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Del inconveniente de haber nacido

30 May

¿El ser ideal? Un ángel devastado por el humor.

La verdadera poesía no tiene nada que ver con la “poesía”.

Perdimos al nacer lo mismo que perdemos al morir. Todo.

Regla de oro: dejar una imagen incompleta de sí mismo.

Sólo tiene convicciones quien no ha profundizado en nada.

El arte de combinar autoridad e indiferencia, rigor y descuido.

Mi misión es sufrir por todos aquellos que sufren sin saberlo.

Toda amistad es un drama oculto, una serie de heridas sutiles.

Aquellos a quienes amamos, difícilmente brillan en nuestros sueños.

El placer de calumniarse vale mucho más que el de ser calumniado.

Los sueños son engañosos; cagarse en la cama, eso es lo verdadero.

El tiempo vacío de la meditación es, en realidad, el único tiempo lleno.

El hombre siempre ha pensado que se encontraba en el umbral de lo peor.

Dios es lo sobreviviente a la evidencia de que nada merece ser pensado.

Mi existencia se me presenta como la degradación y el desgaste de un salmo.

Repetirse es demostrar que uno cree aún en sí mismo, en lo que ha sostenido.

Cualquier logro, en cualquier orden, trae consigo un empobrecimiento interior.

Mi visión del futuro es tan precisa, que si tuviera hijos, los estrangularía en el acto.

Uno debe ponerse del lado de los oprimidos, incluso cuando están equivocados.

Sin una buena dosis de ferocidad no se podría llevar un pensamiento hasta el fin.

Aniquilar da un sentimiento de poder y halaga algo oscuro, original, en nosotros.

Fusión entre la resignación y el éxtasis, entre el estoico frío y un místico descabellado.

La poesía excluye cálculo y premeditación: es inconclusión, presentimiento, abismo.

Es obvio que Dios no era la solución y que nunca se encontrará otra igualmente satisfactoria.

Querer dominar, representar un papel, hacer la ley, comporta una fuerte dosis de estupidez.

Dios: una enfermedad de la que nos creemos curados porque ya nadie muere por su causa.

La ambición se encuentra en todo, se ven incluso sus huellas en los rostros de los muertos.

Llegar a no tener a qué renunciar. Ese debería ser el sueño de todo espíritu desengañado.

“Comete usted un error al contar conmigo”. ¿Quién podría hablar así? Dios y el Fracasado.

Hay que sufrir hasta el final, hasta el momento en que se deja de creer en el sufrimiento.

El último paso hacia la indiferencia es la destrucción de la idea misma de indiferencia.

Uno debería conformarse con un solo idioma y profundizar cada vez más en su conocimiento.

Lo único que debería enseñársele a los jóvenes es que no hay nada o casi nada que esperar de la vida.

Caminar en un bosque entre dos hileras de helechos transfigurados por el otoño; eso es un triunfo.

Para vencer la perturbación o una inquietud tenaz no hay nada como imaginar el propio entierro.

El antídoto del aburrimiento es el miedo. Es menester que el remedio sea más fuerte que el mal.

El sufrimiento abre los ojos, ayuda a mirar las cosas de otra forma que no hubiésemos percibido.

La única manera de encaminarse hacia lo universal es ocuparnos únicamente de lo que nos atañe.

Aprender a no dejar huellas es una guerra de cada instante que libramos contra nosotros mismos.

En lo más íntimo de sí mismo el hombre aspira a alcanzar la condición que tenía antes de la conciencia.

No es el temor de emprender algo , sino el temor de conseguirlo lo que explica más de un fracaso.

No es la desgracia, sino la felicidad, la felicidad insolente, la que conduce al tono agrio y al sarcasmo.

Después de ciertas experiencias deberíamos cambiar de nombre, puesto que ya no somos el mismo.

Destrucción y estallido de la sintaxis, victoria de la ambigüedad y del poco más o menos. Muy bien.

En una obra de psiquiatría sólo me interesa lo que dicen los enfermos; en un libro de crítica, las citas.

