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La veterana es la mujer de moda

21 Feb

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Amenaza de ataque con ácido a una fea de 45 años

18 Nov

Fea de 45 es una redundancia porque después de los cuarenta es muy complicado encontrar mujeres bonitas y si son bonitas las miran con un poco de pesar, piensa la gente: “esa señora tal vez fue bonita”.

Y sin embargo me amenazaron anoche, me amenazaron con un ataque con ácido en la cara, me llamaron monstruo y la pregunta es simple: ¿Quién querría desfigurar a un monstruo? Eso también es redundante. Hasta donde tengo entendido las mujeres víctimas de ataques con ácido suelen ser mujeres jóvenes, bonitas y vanidosas y yo no soy nada de eso. Si el agresor llegara a actuar los medios amarillistas no sabrían cómo presentar la noticia y la gente que me lee se sorprendería mucho porque ese no es el tipo de ataque que esperarían para alguien como yo, puesto que ya todos sabemos que tengo la cara desfigurada.

No soy ni la sombra de lo que era cuando tenía veinte años y algunas personas se detenían a mirar mi rostro con atención. No, después de los cuarenta las mujeres son señoras y a las señoras pocas personas las miran y si las miran es para ofrecerles una silla azul.

Envejecer con dignidad

7 Jun

Acabo de recibir dos mensajes ofensivos:

“No sean como Elsy, envejezcan con dignidad” y “Cada vez me convenzo más de que Elsy es un hombre. Tanta ordinariez no puede ser posible en una mujer”.

El segundo mensaje es tan burdo que no vale la pena ser tenido en cuenta, el que me llama poderosamente la atención es el primero: “No sean como Elsy, envejezcan con dignidad”.

Me asombra porque es obvio que quien lo escribió no me conoce, no me ha visto nunca cara a cara, no me ha oído hablar y no sabe nada de mi seriedad ni de mi formalidad. Si hay algo que me caracteriza es la claridad que tengo sobre el paso de los años y nunca he deseado verme más joven de lo que soy, ni siquiera cuando tenía veinte me jactaba de mi juventud.

Cuando tenía veinte quería llegar pronto a los treinta porque la juventud me resultaba un poco fatigosa, nunca he sido amiga de las fiestas, los paseos o los grupos de más de tres personas riendo de sus tonterías de juventud, no sé lo que es gozar los placeres de la vida como son concebidos por la mayoría de la gente. En ninguna edad fui amiga de mostrar el cuerpo, de ser provocativa ante la mirada ajena. Si no lo fui a los veinte no espero serlo a los cuarenta y cinco ni a las cincuenta, si es que llego a los cincuenta.

Y entonces surge la pregunta:

¿Qué es envejecer con dignidad?

No fumo, no bebo, no trasnocho, no consumo drogas, no soy promiscua, no forma parte de ningún partido político, organización o institución, no soy de izquierda ni de derecha, no tengo mascotas, matas ni grandes amigas en el vecindario, en realidad no tengo ninguna amiga en el vecindario, no saludo a ninguno de mis vecinos, ellos creen que soy una señora bastante presumida y amargada.

Soy una persona más bien inofensiva que pasa la mayor parte del tiempo leyendo, escribiendo y pensando en eso que lee y en eso que escribe. Para la mayoría de la humanidad no existo, ni siquiera produzco basura abundante y nunca hago ruido. Soy un ser imperceptible.

Formo parte de una familia de gente vieja y cada uno de ellos, especialmente los mayores de sesenta, me abruman con tanta salud y tanta vitalidad. Yo los veo y siempre me asombro, cuando me despido de ellos me pregunto si de llegar a los sesenta sabré vivir la vejez de una forma tan enérgica, tan positiva.

¿Ellos viven la vejez con dignidad o son gente ridícula por comer bien, caminar, comprar ropa, salir de paseo, reírse de los chistes que hacen otros viejos?

¿Qué es lo que debe hacer una persona mayor de sesenta años para ser digna de llamarse un buen viejo, una persona que ha sabido vivir la vejez con dignidad?

Desde que tengo uso de razón la mayoría de la gente que me ha tratado me ha pedido de diferentes formas que sea un poco más relajada, que no sea tan seria, que no me tome todo tan a pecho, en pocas palabras, me piden siempre que sea un poco más juvenil y yo no entiendo nada de lo que me proponen, no entiendo ninguno de esos consejos.

Y entonces me vuelvo a hacer la pregunta:

¿En una vida tan simple y sencilla como la mía en qué consiste el arte de envejecer con dignidad?

