Tag Archives: literatura colombiana

Esas no son penas

12 Sep

La semana pasada tuve una conversación muy erudita con Estefanía Uribe Wolff, una joven promesa de la literatura colombiana que ha publicado un solo libro en el que retumban dos voces de las letras hispanas: Juan Rulfo y Fernando Vallejo:

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Le pregunté a Tefa entre sollozos por qué los ensayistas tienen la bendita manía de posar con libros -para la foto- en vez de aparecer subidos en un rodadero o con una peluca afro y entre las dos concluimos que los grandes intelectuales asumen poses porque tal vez son inseguros y necesitan reafirmarse y ese es el motivo por el cual aparecen (buscando en Google-Imágenes) con sus libros al lado, al frente o atrás:

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Tefa me propuso que fuera más osada: que no sólo usara peluca afro sino que buscara la rosada -la del Pibe- y esta fue la mayor aproximación que encontré en Cachivaches (la tienda de moda), con la ilusión de aparecer en el futuro al lado de los grandes intelectuales y ensayistas del pasado, del presente y del futuro, con los más grandes del mundo y de todos los tiempos, claro:

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Aquí poso con libros y con gafas para parecer un poco más creíble:

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Mientras compraba la fallida peluca del Pibe recordé que siempre soñé con verme un poco como Marina Abramovic,  Terele Pávez y Charlotte Gainsbourg pero el problema es que no soporto el pelo largo.

Compré esta otra peluca para gozar durante media hora con mi fantasía:

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…..

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¿Por qué Carolina Sanín no es graciosa?

14 May

Carolina Sanín se presenta como una mujer divertida ante su público y asume que es la maestra del humor negro y la ironía (partamos del siguiente principio: el humor no se explica y, además, su público está en Facebook). Dice sin vergüenza que la verdad duele y que ella dice la verdad y para ella decir la verdad es hablar de los lugares comunes más manoseados usando palabras dignas de un mecánico de motos borracho después de haber ingerido muchas cervezas Poker en una tienda de borrachos tristes de barrio popular de la peor calaña, de esos que ella seguramente no conoce porque es una señora muy distinguida que no se junta con la chusma.

Ella dice que su humor es fino y que nosotros no lo entendemos porque somos provincianos. Asume que su humor es una mezcla del mejor humor inglés y norteamericano y que a nosotros nos falta mundo y formación académica para comprenderlo. No entendemos sus chistes porque no estamos a su altura, no somos dignos de su inteligencia y creatividad desbordante.

Carolina Sanín debería repasar las ideas fundamentales sobre lo que significa la verdad y sobre el miedo natural a enunciarla porque puede ser peligroso. Que lo digan Sócrates, Sade, Flaubert, Baudelaire y yo. Tuve que autocensurarme porque me amenazaron de muerte, con ácido, me suspendieron la cuenta de Twitter, inventaron todo tipo de mentiras y calumnias para enlodar ni nombre y mi honra por el simple hecho de haber dicho algunas pequeñas verdades, por ejemplo, sobre Carolina Sanín y sobre otras estrellitas del mundo de la farándula y de la alta intelectualidad colombiana. Ricardo Silva Romero es intocable, eso ya lo sé, es el niño mimado de los medios y de algunas universidades. Doña Marianne Ponsford se indignó cuando leyó una breve remembranza que escribí hace un tiempo sobre su adorada Margarita Posada. Quienes dicen la verdad se exponen al odio de la masa y que yo sepa a Carolina Sanín nadie la odia, la ven como a una señora ridícula y sobreactuada convencida de que es chistosa cuando sólo es sería, amargada, arrogante, sin sentido del humor y víctima del autoengaño. Eso la convierte en un ser patético.

Carolina Sanín debería hacerse el favor de  leer, por ejemplo, a Nietzsche y a Étienne de La Boétie para que aprenda a distinguir la verdad de la grosería y la vulgaridad, que es lo que ella practica. Debería tomarse el trabajo de leer “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral” y “Sobre la servidumbre voluntaria” y reflexionar profundamente y con humildad sobre el hecho de si vale la pena seguir exponiéndose al ridículo de forma deliberada en Facebook y en YouTube.

