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Pierre Bourdieu era feminista y era hombre. ¡Increíble!

2 Feb

Yo dije: Andrés es feminista. Yo respeto y adoro a este hombre porque él adora, respeta y reverencia a las mujeres. Me tiene en un merecido pedestal.

Ella dijo: Hombre que le diga que es feminista, una de dos: se la quiere comer o es gay. ATT: Freud y Dios.

Yo dije: Mira, Pierre Bourdieu es feminista. Increíble que sea un hombre quien tenga que decir esto:

 

Las armas del débil son siempre armas débiles.

Se dice del pene que es el único macho que incuba dos huevos.

“Para muchas mujeres, un estatuto dominante de los hombres es excitante”.

Pensemos en los pasitos rápidos de algunas muchachas con pantalones y zapatos planos.

La fuerza del orden masculino se descubre en el hecho de que prescinde de cualquier justificación.

La familia es la que asume sin duda el papel principal en la reproducción de la dominación y de la visión masculinas.

El acto sexual en sí mismo está pensado en función del principio de la primacía de la masculinidad.

Lo típico de los dominadores es ser capaces de hacer que se reconozca como universal su manera de ser particular.

Encima o debajo, activo o pasivo, estas alternativas paralelas describen el acto sexual como una relación de dominación.

La visión androcéntrica se impone como neutra y no siente la necesidad de enunciarse en unos discursos capaces de legitimarla.

El orden social funciona como una inmensa máquina simbólica que tiende a ratificar la dominación masculina en la que se apoya.

Si las mujeres son especialmente propensas al amor llamado romántico, se debe sin duda, por una parte, a que están especialmente interesadas en ello.

Cualquier oficio, sea cual sea, se ve en cierto modo cualificado por el hecho de ser realizado por los hombres (que, desde ese punto de vista, son todos, por definición, de calidad).

El principio de visión de dominante no es una simple representación mental, un fantasma (“unas ideas en la cabeza”), una “ideología”, sino un sistema de estructuras establemente inscritas en las cosas y en los cuerpos.

Al estar la mujer constituida como una identidad negativa, definida únicamente por defecto, sus virtudes sólo pueden afirmarse en una doble negación, como vicio negado o superado, o como mal menor.

Inscrito en las cosas el orden masculino se inscribe también en los cuerpos a través de las conminaciones tácitas implicadas en las rutinas de la división del trabajo o de los rituales colectivos o privados.

Las mujeres son capaces de hablar de su marido con mucho detalle, mientras que los hombres sólo pueden describir a su mujer a través de estereotipos muy generales, válidos para “las mujeres en general”.

A los ojos de los hombres, las mujeres que, rompiendo la relación tácita de disponibilidad, se reapropian en cierto modo de su imagen corporal, y con ello, de su cuerpo, aparecen como no “femenina”, prácticamente como lesbiana.

Al estar simbólicamente destinadas a la resignación y a la discreción, las mujeres sólo pueden ejercer algún poder dirigiendo contra el fuerte su propia fuerza o accediendo a difuminarse y, en cualquier caso, negar un poder que ellas sólo pueden ejercer por delegación (como eminencias grises).

Las mujeres francesas manifiestan, en una amplísima mayoría, que desean tener una pareja de mayor edad y también, de manera muy coherente, de mayor altura física, y dos terceras partes de ellas llegan a rechazar explícitamente a un hombre más bajo.

Todo, en la génesis del hábito femenino y en las condiciones sociales de su actualización, contribuye a hacer de la experiencia femenina del cuerpo el límite de la experiencia universal del cuerpo-para-otro, incesantemente expuesta a la objetividad operada por la mirada y el discurso de los otros.

A los que puedan objetar que muchas mujeres han roto actualmente con las normas y las formalidades tradicionales del pudor y verían en el espacio que dejan a la exhibición controlada del cuerpo un indicio de “liberación” basta con indicarles que esta utilización del propio cuerpo permanece evidentemente subordinada al punto de vista masculino.

Forma especial de la peculiar lucidez de los dominados, la llamada “intuición femenina” es, en nuestro propio universo, inseparable de la sumisión objetiva y subjetiva que estimula u obliga a la atención y a las atenciones, a la vigilancia y a la atención necesarias para adelantarse a los deseos o presentir los disgustos.

