Archivo | enero, 2018

Aún no era grande

15 Ene

Para los tuiteros ignorantes, sin imaginación ni sentido del humor que están dudando del talento y la erudición de Estefanía Uribe Wolff rescato esta reseña que escribí sobre su libro maravilloso. Les recuerdo que fue reconocido como uno de los libros del año en 2013 y por el hecho de que Tefa no haya vuelto a publicar otros libros nadie tiene derecho a dudar de ella, de su escritura, su estilo, su fuerza ni su sensibilidad.

“Cuando lloraba y se acercaban a quitarme las lágrimas les decía suplicando: no me quiten mis tristezas. Adoraba el líquido que brotaba de mis ojos porque  era la consumación y demostración más pura de mis dolores; por eso no las llamaba lágrimas sino tristezas. Esas, que impregnaban de un olor mi trapo rosado que perdí o perdieron en una cantina de un olor que solamente mi olfato percibía”.

Unos cuantos piqueticos

***

A Tefa, @tefa_ o Estefanía la conozco desde hace ya bastante tiempo si partimos de la certeza de que a través de Twitter podemos llegar a conocer a la gente mucho más y mejor que cuando convivimos con ellos. Ella se disputa el puesto de mi mejor amiga virtual con @jmalaparte. A las dos las quiero con intensidades similares y ellas se quieren un poco también aunque a veces discuten porque @tefa_ quiere seguir bebiendo y @Jmalaparte quiere que ella deje de beber. Lo que @jmalaparte no sabe es que @tefa_ comparte creencias con algunos místicos presocráticos: “Estoy segura de que en otra vida fui eso, una planta de agave macho segada por un jimador allá de Jalisco a la que luego procesaron, fermentaron y convirtieron en un tequila del que habrían de beber el mismísimo Emiliano Zapata brindando con Pancho Villa y que luego fue a dar a la casa de Frida, donde Chavela Vargas se lo encontró y se lo tomó con ella, Diego y Trotsky (pág. 24-25).

El libro de Tefa lo recibí el viernes. Siempre es emocionante recibir libros de otras ciudades o países pero este libro me emocionó más que otros venidos de mucho más lejos. Destapé la bolsa, rompí el sobre, miré su nombre y el mío con nuestras direcciones y nuestros nombres completos y adentro estaba su libro:  Aún no era grande, de Estefanía Uribe Wolff. La llamé y deseé con todo mi amor que me fascinara su libro y, claro, me fascinó, es un libro digno de mis ojos: literatura colombiana escrita por una mujer digna de ser leída con atención, digna de ser recomendada por alguien como yo. Lo leí el sábado, hoy es domingo, me levanté temprano, lo volví a leer y ahora me dispongo a escribir sobre esta belleza.

Es un libro de 57 páginas compuesto por diez textos breves con varios temas recurrentes: el coqueo, las tristeza, el dolor, el vómito, las supersticiones, el alcohol, Frida y Carolina Sanín. Mientras los leía pensaba que tal vez yo también debería publicar un libro, la experiencia de leer en pantalla no se compara con la experiencia del lector ante el papel con un resaltador rosado en la mano y un micropunta para hacer anotaciones sobre lo que se ha resaltado. Las palabras de Tefa merecen la letra impresa, la experiencia única que implica leer en papel, ver cómo se va transformando el libro a medida que transcurre el tiempo y vamos dejando marcas de cada una de las lecturas. Es un libro con dedicatoria, a primera vista pensé en la letra de una niña de colegio, pero cuando terminé de leer y volví a revisarla noté la mano temblorosa de quien escribe en el libro: “Tiemblo, es inevitable. Y no es miedo, ni es frío, ni es rabia, ni angustia, ni desazón. Tiemblo porque sí, desde siempre, por lo que me tomo en las mañanas y durante el día. Pastillas y café: una para la gastritis, otra inmunosupresora, otra azulita que no sé bien qué hace y otras dos blancas que me permiten ser gente…  Todas hacen temblar”. (pág. 31). Con esa misma mano temblorosa Estefanía escribió con tinta negra: “Para mi muy querida amiga Elsy (un corazón gordo dibujado) con amor, Estefanía Uribe W.).