Poder vivir sin ninguna ambición. Me constriño a ello. Pero este hecho tiene ya que ver con la ambición.

Cuando hemos puesto a alguien muy alto, se nos hace más asequible en cuanto comete un acto indigno.

No es construyendo sino pulverizando como podemos adivinar las satisfacciones secretas de un dios.

Seguramente la existencia tuvo algún atractivo antes del advenimiento del ruido, digamos antes del neolítico.

Desde el momento en que uno se identifica enteramente con su propio ser, uno reacciona como Dios, es Dios.

Los monos que viven en grupo rechazan a aquellos que han tenido de alguna manera contacto con los humanos.

Si me apegara a mis convicciones más íntimas, dejaría de manifestarme, de reaccionar de cualquier manera.

Si lo propio del sabio es no hacer nada inútil, nadie me ganará en sabiduría: ni siquiera me rebajo a hacer cosas útiles.

Un escritor no nos marca porque lo hayamos leído mucho, sino porque hemos pensado en él más de la cuenta.

El hombre acepta la muerte pero no la hora de su muerte. Morir cuando sea, salvo cuando haya que morir.

No se crea una obra sin apegarse a ella, sin convertirse en su esclavo. Escribir es el acto menos ascético que existe.

En cuanto uno se recuesta, el tiempo deja de fluir y de tener importancia. La historia es el producto de una raza en pie.

El tormento metafísico se sitúa mucho antes de esa insipidez universal que sigue al advenimiento de la Filosofía.

Gritar no tiene sentido más que en un universo creado. Si no hay creador, ¿qué sentido tiene llamar la atención de sí?

Aunque haya entrado en su fase de sobreviviente, se agita como si estuviese en el umbral de una carrera maravillosa.

He sobrepasado el nivel en el que los seres importan y no veo ninguno razón para luchar en los mundos conocidos.

Para un escritor, charlar con una portera es mucho más provechoso que conversar con un sabio en una lengua extranjera.

Con el tiempo, ya nada es bueno ni malo. El historiador que se pone a juzgar el pasado, hace periodismo en otro siglo.

Es un privilegio vivir en conflicto con la propia época . En todo momento uno es consciente de no ser como los demás.

Cuando se ha cometido la locura de confiarle a alguien un secreto, la única forma de saber que lo guardará es matarlo de inmediato.

La ventaja no desdeñable de haber odiado mucho tiempo a los hombres es la de llegar a soportarlos por agotamiento de ese mismo odio.

Para el ansioso no hay diferencia entre éxito y fracaso. Su reacción frente a ambos es la misma. Los dos le molestan igualmente.

No he frecuentado especialmente a Baudelaire ni a Pascal, pero no he dejado de pensar en sus miserias que me han acompañado siempre.

Me imaginaba bien tranquilo en mi tumba. Y en seguida me ablandaba. No desdeñemos tanto nuestro cadáver: puede sernos útil a veces.

Detenerme en los cementerios rurales, tenderme entre dos tumbas y fumar durante horas. La considero la época más activa de mi vida.

Cuando me preocupa un poco más de la cuenta el no trabajar, me digo que bien podría estar muerto y que entonces trabajaría aún menos.

Se puede comprender todo, admitir todo, imaginar todo, salvo la propia muerte, aunque se piense en ella sin descanso y se esté resignado.

Si Cioran fuera tuitero

29 May

La idea de la muerte ayuda a todo, salvo a morir.

Perdimos al nacer lo mismo que perdemos al morir.

No merece la pena matarse: siempre lo hace uno demasiado tarde.

La lucidez es el único vicio que hace al hombre libre: libre en un desierto.

No hay arte verdadero que no contenga una fuerte dosis de banalidad.

Mi existencia se me presenta como la degradación y el desgaste de un salmo.

Para absolver a Dios, hacían responsable a Satánas de la infamia de la Creación.

A medida que el arte se hunde en un callejón sin salida, los artistas se multiplican.

Es imposible aceptar ser juzgado por alguien que ha sufrido menos que nosotros.

Después de la medianoche empieza la embriaguez de las verdades perniciosas.