Los hombres (y las propias mujeres) no pueden ver que la lógica de la relación de dominación es la que consigue imponer e inculcar a las mujeres, en la misma medida que las virtudes dictadas por la moral, todas las propiedades negativas que la visión dominante imputa a su naturaleza, como la astusia, o por tomar una característica más favorable, la intuición.

El cuerpo tiene su parte delantera, lugar de diferencia sexual, y su parte trasera, sexualidad indiferencia, y potencialmente femenina, es decir, pasiva, sometida, como lo recuerdan, mediante el gesto o palabra, los insultos mediterráneos (especialmente el famoso “corte de mangas”) contra la homosexualidad.

La diferencia biológica entre los sexos, es decir, entre los cuerpos masculino y femenino, y muy especialmente, la diferencia anatómica entre los órganos sexuales, puede aparecer de ese modo como la justificación natural de la diferencia socialmente establecida entre los sexos, y en especial de la división sexual del trabajo.

La misma protección “caballeresca”, además de que puede llevar a su confinamiento o servir para justificarla, puede contribuir también a mantener a las mujeres al margen de cualquier contacto con todos los aspectos del mundo real “para los cuales no están hechas” porque ellos no están hechos para ellas.

De acuerdo con la lógica habitual del prejuicio desfavorable, la representación masculina puede condenar las capacidades o las incapacidades femeninas que ella misma exige o contribuye a producir. De ese modo observamos que “el mercado de las mujeres no se termina” -son parlanchinas y sobre todo pueden pasarse siete días y siete noches discutiendo sin decidirse- o, para manifestar su acuerdo, las mujeres tienen que decir sí dos veces.

El placer masculino es, por una parte, disfrute del placer femenino, del poder de hacer disfrutar. Es indudable que Catherine MacKinnon acierta al ver en la “simulación del orgasmo”, una demostración ejemplar del poder masculino de conformar la interacción entre los sexos de acuerdo con la visión de los hombres, que esperan del orgasmo femenino una prueba de su virilidad, y el placer asegurado de esta forma suprema de la sumisión.

Si la relación sexual aparece como una relación social de dominación es porque se constituye a través del principio de división fundamental entre lo masculino, activo y lo femenino, pasivo, y ese principio crea, organiza, expresa y dirige el deseo, el deseo masculino como deseo de posesión, como dominación erótica, y el deseo femenino como deseo de la dominación masculina, como subordinación erotizada, o incluso, en su límite, reconocimiento erotizado de la dominación.

Cuando los dominados aplican a lo que les domina unos esquemas que son el producto de la dominación, o, en otras palabras, cuando sus pensamientos y sus percepciones están estructurados de acuerdo con las propias estructuras de la relación de dominación que se les ha impuesto, sus actos de conocimiento son, inevitablemente, unos actos de reconocimiento, de sumisión.

La lógica, esencialmente social, de lo que se llama “vocación” tiene como efecto producir tales encuentro armoniosos entre las disposiciones y las posiciones que hacen que las víctimas de la dominación psicológica puedan realizar dichosamente (en su doble sentido) las tareas subalternas o subordinadas atribuidas a sus virtudes de sumisión, amabilidad, docilidad, entrega y abnegación.

Habría que enumerar todos los caso en que los hombres mejor intencionados (la violencia simbólica, como sabemos, no opera en el orden de las intenciones conscientes) realizan unas acciones discriminatorias, que excluyen a las mujeres, sin siquiera planteárselo, de las posiciones de autoridad, reduciendo sus reivindicaciones a caprichos, merecedoras de una palabra de apaciguamiento o de una palmadita en la mejilla.

El hombre no puede realizar sin rebajarse determinadas tareas domésticas consideradas inferiores (entre otras razones porque no considera que pueda realizarlas), las mismas tareas pueden ser nobles y difíciles cuando son realizadas por unos hombres, o insignificantes e imperceptibles, fáciles y triviales, cuando corren a cargo de las mujeres, como lo recuerda la diferencia que separa al cocinero de la cocinera, al modisto de la modista; basta con que los hombres se apoderen de tareas consideradas femeninas y las realicen fuera de la esfera privada para que se vean ennoblecidas y transfiguradas.

