Archivo | julio, 2014

La felicidad consiste en hablar con alguien y volver a casa conmovido

27 Jul

Te encuentras con alguien a quien no has visto desde hace mucho; habláis durante horas, pero es la nada. Encuentras a otra persona, habláis y vuelves a casa conmovido. Esa es la verdadera originalidad de las personas, lo que esconden y que se trasluce, pese a todo, en lo que dicen.

Exactamente como la música y, para mí, con la gente que dice: “Para mí la música no significa nada” considero que se acabó, no puedo continuar, es algo sumamente grave, porque la música afecta precisamente a eso, a lo más íntimo de alguien. Con quien no siente la música no tengo punto común alguno, es de una gravedad sin nombre y como una maldición de la que el tipo no es consciente.

Cioran

Lucidez absoluta, criminal y agresiva

27 Jul

Mis grandes amigos no eran en modo alguno los escritores, sino los fracasados. Sobre todo hubo un hombre que ejerció una enorme influencia en mí, un tipo que había estudiado teología y tenía que haber sido sacerdote: sólo que para eso, tenía que casarse. El domingo de la boda, cuando todo el mundo estaba esperándolo, se dijo a sí mismo que era una locura y desapareció. Lo esperaron durante todo el día en la iglesia, pero había desaparecido, sencillamente, y no volvieron a verlo durante meses. Tuvo una gran influencia en mí. No tenía ningún don, no podía escribir y leía muy poco, pero su conocimiento de la naturaleza humana, su psicología innata, eran, sencillamente, extraordinarios. Nunca lo vi equivocarse sobre nadie. Era de una lucidez absoluta, criminal y agresiva. Yo lo frecuentaba regularmente y uno de los recuerdos más destacados de mi vida es una noche que pasamos juntos en Brasov, hasta la cinco de la mañana, por la calle. Pasamos toda la noche vagabundeando y, al final de aquella conversación, sentí vértigo, porque lo habíamos destruido todo juntos, absolutamente todo. Y él era mucho más fuerte que yo en la negación, más fuerte con mucha diferencia. Me contó también muchos secretos de su vida que no había revelado a nadie. No quiero decir que yo le deba mucho directamente, pero fue, a pesar de todo, un interlocutor muy importante para mí, porque con él comprendí hasta dónde se puede llegar. En la negación, él había llegado verdaderamente hasta el límite.

Cioran

Daniela Ospina, la fea

26 Jul

Daniela Ospina es la esposa de James Rodríguez, el nuevo jugador del Real Madrid, el 10, el jugador que hizo el mejor gol en Brasil 2014. El gran vendedor de camisetas: se venden diez cada minuto.

La jauría adora a James pero desprecia a Daniela, la odian, la quieren despedazar, desean estar en su lugar, sueñan con el dinero y el poder del jugador de fútbol y entonces le dicen fea.

Medio mundo a través de Twitter le dice que no es bonita, que es fea, que parece un travesti. Es increíble, la noticia le dio la vuelta al mundo.

Fea es el insulto más básico, es lo que suelen decirse los niños de escuela primaria para hacerse llorar unos a otros. Es el peor insulto para un niño de cinco años.

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¿Por qué la jauría se ensañó contra Daniela Ospina?

Porque sienten que ellos podrían gozar de semejante privilegio. Estar en su lugar.

¿No es asqueroso?

Sí, claro. La humanidad produce mucho asco.

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La imagen del desconsuelo

26 Jul

Una de las experiencias más desagradables para las personas mayores de cuarenta es encontrarnos con nuestros contemporáneos, ver cómo envejecen, se conservan, se hinchan, se secan, se encorvan, se quedan calvos, se hacen joviales o se convierten en personas amargadas.

A los cuarenta una persona tiene más o menos definido el rumbo de su vida, sabe si ha sido tratado con cariño o con crueldad, puede empezar a hacer el balance de su vida y puede tener más o menos claro si se cumplieron sus sueños o si puede llamarse a sí mismo fracasado, soñador, gente sin atributos y un pobre ser golpeado sin compasión por el azar y la mala suerte.

A los cuarenta se sabe si hemos tenido suerte en el amor, si la fortuna nos persigue o nos es esquiva y si la salud y la enfermedad son nuestros mejores amigos o nuestros verdugos.

No hay nada más doloroso que encontrarse con una persona de nuestra edad que se ha echado diez años encima en dos meses, los vemos y temblamos de miedo al pensar que eso nos podría pasar a nosotros.

Es agradable encontrarse con los amigos y ver sus rostros resplandecientes cuando nos dicen que nos vemos muy bien, mucho más jóvenes de lo que en verdad somos. Pero esas dichas son peligrosas porque mientras oímos las frases de júbilo y pensamos en los bien que nos vemos y nos sentimos, pensamos también, si somos un poco compasivos, en aquellos contemporáneos que no han sido bien tratados por la vida.

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Furia genética

25 Jul

La idea que tengo de mi papá cuando tenía mi edad es que se quería morir y siempre estaba furioso, con él mismo y con la humanidad. Su furia era tan desproporcionada que producía risa, la risa de sus hijos y la risa de su esposa. Su cara se desfiguraba con la furia, parecía otro. Si nos sorprendía mirándolo se enfurecía todavía más y a nosotros nos daba más risa.

