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¿Por qué ver cine produce depresión?

2 Jul

Ha habido periodos de mi vida en los que he dedicado meses enteros a ver películas viejas, los clásicos de todos los tiempos, y el recuerdo que me queda de esas bonitas jornadas es un largo aburrimiento, un aburrimiento de muerte, como dice Flaubert. Deseos de lanzarse por la ventana.

No me voy a lanzar por la ventana porque matarse no es elegante. No me voy a matar en esta temporada ni me he intentado matar en otras épocas cuando me consagro a ver películas pero sí vale la pena preguntarse si a toda la gente que se lanza a esas aventuras le pasa lo mismo que a mí y por qué no pasa con la lectura.

Puedo leer libros semanas enteras durante todo el día y me siento de muy bien ánimo todo el tiempo, pero con el cine la experiencia es a otro precio. ¿será porque las grandes historias son muy tristes? ¿tiene que ver con la imagen? ¿es porque el cine es como la vida? ¿es la música? ¿son los actores? ¿a toda la gente le pasa lo mismo o sólo a mí? ¿es porque se suman todas las artes en las mejores películas?

Viendo cine todos los días de la semana durante todo el día pienso en el abismo de Pascal que Baudelaire quiso expresar en su poema y recuerdo que esas experiencias son renovadoras, así deben ser los exorcismos y los retiros espirituales. Pienso en el  aburrimiento de mis escritores favoritos y en la novela de Alberto Moravia titulada El aburrimiento. No la leí pero sospecho que el protagonista se aburría mucho. Pienso en el aburrimiento de los presos y de los enfermos. Pienso en las personas enfermas de tristeza que reciben electrochoques o drogas psiquiátrica que los devuelven a la vida, que les hace ver la vida hermosa de forma artificial durante un breve periodo de tiempo. Pienso en la gente adicta a las redes sociales porque allá crean la ilusión de que no están solos, de que no están tristes ni abandonados. Así de profunda soy.

Casi toda la gente inteligente y analítica se aburre mucho. Casi ninguno de mis escritores favoritos es una persona feliz y realizada como Ricardo Silva Romero, Héctor Abad Faciolince, Alberto Salcedo Ramos o Daniel Samper Ospina. ¿La única persona que se siente bien en Colombia y además de eso escribe muy bien soy yo?

Me quedan cuarenta y nueve y espero sobrevivir. Era peor hace veinte años, cuando veía tres películas seguidas de Roman Polanski y me imaginaba la sensación que lleva a la gente a consumir drogas, alcohol o a tirarse por la ventana. Yo no lo hago ni lo haré, pero siempre termino pensando en la gente que lo hace. ¿tan tristes se sienten? ¿tan vacías son sus tristes vidas?

Se supone que no estamos hechos de vacío sino de energía y esa energía se altera por diferentes razones. ¿por qué razón el cine hace que la energía del cuerpo se viva como espacio vacío traducido en tristeza? ¿me pasa sólo a mí? ¿mucha gente pasa meses encerrada en su casa viendo películas todo el día  conscientes de que el cine los hace sentir un poco locos o un poco tristes o acaso soy la única valiente que sobrevive a la experiencia mientras tomo aguas aromáticas y acaricio el lomo de la perra de la vecina cuando salgo a almorzar?

Hoy he pensado todo el día en los encierros voluntarios en clínicas psiquiátricas de Lars von Trier después de hacer sus pelìculas, las de antes, las que le quedaban tan bien hechas bajo el efecto del alcohol, el pesimismo y el aburrimiento. ¿Los grandes directores están un poco locos? ¿A Andrés Caicedo lo mató el cine?

Vieja y fea a los 31. Dedicada a Catalina Ruiz-Navarro

30 Oct

Catalina Ruiz-Navarro es feminista, nadie lo duda, y en sus columnas de opinión suele tomar los escándalos relacionados con mujeres de la farándula norteamericana para reflexionar sobre estructuras de poder, patriarcado, falocentrismo, estereotipos impuestos por la sociedad patriarcal y reivindicación de los derechos de las mujeres reclamados desde hace ya bastante tiempo sin que ni hombres ni mujeres recapaciten ante la abominación de la que son cómplices al callar e ignorar.

¡No más! dice Catalina cada cierto tiempo y sale a marchar -en minifalda- (porque es dueña de su cuerpo) y a exhibir carteleras ante el Procurador.

Todos las semanas hay un escándalo relacionado con una “diva” y cada semana Catalina sufre y llora porque la diva atormentada es mujer y como mujer tiene derecho a no ser vulnerada en sus derechos. Toma como pretexto el sufrimiento de una mujer de la farándula para luego hablar de las mujeres en general y, luego, de ella en particular. Siempre termina hablando de ella y de la red de mujeres que la acompañaron en su infancia y adolescencia. Ella es una mujer rodeada de mujeres, educada por esas mujeres para luchar por los derechos de las mujeres. No hay quien lo dude.

La última columna feminista de Catalina Ruiz-Navarro se titula Espejito, espejito y en resumidas cuentas nos cuenta que está sumida en una tremenda depresión porque ya no aguanta el trago y la rumba dura como antes -cuando era modelo de la revista SoHo, cataba condones, despreciaba a los hombres con caspa, nos enseñaba cómo usar una minifalda y participaba en Estudios -de la revista SoHo- sobre cómo escoger hombres para rumbear, para goterear o para convertirlos en amantes de una noche.

Catalina está sumida en una tremenda depresión porque tiene 31 años, le salió una cana y se encontró una arruga cuando se contemplaba ante su espejo.