La primera historia arranca con el bendito coqueo: “El coqueo es una cobija pequeña en forma de conejo que me regaló un amigo de mi papá cuando nací” (pág. 13) y el amor que Estefanía profesa hacia esa cobija devenida en trapo sucio y feo casi me hace llorar, yo que no lloro desde hace más de treinta años. El coqueo se perdió en una cantina: “Con el coqueo limpian regueros de aguardiente, mocos de borracho y no de niño y ya no es ni siquiera rosadito sino gris y feo, le cortaron las orejas, le quitaron el borde de satín y ya ni siquiera era un conejo” (pág. 15). Nuestra heroína recupera su coqueo porque lo reconoce después de mucho tiempo en la cantina donde quedó abandonado: “Mi llanto tiene  la particularidad de impregnar las cosas por siempre, con todo y un olor característico” (pág. 26).

Aún no era grande no es literatura infantil, no es una novela, tampoco es una colección de cuentos, nos recuerda la prosa de Fernando Vallejo y la de Juan Rulfo: “Al lado del río Cauca, entre Bolombolo y Concordia, quedaba La Herradura. Ya no existe… Y en ese lugar del mundo las estrellas son tantas, tantas, que el cielo parece blanco con manchas negras… Abajo, luciérnagas y cocuyos en un danzar extraño parecían hacerle espejo a la bóveda celestial” (pág. 19).  Es una prosa premeditada, escritura pura, atención y cuidado en la combinación de palabras y sonidos, una verdadera delicia para los ojos y para los oídos y de una tristeza más triste que la de los narradores jaliscienses de algunos cuentos de  Juan Rulfo; pero no es una vil copia de ningún autor, es la obra de una mujer y plasma temas que otras mujeres no se han atrevido a plasmar en la literatura colombiana. Esa es la gran novedad.

La mujer retratada por Estefanía no es una modelo SoHo siempre lista para ser penetrada sino una mujer de carne y hueso: “Sí, calma, y al otro día da temblor. Como el tiempo, pensamientos y obsesiones se detienen por un instante y todos los órganos con terminaciones nerviosas  se anestesian: el clítoris, por ejemplo, es como un miembro fantasma, y creo que es lo que sienten las personas mutiladas con sus pedazos faltantes. No hay lubricación y una penetración duele mucho. ¿Cómo harán la señoras casadas? ¿Y las que tienen novio? Bueno, yo no soy casada ni tengo novio. Punto a mi favor (pág 32).

Hay varias mujeres amadas en el libro, las que más sobresalen son la abuela Lucinés, Frida Kahlo y Carolina Sanín. A través de la abuela se recrea el amor a primera vista que solemos tener con un familiar muy cercano, a través de la  artista mexicana se recrea el  dolor del cuerpo femenino -la fuerza sacada a través de ese dolor- y a través de la escritora colombiana, llamada Justina en el libro, se recrea la sabiduría, la madurez, las profecías cumplidas pronunciadas por la sabia. Es en estas citas donde mejor se reconoce la voz de la autora con toda su originalidad, ella está obsesionada con lo femenino y no necesita que un hombre le explique su comportamiento, ella misma se encarga de hacerlo. En “Unos cuantos piqueticos”, el último relato, es donde mejor podemos apreciarlo:

Y el dolor de Frida  no es por la sangre que le escurre de su cuerpo desnudo. Ella siente un dolor que va más allá de esa pintura y de la sangre, de los piquetes… Tatuajes, los tatuajes son unos cuantos, infinitos, incontables o innumerables piqueticos… Sangre que sale de uno mismo, de las mujeres, sangre que hacía que las niñas  se volvieran mujeres. Que crecieran, por chillonas, ¿yo por qué? ¿Yo para qué iba a querer senos si me gustaba quitarme la camisa para jugar lo que fuera cuando hacía calor… Y el día que lloré, que me vieron llorar, fui a hacerme mi primer tatuaje, ese de la virgen que vino a tapar la mariposa. Punto por punto, aguanté un martirio de siete horas justo en la columna, el lugar del cuerpo que más le jodió la vida a Frida, que la invalidó e hizo que sus yesos en forma de corsés fueran obras de arte. La sangre me brotaba por la espalda baja y era de colores, de muchos colores.

Es mejor derramar sangre que lágrimas. Aguantar unos cuantos piqueticos. (pág. 56-57).

 

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Palabras mayores

15 Ene

Con ustedes la síntesis del Pensamiento Feminista Colombiano.