Vieja y fea a los 31. Dedicada a Catalina Ruiz-Navarro

30 Oct

Catalina Ruiz-Navarro es feminista, nadie lo duda, y en sus columnas de opinión suele tomar los escándalos relacionados con mujeres de la farándula norteamericana para reflexionar sobre estructuras de poder, patriarcado, falocentrismo, estereotipos impuestos por la sociedad patriarcal y reivindicación de los derechos de las mujeres reclamados desde hace ya bastante tiempo sin que ni hombres ni mujeres recapaciten ante la abominación de la que son cómplices al callar e ignorar.

¡No más! dice Catalina cada cierto tiempo y sale a marchar -en minifalda- (porque es dueña de su cuerpo) y a exhibir carteleras ante el Procurador.

Todos las semanas hay un escándalo relacionado con una “diva” y cada semana Catalina sufre y llora porque la diva atormentada es mujer y como mujer tiene derecho a no ser vulnerada en sus derechos. Toma como pretexto el sufrimiento de una mujer de la farándula para luego hablar de las mujeres en general y, luego, de ella en particular. Siempre termina hablando de ella y de la red de mujeres que la acompañaron en su infancia y adolescencia. Ella es una mujer rodeada de mujeres, educada por esas mujeres para luchar por los derechos de las mujeres. No hay quien lo dude.

La última columna feminista de Catalina Ruiz-Navarro se titula Espejito, espejito y en resumidas cuentas nos cuenta que está sumida en una tremenda depresión porque ya no aguanta el trago y la rumba dura como antes -cuando era modelo de la revista SoHo, cataba condones, despreciaba a los hombres con caspa, nos enseñaba cómo usar una minifalda y participaba en Estudios -de la revista SoHo- sobre cómo escoger hombres para rumbear, para goterear o para convertirlos en amantes de una noche.

Catalina está sumida en una tremenda depresión porque tiene 31 años, le salió una cana y se encontró una arruga cuando se contemplaba ante su espejo.

Catalina se ve como una chica SoHo o como una chica Águila, es un hecho, y asume que la mayoría de las mujeres desean ser “la chica” porque ven mucho cine y mucha televisión norteamericana: “Mientras los personajes para mujeres en Hollywood sigan limitados a “la chica” las actrices de Hollywood no van a poder envejecer”. Las divas del cine no pueden envejecer y Catalina tampoco, porque ella  también es “la chica”, así se ha representado ante los hombres y ante las mujeres y, por esa misma razón, cumplir 31 años se ha constituido para ella en una absoluta tragedia, en un motivo para narrar su indignación y su desazón.

Dice Catalina más adelante: “Las mujeres, a diferencia de los hombres, salimos de escena cuando envejecemos”. Eso no es cierto y ha llegado el momento de hablar de mí: he conocido a lo largo de mi vida mujeres de más de sesenta años respetadas y admiradas por hombres y mujeres, mujeres que no soñaban con ser “la chica”, sino seres humanos que se pensaron más allá de la edad, las líneas de expresión y su color de pelo. Pueden o no dejarse ver la canas, pero ese detalle tonto no es relevante; esas mujeres son mucho más que un cuerpo para el placer visual de los hombres o para su propio espejo, son seres humanos, mujeres que trabajan con hombres y con mujeres y que piensan más en su cerebro, en su experiencias, en sus gustos, que en los cuerpos que se ocultan debajo de la ropa.

Catalina está obsesionada con la vejez, tiene miedo de no ser una mujer atractiva, deseable ante la mirada masculina, y hace de ese temor un universal femenino que la mayoría de las mujeres no comparte: “A las mujeres, además, nos exigen una cosa rarísima: envejecer “con dignidad”. Esto quiere decir o bien aceptar la vejez (y con ella una sentencia a la obsolescencia) calladas, sin chistar, o hacernos algunos retoques aquí y allá en cuyo caso la dignidad reside en que nadie sepa a ciencia cierta por qué nos vemos más jóvenes”. Es obvio que el grupo social del que forma Catalina no es precisamente de intelectuales o de artistas sino de hombres y mujeres preocupados por la apariencia, por lo bien que se ven ante los ojos de los demás; al parecer ella asume que su grupo de amigos y la gente que ella admira y desea imitar encarna los valores de la sociedad entera. Si Catalina viera a la gente común, que es la mayoría, descubriría asombrada que los temores de ella producirían la risa de millones de mujeres que no los comparten, que cuando eran jóvenes no aspiraban a ser “la chica”.

