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El noticiero de las siete

16 Ene

Se supone que a medida que pasa el tiempo nos divertimos más con nosotros mismos porque tenemos abundante material en el cerebro llamado memoria; podemos contrastar, comparar y sonreír ante los aciertos y los errores cometidos en el pasado y anhelamos seguir soñando con un futuro menos inocente porque contamos con ese tesoro prodigioso llamado la experiencia de la vida. Nada de eso es cierto, los recuerdos no sirven para nada porque lo que recordamos sin desearlo casi siempre son imágenes que no podemos comprender y no sabemos por qué se convierten en recuerdos recurrentes que a veces nos hacen sufrir, soñar o sentir estúpidos.

Desde hace más de un año cuando son las siete de la noche recuerdo que veía el noticiero a esa hora con mi papá cuando era niña. Esa experiencia no tenía nada de significativo para él ni para mí, había emociones y recuerdos mucho más fuertes que esperaría fueran los más memorables a su lado, pero no, lo que recuerdo de él y junto a él es el tonto noticiero de las siete. El era joven pero yo era más joven que él; ahora él es un viejo y yo soy una señora de 43 años, un número no apto para pensar en una niña que ve televisión muy concentrada mientras espera la llegada de su héroe.

Ahora no vemos televisión y no hablamos mucho porque él es todavía más serio y pesimista que yo, pero a los dos nos duele que se la haya esfumado la vida y le queden menos años de los que le gustaría esperar. Tal vez lo que se resume con esa imagen mía viendo el noticiero de las siete es el recuerdo de lo mucho que me gustaba ver televisión cuando era niña y de lo emocionante que era verlo llegar a él, más si traía regalo sorpresa de comer para los niños. Mi papá es de esos papás que adoran a los niños, se fastidian con los jóvenes y vuelve a ser cariñoso cuando los niños se convierten en viejos como él. Es un cariño expresado a través de la expresión de su rostro, nada que ver con frases cursis o discursos estúpidos. No somos ese tipo de gente.

Yo pasaba horas ante la pantalla y sentía que aprendía mucho y me divertía más de lo que merecía, me gustaba más ver televisión que estudiar, veía televisión sola y con mucha solemnidad. Como había tanta programación en vivo lo que más esperaba era los errores para poder reírme de los presentadores o de los invitados.

A medida que pasa el tiempo siento más pesar por la televisión de ahora y cuando veo un uniforme de colegio siento ganas de vomitar. Los uniformes, las rejas, los coordinadores, las filas y las notas sólo pueden estimular a una persona muy dócil con déficit cognitivo.

Te hice un triste regalo al ofrecerte mi amistad

12 Ene

No estimes tanto mi talento, no aspiro a ser un Goethe, pues las velas resultan pálidas al lado del sol y, aunque no lo creas, no me esfuerzo por remedar a nadie, y a los grandes hombres mucho menos. En cuanto a mi corazón, su conducto es angosto y está embozado, el líquido no sale de él con facilidad, va corriendo arriba y da vueltas como un torbellino… todo él lleno de bajos fondos movedizos, muchos barcos embarcaron en ellos.

Adiós, trata de olvidarme; yo nunca te olvidaré. Te equivocaste al decirme que sólo sentía por ti curiosidad. Hay más, pero tú sólo crees en las cosas cuando son extremas. Adiós otra vez. Siempre que necesites algo me encontrarás.

Gustave Flaubert, a Louise Colet

Caminando bajo el sol

21 Dic

El sol tiene un efecto benéfico para alguien como yo porque soy de espíritu jovial y ayer caminé durante diez o quince minutos con un hombre con el que casi siempre nos sentamos a tomar café. Café y sólo café hasta quedar temblando con la sensación. El café de ayer estuvo mucho mejor que todos los anteriores ¿fue porque nos vimos a las once de la mañana y casi siempre nos vemos a las tres de la tarde? Es probable. Nací a las ocho de la mañana y por eso cuando soy más yo es antes del mediodía. Soy más yo cuando camino que cuando estoy sentada tomando café.

Ese hombre hizo realidad un sueño de vaqueros que añoraba desde hace ocho años: ir al mismo sitio a beber lo de siempre con la misma persona. Soñaba con el mensaje que me envía cuando nos vamos a ver: “A las tres donde siempre”. Nuestro hombre es un hombre dulce que quiere pasar por rudo pero no puede, le gana la dulzura.

