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Séneca, Pascal y Bourdieu

13 Sep

Las grandes ideas se me pasan por la mente mientras camino y las grandes sensaciones ocurren mientras lavo ropa a mano. Tengo pensado cambiar de casa antes de cumplir cincuenta años, no vivir más de quince en el mismo lugar para que el cambio de espacio me modifique la red neuronal. No creo que encuentre una casa nueva con lavadero, creo que estaré obligada a comprar una lavadora y eso sí que es una verdadera pena porque tendré que renunciar a una gran sensación, casi la mejor de todas. Supongo que la sensación que experimento, el éxtasis, está relacionado con el hecho de oír y ver correr el agua. Supongo que el movimiento del cuerpo activado por la vista y el oído, por el hecho de hacer algo que he disfrutado siempre, hace que se me active el cerebro, que experimente el vuelo sin salir de la casa y que me pregunte en medio del viaje por qué me siento tan bien.

Esta mañana en medio del éxtasis recordé que hace veinte años tenía pensado escribir un ensayo muy erudito de veinte páginas titulado “Séneca, Pascal y Bourdieu”, recordé que estaba segura de que había una relación total, una secuencia lógica y misteriosa entre estos tres autores y que al haberlos leído en orden: primero a Séneca, después a Pascal y finalmente a Bourdieu, un día caminando descubrí que estaba casi obligada a escribir, a compartir mi hallazgo con la humanidad entera. El tiempo pasó y el ensayo no fue escrito, pero todavía estoy segura de que ellos son los grandes sabios del mundo occidental y sé también que para mí ha sido muy fácil vivir, jugar con la escritura y ser una crítica rigurosa porque la suma de estos tres autores da todas las pistas, todos los trucos para vivir y para escribir.

¿Qué es lo que vale la pena leer porque el ensayo no lo pienso escribir?

¿Cuáles son los libros fundamentales de los tres sabios que es preciso leer en secuencia para descubrir el misterio de la vida, lo fácil y placentero que puede llegar a ser cada momento?

Podría seguir formulando preguntas y decir cuáles son los títulos de los libros, lo complicado es que el lector sepa comprender esos libros porque los tres pueden llegar a parecer lo que no son. El más complicado es Pascal, no es fácil hacerle a entender a la gente que no se fije en el creyente, en el Cristo de Pascal sino en lo demás.

Así como hay cinco predisposiciones para leer la Biblia, hay tres o cuatro formas de leer a Séneca, a Pascal y a Bourdieu, especialmente a Pascal. No es casualidad que Pierre Bourdieu hay escrito este libro:

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Mi sueño es que usted intente leer estos libros con la seguridad de que está leyendo a tres sabios y pueda llegar a la esencia del ser de estos tres libros:

1.

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2.

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3.

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Notas para comprender mejor el fenómeno social llamado Natalia Marlene Lizarazo Tocarruncho

24 Ago

[1] “Los condicionamientos asociados a una clase particular de condiciones de existencia producen habitus, sistemas de disposiciones duraderas y transferibles, estructuras estructuradas predispuestas para funcionar como estructuras estructurantes, es decir, como principios generadores y organizadores de prácticas y representaciones que pueden estar objetivamente adaptadas a su fin sin suponer la búsqueda consciente de fines y el dominio expreso de las operaciones necesarias para alcanzarlos objetivamente… Historia incorporada, naturalizada y, por ello, olvidada como tal historia, el habitus es la presencia activa de todo el pasado del que es producto: es lo que proporciona a las prácticas su independencia relativa en relación con las determinaciones exteriores del presente inmediato. Esta autonomía es la del pasado ya hecho y activo que, funcionando como capital acumulado, produce historia a partir de la historia y asegura así la permanencia en el cambio que hace el agente individual como mundo en el mundo” (Bourdieu. 1991: 92-98). “Una de las funciones de la noción de habitus estriba en dar cuenta de la unidad de estilo que une las prácticas y los bienes de un agente singular o de una clase de agentes… el habitus es ese principio generador y unificador que retraduce los características intrínsecas y relacionales de una posición en un estilo de vida unitario, es decir un conjunto unitario de elección de personas, de bienes y de prácticas” (Bourdieu. 1997A: 108); “siendo producto de la historia es un sistema abierto de disposiciones, enfrentado de continuo a experiencias nuevas y, en consecuencia, afectado sin cesar por ellas: es perdurable mas no inmutable… la mayoría de las personas están estadísticamente destinadas a encontrar circunstancias similares a las cuales originalmente moldearon su habitus; por tanto, a vivir experiencias que vendrán a reforzar sus disposiciones…; es menester concebir el habitus como una especie de resorte en espera de ser soltado… que no opera plenamente sino mediante la inconsciencia, con la complicidad del inconsciente…; si los agentes han de tener alguna oportunidad de convertirse en algo así como “sujetos” ello sólo será en la medida en que dominen de manera consciente la relación que mantienen con sus propias disposiciones, optando por dejarlas “actuar” o, por el contrario, inhibiéndolas…; según los estímulos y la estructura del campo, el mismo habitus puede generar prácticas diferentes e incluso opuestas” (Bourdieu-Wacquant. 1995: 92-94).

[2] Se trata de un método que parte de “una ontología no cartesiana que rehúsa separar u oponer objeto y sujeto, intención y causa, materialidad y representación simbólica. Bourdieu se esfuerza en trascender la reducción mutilante de la sociología, ya sea a una física objetivista de las estructuras materiales, ya sea a una fenomenología constructivista de las formas cognoscitivas, mediante un estructuralismo genético, capaz de englobar una y otra. Lo hace postulando un método consistente en cierta manera de plantear los problemas, así como un parsimonioso conjunto de instrumentos conceptuales que permiten construir objetos y transferir el saber adquirido de un campo de investigación a otro” Löic J.D. Wacquant, en (Bourdueu-Wacquant. 1995: 17).

[3] “En todo momento, el estado de las relaciones de fuerza entre los jugadores es lo que define la estructura del campo. Podemos imaginar que cada jugador tiene, frente a sí, pilas de fichas de diferentes colores, correspondientes a las diferentes especies de capital que posee, de manera que su fuerza relativa en el juego, su posición en el espacio de juego y, asímismo, sus estrategias de juego, sus jugadas, más o menos arriesgadas, más o menos prudentes, más o menos subversivas o conservadoras, dependen del volumen global de sus fichas y de la estructura de las pilas de fichas, al mismo tiempo que del volumen global de la estructura de su capital.

Dos individuos poseedores de un capital global aproximadamente equivalente pueden diferir, tanto en sus posición como en sus tomas de posición por el hecho de que uno tiene (relativamente) mucho capital económico y poco capital cultural (por ejemplo, el propietario de una empresa privada), y el otro, mucho capital cultural y poco capital económico (como un profesor).

Mejor dicho, las estrategias del “jugador” y todo lo que define su “juego” dependen, de hecho, no sólo del volumen y de la estructura de su capital en el momento considerado y de las posibilidades de juego que aquellas le aseguran, sino también de la evolución en el tiempo, del volumen y de la estructura de su capital, es decir, de su trayectoria social y de sus disposiciones (habitus) que son constitutivas de la relación prolongada con cierta estructura objetiva de posibilidades.

Y esto no es todo: los jugadores pueden jugar para incrementar o conservar su capital, sus fichas, conforme a las reglas tácitas del juego y a las necesidades de reproducción tanto del juego como de las apuestas. Sin embargo, también pueden intentar transformar, en parte o en su totalidad, las reglas inmanentes del juego; por ejemplo, cambiar el valor relativo de las fichas, la paridad entre las diferentes especies de capital, mediante estrategias encaminadas a desacreditar la subespecie de capital en el cual descansa la fuerza de sus adversarios (v. gr. el capital económico) y evaluar la especie de capital que ellos poseen en abundancia” (Bourdieu-Wacquant. 1995: 66).

Bibliografía

Bourdieu, Pierre. Cosas dichas. Barcelona: Gedisa. 2000.