De acuerdo con la ley universal de la adecuación a las esperanza a las posibilidades, de las aspiraciones a las oportunidades, la experiencia prolongada e invisiblemente amputada de un mundo totalmente sexuado tiende a hacer desaparecer, diseminándola, la misma inclinación a realizar los actos que no corresponden a las mujeres, sin tener ni siquiera que rechazarlos.

“Cuanto más me trataban como mujer, en más mujer me convertía. Me adaptaba de grado o a la fuerza. Si me supusieran incapaz de retroceder unos escalones o de abrir unas botellas, sentiría extrañamente, que me estaba volviendo incompetente. Si alguien pensaba que una maleta era demasiado pesada para mí, inexplicablemente, yo también lo consideraría así”.

Para alcanzar plenamente cierta posición, una mujer tendría que poseer no sólo lo que exige explícitamente la descripción del puesto, sino también todo un conjunto de propiedades que sus ocupantes añaden habitualmente al mismo, una estatura física, una voz, o unas disposiciones como la agresividad, la seguridad, la “distancia respecto al papel”, la llamada autoridad natural, etc. para las que los hombres han sido preparados en cuanto que hombres.

Al sentir la necesidad de la mirada de los demás para construirse, las mujeres están constantemente orientadas en su práctica para la evaluación anticipada del precio que su apariencia corporal, su manera de mover el cuerpo y de presentarlo, podrá recibir (de ahí una propensión más o menos clara a la autodenigración y a la asimilación del juicio social bajo la forma de malestar corporal o timidez.

La iglesia, habitada por el profundo antifeminismo de un clero dispuesto a condenar todas las faltas femeninas a la decencia, especialmente en materia de indumentaria, y notoria reproductora de una visión pesimista de las mujeres y de la feminidad, inculca (o inculcaba) explícitamente una moral profamiliar, enteramente dominada por los valores patriarcales, especialmente por el dogma de la inferioridad natural de las mujeres.

Sea cual sea su posición en el espacio social, las mujeres tienen en común su separación de los hombres por un coeficiente simbólico negativa que, al igual que el color de la piel para los negros o cualquier otro signo de pertenencia a un grupo estigmatizado, afecta de manera negativa a todo lo que son y a todo lo que hacen, y está en el principio de un conjunto sistemático de diferencias homólogas.

A través de la experiencia de un orden social “sexualmente” ordenado y los llamamientos explícitos al orden que les dirigen sus padres, sus profesores y sus condiscípulos, dotados a su vez de principios de visión adquiridos en unas experiencias semejantes del mundo, las chicas asimilan, bajo formas de esquemas de percepción y de estimación difícilmente accesibles a la conciencia, los principios de división dominante que les lleven a considerar normal, o incluso natural, el orden social tal cual es y a anticipar de algún modo su destino, rechazando las ramas o las carreras de las que están en cualquier caso excluidas, precipitándose hacia aquellas que, en cualquier caso, están destinadas.

La dominación masculina, que convierte a las mujeres en objetos simbólicos, cuyo ser es un ser percibido, tiene el efecto de colocarlas en un estado permanente de inseguridad corporal o, mejor dicho, de dependencia simbólica. Existen fundamentalmente por y para la mirada de los demás, es decir, en cuanto que objetos acogedores, atractivos, disponibles. Se espera de ellas que sean “femeninas”, es decir, sonrientes, simpáticas, atentas, sumisas, discretas, contenidas, por no decir difuminadas. Y la supuesta “feminidad” sólo es a menudo una forma de complacencia respecto a las expectativas masculinas, reales o supuestas, especialmente en materia de incremente del ego. Consecuentemente, la relación de dependencia respecto a los demás (y no únicamente respecto a los hombres) tiende a convertirse en constitutivo de su ser.

Bourdieu, pierre. La dominación masculina. Madrid: Anagrama. 1996.

Matrimonio y presión social

18 Nov

Hasta los 42 años viví sola y el hecho de vivir sola formaba parte de mi plan de vida: era una mujer emancipada, había leído todos los tratados de la feminista elegante, sabía lo que hacía y me sentía bien pensando en el pasado y en el futuro. Estaba orgullosa de mi inteligencia y de mi carácter para tomar decisiones de tal envergadura en una asquerosa sociedad en la que todavía se considera que la mejor carrera para una mujer sigue siendo el matrimonio y la maternidad.