Una de las ventajas de sentarse a tomar café en el mismo sitio, en la misma mesa, a la misma hora… es que no hay distractores, conocemos el paisaje de memoria y nos concentramos en la conversación. Nuestro héroe es un gran conversador. Sin contar con que el tono de voz y la expresión corporal lo convierten en un ser único y excepcional ante la mirada de alguien tan caprichoso como yo. Para mí es único y excepcional y no es ni novio ni amante, no somos tan vulgares, es un hombre respetuoso conmigo como lo son mis dos o tres amigos. Pero yo lo espero temblando de emoción porque siempre será emocionante verlo y volver a hablar con él.

Ayer terminamos nuestra conversación de dos horas que él calcula muy bien sin mirar el reloj, entramos a mirar ropa para él que nunca compra, salimos y -en vez de despedirnos en la misma salida del odioso centro comercial- decidimos dar una vuelta por iniciativa mía. Le dijo al señor serio: “¿Nos despedimos aquí tú y yo o damos una vuelta?” y él dijo en tono jovial: “¡Demos una vuelta!”. Me tocó el brazo, me tomó como si fuéramos Tola y Maruja y nos fuimos a dar nuestra vuelta. Ay, no, qué sensación tan agradable me quedó de esa tontería llamada caminar al lado de una persona querida ¿por qué sentimos la esencia de la gente cuando caminamos uno al lado del otro? Es un misterio para mí.

Como no estamos acostumbrados a caminar juntos, en un momento de la ruta tropezamos un poco y yo le dije en tono imperativo bromista “¡No me empuje!” y él me empujó para responder a mi broma. ¡Ay, Dios!, el mundo perfecto en medio de esta podredumbre llamada mundo real.

Seguimos hablando de los temas de siempre pero éramos más joviales y yo -que soy tan reservada- empecé a revelarle los secretos más sensibles, lo que él no debía saber sobre mi táctica y estrategia cuando me dispongo a escribir algo como lo que escribo en este momento (y él está ansioso por leer). Me traicionó la breve caminata como a los borrachos los traiciona el alcohol. Fui presa de la embriaguez provocada por el sol, el afecto y el hecho de habernos salido de nuestra rutina, estuve tentada a repetir la dulzura de cuando fui presa de una dulzura tan dulcemente dulce.

Anoche soñé con él, un sueño erótico que no voy a describir aquí para no echar a perder el tono de la historia. Sospecho que mi cerebro quedó fascinado con nuestro juego de empujones y creó esa fantasía; al cerebro le gusta armar historias mientras el pobre ser humano duerme porque no puede parar, tiene que jugar con él mismo. Con frases y sensaciones vividas durante el día creamos mundos fantásticos que nos perturban o nos hacen sentir culpables. No lo voy a negar, el sueño fue tan dulce como la experiencia vivida. ¿a quién queremos engañar? 

La respuesta larga de Catalina Ruiz-Navarro

7 Dic

El plagio de Catalina Ruiz-Navarro ha sido perdonado y quienes lo denunciamos quedamos como gente sin sentimientos ni sensibilidad, personas que sufren con el triunfo de una persona brillante como ella. Catalina redactó un bonito regaño con muchos visos de erudición dedicado a sus lectores y a quienes dudamos de su integridad como intelectual.  Sus lectores fieles quedaron satisfechos -ahora son más fieles que antes del plagio porque descubrieron que su columnista estrella es humana y comete errores como cualquier pobre mortal- y quienes la acusamos aprendimos una bonita lección sobre derechos de autor, inexistencia de una identidad difusa llamada El Autor del Texto, nodo, hipermedia, futurología… Como dicen en la cultura popular, quienes la denunciamos por deshonesta y por subestimar a sus lectores, le salimos a deber. Nos terminó dando clases de ética y de paso nos sacó un poco de la ignorancia que nos carcome.

En Twitter todo es fiesta y mensajes de admiración, parece que el plagio aumentó su número de fans, se materializó un  slogan muy colombiano: “Perdón y olvido”, aquí no ha pasado nada, que la gran intelectual y pensadora nos siga impactando con sus ideas reveladoras.