Catalina se ve como una chica SoHo o como una chica Águila, es un hecho, y asume que la mayoría de las mujeres desean ser “la chica” porque ven mucho cine y mucha televisión norteamericana: “Mientras los personajes para mujeres en Hollywood sigan limitados a “la chica” las actrices de Hollywood no van a poder envejecer”. Las divas del cine no pueden envejecer y Catalina tampoco, porque ella  también es “la chica”, así se ha representado ante los hombres y ante las mujeres y, por esa misma razón, cumplir 31 años se ha constituido para ella en una absoluta tragedia, en un motivo para narrar su indignación y su desazón.

Dice Catalina más adelante: “Las mujeres, a diferencia de los hombres, salimos de escena cuando envejecemos”. Eso no es cierto y ha llegado el momento de hablar de mí: he conocido a lo largo de mi vida mujeres de más de sesenta años respetadas y admiradas por hombres y mujeres, mujeres que no soñaban con ser “la chica”, sino seres humanos que se pensaron más allá de la edad, las líneas de expresión y su color de pelo. Pueden o no dejarse ver la canas, pero ese detalle tonto no es relevante; esas mujeres son mucho más que un cuerpo para el placer visual de los hombres o para su propio espejo, son seres humanos, mujeres que trabajan con hombres y con mujeres y que piensan más en su cerebro, en su experiencias, en sus gustos, que en los cuerpos que se ocultan debajo de la ropa.

Catalina está obsesionada con la vejez, tiene miedo de no ser una mujer atractiva, deseable ante la mirada masculina, y hace de ese temor un universal femenino que la mayoría de las mujeres no comparte: “A las mujeres, además, nos exigen una cosa rarísima: envejecer “con dignidad”. Esto quiere decir o bien aceptar la vejez (y con ella una sentencia a la obsolescencia) calladas, sin chistar, o hacernos algunos retoques aquí y allá en cuyo caso la dignidad reside en que nadie sepa a ciencia cierta por qué nos vemos más jóvenes”. Es obvio que el grupo social del que forma Catalina no es precisamente de intelectuales o de artistas sino de hombres y mujeres preocupados por la apariencia, por lo bien que se ven ante los ojos de los demás; al parecer ella asume que su grupo de amigos y la gente que ella admira y desea imitar encarna los valores de la sociedad entera. Si Catalina viera a la gente común, que es la mayoría, descubriría asombrada que los temores de ella producirían la risa de millones de mujeres que no los comparten, que cuando eran jóvenes no aspiraban a ser “la chica”.

Catalina tiene miedo: “Yo crecí en una casa con mujeres de cuatro generaciones. Las vi a todas desnudas, a mi mamá, a mi abuela, a mi bisabuela, y sé lo que me espera”. Yo no he visto a las mujeres de mi familia desnudas pero tengo claro que ellas se ríen de la vejez, son mujeres que viven la vida de tal forma que siempre temo si podré estar a la altura cuando llegue a su edad. Mi mamá es mucho más vital que yo y mi abuela soporta con resignación el final de la vida sin sentirse superior a nadie por hacerlo. No somos feministas, no tenemos nada que reclamarle a los hombres porque nos han tratado muy bien. El hecho de que Catalina Ruiz-Navarro no haya visto hombres en su familia, el hecho de que no sepa lo que es un padre amoroso y un abuelo cariñoso y sabio no debe convertirlo en pretexto para adjudicarle a Los hombres, a La sociedad patriarcal, los dolores de todas las mujeres, porque, entonces, lo que escribe no es una columna de opinión sino un ajuste de cuentas personal (casi tan personal como el de Uribe con las FARC), que no tendría por qué involucrar a todos los hombres del universo por una sencilla razón: la mayoría de los hombres no son como ella los imagina. Los hombres y las mujeres son seres humanos que sufren y sienten miedo e incertidumbre de forma similar.

Y así continúan los lamentos de “la chica”. Como diría el poeta: Esto no hay por dónde agarrarlo.

¿Cuándo aparecerán las feministas que amen a los hombres, que sueñen con llegar al fondo de esos seres maravillosos que a veces sienten tanto miedo, respeto y reverencia, esos hombres que parecen niños aspirando al poder para deslumbrar a las mujeres, esos admiradores insaciables de las versatilidad y del cuerpo femenino?

Las feministas como Catalina Ruiz-Navarro no saben de lo que se pierden al ver a los hombres como enemigos o como verdugos, ella no sabe que los hombres pueden ser compañeros respetuosos y amables. Soy mujer y para los hombres que he conocido a lo largo de mi vida sólo tengo palabras de afecto y de gratitud, mi vida no sería tan plena sin mi papá, mis hermanos, sobrinos, novios, amigos, sin mi cuñado y sin todos los jóvenes a las que he tenido el placer de oír hablar en un salón de clase. En vez de escribir, Catalina debería acudir a un psicólogo para que le ayude a solucionar sus conflictos con los hombres, un experto que le ayude a comprender y a perdonar la ausencia y el abandono de los hombres de su entorno.

Así termina, más o menos, el lamento de “la chica” que no sabe cómo asumir la edad adulta. Es muy triste saber que hay mujeres que se pueden complicar la vida con semejantes tonterías:

“Hoy, a mis 31 años, me encuentro preguntándome preocupada si eso será una arruga frente al espejo. Encima este año me salió mi primera cana, algo que solo es preocupante porque soy mujer, en los hombres los cabellos blancos equivalen a sex appeal, madurez, experiencia. Mi envejecimiento empieza a hacerse visible, es más evidente que no poder lidiar con la resaca. Me encuentro entonces teniendo un miedo irracional a esa vejez, no a los achaques o dolores que puedo aguantar en silencio (y con una mano en la frente para mayor drama), es más un miedo a ver, y a que todos vean, cómo se avejentan mis selfies. Es el mismo miedo irracional que sentimos los fans de Empire Records al ver que Zellweger había envejecido, que eso se puede, que “we are next”.