Antes de los treinta la presión más fuerte de parte de mi prójimo consistía en convencerme de que tuviera un hijo, aunque sea un hijo en vista de que no desea un hombre. Una mujer sola parece no valer nada ante la mirada de mucha gente.

En vista de que me negaba a ser una devota esposa, podría darme el lujo de tener un hijo, de realizarme como mujer, de ser una madre ejemplar, una hermosa madre cabeza de hogar que sacrificó su vida y su juventud por amor, por sacar a su hijo adelante, sola. ¡Pobrecita! 

Voy a cumplir dos años durmiendo todas las noches con un hombre al lado, no permanecemos como siameses porque él tiene su vida y yo tengo la mía, no me cuida ni me protege porque no necesito que me cuiden ni me protejan puesto que no tengo problemas de déficit cognitivo, porque trabajo y tengo definido el rumbo de mi vida desde hace mucho tiempo.

¡Pero qué peso tan grande me quité de encima sólo por dormir todas las noches con un hombre al lado!

Mi familia ha dejado de llamarme por teléfono y ahora son más escasas las invitaciones para divertir a la tía. Si la tía no iba a algún festejo lo tomaban como que la tía es un poco amargada; si la tía se divertía más de la cuenta debe ser porque su vida es tan miserable que se pasa de divertida cuando se reúnen con ella.

Los vecinos también me tratan con más respeto ahora, las señoras casadas han dejado de mirarme con recelo y los señores han dejado de mirarme con mirada pícara de soltera sin compromiso. De mujer necesitada de macho para que la caliente en estas noches tan frías.

Pero lo más cómodo de mi nuevo estado es la reacción de los lectores en Twitter. Hace dos años casi todo lo que escribía, el tono en que lo escribía se debía a que vivía sola, así interpretaban mi supuesta agresividad. Lo del novio es irrelevante: una mujer de 42 años no debe tener novio sino esposo o “compañero sentimental”, novio no, si tiene novio sigue siendo solterona. Por tener 42 años y vivir sola se daba por hecho que era depresiva, amargada, loca, sola, sin vida sexual, con dos o más gatos y muchas matas para consentir… Nada de eso es cierto, mi vida es más o menos igual a  la de hace dos años, la gran diferencia consiste en que jugamos a la casita con Andrés y ha sido muy divertido, no es nada serio porque aquí no hay niños que le puedan poner seriedad, no somos una familia feliz. 

Andrés y yo hemos sigo testigos de los dos tipos de trato durante nueve años. El ha estado ahí viendo cómo él es neutro, él no existe, él sólo es un hombre y su condición no cambia si está solo, si tiene novio, si vive con una mujer y si tiene gato. Pero una mujer de 42 años sin marido es un asunto muy particular.

Dos años de convivencia con un hombre me han puesto a pensar en la presión social tan fuerte que tienen las mujeres, en el sentimiento de valía que recae sobre ellas a partir de su estado civil. No importa si una mujer se siente bien estando casada o si se siente bien compartiendo su vida con un hombre, lo que importa es que viva con un hombre. Parece que no importara nada más.

Andrés es un hombre bueno, dulce y noble. No es celoso, agresivo, infiel, alcohólico ni depresivo. No afecta mi vida personal ni intelectual de ninguna manera y eso es maravilloso. Pero pienso en todas las mujeres que soportan hombres desagradables y malos, agresivos y machistas, hombres que saben que viven con mujeres que soportan todo tipo de malos tratos y saben que las mujeres soportarán hasta el último momento porque es más respetable una mujer con un hombre que una mujer sola, aunque la mujer sola viva en las mejores condiciones, aunque se sienta muy bien viviendo sola y no tenga necesidad de justificarlo.

¿Por qué es así de triste la vida?

¿Qué es la mujer desde la perspectiva del hombre?

3 Nov

Un mal necesario.

Un hombre inferior.

El Satán del hombre.

Un hombre más blando.

Una esfinge sin secretos.

La confusión del hombre.

El lugar de la mujer es la cocina.

El lugar de la mujer es el dormitorio.

Un animal al que le encantan los adornos.

Si las esposas fueran buenas Dios tendría una.

Es casta la que nunca se ha preguntado si lo es.

El silencio da a las mujeres la gracia apropiada.

Las mujeres, en el mejor de los casos, son malas.