_________ La distinción. Criterios y bases sociales el gusto. Madrid: Taurus. 1998.

_________ La dominación masculina. Barcelona: Anagrama. 1999.

__________ Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción. Barcelona: Anagrama. 1997A.

_________ Las reglas del arte. Barcelona: Anagrama. 1997B.

_________ El sentido práctico. Madrid: Taurus. 1991.

__________Sobre la televisión. Barcelona: Anagrama. 1997C.

__________ Sociología y cultura. México: Grijalbo. 1990.

_________- Wacquant, Loïc J. D. Respuestas. Por una antropología reflexiva. México: Grijalbo. 1995.

Involución

14 Ene

Acción, presencia y conciencia. En eso consiste la vida. Parece sencillo pero no lo es tanto.

Iba pensando en eso y pensé también en el sentido práctico y recordé el libro de Pierre Bourdieu; recordé que hace quince años había leído toda la obra de la eminencia y estaba segura de que era el gran intelectual del siglo XX. Estaba orgullosa de mi propio conocimiento, podía resumir su Pensamiento ante quien estuviera dispuesto a conocer el secreto y el misterio de su Aparato Teórico.

Suspiré ante la idea volver a leer las obras fundamentales de Pierre Bourdieu para recordar por qué me gusta tanto y decidí empezar con El sentido práctico.

Empecé a leer y recordaba la emoción de los viejos tiempos, avancé un poco y sentí que es un libro denso. Hay mucha información que no recuerdo y no me muero precisamente por continuar, no quiero esforzarme para llegar a la comprensión cabal del mensaje que me quiere expresar el autor. Sin duda es erudito, complejo, profundo, rebosante de ideas deslumbrantes como casi todos los autores que leía hace quince o veinte años.

No soy la misma de ese tiempo, ahora no leo libros densos y tampoco escribo ensayos de veinte páginas que no soporto porque no me reconozco en esa escritura, no quiero leer a esa señora que parece mayor que yo misma y está segura de que lo entiende todo y por eso se dispone a explicarlo.

Es evidente que paso por un proceso de involución pero es un hecho también que leí esos libros complejos y los comprendí. Aunque no esté dispuesta a leerlos de nuevo fueron fundamentales para tomar decisiones en la vida que todavía afectan mi estado actual. La esencia del pensamiento de Pierre Bourdieu es más evidente en mí que la de la lectura de otros libros que hoy podría leer sin dificultad, por el puro placer de ver pasar el tiempo.

Pierre Bourdieu le cambia la vida al lector de forma radical como la cambia Séneca o Pascal si sabemos llegar a esos libros, si son libros escritos para nosotros. En eso iba pensando esta mañana mientras veía a la gente correr hacia sus trabajos, mientras yo me cruzaba con ellos rumbo al parque a caminar por caminar, por el simple placer de ejercitar el cuerpo y pensar las tonterías que se pasan por la mente cuando caminamos rumbo a ninguna parte pero siempre por el mismo lugar y a la misma hora.

La dominación masculina

12 Nov

Las armas del débil son siempre armas débiles.

Se dice del pene que es el único macho que incuba dos huevos.

“Para muchas mujeres, un estatuto dominante de los hombres es excitante”.

Pensemos en los pasitos rápidos de algunas muchachas con pantalones y zapatos planos.

La fuerza del orden masculino se descubre en el hecho de que prescinde de cualquier justificación.

La familia es la que asume sin duda el papel principal en la reproducción de la dominación y de la visión masculinas.

El acto sexual en sí mismo está pensado en función del principio de la primacía de la masculinidad.

Lo típico de los dominadores es ser capaces de hacer que se reconozca como universal su manera de ser particular.

Encima o debajo, activo o pasivo, estas alternativas paralelas describen el acto sexual como una relación de dominación.

La visión androcéntrica se impone como neutra y no siente la necesidad de enunciarse en unos discursos capaces de legitimarla.

El orden social funciona como una inmensa máquina simbólica que tiende a ratificar la dominación masculina en la que se apoya.

Si las mujeres son especialmente propensas al amor llamado romántico, se debe sin duda, por una parte, a que están especialmente interesadas en ello.

Cualquier oficio, sea cual sea, se ve en cierto modo cualificado por el hecho de ser realizado por los hombres (que, desde ese punto de vista, son todos, por definición, de calidad).

El principio de visión de dominante no es una simple representación mental, un fantasma (“unas ideas en la cabeza”), una “ideología”, sino un sistema de estructuras establemente inscritas en las cosas y en los cuerpos.

Al estar la mujer constituida como una identidad negativa, definida únicamente por defecto, sus virtudes sólo pueden afirmarse en una doble negación, como vicio negado o superado, o como mal menor.

Inscrito en las cosas el orden masculino se inscribe también en los cuerpos a través de las conminaciones tácitas implicadas en las rutinas de la división del trabajo o de los rituales colectivos o privados.

Las mujeres son capaces de hablar de su marido con mucho detalle, mientras que los hombres sólo pueden describir a su mujer a través de estereotipos muy generales, válidos para “las mujeres en general”.

A los ojos de los hombres, las mujeres que, rompiendo la relación tácita de disponibilidad, se reapropian en cierto modo de su imagen corporal, y con ello, de su cuerpo, aparecen como no “femenina”, prácticamente como lesbiana.

Al estar simbólicamente destinadas a la resignación y a la discreción, las mujeres sólo pueden ejercer algún poder dirigiendo contra el fuerte su propia fuerza o accediendo a difuminarse y, en cualquier caso, negar un poder que ellas sólo pueden ejercer por delegación (como eminencias grises).

Las mujeres francesas manifiestan, en una amplísima mayoría, que desean tener una pareja de mayor edad y también, de manera muy coherente, de mayor altura física, y dos terceras partes de ellas llegan a rechazar explícitamente a un hombre más bajo.

Todo, en la génesis del hábito femenino y en las condiciones sociales de su actualización, contribuye a hacer de la experiencia femenina del cuerpo el límite de la experiencia universal del cuerpo-para-otro, incesantemente expuesta a la objetividad operada por la mirada y el discurso de los otros.

A los que puedan objetar que muchas mujeres han roto actualmente con las normas y las formalidades tradicionales del pudor y verían en el espacio que dejan a la exhibición controlada del cuerpo un indicio de “liberación” basta con indicarles que esta utilización del propio cuerpo permanece evidentemente subordinada al punto de vista masculino.

Forma especial de la peculiar lucidez de los dominados, la llamada “intuición femenina” es, en nuestro propio universo, inseparable de la sumisión objetiva y subjetiva que estimula u obliga a la atención y a las atenciones, a la vigilancia y a la atención necesarias para adelantarse a los deseos o presentir los disgustos.

Los hombres (y las propias mujeres) no pueden ver que la lógica de la relación de dominación es la que consigue imponer e inculcar a las mujeres, en la misma medida que las virtudes dictadas por la moral, todas las propiedades negativas que la visión dominante imputa a su naturaleza, como la astusia, o por tomar una característica más favorable, la intuición.

El cuerpo tiene su parte delantera, lugar de diferencia sexual, y su parte trasera, sexualidad indiferencia, y potencialmente femenina, es decir, pasiva, sometida, como lo recuerdan, mediante el gesto o palabra, los insultos mediterráneos (especialmente el famoso “corte de mangas”) contra la homosexualidad.

La diferencia biológica entre los sexos, es decir, entre los cuerpos masculino y femenino, y muy especialmente, la diferencia anatómica entre los órganos sexuales, puede aparecer de ese modo como la justificación natural de la diferencia socialmente establecida entre los sexos, y en especial de la división sexual del trabajo.

La misma protección “caballeresca”, además de que puede llevar a su confinamiento o servir para justificarla, puede contribuir también a mantener a las mujeres al margen de cualquier contacto con todos los aspectos del mundo real “para los cuales no están hechas” porque ellos no están hechos para ellas.

De acuerdo con la lógica habitual del prejuicio desfavorable, la representación masculina puede condenar las capacidades o las incapacidades femeninas que ella misma exige o contribuye a producir. De ese modo observamos que “el mercado de las mujeres no se termina” -son parlanchinas y sobre todo pueden pasarse siete días y siete noches discutiendo sin decidirse- o, para manifestar su acuerdo, las mujeres tienen que decir sí dos veces.

