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La obsesión de Emily Dickinson: la muerte y los muertos

9 Feb

El corazón sigue sollozando en su sueño.

El dolor que merece la pena no se va tan rápido.

Cada uno que perdemos se lleva una parte de nosotros.

El temor – como el Morirse, dilata la confianza o la impone.

Las candilejas no pueden mejorar la tumba, sólo la inmortalidad.

Un Hoyuelo en la Tumba Convierte esa feroz Habitación En un Hogar –

Sólo se conoce lo que se pierde. Sólo se posee lo que se destruye.

La vida es una muerte que prolongamos; la muerte es el gozne de la vida.

No recibo cartas de los muertos, y sin embargo, cada día los quiero más.

No sabemos dónde se encuentra, aunque sean tantos los que nos lo dicen.

Es reconfortante reconocer que somos provisionales permanentes, aunque nada más sepamos.

Hasta que el primer amigo muere, creemos impersonal el éxtasis, pero luego descubrimos que él era la copa de la que bebíamos, siendo ella misma aún desconocida.

Madre estaba hermosa cuando murió. Los serafines son artistas solemnes. La iluminación que no viene sino una sola vez, se posó sobre sus facciones y parecía como esconder un cuadro al ponerla en la tumba.

Sueño con mi padre todas las noches, siempre un sueño diferente, y olvido lo que hago durante el día, preguntándome dónde estará. Sin nadie, continúo pensando. ¿Cómo puede ser eso?

Emily Dickinson. Cartas poéticas e íntimas (1859-1886). Barcelona: Grijalbo. 1996. 244 páginas.

Cocteles para todos los gustos después de la muerte

5 Feb

Podría desearse la salvación de la servidumbre política y social y el ingreso, en el futuro, a un reino mesiánico de este mundo.

Se podía desear la salvación de encontrarse contaminado por impurezas rituales y esperar obtener la pura belleza de la existencia psíquica y corporal.

Se podía desear librarse de la prisión en un cuerpo impuro y esperar alcanzar una existencia puramente espiritual.

Se podía desear la salvación del mal radical y de la servidumbre del pecado y esperar la eterna y libre bondad en el seno de un dios padre.

Se podía desear la salvación de la servidumbre del trabajo bajo la determinación astrológicamente concebida de las constelaciones estelares y anhelar la dignidad de la libertad y la participación en el ser de la divinidad oculta.

Se podía desear trascender los límites de lo finito, que se manifiestan en dolor, miseria y muerte y desasirse del amenazante castigo del infierno, y aguardar una eterna beatitud en una vida futura terrenal o paradisíaca.

Se podía desear liberación del ciclo de reencarnaciones y de sus implacables consecuencias por los actos de tiempos pasados y aguardar el logro de una eterna tranquilidad.

Se podía desear emerger de pensamientos y acontecimientos sin sentido y esperar dormir sin soñar.

Max Weber, en Sociología de la religión.

El día del Juicio

4 Feb

¿Quién lee para llegar al final, por deseable que éste sea? ¿Acaso no hay ocupaciones que practicamos porque son buenas en sí mismas, y placeres que son absolutos? ¿Y no está éste entre ellos? A veces he soñado que cuando llegue el Día del Juicio y los grandes conquistadores y abogados y estadistas vayan a recibir sus recompensas -sus coronas, sus laureles, sus nombres grabados indeleblemente en mármol imperecedero-, el Todopoderoso se volverá hacia Pedro y le dirá, no sin cierta envidia cuando nos vea llegar con nuestros libros bajo el brazo: “Mira, ésos no necesitan recompensa. No tenemos nada que darles, han amado la lectura”.

Virginia Woolf, en El lector corriente II.