En defensa de los escritores que nunca trabajaron

11 Jun

Es mentira que el trabajo dignifica al hombre, la familia es feliz, estudiando nos convertimos en ciudadanos ejemplares y Dios es bueno, pero la mayoría de la gente oye decir estas frases en la infancia, las acogen y arman su vida a partir de estos preceptos con el convencimiento absoluto de que hacen lo correcto y recibirán una medalla cuando mueran por haber cumplido con su deber. Ayer en Twitter una mujer vil se refirió en términos desobligantes a un escritor que conozco y nunca ha manchado sus manos con el trabajo; cuando vi el tuit marcado por la envidia supe que tenía que escribir este post porque desde niña soñaba con no estudiar ni trabajar, no porque fuera perezosa o depresiva sino porque estaba segura de que tenía sensibilidad artística y el estudio y el trabajo mancharían mi alma y no estaba equivocada. A este pobre corazón sensible lo obligaron a estudiar porque era un requisito social y mancillada por la educación me entregué de forma voluntaria desde 2002 hasta 2020 al trabajo y aunque fue una experiencia placentera me hubiera encantado realizar mi sueño de infancia: ser autodidacta y vivir siempre en la misma casa sin trabajar pero con independencia absoluta, mantenida desde el nacimiento hasta la muerte como los verdaderos campeones. De mi casa materna me echaron como a un perro y me obligaron a comprar casa con el fruto de mi trabajo para que no pareciera -ante los ojos de la sociedad- una fracasada.

Dijo la tuitera refiriéndose al artista: «Conozco otro al que los papás le tienen apartamento en el norte, le pagan el mercado, los servicios y duerme hasta las 12. Se levanta a escribir sobre la desigualdad». Con ese poeta hemos hablado muchas veces en ese apartamento del norte mientras nos comemos el mercado que pagan los papás (un mercado sofisticado porque tiene un gusto delicado como la gente sensible con S mayúscula), gastando los servicios (estrato 5) y durmiendo hasta las tres de la tarde con intervalos de vida vertical sólo para ir al baño y para comer; nos hemos reído de lo lindo durante años pensando en lo envidiable que es esta vida como fue envidiable la vida de tantos enemigos del capitalismo, el consumo, el trabajo, la familia y todos los valores que venden la iglesia y los medios de comunicación, personas que no acogieron los preceptos presentados en el primer párrafo porque saben que son sistemas de control (los dos estamos obsesionados con William Burroughs), seres sensibles que soñaron con ser escritores y lo fueron. A veces bebemos y soy yo la que llora amargamente porque la gente ignorante no aprecia a Vivaldi; en mi delirio no puedo concebir que en Colombia la mayoría de la gente no sepa ni siquiera quién es Vivaldi, eso me parte el corazón. Es mentira que el poeta escriba sobre la desigualdad, se nota que no alcanzó a conocerlo bien. Ni él ni yo creemos en la igualdad y nos encantan los textos sobre las medidas que se deben tomar con los pobres. Nuestros autores favoritos para tratar ese tema son Sade, Bernhard, Vallejo y Dawkins.

Tengo ante mis ojos los libros de mis vagos favoritos y es apenas una pequeña muestra. ¿Es pecado nacer en una familia de padres generosos que gozan dándole vida cómoda a sus hijos hasta la muerte? ¿Es más pecadora Virginia Woolf o Marguerite Duras? ¿Quemamos los libros de Flaubert y Baudelaire? ¿Le decimos a los niños que no aspiren a ser como Schopenhauer o Nietzsche? ¿Nos preguntamos por qué Bernhard y Cioran eran tan malos ciudadanos? ¿Es más perezoso Goethe o Emerson? ¿Qué hacía Emily Dickinson perdiendo el tiempo con abejas, perros y flores en vez de ponerse a trabajar? ¿Quisiéramos ser tan fracasados como Melville o como Lovecraft? ¿Se suicidaron Guy Debord y Mark Fisher por vagos, por pura falta de oficio? ¿El derecho a no hacer nada (a no trabajar) no es un derecho que podemos ejercer si tenemos los recursos o una familia generosa? ¿Por qué es tan goda la gente en Colombia aunque pose de feminista, cultivada y de mente abierta? ¿La envidia es el pecado más común en los colombianos o será acaso el chisme y la zalamería? Colombia es un país tan pobre que aquí no se puede concebir la idea de vagancia, cooperación o mecenazgo sin la marca de la pereza, la culpa y el pecado.