Hay que sufrir hasta el final, hasta el momento en que se deja de creer en el sufrimiento.

Fusión entre la resignación y el éxtasis, entre el estoico frío y un místico descabellado.

El “alma” surgió y se desarrolló a expensas del buen funcionamiento de los órganos.

“Comete usted un error al contar conmigo”. ¿Quién podría hablar así? Dios y el Fracasado. 

No hago nada, es cierto. Pero veo pasar las horas -lo cual vale más que tratar de llenarlas.

Sólo lo que se esconde es profundo y es verdadero. De ahí la fuerza de los sentimientos viles.

Sueño con un confesor ideal a quien decirle todo, confesarle todo: sueño con un santo hastiado.

A medida que los años pasan, decrece el número de seres con quienes puede uno entenderse.

No es la desgracia, sino la felicidad, la felicidad insolente, la que conduce al tono agrio y al sarcasmo.

Después de ciertas experiencias deberíamos cambiar de nombre, puesto que ya no somos el mismo.

No permanece sino lo que ha sido concebido en la soledad, de cara a Dios, uno sea o no creyente.

No es el temor de emprender algo, sino el temor de conseguirlo lo que explica más de un fracaso.

El antídoto del aburrimiento es el miedo. Es menester que el remedio sea más fuerte que el mal.

Cada vez que estoy mal y me apiado de mi cerebro, me siento llevado por un irresistible deseo de proclamar. 

Aquel que tema al ridículo no irá nunca muy lejos ni para bien ni para mal, permanecerá más acá de sus talentos.

Ser objetivo es tratar al prójimo como se trata a un objeto, a un muerto, es comportarse con él como un sepulturero.

El tormento metafísico se sitúa mucho antes de esa insipidez universal que sigue al advenimiento de la Filosofía.

No se crea una obra sin apegarse a ella, sin convertirse en su esclavo. Escribir es el acto menos ascético que existe.

Si lo propio del sabio es no hacer nada inútil, nadie me ganará en sabiduría: ni siquiera me rebajo a hacer cosas útiles.

En cuanto uno se recuesta, el tiempo deja de fluir y de tener importancia. La historia es el producto de una raza en pie.

Desde la infancia percibía ya el deslizarse de las horas, libres de toda referencia, de todo acto y de todo acontecimiento.

Se trasciende la muerte por la búsqueda de lo indestructible a través del verbo, a través del símbolo mismo de la caducidad.

Si antaño frente a un muerto me preguntaba: “¿De qué le sirvió nacer?”, hoy me pregunto lo mismo ante cualquiera que esté vivo.

Cada vez que me falla la memoria, pienso en la angustia que deben experimentar los que saben que ya no se acuerdan de nada.

Los desconsuelos de cualquier género pasan, pero el fondo del que proceden subsiste y nada lo mitiga. Es inatacable e inalterable.

Días milagrosamente cuajados de esterilidad. Y yo, en vez de alegrarme, de cantar victoria, me dejo invadir por el despecho y el mal humor.

La calle es tranquilizadora porque se piensa menos en uno mismo, en ella todo se debilita y se deteriora, empezando por las angustias.

Sólo a los niños o a los locos les perdonamos su franqueza: los demás, si tienen la audacia de imitarlos, se arrepentirán tarde o temprano.

Detenerme en los cementerios rurales, tenderme entre dos tumbas y fumar durante horas. La considero la época más activa de mi vida.

Me imaginaba bien tranquilo en mi tumba. Y en seguida me ablandaba. No desdeñemos tanto nuestro cadáver: puede sernos útil a veces.

El ejercicio de escribir un cuento

25 Abr

El ejercicio de escribir un cuento implica todo un aprendizaje del ojo. Es en lo ordinario, habitual y cotidiano en donde el escritor debe ser capaz de percibir con una mirada nueva y plena de imaginación, ese rasgo de la realidad que brilla por un instante para volver a sumergirse en las sombras. El lector que pasa su mirada a través de las palabras debe sentir también ese momento privilegiado en que la realidad se ilumina . El acto de leer es un gesto de amor: implica saltar el abismo que siempre existirá entre el lector y el texto que se perfila como otredad. Es el umbral en donde sucede el encuentro. Si el cuento es bueno, generará toda una atmósfera que el lector captará de acuerdo con su experiencia y sensibilidad . Para que un cuento se torne inolvidable debe clavarse en el corazón del lector, hacerle sentir que lo narrado también podría ocurrirle a él. Es en este momento cuando el lector y el escritor se identifican, creando por un breve momento un bello eclipse entre lo ajeno y lo propio, entre la soledad y la complicidad.