El placer masculino es, por una parte, disfrute del placer femenino, del poder de hacer disfrutar. Es indudable que Catherine MacKinnon acierta al ver en la “simulación del orgasmo”, una demostración ejemplar del poder masculino de conformar la interacción entre los sexos de acuerdo con la visión de los hombres, que esperan del orgasmo femenino una prueba de su virilidad, y el placer asegurado de esta forma suprema de la sumisión.

Si la relación sexual aparece como una relación social de dominación es porque se constituye a través del principio de división fundamental entre lo masculino, activo y lo femenino, pasivo, y ese principio crea, organiza, expresa y dirige el deseo, el deseo masculino como deseo de posesión, como dominación erótica, y el deseo femenino como deseo de la dominación masculina, como subordinación erotizada, o incluso, en su límite, reconocimiento erotizado de la dominación.

Cuando los dominados aplican a lo que les domina unos esquemas que son el producto de la dominación, o, en otras palabras, cuando sus pensamientos y sus percepciones están estructurados de acuerdo con las propias estructuras de la relación de dominación que se les ha impuesto, sus actos de conocimiento son, inevitablemente, unos actos de reconocimiento, de sumisión.

La lógica, esencialmente social, de lo que se llama “vocación” tiene como efecto producir tales encuentro armoniosos entre las disposiciones y las posiciones que hacen que las víctimas de la dominación psicológica puedan realizar dichosamente (en su doble sentido) las tareas subalternas o subordinadas atribuidas a sus virtudes de sumisión, amabilidad, docilidad, entrega y abnegación.

Habría que enumerar todos los caso en que los hombres mejor intencionados (la violencia simbólica, como sabemos, no opera en el orden de las intenciones conscientes) realizan unas acciones discriminatorias, que excluyen a las mujeres, sin siquiera planteárselo, de las posiciones de autoridad, reduciendo sus reivindicaciones a caprichos, merecedoras de una palabra de apaciguamiento o de una palmadita en la mejilla.

El hombre no puede realizar sin rebajarse determinadas tareas domésticas consideradas inferiores (entre otras razones porque no considera que pueda realizarlas), las mismas tareas pueden ser nobles y difíciles cuando son realizadas por unos hombres, o insignificantes e imperceptibles, fáciles y triviales, cuando corren a cargo de las mujeres, como lo recuerda la diferencia que separa al cocinero de la cocinera, al modisto de la modista; basta con que los hombres se apoderen de tareas consideradas femeninas y las realicen fuera de la esfera privada para que se vean ennoblecidas y transfiguradas.

De acuerdo con la ley universal de la adecuación a las esperanza a las posibilidades, de las aspiraciones a las oportunidades, la experiencia prolongada e invisiblemente amputada de un mundo totalmente sexuado tiende a hacer desaparecer, diseminándola, la misma inclinación a realizar los actos que no corresponden a las mujeres, sin tener ni siquiera que rechazarlos.

“Cuanto más me trataban como mujer, en más mujer me convertía. Me adaptaba de grado o a la fuerza. Si me supusieran incapaz de retroceder unos escalones o de abrir unas botellas, sentiría extrañamente, que me estaba volviendo incompetente. Si alguien pensaba que una maleta era demasiado pesada para mí, inexplicablemente, yo también lo consideraría así”.

Para alcanzar plenamente cierta posición, una mujer tendría que poseer no sólo lo que exige explícitamente la descripción del puesto, sino también todo un conjunto de propiedades que sus ocupantes añaden habitualmente al mismo, una estatura física, una voz, o unas disposiciones como la agresividad, la seguridad, la “distancia respecto al papel”, la llamada autoridad natural, etc. para las que los hombres han sido preparados en cuanto que hombres.

Al sentir la necesidad de la mirada de los demás para construirse, las mujeres están constantemente orientadas en su práctica para la evaluación anticipada del precio que su apariencia corporal, su manera de mover el cuerpo y de presentarlo, podrá recibir (de ahí una propensión más o menos clara a la autodenigración y a la asimilación del juicio social bajo la forma de malestar corporal o timidez.

La iglesia, habitada por el profundo antifeminismo de un clero dispuesto a condenar todas las faltas femeninas a la decencia, especialmente en materia de indumentaria, y notoria reproductora de una visión pesimista de las mujeres y de la feminidad, inculca (o inculcaba) explícitamente una moral profamiliar, enteramente dominada por los valores patriarcales, especialmente por el dogma de la inferioridad natural de las mujeres.

Sea cual sea su posición en el espacio social, las mujeres tienen en común su separación de los hombres por un coeficiente simbólico negativa que, al igual que el color de la piel para los negros o cualquier otro signo de pertenencia a un grupo estigmatizado, afecta de manera negativa a todo lo que son y a todo lo que hacen, y está en el principio de un conjunto sistemático de diferencias homólogas.

A través de la experiencia de un orden social “sexualmente” ordenado y los llamamientos explícitos al orden que les dirigen sus padres, sus profesores y sus condiscípulos, dotados a su vez de principios de visión adquiridos en unas experiencias semejantes del mundo, las chicas asimilan, bajo formas de esquemas de percepción y de estimación difícilmente accesibles a la conciencia, los principios de división dominante que les lleven a considerar normal, o incluso natural, el orden social tal cual es y a anticipar de algún modo su destino, rechazando las ramas o las carreras de las que están en cualquier caso excluidas, precipitándose hacia aquellas que, en cualquier caso, están destinadas.

La dominación masculina, que convierte a las mujeres en objetos simbólicos, cuyo ser es un ser percibido, tiene el efecto de colocarlas en un estado permanente de inseguridad corporal o, mejor dicho, de dependencia simbólica. Existen fundamentalmente por y para la mirada de los demás, es decir, en cuanto que objetos acogedores, atractivos, disponibles. Se espera de ellas que sean “femeninas”, es decir, sonrientes, simpáticas, atentas, sumisas, discretas, contenidas, por no decir difuminadas. Y la supuesta “feminidad” sólo es a menudo una forma de complacencia respecto a las expectativas masculinas, reales o supuestas, especialmente en materia de incremente del ego. Consecuentemente, la relación de dependencia respecto a los demás (y no únicamente respecto a los hombres) tiende a convertirse en constitutivo de su ser.

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La verdad sobre la verdad

17 Abr

La verdad es algo tan infrecuente que es preciso decirla, dijo Emily Dickinson, pero qué es la verdad, es tan fácil especular sobre la verdad y la mentira…

Dijo también: Nunca intenté levantar palabras que no puedo sostener y tenía razón: a lo largo de su vida se esforzó por ser fiel a su naturaleza. Para la mayoría de los lectores y críticos esta mujer excepcional sigue siendo una loca virgen solterona frustrada que no se realizó en la vida como nada, ni siquiera como mujer. No llegó a ser una empresaria exitosa como Shakira ni como Jennifer Lopez. Veía duendes, hadas, ángeles y gnomos. Hablaba con ellos y hablaba también con su perro, pero no eran conversaciones estúpidas como las de los amos con sus mascotas de apartamento alquilado de nuestro tiempo, no, se trataba de algo mucho más complejo, profundo, poético y sofisticado. Y lo más seguro es que el perro comprendía a la señora virgen que siempre caminaba con una flor en la mano y corría como una niña vestida de blanco por el bosque buscando seres de fantasía:

Cuando frecuentaba el Bosque de Pequeña, me decían que una Serpiente podría picarme, que podría coger una flor venenosa o que los Duendes me podrían raptar, pero continué yendo y no encontré sino Ángeles, mucho más tímidos ante mí de lo que yo pudiera sentirme ante ellos.

Oigo petirrojos a lo lejos y carretas a lo lejos y ríos a lo lejos, y todo se me aparece como apresurándose hacia algún sitio no desvelado para mí.

También dijo Emily Dickinson:

Siempre hay una cosa por la que estar agradecido -y es que uno sea uno mismo y no otro.

Uno aprende, cuando se hace viejo, que ninguna ficción puede ser tan extraña ni parecer tan improbable, como lo sería la simple verdad.