Catalina tiene miedo: “Yo crecí en una casa con mujeres de cuatro generaciones. Las vi a todas desnudas, a mi mamá, a mi abuela, a mi bisabuela, y sé lo que me espera”. Yo no he visto a las mujeres de mi familia desnudas pero tengo claro que ellas se ríen de la vejez, son mujeres que viven la vida de tal forma que siempre temo si podré estar a la altura cuando llegue a su edad. Mi mamá es mucho más vital que yo y mi abuela soporta con resignación el final de la vida sin sentirse superior a nadie por hacerlo. No somos feministas, no tenemos nada que reclamarle a los hombres porque nos han tratado muy bien. El hecho de que Catalina Ruiz-Navarro no haya visto hombres en su familia, el hecho de que no sepa lo que es un padre amoroso y un abuelo cariñoso y sabio no debe convertirlo en pretexto para adjudicarle a Los hombres, a La sociedad patriarcal, los dolores de todas las mujeres, porque, entonces, lo que escribe no es una columna de opinión sino un ajuste de cuentas personal (casi tan personal como el de Uribe con las FARC), que no tendría por qué involucrar a todos los hombres del universo por una sencilla razón: la mayoría de los hombres no son como ella los imagina. Los hombres y las mujeres son seres humanos que sufren y sienten miedo e incertidumbre de forma similar.

Y así continúan los lamentos de “la chica”. Como diría el poeta: Esto no hay por dónde agarrarlo.

¿Cuándo aparecerán las feministas que amen a los hombres, que sueñen con llegar al fondo de esos seres maravillosos que a veces sienten tanto miedo, respeto y reverencia, esos hombres que parecen niños aspirando al poder para deslumbrar a las mujeres, esos admiradores insaciables de las versatilidad y del cuerpo femenino?

Las feministas como Catalina Ruiz-Navarro no saben de lo que se pierden al ver a los hombres como enemigos o como verdugos, ella no sabe que los hombres pueden ser compañeros respetuosos y amables. Soy mujer y para los hombres que he conocido a lo largo de mi vida sólo tengo palabras de afecto y de gratitud, mi vida no sería tan plena sin mi papá, mis hermanos, sobrinos, novios, amigos, sin mi cuñado y sin todos los jóvenes a las que he tenido el placer de oír hablar en un salón de clase. En vez de escribir, Catalina debería acudir a un psicólogo para que le ayude a solucionar sus conflictos con los hombres, un experto que le ayude a comprender y a perdonar la ausencia y el abandono de los hombres de su entorno.

Así termina, más o menos, el lamento de “la chica” que no sabe cómo asumir la edad adulta. Es muy triste saber que hay mujeres que se pueden complicar la vida con semejantes tonterías:

“Hoy, a mis 31 años, me encuentro preguntándome preocupada si eso será una arruga frente al espejo. Encima este año me salió mi primera cana, algo que solo es preocupante porque soy mujer, en los hombres los cabellos blancos equivalen a sex appeal, madurez, experiencia. Mi envejecimiento empieza a hacerse visible, es más evidente que no poder lidiar con la resaca. Me encuentro entonces teniendo un miedo irracional a esa vejez, no a los achaques o dolores que puedo aguantar en silencio (y con una mano en la frente para mayor drama), es más un miedo a ver, y a que todos vean, cómo se avejentan mis selfies. Es el mismo miedo irracional que sentimos los fans de Empire Records al ver que Zellweger había envejecido, que eso se puede, que “we are next”.

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¿Se morirá él o me moriré yo?

25 Sep

Dios santo, estaba en una habitación con veinticinco camas y nada más que ancianos en ellas, pero se morían sin interrupción, e incluso me alegraba de estar allí. Al mismo tiempo, mi abuelo estaba entonces en el mismo hospital y no se sabía: ¿se morirá él o me moriré yo? Y entonces me dieron la extremaunción y a él no, porque creyeron que me moriría yo. Probablemente no fue muy agradable para mi madre. Aunque el abuelo, como supe entonces, no se dejó dar la extremaunción sino que, cuando el cura entró en la habitación, una hora antes de su muerte, gritó: “¡Fuera!”. Fue lo último que dijo, fuera, muy bonito. No recibió la extremaunción.  Era un cura que, como un viajante de comercio, tenía una maletita, con dos botones en el costado, los apretaba y se abría de golpe, la maleta. Dentro había dos velas, que la monja, solícita, encendía y entonces él preguntaba: bueno, ¿quién nos toca hoy? Y entonces ella le señalaba las camas y ellos recibían la extremaunción. Así eran las cosas. Es totalmente normal que la gente se muera, pensaba yo, no hay que temer nada.