Que una mujer estudie indica confusión en el reino.

La mujer llora antes de la boda y el hombre después.

Las mujeres y los elefantes jamás olvidan un agravio.

Es mejor ser macho por un día que hembra por diez.

En ausencia de hombres, todas las mujeres son castas.

Hay muchas mujeres buenas, pero todas están muertas.

Educar a una mujer es como darle un cuchillo a un mono.

Las mujeres malas fastidian; las mujeres buenas aburren.

El hombre que confía en una mujer confía en un estafador.

Bandejas de plata en las que ponemos manzanas de oro.

Vale más la maldad del hombre que la bondad de la mujer.

Las mujeres, en su mayoría, son un ganado de difícil manejo.

Si no eres un hombre, no eres más que un cero a la izquierda.

El que cuenta noticias a su esposa es que está recién casado.

Es ley natural que la mujer esté sometida al dominio del hombre.

Las mujeres y los pollos se pierden deambulando de casa en casa.

Gracias, Señor, porque no me has creado pagano, esclavo o mujer.

Una mujer, un asno y un nogal dan más fruto cuanto más les pegas.

Una mujer es como un caballo: el que puede manejarla es su amo.

La mujer está hecha para el hombre, el hombre está hecho para la vida.

Un caballero es quien se quita el sombrero antes de golpear a su esposa.

Una mujer no es más que un animal, y no un animal del orden más elevado.

Un cordero blanco como la leche que pide con su balidos la protección del hombre.

Una mujer que silba y una gallina que cacarea no sirven ni para Dios ni para los hombres.

Lo que se busca es una esposa, como en un perro, es la reproducción de la raza.

Una mujer no es una persona, de la misma manera que un pollo no es un pájaro.

En el hombre los pecados mortales son veniales; en la mujer los pecados veniales son mortales.

Una esposa que espera tener buena reputación está siempre en casa, como si fuera paralítica.

Las almas de las mujeres son tan pequeñas que según algunos carecen por completo de alma.

El hombre es el mundo entero y el aliento de Dios; la mujer es la costilla y el fragmento torcido del hombre.

Unos hombres se entregan al placer y otros a su profesión, pero en el fondo de toda mujer hay una libertina.

La diferencia principal entre las mujeres llamadas decentes y las putas es que estas últimas son menos deshonestas.

Las niñas empiezan a hablar y a tenerse en pie antes que los chicos porque los hierbajos siempre crecen más de prisa que los buenos cultivos.

A toda mujer le encanta la idea de un jeque que se la lleva en su caballo blanco y la viola en su tienda. Es un instinto femenino básico.

Toda mujer preferiría ser hombre, de la misma manera que todo infeliz deforme preferiría estar intacto y ser hermoso, y todo idiota y necio preferiría ser instruido y sabio.

El hombre puede obtener una experiencia de Dios; la mujer sólo puede obtenerla a través del hombre. Por lo tanto, cada mujer debería tratar a su marido como a Dios.

Un animal que suele vivir en la proximidad del hombre y tiene una susceptibilidad rudimentaria a la domesticación… la mujer es ágil y de movimientos airosos, es omnívora y se le puede enseñar a callarse.

Tomado de:

La inferioridad natural de la mujer. Tama Starr. Buenos Aires. Alcor. 1993. 222 páginas.

Sexualidad femenina según cien mujeres típicas de la revista SoHo

15 Sep

La revista SoHo es la revista que se merecen los colombianos “cultos” y con “clase”, es una revista para lectores ignorantes, deseosos de consumir las grandes marcas aunque sea con los ojos. El lector que se configura en esa revista  es alguien  seguro de que allí publican los grandes cronistas colombianos, por ejemplo Alberto Salcedo Ramos, quien destroza, por ejemplo, a Silvestre Dangond. Allí también se consagran como humoristas los mejores tuiteros de Colombia, que son los mismos diez periodistas que publican en casi todas las revistas “culturales” y de farándula, porque de algo tienen que sobrevivir.

El gancho son las mujeres y la mujer ideal es tetona y culona, con cara de puta o con cara de ángel. Por allí pasan las mujeres que quieren ser recordadas porque fueron modelos, presentadoras, actrices… o simplemente porque la revista SoHo es la mejor pasarela para conseguir el novio o el amante que configura  a través de la publicidad y las “crónicas” que allí se presentan. El lector ideal es un hombre “con clase”, es decir con el dinero suficiente para conquistar a una de estas princesas y la princesa considera que “buen gusto” es sinónimo  de cuánto pagó el traqueto por el cuarto donde sació sus fantasías con la princesa.