No nos dice qué es la verdad pero aspira a ella y ese detalle la convierte en un ser admirable. Se puede aspirar a llegar a la Verdad a través del arte, la ciencia o el misticismo, no a través del periodismo, la historia, la politología o el derecho. Hay periodistas, especialmente periodistas, que se autodefinen como Perros guardianes de la verdad, sí, perros guardianes de la verdad. Aquí no vamos a hablar de periodismo, no vamos a caer tan bajo.

***

Ahora Pascal, el gran físico filósofo que fue tomado por un simple cristiano desquiciado por las mentes brillantes de su tiempo y por otras que vinieron después. Pocos lectores han logrado comprender la hondura del pensamiento de Pascal, Pierre Bourdieu es una de esas excepciones. A partir de su comprensión pudo conferirle a la sociología un estatus que nadie le había concedido antes.

Pascal también aspiró a la verdad, pero no era tan optimista ni tan atrevido como los historiadores y algunos periodistas que trabajan para un medio, propiedad de un banquero español.

Así reflexionaba Pascal, el fanático:

La suprema adquisición de la razón consiste en reconocer que hay una infinidad de cosas que la sobrepasan.

No veo sino infinitos en todo, que me encierran como un átomo, y como una sombra, que no dura sino un instante y ya no vuelve.

No es bueno que el hombre no vea nada; no es bueno tampoco que vea lo bastante para creer que posee; sino que vea tan sólo lo suficiente para conocer que ha perdido. Es bueno ver y no ver; esto es precisamente el estado de naturaleza.

Si hay Dios es infinitamente incomprensible, puesto que, no teniendo ni parte ni límites, no tiene ninguna relación con nosotros; somos, pues, incapaces de conocer cómo es, ni es siendo así ¿Quién osará proponerse resolver esta cuestión? No nosotros, que carecemos de relación con él.

¿No está más claro que el día que sentimos en nosotros mismos los caracteres imborrables de la excelencia? ¿Y no es verdad también que experimentamos constantemente los efectos de nuestra deplorable condición? ¿Qué nos clama pues, este caos y esta confusión monstruosa sino la verdad de estos dos estados, con una voz que es imposible resistir?

Yo no sé quién me ha traído al mundo, ni lo que es el mundo, ni lo que soy yo mismo. Permanezco en una ignorancia terrible de todas las cosas. No sé lo que es mi cuerpo, ni mis sentidos, ni mi alma, ni esta parte de mí mismo que piensa lo que estoy diciendo y que reflexiona sobre todo, y sobre sí misma, y que, por otra parte, no se conoce tampoco. Veo estos espantosos espacios del Universo que encierran, y me encuentro ligado a un rincón de esta vasta extensión , sin que sepa por qué estoy colocado en este lugar y no en otro, ni por qué este poco tiempo que me es dado vivir me ha sido asignado a este punto, y no a otro, de toda la eternidad que me precede y de toda la que me sigue.

***

Nietzsche va un poco más allá que Pascal y que Emily Dickinson. Se instala en lo que más tarde plantearía Ferdinand de Saussure y algunos filósofos del lenguaje. Es la palabra la que nos lleva a ocultar la verdad, es la mentira, la falsedad, la maldad y el disimulo, la humanidad… es la convención, la comodidad y el miedo lo que nos lleva a engañarnos a conciencia y a engañar a los demás. Y sin embargo, a pesar de Nietzsche y de la filosofía del lenguaje, hay quien se atreve a defender con uñas y dientes ¡En pleno siglo XXI! la revelación de la verdad, la verdad revelada. Sienten -gracias a su formación universitaria- que la bella palabrita se manifiesta  en un trabajo de investigación financiado por Colciencias que será publicado posteriormente en una revista indexada que hará todavía más respetables a sus autores.

Con ustedes: Nietzsche, el loco.

Si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo.

Todo lo que eleva al hombre por encima del animal depende de esa capacidad de volatilizar las metáforas intuitivas en un esquema; en suma, de la capacidad de disolver una figura en un concepto.

Las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal.

El hombre desea la verdad en un sentido análogamente limitado: ansía las consecuencias agradables de la verdad, aquellas que mantienen la vida; es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias e incluso hostil frente a las verdades susceptibles de efectos perjudiciales o destructivos.

La omisión de lo individual y de lo real nos proporciona el concepto del mismo modo que también nos proporciona la forma, mientras que la naturaleza no conoce formas ni conceptos, así como tampoco ningún tipo de géneros, sino solamente una x que es para nosotros inaccesible e indefinible.

Se encuentran profundamente sumergidos en ilusiones y ensueños; su mirada se limita a deslizarse sobre la superficie de las cosas y percibe “formas”, su sensación no conduce en ningún caso a la verdad, sino que se contenta con recibir estímulos, como si jugase a tantear el dorso de las cosas.

¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes.

***

Hay una literatura que se hace llamar La literatura de la verdad y se vende como la saga de Harry Potter. Los autores se deben proclamar fieles discípulos de Montaigne, Pascal, Flaubert y Proust. Narran con lujo de detalles -y con pésimo estilo- los actos más escabrosos de sus miserables vidas. Se trata de vidas no meditadas, dominadas por el exceso, el desenfreno y el consumo y lo que llaman literatura es apenas la expresión morbosa de unas vidas ordinarias que pretenden ser devoradas como se devoran las hamburguesas, las malteadas y las películas pornográficas. Hombres y mujeres ansiosos de ganar mucho dinero a costa de la literatura y asquerosos lectores que se sienten poseedores del arte porque leen estas páginas hediondas. Esos autores no hacen arte y esos lectores son dignos de los libros que les ofrecen, esa es la verdad pura y simple, ¿a quién queremos engañar?

Hay un autor que soñó con la literatura del futuro, el gran autor del siglo XIX, este hombre no es puro como Emily Dickinson, fanático como Pascal ni loco como Nietzsche sino un pobre hombre enamorado del estilo y dolorosamente melancólico. Genio como pocos para imaginar el porvenir:

Cualquier hombre que supiera escribir correctamente crearía un libro soberbio al redactar sus Memorias, si las expusiera con sinceridad y de manera completa.

Esa frase parece haberle dado vida a mucha literatura del presente pero pocos autores tienen en cuenta la otra frase de Flaubert para llegar al centro de las cosas y de los sentimientos:

Soy el oscuro y paciente pescador de perlas que bucea en los bajos fondos y vuelve con las manos vacías y la cara azulada. Una atracción fatal me empuja hacia los abismos del pensamiento, me lleva al fondo de esos precipicios interiores que jamás se agotan para los fuertes.

O su obsesión por el estilo:

Todo el talento de escribir no consiste, después de todo, más que en la elección de las palabras. La precisión es la que hace la fuerza. En estilo es como en música: lo más hermoso y lo más raro que hay es la pureza del sonido.

Flaubert no habla mucho de la verdad, pero es uno de los grandes pensadores -sin definirse como Pensador y sin tener ningún título universitario- que más ha reflexionado sobre la verdad y la mentira, el engaño y el disimulo: Al leer estas verdades el lector corriente juzga al pobre Flaubert como amargado, frustrado, resentido, machista… Le encontrarán todos los defectos, pocos lo verán como un hombre que se esforzó por llegar al fondo de las cosas, a la sinceridad de sus sentimientos:

¡Qué mecánica supone lo natural, y cuántas artimañas hacen falta para ser auténtico!

Esta disposición para planear sobre uno mismo es quizá la fuente de toda virtud. Te arranca de la personalidad, lejos de retenerte en ella.

Yo soy un arabesco de marquetería; hay trozos de marfil, de oro y de hierro; los hay de cartón pintado; los hay de diamante; los hay de hoja de lata.

La gente que medita, o sea, los champiñones intelectuales que se pudren en su sitio, como yo, hacen bien de vez en cuando en acercarse al fuego. Hace que despidan su jugo, luego quedan aún más secos.

El hastío que me entra por los ojos me rompe, desde el punto de vista nervioso, y además, sufrir durante mucho tiempo el espectáculo de la multitud me hunde siempre en ciénagas de tristeza, donde me asfixio!

Ya he vuelto a mi vida chata y monótona, que sólo tiene algún placer en su uniformidad, y alguna grandeza, quizá, sólo en su perseverancia. En cuanto rompo mi ritmo ordinario y quiero volver a él, siento una amargura sin fondo.

