Tag Archives: filosofía

Escritura como curación

15 May

Esta mañana traté de recordar los grandes pesares de mi vida y no recordé ninguno, soy un ser sin sufrimiento, mi vida ha sido imperturbable, no hay nada que lamentar, ningún recuerdo digno de ser esquivado por la mente por miedo a sufrir rememorando el instante perfecto o monstruoso.

Recordé mi vida de año en año desde que tengo cinco años y no encontré grandes cambios; recordé mi vida desde los cinco años de cinco en cinco y hay algunos cambios pero todo lo veo de forma muy positiva: leer, estudiar, trabajar, escribir, esta casa, vivir con Andrés. No recuerdo con dolor ni con alegría los pocos paseos de mi vida, las muertes ni las preocupaciones. Y no es porque no haya vivido experiencias negativas sino porque antes de vivir leí a Séneca, a Plotino y a Plutarco y creí cada una de las frases sabias que escribieron estos genios, claro, con la inocencia de una niña de siete años. Hoy saqué de la biblioteca esos libros que me modificaron el cerebro; los quiero volver a leer sólo para saber si recuerdo las frases fundamentales.

Aprendí a vivir antes de haber vivido y eso hace de cualquier vida una vida plena. Pero pensé de forma persistente que tal vez es más efectiva la escritura que la lectura, no quedarse con las ganas de expresar a través de las palabras, de forma oculta o explícita, el origen del dolor o la alegría, los recuerdos bellos o desagradables, las experiencias buenas o malas.

Cuando una experiencia pide ser contada a través de la escritura es preciso no quedarse con las ganas, es un atentado contra uno mismo. Estoy casi segura de que  no puedo sentir placer ni insatisfacción recordando la mayor parte de las experiencias vividas durante los últimos veinte años porque más o menos desde hace veinte años cuando tengo uno inquietud relacionada con la vida leo, pienso y después escribo, entonces vivo como si no tuviera vida y me siento bien, no sufro ni gozo, estoy más allá del bien y del mal.

El arte de morir

9 May

Hacia el final de la Edad Media abundan los escritos anónimos titulados “El arte de morir”, cuyo éxito era extraordinario. Semejante tema, ¿aún puede conmover a alguien hoy? 

Nadie prepara ya su muerte, nadie la cultiva, de ahí que se escabulla en el mismo momento en que nos arrebata.

Los antiguos sabían morir. Elevarse por encima de la muerte fue el ideal constante de su sabiduría. Para nosotros, la muerte es una sorpresa horrible.

La Edad Media conoció el sentimiento de la muerte con una intensidad única. Pero supo, con un arte especial, incorporarlo al sentido último del ser. Nadie intentaba hacer trampas con ella. Lo que nosotros, por nuestra parte, quisiéramos, es morir sin el rodeo de la muerte.

Cioran

Un pensamiento fragmentario refleja todos los aspectos de vuestra existencia

3 May

Si uno hace fragmentos , en el curso de un mismo día puede uno decir una cosa y la contraria ¿Por qué? Porque surge cada fragmento de la experiencia diferente y esas experiencias sí que son verdaderas: son lo más importante. Se dirá que eso es irresponsable. Un pensamiento fragmentario refleja todos los aspectos de vuestra experiencia: un pensamiento sistemático refleja sólo un aspecto, el aspecto controlado, luego empobrecido… El sistema es siempre la voz del jefe: por eso todo sistema es totalitario, mientras que el pensamiento fragmentario permanece libre.

