que lo atienda, para que lo adore como a un rey y para que lo mime como a un niño, un hombre que escribe necesita una mamá para que le sirva de amante cuando se sienta solo. La mujer del escritor puede ser su madre, su esposa, su sobrina o su sirvienta, cualquiera de las cuatro sirve; si es una mujer multifuncional como algunas impresoras, es la mujer perfecta, lo que importa es que sea una mujer. Un hombre que escribe necesita una mujer que haga el papel de mamá y le levante el ánimo cuando se siente solo, miserable, mediocre y fracasado, es decir, un hombre que escribe necesita una mujer a su lado la mayor parte de las horas de su triste vida.

Una mujer que escribe no necesita un hombre a su lado. Un hombre al lado de la mujer que escribe se convierte en un estorbo, en un mueble, en alguien que termina sobrando en el espacio de la escritura.

Marguerite Duras necesita apropiarse de la totalidad de la casa, ella forma parte de la casa, la casa no es un simple espacio en el que transcurre el tiempo sino que es el espacio para escribir y en esa casa se debe crear la atmósfera perfecta para la escritura y lo fundamental es la soledad.

***

Tenía pensado vender esta casa, estaba pensando en una casa para la vejez, en un espacio bien pensado para pasar los últimos años de mi vida, sean dos o sean cuarenta y cuatro-, lo tenía decidido, pero cuando pienso que tengo que abandonar esta casa, la casa en la que he pasado los últimos once años de mi vida me duele empezar de nuevo. Esta casa es una casa cultivada, se ha ido llenando de mí, es como si fuera yo. Me da pesar que otras personas se apropien de ella y tal vez me sientan a mí sin saber que soy yo, sin saber que era la casa de la escritura y tal vez la quieran para convertirla en la casa del televisor, la lujuria y la violencia. Esta casa no se merece ese triste final, merece estar conmigo hasta el último día y luego ser clausurada. Que pueda ser vista sólo desde afuera, una casa mágica a la que es prohibido entrar porque es la casa de la escritura y si no está habitada por quien escribe pierde la esencia de su ser.

 

8 de noviembre de 2015

8 Nov

11:11 a.m. Domingo

Anoche tardé un poco en dormirme, es algo que suele suceder un día en la semana. Estoy tan llena de mí, me siento tan plena que la plenitud no me deje dormir porque la sensación es muy intensa. Me siento muy bien por ser yo, eso es todo, parece poco pero es mucho, la sensación es muy agradable, tanto que a veces termino pensando en sexo, recordando algunos muy buenos momentos rebosantes de salud y energía. No miro el reloj porque no es aconsejable, mirar el reloj atrae el insomnio, pero sospecho que me dormí un poco después de las doce. No soñé. A veces lo mejor es no soñar.

No amaneció lloviendo y el día no es frío y como es domingo es el día de salir a caminar. ¡Maravilloso! Antes de salir tomo café y me hago un masaje. Por ser domingo el masaje es en todo el cuerpo porque tengo todo el tiempo y puedo hacerlo con mucha calma. Una caminata después de un masaje es como una droga, me siento muy bien. Cuando me siento muy bien pierdo el apetito porque me gusta sentir como que vuelo, es cuando más recuerdo a Virginia Woolf y entiendo su fastidio al hecho de comer:

No comer es un vicio, una especie de droga: con el estómago vacío se siente limpia y veloz, con la cabeza despejada, lista para la pelea. Toma un sorbo de café, baja la taza, estira los brazos. Levantarse a lo que parece ser un buen día, prepararse para trabajar pero no embarcarse todavía, resulta una de las experiencias más singulares. En este momento las posibilidades son infinitas, tiene muchas horas por delante. Su mente canturrea. Es posible que esta mañana logre atravesar el ofuscamiento, las tuberías atascadas, y llegar al oro. Lo siente en su interior, un segundo yo prácticamente indescriptible, o más bien un yo paralelo, más puro. Si fuera religiosa, lo llamaría el alma. Es más que la suma del intelecto y de sus emociones, más que la suma de sus experiencias, aunque corre por las tres como venas de metal brillante. Es una facultad interior que reconoce los misterios que animan el mundo porque está hecha de la misma sustancia y cuando es muy afortunada es capaz de escribir directamente a través de esa facultad. La satisfacción más profunda que conoce es escribir en ese estado, pero su capacidad de hacerlo viene y se va sin previo aviso. A veces levanta la pluma y la sigue con su mano mientras se mueve por el papel; a veces levanta la pluma y descubre que es sólo ella, una mujer con una bata de estar en casa y una pluma en la mano, temerosa e incierta, apenas competente, sin ninguna idea de dónde empezar o qué escribir. (La señora Woolf)

Las Horas. Michael Cunningham. Bogotá: Norma. 2000. 281 páginas.