Fabián Sanabria y el dilema de las redes sociales

11 Jun

Si una persona quiere hablar fuerte y claro sabe que esa actitud atraerá muchos enemigos dispuestos a acabar con su nombre y honra porque pocos seres humanos están dispuestos a hablar fuerte y claro mientras defienden valores relacionados con la verdad y la justicia, por ejemplo, y el que habla fuerte y claro siempre será odiado por los pusilánimes, que son mayoría indiscutible. Si queremos ser seres ejemplares debemos ser personas íntegras sobre quienes no haya ninguna señal de duda y si queremos no ser tan ejemplares y seguir hablando fuerte y claro no podemos ser por una parte como Sade y por otra trabajar en la Universidad Nacional de Colombia en tiempos de escrache masivo, puritanismo extremo y denuncias falsas de agresiones sexuales sólo porque alguien me cae mal o porque él ama a Petro y yo amo a Uribe o viceversa.

En mis tiempos de estudiante en la Nacional (1996-1999) la Universidad era una especie de burdel y tanto estudiantes como profesores gozaron a plenitud de todo tipo de placeres carnales. Recuerdo que veía una materia de contexto en una sala al final del pasillo donde quedaban las oficinas de los profesores y de esas oficinas se abrían y se cerraban puertas a las siete de la noche y casi siempre entraban estudiantes en minifalda pintadas como putas mordiéndose los labios; esas oficinas funcionaban como una especie de motel y nadie se escandalizaba, en ese tiempo muchas jóvenes inocentes se enamoraban de los profesores porque «sabían mucho» y sospechaban que si tenían sexo con el profesor como por arte de magia iban a entender mejor los libros de Foucault y los de Deleuze. Esas estudiantes generalmente eran muchachas menores de veinte años recién egresadas de un colegio de monjas o de las que la mamá no dejaba salir solas a la calle antes de convertirse en estudiantes universitarias, jóvenes inocentes que habían leído Que viva la música, tenían piercing y tatuaje, ponían las patas encima de la mesa, llegaban con café al salón de clase, usaban Converse, les gustaba beber vino y fumar marihuana pero dos años antes rezaban con devoción el Santo Rosario y pensaban en su madre como si se tratara de una mujer perfecta, una especie de Santa. Esas rebeldes de temporada querían devorar el mundo ya y, para comenzar, les parecía tremendamente subversivo revolcarse con un viejo horroroso veinte o treinta años mayor que ellas sólo porque era su profesor. Los viejos verdes usaban su poder para acostarse con todas las que podían semestre tras semestre; esa misma práctica continuó hasta 2008 o 2010 y lo pude comprobar siendo profesora universitaria. Mis compañeros hablaban de ver el ganado en las primeras semanas de clase y uno de ellos me dijo en una ocasión entre risas: estoy cansado de acostarme con esas putas. Ese poeta ya es un difunto, creo que murió hace tres o cuatro años de una enfermedad dolorosa. Él fue afortunado porque se salvó de la pandemia y porque estando muerto nadie lo puede acusar de violador o de acosador.