Cioran

Nos volvemos líricos cuando la vida en nuestro interior palpita con un ritmo esencial

2 May

El lirismo representa una fuerza de dispersión de la subjetividad, pues indica en el individuo una efervescencia incoercible que aspira sin cesar a la expresión. Esa necesidad de exteriorización es tanto más urgente cuanto más interior, profundo y concentrado es el lirismo. ¿Por qué el hombre se vuelve lírico durante el sufrimiento y el amor? Porque esos dos estados, a pesar de que son diferentes por su naturaleza y su orientación, surgen de las profundidades del ser, del centro sustancial de la subjetividad, en cierto sentido. Nos volvemos líricos cuando la vida en nuestro interior palpita con un ritmo esencial. Lo que de único y específico poseemos se realiza de una manera tan expresiva que lo individual se eleva a nivel de lo universal. Las experiencias subjetivas más profundas son así mismo las más universales, por la simple razón de que alcanzan el fondo original de la vida. La verdadera interiorización conduce a una universalidad inaccesible para aquellos seres que no sobrepasan lo inesencial y que consideran el lirismo como un fenómeno interior, como el producto de una inconsistencia espiritual, cuando, en realidad, los recursos líricos de la subjetividad son la prueba de una gran profundidad interior.

Cioran

La verdad sobre la verdad

17 Abr

La verdad es algo tan infrecuente que es preciso decirla, dijo Emily Dickinson, pero qué es la verdad, es tan fácil especular sobre la verdad y la mentira…

Dijo también: Nunca intenté levantar palabras que no puedo sostener y tenía razón: a lo largo de su vida se esforzó por ser fiel a su naturaleza. Para la mayoría de los lectores y críticos esta mujer excepcional sigue siendo una loca virgen solterona frustrada que no se realizó en la vida como nada, ni siquiera como mujer. No llegó a ser una empresaria exitosa como Shakira ni como Jennifer Lopez. Veía duendes, hadas, ángeles y gnomos. Hablaba con ellos y hablaba también con su perro, pero no eran conversaciones estúpidas como las de los amos con sus mascotas de apartamento alquilado de nuestro tiempo, no, se trataba de algo mucho más complejo, profundo, poético y sofisticado. Y lo más seguro es que el perro comprendía a la señora virgen que siempre caminaba con una flor en la mano y corría como una niña vestida de blanco por el bosque buscando seres de fantasía:

Cuando frecuentaba el Bosque de Pequeña, me decían que una Serpiente podría picarme, que podría coger una flor venenosa o que los Duendes me podrían raptar, pero continué yendo y no encontré sino Ángeles, mucho más tímidos ante mí de lo que yo pudiera sentirme ante ellos.

Oigo petirrojos a lo lejos y carretas a lo lejos y ríos a lo lejos, y todo se me aparece como apresurándose hacia algún sitio no desvelado para mí.

También dijo Emily Dickinson:

Siempre hay una cosa por la que estar agradecido -y es que uno sea uno mismo y no otro.

Uno aprende, cuando se hace viejo, que ninguna ficción puede ser tan extraña ni parecer tan improbable, como lo sería la simple verdad.

No nos dice qué es la verdad pero aspira a ella y ese detalle la convierte en un ser admirable. Se puede aspirar a llegar a la Verdad a través del arte, la ciencia o el misticismo, no a través del periodismo, la historia, la politología o el derecho. Hay periodistas, especialmente periodistas, que se autodefinen como Perros guardianes de la verdad, sí, perros guardianes de la verdad. Aquí no vamos a hablar de periodismo, no vamos a caer tan bajo.

***

Ahora Pascal, el gran físico filósofo que fue tomado por un simple cristiano desquiciado por las mentes brillantes de su tiempo y por otras que vinieron después. Pocos lectores han logrado comprender la hondura del pensamiento de Pascal, Pierre Bourdieu es una de esas excepciones. A partir de su comprensión pudo conferirle a la sociología un estatus que nadie le había concedido antes.

Pascal también aspiró a la verdad, pero no era tan optimista ni tan atrevido como los historiadores y algunos periodistas que trabajan para un medio, propiedad de un banquero español.

Así reflexionaba Pascal, el fanático:

La suprema adquisición de la razón consiste en reconocer que hay una infinidad de cosas que la sobrepasan.

No veo sino infinitos en todo, que me encierran como un átomo, y como una sombra, que no dura sino un instante y ya no vuelve.

No es bueno que el hombre no vea nada; no es bueno tampoco que vea lo bastante para creer que posee; sino que vea tan sólo lo suficiente para conocer que ha perdido. Es bueno ver y no ver; esto es precisamente el estado de naturaleza.