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¿Soy un talento desperdiciado o necesito ayuda profesional?

7 Ago

Cuando me lo propongo puedo parecer torpe, lenta y fracasada. Sé representar muy bien ese papel (especialmente si voy muy mal vestida y muy mal peinada).

Me aferro con terquedad obstinada al deseo de realizar sueños y anhelos superiores a mis condiciones y cualidades particulares, sueños inverosímiles.

Soy fría y seca con la gente que no me interesa.

Hay tardes en las que aspiro el aire desde mi ventana, llena de tedio y con la muerte en el alma. Siento deseos de lanzarme y acabar con todo, pero recuerdo que hay alimentos deliciosos en la nevera que no puedo dejar abandonados.

Soy dueña de un corazón testarudo que va demasiado lejos en las fantasías o en el estudio de las cosas que mi razón no puede comprender, soy presa de absurdos pensamientos, amiga del capricho y de lo deshilvanado.

La sabiduría en mí viene del abismo, deriva de la inmersión, nada debe a la voz de la revelación o al deseo de grandeza o de reconocimiento. Ni en los avances intelectuales ni en los materiales. No aspiro a nada, no quiero nada.

Cuando alguien me asfixia con su amor o con su admiración desmedida pienso: tu amor hace que mi corazón desfallezca de tristeza. No es una pose, es real. Déjame en paz, no me tortures más.

A veces tiendo a la desesperación, siento náuseas de tedio que impulsan a desear la muerte, llevo dentro de mí el aburrimiento de vivir. Puedo pensar también: ayer estuve espantosamente triste con una de esas tristezas que tenía en mi juventud y para librarme de las cuales hubiera sido capaz de tirarme por la ventana. Cuando tenía nueve años me lancé desde la terraza y nada pasó, caí parada, nadie se enteró de mi triste plan. No lo volví a intentar porque le temo al ridículo.

Los espectáculos alegres me ponen triste y los espectáculos tristes no me afectan gran cosa. Lloro demasiado por dentro para derramar lágrimas por fuera y es porque  sufro por la humanidad entera.

La aflicción, que en otros ablanda el corazón hasta la humildad, sólo consigue que me obstine cada vez más en mis extraños pensamientos; mis lágrimas no caen en el corazón, ablandando mi dureza, sino que me sucede lo que a la piedra: cuando el tiempo está húmedo suda por fuera.

En alguien como yo las ansias de vivir y el desprecio por la vida se mezclan de manera extraña: nací obsesionada con la idea de la muerte (frecuentemente la deseo con fervor desenfrenado) y, sin embargo, mi vida está colmada de planes para el futuro; mientras desprecio de manera consciente la vida, al mismo tiempo, a través de mi comportamiento y mis ilusiones, lucho por preservarla; cuando paso por periodos optimistas sueño con una vejez en la que rememoro el pasado.

Soy reservada, directa y poco dispuesta a expresar cariño a través de efusivas manifestaciones, razón por la cual es  imposible saber a quién amo y a quién desprecio. Evoco acontecimientos por las reacciones que éstos suscitaron en mí, los lugares son recordados con nostalgia por las emociones que han producido en mi mente y las personas por el encuentro que experimenté a través de ellos; vivo en función de mí misma y de las experiencias que pueda realizar sin ilusionarme fervorosamente por nada en particular.

El disimulo y el secreto son una necesidad para alguien como yo, a menudo mis relaciones son complejas, veladas, a pesar del afecto que pueda sentir y pienso: soy fría, seca, egoísta, y Dios sabe, sin embargo, lo que en estos momentos siento dentro de mí… He hecho mal, he sido necia. Me he portado contigo igual que en otros tiempos hice con aquellos a quienes más quería: les mostré el fondo de mi saco, y el polvo acre que despedía se les pegó a la garganta… Quisiera mandarte únicamente palabras dulces y tiernas, de esas suaves como un beso que algunos saben decir pero que, en mi caso, se quedan en el fondo del corazón y expiran al llegar a los labios. Si yo pudiera, cada mañana tu despertar se vería perfumado por una olorosa página de amor…

Deseo pasar desapercibida aún en medio de mis “excentricidades”, no quiero llamar la atención de nadie. Y, sin embargo, hay quien me condena debido a que mi comportamiento es interpretado de manera equivocada o exagerada: mi indiferencia se interpreta como arrogancia, mi sequedad como orgullo y mi frialdad como desprecio.

Los mejores afectos con frecuencia me irritan desmesuradamente y pienso de las personas que me interesan: ¿me comprenderás hasta el final, soportarás el peso de mi tedio, mis manías, mis caprichos, mis desánimos y mis coléricas mudanzas?… soy la oscura y paciente pescadora de perlas que bucea en los bajos fondos y vuelve con las manos vacías y la cara azulada. Una atracción fatal me empuja hacia los abismos del pensamiento, me lleva al fondo de esos precipicios interiores que jamás se agotan para los fuertes.