Galia Ospina

Nietzsche al alcance de los niños

17 Abr

No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo.

Si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo.

Creemos saber algo de las cosas mismas cuando hablamos de árboles, colores, nieve y flores y no poseemos, sin embargo, más que metáforas de las cosas que no corresponden en absoluto a las esencias primitivas.

Cómo, no obstante, podríamos decir legítimamente: la piedra es dura, como si además captásemos lo “duro” de otra manera y no solamente como una excitación completamente subjetiva!

Todo lo que eleva al hombre por encima del animal depende de esa capacidad de volatilizar las metáforas intuitivas en un esquema; en suma, de la capacidad de disolver una figura en un concepto.

Se ha inventado una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria, y el poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira.

Las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal.

El mentiroso utiliza las designaciones válidas, las palabras, para hacer aparecer lo irreal como real; dice, por ejemplo, “soy rico” cuando la designación correcta para su estado sería justamente “pobre”.

El hombre descansa sobre la crueldad, la codicia, la insaciabilidad, el asesinato, en la indiferencia de su ignorancia y, por así decirlo, pendiente en sus sueños del lomo de un tigre! ¿De dónde procede en el mundo entero, en esta constelación, el impulso hacia la verdad?

El hombre desea la verdad en un sentido análogamente limitado: ansía las consecuencias agradables de la verdad, aquellas que mantienen la vida; es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias e incluso hostil frente a las verdades susceptibles de efectos perjudiciales o destructivos.

La omisión de lo individual y de lo real nos proporciona el concepto del mismo modo que también nos proporciona la forma, mientras que la naturaleza no conoce formas ni conceptos, así como tampoco ningún tipo de géneros, sino solamente una x que es para nosotros inaccesible e indefinible.

Se encuentran profundamente sumergidos en ilusiones y ensueños; su mirada se limita a deslizarse sobre la superficie de las cosas y percibe “formas”, su sensación no conduce en ningún caso a la verdad, sino que se contenta con recibir estímulos, como si jugase a tantear el dorso de las cosas.

¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes.

Mientras que toda metáfora intuitiva es individual y no tiene otra idéntica y, por tanto, sabe siempre ponerse a salvo de toda clasificación, el gran edificio de los conceptos ostenta la rígida regularidad de un columbarium romano e insufla en la lógica el rigor y la frialdad peculiares de la matemática.

Así como los romanos y los etruscos dividían el cielo mediante rígidas líneas matemáticas y conjuraban en ese espacio así delimitado, como en un templum, a un dios, cada pueblo tiene sobre él un cielo conceptual semejante matemáticamente repartido y en esas circunstancias entiende por mor de la verdad, que todo dios conceptual ha de buscarse solamente en su propia esfera.

Los diferentes lenguajes, comparados unos con otros, ponen en evidencia que con las palabras jamás se llega a la verdad ni a una expresión adecuada pues, en caso contrario, no habría tantos lenguajes. La “cosa en sí” (esto sería justamente la verdad pura, sin consecuencias) es totalmente inalcanzable y no es deseable en absoluto para el creador del lenguaje.

El intelecto, como medio de conservación del individuo, desarrolla sus fuerzas principales fingiendo, puesto que éste es el medio, merced al cual sobreviven los individuos débiles y poco robustos, como aquellos a quienes les ha sido negado servirse, en la lucha por la existencia, de cuernos, o de la afilada dentadura del animal de rapiña.