La revista siempre presenta consejos para conquistar mujeres, lecciones para hombres deseosos de tener sexo con  esas mujeres, con el tipo de mujeres que posan para la revista SoHo: qué comprarle,  a dónde llevarla, qué decirle, cómo hacerle sentir que vale la pena quitarse la ropa después de tantas atenciones.

Y como es una revista para hombres convocan cada cierto tiempo a las mujeres que han pasado por allí, a las más deseadas, para que hablen de sexo con descaro, como las putas que quieren representar a través del cuerpo y del discurso.

En el último número contactaron a cien (todas para casarse) y les hicieron cien preguntas sobre “todo” lo que piensan de los hombres.  Hoy nos vamos a ocupar de ese esperpento. Vamos a analizar algunas respuestas y vamos a hacer algunos contrastes.

1) La colonia para hombre que más le gusta a las mujeres: Giorgio Armani, Hugo Boss, Chanel, Carolina Herrera…. Estas muchachas saben de colonias “finas” para hombres. Esas mismas mujeres sofisticadas se expresan de esta manera: “me encantan los hombres con tatuajes, eso sí, nada de Bart Simpson o tribales boleta”. La autora de esa respuesta tan elaborada es Sylvana Gómez. No me imagino a esta niña usando la palabra boleta mientras degusta el “mejor vino” en el “mejor restaurante” antes de ir al mejor motel con su amante de turno. No olvidemos que cuando Sylvana se desnudó en la revista nos confesó que es putísima de corazón.

2) Uno de los asuntos más trascendentales discutidos en casi todos los números de la revista SoHo es el vello, el femenino y el masculino. Hay varias preguntas sobre la importancia de este detalle tan trascendental para la puta bien preparada. La conclusión de la princesa depilada siempre lista para satisfacer es contundente: “¿Uno tiene que sacrificarse cada 15 días haciéndose la cera, y el man pretende que a uno le guste eso al natural? ¡Guácala!”. Esta respuesta es menos elegante que la de Sylvana y deja ver a una mujer que lucha por sus derechos, pero son unos derechos muy estúpidos, ella quiere que el hombre esté al nivel de ella para satisfacer un deseo elemental: el sexo. Esta puta fina usa la horrorosa palabra man y la horrible expresión guácala. Lástima el vino, la colonia, el restaurante… con esta princesa tan poco sofisticada.

3) Le preguntaron a las cien princesas cuál es el peor defecto de personalidad que puede tener un hombre y la respuesta más frecuente fue tacaño o líchigo. Era de esperarse, estas damas, que son las mismas de los programas de mujeres en W radio y en Blu Radio trabajan pero exigen que los hombres derrochen con ellas porque es la única forma de conquistarlas. ¡asqueroso por donde se mire! Todavía siguen viendo el sexo como un intercambio, como un sacrificio que la mujer hace después de que el hombre se ha esforzado mucho o ha invertido lo suficiente para que merezca el premio. Se jactan de ser las putas más rebeldes -bestias depiladas hambrientas de sexo- pero sólo son mujeres interesadas en hacerse pagar, en cobrar por los servicios sexuales. Tiene que valer la pena el dolor padecido durante la cera.

4) El 78% de las princesas saldrían con un hombre feo. Conclusión: lo único que les importa es el dinero y los objetos que puedan recibir de estos hombres. ¿Qué tiene de excitante un hombre feo depilado y con olor a colonia cara? Es más asqueroso que un hombre común que huele a jabón.

5) No les importa que el hombre de turno sea calvo, muy gordo o muy delgado. Las princesas no hablan de sentimientos pero el cuerpo tampoco es que les importe. Como en Colombia la mayoría de los hombres soy feos, enanos, sin gracia… ellas se conforman con estos hombres desagradables, lo importante es que paguen la cuenta en “un buen sitio” y nada más. ¿Por qué quieren ver depilados a estos esperpentos?

6) ¿Cuál marca de reloj le gusta que tenga un hombre? Rolex, Tag Heuer, Tissot, Swatch, Cartier.