Analicemos el regaño de Catalina a quienes dudamos de sus dotes para escribir sin plagiar.

Para comenzar nos encontramos con su biografía, para ella es fundamental presentarse como una intelectual con gran trayectoria profesional antes de dar a conocer sus textos, la biografía sobresale con el propósito de impactar al lector y lo impacta, claro. Recordemos que en Colombia la Educación Superior es para la gente que está dispuesta a empeñar la vida para poder pagarse una carrera y pocos son los arriesgados que se lanzan a ese mundo incierto de estudiar para luego conseguir un trabajo digno del valor del semestre que pagó. Catalina no es ninguna principiante, la biografía es una carta de presentación imponente y quienes no han tenido el “privilegio” de “educarse” en una universidad suelen impactarse cuando se habla en su presencia de títulos profesionales en universidades prestigiosas.

Con ustedes, la biografía:

“Columnista y reportera de El Espectador, Directora y fundadora de Hoja Blanca revista-ONG (HojaBlanca.net) y dicta la cátedra de Periodismo Digital en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Ha trabajado como Oficial de Comunicaciones en Women’s Link Worldwide, como Jefe de Prensa de el Instituto Caro y Cuervo y la Feria Internacional del Libro de Bogotá y como catedrática de Periodismo de Opinión en la Facultad de Comunicación de la Universidad Javeriana. Su trabajo en poesía ha sido publicado en revistas como Viacuarenta y El Malpensante. Maestra en Artes Visuales con énfasis en Artes Plásticas y Filósofa de la Univesidad Javeriana. Tiene una Maestría en Literatura de la Universidad de Los Andes. Barranquillera”.

En el primer párrafo dice: “No es la primera vez que se me escapa algún error, los ritmos de producción son rápidos, casi que industriales”. ¿Cómo pretende ser la brillante columnista que nos ha querido hacer creer que es si trabaja al ritmo del capitalismo salvaje y los salarios miserables? El exceso de trabajo es algo que debería hacerla sentir mediocre antes que justificar “el error” como parte del afán por entregar textos para tres o cuatro medios para los que trabaja tal vez porque padece el terrible miedo al vacío; tal vez vive con la ilusión de que más es más porque no sabe que más es menos, no tiene tiempo para pensar porque siempre está ocupada trabajando. Más es menos, más trabajo es más miedo, menos vida, menos reflexión, menos brillantez, menos lectura, menos profundidad y más vacío y miseria existencial. El trabajo intelectual, la producción intelectual y la redacción de textos exigen meditación y revisión permanente, un Bachiller lo sabe.

Más adelante escribe Catalina: “Lo más frustrante de toda la historia es que el nombre de Lisa Wade sí aparece en el artículo en la versión original que publiqué, con lo cual la acusación de plagio resulta doblemente ofensiva”. Es ahí donde empieza el regaño para nosotros los insensibles que nos tomamos por seres perfectos que nunca cometemos errores y creemos tener algo llamado ideas propias. Acepta que cometió un error -un plagio- (ella usa la palabra error para referirse al delito llamado plagio con el propósito de  hacerlo parecer menos grave de lo que es). Dice que olvidó poner “algunas” comillas, que este triste incidente le servirá para educar a sus estudiante bajo el precepto de que se aprende de los errores, pero en todo caso está muy ofendida con quienes detectaron la omisión de las comillas y el parafraseo en su texto, está doblemente ofendida con quienes la acusan de deshonesta.

A medida que avanza se pone más furiosa con nosotros los insensibles: “si no creen que soy honesta, al menos no piensen que también soy estúpida”. Yo creo que Catalina Ruiz-Navarro sí es bastante estúpida: ha pasado los últimos tres días de su vida justificando sus “errores” desde Twitter y a través de “comunicados”  cada vez más extensos y más furiosos para hacernos creer que está muy indignada cuando en realidad debe estar muy asustada y muy avergonzada; se empeña en convencernos de que es la más honesta de las honestas. Catalina: cuando una persona es honesta no lo dice ella misma, lo dicen los demás. La versión más distorsionada de una persona es la que hace ella misma y los genios, los verdaderos genios, pasan su vida divagando sobre si son genio o son estúpidos. Sólo los estúpidos están seguros de su genialidad.