La universidad dejó de ser como en 1996 y si un profesor quiere evitar terminar exhibido en las redes sociales como acosador o violador debe tratar con severidad a los estudiantes. En las reuniones de profesores los coordinadores eran reiterativos (trabajé en la universidad hasta 2020), nos advertían que tuviéramos cuidado, que usáramos sólo medios institucionales para comunicarnos con ellos, que evitáramos quedarnos solos con estudiantes en los salones de clase como si estuviéramos tratando con demonios o verdugos y no con personas ávidas de aprender y de compartir ideas al terminar la clase. A los profesores varones se les acabó la fiesta y me parece muy bien, lo que me molesta es que se mezcle sexo y rumba con política y que Fabián Sanabria haya dejado de verse como académico devenido en pésimo imitador de Fernando Vallejo en su triste papel de youtuber y ahora sea conocido como violador y cacorro por una supuesta violación que tiene fascinados a los uribistas y tristes a los petristas. El gran problema de Fabián Sanabria es que quedó atrapado entre el siglo XX y el XXI y no sabe cómo funcionan las redes sociales, lo más seguro es que no vio el documental titulado El dilema de las redes sociales.

En tiempos de redes sociales se practican los pecados más viles: lujuria, codicia, mentira, calumnia, envidia… y Fabián Sanabria se convirtió en la ficha perfecta de los verdugos de nuestro tiempo triste: los usuarios de las redes sociales con pocos o muchos seguidores, público onanista y frustrado, solitarios adictos a mirar todo el día lo que pasa alrededor del mundo desde el teléfono y a tratar de forma cada día más violenta a sus contertulios digitales; es triste ver cada día peleas eternas o de un día con el fin de acribillar enemigos invisibles porque son muy jóvenes y bonitos o talentosos con suerte, con un defecto muy pronunciado o una cualidad muy particular.

¿Por qué no tengo sofá?

11 Jun

Mi mamá era la flor del descanso y mi papá es la flor del trabajo y como soy una persona inteligente tomé como referente a mi mamá. Mi mamá no era sólo la flor del descanso sino también de la alegría y la sociabilidad y por eso siempre tuvo sofás cómodos para acostarse a hablar de sofá a sofá, eso lo hicimos durante mucho tiempo y por eso mi mueble favorito de todos los tiempos es el sofá porque me recuerda la comodidad, la risa y el descanso.

Me encantan los sofás de casa ajena pero no los de mi propia casa porque si quiero descansar me acuesto en la cama y como no soporto las visitas no tener sofá es la excusa perfecta para no recibirlas y cuando alguien por algún motivo pasa por esta casa sabe que la visita tiene que ser corta sin posibilidad de quedarse a dormir, precisamente porque hablar en la silla del comedor o recostado contra una pared no tiene nada de reconfortante.

Mi mamá soñaba con una sala familiar a su medida y nos dejó un espacio amplísimo para reunirnos con seis sofás, una sala con dos ambientes y una cocina como de restaurante. Esa sala gigante ahora permanece casi siempre vacía porque mi papá es tan alérgico a las visitas como yo. Nos sentamos cara a cara de sofá a sofá a tomar tinto, a hablar y a oír audios de Alcohólicos Anónimos y es otra forma de ser felices, vivir el placer del confort en el espacio soñado por una persona que amaba la vida y el descanso pero se murió.

Un año sin trabajar

11 Jun

En marzo de 2020 cerraron las universidades de Colombia y cuando supe que estaba confirmado que continuarían las clases en línea estaba en la Biblioteca Luis Ángel Arango, la verdadera universidad de mi vida como estudiante y como aprendiz, el lugar donde he pasado los momentos más gratos de mi vida porque no sólo prestan libros sino que también los venden y es un buen punto de encuentro porque también hay un café.

Fui profesora durante dieciocho años, es decir, treinta y seis semestres, y durante todo este tiempo no me sentí empleada, maestra, doctora, sabia, experta ni nada parecido porque dar clase era otra forma de pasarla bien y siempre tuve excelente trato con los estudiantes que iban a reír mientras yo me reía con ellos. En la única autoridad que creo es en la de los libros y estoy segura de que se aprende más con una sonrisa de por medio que con parciales y preguntas estúpidas relacionadas con cultura general.