De día en día siento operarse en mi corazón un alejamiento de mis semejantes que va ensanchándose, y estoy contento de ello, pues mi facultad de aprehensión hacia lo que me es simpático va en aumento, debido a ese mismo alejamiento.

A partir de la noche en que me besaste en la frente, me juré a mí mismo no mentirte nunca. Es el procedimiento más rudo, más brutal; ¿dirás, acaso, el menos tierno? Pero creo que obrar de otro modo sería despreciarte, envilecerte incluso. No estás hecha para que se te sirva con un amor falso y lleno de muecas. Preferiría rajarte la cara que burlarme de ti a tus espaldas.

Me oriento hacia una especie de misticismo estético (si ambas palabras pueden ir juntas), y querría que fuese más fuerte. Cuando ningún estímulo nos viene de los demás, cuando el mundo exterior nos asquea, nos vuelve lánguidos, nos corrompe y nos embrutece, las personas honradas y delicadas se ven forzadas a buscar en sí mismas, en algún lugar, un sitio más limpio para vivir.

Hubo un tiempo en que me mirabas como a un egoísta celoso que se complacía rumiando perpetuamente su propia personalidad. Eso es lo que creen quienes ven la superficie. Lo mismo ocurre con ese orgullo que tanto indigna a los demás y que, no obstante, cuesta tamañas miserias. Al contrario, nadie ha aspirado a los demás más que yo. He ido a olfatear estiércoles desconocidos, me he apiadado de muchas cosas ante las que no se enternecían las personas sensibles.

 

Pierre Bourdieu era feminista y era hombre. ¡Increíble!

2 Feb

Yo dije: Andrés es feminista. Yo respeto y adoro a este hombre porque él adora, respeta y reverencia a las mujeres. Me tiene en un merecido pedestal.

Ella dijo: Hombre que le diga que es feminista, una de dos: se la quiere comer o es gay. ATT: Freud y Dios.

Yo dije: Mira, Pierre Bourdieu es feminista. Increíble que sea un hombre quien tenga que decir esto:

 

Las armas del débil son siempre armas débiles.

Se dice del pene que es el único macho que incuba dos huevos.

“Para muchas mujeres, un estatuto dominante de los hombres es excitante”.

Pensemos en los pasitos rápidos de algunas muchachas con pantalones y zapatos planos.

La fuerza del orden masculino se descubre en el hecho de que prescinde de cualquier justificación.

La familia es la que asume sin duda el papel principal en la reproducción de la dominación y de la visión masculinas.

El acto sexual en sí mismo está pensado en función del principio de la primacía de la masculinidad.

Lo típico de los dominadores es ser capaces de hacer que se reconozca como universal su manera de ser particular.

Encima o debajo, activo o pasivo, estas alternativas paralelas describen el acto sexual como una relación de dominación.

La visión androcéntrica se impone como neutra y no siente la necesidad de enunciarse en unos discursos capaces de legitimarla.

El orden social funciona como una inmensa máquina simbólica que tiende a ratificar la dominación masculina en la que se apoya.

Si las mujeres son especialmente propensas al amor llamado romántico, se debe sin duda, por una parte, a que están especialmente interesadas en ello.

Cualquier oficio, sea cual sea, se ve en cierto modo cualificado por el hecho de ser realizado por los hombres (que, desde ese punto de vista, son todos, por definición, de calidad).

El principio de visión de dominante no es una simple representación mental, un fantasma (“unas ideas en la cabeza”), una “ideología”, sino un sistema de estructuras establemente inscritas en las cosas y en los cuerpos.

Al estar la mujer constituida como una identidad negativa, definida únicamente por defecto, sus virtudes sólo pueden afirmarse en una doble negación, como vicio negado o superado, o como mal menor.

Inscrito en las cosas el orden masculino se inscribe también en los cuerpos a través de las conminaciones tácitas implicadas en las rutinas de la división del trabajo o de los rituales colectivos o privados.

Las mujeres son capaces de hablar de su marido con mucho detalle, mientras que los hombres sólo pueden describir a su mujer a través de estereotipos muy generales, válidos para “las mujeres en general”.

A los ojos de los hombres, las mujeres que, rompiendo la relación tácita de disponibilidad, se reapropian en cierto modo de su imagen corporal, y con ello, de su cuerpo, aparecen como no “femenina”, prácticamente como lesbiana.

Al estar simbólicamente destinadas a la resignación y a la discreción, las mujeres sólo pueden ejercer algún poder dirigiendo contra el fuerte su propia fuerza o accediendo a difuminarse y, en cualquier caso, negar un poder que ellas sólo pueden ejercer por delegación (como eminencias grises).

Las mujeres francesas manifiestan, en una amplísima mayoría, que desean tener una pareja de mayor edad y también, de manera muy coherente, de mayor altura física, y dos terceras partes de ellas llegan a rechazar explícitamente a un hombre más bajo.

Todo, en la génesis del hábito femenino y en las condiciones sociales de su actualización, contribuye a hacer de la experiencia femenina del cuerpo el límite de la experiencia universal del cuerpo-para-otro, incesantemente expuesta a la objetividad operada por la mirada y el discurso de los otros.

A los que puedan objetar que muchas mujeres han roto actualmente con las normas y las formalidades tradicionales del pudor y verían en el espacio que dejan a la exhibición controlada del cuerpo un indicio de “liberación” basta con indicarles que esta utilización del propio cuerpo permanece evidentemente subordinada al punto de vista masculino.

Forma especial de la peculiar lucidez de los dominados, la llamada “intuición femenina” es, en nuestro propio universo, inseparable de la sumisión objetiva y subjetiva que estimula u obliga a la atención y a las atenciones, a la vigilancia y a la atención necesarias para adelantarse a los deseos o presentir los disgustos.

Los hombres (y las propias mujeres) no pueden ver que la lógica de la relación de dominación es la que consigue imponer e inculcar a las mujeres, en la misma medida que las virtudes dictadas por la moral, todas las propiedades negativas que la visión dominante imputa a su naturaleza, como la astusia, o por tomar una característica más favorable, la intuición.

El cuerpo tiene su parte delantera, lugar de diferencia sexual, y su parte trasera, sexualidad indiferencia, y potencialmente femenina, es decir, pasiva, sometida, como lo recuerdan, mediante el gesto o palabra, los insultos mediterráneos (especialmente el famoso “corte de mangas”) contra la homosexualidad.

La diferencia biológica entre los sexos, es decir, entre los cuerpos masculino y femenino, y muy especialmente, la diferencia anatómica entre los órganos sexuales, puede aparecer de ese modo como la justificación natural de la diferencia socialmente establecida entre los sexos, y en especial de la división sexual del trabajo.

La misma protección “caballeresca”, además de que puede llevar a su confinamiento o servir para justificarla, puede contribuir también a mantener a las mujeres al margen de cualquier contacto con todos los aspectos del mundo real “para los cuales no están hechas” porque ellos no están hechos para ellas.

De acuerdo con la lógica habitual del prejuicio desfavorable, la representación masculina puede condenar las capacidades o las incapacidades femeninas que ella misma exige o contribuye a producir. De ese modo observamos que “el mercado de las mujeres no se termina” -son parlanchinas y sobre todo pueden pasarse siete días y siete noches discutiendo sin decidirse- o, para manifestar su acuerdo, las mujeres tienen que decir sí dos veces.

El placer masculino es, por una parte, disfrute del placer femenino, del poder de hacer disfrutar. Es indudable que Catherine MacKinnon acierta al ver en la “simulación del orgasmo”, una demostración ejemplar del poder masculino de conformar la interacción entre los sexos de acuerdo con la visión de los hombres, que esperan del orgasmo femenino una prueba de su virilidad, y el placer asegurado de esta forma suprema de la sumisión.

Si la relación sexual aparece como una relación social de dominación es porque se constituye a través del principio de división fundamental entre lo masculino, activo y lo femenino, pasivo, y ese principio crea, organiza, expresa y dirige el deseo, el deseo masculino como deseo de posesión, como dominación erótica, y el deseo femenino como deseo de la dominación masculina, como subordinación erotizada, o incluso, en su límite, reconocimiento erotizado de la dominación.