En la segunda parte de la respuesta larga Catalina es mucho más erudita que en la primera y el tono es mucho más arrogante. Nos da a entender que conoce muy bien las teorías textuales e hipertextuales de la modernidad, la modernidad tardía y la postmodernidad. Esta segunda parte debe ser la más impactante para su lectores fieles, quienes la toman por una gran intelectual. La mayoría de estas almas nobles no deben entender mucho de lo que Catalina expresa en tono intelectual iracundo pero les debe parecer digna de ellos porque es evidente la hondura y la profundidad intelectual. Catalina es digna de confianza, debemos seguir leyéndola, eso debe pensar el inocente lector de textos complejos como esta gran segunda parte de la Respuesta Larga.

Catalina Ruiz-Navarro: acepta de una vez por todas que lo tuyo fue un plagio infame que ya corregiste y que lo quieres hacer pasar por un simple error, ni siquiera como una locura de juventud. Al presentarlo como  una suma de errores y no como un plagio estás reafirmando la idea de que no sólo no respetas el trabajo intelectual de los demás sino que, además, y como si fuera poco, eres terca, arrogante e intransigente.

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¿Freud tenía razón? ¿busco a mi papá de forma inconsciente en hombres desconocidos?

1 Dic

Ayer quedé asombrada cuando le describí a Andrés los hombres que me gustan mucho aunque no termine acostándome con ellos.

Son hombres mayores que yo, trabajadores incansables, casados con una sola mujer o solteros; proveedores no sólo de su familia nuclear sino almas nobles que trabajan para ayudar económicamente a personas con las que no tienen vínculos familiares o con familiares lejanos. Hombres que gozan dando por el simple placer de dar y admirables porque tienen dinero, poder o premios y los han conseguido por méritos propios, porque se han esforzado trabajando, porque han tenido suerte o porque son inteligentes y talentosos. Hombres que necesitan ser admirados por alguien como yo.

Físicamente no tienen nada que ver con los hombres que me gustan para disfrutar placeres no precisamente espirituales. Los hombres con los que termino involucrada sexualmente son altos, de piernas largas, manos grandes y apasionados por el descanso como yo, gozadores de la vida como no lo será nunca mi papá ni esos hombres a los que tanto admiro y terminan agotándome porque son muy estrictos o muy exigentes con ellos mismos y conmigo, con mi espíritu infantil y poco apegado a los bienes materiales, a la realización de grandes sueños relacionados con fama, poder o riqueza.

Mi papá es serio, tímido, irónico, amargado, trabajador incansable, madrugador, entregado a su esposa, a sus hijos, a sus nietos, feliz compartiendo el fruto de su trabajo con los demás, especialmente con los miembros de su familia.

Los dos hombres a los que me referiré a continuación son un poco como él, hombres masculinos que seguramente me inspiran confianza y me dan seguridad como me la dio durante tantos años mi adorado papá. Ese dato es para mí una revelación, sospecho que no volveré a entusiasmarme como una loca cuando vuelva a conocer a un hombre que me haga pensar de manera inconsciente en mi papá. No sé si he perdido o ganado con semejante descubrimiento. Sospecho que he perdido. Se acabaron mis amores imposibles.

¿Cuando me fijo en esos hombres, me ilusiono y hasta fantaseo un amor con ellos estoy buscando de manera inconsciente  el amor de mi papá? ¿son amores incestuosos aunque no nos toquemos ni una mano?

Anoche descubrí que es un patrón de acción fijo en mi cerebro: cuando descubro en un hombre cualidades de mi papá me entusiasmo y lo empiezo a querer. Si me habla de su esposa y de sus hijos con respeto y admiración me gusta. Si me habla de sus triunfos como profesional me gusta. Si le gusta el dinero y me explica cómo lo consiguió me gusta. Si me muestra objetos fetiche que lo entusiasman me gusta.