Fue redactada por una mujer, claro. Y celebrado por otras mujeres

¿Notan los niveles de machismo, racismo, clasismo y no sé que más ismos en una sola frase?

“No se afane, uno de esos ataques proviene de Rosa Elvira Cely alias ‘Elsy Rosas’ cuyos dardos en realidad son bodoques de papel. La pobre vieja deschavetada tiene complejo de inferioridad camuflado en una presunta erudición que ella se atribuye a sí misma. Solo es megalomanía”.

Catalina Ruiz-Navarro. Caso Cerrado

15 Ene

Han pasado casi cinco meses después de que supimos que Catalina Ruiz-Navarro olvida poner comillas y llama rizomas a sus plagios. Ninguna institución seria se ha manifestado: la Universidad Javeriana calla, el Ministerio de Educación calla y Fidel Cano Correa sigue insistiendo en que Catalina es una mujer moderna y aunque no sea inteligente ni rigurosa le gusta su voz y no tenemos por qué complicarnos con un plagio de hace diez años.

Desde hace más de cinco meses dije que un plagio de cuarenta páginas y 53 pares de comillas que hacen falta es indefendible y que quien se atreviera a justificar, negar o defenderlo quedaría como un estúpido, como un corrupto o como un irresponsable y de paso harían quedar peor a Catalina Ruiz-Navarro. Lo dije y parece que no lo tomaron en serio y entonces llegaron a defender y a justificar el delito -porque el plagio es un delito-. Han ido llegando de uno en uno cada quien con su numerito. Llegó la feminista, llegó la buena mujer, la mujer sensible, compresiva, buena y noble, llegó el jefe, llegó el marido, llegó la mejor amiga.

Sólo falta el Comunicado de la mamá y el ladrido de la perra y queda listo el libreto para montar la versión colombiana de María la de barrio.

No he visto Caso Cerrado, he visto Laura en América, pero lo que dice la gente que ve televisión es que lo de Catalina, el desenlace que ha tenido el asunto, el trato que se le ha dado, da para un capítulo de Caso Cerrado.

¿A dónde hemos llegado?, compañeros de Causa.

Twitter en el mundo de la modernidad líquida

15 Ene

Tres amigos, tres hombres risueños, amables y graciosos son tres seres humanos de carne y hueso, gente con la que se puede caminar, ir a cine y oír música. Músculos, carne y sangre, realidad real, algo que se puede tocar, átomos, materia viva, lo sólido que no se desvanece en el aire.

Tres puede parecer poco al lado de catorce mil seguidores y mil rts por cada tuit, pero los tuiteros dizque influyentes juran que son poderosos porque todo el día tienen sentado el culo frente a la pantalla y son dizque famosos en medio de gente tan fracasada en la vida social como ellos. Bobos entre bobos escribiendo frases tontas, lugares comunes, verdades de cajón, fórmulas que conocen bien para parecer lo que no son y para que sus bobadas sean repetidas por otros bobos como ellos con pensamiento uniformado en lo que se supone debemos pensar para parecer buenos ciudadanos, buenos seres humanos, humanos ejemplares, gente respetable y digna de ser imitada.

Olas de indignación de mentiras en manos de falsos mamertos, falsos seres de mente abierta, defensores del pensamiento libre, libertad de expresión y el derecho a no estar de acuerdo con lo que piensa la masa estúpida. Nada de eso es real, es simple movimiento de dedos comandados por un cerebro hueco que le teme al vacío y a la soledad y lo que este cerebro hueco de los tuiteros no sabe es que los cerebros huecos están interconectados a través de materia inexistente, esos amigos no existen, esas ideas no existen y esas vidas no existen.

Twitter es una cloaca insufrible, olla podrida, el mundo de mentiras perfecto para observar cómo, de qué forma tan lamentable, se puede hundir una mente sin rumbo.

Antonia

15 Ene

Nací enamorada de perros y gatos

Me fijé en esos seres fantásticos antes que en el sol, el cielo, los libros y la gente.