Lo que no me gustaba de trabajar era que pagaban y terminaba comprando basura innecesaria, ese era el único problema con mi trabajo. Trabajé un año en línea y sentí pena por los estudiantes porque en línea yo no era yo y ellos no eran ellos, ellos estaban muy asustados porque pensaban que el virus los iba a matar o se iban a morir de aburrimiento estando encerrados todo el día con la familia; si eran adictos a mirar el teléfono en el salón de clase ahora lo eran mucho más porque algunos usaban el teléfono para recibir sus clases y todo el material para hacer los trabajos también estaba en línea. Los jóvenes iban a los salones de clase más que por la clase por lo que había antes o después de la clase y si las clases son en línea estudiar pierde el sentido y la pandemia terminó de acabar con el sistema educativo, con la llamada Educación Superior que ya era bastante mediocre y es por sobre todas las cosas un negocio rentable para las privadas y un paro indefinido en las públicas sin contar con lo complicado que es llegar a la universidad por problemas de transporte.

Trabajando en línea supe que podría seguir siendo profesora vía Google-Meet o en un café con gente que me contacta a través de Twitter y eso hice en 2021. Por burlarme de los emprendedores terminé siendo mi propia jefe y estoy más feliz que Catalba vendiendo tortas a domicilio porque es verdad que contar con mucho tiempo libre, deshacerse del jefe para siempre, dormir hasta las ocho y no esperar la renovación del contrato vale más que tener clase a las siete de las mañana o a las seis de la tarde en un edificio del centro o del norte de Bogotá.

Un Deseo

11 Jun

Viví en familia muy poco tiempo, apenas diecinueve años, y cuando empecé a vivir mi vida de forma autónoma me sentí respirando sin tapabocas. Vivir la vida sin testigos, sin preguntas, sin reclamos y sin acuerdos es mi forma de vivir en paz y no es porque odie a la gente sino porque me acostumbré a vivir sin la gente y ahora que soy huérfana de madre y con mis hermanos cuidamos al viudo de ochenta años él nos pregunta desconcertado por qué siempre hay alguien custodiándolo y dice que él tiene su vida y sus cosas que hacer y no necesita guardianes ni escoltas. Lo entiendo y tampoco quiero ese sufrimiento para mí porque debe ser horrible ser tratado en la vejez como si el viejo fuera minusválido aunque pueda hacer casi todo por sí mismo sin preocupar a los demás. Si un viejo de ochenta años tarda demasiado o no contesta el teléfono los menores de ochenta se sienten con la autoridad para subestimarlo y eso no es justo.

Me gustaría vivir la vejez en soledad de tal forma que si cometo errores, hago tonterías de anciano o pierdo la memoria siga siendo responsable de mis actos, tampoco me gustaría ir a un hospital por ningún motivo. Mi deseo es vivir sin testigos (animales, plantas ni humanos) el tiempo que me queda de vida y en la medida de lo posible morir sola, sin afán y en la comodidad del Hogar.

No miren arriba

11 Jun

Después de Melancolía, Black Mirror, El dilema de las redes sociales y El juego del calamar el mundo sigue igual y peor en este maravilloso 2022. En el diciembre que acaba de pasar la gente viajó y consumió como en El viaje de Chihiro y dada la crisis económica parece que en Colombia mucha gente se movió y se sigue moviendo dentro del país con la ilusión de que ir de un pueblo a otro en carro da la sensación de lujo y gasto, de que no desperdician la vida y se están divirtiendo porque para eso nacieron, para no perder un solo minuto de tiempo libre haciendo nada, siempre deben actuar en función de algo que represente ganancia y estatus.

Mientras la gente se mueve en sus carros contaminando y produciendo más basura vi dos veces No miren arriba y me encantó la celebración de un cumpleaños en la Casa Blanca como en cualquier oficina de medio pelo, la presidenta amiga del supermillonario dispuesto a salvar el planeta o salir de él si es necesario para que el pájaro azul se coma a la señora en el reciente descubierto Paraíso, los científicos éticos de la universidad pobre, el Xanax, la hiperventilación, los presentadores de televisión, el cristiano, la cantante tipo reality, el aquí y el ahora, Subaru fabricando telescopios, el hijo de la presidenta, el gurú y todo lo demás. La vi el 30 de diciembre y me mató de la risa, la vi hoy y me pareció más ácida que divertida.