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4:13 p.m.

Salí con la firme intención de comprar un mueble nuevo para organizar más libros y terminé almorzando como si llevara un mes sin comer. Lo mejor de todo es que estaba delicioso.

Hoy he pasado el día como me gusta, como un perro o gato doméstico, sin hacer nada pero sintiéndome muy bien. Así sospecho que se siente la gente feliz, aquellos que nunca han leído un libro, tienen esposa gorda, cinco hijos, aman la televisión y cada mañana le dan gracia al Dios vengador por tantos regalos. Cuando me siento bien -con la sospecha de que así se debe sentir la gente común- no alcanzo a llegar a envidiarlos, lo que siento es pena por ellos al saber que pasan por la vida con la misma profundidad con la que pasa su mascota. No, tal vez sus mascotas son un poco más reflexivas, no hay que despreciar a los perros y a los gatos, animales cariñosos y encantadores.

Si el afecto vale algo, siempre tendrás el mío

22 Jun

Creo que puedo emerger menos egoísta y convencida que antes y con mayor comprensión para las dificultades de los demás. La aflicción, como la que siento ahora por mi padre, es confortante y natural, y hace que la vida valga la pena aunque sea más triste. No puedo decir lo que has sido para mí todo este tiempo, porque no lo creerías, pero, si el afecto vale algo, siempre tendrás el mío.

Virginia Woolf a Violet Dickinson

9788426413383

Andando por la duna al borde del mar

22 Jun

De hecho el retorno de Virginia a este lugar, en sus últimos años, no fue un tributo pequeño al terapéutico poder del vecindario, puesto que no era feliz o, por lo menos, una gran parte de ella era claramente desgraciada. Mientras los otros se dedicaban a perseguir pájaros o temas paisajísticos, ella empezó a escribir, y fue aquí donde por primera vez consiguió un atisbo de aquello sobre lo cual deseaba escribir… Deseaba conocer cuanto había que conocer y escribir un libro -un libro-  pero ¿qué libro? Tuvo esta visión con mayor claridad en Manorbier, cuando contaba veintiún años, andando por la duna al borde del mar.

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Carta de Virginia Woolf a Leonard antes de suicidarse

11 Feb
Esta es la carta de despedida de Virginia Woolf a su esposo. Este hombre admirable y sacrificado merece todo nuestro respeto. Ojalá todas las mujeres talentosas tuvieran la suerte de encontrar un esposo como este.
 
Querido: Siento con absoluta seguridad que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Yo sé que esta vez no podré recuperarme. Estoy comenzando a oír voces, y me es imposible concentrarme. Así que hago lo mejor que puedo hacer. Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que uno puede ser. No creo que haya habido dos personas más felices que nosotros, hasta que ha venido esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Sé que lo harás, lo sé. Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo a ti toda la felicidad que he tenido en mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirlo — todo el mundo lo sabe. Si alguien hubiera podido salvarme ese alguien hubieras sido tú. Ya no queda en mí nada que no sea la certidumbre de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas puedan ser más felices de lo que lo hemos sido tú y yo. 
 
V. 

El dolor de cabeza de Virginia Woolf

5 Feb

El dolor de cabeza siempre está ahí, esperando, así que los periodos de libertad siempre parecen provisionales, sin importar su duración. A veces el dolor simplemente se instala por una tarde o un día o dos y después retrocede. A veces se queda y aumenta hasta que ella misma cede. En esos momentos el dolor se expande por el mundo desde su cráneo. Todo brilla y pulsa. Todo se infecta de resplandor, late con él, y ella suplica por un poco de oscuridad como un vagabundo que en el desierto suplicara por agua. Todos los rincones del mundo están tan desprovistos de oscuridad como el desierto de agua. No hay oscuridad en la habitación con los postigos cerrados, no hay oscuridad tras sus párpados. Sólo una mayor o menor luminosidad. Cuando cruza el umbral de este reino de brillo incesante, empiezan las voces. A veces son gruñidos débiles, incorpóreos, que surgen y se aglutinan a partir del aire mismo; a veces emanan de detrás de los muebles o del interior de las paredes. Son confusas pero llenas de significado, innegablemente masculinas, obscenamente viejas. Son rabiosas, acusatorias, desilusionadas. A veces parece que conversaran entre sí, en susurros, a veces parece que recitaran un texto.

Michael Cunningham, en Las horas. Bogotá: Norma. 2000: 74.