Lo bello y lo triste

6 Abr

Un escritor narra la historia de su amor con una joven de dieciséis años y como es literatura la heroína es mucho más fantástica que la protagonista, que la mujer real; es la historia de una verdad distorsionada, una versión de los hechos desde la distancia y el recuerdo por un hombre triste que se divierte observando a los pasajeros de un tren, los paisajes desde la distancia, flores y sonidos de campañas en la Noche de Año Nuevo. Se han vendido muchas ediciones, el autor mejora su condición económica, es un escritor famoso. Su esposa y sus dos hijos se dan la buena vida a costa de la narración del sufrimiento de una joven y el amor de esa joven con el narrador (que es el mismo escritor). El título de la novela es Una chica de dieciséis, simple, como tenía que ser el título de una novela de  Yasunari Kawabata.

Oki y Otoko se conocieron en Tokio, se enamoraron, ella era una amante diestra dispuesta a todo, sumisa y discreta, quedó embarazada, perdió al bebé de Oki (una niña) y la pérdida la llevó a la locura, pero nunca dejó de amarlo. El asunto es cursi y la historia es absurda. ¿Será frecuente este hecho en Tokio y en kioto? ¿En Japón los hombres de treinta y cinco años desean y se enamoran de jóvenes vírgenes que luego enloquecen de amor por ellos? El narrador insiste en que la literatura sólo puede surgir de la vida real, de las experiencias intensas, que sólo se puede escribir algo bello, artístico, cuando el sentimiento ha sido muy profundo: sin amor, sin odio, sin deseo…  es imposible  escribir algo que pueda llamarse con respeto y reverencia una  Obra de Arte digna de ser apreciada, esa es una de las conclusiones contundentes en esta novela en la que se reflexiona seriamente sobre la esencia de la estética, el estilo y la pureza.

En Colombia esta  conmovedora historia de amor sólo podría verse en una telenovela, no en lo que llamamos Una Obra Literaria. Si las feministas analizan Lo bello y los triste con lupa descubrirán fácilmente el patriarcado y el falocentrismo, podrían terminar odiando a Kawabata como odian a Bukowski y tal vez a Lovecraft. ¡Dios no permita que esta novela caiga en las manos de Catalina Ruiz-Navarro porque la destrozaría!

Otoko supera el dolor gracias al apoyo de su madre, se tienen la una a la otra y la madre desea que su hija se enamore de nuevo, se case y tenga hijos pero ella sólo puede amar a Oki y lo amará hasta la última página del libro porque en ella no cabe el odio, el resentimiento ni la venganza, ella sólo sabe amar a ese hombre y él también siente que no volverá a amar a otra mujer como la amó a ella.

Otoko pinta y Oki escribe novelas, la esposa de Oki ha perdonado la traición pero se atormenta sabiendo que en la novela se destaca más la pureza de la joven que sus propios celos y sabe que debe soportar el sufrimiento que implica ser la esposa de un escritor. Pasan los años y parecen haberse curado las heridas, ninguno de los personajes imagina el final dramático de la historia en manos de Keiko, la protegida de la señorita  Otoko Ueno. Un drama total que termina en la muerte de un joven que no pudo resistirse ante los encantos de la belleza femenina.

Oki es un hombre triste y sueña con ir a Kioto (donde vive Otoko) para oír con ella las campanas en la noche de Año Nuevo. Ella lo recibe con su aprendiz: Keiko. Keiko es joven, hermosa y seductora y espera vengar el dolor de Otoko, su maestra,  a través del sufrimiento del padre y el hijo y, entonces, los seduce a los dos. La novela termina con la muerte de Taichiro, el hijo de Oki, una joven promesa de la intelectualidad de Tokio.

 

Consejos gratis

18 Mar

Perdí la memoria hace ya bastante tiempo

Y el truco para perderla es simple y no ha pasado de  moda:

Vive la vida de instante en instante, tal como la vivo yo.

Cuando camines sin afán recuerda tu vida de hora en hora,

De día en día, de mes en mes, de año en año…

Rememora cada anécdota de tu pasado y el día menos pensado se borrarán los tontos recuerdos de tu mente de tanto como los has distorsionado.

Aunque no te sientas feliz tampoco te sentirás triste, como un ridículo  poeta ansioso por narrar sus historias de memoria, olvido, soledad y melancolía. ¡Esos temas pasaron de moda hace mucho tiempo ya!

La tristeza también pasó de moda, pero no es necesario exagerar.

No es necesario sonreír con toda la cara para darle a entender a tu prójimo que ahora no te embarga la tristeza.

En todo caso siempre será preferible leer a un tonto poeta melancólico que a un sucio vendedor de trucos para ser feliz en cinco cortos pasos, no leas basura de autosuperación y en cuanto te sea posible no vuelvas a ver televisión, esa basura deprime a cualquiera.

La soledad es un estado del alma y lo más probable es que no tengamos alma.

Conclusión: no estás solo.

Si el insomnio se apodera de tus noches y en medio de las sombras ves figuras de perros flacos y mujeres ahogadas, no desfallezcas, el insomnio también tiene solución: búscate un amante que te deje tan agotado que olvides por completo las penas que acongojan tu triste corazón. No te preguntes mucho si será o no será el amor de tu vida, si la vida tiene sentido o no lo tiene, si el fin del mundo llegará pronto. Goza el momento como te enseñé en el primer apartado y en tus noches de insomnio dedícate a recordar pero sin darle mucha importancia a los recuerdos, hazlo por el simple placer de ejercitar el cerebro y no cuentes las horas que faltan para que amanezca, en cuanto te sea posible no vuelvas a mirar el reloj.

Si cumples mis preceptos al pie de la letra también desesparecerá de una vez y para siempre la sensación de abandono.

La tristeza de Madame Bovary

4 Feb

Aquella felicidad, sin duda, era una mentira imaginada por la desesperación de todo deseo.