Mucha gente cree que después de la pandemia todo va a ser como era en 2019 porque la irracionalidad, la ignorancia, la autosuperación, el pensamiento positivo y el marketing influyen más en esas pobres mentes que la realidad más real explicada de todas las formas posibles por la gente educada y racional. ¿Será porque ven televisión todo el día o porque todo el día ven porno, cantantes de reguetón o son estrellas de redes sociales del tipo Levy Rincón, Epa Colombia o Margarita Rosa?

El séptimo aniversario de La oreja roja, medio independiente

11 Jun

Esta semana un lector me felicitó por un viejo post y en su mensaje lamentaba que en Colombia se supiera tan poco de ironía. Volví a leerlo y descubrí que La oreja roja está celebrando su séptimo aniversario, es decir, que el post que leerá a continuación -y que a mí también me gustó bastante- tiene también siete años. No volví a saber nada de ellos y espero de todo corazón que hayan realizado todos sus sueños:

Hace menos de seis meses recibí una propuesta de Ian Schnaida, el director y jefe supremo de Con la oreja roja, el medio que revolucionaría el periodismo en Colombia. Ian me invitaba a ser una de sus columnistas.

¿Pero por qué yo? Hice la pregunta entre admirada y confundida, se supone que no necesito publicar en ningún medio porque tengo este blog, el más leído de Colombia. El blog que leen los periodistas más prestigiosos de este pobre país, el blog que tanta gente lee temblando de ira e indignación.

Me dijo Ian que como Con la oreja roja pretendía hacerle poner la oreja roja a la gente ridícula, presumida y convencida de nuestra pobre patria yo era la persona más indicada para formar parte de este proyecto tan original en Colombia, el país de los payasos y los irreverentes. No sería la nueva bobada literaria ni la nueva actualidad panamericana, sería algo mucho más ambicioso.

Sin nombrarme a ninguno de estos ilustres me dijo que yo era la columnista ideal para tan ambicioso proyecto porque era una mezcla explosiva, porque poseía las cualidades intelectuales más exquisitas de gente como Groucho Marx, Charles Bukowski, Thomas Bernhard, Howard Phillips Lovecraft y Ambroce Bierce. Lo más seguro es que Ian no conoce a ninguno de estos autores pero a través de sus palabras me dio a entender que yo era La elegida para humillar y ofender a las grandes personalidades de Colombia desde su nuevo medio de expresión. Ian casi me hacía un favor al concederme el privilegio de publicar allí, me daba la posibilidad de existir, publicar en su página sería el trampolín a la fama que había estado esperando durante tanto tiempo.

¡No sabía de qué forma agradecerle a Ian el gesto tan hermoso de haberse fijado en mí!

No sé por qué le dije que sí, cada semana recibo propuestas similares a la de Ian y siempre digo que no sin pensarlo. A Ian le dije que sí y le dije que comenzáramos a trabajar ya, que quería ser famosa cuanto antes. Le dije que no sé escribir por contrato ni por encargo, que lo poco que podría ofrecerle son los pobres perfiles de nuestros personajes ilustres que he publicado en este blog, que sólo podría hacerle sugerencias. Ian aceptó. Le propuse que comenzáramos con Luis H. Aristizábal, el maestro del aforismo en Twitter. Ian no lo pensó mucho, dijo que le parecía perfecto.

A los dos días recibí algunas sugerencia de Ian y de uno de sus asesores (había olvidado decir que el equipo de Ian es muy nutrido y al parecer todos se toman muy en serio su trabajo), cuando sus colaboradores se ponían en contacto conmigo imaginaba que así se debe sentir la gente que recibe instrucciones de grandes personalidades que trabajan en la NASA o en el Fondo Monetario Internacional.