El gran error de nuestra señora mayor de cuarenta años que asume la actitud de una niña mimada y malcriada -una humorista que no hace reír sino que da pena ajena en su papel de irreverente-es que parece no conocer las cualidades del humor y la ironía. Para que entienda de una vez por todas y para siempre en qué consiste este bello arte vamos a explicarle brevemente y de forma clara (1,2,3,4…) en qué consiste y por qué se requiere no sólo el deseo de hacer reír sino que también hay que contar con algunas cualidades escasas en ella y abundantes en mí: libertad, convencimiento, honestidad, inteligencia, estilo y creatividad, cualidades que nuestra señora de alcurnia no posee, entre otras cosas, porque no se ha untado de pueblo y porque cree que la verdad está en los libros y sólo es chistoso lo que le causa gracia a ella y a su perra salchicha, animal con el que come en el mismo plato y con el que comparte el lecho. ¡Qué asco!

Mientras explico en qué consiste el arte de hacer reír al inteligente y llorar al tonto daré ejemplos detallados para que el lector comprenda por qué la feminista más ofendida de Colombia, la señora indignada que cree que todos la odian sólo porque es mujer, no es una señora graciosa sino una señora seria, afectada, convencida, amargada y engañada. Se empeña en ser divertida y logra el efecto contrario.

  1. Carolina Sanín no posee la vis comica, está poseída por la indignación y un feminismo malsano, el que suele envenenar a tantas mujeres:

Quien por ejemplo sepa dejar en ridículo a un hipócrita, también podrá aplastarlo con su indignación. En cambio, el que quiera emplear la indignación y no posea la correspondiente vis comica sucumbirá fácilmente a la declamación y resultará cómico él mismo. Soren Kierkegaard.

2. Carolina Sanín no sabe reír, está demasiado llena de ella misma. Aunque parezca convencida no está segura de su propia valía y de su propio poder, es una señora indignada que gruñe y se muerde a sí misma porque está muy ofendida:

Si el crítico gruñe o no sonríe es porque todavía no hay apropiación cabal de posición dominante o simplemente el portador del rostro -la máscara, la personalidad- no ha descubierto los beneficios que aporta el hecho de desplegar una amplia sonrisa. El hombre indignado, y todo aquel que con sus propios dientes se despedaza y se desgarra a sí mismo (o, en sustitución de sí mismo, al mundo, a Dios, o a la sociedad), ése quizá sea superior, según el cálculo de la moral, al sátiro reidor y autosatisfecho, pero en todos los demás sentidos es el caso más habitual, más indiferente, menos instructivo. Y nadie miente tanto como el indignado. Nietzsche.

3. Carolina Sanín es una señora seria y amargada:

El humor es una herramienta crítica de gran eficacia, manifestación de grandeza que pareciera revelar que en última instancia todo es absurdo y por lo tanto la mejor alternativa consiste en reír, es una afirmación de dignidad, declaración de superioridad ante los acontecimientos. Carecer de humor es carecer de humildad, es estar demasiado lleno de uno mismo. Elsy Rosas Crespo.

4. Carolina Sanín es muy trascendental:

El sentido del humor es el término medio entre frivolidad y seriedad: para el frívolo nada tiene sentido, para el serio todo es trascendente. El frívolo se ríe siempre, es insípido y molesto, no se preocupa por evitar herir a otros con sus comentarios, para el serio todo es profundo. El serio confía en que el camino que recorre lo conducirá hacia el lugar con el que sueña, cree que podrá descubrir algo nuevo sobre la faz de la tierra y suele concebirse como centro y fin del universo aunque no lo manifieste. Elsy Rosas Crespo.

5. ¿A qué aspira un sátiro reidor y autosatisfecho? Al sueño de Baudelaire:

Una amplia sonrisa en un hermoso rostro de gigante.

Lo que existe de embriagador en el mal gusto es el placer aristocrático de disgustar. Pero hay que disgustar a los grandes, a los poderosos, a tus amigos y colegas, querida Carolina, no a la gente que comenta tus chistes malos y tus insultos llenos de insolencia y mala educación en Facebook.

La linda y delicada Ofelia

10 Abr

El fragmento que voy a copiar a continuación forma parte de “La literatura universal según el profesor Artolete”, uno de los graciosos textos (para lectores cultivados) de un libro y un autor que descubrí este año gracias a la sugerencia de Gabriel Solano:

Alfredo Iriarte y sus Crónicas descomedidas.

