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Sin erotismo no hay nada vivo

13 Ene

Uno se ve lanzado de un lado a otro. Ese es el mejor impulso vital y estímulo que se puede tener. Si se limita a amar, está perdido. Si se limita a odiar, está perdido igualmente. Sin erotismo no hay nada vivo.  Ni siquiera los insectos, que lo necesitan también. Salvo que se tenga una idea muy primitiva del erotismo. No es ése mi caso, porque siempre procuro superar lo primitivo. No necesito una hermana, ni necesito una amante. Todo eso se tiene dentro y a veces se puede utilizar, si se quiere. La gente cree siempre que aquello de lo que no se habla sin más no existe, pero eso es una tontería. Un anciano de ochenta años, que está en cama en algún lado y no ha tenido esa clase de amor desde hace cincuenta años, tiene también su vida sexual. Al contrario, se trata de una existencia sexual mucho más estupenda que la primitiva. Yo prefiero observarlo en un perro y no perder fuerzas ya.

Thomas Bernhard

El feminismo de Thomas Bernhard

10 Oct

Las mujeres son demasiado emocionales, carecen casi por completo de objetividad.

¿Ha visto alguna vez a un ama de casa que haya piloteado un transatlántico a través del océano?

Las grandes tragedias sólo se pueden representar con mujeres de voces sombrías, que se confunden casi con la de un hombre.

El gran drama no soporta las voces altas, y la voz de la mujer, si no está borracha, resulta casi siempre demasiado alta para el gran drama.

La mujer lo tiene todo en sus manos. El instrumento de poder de la mujer es, desde hace siglos, convencer al mundo de que el hombre la oprime.

Las mujeres son mucho más astutas y viven aplicando el método de que la mejor defensa es el ataque, echando siempre en cara al hombre todo.

No encontrará una mujer en una sola cabina de mando del mundo, y tampoco en una compañía aérea que quiera disminuir en lo posible los accidentes.

No se puede representar bien una tragedia con una mujer que tenga una voz femenina completamente natural. No funciona. Y en el gran teatro del mundo, naturalmente, tampoco.

La mujer, en cualquier trabajo físico, se fatiga en las tres cuartas partes del tiempo, por ejemplo en una cadena de producción; cuando los hombres trabajan todavía perfectamente, la mujer tiembla ya y lo deja caer todo y lo hace todo al revés.

Se hace un favor a las mujeres al decirles siempre que tienen sentimientos pero no inteligencia, y no se les hace ningún favor cuando se les concede cualquier inteligencia, porque se las expone a un viento de una intensidad que, sencillamente, no pueden afrontar.

Y si se estudia más de cerca la inteligencia femenina , cosa que es posible en las obras literarias, porque científicas apenas hay -apenas hay obras científicas o filosóficas escritas por mujeres, sencillamente no las hay-, sólo ha habido mujeres que fueran científicas en calidad de ayudantes de científicos. Piense en el caso de Madame Curie, en el fondo el inteligente era el marido y ella la sirvienta.

Así llegaré al poder y a todo lo que se relaciona con él

26 Sep

La redacción del periódico me había familiarizado mucho con el mundo de la política y de los políticos. Aquella redacción era al mismo tiempo la oficina central del Partido Socialista y allí podía estudiar muy bien, desde muy cerca, a los personajes, con todos sus intereses. Allí quedó excluido para mí de antemano, para toda la vida, convertirme en algo así, salvo que arrojara por la borda toda mi moral y me dijera, en realidad quiero hacer eso, porque así llegaré al poder y a todo lo que se relaciona con él. Entonces habría tenido que renunciar a mí o a un aspecto de mí. Quiero decir que ese aspecto existía también en mí, hubiera podido ser un camino también y no me habría faltado fuerza para ello. Sí, ser político hubiera podido ser probablemente una posibilidad. Habría sido capaz también, creo,  de la brutalidad y de la astucia y de todo lo que es propio de los políticos. Pero en definitiva me repugnaba y seguí el otro camino.

Thomas Bernhard

¿Se morirá él o me moriré yo?

25 Sep

Dios santo, estaba en una habitación con veinticinco camas y nada más que ancianos en ellas, pero se morían sin interrupción, e incluso me alegraba de estar allí. Al mismo tiempo, mi abuelo estaba entonces en el mismo hospital y no se sabía: ¿se morirá él o me moriré yo? Y entonces me dieron la extremaunción y a él no, porque creyeron que me moriría yo. Probablemente no fue muy agradable para mi madre. Aunque el abuelo, como supe entonces, no se dejó dar la extremaunción sino que, cuando el cura entró en la habitación, una hora antes de su muerte, gritó: “¡Fuera!”. Fue lo último que dijo, fuera, muy bonito. No recibió la extremaunción.  Era un cura que, como un viajante de comercio, tenía una maletita, con dos botones en el costado, los apretaba y se abría de golpe, la maleta. Dentro había dos velas, que la monja, solícita, encendía y entonces él preguntaba: bueno, ¿quién nos toca hoy? Y entonces ella le señalaba las camas y ellos recibían la extremaunción. Así eran las cosas. Es totalmente normal que la gente se muera, pensaba yo, no hay que temer nada.

Thomas Bernhard