Una de las asesoras o colaboradoras de Ian me pidió en tono respetuoso que cambiáramos algunas palabras ofensivas que había usado para referirme al maestro Luis H. y yo les dije que no, que no aceptaba. Se suponía que ellos abogaban por la libertad de expresión, iban a revolucionar el mundo a través de la irreverencia y la verdad en la cara. Publicaron el perfil sobre uno de los hombres más cultos, amados y admirados de Colombia sin cambiar ninguna palabra y todo fue paz y amor hasta cuando llegamos al segundo texto.

El segundo texto fue sobre Carolina Sanín: La situación de Carolina Sanín es complicada, un texto que hizo llorar hasta a Dios. El gran problema con este texto fue que tardaron demasiado tiempo en publicarlo, el texto estaba siendo municiosamente estudiado por el comité de asesores de Con la oreja roja y el gran Ian me pedía que tuviera paciencia, que probablemente pasaría a edición. Después de varios días de tormentosa espera por fin el texto vio la luz, pero publicaron mal el título, escribieron Carolina Salín.

Cuando vi semejante despropósito le pedí al gran Ian que me sacara de su grupo de columnistas, me parecía el colmo que cometieran un error tan estúpido y me daban motivos para no volver a aceptar nunca más en la vida invitaciones de gente tan mediocre o tan convencida.

Cuando renuncié al medio que revolucionaría el periodismo en Colombia Ian se convirtió en mi enemigo público. Desde ese día cree que no soy digna de sus ojos, que Con la oreja roja merece invitar a personas con más valía.

El periódico El Colombiano busca estrellitas de Twitter para entrevistar y el gran Ian recluta grandes mentes -también de Twitter- para que vomiten hasta hacerle poner morada la oreja al objeto de su burla.

Gustavo Bolívar, Alejandra Omaña y Claudia Yurley Quintero

11 Jun

Estamos en época preelectoral y el panorama es mucho peor que hace cuatro años porque el «feminismo» está en el centro del debate y en el debate están participando líderes de todos los colores y todas las tendencias, gente que está aspirando a una curul en el Congreso más corrupto del mundo gracias a que personalidades como Sara Tufano, Cielo Rusinque y Caterine Ibargüen decidieron que es mejor negocio participar en política que posar de intelectual o ser deportista. En las Elecciones anteriores varios tuiteros se convirtieron en concejales, representantes y senadores y la Campaña se hizo en redes. En vista de que cualquiera puede aspirar a los cargos políticos ahora abundan más personajes grotescos que nunca y las campañas y los debates son más grotescos también.

Quiere participar en la contienda la modelo webcam con actitud de empoderada e intelectual y la víctima de abuso sexual que usa el abuso para escalar social y económicamente. En un debate moderado por Gustavo Bolívar Amaranta Hank (la estrella porno más risible de nuestra «industria») y Claudia Yurley Quintero (la víctima de abuso sexual que conquistó el corazón y la sensibilidad de Margarita Rosa (actriz), Carolina Sanín (humorista) y Jineth Bedoya (víctima) nos recordaron los mejores momentos de Laura en América y es una verdadera lástima que hayan borrado el show porque me hubiera encantado volver a verlo hoy para volverme a reír de lo lindo.

Participar en política es más grotesco que hacer porno en redes y que ejercer la prostitución como si se tratara de la carrera profesional más respetable y las doctoras del sexo tanto como las víctimas de los puteros aspiran a convertirse en senadoras. Mientras unos posan de estrellas de la actuación y le hacen creer a la audiencia que ser modelo webcam es uno de los trabajos más creativos y divertidos del mundo la víctima bebe antes del debate y vocifera porque todas las mujeres que ejercen la prostitución son víctimas y pregunta qué tiene de divertido y creativo meterse una papaya en el culo, por ejemplo.