Lo que hace Alfredo Iriarte es el mejor humor y es evidente que varios malos escritores intentan imitarlo y hacen reír sólo a los más tontos, que en Colombia son mayoría indiscutible. El gran payaso llamado Daniel Samper Ospina es el peor y más celebrado imitador de este autor tan respetable.

Con ustedes Alfredo Iriarte burlándose de Hamlet en la voz de un profesor de literatura que en un trance de locura despertó y lo comprendió todo:

La linda y delicada Ofelia, hija de un cortesano lambón y sapísimo llamado Polonio, está perdidamente enamorada del loquito, pero Hamlet, en vez de corresponderle como cualquier varón entero, lo que hace es ponerse a hablar solo o a echarle unas filosofías rarísimas cada vez que se la encuentra, para terminar al fin insultándola, sugiriéndole que se meta de puta, y haciéndola llorar de la manera más cruel. El fantasma del papá se le sigue apareciendo como para que se mueva y haga algo, pero nada que el bobo se atreve. Lo único que hace es encerrarse  con mamá Gertrudis a echarle indirectas a ver si confiesa. Es ese el momento en que Polonio que, como queda dicho, es el gran sapo de la Corte, se oculta detrás de unas cortinas y Hamlet, en un berrinche de locura, lo atraviesa de una estocada por oír conversaciones ajenas.

El porvenir se alza ante mí

3 Abr

Este ha sido un año diferente a todos los demás en los últimos diez años. He deseado volar, me ha perseguido el afán de santidad, quiero escribir crítica positiva, quiero hacer reír sin herir, he devenido en conquistadora y me he entregado complemente al amor de un hombre al que no conozco ni veré jamás pero que sabe cómo calentarme los ojos y los oídos con dibujos, fotografías, canciones, llamadas de cinco horas, citas fallidas, tonos de voz cambiantes, ausencias abruptas, apariciones apoteósicas, chistes buenísimos, historias asombrosas y libros sorprendentes, tengo un pretendiente 22 años menor que yo y a veces pienso que debería darle el sí porque nunca ningún hombre en la vida me ha adorado y deseado tanto como él sin haberme visto (me lo dijo todo en una conversación de tres horas esta semana, un récord absoluto el de este joven encantador y muy apasionado). Toda su admiración nace de una idea que ha armado de mí leyendo lo que escribo aquí y en mi cuenta de Twitter. No es la primera vez que pasa, estoy acostumbrada a ese tipo de reacciones y lo más seguro es que cuando me vea y descubra que soy un simple ser humano, una señora que camina por ahí mirando culos como todos los demás, el ídolo hecho de palabras se derretirá ante su presencia por aquello de que si te gustó el libro no conozcas al autor y porque la escritura siempre será superior y mucho más poderosa que la persona que se sienta frente al teclado y ve como las palabras se van poniendo una al lado de la otra sin pasión y con mucha seriedad y, además, porque la señora que escribe no habla como la señora que se sienta frente al teclado porque soy una persona común que casi siempre anda muerta de la risa con lo que oye y con lo que ve. Soy una persona común pero él quiere verme convertida en su maestra, quiere erudición, quiere ver como mi cerebro se manifiesta a través de mis ojos y mi boca pero también quiere mucho sexo y cree que yo sería la persona más indicada para hacer realidad sus sueños… Pero hay algo mucho más poderoso que parece estar tomando forma en lo más interno de mi ser interior: el deseo de escribir crítica literaria con la misma rigurosidad de hace quince años pero en otro tono, una especie de crítica literaria artística. Mi alma me dice que me consagre a la lectura de forma seria, mucho más seria que en los últimos diez años.

También quiero pelear con la autora de este libro:

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Definitivamente este es un año diferente a todos los demás en los últimos diez años.