Objetos fetiche que activaron el patrón de acción fijo en mi cerebro:

1) Un teléfono móvil en 1989 que nunca timbró porque casi nadie tenía un teléfono móvil en Bogotá en 1989. Ese teléfono tan grande no timbró nunca dentro del Chevrolet modelo 37 en el que me transportaba como una reina de otro siglo por las calles de Bogotá. El conductor era un viejo de 44 años de ojos azules y  risa burlona y yo era una niña de 19 fascinada con esos juguetes. El viejo no era un juguete para mí, a él lo trataba con respeto y reverencia, como a un padre. En muchas ocasiones él iba adelante y yo atrás y le pedía que me tratara como si fuera mi chofer. Ese hombre es el que más me alimentó y con el que más he disfrutado de ese placer, como cuando era niña y mi papá joven llegaba con golosinas para los niños mimados. Ese viejo es veinticinco años mayor que yo, si está vivo tiene la edad de mi papá, puesto que mi papá me tuvo a mí de veinticinco años.

2) Un profesor muy serio y muy arrogante, premio nacional de poesía y de crítica literaria. El fetiche es él mismo, su seriedad, su timidez, su erudición, su sensibilidad, su vida privada compartida conmigo porque siempre estoy dispuesta a oír a un viejo contando la historia de sus amores y sus desdichas; su entrega a sus tres hijos contemporáneos míos. Es un padre soltero, su esposa lo abandonó en Estados Unidos mientras ella estudiaba y él cuidaba a los niños; ella conoció a otro hombre, se enamoró y se fue. El profesor tiene una biblioteca inmensa que está dispuesto a compartir conmigo. Doble fetiche. Una locura total. También es veinticinco años mayor y por él terminé haciendo una maestría en literatura. Dejamos de vernos porque peleábamos mucho. El quería que yo admirara a Ricardo Cano Gaviria y despreciara a Fernando Vallejo y yo le daba mis razones para tomar la decisión contraria. Ahora él me dará la razón desde la distancia. ¿todavía me recordará mi profesor de literatura devenido en papá regañón y exigente?

A Virginia Mayer le sobran 50 kilos

30 Nov

La última columna de Virginia Mayer se titula “Gordos, calvos y peludos exigiendo mujeres flacas”. Comienza explicando por qué le  dolieron tanto las críticas que le hicieron a ella por criticar el reinado nacional de la belleza, enfatiza que las mujeres gordas también tienen derecho a apreciar la belleza de una reina porque las gordas también conocen los ideales estéticos de la belleza femenina como cualquier otro ser humano. Por increíble que parezca el origen de la indignación es el reinado nacional de la belleza, sí, esa banalidad creada para divertir masas embrutecidas, las mismas masas que gozan viendo, telenovelas, realitys y partidos de fútbol. Las predilectas de los políticos, los dueños de los medios y los anunciantes.

Nuestra adorada Virginia Mayer ve reinados de belleza y nos cuenta por qué los reinados de belleza son patéticos. ¿una persona con dos neuronas ve reinados de belleza? No. ¿una persona con dos neuronas se detiene a pensar en el coeficiente intelectual de una reina de belleza? No. ¿una persona con dos neuronas trata de explicarnos por qué los reinados de belleza son patéticos? No. Pero Virginia Mayer sufre y llora porque los reinados de belleza son machistas y refuerzan ideas tontas como que las mujeres altas, delgadas, esbeltas y de sonrisa diseñada son las mujeres deseadas por los hombres calvos, gordos y peludos.

Virginia Mayer: no seas tonta. Todos sabemos que la belleza es escasa y que por ser tan escasa nos sobrecogemos de emoción ante una cara hermosa, un cuerpo equilibrado, una voz divina, una forma de caminar elegante. Hombres y mujeres admiramos la belleza femenina porque las formas equilibradas llaman la atención y los cuerpos grotescos nos invitan a mirarlos con rechazo o con burla, es parte de nuestra triste condición humana, no somos ángeles, somo miquitos burlones.

El cuerpo de los demás y el cuerpo propio dan pistas sobre la salud, la edad, el estado de ánimo y la condición física; el cuerpo y la forma en que cargamos con ese cuerpo es nuestra carta de presentación ante los demás nos guste o no. Los animales también se seleccionan así y aunque te cueste creerlo las perras, las gatas y las cerdas no saben de feminismo ni de machismo, son animales y ya. Debes saber que tú, yo y el resto de los seres humanos descendemos de otros animales, no somos creación divina ni nos modelamos a nuestro antojo, conservamos intacto el deseo inconsciente de copular con los ejemplares mejor dotados aunque no queramos reproducirnos o hayamos superado la edad para realizar semejante hazaña. La belleza tiene que ver con la biología, no es una creación humana, está en la naturaleza.