Los apetitos de la carne, las codicias del dinero y las melancolías de la pasión, todo se confundía en un mismo sufrimiento.

Allí seguía tendida, con la boca abierta, las manos extendidas, inmóvil, y blanca como una estatua de cera. De sus ojos salían dos amagos de lágrimas que corrían lentamente hacia la almohada.

Las dichas futuras, como las playas de los trópicos, proyectan sobre la inmensidad que les precede sus suavidades natales, una brisa perfumada, y uno se adormece en aquella embriaguez sin siquiera preocuparse del horizonte que no se vislumbra.

Se sintió languidecer y completamente abandonada, como una pluma de ave que gira en la tormenta; e instintivamente se encaminó hacia la iglesia, dispuesta a cualquier devoción, con tal de entregarse a ella con toda el alma y de olvidarse por completo de su existencia.

Cuando se arrodillaba en su reclinatorio gótico dirigía al Señor las mismas palabras de dulzura que antaño murmuraba a su amante en los desahogos del adulterio. Era para avivar la fe; pero ningún deleite bajaba de los cielos y se levantaba con los miembros cansados, con el vago sentimiento de un inmenso engaño.

Estaba enamorada de León, y buscaba la soledad, a fin de poder deleitarse más a gusto en su imagen. La presencia de su persona le turbaba la voluptuosidad de aquella meditación. Emma palpaba el ruido de sus pasos; después, en su presencia la emoción decaía,y luego no le quedaba más que un inmenso estupor que terminaba en tristeza.

¿No parecía atravesar la existencia, apenas rin rozarla, y llevar en la frente la señal de alguna predestinación sublime? Estaba tan triste y tan tranquila, tan dulce y a la vez tan reservada, que uno se sentia a su lado prendido por un encanto glacial, como se tiembla en las iglesias bajo el perfume de las flores mezclado al frío de los mármoles.

La luz blanquecina de los cristales bajaba suavemente con ondulaciones. Los muebles en su sitio parecían haberse vuelto más inmóviles y perdidos en la sombra como en un aceáno tenebroso. La chimenea estaba apagada, el péndulo seguía oscilando. Y Emma se quedaba pasmada ante la calma de las cosas, mientras que dentro de ella se producían tantas conmociones.

Acostumbrada a los ambientes tranquilos, se inclinaba, por el contrario, a los agitados. No le gustaba el mar sino por sus tempestades y el verdor sólo cuando aparecía salpicado entre ruinas. Necesitaba sacar de las cosas una especie de provecho personal; y rechazaba como inútil todo lo que no contribuía al consuelo inmediato de su corazón, pues, siendo de temperamento más sentimental que artístico, buscaba emociones y no paisajes.

Estaba tan triste, tan triste, que viéndola de pie a la puerta de su casa, hacía el efecto de un paño fúnebre extendido delante de la puerta. Su enfermedad, según parece, era una especie de bruma que tenía en la cabeza, y los médicos no podían hacer nada, ni el cura tampoco. Cuando le daba muy fuerte, se iba completamente sola a la orilla del mar, de manera que el oficial de la aduana, al hacer la ronda la encontraba a menudo tendida boca abajo y llorando sobre las piedras. Dicen que, después de casarse, se le pasó.

-Pero a mí -replicaba Emma- eso me ha venido después de casada.

El siguiente día fue para Emma un día fúnebre. Todo le parecía envuelto en una atmósfera negra que flotaba confusamente sobre el exterior de las cosas y la pena se hundía en su alma con aullidos suaves, como hace el viento en los castillos abandonados. Era ese ensueño que nos hacemos sobre lo que ya no volverá, el cansancio que nos invade después de cada tarea realizada, ese dolor, en fin, que nos causa la interrupción de todo movimiento habitual, el cese brusco de una vibración prolongada.

Gustave Flaubert. Madame Bovary. Madrid. Cátedra. 2002. 432 páginas

La tristeza y la alegría como expresión del vacío de la vida

4 Feb

Quien es muy alegre debe ser un hombre bueno, pero quizá no sea el más inteligente, aunque logra aquello a lo que el más inteligente aspira con toda su inteligencia.

Nietzsche

El origen de la sonrisa, según la explicación de los etólogos, proviene del hecho de mostrar las dientes en señal de inconformidad ante la presencia de un adversario, como cuando un perro de la calle, por ejemplo, quiere apropiarse del lugar, la conquista o el alimento de otro que por cuestión del azar llegó primero. La sonrisa no tiene un origen enaltecedor, es la expresión emotiva de quien sabe que va a triunfar incluso antes de haber comenzado la competencia o se halla en posición de superioridad y quiere parecer indulgente. Cuanta más ventaja o mayor rango más prodigalidad en la concesión de sonrisas, si se gruñe o no se sonríe es porque todavía no hay apropiación cabal de posición dominante o simplemente el portador del rostro -la máscara, la personalidad- no ha descubierto los beneficios que aporta el hecho de desplegar una amplia sonrisa. En un libro que se titulara Cómo tratar a sus subordinados con toda seguridad se aconsejará al ejecutivo que sonría cuando llegue a la oficina para que los demás entiendan de una vez por todas quién es el capitán del barco.

Sonreír parece un acto noble, expresión cabal de tolerancia, respeto y aceptación, pero puede ser también desafío, superioridad manifiesta ante quien recibe las muestras de afecto. Si uno se presenta como un regalo ante los demás y la naturaleza lo ha dotado con cualidades físicas, morales o intelectuales excepcionales, la sensación de suficiencia o aplomo que sugiere la actitud puede resultar incómoda o irritante para aquellos a quienes el azar no les brinda ni siquiera la ilusión de llegar a soñar con ser la caricatura de aquello que los deslumbra.