Fernando Vallejo y la autoficción

28 Dic

Lukács, Goldmann, Bajtin, Bourdieu, Zima, Kristeva, Doubrovsky, Lejeune, Genette, Alberca, Lecarme, Joset, Diaconu…

Para estudiar la obra y la toma de posición  ética, estética e ideológica de Fernando Vallejo se está recurriendo desde hace unos diez años al término autoficción y para comprender al ahora famoso escritor colombiano los expertos -casi todos doctores en Francia o en España- están recurriendo a los clásicos de la sociología de la literatura, la teoría de la enunciación, la semántica, la sintaxis, la pragmática, teorías sobre la modernidad, la posmodernidad, los cínicos, el humor, la ironía, la revuelta, la vida en el capitalismo de ficción, entre otros. Se están escribiendo trabajos de posdoctorado de dos mil páginas para comprender el genio inconfundible de Fernando Vallejo.

¿No es un poco exagerado?

Yo creo que sí.

Como pionera en los estudios críticos sobre La virgen de los sicarios y El desbarrancadero creo que los críticos y los teóricos están llegando demasiado lejos cuando intentan explicar algo que no es tan problemático como ellos nos quieren hacer creer. Tal vez deberían leer el clásico de Alan Sokal titulado Imposturas intelectuales y concentrarse más en los discursos orales de Fernando Vallejo, es ahí donde pueden encontrar las respuestas a casi todos sus interrogantes. Las intervenciones públicas de Fernando Vallejo parten de un texto escrito que ha sido pensado para ser leído en voz alta con la firme intención de crear un efecto en el público y en sus contertulios. Más que la autoficción es la ficcionalización de la oralidad lo que predomina en la totalidad de la obra del autor de La virgen de los sicarios. Lo dije hace quince años y lo vuelvo a decir de nuevo porque sé que no estoy equivocada.

Pacto autobiográfico

Cuando escribí “La virgen de los sicarios como extensión de la narrativa de la transculturación”(2003) pensé que había quedado claro que el autor se proponía hacerle creer al lector que el narrador Fernando es el mismo escritor Fernando que se enamora de Alexis y Wilmar y que en su travesía aprende la jerga de los sicarios y de paso le pide al lector extranjero que la aprenda también. En la teoría sobre la autoficción se hace énfasis en el hecho de que se mezclan tres instancias: autor, narrador, personaje y creo que no es necesario escribir textos complejísimos con fórmulas y cuadros comparativos para comprender algo tan simple como esto:

Fernando Vallejo es un escritor (hombre de carne y hueso) que recurre a la primera persona para escribir libros en los que narra hechos de su propia vida y el narrador tiene el mismo nombre del autor: Fernando. Como lectores sabemos que no todo lo que narra es cierto porque la verdad no la tiene nadie y cada vez que recordamos le damos un nuevo giro a los hechos recordados; si narramos esos mismos hechos  a través de la escritura  haciendo uso de  poderosos recursos estéticos como el humor, la ironía, la comparación, la hipérbole, la lista interminable… vamos a distorsionar todavía más esos hechos y nos encontramos, entonces, en el terreno de la literatura. Casi ningún crítico ha analizado los textos leídos en voz alta y las entrevistas. Esas dos facetas completan la imagen del escritor, que es absolutamente encantadora porque al hombre de carne y hueso, al señor sonriente y amable, le fascina confundir  y escandalizar a los lectores  y oyentes con sus exageraciones, sus listas interminables y sus “malas palabras”.

Contrato de lectura que el autor como sujeto responsable de la enunciación cierra con el lector

Se ha dicho hasta la saciedad que la obra de Fernando Vallejo no admite  términos medios: gusta o disgusta, produce ira o risa, hay identificación total con el escritor o manifestación no disimulada de odio y desprecio a la persona que escribe hasta el límite. Veamos un ejemplo: El narrador de La virgen de los sicarios (Fernando) insulta a un presidente de Colombia en el libro, el columnista Germán Santamaría escribe la columna titulada “Prohibir al sicario” en la revista Semana y después insulta a Fernando Vallejo en W Radio en presencia de Julio Sánchez Cristo y su respetable audiencia.