El intelecto, como medio de conservación del individuo, desarrolla sus fuerzas principales fingiendo, puesto que éste es el medio, merced al cual sobreviven los individuos débiles y poco robustos, como aquellos a quienes les ha sido negado servirse, en la lucha por la existencia, de cuernos, o de la afilada dentadura del animal de rapiña.

Del mismo modo que el astrólogo considera a las estrellas al servicio de los hombres y en conexión con su felicidad y con su desgracia, así también un investigador tal considera que el mundo en su totalidad está ligado a los hombres; como el eco infinitamente repetido de un sonido original, el hombre; como la imagen multiplicada de un arquetipo, el hombre.

Le cuesta trabajo reconocer ante sí mismo que el insecto o el pájaro perciben otro mundo completamente diferente al del hombre y que la cuestión de cuál de las dos percepciones del mundo es la correcta carece totalmente de sentido, ya que para decidir sobre ello tendríamos que medir con la medida de la percepción correcta, es decir, con una medida de la que no se dispone.

Si cada uno de nosotros tuviese una percepción sensorial diferente, podríamos percibir unas veces como pájaros, otras como gusanos, otras como plantas, o si alguno de nosotros viese el mismo estímulo como rojo, otro como azul e incluso un tercero lo percibiese como un sonido, entonces nadie hablaría de tal regularidad de la naturaleza, sino que solamente se la concebiría como una creación altamente subjetiva.

No sabemos todavía de dónde procede el impulso hacia la verdad, pues hasta ahora solamente hemos prestado atención al compromiso que la sociedad establece para existir: ser veraz, es decir, utilizar las metáforas usuales; por tanto, solamente hemos prestado atención, dicho en términos morales, al compromiso de mentir de acuerdo con una convención firme, mentir borreguilmente, de acuerdo con un estilo vinculante para todos.

Nada hay en la naturaleza, por despreciable e insignificante que sea, que, al más pequeño soplo de aquel poder del conocimiento, no se infle inmediatamente como un odre; y del mismo modo que cualquier mozo de cuerda quiere tener su admirador, el más soberbio de los hombres, el filósofo, está completamente convencido de que, desde todas partes, los ojos del universo tienen telescópicamente puesta su mirada en sus obras y pensamientos.

En los hombres alcanza su punto culminante este arte de fingir; aquí el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la murmuración, la farsa, el vivir del brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, la escenificación ante los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante alrededor de la llama de la vanidad es hasta tal punto regla y ley, que apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad.

En la construcción de los conceptos trabaja originariamente el lenguaje; más tarde la ciencia. Así como la abeja construye las celdas y, simultáneamente, las rellena de miel, del mismo modo la ciencia trabaja inconteniblemente en ese gran columbarium de los conceptos, necrópolis de las intuiciones; construye sin cesar nuevas y más elevadas plantas, apuntala, limpia y renueva las celdas viejas y, sobre todo, se esfuerza en llenar ese colosal andamiaje que desmesuradamente ha apilado y en ordenar dentro de él todo el mundo empírico, es decir, el mundo antropomórfico.

Lla “percepción correcta” —es decir, la expresión adecuada de un objeto en el sujeto— me parece un absurdo lleno de contradicciones, puesto que entre dos esferas absolutamente distintas, como lo son el sujeto y el objeto, no hay ninguna causalidad, ninguna exactitud, ninguna expresión, sino, a lo sumo, una conducta estética, quiero decir: un extrapolar alusivo, un traducir balbuciente a un lenguaje completamente extraño, para lo que, en todo caso, se necesita una esfera intermedia y una fuerza mediadora, libres ambas para poetizar e inventar.

En un estado natural de las cosas, el individuo, en la medida en que se quiere mantener frente a los demás individuos, utiliza el intelecto y la mayor parte de las veces solamente para fingir, pero, puesto que el hombre, tanto por la necesidad como por hastío, desea existir en sociedad y gregariamente, precisa de un tratado de paz y, de acuerdo con este, procura que, al menos, desaparezca de su mundo el más grande bellum omnium contra omnes. Este tratado de paz conlleva algo que promete ser el primer paso para la consecución de ese misterioso impulso hacia la verdad.