No sé si sólo yo me daba cuenta de que el pobre hombre sufría y se hacía cargo de nosotros con una mezcla extraña de amor y odio, desprecio y admiración. Sospecho que sí. O tal vez los demás también lo sospechan pero nunca hemos hablado del tema porque heredamos en mayor o menor medida la furia de este hombre del que sabemos muy poco porque casi siempre que habla está furioso y la furia no lo deja pensar con claridad.

El tiempo pasó, nosotros crecimos, él se convirtió en un viejo y su furia se convirtió en resignación, ahora no se enfurece en público, ahora no se desfigura su rostro, ahora se encierra a ver televisión o se va cuando llegamos.

En sus buenos momentos, cuando no está furioso, es la persona más graciosa y cruel para narrar historias y para referirse a su prójimo. Su risa es contagiosa y su expresión corporal es tan suya que no queda más alternativa que reír cuando quiere representar su papel del señor más cruel y más gracioso del mundo. Representa su papel y se va y todos quedamos con la sensación de que es un hombre muy original. Sabemos también que esa originalidad la compartimos todos, todos somos un poco o muy furiosos.

¿Qué hago? ¿Me mato?

25 Jul

Acabo de llegar de mi caminata diaria, venía pensando que la mayor parte de la gente es estúpida y es imposible hacerla entrar en razón… dar consejos no sirve para nada. Me pregunté si valdría la pena escribir sobre el asunto y llegué a la conclusión de que ni siquiera tiene sentido decir que dar consejos no sirve para nada, lo mejor es no escribir, para qué.

Revisé mi correo y me encontré con este comentario cargado de reproches y reclamos. La corresponsal me vuelve a decir que no soy nadie, no valgo nada, no sé escribir y, como si fuera poco, soy fea, muy fea, la más fea de todas las mujeres con las que se ha cruzado en su miserable vida.

Leo el bendito correo y las lágrimas se deslizan por mis mejillas. Me pregunto si la mejor opción es cortarme las venas, dejar abierta la llave del gas o lanzarme desde la terraza impulsándome hacia arriba para que el golpe sea mucho más contundente de como lo imagino.

A continuación el correo, si decido prescindir de mí, si no me vuelven a leer, si no vuelven a ver mi desagradable cara, fue porque esta mujer generosa me convenció de que bichos como yo, plagas asquerosas y hediondas como la que esto escribe, no merecen seguir viviendo, no deben seguir estorbando porque no sirven ni siquiera para eso, porque su presencia lo contamina todo.

Adiós, amigos, ahí les dejo el mensaje de la lectora que me convenció de que la gente como yo sobra en el mundo, nacimos por error, no merecemos haber pasado de los ocho años. ¡Adiós!

 

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  • Gabriela (Visitante)
  • 2014-07-25 @ 06:45:49

Querida Elsy

Llego a esta entrada después de mucho tiempo de haber sido publicada. No sé si usted es muy bruta, ingenua, o muy convencida (…O una suma de todo). Con estos correos, que usted mañosamente separa de sus preguntas a Cano, queda muy mal: él se ve como un escritor que quería ayudar, sin prejuicios, a una estudiante y usted como una mediocre que buscaba, simplemente, tener reconocimiento. Ni siquiera leyó con juicio. Además, estuve revisando otras entradas de su blog para saber un poco más de usted y me di cuenta de que, en general, es una persona irrespetuosa, machista, prejuiciosa y con muy mal gusto. Con todo lo que se la pasa escribiendo en internet (por cierto nada con mucha calidad y con una prosa bastante floja), no creo que de verdad tenga tiempo para leer, para comprender los libros y la literatura. Dudo que usted crea que el arte es algo que se une íntimamente con el mundo, algo vital en él; es para Elsy solamente un instrumento para posar de intelectualoide.

A mejorar esa escritura, que está muy mal y muy vacía. Deje de pensar lo mismo que la farándula hueca de este país (de la cual usted no se distancia mucho), es decir: que ser fea ya la convierte en una mujer de letras.

No hay que jactarse nunca del menor éxito

24 Jul

No hay que jactarse nunca. La gente prefiere sentir compasión. Eso es lo que provoca su simpatía. En los ricos y en los pobres es igual. Ya lo he dicho, el hombre es un animal condenado. Para empezar, no hay que jactarse nunca del menor éxito. Eso es capital. Incluso en una sociedad muy refinada. Durante algunos años frecuenté la sociedad parisiense, gente bastante fina, inteligente. Y advertí una cosa: en una cena, por ejemplo, había quienes no podían quedarse hasta el final. En cuanto salían, eran el blanco de quienes se quedaban, por eso yo salía siempre el último. Eso me llamó la atención, en personas cultas, muy sutiles: en particular, en casa de una señora muy rica, que me invitaba a menudo, comprendí que toda la gente es igual, rica o pobre. Ni siquiera se trataba de maldad personal, pero el hombre detesta al hombre. Eran hipócritas. Se cenaba bien, era muy agradable, pero liquidaban a la gente en cuanto salía. Todas aquellas personas no eran profundamente malvadas, pero conservaban ese espíritu en el alma, esa necesidad de hacer daño, de disminuir al otro. No hay nada que hacer. Creo que ha sido siempre así. Tal vez sea menos fuerte en los monjes… Así, pues, el hombre está habituado a su maldad y sobre todo a su necesidad de calumniar al otro y eso en la llamada alta sociedad. Para mí fue una revelación, naturalmente había visto perrerías en Rumania, pero no me imaginaba eso en Francia y en semejantes sociedad. Pero puede uno perder todas las ilusiones y, no obstante, vivir.

Cioran