Por desgracia ese es el lector típico de las obras de Fernando Vallejo en Colombia. El colombiano más elemental que odia al escritor no ha leído ninguno de sus libros o los ha leído creyendo que el narrador (Fernando) es Fernando Vallejo, se trata de un odio gratuito porque no entiende el pacto narrativo, es un sentimiento que alimenta a partir de los comentarios que ha oído y a la forma escandalosa como a veces lo presentan en los noticieros, que suelen  mostrar sólo una faceta del escritor, la que genera escándalo por una respuesta en una entrevista o por la frase pronunciada en un discurso. El interlocutor se queda con esa faceta, ese fragmento le basta para convertirlo en persona no grata, en persona digna de odio. Se odia al escritor sin haber leído sus libros, se le desea una muerte lenta y dolorosa porque es una persona burda e insensible, esa es la percepción que tiene el colombiano del común y ese es, precisamente,  uno de los propósitos de Fernando Vallejo, hacerse odiar de forma gratuita, sólo para convencerse de la bajeza de la que es capaz un ser humano, los colombianos en particular. Recordemos que La virgen de los sicarios es una historia de amor en el país del odio y que antes de haberse consagrado como escritor no faltaba quien deseaba matar a Fernando Vallejo por ser un mal colombiano, por hablar mal de sus compatriotas desde México.

Autoficción. Pacto ambivalente

Lo que molesta a algunos lectores de textos de la llamada autoficción es el hecho de no saber cuándo habla la persona y cuándo el personaje, cuando miente y cuándo dice la verdad, cuándo exagera los hechos narrados y cuándo omite o distorsiona la información. El lector sabe que le están narrando una historia pero sabe también que muchos de los hechos narrados forman parte de la vida real del escritor. No es autobiografía ni testimonio pero tampoco es narrativa en el sentido convencional. Esa particularidad suele incomodar al lector, que quiere sentirse sobre terreno seguro, como en la novela realista.

Fernando Vallejo tuvo que pedir la nacionalidad en México porque en Colombia el procurador  Alejandro Ordoñez lo quería ver preso por haber escrito contra el Evangelio en la revista SoHo. El texto leído no es un texto más, una interpretación, el punto de vista sobre un tema particular como uno entre varios escrito por un intelectual colombiano bastante respetable, uno de los colombianos más cultos de la actualidad, sino que se trata de  una afrenta personal. Jaime Garzón seguramente soñaba con una apuesta similar a la que representa Fernando Vallejo y terminó asesinado. En Colombia no se ha aprendido a distinguir la persona del personaje, no se ha aprendido a tolerar el humor, la ironía y la exageración. A pesar de ser catalogados como los más felices del mundo el colombiano típico es muy ignorante, muy serio, muy indignado y muy dispuesto a amenazar y a hacer cumplir sus amenazas sólo porque una determinada postura política o estética no es de su agrado. Fernando Vallejo es un sobreviviente. En varias ocasiones, antes de ser famoso, salía en los noticieros diciendo dónde estaba alojado para que fuera el sicario al hotel a darle el tiro en la cabeza, era un hombre mucho más provocador que el Fernando Vallejo actual, decía que quería morir como se muere en Colombia, de un tiro en la cabeza y en la absoluta impunidad.

Autodefinición frente al otro y para el otro, es decir, un acto de comunicación

Una persona escribe porque tiene algo que comunicar y tiene derecho a hacerlo en los términos que considere son los más convenientes, sea pensando en el propósito del proceso comunicativo o en fines estéticos. Nadie debe ser amenazado, encarcelado, sometido al  exilio, la tortura o el asesinado por presentar sus puntos de vista a través de la escritura, por poner a consideración del público su versión de la verdad y de la vida. Así de simple.

Las quejas de los detractores de la posición asumida por Fernando Vallejo como escritor y como figura pública son simples y contundentes: asumen un aire de superioridad o de falsa modestia, de personas educadas, comprensivas, tolerantes y compasivas, de colombianos de bien, en pocas palabras lo que quieren es que se calle porque

¿Qué derecho tiene usted a decir lo que dice?

¿Acaso usted es perfecto?

¿Si la vida le parece una carga por qué no se mata?

¿Si usted no quiere tener hijos por qué no deja que otros los tengan y sean felices?

¿Si no le va a solucionar los problemas a los colombianos por qué mejor no se calla?

Si Colombia le parece tan mala patria no regrese, mejor quédese en México para siempre rumiando su amargura…

Dinamitar los viejos códigos para sorprender al que leyera

Fernando Vallejo es un gran provocador y en la medida en que más provoca más goza, ríe ante la furia de su interlocutor y a medida que pasa el tiempo habla más fuerte y es más implacable. Dice tantas verdades y de forma tan exagerada que hace reír a quien comprende su apuesta estética; quien no lo comprende lo desprecia cada día más.