Si hay Dios es infinitamente incomprensible, puesto que, no teniendo ni parte ni límites, no tiene ninguna relación con nosotros; somos, pues, incapaces de conocer cómo es, ni es siendo así ¿Quién osará proponerse resolver esta cuestión? No nosotros, que carecemos de relación con él.

¿No está más claro que el día que sentimos en nosotros mismos los caracteres imborrables de la excelencia? ¿Y no es verdad también que experimentamos constantemente los efectos de nuestra deplorable condición? ¿Qué nos clama pues, este caos y esta confusión monstruosa sino la verdad de estos dos estados, con una voz que es imposible resistir?

Yo no sé quién me ha traído al mundo, ni lo que es el mundo, ni lo que soy yo mismo. Permanezco en una ignorancia terrible de todas las cosas. No sé lo que es mi cuerpo, ni mis sentidos, ni mi alma, ni esta parte de mí mismo que piensa lo que estoy diciendo y que reflexiona sobre todo, y sobre sí misma, y que, por otra parte, no se conoce tampoco. Veo estos espantosos espacios del Universo que encierran, y me encuentro ligado a un rincón de esta vasta extensión , sin que sepa por qué estoy colocado en este lugar y no en otro, ni por qué este poco tiempo que me es dado vivir me ha sido asignado a este punto, y no a otro, de toda la eternidad que me precede y de toda la que me sigue.

***

Nietzsche va un poco más allá que Pascal y que Emily Dickinson. Se instala en lo que más tarde plantearía Ferdinand de Saussure y algunos filósofos del lenguaje. Es la palabra la que nos lleva a ocultar la verdad, es la mentira, la falsedad, la maldad y el disimulo, la humanidad… es la convención, la comodidad y el miedo lo que nos lleva a engañarnos a conciencia y a engañar a los demás. Y sin embargo, a pesar de Nietzsche y de la filosofía del lenguaje, hay quien se atreve a defender con uñas y dientes ¡En pleno siglo XXI! la revelación de la verdad, la verdad revelada. Sienten -gracias a su formación universitaria- que la bella palabrita se manifiesta  en un trabajo de investigación financiado por Colciencias que será publicado posteriormente en una revista indexada que hará todavía más respetables a sus autores.

Con ustedes: Nietzsche, el loco.

Si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo.

Todo lo que eleva al hombre por encima del animal depende de esa capacidad de volatilizar las metáforas intuitivas en un esquema; en suma, de la capacidad de disolver una figura en un concepto.

Las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal.

El hombre desea la verdad en un sentido análogamente limitado: ansía las consecuencias agradables de la verdad, aquellas que mantienen la vida; es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias e incluso hostil frente a las verdades susceptibles de efectos perjudiciales o destructivos.

La omisión de lo individual y de lo real nos proporciona el concepto del mismo modo que también nos proporciona la forma, mientras que la naturaleza no conoce formas ni conceptos, así como tampoco ningún tipo de géneros, sino solamente una x que es para nosotros inaccesible e indefinible.

Se encuentran profundamente sumergidos en ilusiones y ensueños; su mirada se limita a deslizarse sobre la superficie de las cosas y percibe “formas”, su sensación no conduce en ningún caso a la verdad, sino que se contenta con recibir estímulos, como si jugase a tantear el dorso de las cosas.

¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes.

***

Hay una literatura que se hace llamar La literatura de la verdad y se vende como la saga de Harry Potter. Los autores se deben proclamar fieles discípulos de Montaigne, Pascal, Flaubert y Proust. Narran con lujo de detalles -y con pésimo estilo- los actos más escabrosos de sus miserables vidas. Se trata de vidas no meditadas, dominadas por el exceso, el desenfreno y el consumo y lo que llaman literatura es apenas la expresión morbosa de unas vidas ordinarias que pretenden ser devoradas como se devoran las hamburguesas, las malteadas y las películas pornográficas. Hombres y mujeres ansiosos de ganar mucho dinero a costa de la literatura y asquerosos lectores que se sienten poseedores del arte porque leen estas páginas hediondas. Esos autores no hacen arte y esos lectores son dignos de los libros que les ofrecen, esa es la verdad pura y simple, ¿a quién queremos engañar?