Paredes inmaculadas

11 Jun

A Thomas Bernhard lo leo desde hace un buen tiempo, diez o quince años o tal vez quizá un poco más, y sospecho que llegué a este hombre radical porque algún crítico dijo que Fernando Vallejo es nuestro Bernhard. Vallejo no es nuestro Bernhard, es mucho más grande Bernhard y lo comprobé leyendo en simultánea a los dos autores. Vallejo siempre es el mismo y dice lo mismo en el mismo tono y Bernhard siempre es original y sorprendente en cada uno de sus libros: Tala no se parece a Mis premios, El malogrado no se parece a Sí y Almuerzo en casa de Ludwig W. no tiene nada que ver con El sobrino de Wittgenstein.

Todos los libros de Bernhard son sorprendentes y hoy nos vamos a ocupar del que me ha sorprendido más porque si es cierto que el Wittgenstein caricaturizado en Almuerzo en casa de Ludwig W. se acerca a la persona de carne y hueso podemos llegar a la conclusión sorprendente de que el filósofo del lenguaje era radical como yo -estando un poco loco- y le fastidiaba lo mismo que me fastidia a mí, cuatro cosas en particular:

  1. Paredes inmaculadas.

Almuerzo en casa de Ludwig W. es una obra de teatro que parece más un drama y ese drama es imposible de representar en Colombia porque es muy europeo. Wittgenstein es un hombre rico y culto y en esa casa se ama más la música que la pintura. El filósofo hipermegasensible y exigente como Bernhard odia la pintura si no es de Goya, el único pintor al que tolera. En la casa rica y culta hay muchos cuadros de personas ilustres -su familia- y como el loco Voss (Wittgenstein) acaba de salir del manicomio -por idea de una de sus hermanas- en un ataque de euforia mezclada con ira y asco profiere un hermoso discurso en contra de las imágenes colgadas en las paredes y llega a la conclusión a la que llegué yo: lo más hermoso no se puede representar a través de la imagen y cualquier imagen colgada en la pared nos distrae el pensamiento y nos perturba el alma. Mi pintor favorito no es Goya sino Durero y si me regalaran una obra del Maestro –Melancolía, por ejemplo- la rompería y la tiraría a la basura porque Durero me gusta para estudiarlo, para soñarlo, no para convertirlo en una imagen vulgar de tanto verla todos los días. Mis paredes son como las soñadas por Wittgenstein y entiendo perfectamente al loco. Las imágenes perturban, distraen, asustan y ofenden, eso lo aprendí siendo niña mientras veía imágenes colgadas en las paredes y por eso cuando conquisté la soledad decidí que las paredes que miraría cada día de mi vida serían paredes pintadas con mis manos y se adornarían con el vacío.

2. Repulsión a los médicos

Wittgenstein está de acuerdo conmigo en que lo mejor que podemos hacer en la vida si estamos cuerdos es evitar a los médicos porque caer en manos de médicos es caer en manos de un sistema infame del que jamás podremos escapar. El discurso del filósofo contra los médicos es más salvaje que el dirigido contra los pintores y no tiene problema en llamarlos asesinos. Cuando leía ese discurso me embelesaba de emoción y no podía creer que alguien pensara lo mismo que pienso de los médicos sin haberlos tratado, siendo el mío un cuerpo completamente inmaculado en lo relacionado con el cuidado de mi salud desde la mirada de otro, de un ser humano que no está en mi cuerpo y no sabe cómo lo siento, lo trato y hago planes con él. Mi Sueño es programar mi propia muerte y sospecho que Wittgenstein soñaba con lo mismo y Bernhard no lo supo como tampoco lo supo la familia del Pensador.

3. Pensar como única ocupación posible y perfectamente cuerda.

En la obra se lleva hasta el límite de la caricatura la obsesión de Wittgenstein con el oficio de pensar como único objetivo humano para tratar de comprender de una maldita vez cómo es que funciona la vida y el filósofo llega a la conclusión de que no hemos comprendido nada y Schopenhauer y Nietzsche le hicieron perder mucho tiempo. Esta es la parte más divertida del libro porque no hay nada más gracioso que un loco en estado de euforia -a lo Nietzsche- tratando de comprender y de dar lecciones sobre el arte de aprender a vivir mientras el público se divierte o sufre viendo pensar al Pensador . Mi tarea en la vida es mantener la cordura, la risa y la alegría de vivir sin dejar de pensar, que es, en definitiva, el trabajo que más que gusta: pensar, sentir y matar las horas viendo gente en la calle corriendo detrás del dinero para vivir o para competir con el vecino, los colegas o la familia.