Si el discurso provoca indignación el orador logró el propósito porque es mucho más elaborado el texto cuando ha sido escrito para ser leído en voz alta que cuando no aparece el hombre como presencia. Uno de sus últimos discursos -cuando fue invitado a hacer propuestas sobre el actual proceso de paz en Colombia- fue demoledor, incomodó a sus compañeros de mesa y ningún político salió bien librado. Busca enunciar su versión de los hechos, su visión de la vida y del futuro de Colombia pero también quiere hacer estremecer a su interlocutor.  Le da forma cabal a  uno de los grandes propósitos de la autoficción: exagerar de tal forma su discurso que al lector o al espectador le queda la duda acerca de la identidad y la verdad definitiva. ¿Quien habla es el escritor, el narrador o el personaje o es siempre una fusión de las tres instancias?

Queda pendiente porque estoy cansada:

La autoficción problematiza toda realidad que se presenta bajo la apariencia de una certeza inmutable.

El yo, a pesar de ser fragmentado, frágil, difícil de aprehender, es a la vez lo único importante y cierto, la única fuente de verdad.

 

Carolina Sanín por ella misma

12 Dic

En la revista Shock (una revista de farándula o juvenil, supongo) entrevistaron a Carolina Sanín y ella se autodefinió. Es asombroso, no es una broma, ella se siente inteligente,  rebelde, despierta, sin pelos en la lengua, contestataria, libre, valiente… En Facebook, donde se ha convertido en una Institución porque insulta a la gente que no está de acuerdo con sus brillanteces. Su fama se debe a que es una especie de Doña Gloria con doctorado. ¿Para reír o para llorar? ¿Sigue convencida de que es la versión femenina de Fernando Vallejo? Lo más asombroso de todo es que hay gente convencida de su inteligencia y su estilo. ¿A dónde hemos llegado? El subrayado es mío.

Veamos:

¿Por qué crees que la gente salta a criticar en Internet cada crítica que publicas? Como la de tu columna sobre Bogotá, o ahora esto de lo de los polvos del moderno.

Veo que son tantas las personas que celebran mis críticas, y que entran en diálogo conmigo a raíz de ellas, como las que las deploran y me atacan por ellas. En cuanto a las personas que las deploran, supongo que se debe a que en esta sociedad colonial sujeta a la hipocresía, la franqueza es sinónimo de impertinencia. A nadie le gusta ver que otro es libre de decir lo que quiera, pues le señala que él también es libre y que, si ejerciera esa libertad, tendría que asumir una responsabilidad mucho mayor que la que asume al contentarse con su sujeción. Por otra parte, en esta sociedad acostumbrada a las fórmulas y al sainete, el ingenio resulta escandaloso. Y en esta sociedad acostumbrada a que las mujeres sean indolentes y uniformes, que una mujer sepa que sabe pensar muy bien en algunas cosas —y que no sea falsamente modesta al respecto— constituye una amenaza. Adicionalmente, aquí se cree que “hay que respetar” y se abusa de la palabra respeto, como si el respeto por cualquier cosa que alguien dice o hace, o por cualquier persona, fuera un deber. No saben que el respeto a la constitución y a las leyes es un deber y que, más allá de eso, uno solo debe respetar a quien le inspira respeto; lo otro es servidumbre. Por último, la de mi columna sobre Bogotá y la contenida en el chiste sobre los polvos del Moderno no son “cada opinión que se hace pública”; son dos ejemplos de chistes y opiniones entre muchos chistes y opiniones que he hecho públicos (en mis libros, en mis columnas de prensa, en facebook, en entrevistas, etc.), y, de hecho, están entre los ejemplos más banales y flojos. Lo que pasa es que a twitter llega lo más flojo, fácil y banal, si es a eso a lo que te refieres.

(Mea culpa: le pregunté por lo más flojo, fácil y banal)

Desde luego, a Carolina Sanín no se le puede discutir su trayectoria académica, ni que “sabe pensar”, ni le estamos pidiendo falsa modestia, pero no sabíamos que deplorar alguna de sus opiniones era no reconocer su ingenio. Tampoco nos escandalizó, queríamos seguir con la cadena de chistes flojos.