Sólo mediante el olvido de este mundo primitivo de metáforas, sólo mediante el endurecimiento y petrificación de un fogoso torrente primordial compuesto por una masa de imágenes que surgen de la capacidad originaria de la fantasía humana, sólo mediante la invencible creencia en que este sol, esta ventana, esta mesa son una verdad en sí, en resumen: gracias solamente al hecho de que el hombre se olvida de sí mismo como sujeto y, por cierto, como sujeto artísticamente creador, vive con cierta calma, seguridad y consecuencia; si pudiera salir, aunque sólo fuese un instante, fuera de los muros de esa creencia que lo tiene prisionero, se terminaría en el acto su “conciencia de sí mismo”.

 

Una broma casual

20 Feb

Construir algo así a partir de una broma casual es dejar que se abra la flor del delirio alimentado con el suelo fértil del tedio humano.

Yasunari Kawabata

Filosofía del arte de la espada

23 Ene

Los filósofos del arte de la espada atribuyen este sentido adquirido por el espadachín al funcionamiento del inconsciente que se despierta cuando alcanza un estado de despersonalización, de no-conciencia. Dirían que cuando el hombre es adiestrado hasta alcanzar el más alto grado del arte, no tiene la conciencia relativa ordinaria con la que conoce que está envuelto en la lucha por la vida y la muerte y que cuando su adiestramiento se pone en práctica su mente es como un espejo en el que se refleja todo pensamiento que pueda haber en la mente del opositor, y sabe de inmediato dónde y cómo atacar al oponente (para ser exactos, ese no es un conocimiento sino una intuición que se realiza en el inconsciente). Su espada se mueve, mecánicamente como si dijéramos, por sí misma sobre su oponente que encuentra imposible la defensa porque la espada cae en el lugar donde el oponente no está en guardia. El inconsciente del espadachín es el resultado de la desperzonalización que, de acuerdo con la “Razón del Cielo y de la Tierra”, abate todo lo que está en contra de esta Razón. La carrera o la batalla del arte de la espada no es para el más rápido, el más fuerte o el más diestro, sino par aquel cuyo espíritu es puro y despersonalizado.

D. T. Suzuki

Broca debía estar equivocado

19 Dic

Al hablar de un marido que, en un ataque de furia, le había pegado un puñetazo a la arpía de su mujer, lo bastante duro como para provocar lesión en los lóbulos frontales y causarle la muerte en menos de veinticuatro horas. Sin embargo, a pesar del carácter mortal de golpe, la mujer había sido capaz de lanzarle al marido todavía una última imprecación antes de morir, amenazándole con retorcerle el cuello. Esto demostraba, según creía Gratiolet, que ella había conservado la facultad del habla, lo cual, a su vez, demostraba que Broca debía estar equivocado.

Citado por Semir Zeki, en Una visión del cerebro. Barcelona. Ariel. 1995: 37-38.

Imagen

Oscuro paciente pescador de perlas

4 Nov

Yo soy el oscuro y paciente pescador de perlas que bucea en los bajos fondos y vuelve con las manos vacías y la cara azulada. Una atracción fatal me empuja hacia los abismos del pensamiento, me lleva al fondo de esos precipicios interiores que jamás se agotan para los fuertes.

Gustave Flaubert

¿Qué es la mujer desde la perspectiva del hombre?

3 Nov

Un mal necesario.

Un hombre inferior.

El Satán del hombre.

Un hombre más blando.

Una esfinge sin secretos.

La confusión del hombre.

El lugar de la mujer es la cocina.

El lugar de la mujer es el dormitorio.

Un animal al que le encantan los adornos.

Si las esposas fueran buenas Dios tendría una.

Es casta la que nunca se ha preguntado si lo es.

El silencio da a las mujeres la gracia apropiada.

Las mujeres, en el mejor de los casos, son malas.

Que una mujer estudie indica confusión en el reino.

La mujer llora antes de la boda y el hombre después.

Las mujeres y los elefantes jamás olvidan un agravio.

Es mejor ser macho por un día que hembra por diez.

En ausencia de hombres, todas las mujeres son castas.