Te invito a que superes la inocencia y la ignorancia, sumérgete en los libros de Desmond Morris, Richard Dawkins y Rodolfo Llinás, no leas sólo basura feminista de mujeres viejas, feas y resentidas porque la vida no las ha tratado bien, no armes tanto alboroto porque las masas embrutecidas se emocionan viendo tetas y culos, en esos seres el miquito está más latente que en los seres privilegiados que renunciamos desde hace mucho tiempo a ver programas de televisión.

***

Virginia Mayer escribió en tono indignado: “Mientras mis médicos en Nueva York me decían que hiciera ejercicio y controlara mi sobrepeso, aquí me han dicho que soy obesa mórbida. Los obesos mórbidos del primer mundo son los que andan en sillas eléctricas al no poder moverse por sus propios medios. Aquí la obesa mórbida soy yo. Sociedad enferma”. Ahí también te equivocas. En Colombia la mayor parte de la gente no tiene problemas de obesidad como los que tú padeces, pocas personas tienen 50 kilos de sobrepeso como tú. En Nueva York podrías pasar por una persona normal pero Bogotá no es Nueva York. En Bogotá podemos gozar de una alimentación balanceada y hay cierta conciencia sobre el cuidado del cuerpo con fines relacionados con salud y bienestar más que con obsesiones sexuales y complacencia ante la mirada ajena, esas obsesiones tuyas no son las obsesiones de la mayoría de las mujeres en Bogotá ni en Colombia.

Continúa Virginia Mayer con esta joya: “Tengo un amante, un hombre que a pesar de asegurar que estoy entre el top tres de los mejores polvos de su vida, me ha dicho que si me adelgazo podría penetrarme más profundamente”. Ay, Dios mío, qué niveles alarmantes de superficialidad.

“Es cierto que estoy gorda, y mi salud se está viendo comprometida por los 50 kilos que me sobran. La artritis degenerativa que tengo en la espalda no se ve beneficiada por mi sobrepeso. Subo dos pisos de escaleras y llego ahogada. No me puedo quedar dormida si no me empepo. Me sobran los motivos para adelgazar, es verdad. Pero esta sociedad no me condena por no estar sana, me condena porque no soy flaca”. Ay, Dios mío, Virginia Mayer necesita con urgencia un psicólogo y un nutricionista que la asesore. Si aspira a ser nuestra Virginia Woolf o nuestra Marguerite Duras es preciso que, para comenzar, aprenda a leer y a escribir y no use su condición física para inspirar la lástima de este público morboso acostumbrado a ver expuesta la miseria de la gente común en Laura en América o El show de Cristina.

“Vivir en Colombia con sobrepeso es tóxico para el alma. Aquí es pecado ser gorda. La gorda siempre podría ser diferente. A la gorda no la aceptan como tal, ¡siempre está la posibilidad de que haga dieta! Y yo, hasta el momento, me he negado. Es mí opción”. Ay, Dios mío, estas pataletas insoportables las llamas periodismo en KienyKe.

“Deliro con mujerones como Monica Bellucci, Scarlett Johansson, Marcela Mar y Carolina Guerra”. Ay, Dios mío. Parece que Virginia no sabe que estas mujeres son mujeres diseñadas para hacer películas y armar revistas.

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Celos sin motivo

18 Nov

Este año no ha sido fácil en el campo profesional. De la nada han aparecido personas que se cruzan conmigo y me reclaman como si estuviera tomando algo que les perteneciera y ese algo tiene que ver con el conocimiento y la expresión de la sensibilidad a través de la palabra escrita, contra la expresión oral no me reclaman nada. Debe ser porque casi siempre que habla un intelectual evito abrir la boca en su presencia.