7) Al 88% de las princesas les gustan los hombres caballerosos, es decir, los que pagan la cuenta.

8) El 68% de las princesas saldrían con un hombre mucho mayor que ella, para que paguen la cuenta.

9) Las preguntas relacionadas con sexo son las que más delatan a las princesas. Al 80% les gustan los juguetes sexuales, al 73% les gustan las parejas bastante recorridas,  el 83% han fingido orgasmos, el 23% han tenido sexo con más de 21 hombres, al 69% le gustaría un trío con dos hombres, pero sólo al  19% les gusta el sexo anal. Estas princesas quieren parecer recorridísimas, putísimas… pero la pregunta que uno se hace es: ¿con tanta juguetería, con tantos amantes, con dos hombres disponibles sueñan con un trío para que cada hombre le succione en simultánea cada uno una teta?

Conclusión: o las princesas son muy brutas, burdas, machistas, estúpidas, interesadas, mentirosas o, bien, modificaron algunas respuestas de las princesas para que éstas coincidieran con las políticas de la revista.

Margarita Posada: una puta vieja

23 Feb

Para expresar lo que me inspira Margarita Posada es preciso que hable antes de mí cuando era joven: tenía tetas grandes y culo abundante, tanto que ningún hombre podía creer que fuera bogotana.  Esas tetas y ese culo no eran mi carta de presentación, jamás le di gracias a Dios, a mi madre, a la naturaleza ni a la genética por haberme hecho tetona y culona. Al contrario, esos “atributos” me hacían sentir incómoda porque atraía miradas de hombres que pensaban en sexo y sólo en sexo. Mientras ellos pensaban en sexo y sólo en sexo yo buscaba la manera de que ellos hablaran conmigo porque la idea de usar esas cualidades para buscar amor, dinero, placer o ser portada en la revista SoHo para recordar a los cincuenta que fui tetona y culona, jamás formó parte de mi  perspectiva de futuro.

Mientras los hombres pensaban en sexo cuando me veían yo sólo deseaba ser mayor para que dejaran de mirarme, de desearme y de decírmelo (los piropos siempre me han parecido agresivos, no entiendo por qué Camila Zuluaga dice que cuando le dicen algo bonito ella lo agradece).

Como yo era inteligente  sabía que las tetas y el culo son atributos para atraer machos deseosos de aparearse con la hembra, me sentía triste porque no quería sentirme deseada, sólo quería hablar, me gustaba cuando me decían que les gustaba mi voz,  mi forma de caminar o mi forma de pensar; me gustaba cuando me decían que era una persona difícil de olvidar,  única porque era auténtica, porque no medía las palabras antes de pronunciarlas, una persona seria con risa de niña.

Margarita Posada también tuvo tetas y culo grande, ahora tiene las tetas más grandes que antes porque se sometió a una cirugía estética; también se están definiendo en su rostro  marcas de mujer vieja, de mujer vivida,  se nota que ha comido muchas vergas, a ella le fascina decir que le fascinan las vergas en casi todas las crónicas sobre su vida sexual que publica en la revista SoHo. Ella sospecha que comer muchas vergas la hace ver más mujer, más definida en su condición de heterosexual.

Margarita Posada es una mujer despreciable, más despreciable desde cuando narró su experiencia en Biancas, un bar de lesbianas que cerró sus puertas pocos días después de que ella fuera a reírse de las mujeres que frecuentaban ese sitio porque no parecían mujeres.  Mientras desprecia el sitio, las mujeres, la música, la forma de bailar, resalta lo maravilloso que es ser una mujer como ella -una mujer tetona y culona-. De tanto ver mujeres que parecen hombres  termina antojada de verga, ese es el resumen de su trabajo periodístico para una de las revistas más prestigiosas de Colombia.

Nuestra comedora compulsiva de vergas también es escritora de novelas, trabaja en radio y participa en tertulias de todo tipo; hace poco, en un foro organizado por la revista Semana, le pidieron que explicara por qué se desnuda en SoHo, si este hecho la pone en una situación de minusvalía, de objeto, de pedazo de carne para exhibir. Ella, con las cualidades intelectuales que la caracterizan respondió con un enfático: “Me desnudo en la revista SoHo porque quiero, puedo y no me da miedo”.

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