Hay un autor que soñó con la literatura del futuro, el gran autor del siglo XIX, este hombre no es puro como Emily Dickinson, fanático como Pascal ni loco como Nietzsche sino un pobre hombre enamorado del estilo y dolorosamente melancólico. Genio como pocos para imaginar el porvenir:

Cualquier hombre que supiera escribir correctamente crearía un libro soberbio al redactar sus Memorias, si las expusiera con sinceridad y de manera completa.

Esa frase parece haberle dado vida a mucha literatura del presente pero pocos autores tienen en cuenta la otra frase de Flaubert para llegar al centro de las cosas y de los sentimientos:

Soy el oscuro y paciente pescador de perlas que bucea en los bajos fondos y vuelve con las manos vacías y la cara azulada. Una atracción fatal me empuja hacia los abismos del pensamiento, me lleva al fondo de esos precipicios interiores que jamás se agotan para los fuertes.

O su obsesión por el estilo:

Todo el talento de escribir no consiste, después de todo, más que en la elección de las palabras. La precisión es la que hace la fuerza. En estilo es como en música: lo más hermoso y lo más raro que hay es la pureza del sonido.

Flaubert no habla mucho de la verdad, pero es uno de los grandes pensadores -sin definirse como Pensador y sin tener ningún título universitario- que más ha reflexionado sobre la verdad y la mentira, el engaño y el disimulo: Al leer estas verdades el lector corriente juzga al pobre Flaubert como amargado, frustrado, resentido, machista… Le encontrarán todos los defectos, pocos lo verán como un hombre que se esforzó por llegar al fondo de las cosas, a la sinceridad de sus sentimientos:

¡Qué mecánica supone lo natural, y cuántas artimañas hacen falta para ser auténtico!

Esta disposición para planear sobre uno mismo es quizá la fuente de toda virtud. Te arranca de la personalidad, lejos de retenerte en ella.

Yo soy un arabesco de marquetería; hay trozos de marfil, de oro y de hierro; los hay de cartón pintado; los hay de diamante; los hay de hoja de lata.

La gente que medita, o sea, los champiñones intelectuales que se pudren en su sitio, como yo, hacen bien de vez en cuando en acercarse al fuego. Hace que despidan su jugo, luego quedan aún más secos.

El hastío que me entra por los ojos me rompe, desde el punto de vista nervioso, y además, sufrir durante mucho tiempo el espectáculo de la multitud me hunde siempre en ciénagas de tristeza, donde me asfixio!

Ya he vuelto a mi vida chata y monótona, que sólo tiene algún placer en su uniformidad, y alguna grandeza, quizá, sólo en su perseverancia. En cuanto rompo mi ritmo ordinario y quiero volver a él, siento una amargura sin fondo.

De día en día siento operarse en mi corazón un alejamiento de mis semejantes que va ensanchándose, y estoy contento de ello, pues mi facultad de aprehensión hacia lo que me es simpático va en aumento, debido a ese mismo alejamiento.

A partir de la noche en que me besaste en la frente, me juré a mí mismo no mentirte nunca. Es el procedimiento más rudo, más brutal; ¿dirás, acaso, el menos tierno? Pero creo que obrar de otro modo sería despreciarte, envilecerte incluso. No estás hecha para que se te sirva con un amor falso y lleno de muecas. Preferiría rajarte la cara que burlarme de ti a tus espaldas.

Me oriento hacia una especie de misticismo estético (si ambas palabras pueden ir juntas), y querría que fuese más fuerte. Cuando ningún estímulo nos viene de los demás, cuando el mundo exterior nos asquea, nos vuelve lánguidos, nos corrompe y nos embrutece, las personas honradas y delicadas se ven forzadas a buscar en sí mismas, en algún lugar, un sitio más limpio para vivir.

