Archivo | agosto, 2019

Solitaria social

26 Ago

Existe una gran contradicción entre mi deseo de justicia social, mi amor por la gente común, mi placer de caminar y confundirme entre la gente común y que la gente común sienta que soy más común que ellos, más insignificante que ellos, menos arreglada y sofisticada que ellos, un ser insignificante con un gusto mucho más precario que el suyo.

Me gusta como me miran con altanería de gente de orden superior y me gusta achicarme ante sus miradas cargadas de odio y de desprecio.

¿Hay algo más noble que hacer sentir grande a un miserable?

¡No!

Me resulta excitante ser pobre y desvalida entre pobres arrogantes mucho más ignorantes que yo, casi completamente sumidos en el estado y la felicidad del animal más elemental, gente que es pura biología, un colombiano más, el 85% o el 90% de Nuestra Adorada Nación.

Sueño con el logro del compromiso social porque creo en utopías aunque no consuma ninguna droga ni me considere amiga del comunismo, sueño con que nadie madrugue ni trabaje por plata, que cada día todos puedan despertar tarde sin pensar en el sustento, con la sensación de que la vida tiene sentido aunque no lo tenga ni valga la pena buscárselo.

Sueño con que se acaben los pobres y cada quien haga lo que quiera con su vida miserable mientras es consciente de lo que significa vivir y por eso escribo aquí, escribo allá, hablo aquí, hablo allá, califico aquí, califico allá, camino por aquí y camino por allá.

Mi absoluta falta de ganas de estar acompañada ni por otras personas (solo una, máximo dos) ni por comunidades así como mi absoluto asco por los grupos, las masas, los partidos, las asociaciones, los que son amigos de todos porque no son amigo de ninguno, mi absoluto desprecio por la gente que no sabe estar sola más de cinco minutos, los enemigos del silencio, la gente horrenda que forma parte de corporaciones y colectivos que no son amigos sino amigues, gente “buena” y “desinteresada” porque aspira a un cargo público o a una curul en el Senado.

La naturaleza de la gente hacen de mí una persona abarcable cuando hablo para un grupo de personas de forma amable y con sonrisa a flor de piel y entonces me entrego, vacío mi cerebro con alegría y ellos, el público, auditorio o lector, deben sentir que se hallan ante la Presencia de una santa o una sabia. Les pongo mi cerebro al alcance de su mano porque amo lo humano como ideal aunque no crea en la condición humana.

Soy inabordable e intocable cuando me separo de la gente porque mi mejor compañía soy yo misma y no me gusta que me interrumpan cuando camino como volando sin mirar a ninguna parte embebida en mis pensamientos, dándole un masaje a mi cerebro.

Soy una solitaria social, un ser contradictorio al que algunos llaman Despreciable en todo sentido aunque nunca me hayan visto ni conozcan el tono de mi voz. Soy una persona que no hace casi nada y casi nunca habla con nadie pero ama a los humanos con pasión desmedida porque así me hizo Dios.


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¿A quién le cocina Gloria Susana Esquivel

11 Ago

Desde hace unos diez años las pésimas escritoras colombianas que se hacen notar en los medios, en las redes sociales, en las ferias del libro y en las editoriales firman manifiestos contra el machismo en la literatura porque no las invitan a México, a España o a Francia a donde sí van los señores escritores. Las niñas consentidas y caprichosas llamadas Carolina Sanín y Gloria Susana Esquivel tienen secuestrada la “cultura colombiana” pero quieren más, lo quieren todo, quieren más que los hombres. Ellas se sienten Susan Sontag pero son tan profundas como Margarita Rosa de Francisco cuando filosofa sobre el hecho de por qué se siente vieja y han dejado de mirarle el culo con insistencia si tiene apenas 54 años.

Las niñas mimadas, malcriadas, caprichosas y sin talento quieren viajar y ser aplaudidas tanto como los hombres y se indignan porque a ellas también les gusta brillar y figurar aunque no tengan obra para mostrar ni ideas brillantes para deslumbrar; ellas solo saben decir que nunca las van a reconocer porque son mujeres. Asisten a unos treinta eventos anuales en los que repiten su triste lamento como si todavía viviéramos en tiempos de Virginia Woolf o Simone de Beauvoir, dos mujeres talentosas que a pesar de las adversidades expresaron sus ideas y siguen siendo reconocidas por hombres y mujeres.

En Colombia compiten entre hombres y mujeres sin talento para saber quién viaja más lejos y a quién le pagan más por repetir de nuevo las mismas bobadas. Ellas no tienen talento y ellos tampoco pero ellos escriben un poco mejor que ellas y, sin duda, son mucho más cultos y originales, tienen más imaginación. Pensemos en Héctor Abad Faciolince y en Carolina Sanín. El no es un genio pero al lado de ella parece un portento.

Ellas no han ganado ningún premio pero escriben libros que leen entre ellas y se celebran entre ellas. Ellas no entienden todavía que el hecho de que se llamen a sí mismas mujeres geniales y se celebren las bobadas no basta y entre más lo intentan, entre más escriben, entre más se exhiben y más se lamentan peor representan a las supuestas hermanas de lucha, mujeres a las que nunca han visto porque están ocupadas buscando el reconocimiento y relacionándose siempre con el mismo tipo de personas, alejadas de la realidad, de ese mundo desconocido que tal vez podría darles ideas para escribir.

Virginia Woolf escribió Una habitación propia en 1929. Desde 1960 hasta la actualidad muchas mujeres en Europa y en Estados Unidos gozan el placer de ser solteras sin hijos, de trabajar para su sustento, de sentirse libres y autónomas, son mujeres con dinero y una casa o un apartamento propio para escribir. ¿Por qué no escriben?

Yo misma, habiendo nacido en 1970 en uno de los países más subdesarrollados del mundo he vivido según el mandato de Virginia Woolf pero todavía no he escrito mi obra. ¿Será culpa del sistema opresor y del heteropatriarcado o será que soy perezosa, cómoda, no tengo talento o no tengo nada que decir, como la mayoría de las mujeres?

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