El gato me parecía el animal más bello del mundo

El perro me parecía el animal más bueno del mundo

Tenía perro y gato y mi corazón no podía entender si quería más al perro o al gato

Sospecho que quería más al gato pero llevo dos días pensando en mi perra Antonia

Cuando tenía siete años le daba besos y abrazos al gato, le tocaba las orejas, los cojines de las patas y la cola

Me gustaba mirarlo a los ojos y perderme en medio de tanta belleza

Disfrutaba viéndolo caminar, correr y bostezar

Y jugar con un gato, un gato jugando con un niño, sentir sus dientes y su lengua en las manos, verlo jugar con la bola de lana o con la pelota de rayas es algo que no se cambia por nada, el recuerdo más bonito que puede existir de toda la infancia junta.

El gran amor de mi vida durante la infancia fue mi gato negro, cuyo nombre no alcanzo a recordar; o tal vez no tenía nombre, simplemente se llamaba El gato, eso creo.

Cuando tenía gato ya leía El gato, el poema de Baudelaire

Y por amor a los gatos terminé enamorada de la poesía

Y nadie le ha cantado más y mejor a los gatos que Charles Baudelaire, claro, porque él también tenía gato cuando era niño y también era poeta como yo.

El gato es un animal con el que se goza la vida dentro de la casa y los perros que me gustaban eran sólo los perros de calle y sin amo, perros criollos de todos los colores y ahí, en una calle cualquiera, fue donde conocí a Antonia.

Cuando era niña ya caminaba consciente de mis pasos y me gustaba caminar buscando gatos en ventanas, tejados, jardines o tomando el sol en plena calle, gatos atrevidos e irrespetuosos, y me gustaba saludar a los perros con toques en la nuca y juegos típicos entre perros y humanos.

Algunos perros abandonados buscan amo y después de un rato de juego en un parque o en una calle asumen que esa amistad no es pasajera sino que se trata de algo para siempre y ese fue el caso de Antonia.

Un día iba caminando, me crucé con ella, la saludé con cariño, caminamos juntas un rato y luego descubrí que caminaba junto a mí como si fuera mi perra, le decía con cariño que se fuera, que no soy amiga de un perro en particular sino de todos en general y que no puedo ir adoptando perros porque no soy una loca y además tengo una vida y Antonia no entraba en razón, se obsesionó conmigo y se plantó en la entrada de la casa, me acompañaba a todas partes, me esperaba en cualquier lugar mientras salía y así terminó convenciéndome y fue mi perra durante uno o dos meses y después, como hice con otros gatos que me encontré por el camino, se los terminé entregando a mi mamá, que tiene más tiempo y no ama tanto a los animales como yo y por eso los puede cuidar mejor que yo porque mi amor incondicional a los animales está hecho de besos y abrazos y llega un momento en que llego a asfixiarlos y es mejor que se vayan con alguien que los vea como simples animales y les ponga la comida y el agua.

Veinte años de experiencia docente

15 Ene

Nací muy seria y convencida y a medida que ha ido transcurriendo el tiempo soy menos seria y estoy menos convencida. Cuando tenía siete años le daba discursos a mis hermanos menores y mayores sobre por qué no casarse ni tener hijos. Esa fue mi primera gran lección y fracasé como maestra porque todos ellos son casados y tienen hijos. Mis clases no calaron en la mente de mis discípulos irresponsables.

Cuando tenía 18 di mi primera lección formal. Era la profesora de un grupo de niños de quinto de primaria y yo fui su madre putativa durante un año: una niña de 18 con quince o veinte niños de diez. La mejor parte de la historia es cuando los llevaba al parque con sus impecables uniformes blancos y les decía, qué clase de educación física ni qué nada. Niños, ¡a jugar! Y los veía correr como locos felices porque la profesora los dejaba ser niños y no los torturaba haciendo ejercicios estúpidos. Después de veinte años de experiencia sé que esa fue la gran experiencia de mi vida como profesora y que sin haber terminado el bachillerato y sin haber leído ningún libro de pedagogía supe que ahí, con esos niños, desarrollé mi mejor faceta como educadora porque sentía que aprendían muy en serio y me querían como a nadie.

Después leí Entrego mi corazón a los niños y supe que tratar a los estudiantes con cariño, como si fueran seres humanos sensibles, tiene todo el sentido y vale la pena.

Cuando tenía veinte o veintidós fui profesora de colegio, de bachillerato, y esa experiencia no me gustó nada porque entré en conflicto con los discípulos porque pensaban que la profesora podría ir a beber con ellos en El búho -un bar o discoteca que quedaba cerca del colegio- y las niñas me miraban con recelo y yo de forma arrogante les decía: ¡Niña, usted puede ser mayor que yo pero yo he leído más que usted y entonces me hace el favor de respetar y guarde ese espejo y no se maquille en clase! Trabajé un año con niños de bachillerato siendo yo todavía un poco niña y supe de una vez y para siempre que prefería mil veces a los niños de quinto de primaria.