Hubo un tiempo en que me mirabas como a un egoísta celoso que se complacía rumiando perpetuamente su propia personalidad. Eso es lo que creen quienes ven la superficie. Lo mismo ocurre con ese orgullo que tanto indigna a los demás y que, no obstante, cuesta tamañas miserias. Al contrario, nadie ha aspirado a los demás más que yo. He ido a olfatear estiércoles desconocidos, me he apiadado de muchas cosas ante las que no se enternecían las personas sensibles.

 

Nietzsche al alcance de los niños

17 Abr

No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo.

Si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo.

Creemos saber algo de las cosas mismas cuando hablamos de árboles, colores, nieve y flores y no poseemos, sin embargo, más que metáforas de las cosas que no corresponden en absoluto a las esencias primitivas.

Cómo, no obstante, podríamos decir legítimamente: la piedra es dura, como si además captásemos lo “duro” de otra manera y no solamente como una excitación completamente subjetiva!

Todo lo que eleva al hombre por encima del animal depende de esa capacidad de volatilizar las metáforas intuitivas en un esquema; en suma, de la capacidad de disolver una figura en un concepto.

Se ha inventado una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria, y el poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira.

Las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal.

El mentiroso utiliza las designaciones válidas, las palabras, para hacer aparecer lo irreal como real; dice, por ejemplo, “soy rico” cuando la designación correcta para su estado sería justamente “pobre”.

El hombre descansa sobre la crueldad, la codicia, la insaciabilidad, el asesinato, en la indiferencia de su ignorancia y, por así decirlo, pendiente en sus sueños del lomo de un tigre! ¿De dónde procede en el mundo entero, en esta constelación, el impulso hacia la verdad?

El hombre desea la verdad en un sentido análogamente limitado: ansía las consecuencias agradables de la verdad, aquellas que mantienen la vida; es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias e incluso hostil frente a las verdades susceptibles de efectos perjudiciales o destructivos.

La omisión de lo individual y de lo real nos proporciona el concepto del mismo modo que también nos proporciona la forma, mientras que la naturaleza no conoce formas ni conceptos, así como tampoco ningún tipo de géneros, sino solamente una x que es para nosotros inaccesible e indefinible.

Se encuentran profundamente sumergidos en ilusiones y ensueños; su mirada se limita a deslizarse sobre la superficie de las cosas y percibe “formas”, su sensación no conduce en ningún caso a la verdad, sino que se contenta con recibir estímulos, como si jugase a tantear el dorso de las cosas.

¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes.

Mientras que toda metáfora intuitiva es individual y no tiene otra idéntica y, por tanto, sabe siempre ponerse a salvo de toda clasificación, el gran edificio de los conceptos ostenta la rígida regularidad de un columbarium romano e insufla en la lógica el rigor y la frialdad peculiares de la matemática.

Así como los romanos y los etruscos dividían el cielo mediante rígidas líneas matemáticas y conjuraban en ese espacio así delimitado, como en un templum, a un dios, cada pueblo tiene sobre él un cielo conceptual semejante matemáticamente repartido y en esas circunstancias entiende por mor de la verdad, que todo dios conceptual ha de buscarse solamente en su propia esfera.

Los diferentes lenguajes, comparados unos con otros, ponen en evidencia que con las palabras jamás se llega a la verdad ni a una expresión adecuada pues, en caso contrario, no habría tantos lenguajes. La “cosa en sí” (esto sería justamente la verdad pura, sin consecuencias) es totalmente inalcanzable y no es deseable en absoluto para el creador del lenguaje.

El intelecto, como medio de conservación del individuo, desarrolla sus fuerzas principales fingiendo, puesto que éste es el medio, merced al cual sobreviven los individuos débiles y poco robustos, como aquellos a quienes les ha sido negado servirse, en la lucha por la existencia, de cuernos, o de la afilada dentadura del animal de rapiña.