Thomas Bernhard

La imagen del desconsuelo

26 Jul

Una de las experiencias más desagradables para las personas mayores de cuarenta es encontrarnos con nuestros contemporáneos, ver cómo envejecen, se conservan, se hinchan, se secan, se encorvan, se quedan calvos, se hacen joviales o se convierten en personas amargadas.

A los cuarenta una persona tiene más o menos definido el rumbo de su vida, sabe si ha sido tratado con cariño o con crueldad, puede empezar a hacer el balance de su vida y puede tener más o menos claro si se cumplieron sus sueños o si puede llamarse a sí mismo fracasado, soñador, gente sin atributos y un pobre ser golpeado sin compasión por el azar y la mala suerte.

A los cuarenta se sabe si hemos tenido suerte en el amor, si la fortuna nos persigue o nos es esquiva y si la salud y la enfermedad son nuestros mejores amigos o nuestros verdugos.

No hay nada más doloroso que encontrarse con una persona de nuestra edad que se ha echado diez años encima en dos meses, los vemos y temblamos de miedo al pensar que eso nos podría pasar a nosotros.

Es agradable encontrarse con los amigos y ver sus rostros resplandecientes cuando nos dicen que nos vemos muy bien, mucho más jóvenes de lo que en verdad somos. Pero esas dichas son peligrosas porque mientras oímos las frases de júbilo y pensamos en los bien que nos vemos y nos sentimos, pensamos también, si somos un poco compasivos, en aquellos contemporáneos que no han sido bien tratados por la vida.

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Llegar a los cuarenta y cuatro años no es divertido para alguien como yo

9 Jun

Hoy cumplo cuarenta y cuatro años, no lo escribo para que me feliciten porque no hay nada que celebrar pero tengo la sospecha de que estoy justo en el centro de mi vida. Antes -cuando tenía ocho años- quería vivir ciento doce, ahora me parece bien llegar a los ochenta y ocho. No quiero demostrarle nada a nadie.

Cuando era niña tenía más vitalidad y sueños fantásticos relacionados con la vejez, me preparaba para pasar de los cien años. Ahora no, a veces la buena vida cansa y como ahora los viejos son legión me produce asco compartir vitalidad con tanta gente despreciable. Lo que más me fastidia de la gente mayor de cuarenta es su deseo de volver a ser jóvenes como si no hubieran vivido ya.

He buscado consejos modernos para vivir la vejez con dignidad y ninguno de esos consejos tiene sentido para mí. Dicen los expertos: has trabajado como una mula, te has casado con la persona equivocada, tienes unos hijos a los que a veces desprecias, sientes que has arruinado tu vida porque no has hecho lo que te gusta, porque no sabes qué es lo que te gusta. Estás en la peor edad de tu vida, sabes que eres un perdedor, un ser humano de expresiones duras y cuerpo lamentable, sabes que si no hiciste nada digno a los treinta ni a los cuarenta tampoco lo va a hacer a los cincuenta, resígnate, perdedor, trata de disfrutar los pocos años de vida que te quedan, no te mires mucho en el espejo para que no te deprimas todavía más, compra ropa que oculte tu cuerpo inmundo…

La diferencia entre la mayoría de la gente que se acerca a los cincuenta y yo es que ellos han cometido casi todos los errores y yo no he cometido ninguno. La gran diferencia entre la mayoría de la gente que está cerca de los cincuenta y yo es que ellos ha vivido en la inconsciencia, como las ratas, mientras que yo he vivido en la lucidez, como los dioses. Pero debo reconocer que hay momentos de desesperación, de aburrimiento. Cuando no hay nada que lamentar, cuando no hay traumas para superar ni personas a las que perdonar los días se hacen un poco largos y ni los libros ni las películas tienen nada que decirme porque el aprendizaje es para la vida y después de los cuarenta es poco lo que se puede aprender para el futuro porque el futuro es ya, porque toda la preparación en la infancia y la juventud fue para este momento, precisamente para este.

No me preparé para el triunfo ni para el éxito sino para la vida tranquila, para vivir en el eterno descanso, para ver transcurrir el tiempo en la placidez del hogar sin que se interpongan las miradas de las vecinas.

Logré el sueño que planeaba desde niña: no repetir los eternos errores de los pobres seres humanos, no dejarme guiar por el cuerpo ni por los amigos sino por el cerebro, vivir una vida consciente, eso quería, guiada por mentes brillantes como Séneca, Pascal, Montaigne y Bourdieu. Aquí estoy, sentada en mi trono con una sonrisa plácida pero un poco aburrida en todo caso. Si Dios existe se debe aburrir mucho, la perfección y la templanza también desesperan un poco cuando lo único que queda es el vacío, sentarse a esperar a que siga transcurriendo el tiempo.