4. Falta de amor al dinero.

En la vida real el filósofo heredero de una gran fortuna renuncia a la riqueza y le cede su parte a las hermanas. Una persona inteligente sabe que el dinero no vale nada y que el estatus es para la gente insegura. Este acto en la vida de Wittgenstein es el más admirable porque nos muestra que es un hombre sensible de verdad. La mayor parte de la gente corre a lo largo de la vida detrás del dinero y este señor renuncia a lo que todos buscan porque evidentemente es un hombre extraordinario. Una de las frases más conocidas del filósofo atormentado es Revolucionario será aquel que pueda revolucionarse a sí mismo y yo aspiro a seguir el Camino ahora que renuncié al trabajo porque en la pandemia descubrí que trabajaba para comprar ropa y definitivamente no me gusta madrugar.

Como cuando tenía 16 años

11 Jun

Durante diez o quince años de mi lejana juventud fui un caso perdido para la sociedad porque no quería estudiar ni trabajar, no me gustaba comer helados, salir de paseo ni irme de fiesta con la gente de mi edad, no quería usar ropa rota, hacerme un tatuaje, una perforación o una expansión. Pasé muchas horas muertas y esas horas muertas me recordaban el aburrimiento de Flaubert porque no sé de nadie que se haya aburrido tanto con el paso de las horas como él pero tampoco sé de nadie que haya estado tan convencido de que la solución no era ni será nunca hacer lo que hace la mayoría de la gente que no es capaz de asumir el tiempo, de mirarlo cara a cara sin terminar loco, deprimido o muerto en la cama después de haberse dado un tiro en la cabeza un domingo a las cinco de la tarde. El tiempo hay que asumirlo en vez de matarlo haciendo lo que hace la mayor parte de la gente: trabajar, estudiar, lavar el carro, ver televisión con la esposa, soportar los gritos de los hijos, ir de paseo con la suegra, conversar con los vecinos, enseñar a bailar a la mascota, darle de comer a los pobres y consolar a los inmigrantes que se paran en la entrada de los centros comerciales.

Siempre he admirado a la gente desesperada que no hace nada para acabar con su desesperación y que analiza esa desesperación como si se tratara del más preciado objeto de estudio porque no hay nada más sutil que el autoanálisis.

Desde enero de este año tomé la decisión de no volver a trabajar para comprar ropa porque para eso era que trabajaba. Mientras trabajaba mataba el tiempo y tenía la respuesta cuando me preguntaban qué hacía con el tiempo. Ha vuelto a aparecer la sensación incómoda de cuando tenía 15 o 24 años. Leo con la misma atención de cuando tenía esas edades y la atención y el tiempo de sobra hacen que sea mucho más reflexiva y dramática, que empiece a sentir como si tuviera la cabeza más grande, una cabeza como me imagino la de Virginia Woolf, que también estaba obsesionada con el tiempo como Flaubert, le gustaba la idea de estar encerrada todo el día escribiendo sin que nadie la interrumpiera y además estaba loca.

La sensación de no hacer nada cuando el mandato es estar muy ocupado es agradable pero también es pesada porque después de cierto tiempo aparecen los consejeros que lamentan que pierda el tiempo y me empeñe en seguir siendo un talento desperdiciado (esta semana dos personas me han sugerido que me embarque en un proyecto de investigación). ¿Un proyecto de investigación? Parece un chiste hablar de investigación en estos tiempos y más en un país como Colombia donde la gente investiga sobre temas que no le interesan y además ¿Quién lee trabajos de investigación? A mí no me interesa leer los resultados de las investigaciones de nadie. Entre una investigación y un ensayo prefiero mil veces un ensayo y ya escribí veinte sobre los temas que me interesan y eso fue hace veinte años, precisamente.