Cuando los dominados aplican a lo que les domina unos esquemas que son el producto de la dominación, o, en otras palabras, cuando sus pensamientos y sus percepciones están estructurados de acuerdo con las propias estructuras de la relación de dominación que se les ha impuesto, sus actos de conocimiento son, inevitablemente, unos actos de reconocimiento, de sumisión.

La lógica, esencialmente social, de lo que se llama “vocación” tiene como efecto producir tales encuentro armoniosos entre las disposiciones y las posiciones que hacen que las víctimas de la dominación psicológica puedan realizar dichosamente (en su doble sentido) las tareas subalternas o subordinadas atribuidas a sus virtudes de sumisión, amabilidad, docilidad, entrega y abnegación.

Habría que enumerar todos los caso en que los hombres mejor intencionados (la violencia simbólica, como sabemos, no opera en el orden de las intenciones conscientes) realizan unas acciones discriminatorias, que excluyen a las mujeres, sin siquiera planteárselo, de las posiciones de autoridad, reduciendo sus reivindicaciones a caprichos, merecedoras de una palabra de apaciguamiento o de una palmadita en la mejilla.

El hombre no puede realizar sin rebajarse determinadas tareas domésticas consideradas inferiores (entre otras razones porque no considera que pueda realizarlas), las mismas tareas pueden ser nobles y difíciles cuando son realizadas por unos hombres, o insignificantes e imperceptibles, fáciles y triviales, cuando corren a cargo de las mujeres, como lo recuerda la diferencia que separa al cocinero de la cocinera, al modisto de la modista; basta con que los hombres se apoderen de tareas consideradas femeninas y las realicen fuera de la esfera privada para que se vean ennoblecidas y transfiguradas.

De acuerdo con la ley universal de la adecuación a las esperanza a las posibilidades, de las aspiraciones a las oportunidades, la experiencia prolongada e invisiblemente amputada de un mundo totalmente sexuado tiende a hacer desaparecer, diseminándola, la misma inclinación a realizar los actos que no corresponden a las mujeres, sin tener ni siquiera que rechazarlos.

“Cuanto más me trataban como mujer, en más mujer me convertía. Me adaptaba de grado o a la fuerza. Si me supusieran incapaz de retroceder unos escalones o de abrir unas botellas, sentiría extrañamente, que me estaba volviendo incompetente. Si alguien pensaba que una maleta era demasiado pesada para mí, inexplicablemente, yo también lo consideraría así”.

Para alcanzar plenamente cierta posición, una mujer tendría que poseer no sólo lo que exige explícitamente la descripción del puesto, sino también todo un conjunto de propiedades que sus ocupantes añaden habitualmente al mismo, una estatura física, una voz, o unas disposiciones como la agresividad, la seguridad, la “distancia respecto al papel”, la llamada autoridad natural, etc. para las que los hombres han sido preparados en cuanto que hombres.

Al sentir la necesidad de la mirada de los demás para construirse, las mujeres están constantemente orientadas en su práctica para la evaluación anticipada del precio que su apariencia corporal, su manera de mover el cuerpo y de presentarlo, podrá recibir (de ahí una propensión más o menos clara a la autodenigración y a la asimilación del juicio social bajo la forma de malestar corporal o timidez.

La iglesia, habitada por el profundo antifeminismo de un clero dispuesto a condenar todas las faltas femeninas a la decencia, especialmente en materia de indumentaria, y notoria reproductora de una visión pesimista de las mujeres y de la feminidad, inculca (o inculcaba) explícitamente una moral profamiliar, enteramente dominada por los valores patriarcales, especialmente por el dogma de la inferioridad natural de las mujeres.

Sea cual sea su posición en el espacio social, las mujeres tienen en común su separación de los hombres por un coeficiente simbólico negativa que, al igual que el color de la piel para los negros o cualquier otro signo de pertenencia a un grupo estigmatizado, afecta de manera negativa a todo lo que son y a todo lo que hacen, y está en el principio de un conjunto sistemático de diferencias homólogas.

A través de la experiencia de un orden social “sexualmente” ordenado y los llamamientos explícitos al orden que les dirigen sus padres, sus profesores y sus condiscípulos, dotados a su vez de principios de visión adquiridos en unas experiencias semejantes del mundo, las chicas asimilan, bajo formas de esquemas de percepción y de estimación difícilmente accesibles a la conciencia, los principios de división dominante que les lleven a considerar normal, o incluso natural, el orden social tal cual es y a anticipar de algún modo su destino, rechazando las ramas o las carreras de las que están en cualquier caso excluidas, precipitándose hacia aquellas que, en cualquier caso, están destinadas.

La dominación masculina, que convierte a las mujeres en objetos simbólicos, cuyo ser es un ser percibido, tiene el efecto de colocarlas en un estado permanente de inseguridad corporal o, mejor dicho, de dependencia simbólica. Existen fundamentalmente por y para la mirada de los demás, es decir, en cuanto que objetos acogedores, atractivos, disponibles. Se espera de ellas que sean “femeninas”, es decir, sonrientes, simpáticas, atentas, sumisas, discretas, contenidas, por no decir difuminadas. Y la supuesta “feminidad” sólo es a menudo una forma de complacencia respecto a las expectativas masculinas, reales o supuestas, especialmente en materia de incremente del ego. Consecuentemente, la relación de dependencia respecto a los demás (y no únicamente respecto a los hombres) tiende a convertirse en constitutivo de su ser.

Bourdieu, pierre. La dominación masculina. Madrid: Anagrama. 1996.

El estudio de las obras literarias desde la perspectiva de análisis propuesta por Pierre Bourdieu

4 Feb

A partir de una sólida trayectoria como sociólogo antiintelectual Pierre Bourdieu emprendió el estudio no sólo de algunas comunidades indígenes y del comportamiento de las sociedades actuales, sino que involucró en sus propuestas teóricas y en sus análisis prácticas como la educación, la religión y la política, con el propósito de observarlas a partir de la perspectiva central de su teoría, como campos:

Un campo podría definirse como una red o configuración de relaciones objetivas entre posiciones. Estas posiciones se definen objetivamente en su existencia y en las determinaciones que imponen a sus ocupantes, ya sean agentes o instituciones, por su situación (situs) actual y potencial en la estructura de la distribución de las diferentes especies de poder (o de capital) cuya posesión implica el acceso a las ganancias especificas que están en juego dentro del campo -y de paso, por sus relaciones objetivas con las demás posiciones (dominación, subordinación, homología, etc.) (Bourdieu-Wacquant. 1995: 64).

Para configurar y delimitar un campo determinado a lo largo de un periodo específico de tiempo (ya que quienes lo conforman, desean formar parte y se oponen a éste se hallan en movimiento permanente) es necesario conocer y establecer relaciones con otros conceptos (habitus, capital, apuesta, posición, toma de posición, interés, etc.), materializados a través de las acciones y las reacciones de los agentes o las instituciones que pretenden conservar o modificar el funcionamento interno del campo; estas acciones y reacciones dependen, entre otras cosas, del volumen del capital simbólico (llamado también prestigio, reputación, renombre, etc.), de la toma de posición, de la posición que ocupan en el campo quienes las ejecutan y de los intereses que los motivan a proceder de una manera determinada en un momento específico;

Hay tantos intereses como campos, como espacios de juego históricamente constituidos con sus instituciones específicas y sus leyes de funcionamiento propias; la existencia de un campo especializado y relativamente autónomo es correlativa de la existencia de compromisos y de intereses específicos; a través de las inversiones inseparablemente económicas y psicológicas que suscitan entre los agentes dotados de un cierto habitus, el campo y sus compromisos (ellos mismos producidos como tales por las realizaciones de fuerza y de lucha por transformar las relaciones de fuerza que son constitutivas del campo) producen inversiones de tiempo, de dinero, de trabajo, etc.1 (Bourdieu. 2000: 108).