La risa y el llanto son confirmación del vacío de la vida, pero es preferible soportar una risa desenfrenada que una amargura mal justificada:

Produce a la verdad un singular efecto el pasearse tan tranquilamente por los restos de tantas agitaciones; encontrar a cada paso males previstos que no sobrevinieron, bienes esperados que no se realizaron, y para colmo de miserias las huellas de violentas preocupaciones a propósito de hechos ignorados, que no están indicados, y cuya memoria misma, si se encuentra, no nos dice nada. Semejante paseo debería ser suficiente para enseñarnos a sobrellevar con calma el vaivén de todas las cosas de este mundo (Tocqueville. 1985: 24).

Un acto heroico: ser consciente de las calamidades de la vida, la imposiblidad de saber nada con certeza, la inestabilidad de todo a nuestro alrededor y, sin embargo, asumir una actitud valerosa, no dejar de perseverar en la búsqueda de curiosidades intelectuales, acoger el siguiente consejo: “No hay cosa mejor para el hombre que coma y beba y que su alma se alegre en su trabajo (Eclesiastés 2-24), que su trabajo se constituya en el cultivo de la sabiduría:

Bienaventurado el hombre que halla la sabiduría, y que obtiene la inteligencia; porque su ganancia es mejor que la ganancia de la plata, y sus frutos más que el oro fino… No la dejes y ella te guardará; Amala y te conservará. Sabiduría ante todo; adquiere sabiduría; sobre todas tus posesiones adquiere inteligencia.

Engrándecela, y ella te engrandecerá. Ella te honrará cuando tú la hayas abrazado. Adorno de gracia dará a tu cabeza; corona de hermosura te entregará (Proverbios. 3-4).

El régimen de la alegría

El régimen de la alegría es del todo o nada: sólo hay alegría total o no hay ninguna alegría.

Clément Rosset

Si se acepta que nadie es imprescindible y la única verdad consiste en saber que estamos condenados a repetirnos generación tras generación será fácil convertir la vida en una tragedia o reirse de ella, vivir el instante como lo único real y digno de atención, tratando de buscar grandeza en lo banal, en lo cotidiano:

Hay algunos que creen que la estampa deslumbrante de los fuertes y los sabios perdura más que la de los humildes y degraciados… Basta con que mires el firmamento, para que el horizonte despierte en ti la certeza de la futilidad de aquellos que se creen eternos revelándote su tonta pedantería… Cada hombre sobresaliente es la imagen renovada de otro ya muerto y las acciones sorprendentes de algunos sólo son el recuerdo de las valientes y bellas empresas de nuestros ancestros (Serrano. 2003: 175).

Tampoco hay nada nuevo que se pueda decir para comprender o explicar el mundo o la realidad:

Hay verdades que son eternas; lo que cambia, a mi entender, es el momento en que se plantean y la manera como se plantean. La primera consecuencia de ello es la de volver a lo que quizá sea la primera virtud intelectual, o por lo menos aquello que en sus comienzos era el trasfondo del pensamiento filosófico: la prudencia. La prudencia contra la arrogancia, contra el orgullo, contra la pretensión, contra la paranoia que puede verse como una de las características intelectuales de hoy. La prudencia siempre ha estado orgánicamente anclada sobre la vida cotidiana, sobre la vida banal. De ahí la necesidad, a veces, de volver a lo banal (Maffessoli. 1993: 21).

Así como es más razonable evitar el dolor que buscar la felicidad, tiene más sentido desear la alegría que cultivar la tristeza. La alegría resulta de la plenitud y la tristeza de la carencia, se trata de estados de ánimo motivados uno por exceso de presencia y el otro por ausencia total de algo que no se sabe explicar. Aunque ninguno de los dos estados de ánimo transforma la realidad, es más peligrosa, seductora y contagiosa la tristeza que la alegría, y, sin embargo, se supone que el triste es superior, más inteligente y capaz que el alegre. La risa se condena por ser considerada como manifestación de estupidez, ignorancia o superficialidad.

A partir de los planteamientos de Aristóteles en su Problema XXX,1 se ha enaltecido de manera excesiva el valor del silencio, la soledad y la tristeza como rasgos propios de los espíritus refinados, seres destinados a sobresalir como artistas, guerreros o filósofos. Si se observa con detenimiento la historia del arte o de la filosofía se puede constatar que la melancolía no es un requisito fundamental para desarrollar una obra, el proceso espiritual o intelectual no se hace más efectivo si el artista es triste, en muchas ocasiones la tristeza se halla más relacionada con frustración, timidez o indignación:

El hombre indignado, y todo aquel que con sus propios dientes se despedaza y se desgarra a sí mismo (o, en sustitución de sí mismo, al mundo, a Dios, o a la sociedad), ése quizá sea superior, según el cálculo de la moral, al sátiro reidor y autosatisfecho, pero en todos los demás sentidos es el caso más habitual, más indiferente, menos instructivo. Y nadie miente tanto como el indignado (Nietzsche. 1999: 55).

La alegría y la tristeza parecen ser dos caras de la misma moneda, ninguno de los dos estados da cuenta de su razón de ser, de su naturaleza, pero la percepción que el triste o el alegre realiza de sí mismo, tanto como la relación que establece con el exterior -con personas, acciones e ideas- es radical: todo adquiere un sabor dulce o amargo, cuando se es muy triste o muy alegre no se admiten términos medios.

