¿Quién es Lucas Ospina?

21 Ago

He leído ocho veces la columna escrita por Piedad Bonnett titulada «Historia de un oprobio» y entre más la leo más me asombro porque no es ficción, es algo que le ocurrió a ella, una escritora colombiana que además fue profesora de la Universidad de los Andes durante treinta y dos años, un acto vil perpetrado por otro intelectual colombiano: Lucas Ospina, también profesor de esa Universidad. El estudiante egresado del Gimnasio Campestre es un caso perdido como ser humano, sin duda será el futuro empresario exitoso, el ministro o el senador de renombre. Así funciona Colombia.

El  profesor, intelectual y crítico Lucas Ospina representa muy mal a su gremio, especialmente a los profesores de la Universidad de los Andes. ¿Esa es la Educación de Calidad por la que pagan más de seis millones de pesos cada semestre esos pobres estudiantes? ¿Cuál es la función de los profesores universitarios en la formación de valores aunque sus discípulos ya hayan pasado por la educación básica? ¿Qué tipo de educación se da en el Gimnasio Campestre?  ¿Por qué las directivas de la Universidad de los Andes consideran caso cerrado la queja de Piedad Bonnett y le respondieron después de ocho meses? ¿Por qué la mayoría de los Grandes Intelectuales Colombianos callan ante este hecho tan lamentable? ¿Esa es la tan anhelada paz?

La historia:

Piedad Bonnett es la madre de un joven que fue profesor del Gimnasio Campestre durante dos años; uno de sus alumnos estudia ahora en la Universidad de los Andes  y su profesor es Lucas Ospina, un intelectual y crítico de arte que, además, dirigió el trabajo de grado de Daniel Segura Bonnett, hijo de Piedad Bonnett. Daniel Segura Bonnett se suicidó y ese hecho conmocionó tanto a la madre que escribió un libro titulado Lo que no tiene nombre.  El egresado del Gimnasio Campestre elaboró un trabajo académico que en resumidas cuentas es una burla infame a Daniel Segura Bonnett y el profesor Lucas Ospina lo compartió con Piedad Bonnett. Ella envió una queja a la Universidad de los Andes y el único medio que tuvo para hacerse oír fue su columna en El Espectador, las directivas de la Universidad de los Andes no consideraron relevante su queja y le respondieron después de ocho meses. Al profesor le hicieron un llamado de atención leve y la vida segirá su rumbo como si nada hubiera sucedido.

Me cuentan que lo que la escritora narra en la columna es poco comparado con la historia completa. Ojalá algún pudiera llegar a conocerla.

Esta es la columna:

En enero de este año un profesor de arte de la Universidad de los Andes, quien también funge de crítico y escribe en una reconocida revista nacional, me reenvió un trabajo —“agridulce”, según él— en el que un alumno suyo recordaba a mi hijo Daniel, quien fue su profesor en el Gimnasio Campestre. Dice el estudiante que mi hijo “sufrió la mala fortuna de enseñar en un colegio masculino teniendo una voz algo afeminada. Cada clase, sin falta, se la montábamos y nos reíamos en su cara. Parecía que él no se lo tomaba personal, pero para poder dictar su clase nos tenía que gritar o amenazar con jodernos disciplinariamente”. Años después, cuando se enteraron de su suicidio, dice: “yo sólo podía pensar en un evento cómico”. Según él, mi hijo enfureció, tomó a uno de los muchachos del cuello “y le metió la cabeza debajo de un pupitre repitiéndole en un tono amenazante, pero pasivo, que si no paraba la jodedera no lo iba a soltar”. Pero ellos siguieron riéndose, sobre todo de su cara roja, “probablemente muy similar a la cara roja que vieron quienes pasaban por la calle cuando Daniel se votó (sic) desde su apartamento y dejó pintado el piso de sangre”. La conclusión del estudiante es triunfante: “la cosa fue que nosotros todavía teníamos tiempo para vivir, nosotros no decidimos quitarnos la vida, así que decidimos reír otro rato”.

Después de limpiarme las lágrimas, y mientras recordaba la bella voz de mi hijo, envié al rector de los Andes, sitio donde trabajé 32 años, una carta donde me quejaba de la falta de empatía —ese sentimiento que nos hace humanos solidarios— de un profesor que tiene en sus manos la formación de jóvenes, y me preguntaba por la razón de enviarle este mensaje a la madre de un muchacho muerto. “¿Acaso informarle, por si no lo sabe, que su hijo sufrió de burlas e irrespeto por parte de sus alumnos, para los que trabajó con dedicación y afecto durante dos años? ¿Hacerle cambiar de opinión sobre la condición serena y respetuosa de Daniel, mostrándole que tuvo una reacción violenta? ¿O tal vez hacerle recrear la imagen de su cara contra el pavimento, por si no la tiene?” Y preguntaba: ¿Estaba el profesor autorizado por el estudiante a hacerme llegar ese trabajo? ¿qué evaluaba este? ¿La actitud cínica e inhumana del joven estudiante le valió algún comentario negativo de su maestro? La Universidad de los Andes, cuyo Consejo Superior asegura “tener la responsabilidad social de sancionar y rechazar toda forma de amenaza, acoso, matoneo, maltrato, discriminación…” duró ocho meses sin darme una respuesta formal. Esta semana, después de muchas presiones, me informaron que un Comité que estudió el caso lo declaró cerrado, después de invitar al profesor “a hacer una reflexión sobre el límite que existe entre lo que él considera público y la sensibilidad de las personas”. Razón tiene el analista extranjero que escribió hace poco que lo que le pasó a este país es que perdió su capacidad de escandalizarse. Qué tristeza.