A lo largo de la configuración y el análisis del modo en que funciona un campo específico es necesario observar y contrastar las características y la manera en que quienes producen, pretenden, o se oponen a producir modificaciones en su interior emplean sus recursos particulares (capital económico, capital cultural, capital simbólico, posición, etc.), los intereses que motivan sus acciones y reacciones, la diferentes especies de capital que han obtenido en luchas anteriores y la naturaleza de las búsquedas que han emprendido; es necesario observar si éstas se orientan hacía la modificación o la conservación del funcionamiento interno del campo -expresado a través de las tomas de posición y en estrecha relación con la posición que ocupan quienes dirigen las acciones y reacciones-, si se orientan hacia la autonomía o la heteronomía en relación con la lógica a partir de la cual funciona el campo estudiado y en relación con otros campos;

Quienes ocupan una posición en el campo intentan, de manera individual o colectiva, salvaguardar o mejorar su posición e imponer el principio de jerarquización más favorable a sus propios productos. Dicho de otra manera, las estrategias de los agentes dependen de su posición en el campo, es decir, de la distribución del capital específico, así como de la percepción que tienen del campo, esto es, desde su punto de vista sobre el campo como vista tomada a partir de un punto dentro del campo (Bourdieu-Wacquant. 1995: 68).

Además de la necesidad de identificar y objetivar las relaciones que se desarrollan en el interior de un campo específico, Bourdieu da gran relevancia a la observación y el análisis del entrecruzamiento entre los diferentes campos, en lucha permanente -interna y externa, con otros campos- con el propósito de conquistar o reafirmar su autonomía.

Para realizar el análisis del campo es necesario pasar por tres momentos fundamentales que se relacionan y se interrelacionan a lo largo del proceso y en el que entran en acción todos los conceptos y la metodología de análisis propuesta por Pierre Bourdieu2:

Primero, hay que analizar la posición del campo en relación con el campo del poder. Así se descubre que el campo literarario, por ejemplo, está incluido en el campo del poder, donde ocupa una posición dominada. Segundo. Es menester establecer la estructura objetiva de las relaciones entre las posiciones ocupadas por los agentes o las instituciones que compiten dentro del campo en cuestión. Tercero. Se deben analizar los habitus de los agentes, los diferentes sistemas de disposiciones que éstos adquieren mediante la interiorización de un tipo determinado de condiciones sociales y económicas y que encuentran, en una trayectoria definida dentro del campo considerado, una oportunidad más o menos favorable de actualizarse (Bourdieu-Wacquant. 1995: 70).

Un aspecto fundamental desarrollado a lo largo de los textos de Pierre Bourdieu tiene que ver con la necesidad del investigador de “objetivar al sujeto objetivante”; quien emprende el estudio de un objeto de análisis debe proyectarse a sí mismo como parte del proceso de investigación; en la medida en que los investigadores “tomen conciencia de lo social dentro de ellos mismos, otorgándose un dominio reflexivo de sus categorías de pensamiento, menos probabilidades tendrán de ser actuados por la exterioridad que habita en ellos” (Bourdieu-Wacquant. 1995: 36).

El campo literario

El campo literario es un campo relativamente autónomo subordinado por el campo del poder, es decir, por “el espacio de las relaciones de fuerza entre agentes o instituciones que tiene en común el poseer el capital necesario para ocupar posiciones dominantes en los diferentes campos (económico y cultural en especial)” (Bourdieu. 1997B: 320). Las obras literarias no serán estudiadas, entonces, como la “creación” que surge de la individualidad de un “autor”, como unidades plenamente significativas concebidas e interpretadas a partir de una lógica interna que se explica sólo a partir de sí misma, sino como apuestas, como “jugadas” realizadas por agentes sociales, motivadas a partir de intereses específicos;

El campo literario es un campo de fuerzas al mismo tiempo que un camino de luchas que tienden a transformar o a conservar la relación de fuerzas establecida: cada uno de los agentes empeña la fuerza (el capital) que adquirió, por las luchas anteriores en las estrategias que dependen, en su orientación, de su posición en las relaciones de fuerza, es decir, de sus capital específico. Concretamente, son por ejemplo las luchas permanentes que oponen las vanguardias siempre renacientes a la vanguardia consagrada… Los recién llegados, que son también los más jóvenes, cuestionan lo que fue opuesto por la revolución precedente, a la ortodoxia anterior… esta discusión incesante se traduce, del lado de las obras, en un proceso de depuración (Bourdieu. 2000: 146).

Para realizar el estudio del campo literario durante un periodo de tiempo específico es necesario considerar no sólo las obras y los escritores que ha tenido éxito, sino que se debe partir del principio de que todas las obras y las actitudes de sus autores surgen como tomas de posición ante algo, ante otras tomas de posición: “los autores condenados por sus fracasos o por sus éxitos conseguidos con malas artes y lisa y llanamente abocados a ser tachados de la historia de la literatura modifican el funcionamiento del campo debido a su existencia misma, y a las reacciones que en él suscitan” (Bourdieu. 1997B: 113).

Los recién llegados -que casi siempre son los más jóvenes- se hallan en movimiento permanente con el fin de ganarse una posición y, de paso, por modificar el funcionamiento interno del campo en la medida en que más los favorezca; se trata de agentes sociales que no tienen todavía ni una posición ni un capital específico que salvaguardar, razón por la cual son los más “desinteresados” y arriesgados. Cuando los recién llegados empiezan a formar parte del campo se proponen crear o respaldar una posición; la intención es entrar en el juego, empezar a apostar y obtener ganancias posteriores:

El envejecimiento de los autores, de las obras o de las escuelas es algo muy distinto del producto de un deslizamiento mecánico hacia el pasado: se engendra en el combate entre aquellos que hicieron época y que luchan por seguir durando, y aquellos que a su vez no pueden hacer época sin remitir al pasado a aquellos a quienes interesa detener el tiempo, eternizar el estado presente; entre los dominantes conformes con la continuidad, la identidad, la reproducción, y los dominados, los nuevos que están entrando y que tienen todas las de ganar con la discontinuidad, la ruptura, la diferencia, la revolución. Hacer época significa indisolublemente hacer existir una posición más allá de las posiciones establecidas, por delante de estas posiciones, en vanguardia (Bourdieu. 1997B: 237).

Lo esencial del análisis de los campos, de la forma en que lo propone Bourdieu a lo largo de su teoría, no debe ser el efecto o la interpretación que las apuestas (materializadas a través del las obras, en el caso de la literatura) de los miembros de un campo determinado provocan en sus usuarios (un escritor individual que se dirige a un lector individual) o el capital simbólico de quienes los constituyen, el modo en que lo han adquirido, sino que es mucho más relevante y revelador observar la manera en que los campos se han constituido, la lógica a partir de la cual funcionan;

Un campo es un sistema estructurado de fuerzas objetivas, una configuración relacional dotada de una gravedad específica capaz de imponerse a todos los objetos y agentes que penetran en ella… cualquier campo refracta las fuerzas externas en función de su estructura interna, lo cual explica por qué los efectos generados dentro de los campos no son ni la mera suma de acciones anárquicas, ni el resultado integrado de una intención concertada… la estructura del juego y no un simple efecto de agregación mecánica, es lo que fundamenta la trascendencia, revelada por los casos de inversión de las intenciones, del efecto objetivo y colectivo de las acciones acumuladas3 (Bourdieu-Wacquant. 1995: 24).

En la configuración y las modificaciones que se generan en el campo literario los críticos y los editores juegan un papel fundamental; la motivación de sus tomas de posición puede estar alentada por pretensiones de transformación o de conservación, pueden promover la autonomía o la heteronomía. Los críticos son, además, los encargados de definir los límites del campo:

Una de las apuestas mayores de las luchas que se desarrollan en el campo literario y artístico es la definición de los límites del campo, es decir la participación legítima en las luchas. Decir de tal o cual corriente, de tal o cual grupo, que “no es poesía”, o “literatura”, es rehusarle la existencia legítima, es excluirla del juego, excomulgarla. Esta exclusión simbólica no es sino el adverso del esfuerzo por imponer una definición de la práctica legítima para constituir un ejemplo, una esencia eterna y universal y una definición histórica de un arte o de un género que corresponde a los intereses específicos de los poseedores de un cierto capital específico (Bourdieu. 2000: 146).