Cuando tenía 32 siendo profesional con maestría y veinte ensayos eruditos a cuestas empecé a ser profesora universitaria y ahí encontré mi destino, el sueño de los humanos de este tiempo triste: hago lo que me gusta y me pagan. Son quince años hablando en público, un público joven y entusiasta, sobre los temas que me interesan y con esos jóvenes trato de ser de nuevo la misma profesora de los niños de quinto de primaria sin llevarlos al parque pero sí tratando de hacer divertido el asunto mientras aprenden, aprender jugando, aprender riendo y hablando de la vida.

Estoy leyendo Contarlo todo de Jeremías Gamboa, estoy oyendo la música de Control Machete, dos descubrimientos recientes que me han hecho soñar con el barrio popular, con la vida dura en una pieza oscura tratando de hacer arte, nada más que arte y sin mimos de ningún tipo, hasta se me pasó por la mente renunciar a mi trabajo como profesora y lanzarme a la vida pero esta mañana recordé lo feliz que he sido durante tanto tiempo hablando, riendo y viendo reír a otros hablando de libros, de los libros que me gusta leer, y me pedí perdón a mí misma por sólo pensar en la idea, fantasear un rato con la idea de dejar de ser profesora, dejar de estar en contacto con las mentes que me ayudan a tratar de imaginar el futuro.

 

Nadie pide que Catalina Ruiz-Navarro se muera. Mensajes de los lectores

15 Ene

No sé por qué el victimismo. Nadie pide que Catalina Ruiz-Navarro se muera. Creo que bastaría con que aceptara el evidente plagio, cosa que a ella le ahorraría más ridículo. Llamar “errores de citación” a no usar las comillas y a ni siquiera mencionar al autor que está plagiando es un descaro, y revela que hay malicia. Además, si uno ve la tesis, no es cierto que exista un “marco teórico” que enuncie explícitamente que se hará un collage de fragmentos de autores. La cosa es tan obvia que ninguna de las personas que defienden a Catalina se refiere al documento, sino que acuden a lugares comunes que, por cierto, muchas veces pertenecen a ese machismo condescendiente e insufrible. Esas defensas también me recuerdan al “es un perseguido político” de los uribistas.

La misma Catalina ha hecho que la situación llegue a este punto. Quizás habría sido más sensato un “No quiero hacer público este problema” o una aceptación cínica. Pero negar algo tan claro: citas sin comillas que pertenecen a otros autores y con cambios sutiles… ¿En serio? Ni siquiera en un marco teórico eso es lícito. Eso lo sé yo desde que estaba en el colegio distrital. ¿De verdad Catalina no lo sabía en su segundo pregrado de la Javeriana? Ahora es más terrible que intente tapar el problema con una ridícula polémica con Olímpica estéreo… Es obvio, Catalina, que lo haces por eso. Tu columna en El Espectador, que iba para el Heraldo, es casi una perogrullada. Estás intentando hacer un alboroto para cubrir el historial. Es necesaria más creatividad para poner una cortina de humo. ¿No hay nadie que te aconseje algo más maduro? ¿Estás rodeada de idiotas?

Y si vamos a ir con moralina, como la que usan estos defensores de Catalina, pues acá va la mía: tenaz que una mujer que se cree feminista use su poder y deje que sus amiguitos la defiendan de ese modo. Si Catalina ha tenido que sufrir por los comportamientos de machitos bobos en la academia, en la que hay muchos, no sé cómo puede soportar que la apoyen con esa misma consigna de “es tonta, pero no lo hizo con mala intención” o “son errores de citación”. Y no entiendo, por otra parte, cómo estos defensores le quitan gravedad al asunto. Si Catalina estuviera en un Ministerio, en el Congreso, etc., sería una especie de Andrés Felipe Arias, ya que tiene el mismo modus operandi. Pero, cierto, ¡se me olvidaba!, si solo se trata de la academia y del periodismo; dos cosas que en Colombia son un pedazo de mierda sin valor, a menos que sirvan para posar de intelectual.