Como cuando tenía 16 años

11 Jun

Durante diez o quince años de mi lejana juventud fui un caso perdido para la sociedad porque no quería estudiar ni trabajar, no me gustaba comer helados, salir de paseo ni irme de fiesta con la gente de mi edad, no quería usar ropa rota, hacerme un tatuaje, una perforación o una expansión. Pasé muchas horas muertas y esas horas muertas me recordaban el aburrimiento de Flaubert porque no sé de nadie que se haya aburrido tanto con el paso de las horas como él pero tampoco sé de nadie que haya estado tan convencido de que la solución no era ni será nunca hacer lo que hace la mayoría de la gente que no es capaz de asumir el tiempo, de mirarlo cara a cara sin terminar loco, deprimido o muerto en la cama después de haberse dado un tiro en la cabeza un domingo a las cinco de la tarde. El tiempo hay que asumirlo en vez de matarlo haciendo lo que hace la mayor parte de la gente: trabajar, estudiar, lavar el carro, ver televisión con la esposa, soportar los gritos de los hijos, ir de paseo con la suegra, conversar con los vecinos, enseñar a bailar a la mascota, darle de comer a los pobres y consolar a los inmigrantes que se paran en la entrada de los centros comerciales.

Siempre he admirado a la gente desesperada que no hace nada para acabar con su desesperación y que analiza esa desesperación como si se tratara del más preciado objeto de estudio porque no hay nada más sutil que el autoanálisis.

Desde enero de este año tomé la decisión de no volver a trabajar para comprar ropa porque para eso era que trabajaba. Mientras trabajaba mataba el tiempo y tenía la respuesta cuando me preguntaban qué hacía con el tiempo. Ha vuelto a aparecer la sensación incómoda de cuando tenía 15 o 24 años. Leo con la misma atención de cuando tenía esas edades y la atención y el tiempo de sobra hacen que sea mucho más reflexiva y dramática, que empiece a sentir como si tuviera la cabeza más grande, una cabeza como me imagino la de Virginia Woolf, que también estaba obsesionada con el tiempo como Flaubert, le gustaba la idea de estar encerrada todo el día escribiendo sin que nadie la interrumpiera y además estaba loca.

La sensación de no hacer nada cuando el mandato es estar muy ocupado es agradable pero también es pesada porque después de cierto tiempo aparecen los consejeros que lamentan que pierda el tiempo y me empeñe en seguir siendo un talento desperdiciado (esta semana dos personas me han sugerido que me embarque en un proyecto de investigación). ¿Un proyecto de investigación? Parece un chiste hablar de investigación en estos tiempos y más en un país como Colombia donde la gente investiga sobre temas que no le interesan y además ¿Quién lee trabajos de investigación? A mí no me interesa leer los resultados de las investigaciones de nadie. Entre una investigación y un ensayo prefiero mil veces un ensayo y ya escribí veinte sobre los temas que me interesan y eso fue hace veinte años, precisamente.

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