En el estudio del campo literario los escritores no serán concebidos como “partículas mecánicas empujadas por fuerzas externas”, sino como agentes sociales dotados de diferentes especies de capital; “según su trayectoria y la posición que ocupan en el campo en virtud de su dotación de capital (volumen y estructura), propenden a orientarse activamente, ya sea a través de la conservación de la distribución del capital, ya sea a través de la subversión de dicha distribución” (Bourdieu-Wacquant. 1995: 72);

Esto no implica de ninguna manera que los individuos sean puras “ilusiones”, que no existan, sino que la ciencia los construye como agentes, y no como individuos biológicos, actores o sujetos: estos agentes son socialmente constituidos como activos y actuantes en el campo, debido a que poseen las características necesarias para ser eficientes en dicho campo, para producir efectos en él. Más aún, es a través del conocimiento del campo donde ellos están inmersos que podemos captar mejor lo que define su singularidad, su originalidad, su punto de vista como posición (en un campo) a partir de la cual se conforma una visión particular del mundo y del mismo campo (Bourdieu-Wacquant. 1995: 71).

Para Bourdieu está claro que lo que existe en el mundo social son relaciones, no interacciones o vínculos intersubjetivos entre agentes (escritores-lectores), sino “relaciones objetivas que, parafraseando a Marx, existen independientemente de la conciencia y la voluntad de los individuos” (Bourdieu-Wacquant. 1995: 64).

Para emprender el estudio de las obras literarias el analista no debe adoptar una teoría específica sino que ésta debe ser elegida de acuerdo a los requerimientos del objeto de estudio; es necesario deshacerse del “falso problema de lo individual y la estructura, del micro y el macroanálisis… la variedad de métodos empleados debe adecuarse al problema tratado y ser objeto de una reflexión orientada por el mismo movimiento que se aplica para resolver una cuestión en particular” (Bourdieu-Wacquant: 1995: 30), sin llegar al extremo de optar por el “anarquismo epistemológico”;

La naturaleza esencialmente diacrítica de la producción que se realiza en el seno del campo hace que se pueda y se deba leer todo el campo, tanto el campo de las tomas de posición como el campo de las posiciones, en cada obra producida en esas condiciones. Esto implica que todas las oposiciones que se tiene costumbre de hacer entre lo interno y lo externo, la hermenéutica y la sociología, el texto y el contexto, son totalmente ficticias; están destinadas a justificar rechazos sectarios, prejuicios inconscientes (y en particular el aristocratismo del lector que no quiere ensuciarse las manos estudiando la sociología de los productores) o la búsqueda del menor esfuerzo (Bourdieu. 2000: 150).

Notas:

[1] “Los condicionamientos asociados a una clase particular de condiciones de existencia producen habitus, sistemas de disposiciones duraderas y transferibles, estructuras estructuradas predispuestas para funcionar como estructuras estructurantes, es decir, como principios generadores y organizadores de prácticas y representaciones que pueden estar objetivamente adaptadas a su fin sin suponer la búsqueda consciente de fines y el dominio expreso de las operaciones necesarias para alcanzarlos objetivamente… Historia incorporada, naturalizada y, por ello, olvidada como tal historia, el habitus es la presencia activa de todo el pasado del que es producto: es lo que proporciona a las prácticas su independencia relativa en relación con las determinaciones exteriores del presente inmediato. Esta autonomía es la del pasado ya hecho y activo que, funcionando como capital acumulado, produce historia a partir de la historia y asegura así la permanencia en el cambio que hace el agente individual como mundo en el mundo” (Bourdieu. 1991: 92-98). “Una de las funciones de la noción de habitus estriba en dar cuenta de la unidad de estilo que une las prácticas y los bienes de un agente singular o de una clase de agentes… el habitus es ese principio generador y unificador que retraduce los características intrínsecas y relacionales de una posición en un estilo de vida unitario, es decir un conjunto unitario de elección de personas, de bienes y de prácticas” (Bourdieu. 1997A: 108); “siendo producto de la historia es un sistema abierto de disposiciones, enfrentado de continuo a experiencias nuevas y, en consecuencia, afectado sin cesar por ellas: es perdurable mas no inmutable… la mayoría de las personas están estadísticamente destinadas a encontrar circunstancias similares a las cuales originalmente moldearon su habitus; por tanto, a vivir experiencias que vendrán a reforzar sus disposiciones…; es menester concebir el habitus como una especie de resorte en espera de ser soltado… que no opera plenamente sino mediante la inconsciencia, con la complicidad del inconsciente…; si los agentes han de tener alguna oportunidad de convertirse en algo así como “sujetos” ello sólo será en la medida en que dominen de manera consciente la relación que mantienen con sus propias disposiciones, optando por dejarlas “actuar” o, por el contrario, inhibiéndolas…; según los estímulos y la estructura del campo, el mismo habitus puede generar prácticas diferentes e incluso opuestas” (Bourdieu-Wacquant. 1995: 92-94).

[2] Se trata de un método que parte de “una ontología no cartesiana que rehúsa separar u oponer objeto y sujeto, intención y causa, materialidad y representación simbólica. Bourdieu se esfuerza en trascender la reducción mutilante de la sociología, ya sea a una física objetivista de las estructuras materiales, ya sea a una fenomenología constructivista de las formas cognoscitivas, mediante un estructuralismo genético, capaz de englobar una y otra. Lo hace postulando un método consistente en cierta manera de plantear los problemas, así como un parsimonioso conjunto de instrumentos conceptuales que permiten construir objetos y transferir el saber adquirido de un campo de investigación a otro” Löic J.D. Wacquant, en (Bourdueu-Wacquant. 1995: 17).

[3] “En todo momento, el estado de las relaciones de fuerza entre los jugadores es lo que define la estructura del campo. Podemos imaginar que cada jugador tiene, frente a sí, pilas de fichas de diferentes colores, correspondientes a las diferentes especies de capital que posee, de manera que su fuerza relativa en el juego, su posición en el espacio de juego y, asímismo, sus estrategias de juego, sus jugadas, más o menos arriesgadas, más o menos prudentes, más o menos subversivas o conservadoras, dependen del volumen global de sus fichas y de la estructura de las pilas de fichas, al mismo tiempo que del volumen global de la estructura de su capital.

Dos individuos poseedores de un capital global aproximadamente equivalente pueden diferir, tanto en sus posición como en sus tomas de posición por el hecho de que uno tiene (relativamente) mucho capital económico y poco capital cultural (por ejemplo, el propietario de una empresa privada), y el otro, mucho capital cultural y poco capital económico (como un profesor).

Mejor dicho, las estrategias del “jugador” y todo lo que define su “juego” dependen, de hecho, no sólo del volumen y de la estructura de su capital en el momento considerado y de las posibilidades de juego que aquellas le aseguran, sino también de la evolución en el tiempo, del volumen y de la estructura de su capital, es decir, de su trayectoria social y de sus disposiciones (habitus) que son constitutivas de la relación prolongada con cierta estructura objetiva de posibilidades.

Y esto no es todo: los jugadores pueden jugar para incrementar o conservar su capital, sus fichas, conforme a las reglas tácitas del juego y a las necesidades de reproducción tanto del juego como de las apuestas. Sin embargo, también pueden intentar transformar, en parte o en su totalidad, las reglas inmanentes del juego; por ejemplo, cambiar el valor relativo de las fichas, la paridad entre las diferentes especies de capital, mediante estrategias encaminadas a desacreditar la subespecie de capital en el cual descansa la fuerza de sus adversarios (v. gr. el capital económico) y evaluar la especie de capital que ellos poseen en abundancia” (Bourdieu-Wacquant. 1995: 66).

BIBLIOGRAFÍA

Bourdieu, Pierre. Cosas dichas. Barcelona: Gedisa. 2000.

_________ La distinción. Criterios y bases sociales el gusto. Madrid: Taurus. 1998.

_________ La dominación masculina. Barcelona: Anagrama. 1999.

__________ Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción. Barcelona: Anagrama. 1997A.

_________ Las reglas del arte. Barcelona: Anagrama. 1997B.

_________ El sentido práctico. Madrid: Taurus. 1991.

__________Sobre la televisión. Barcelona: Anagrama. 1997C.

__________ Sociología y cultura. México: Grijalbo. 1990.

_________- Wacquant, Loïc J. D. Respuestas. Por una antropología reflexiva. México: Grijalbo. 1995.

© Elsy Rosas 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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