Hay muchas mujeres buenas, pero todas están muertas.

Educar a una mujer es como darle un cuchillo a un mono.

Las mujeres malas fastidian; las mujeres buenas aburren.

El hombre que confía en una mujer confía en un estafador.

Bandejas de plata en las que ponemos manzanas de oro.

Vale más la maldad del hombre que la bondad de la mujer.

Las mujeres, en su mayoría, son un ganado de difícil manejo.

Si no eres un hombre, no eres más que un cero a la izquierda.

El que cuenta noticias a su esposa es que está recién casado.

Es ley natural que la mujer esté sometida al dominio del hombre.

Las mujeres y los pollos se pierden deambulando de casa en casa.

Gracias, Señor, porque no me has creado pagano, esclavo o mujer.

Una mujer, un asno y un nogal dan más fruto cuanto más les pegas.

Una mujer es como un caballo: el que puede manejarla es su amo.

La mujer está hecha para el hombre, el hombre está hecho para la vida.

Un caballero es quien se quita el sombrero antes de golpear a su esposa.

Una mujer no es más que un animal, y no un animal del orden más elevado.

Un cordero blanco como la leche que pide con su balidos la protección del hombre.

Una mujer que silba y una gallina que cacarea no sirven ni para Dios ni para los hombres.

Lo que se busca es una esposa, como en un perro, es la reproducción de la raza.

Una mujer no es una persona, de la misma manera que un pollo no es un pájaro.

En el hombre los pecados mortales son veniales; en la mujer los pecados veniales son mortales.

Una esposa que espera tener buena reputación está siempre en casa, como si fuera paralítica.

Las almas de las mujeres son tan pequeñas que según algunos carecen por completo de alma.

El hombre es el mundo entero y el aliento de Dios; la mujer es la costilla y el fragmento torcido del hombre.

Unos hombres se entregan al placer y otros a su profesión, pero en el fondo de toda mujer hay una libertina.

La diferencia principal entre las mujeres llamadas decentes y las putas es que estas últimas son menos deshonestas.

Las niñas empiezan a hablar y a tenerse en pie antes que los chicos porque los hierbajos siempre crecen más de prisa que los buenos cultivos.

A toda mujer le encanta la idea de un jeque que se la lleva en su caballo blanco y la viola en su tienda. Es un instinto femenino básico.

Toda mujer preferiría ser hombre, de la misma manera que todo infeliz deforme preferiría estar intacto y ser hermoso, y todo idiota y necio preferiría ser instruido y sabio.

El hombre puede obtener una experiencia de Dios; la mujer sólo puede obtenerla a través del hombre. Por lo tanto, cada mujer debería tratar a su marido como a Dios.

Un animal que suele vivir en la proximidad del hombre y tiene una susceptibilidad rudimentaria a la domesticación… la mujer es ágil y de movimientos airosos, es omnívora y se le puede enseñar a callarse.

Tomado de:

La inferioridad natural de la mujer. Tama Starr. Buenos Aires. Alcor. 1993. 222 páginas.

La vis comica

1 Oct

La seriedad mira a través de lo cómico, y cuanto más profundamente se alza desde abajo tanto mejor, pero no interviene. Naturalmente, no  considera cómico lo que quiere en serio, pero sí puede ver lo que de cómico hay en ello. De este modo lo cómico depura lo patético, y viceversa, lo patético da énfasis a lo cómico. Por eso, lo más devastador sería una concepción cómica configurada de tal modo que secretamente actuase en ella la indignación, pero sin que, por pura risa, nadie la notara.  La vis comica es el arma que exige mayor responsabilidad, y por eso tan sólo está sustancialmente a disposición de quien posea el pathos correspondiente. Quien por ejemplo sepa dejar en ridículo a un hipócrita, también podrá aplastarlo con su indignación. En cambio, el que quiera emplear la indignación y no posea la correspondiente vis comica sucumbirá fácilmente a la declamación y resultará cómico él mismo.

Soren Kierkegaard, Estadios en el camino de la vida, “¿Culpable? ¿No culpable?, 7 de junio a medianoche