Me han dicho de tres formas diferentes que no sé nada, que no cuento como crítica, como escritora ni como artista, que soy uno de los seres más insignificantes con los que se han cruzado en la vida. Yo los miro con asombro, a punto de echarme a llorar. Ellos me miran con asombro también, un poco avergonzados y confundidos. Caen en cuenta, saben que no soy yo quien busca cruzarse con ellos sino que son ellos quienes buscan cruzarse conmigo. Saben que por mí sería la mujer invisible. Evito los contactos humanos, hago todo lo posible por no existir como persona y si escribo en un blog es precisamente para evitar todo lo que implica publicar un libro y ser amiga y colega de mis amigos los escritores colombianos, los editores y los periodistas.

Quienes se cruzan conmigo son autores, personas que han publicado uno o veinte libros, tienen hermosas biografías en Wikipedia escritas por ellos mismos y están seguros de que figurarán en la Historia de la Literatura Colombiana. Yo no aspiro a semejantes honores, me basta con ser una pobre profesora de Expresión Oral y Escrita y Semiolingüísta para estudiantes de Comunicación Social y Mercadología. No me teman, soy Profesional en Estudios Literarios pero eso no dice nada de mí, terminé enamorada del neuromarketing, el embalaje y los mensajes emocionales de Coca-Cola. Ese me emociona más que construir versos y componer historias. No se preocupen por mí, yo no cuento como La competencia.

 

Matrimonio y presión social

18 Nov

Hasta los 42 años viví sola y el hecho de vivir sola formaba parte de mi plan de vida: era una mujer emancipada, había leído todos los tratados de la feminista elegante, sabía lo que hacía y me sentía bien pensando en el pasado y en el futuro. Estaba orgullosa de mi inteligencia y de mi carácter para tomar decisiones de tal envergadura en una asquerosa sociedad en la que todavía se considera que la mejor carrera para una mujer sigue siendo el matrimonio y la maternidad.

Antes de los treinta la presión más fuerte de parte de mi prójimo consistía en convencerme de que tuviera un hijo, aunque sea un hijo en vista de que no desea un hombre. Una mujer sola parece no valer nada ante la mirada de mucha gente.

En vista de que me negaba a ser una devota esposa, podría darme el lujo de tener un hijo, de realizarme como mujer, de ser una madre ejemplar, una hermosa madre cabeza de hogar que sacrificó su vida y su juventud por amor, por sacar a su hijo adelante, sola. ¡Pobrecita! 

Voy a cumplir dos años durmiendo todas las noches con un hombre al lado, no permanecemos como siameses porque él tiene su vida y yo tengo la mía, no me cuida ni me protege porque no necesito que me cuiden ni me protejan puesto que no tengo problemas de déficit cognitivo, porque trabajo y tengo definido el rumbo de mi vida desde hace mucho tiempo.

¡Pero qué peso tan grande me quité de encima sólo por dormir todas las noches con un hombre al lado!

Mi familia ha dejado de llamarme por teléfono y ahora son más escasas las invitaciones para divertir a la tía. Si la tía no iba a algún festejo lo tomaban como que la tía es un poco amargada; si la tía se divertía más de la cuenta debe ser porque su vida es tan miserable que se pasa de divertida cuando se reúnen con ella.

Los vecinos también me tratan con más respeto ahora, las señoras casadas han dejado de mirarme con recelo y los señores han dejado de mirarme con mirada pícara de soltera sin compromiso. De mujer necesitada de macho para que la caliente en estas noches tan frías.

Pero lo más cómodo de mi nuevo estado es la reacción de los lectores en Twitter. Hace dos años casi todo lo que escribía, el tono en que lo escribía se debía a que vivía sola, así interpretaban mi supuesta agresividad. Lo del novio es irrelevante: una mujer de 42 años no debe tener novio sino esposo o “compañero sentimental”, novio no, si tiene novio sigue siendo solterona. Por tener 42 años y vivir sola se daba por hecho que era depresiva, amargada, loca, sola, sin vida sexual, con dos o más gatos y muchas matas para consentir… Nada de eso es cierto, mi vida es más o menos igual a  la de hace dos años, la gran diferencia consiste en que jugamos a la casita con Andrés y ha sido muy divertido, no es nada serio porque aquí no hay niños que le puedan poner seriedad, no somos una familia feliz. 

Andrés y yo hemos sigo testigos de los dos tipos de trato durante nueve años. El ha estado ahí viendo cómo él es neutro, él no existe, él sólo es un hombre y su condición no cambia si está solo, si tiene novio, si vive con una mujer y si tiene gato. Pero una mujer de 42 años sin marido es un asunto muy particular.