La alegría y la tristeza son estados de ánimo creados, artificiales, construidos a partir del deseo de quien experimenta la sensación de tenerlo todo o de estar falto de algo:

Así como el alegre es incapaz de decir el motivo de su alegría y expresar la naturaleza de lo que le colma, el melancólico no sabe precisar el motivo de su tristeza ni la naturaleza de lo que le falta -salvo que se repita con Baudelaire que su melancolía carece de contenidos y lo que le falta no figura en el registro de las cosas existentes… De ahí la diferencia fundamental entre el vacío romántico y el vacío alegre: el primero fracasa al describir lo que no existe, el segundo al hacer el recorrido completo de lo que existe. En otras palabras, la alegría siempre anda relacionada con lo real, mientras que la tristeza se debate sin cesar, y ahí reside su propia desdicha, en lo irreal (Rosset. 2000: 14).

Humor, frivolidad y seriedad.

El humor es una herramienta crítica de gran eficacia, manifestación de grandeza que pareciera revelar que en última instancia todo es absurdo y por lo tanto la mejor alternativa consiste en reir, es una afirmación de dignidad, declaración de superioridad ante los acontecimientos. Carecer de humor es carecer de humildad, es estar demasiado lleno de uno mismo.

Para convertirse en “maestro del humor negro y la ironía” es necesario pasar por prolongados periodos de tiempo en los que el principal objeto de análisis y observación sea uno mismo pero sin tomarse en serio, se debe haber padecido lo que, por ejemplo, expresa un hombre como Flaubert:

Hubo un tiempo en que me mirabas como un egoísta celoso que se complacía rumiando perpetuamente su propia personalidad. Eso es lo que creen quienes ven la superficie. Lo mismo ocurre con ese orgullo que tanto indigna a los demás y que, no obstante, cuesta tamañas miserias. Al contrario, nadie ha aspirado a los demás más que yo. He ido a olfatear estiércoles desconocidos, me he apiadado de muchas cosas ante las que no se enternecían las personas sensibles… Sin embargo, creo que la ironía domina la vida. ¿por qué, cuando he llorado, he ido con frecuencia a mirarme al espejo, para verme? Esta disposición para planear sobre uno mismo es quizá la fuente de toda virtud. Te arranca de la personalidad, lejos de retenerte en ella. La comicidad llegada al extremo, la comicidad que no hace reír, el lirismo en la broma es para mí lo que más me seduce como escritor. Ahí están los dos elementos humanos (Flaubert. 1989: 189).

El sentido del humor es el término medio entre frivolidad y seriedad: para el frívolo nada tiene sentido, para el serio todo es trascendente. El frívolo se ríe siempre, es insípido y molesto, no se preocupa por evitar herir a otros con sus comentarios, para el serio todo es profundo. El serio confía en que el camino que recorre lo conducirá hacia el lugar con el que sueña, cree que podrá descubrir algo nuevo sobre la faz de la tierra y suele concebirse como centro y fin del universo aunque no lo manifieste.

La risa amarga en el artista triste

Quien esquiva los grupos, la vida comunitaria, y, sin embargo, tiene un don especial para divertir con sus ocurrencias cuando se halla en reuniones sociales, por lo general desprecia a quienes divierte, cuando se vuelve a encontrar consigo mismo suele sumergirse en prolongados estados depresivos, le pasa lo que, como explica Flaubert a Louise Colet, ocurre con los champiñones cuando se les acerca al fuego: despiden su jugo y luego quedan aún más secos. Estos “humoristas” suelen ser observadores minuciosos y desapasionados del comportamiento humano, seres solitarios y sutiles que se divierten en los funerales y se deprimen en los festivales, un “animal pletórico de genio, sufriendo y exhalando todos los suspiros y todas las ambiciones” (Baudelaire. 1995: 33).

Baudelaire soñaba con lo que logró a través de la escritura y por eso es tan vital. Para el famoso prefacio a Las flores del mal quiso “una mezcla de misticismo y travesura”; consideraba que “la absoluta franqueza es el procedimiento más original para un artista”; se propuso “relatar pomposamente los asuntos más cómicos” y fantaseaba con “una amplia sonrisa en un hermoso rostro de gigante”. Dos cualidades literarias: “sobrenaturalismo e ironía”. Considera que “lo que existe de embriagador en el mal gusto es el placer aristocrático de disgustar” y seguramente uno de sus plegarias más frecuentes fue: “Señor y Dios mío, concédeme la gracia de escribir algunos buenos versos que me prueben a mí mismo que no soy el último de los hombres, que no soy inferior a aquellos a quienes desprecio” (Baudelaire. 1995: 20-36).

En una de sus cartas escribió, refiriéndose a Las flores del mal:

Debo deciros, ya que no lo habeis adivinado más que los demás, que en ese libro atroz he puesto todo mi corazón, toda mi ternura, toda mi religión (enmascarada), todo mi odio, toda mi mala suerte. Verdad es que escribiré lo contrario, que juraré por todos mis dioses que es un libro de arte puro, de monerías, de malabarismos, y mentiré como un sacamuelas (Citado por Bataille. 1971: 58).

Sobre la franqueza como el mejor recurso estético Flaubert también es enfático. “Cualquier hombre que supiera escribir correctamente crearía un libro soberbio al redactar sus Memorias, si las expusiera con sinceridad y de manera completa… Lo que vuelve tan hermosas las figuras de la Antigüedad es que eran originales: ahí está todo, el sacar de uno mismo” (Flaubert. 1989: 95-190).

