Archivo | septiembre, 2018

Margarita Rosa de Francisco y La innombrable

18 Sep

Me han acusado de ser profesora de la Universidad Nacional de Colombia, de la Universidad Complutense de Madrid y de la Universidad de Stanford

Me han acusado de ofrecer el Premio Nobel de Literatura

Me han acusado de conocer todos los cafés de Chapinero

Me han convertido en personaje de novela

Me han compuesto canciones

Me han compuestos Cantos y Odas

Me han citado como epígrafe en un libro como si estuviera muerta

Me acaban de otorgar el título de Profesora de literatura

Me han terminado de convencer de que soy La Innombrable

De todos los intelectuales y artistas que he estudiado en este blog sólo Margarita Rosa de Francisco ha respondido; los demás guardan silencio cómplice cuando denuncio los plagios recurrentes de Catalina Ruiz-Navarro y los desatinos recurrentes de Carolina Sanín. Me he ocupado de escritoras con amigos y sin talento, roscas de artistas e intelectuales que posan de mamertos y denuncian la corrupción que carcome al país entero pero les gusta quedarse siempre con todo en ferias y fiestas de libro y de la cultura.

Ser La innombrable me gusta mucho, tanto como que se refieran a mí como Esa señora y ¡La Hijueputa Esa!

Con ustedes Margarita Rosa de Francisco reflexionando sobre la importancia de la verdad:

Hace ya casi un año leí una crítica feroz que me hizo una profesora de literatura, a través de Twitter, con respecto a mi rol como columnista. Ella es conocida en esa red por sus letras puntiagudas y capaces de destrozar en unos cuantos párrafos todo aquello que no le simpatiza.

El contenido de su diatriba me afectó bastante; sin embargo, una vez superada la parte que tuvo que ver con mi ego, me llamó la atención su estilo sencillo y preciso. Era uno de esos textos que se leen suavemente, sin más accidentes que el relieve natural de las palabras bien empleadas. Aunque no me gustó lo que decía, disfruté la forma de su discurso; en realidad, me encantó. Cuando se lo hice saber, se sorprendió y se refirió a su artículo como un acto de parresía o el arte de la injuria. Me cautivó aún más aquello de “el arte de la injuria”, no sé si porque el solo hecho de anteceder “el arte de” a cualquier actividad humana le concede a esta un rango de belleza.

Olvidé el asunto hasta que se me atravesó una transcripción de una conferencia sobre el tema dictada por Foucault.

La ‘parresía’ es un término griego que significa decir veraz, también se refiere al compromiso que tiene el sujeto con su decir. No tiene la parresía el que, porque sí, hiere a otro con sus palabras, sino quien ejerce también el arte de la ocasión para comunicarlas con total serenidad y franqueza. Más tarde, su significado empezó a asociarse con el insulto, tal vez porque en muchos casos decir lo que llanamente se piensa demanda valentía y asumir el riesgo de que la expresión sin filtros de ese pensamiento sea recibido como una ofensa. La profesora no me insultó, se limitó a escribir lo que opinaba con una crudeza que supo llevar a un apreciable nivel estético.

Foucault analiza la parresía desde muchos ángulos, entre ellos su historia como instrumento de la política cuyo interés se concentra en “el alma del príncipe”. El gobernante precisaría de alguien confiable que, lejos de adularlo, le dijera al oído su verdad sin retórica ni contemplaciones (como hizo la profesora) y, a su vez, tener la correa para aguantarla como parte de una práctica ética.

El valor de lo bello en la parresía se jugaría entre dos interactuantes y radicaría en esa danza recíproca del decir libre y el escuchar, por qué no, con la misma audacia y coraje. Eso define el carácter parrésico; una posible y exótica virtud.

https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/margarita-rosa-de-francisco/parresia-el-arte-de-injuriar-267720

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Amalia Andrade y el arte de vender basura

18 Sep

Colombia se supera a sí misma como desastre año tras año y la literatura que se escribe en este país sin esperanza es una muestra más de la corrupción que todo lo devora, del mundo del marketing, la superficialidad, la ignorancia y la falta de profundidad asumidas de forma consciente por “autores” que no tienen nada que decir pero lo dicen porque les parece chévere escribir un libro para dedicarle a los amigos que también posarán de escritores y con quienes se encontrarán en ferias y fiestas del libro para posar de artistas juntos aunque todos sepan que ninguno tiene talento. Ellos no tienen talento, tienen amigos que los ponen en contacto con el negocio de la literatura que no es rentable pero los hace sentir bien, al lado de los Artistas.

Por puro morbo me gusta saber en qué va la movida cultural colombiana, quiénes son las nuevas modelos Soho, actrices de telenovela, modelos webcam o chicas Aguila dispuestas ahora a complacernos con sus letras inspiradas en sus vivencias o fantasías y navegando supe de la existencia de Amalia Andrade, el paquete perfecto para vender libros al estilo Walter Riso, su Maestro espiritual y en ventas. Me imagino que ve muy lejos a Paulo Coehlo pero como va va muy bien. Dicen los medios que es la vendedora de libros más exitosa que tenemos, vendedora tipo exportación.

