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Formas de tomar la siesta

25 Ago

La mayor parte de mi vida la he pasado descansando y el descanso siempre ha estado acompañado de experiencias placenteras del tipo: comer, dormir, caminar, hablar, mirar por la ventana, ver películas, oír música, montar en bicicleta, nadar, leer y escribir. Dormir es uno de los placeres más aristocráticos. Hoy vamos a hablar de ese placer. 

Hay diferentes formas de dormir y de no dormir. Cuando éramos niños no podíamos entender que nuestra mamá dedicara tantas horas a dormir durante el día. No sabíamos si era insomnio y si le gustaba tomar la siesta, sospecho que es parte de lo primero y parte de lo segundo. De verla dormir me antojé y empecé a tomar la siesta siendo apenas una niña, quería saborear la experiencia y valió la pena.

Mientras viví en familia -hasta los 19 años- mi mamá me despertaba a las seis de la mañana con un taza de café. Saludaba, la recibía, me la tomaba y seguía durmiendo. Dormir después de tomarse un café es una de las experiencias más placenteras de la vida.

Durante mucho tiempo, estando sola conmigo misma, pasaba el día entero en bata y me gustaba intercalar sueño con lectura y con café: me levantaba, tomaba café, me acostaba, dormía, me volvía a levantar, me tomaba otro café, leía, me acostaba de nuevo, volvía a dormir, me volvía a levantar, volvía a leer, me volvía a acostar… Era un juego muy divertido porque el café interfería en el sueño y la lectura también. En esa época no había internet, sólo había libros, café y cobijas. Eran otros tiempos, ahora no se pueden hacer experimentos.

Tomar la siesta en un bus es algo que he hecho desde la infancia, lo hago por gusto, cuando no quiero oír conversaciones ajenas. En algunas ocasiones escojo la ruta más larga para llegar al mismo lugar sólo porque quiero tomar una buena siesta ambulante, no me gustan los taxis porque en un taxi no puedo dormir. Se duerme bien en busetas y en colectivos, en el Transmilenio y en el SITP no se puede tomar una buena siesta porque las sillas no son cómodas.

Hubo un tiempo en el que gozaba leyendo de noche y durmiendo de día, no es la experiencia más hermosa que recuerdo pero valió la pena. En ese tiempo supe lo que era el insomnio y descubrí el placer de leer para escribir. En esa época ya había computadores con Word, pero no había internet en el hogar. Sólo yo puedo saber cómo gozaba escribiendo de día o de noche y enviando luego esos escritos tan eruditos a revistas nacionales e internacionales. Cuando peor dormía era cuando más leía y mejor escribía, eso fue hace más o menos quince años.

Hubo otro tiempo en el que me sentía como una reina levantándome a las tres de la mañana a leer, gozaba viendo amanecer, leía hasta que me vencía el sueño y repetía las sesiones de libros, café y cobijas durante todo el día.

Dormir en un carro recorriendo el país también es maravilloso, he hecho eso dos veces con mi cuñado, mi hermana y mis sobrinos. Dentro de un carro, en carretera, se abusa del sueño pero es una bonita experiencia.

La siesta de la tarde después de un café es una de mis favoritas: almorzar, tomar cafecito y acostarse a dormir.

Hay un asunto que me tiene preocupada: hay días en los que por estar pensado en internet olvido tomar la siesta, olvido que dormir es más placentero que navegar. Es maravilloso burlarse de la gente pero dormir es mejor que cualquier otra experiencia.

Tengo un propósito para lo que queda del año y de la vida: darle más importancia a mis recreos con el sueño que con la escritura en tiempo real.

Caminando bajo el sol

21 Dic

El sol tiene un efecto benéfico para alguien como yo porque soy de espíritu jovial y ayer caminé durante diez o quince minutos con un hombre con el que casi siempre nos sentamos a tomar café. Café y sólo café hasta quedar temblando con la sensación. El café de ayer estuvo mucho mejor que todos los anteriores ¿fue porque nos vimos a las once de la mañana y casi siempre nos vemos a las tres de la tarde? Es probable. Nací a las ocho de la mañana y por eso cuando soy más yo es antes del mediodía. Soy más yo cuando camino que cuando estoy sentada tomando café.

Ese hombre hizo realidad un sueño de vaqueros que añoraba desde hace ocho años: ir al mismo sitio a beber lo de siempre con la misma persona. Soñaba con el mensaje que me envía cuando nos vamos a ver: “A las tres donde siempre”. Nuestro hombre es un hombre dulce que quiere pasar por rudo pero no puede, le gana la dulzura.

Una de las ventajas de sentarse a tomar café en el mismo sitio, en la misma mesa, a la misma hora… es que no hay distractores, conocemos el paisaje de memoria y nos concentramos en la conversación. Nuestro héroe es un gran conversador. Sin contar con que el tono de voz y la expresión corporal lo convierten en un ser único y excepcional ante la mirada de alguien tan caprichoso como yo. Para mí es único y excepcional y no es ni novio ni amante, no somos tan vulgares, es un hombre respetuoso conmigo como lo son mis dos o tres amigos. Pero yo lo espero temblando de emoción porque siempre será emocionante verlo y volver a hablar con él.

Ayer terminamos nuestra conversación de dos horas que él calcula muy bien sin mirar el reloj, entramos a mirar ropa para él que nunca compra, salimos y -en vez de despedirnos en la misma salida del odioso centro comercial- decidimos dar una vuelta por iniciativa mía. Le dijo al señor serio: “¿Nos despedimos aquí tú y yo o damos una vuelta?” y él dijo en tono jovial: “¡Demos una vuelta!”. Me tocó el brazo, me tomó como si fuéramos Tola y Maruja y nos fuimos a dar nuestra vuelta. Ay, no, qué sensación tan agradable me quedó de esa tontería llamada caminar al lado de una persona querida ¿por qué sentimos la esencia de la gente cuando caminamos uno al lado del otro? Es un misterio para mí.

Como no estamos acostumbrados a caminar juntos, en un momento de la ruta tropezamos un poco y yo le dije en tono imperativo bromista “¡No me empuje!” y él me empujó para responder a mi broma. ¡Ay, Dios!, el mundo perfecto en medio de esta podredumbre llamada mundo real.

Seguimos hablando de los temas de siempre pero éramos más joviales y yo -que soy tan reservada- empecé a revelarle los secretos más sensibles, lo que él no debía saber sobre mi táctica y estrategia cuando me dispongo a escribir algo como lo que escribo en este momento (y él está ansioso por leer). Me traicionó la breve caminata como a los borrachos los traiciona el alcohol. Fui presa de la embriaguez provocada por el sol, el afecto y el hecho de habernos salido de nuestra rutina, estuve tentada a repetir la dulzura de cuando fui presa de una dulzura tan dulcemente dulce.

Anoche soñé con él, un sueño erótico que no voy a describir aquí para no echar a perder el tono de la historia. Sospecho que mi cerebro quedó fascinado con nuestro juego de empujones y creó esa fantasía; al cerebro le gusta armar historias mientras el pobre ser humano duerme porque no puede parar, tiene que jugar con él mismo. Con frases y sensaciones vividas durante el día creamos mundos fantásticos que nos perturban o nos hacen sentir culpables. No lo voy a negar, el sueño fue tan dulce como la experiencia vivida. ¿a quién queremos engañar?