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La escritura como acto de liberación

5 Jul

Cuando leí la historia de la escritura supe que en el siglo XVIII, con la proliferación de los diarios, las memorias y las cartas escritas con materiales mucho más fáciles de adquirir y de manipular que durante todos los siglos anteriores se popularizó el acto de escribir, de escribir sobre uno mismo, nació la escritura autorreflexiva. También supe que escribir es un ejercicio terapéutico y que el trabajo que hace el médico, el sacerdote, el psicólogo o el psiquiatra lo puede hacer una persona que escribe si lo hace a conciencia, con sinceridad, de forma regular, si está dispuesta a volver una y otra vez sobre lo escrito.

Antes de que aparecieran los blogs escribía diarios a mano y a máquina, luego empecé a escribir ensayos y terminé escribiendo aquí, en el sitio llamado blog o bitácora; también podría llamarse diario, un diario compartido, el día a día expuesto y dispuesto a ser comentado, escrito con la firme intención de despertar emociones en los lectores, sentimientos de amor, odio, admiración o pesar. Es pura cuestión de perspectiva, ir más allá del texto, dejarse tocar y afectar por las palabras.

El único compromiso es decir exactamente lo que pienso siendo consciente de las reacciones que pueda desencadenar la escritura, el modo en que cada nueva reflexión pueda afectar a otras personas. Algunas veces un post puede desencadenar sentimientos desproporcionados y entonces me llaman y me regañan, me dicen que estoy loca, que soy una irresponsable, que borre lo que acabo de escribir.

Puedo decir con el pobre Flaubert:

Me han humillado tantas veces, he escandalizado y hecho gritar tanto que he terminado desde hace ya mucho tiempo por reconocer que para vivir tranquilo hay que vivir solo y poner burletas en todas las ventanas por miedo a que el aire del mundo llegue hasta uno.

No hay penas que no puedan curar la lectura y el cine, estas actividades distraen la mente y nos ayudan a comprender mejor la vida y a tomar decisiones responsables. Cuando se combina la lectura, el cine, la expresión oral en aulas de clase y la escritura el proceso se completa y el trabajo final, el más benéfico y restaurador, termina siendo siempre la escritura, porque la escritura libera.

La escritura es una medicina natural como beber agua, tomar el sol, comer frutas o caminar, pero también debemos saber que es mucho más complicado decidir escribir y saber cómo hacerlo. La escritura es el último gran paso en el proceso comunicativo y todos sabemos que la mayor parte de la gente ni siquiera es hábil con el primero, con el básico, con el origen mágico de todo: con el poder y el respeto a la palabra ajena, con la concentración total ante las palabras de los demás.

Oír y ver es el comienzo de todo. Si no se oye no se puede ver ni pensar con claridad. Después de oír es preciso leer y después de leer se puede empezar a pensar en escribir. No es tan sencillo como algunas personas optimistas nos han querido hacer creer pero los resultados de la escritura como proceso terapéutico son sorprendentes.

Tengan en cuenta que les habla la voz de la experiencia.

Y luego volvió a su trabajo como si no hubiera pasado nada

2 May

“Y luego volvió a su trabajo como si no hubiera pasado nada”.  Es un comentario que nos resulta familiar por haberlo oído en una  borrosa multitud  de viejas historias, aunque quizá no aparece en ninguna.

 

Kafka

El dolor de cabeza de Virginia Woolf

5 Feb

El dolor de cabeza siempre está ahí, esperando, así que los periodos de libertad siempre parecen provisionales, sin importar su duración. A veces el dolor simplemente se instala por una tarde o un día o dos y después retrocede. A veces se queda y aumenta hasta que ella misma cede. En esos momentos el dolor se expande por el mundo desde su cráneo. Todo brilla y pulsa. Todo se infecta de resplandor, late con él, y ella suplica por un poco de oscuridad como un vagabundo que en el desierto suplicara por agua. Todos los rincones del mundo están tan desprovistos de oscuridad como el desierto de agua. No hay oscuridad en la habitación con los postigos cerrados, no hay oscuridad tras sus párpados. Sólo una mayor o menor luminosidad. Cuando cruza el umbral de este reino de brillo incesante, empiezan las voces. A veces son gruñidos débiles, incorpóreos, que surgen y se aglutinan a partir del aire mismo; a veces emanan de detrás de los muebles o del interior de las paredes. Son confusas pero llenas de significado, innegablemente masculinas, obscenamente viejas. Son rabiosas, acusatorias, desilusionadas. A veces parece que conversaran entre sí, en susurros, a veces parece que recitaran un texto.

Michael Cunningham, en Las horas. Bogotá: Norma. 2000: 74.

El hombre de carne y hueso

4 Feb

Puede uno tener un gran talento, lo que llamamos un gran talento, y ser un estúpido del sentimiento y hasta un imbécil moral.

El hombre, por ser hombre, por tener conciencia, es ya, respecto al burro o a un cangrejo, un animal enfermo. La conciencia es una enfermedad.

A medida que se cree menos en el alma, es decir, en su inmortalidad conciente, personal y concreta, se exagera más el valor de la pobre vida pasajera.

Si la conciencia no es, como ha dicho un pensador inhumano, nada más que un relámpago entre dos eternidades de tinieblas, entonces no hay nada más execrable que la existencia.

Lo más santo de un templo es que es el lugar a que se va a llorar en común. Un miserere cantado en común por una muchedumbre azotada del destino, vale tanto como una filosofía.

Hay personas, en efecto que parecen no pensar más que con el cerebro, o con cualquier otro órgano que sea el específico para pensar, mientras otros piensan con todo el cuerpo y toda el alma, con la sangre, con el tuétano de los huesos, con el corazón, con los pulmones, con el vientre, con la vida. Y las gentes que no piensan más que con el cerebro, dan en definidores: se hacen profesionales del pensamiento. ¿Y sabéis lo que es un profesional? ¿Sabéis lo que es un producto de la diferenciación del trabajo?

Miguel de Unamuno, en Del sentido trágico de la vida.