El dolor de cabeza de Virginia Woolf

5 Feb

El dolor de cabeza siempre está ahí, esperando, así que los periodos de libertad siempre parecen provisionales, sin importar su duración. A veces el dolor simplemente se instala por una tarde o un día o dos y después retrocede. A veces se queda y aumenta hasta que ella misma cede. En esos momentos el dolor se expande por el mundo desde su cráneo. Todo brilla y pulsa. Todo se infecta de resplandor, late con él, y ella suplica por un poco de oscuridad como un vagabundo que en el desierto suplicara por agua. Todos los rincones del mundo están tan desprovistos de oscuridad como el desierto de agua. No hay oscuridad en la habitación con los postigos cerrados, no hay oscuridad tras sus párpados. Sólo una mayor o menor luminosidad. Cuando cruza el umbral de este reino de brillo incesante, empiezan las voces. A veces son gruñidos débiles, incorpóreos, que surgen y se aglutinan a partir del aire mismo; a veces emanan de detrás de los muebles o del interior de las paredes. Son confusas pero llenas de significado, innegablemente masculinas, obscenamente viejas. Son rabiosas, acusatorias, desilusionadas. A veces parece que conversaran entre sí, en susurros, a veces parece que recitaran un texto.

Michael Cunningham, en Las horas. Bogotá: Norma. 2000: 74.

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