También reflexionó, como Baudelaire, Sobre la relación entre estética, estoicismo y misticismo, siempre en función de un mejor ejercicio como artista:

No presumo de ir hacia un falso idel de estoicismo, pero evito las ocasiones de sufrimiento y las atracciones peligrosas de las que ya no se vuelve… No he podido llegar al estoicismo, al que nada afecta, y que no se rebela más ante la estupidez que ante el crimen; pero he conseguido librarme completamente de todo cuanto puede mostrarme la estupidez humana… Me oriento hacia una especie de misticismo estético (si ambas palabras pueden ir juntas), y querría que fuese más fuerte. Cuando ningún estímulo nos viene de los demás, cuando el mundo exterior nos asquea, nos vuelve lánguidos, nos corrompe y nos embrutece, las personas honradas y delicadas se ven forzadas a buscar en sí mismas, en algún lugar, un sitio más limpio para vivir (Flaubert. 1989).

Cuando las personas solitarias encuentran compañía o se expresan en público suelen parecer rústicas y desalmadas no precisamente porque sean mal educadas o hayan perdido el alma sino porque durante su encierro, soledad y silencio han dispuesto de tiempo para observar y descubrir relaciones entre acciones, reacciones y sentimientos, se han ejercitado en el arte de lo cómico, lo irónico y lo didáctico sin que se trate de una habilidad premeditada, se trata de una destreza nacida de circunstancias concretas que desarrollan estados de ánimo y capacidades sensoriales de las que no se es plenamente consciente.

He aquí la reflexión sobre un tema sublime (la fusión entre amor y erotismo) realizada por dos observadores sutiles:

El amante jadeante sobre su bella amada,

Semeja un moribundo que su tumba acaricia.

(Baudelaire. 1982: 30).

Máximas sueltas: no son sinceras consigo mismas; no se confiesan sus propios sentidos; confunden su culo con su corazón, y creen que la luna está hecha para alumbrar su cuarto (Flaubert. 1989: 187).

Un polvo dura un minuto y lo has deseado durante meses (Flaubert. 1989: 291).

La clave del efecto consiste en hablar o escribir con énfasis y descaro sobre situaciones cómicas o triviales que suelen concebirse “por la gente sensible” como asuntos serios o sublimes.

Lo que divierte, asombra y se convierte a veces en revelación en este tipo de textos no es el hecho que se menciona sino la crudeza, lograda a través de la selección y combinación de palabras, ya que “Todo el talento de escribir no consiste, después de todo, más que en la elección de las palabras. La precisión es la que hace la fuerza” (Flaubert. 1989: 213).

Schopenhauer, un experto en este tipo de escritura, considera que “son los ejemplos de talla colosal los que dan las explicaciones más evidentes en todas las materias”. En la siguiente cita, después de haber explicado la diferencia entre orgullo y vanidad, pasa a relacionar estas cualidades humanas con el amor a la patria:

Todo el que posee méritos personales distinguidos, reconocerá más claramente los defectos de su propia nación, puesto que siempre la tiene presente a la vista. Pero todo imbécil execrable, que no tiene en el mundo nada de lo que pueda enorgullecerse, se refugia en este último recurso, de vanagloriarse de la nación a que pertenece por casualidad; en eso se ceba, y, en su gratuidad, está dispuesto a defender (con manos y pies) todos los defectos y todas las tonterías propias de esta nación. (Schopenhauer. 1998: 38).

Flaubert también escribío ácidas páginas en torno al amor a la patria y al humanitarismo:

En cuanto a la idea de la patria, es decir, de cierta porción de terreno dibujada en el mapa y separada de las demás por una línea roja o azul, ¡no! La patria es para mí el país que quiero, es decir, con el que sueño, aquel en que me encuentro bien. Soy tan chino como francés, y no me alegro nada de nuestras victorias frente a los árabes, porque me entristecen sus reveses. Quiero a este pueblo áspero, persistente, vivo, último tipo de las sociedades primitivas y que, al hacer alto a mediodía, tumbado a la sombra, bajo el vientre de sus camellas, se burla, mientras fuma su chibuquí, de nuesta valiente civilización que tiembla de ira (Flaubert. 1989).

Bibliografía

Bataille, George. La literatura y el mal. Madrid: Taurus. 1971.

Baudelaire, Charles. Las flores del mal. Bogotá: Oveja negra. 1982.

__________ Mi corazón al desnudo y otros papeles íntimos. Madrid: Visor. 1995.

Flaubert, Gustave. Cartas a Louise Colet. Madrid: Siruela. 1989.

Maffesoli, Michel. El conocimiento ordinario. Compendio de sociología. México: Fondo de Cultura Económica. 1993.

Nietzsche, Friedrich. Más allá del bien y del mal. Madrid. Altaya. 1999.

Rosset. Clément. La fuerza mayor. Notas sobre Nietzsche y Ciorán. Madrid: Acuarela. 2000.

________ El principio de crueldad. Valencia. Pre-Textos. 1994.

Schopenhauer, Arthur. La sabiduría de la vida – En torno a la filosofía – El amor, las mujeres y la muerte y otros temas. México: Porrúa. 1998.

Serrano, Enrique. Tamerlán. Bogotá: Seix-Barral. 2003.

Fuente: Texto gentilmente cedido por la autora

Ver de la misma autora

Flaubert y la melancolía: las cartas a Louise Colet – Elsy Rosas Crespo
Genio y melancolía – Elsy Rosas Crespo

Gerardo Herreros http://www.herreros.com.ar

http://www.herreros.com.ar/melanco/crespo2.htm