Amalia no es feminista pop pero sí fue chica Soho lesbiana y elitista. Ya sabemos todos, todas y todes que salir del clóset vende y ser depresiva también y esta pobre chica ha sabido sacarle provecho a su triste condición. Amalia es de la rosca de Gloria Susana Esquivel (íntima amiga de Carolina Sanín), a quien le dedica el bodrio del que nos vamos a ocupar hoy. El título del libro es tan espantoso que prefiero no digitarlo porque me siento sucia copiando esas palabras tan mal articuladas (al final del texto copio la imagen para que el lector lo lea con sus propios ojos).

El libro es libro porque son hojas impresas encuadernadas pero el contenido es una absoluta estupidez que se lee en una tarde, es el tipo de libro para leer en el avión o en la sala de espera y tiene más espacios en blanco que contenido. Lo venden como obra no acabada que la lectora terminará de armar y entonces es una especie de obra colectiva que empieza la escritora boba y termina la lectora boba. Leyendo el libro me imaginé los kits para niñas tontas que vende la youtuber Yuya, que probablemente inspiró a nuestra presa de amor depresiva y creadora.

Amalia Andrade se siente tremendamente creativa porque escribe a mano una lista interminable de frases insulsas y consejos estúpidos que aprendió de los cientos de libros de autosuperación que ha leído y dibuja mamarrachos del tipo de los que hace un niño en una cartilla de segundo de Primaria; luego imprimen esa tontería, la encuadernan y la llaman obra literaria porque lo más sorprendente de todo es que no están vendiendo a la chica depresiva, superficial, adicta a las compras y a las series, autodestructiva y enamoradiza como escritora de basura de autosuperación ni como autora de libros para mujeres tristes de las que se duermen leyendo un clásico de doscientas páginas sino que la promocionan como artista. La chica tonta cree que Madame Bovary es un libro de autosuperación y se siente dichosa si sus libros basura pueden ayudar a alguien a superar las penas de amor. ¡Nunca había visto una forma tan errada de interpretar la obra de Flaubert!

Uno de los peores desaciertos de este libro, que se constituye además en una falta de respeto con la psicología y en un riesgo para las personas con enfermedades mentales que tengan la mala suerte de leerlo y sentir que curan sus heridas siguiéndole la cuerda a la autora, es que da consejos con autoridad como si se tratara de una terapeuta cuando es evidente que se trata de una persona perturbada que necesita ayuda profesional. No olvidemos que la autora de Cómo superar las dificultades se mató ante la primera dificultad y el autor de Cómo salvar su matrimonio mató a su esposa.

9786070732850

Erudición, sabiduría, inteligencia y creatividad

4 Sep

Para Ernesto Castro (sin cariño)

Como no nací en vano y tengo cuarenta años de experiencia como lectora es justo que en este trecho de mi vida sepa exactamente cómo vivir y lo sé porque para eso nací, para saber cómo vivir y dar ejemplo con la propia vida. Mi performance consiste en vivir la vida para que los demás aprendan cómo con una única condición: no se me acerque cuando voy caminando por la calle embebida en mis pensamientos.

Mi ejemplo no está hecho de palabras sino de actos porque no pretendo ser erudita sino sabia y creativa. No me verán en conferencias, congresos ni tertulias hablando con prepotencia o con aire de falsa humildad sobre el arte de aprender a vivir para terminar luego tirándome por la ventana o llorando amargamente porque me siento sola, triste, confundida y desesperada. No, si usted hace el seguimiento de mi vida se va a dar cuenta de que todo es acción no predicación.

El erudito es cuadernero, comelibro, sin sentido del humor, un hombre inseguro que necesita sentir que vale algo porque “sabe mucho”, tiene buena memoria y talento para repetir como una lora vieja y bien entrenada toda la basura que ha leído en los libros, como si repetir datos o ideas sirviera para algo en la vida aparte de para descrestar calentanos.

Si necesito saber algo leo y leer a Platón no me convierte en Platón y mucho menos en Sócrates; me convierte en lectora, no en sabia.

No necesito a un pajuelo precoz que me explique en qué consiste la grandeza de Sócrates a partir del análisis de los Diálogos en un sucio canal de Youtube porque prefiero leer a Platón, a Aristóteles, a Alcibíades, a Rabelais, a Erasmo… y sumando la opinión de estos gigantes y la de otros muchos más crear mi propia imagen del sabio y tratar de asimilar para mi propia vida lo más rescatable de esta vida, para incorporarla a la mía.

La erudición es nada, la sabiduría lo es todo.

Hay gente que se llena el coco de información y la vomita luego en público para que la masa, la clientela, confunda ese vómito con inteligencia.

Erudición sin inteligencia no es nada, inteligencia sin creatividad no es nada, conocimiento sin sentido del humor es el alma de un hombre viejo encerrado en el cuerpo de un niño que posa de sabio porque “sabe mucho” y no sabe nada porque está desperdiciando la vitalidad de la juventud sentado cultivando una buena joroba.

ernesto-castro-umsnh