http://www.elespectador.com/opinion/historia-de-un-oprobio

6sep-ex02

4 respuestas hasta “¿Quién es Lucas Ospina?”

  1. Juan 21 agosto, 2016 a 18:22 #

    Elsy pensé que eras un poco menos ingenua, esta señora se lucró con el nombre y el suicidio del hijo y no hizo un libro por dolor y resilencia sino porque es tan inteligente que sabía que iba a tocar, como con esta columna del espectador, las fibras de la indignación colombiana y a vender lo que mas pudiera.

    Que las entidades con ánimo de lucro como el Campestre o Los Andes no hagan nada no es algo para sorprenderse pues son negocios Elsy y lo sabes bien, educar y enseñar son conceptos muy lejanos de las universidades colombianas, y que no decir de los colegios, pero siento además que crucificar como matoneador y bully a un profesor que ni siquiera ella dijo explícitamente en su columna que era Lucas Ospina es un error garrafal pues nadie conoce los motivos que lo llevaron a mostrarle el ensayo escrito por el estudiante. Tampoco creo que sea matoneo o burla, simplemente le dio testimonio de algo que ella quizá habría querido saber y que si se hubiera enterado de otro modo también habría salido a señalar al profesor por no informarle.

    Que sea un asco el bullying y la burla a alguien por su voz no implica que el texto que el estudiante escribió sea en si un acto mas de matoneo, pero eso está abierto a la.libre interpretación, creo que el error de la columna radica en indignar a todos sin señalar directamente a nadie y de modo cobarde hablar de dos personas que quiere que sepa quienes son pero que no se atreve a mencionar, pero además es tan hábil y astuta de usar una columna como plataforma para que quienes no habían leido su libro o conocido la historia de su hijo lo hagan y catapultar de nuevo el.libro en las estanterías de las librerias… porfa dejemos de indignarnos y de señalar y aprendamos a ver los verdaderos motivos que mueven a personas como estas a escribir columnas asi.

    • Margarita 21 agosto, 2016 a 22:19 #

      Estoy de acuerdo contigo sobre lo irresponsable que es crucificar a alguien sin darle si quiera la oportunidad de defenderse. Y mas aún cuando no conocemos el trabajo completo del estudiante, solo se nos ha hecho publico 2 párrafos seleccionados por la madre lo cual nos deja sin saber el contexto del escrito, el transfondo, la intención del sarcasmo utilizado por el estudiante. Y tambien es verdad lo que dice Piedad en su columna sobre » el lado oscuro de la conciencia de esta sociedad. «

  2. elsyrosascrespo 21 agosto, 2016 a 18:40 #

    ¿Será posible?

  3. elsyrosascrespo 21 agosto, 2016 a 22:06 #

    Respuesta a Piedad Bonnet
    Respuesta a Piedad Bonnet:

    http://www.elespectador.com/opinion/historia-de-un-oprobio

    Fui alumno de Piedad Bonnet en la Universidad de los Andes, y luego, cuando volví como profesor, su hijo Daniel estuvo en varios de los cursos que doy. Durante un año fui su asesor del proyecto final de grado.

    Cuando supe del suicidio de Daniel lo primero que hice fue buscar la información que tenía sobre él en un computador. Lo que encontré —textos de clases, diseños, borradores— se lo envié a Piedad Bonnet y me sumé al apoyo que varias personas le estaban dando desde la universidad. Parte de ese apoyo fue organizar una exposición sobre el trabajo de Daniel Segura en la Sala de Proyectos del Departamento de Arte. Trabajé hombro a hombro con Piedad Bonnet para escoger las obras y luego me dediqué al montaje de la muestra. Programé una visita guiada a la exposición, pues me parecía importante que otros estudiantes pudieran conocer su historia. Escribí el texto curatorial y antes de publicarlo se lo envié a Piedad, ella le hizo algunas anotaciones de forma y me recordó su labor como profesora, lo que aprendí de ella, en especial en el Taller Literario donde me regaló a Salinger, Carver, Dinesen y a tantos otros autores.

    En su momento también escribí un texto para la revista Arcadia, por pedido de la directora, sobre Daniel, sobre su labor como artista.