Dos años de convivencia con un hombre me han puesto a pensar en la presión social tan fuerte que tienen las mujeres, en el sentimiento de valía que recae sobre ellas a partir de su estado civil. No importa si una mujer se siente bien estando casada o si se siente bien compartiendo su vida con un hombre, lo que importa es que viva con un hombre. Parece que no importara nada más.

Andrés es un hombre bueno, dulce y noble. No es celoso, agresivo, infiel, alcohólico ni depresivo. No afecta mi vida personal ni intelectual de ninguna manera y eso es maravilloso. Pero pienso en todas las mujeres que soportan hombres desagradables y malos, agresivos y machistas, hombres que saben que viven con mujeres que soportan todo tipo de malos tratos y saben que las mujeres soportarán hasta el último momento porque es más respetable una mujer con un hombre que una mujer sola, aunque la mujer sola viva en las mejores condiciones, aunque se sienta muy bien viviendo sola y no tenga necesidad de justificarlo.

¿Por qué es así de triste la vida?

Mundialización de la estupidez y las nuevas tecnologías

5 May

Del coeficiente intelectual del humano promedio no se puede esperar mucho, ni en 2130 ni en ningún otro momento de la historia antigua o reciente. Generación tras generación han venido aquí a reproducirse como cualquier animal y a poner en práctica todos los pecados y todos los delitos,  las pasiones viles, los deseos malos; han sido dominados por la avaricia, el odio, la gula, la pereza, la lujuria, la mentira, el desorden, la suciedad. No hay Dios ni norma que calme sus anhelos.

La miseria ha dominado siempre, no es un asunto nuevo, nada digno de asombro, lo que cambia es la forma y el nombre con el que asignamos la nueva forma de expresión del engaño que nos presenta el poderoso de turno, el ambicioso de poder o de dinero, el  que quiere reír  y ganar a costa de nuestra tontería.

En este momento crucial compartimos la estupidez universal gracias al poder de las redes sociales. No es que ahora la gente sea más estúpida, es, más bien, que ahora podemos contemplar  la estupidez a escala mundial, vivimos lo que soñamos cuando imaginábamos el futuro: la mundialización de la estupidez, los placeres múltiples que nos brindan las nuevas tecnologías y la industria del marketing.

Telefonía móvil. ¿Para qué necesita un imbécil un teléfono móvil?

¡Para que lo ubiquen!

¿Por qué necesita que lo ubiquen? ¿acaso quién es? ¿un político? ¿un millonario de los que aparecen en la revista Forbes? ¿un empresario? ¿Luis carlos sarmiento Angulo?

No, es un idiota promedio, pero, en vista de que todos tenemos teléfono móvil él también anhela tener uno, no puede parecer desactualizado, debe estar a tono con los nuevos avances tecnológicos. Además el teléfono móvil no es un simple teléfono, también tiene cámara incorporada, radio, videojuegos y redes sociales, todas las redes sociales; el teléfono móvil te permite estar conectado todos los días de tu vida, todas las horas de tu miserable existencia, puedes publicar fotografías, estados  de ánimo y muchos tuits.

A los internautas nos une la risa y la miseria existencial, somos simios risueños dominados por el vacío, gozamos a costa de la tontería ajena y la tontería propia, buscamos  con desesperación los videos y las fotografías más degradantes para degradar al imbécil que se expuso de la peor forma para hacerse notar, para ganar popularidad a costa de su miseria, de su vileza. Cuando nos reímos del imbécil de turno pensamos que nosotros no seríamos tan tontos como él, como ella, pero no somos superiores a ese imbécil, lo que nos falta es la audacia del tonto  para sobresalir en medio de millones de tontos que quieren ser el centro de atención para llenar un poco ese  vacío que los hace sentir miserables, solos ante la pantalla, disminuidos, ignorados, fuera del círculo de los famosos.

Y luego volvió a su trabajo como si no hubiera pasado nada

2 May

“Y luego volvió a su trabajo como si no hubiera pasado nada”.  Es un comentario que nos resulta familiar por haberlo oído en una  borrosa multitud  de viejas historias, aunque quizá no aparece en ninguna.

 

Kafka