En realidad, acá a nadie que piense se le reconoce el ingenio, no solo por ser mujer que saben. Prueba de ello es que cuando a ella la invitaron a hablar sobre un tema social (el reinado) la pusieron a discutir con un comentarista de chismes.

Seguramente nuestro interés por las categorías sexuales de su comiquísima broma le pareció una mierda, lo más flojo.  Como la mierda que los perros dejan en los prados del Gimnasio Moderno, y que fotografió después en cuenta de Facebook. Pero, “no hay nada que temer, señores: es simple mierda”. Claro, no estamos acostumbrados al sofisticado humor libertario sobre mamás. 

http://www.shock.co/cultura/articulos/le-preguntamos-carolina-sanin-por-los-polvos-cachacosos-e-ignorantones-78198

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Escribir desde la normalidad

30 Nov

Uno de mis grandes placeres consiste en  indagar en la vida de las grandes mentes de todos los tiempos. Casi toda la gente admirable es de extremos: muy pobre, muy triste, muy enferma, muy suicida, muy adicta, muy infeliz, muy fea, muy tímida, muy frustrada, muy encerrada, muy abandonada, muy aislada, muy anormal, muy rechazada…  Las personas normales y corrientes no suelen ser talentosas, suelen ser personas comunes, gente que pasa por la vida como cualquier perro o gato de barrio.

Algunas personas me  han dicho que soy inteligente, que tengo talento y escribo muy bien. Me lo han dicho desde 1979. A veces yo también lo creo.  Puedo tomar distancia de mí misma y leer de forma objetiva lo que escribo. Una ventaja es que algunos de los textos que más me gustan los escribí hace más de veinte años. Los leo y pienso con asombro: “¿Yo escribí eso? Es muy bueno. ¿Por qué era tan culta, madura y profunda si era tan solo una niña? ¿por qué escribía como una doctora si era apenas una pobre muchacha?, ¿vengo de otra galaxia?, ¿nací aprendida?.. Son muchas preguntas y pocas respuestas.

Tengamos en cuenta que mi formación académica es en crítica literaria contemporánea y el único escritor colombiano que merece mi respeto y reverencia es Fernando Vallejo. Nadie más. No hay nadie que se merezca el honroso segundo lugar. No hay nadie en Colombia que se acerque a la originalidad, el estilo y la honestidad intelectual de Fernando Vallejo. Es un gran escritor  y los demás dan pena ajena.  Tengamos en cuenta que soy muy exigente. Implacable con los mediocres y los falsos. Esa exigencia mía me dice que podría llegar a escribir algún día textos de ficción y que probablemente esos textos podrían llegar a tener valor, valor ante mis ojos implacables. Creo que podría escribir composiciones poéticas dignas de mi cerebro y de mi formación académica. Decir con la arrogancia del autor que escribía libros dignos de ser leídos: “Si quiero leer un libro bien escrito lo escribo y luego lo leo”. Es una propuesta “interesante”. También pienso que podría escribir composiciones de corte nietzschiano como las que escribía el maestro cuando estaba a punto de caer en la locura profunda y definitiva, textos titulados “Yo, la mejor de todas”, “Yo, la más inteligente de todas”… Yo, yo y yo pero no porque crea que yo soy la mejor o la más inteligente sino por el simple placer de leer. Escribir para leer y leer para sonreír y para ver sonreír a otros. Quiero escribir  pastiches  y parodias, ejercicios de estilo a partir de las obras de los escritores más locos y degenerados de la historia de la literatura. ¿Lo lograré? ¿eso está por verse? Como idea es una Gran Idea.

Leo viejos textos -textos escritos por quien esto escribe, la persona más común y simple que se puedan llegar a imaginar, una pobre señora sumida en la normalidad, un ser casi insignificante- leo algunos textos viejos que escribí con total convencimiento y me asombra la profundidad y la originalidad de algunas ideas, la forma en que organizaba las frases y la contundencia y versatilidad de las palabras. Si es verdad que tengo talento es extraordinario saber que soy una persona ordinaria, la más común de las personas. Me gusta ser la persona común, la señora  normal. ¿Por qué me gusta? Yo misma no lo sé.