    Las imágenes de la exposición y un video de la visita guiada pueden ser vistos aquí:

    Pinturas y dibujos / Daniel Segura Bonnet (1983-2011)
    https://saladeproyectos.uniandes.edu.co/pinturas-y-dibujos-daniel-segura-bonnet-1983-2011/

    Y el texto que escribí para Arcadia acá:

    Retrato del artista adolescente
    http://www.revistaarcadia.com/arte/articulo/retrato-del-artista-universitario/28606

    Después de esto no volví a ver a Piedad Bonnet, pero cuando publicó Lo que no tiene nombre lo leí y la seguí leyendo en las entrevistas que daba sobre el libro, sobre su intento de comprender el suicidio de su hijo y sobre ese rompecabezas que ahora, con la publicación de su relato, estaba expuesto en lo público.

    A comienzos del semestre pasado, en un curso de Arte y cine, donde los estudiantes ven películas y escriben textos breves que tienen la contingencia de poder ser publicados en hojas y en un blog público del curso, un texto llamó mi atención. Era sobre Daniel. Había sido escrito en reacción a la película Harold y Maude de Hal Ashby, una película difícil de clasificar, donde un adolecente finge una y otra vez su suicidio, pues vive en un entorno de élite de valores y mensajes muertos. El registro de la película pasa de lo macabro a lo jovial, cuando el joven conoce a una anciana vital que le muestra un mundo que cambia su percepción de la vida y un nuevo juego de valores donde la representación tendrá otro registro.

    El texto sobre Daniel daba cuenta del matoneo a un profesor por parte de un grupo de estudiantes en un salón de clase de un colegio. Cuando leí el texto mi sensación fue de compasión por Daniel en su rol de profesor. Por un momento pude estar ahí, en ese salón, ante esa crueldad. Luego de leerlo pensé que esta podía ser una escena más del libro. Por supuesto, no compartía el tono del texto, ni la posición del que escribía, pero el relato me ayudaba a comprender aún más a Daniel, y sobre todo al artista que conocí, y que más adelante, al momento de iniciar un posgrado en Nueva York, tomó la decisión de hacer una Maestría en Administración con énfasis en Arte, una decisión alimentada, en parte, por su temor a la escasez, como lo señala Piedad Bonnet en su libro: “Ya nadie compra pintura, mamá, me decía. ¿De qué voy a vivir?”

    El texto me mostraba que Daniel, en uno de sus intentos por ganarse la vida, había tenido una experiencia agria.

    Le envié el texto a Piedad, le comenté que estaba escrito en reacción a esa película, y que su contenido era “agridulce”. Ella me respondió con un mensaje corto en que me decía que ya nada podía hacerle daño. Unos días después supe que Piedad iba a enviar una carta oficial a la universidad.

    Intenté disculparme por correo. En los mensajes que envié a Piedad le decía que ahora, con su reacción, me daba cuenta que había sido un error enviar ese correo así, y que había leído ese texto desde otra orilla, desde el lugar del profesor de Daniel, del que hizo una exposición sobre él como estudiante y como artista, como lector del libro, como alguien que había contribuido y quería seguir sumando elementos a esta narración. Sin embargo, le dije, comprendía que había sido impulsivo, que no había calculado la lectura de mi mensaje o del texto a la luz de otras interpretaciones. Le dije que si hubiera sabido que iba a enturbiar la buena relación que tenía con ella, sobre todo luego de la experiencia feliz que fue hacer la exposición, no lo habría enviado. Le dije que lo sentía y le pedí disculpas. Piedad Bonnet me señaló que se rehusaba a hablar conmigo y que ya había escogido un camino de acción.

    En la página 100 del libro Lo que no tiene nombre, Piedad Bonnet dice:

    “Mi primera reacción después de la muerte de Daniel ha sido tratar de comprender. Los que están a mi lado, tal vez más sabiamente que yo, se contentan con aceptar. Así es. Fue. Sucedió. Fue la enfermedad, dicen. Pero yo sé que había algo más allá del trastorno: una lucidez suficiente como para querer morir. Quisiera poder saber —aunque no sé bien para qué— cuánto duró su vacilación, de qué magnitud fue su sufrimiento, qué opciones contempló, cuándo empezó a estrecharse el cerco.”

    Y, en la página 101, cierra la idea:

    “A partir de ahí, en un intento por comprender cómo se tejió la red de eventos que terminaron por lanzarlo a la muerte, trato de guiarme a través del laberinto aferrada al hilo de las últimas decisiones de Daniel. Y el rompecabezas se va armando ante mis ojos, aunque desde ya puedo anticipar que quedaran faltando algunas piezas”.

    Todos queremos comprender qué pasó, ver ese rompecabezas que Piedad Bonnet nos ha compartido y ver cómo podemos sumar otras piezas para tener una imagen más completa de Daniel y de nosotros mismos.

    Lamento el dolor que le pude haber causado con mi acto a Piedad Bonnet, me dejé llevar por la persona que he visto a través de sus cursos, del libro y las entrevistas sobre Daniel, ahora comprendo que no la conozco lo suficiente como para entender el efecto que iba a tener mi mensaje. Tampoco sé lo que es el dolor de perder un hijo. Una vez más: lo siento.

    http://lucasospina.blogspot.com.co/2016/08/respuesta-piedad-bonnet.html?m=1

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