El intelecto, como medio de conservación del individuo, desarrolla sus fuerzas principales fingiendo, puesto que éste es el medio, merced al cual sobreviven los individuos débiles y poco robustos, como aquellos a quienes les ha sido negado servirse, en la lucha por la existencia, de cuernos, o de la afilada dentadura del animal de rapiña.

Del mismo modo que el astrólogo considera a las estrellas al servicio de los hombres y en conexión con su felicidad y con su desgracia, así también un investigador tal considera que el mundo en su totalidad está ligado a los hombres; como el eco infinitamente repetido de un sonido original, el hombre; como la imagen multiplicada de un arquetipo, el hombre.

Le cuesta trabajo reconocer ante sí mismo que el insecto o el pájaro perciben otro mundo completamente diferente al del hombre y que la cuestión de cuál de las dos percepciones del mundo es la correcta carece totalmente de sentido, ya que para decidir sobre ello tendríamos que medir con la medida de la percepción correcta, es decir, con una medida de la que no se dispone.

Si cada uno de nosotros tuviese una percepción sensorial diferente, podríamos percibir unas veces como pájaros, otras como gusanos, otras como plantas, o si alguno de nosotros viese el mismo estímulo como rojo, otro como azul e incluso un tercero lo percibiese como un sonido, entonces nadie hablaría de tal regularidad de la naturaleza, sino que solamente se la concebiría como una creación altamente subjetiva.

No sabemos todavía de dónde procede el impulso hacia la verdad, pues hasta ahora solamente hemos prestado atención al compromiso que la sociedad establece para existir: ser veraz, es decir, utilizar las metáforas usuales; por tanto, solamente hemos prestado atención, dicho en términos morales, al compromiso de mentir de acuerdo con una convención firme, mentir borreguilmente, de acuerdo con un estilo vinculante para todos.

Nada hay en la naturaleza, por despreciable e insignificante que sea, que, al más pequeño soplo de aquel poder del conocimiento, no se infle inmediatamente como un odre; y del mismo modo que cualquier mozo de cuerda quiere tener su admirador, el más soberbio de los hombres, el filósofo, está completamente convencido de que, desde todas partes, los ojos del universo tienen telescópicamente puesta su mirada en sus obras y pensamientos.

En los hombres alcanza su punto culminante este arte de fingir; aquí el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la murmuración, la farsa, el vivir del brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, la escenificación ante los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante alrededor de la llama de la vanidad es hasta tal punto regla y ley, que apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad.

En la construcción de los conceptos trabaja originariamente el lenguaje; más tarde la ciencia. Así como la abeja construye las celdas y, simultáneamente, las rellena de miel, del mismo modo la ciencia trabaja inconteniblemente en ese gran columbarium de los conceptos, necrópolis de las intuiciones; construye sin cesar nuevas y más elevadas plantas, apuntala, limpia y renueva las celdas viejas y, sobre todo, se esfuerza en llenar ese colosal andamiaje que desmesuradamente ha apilado y en ordenar dentro de él todo el mundo empírico, es decir, el mundo antropomórfico.

Lla “percepción correcta” —es decir, la expresión adecuada de un objeto en el sujeto— me parece un absurdo lleno de contradicciones, puesto que entre dos esferas absolutamente distintas, como lo son el sujeto y el objeto, no hay ninguna causalidad, ninguna exactitud, ninguna expresión, sino, a lo sumo, una conducta estética, quiero decir: un extrapolar alusivo, un traducir balbuciente a un lenguaje completamente extraño, para lo que, en todo caso, se necesita una esfera intermedia y una fuerza mediadora, libres ambas para poetizar e inventar.

En un estado natural de las cosas, el individuo, en la medida en que se quiere mantener frente a los demás individuos, utiliza el intelecto y la mayor parte de las veces solamente para fingir, pero, puesto que el hombre, tanto por la necesidad como por hastío, desea existir en sociedad y gregariamente, precisa de un tratado de paz y, de acuerdo con este, procura que, al menos, desaparezca de su mundo el más grande bellum omnium contra omnes. Este tratado de paz conlleva algo que promete ser el primer paso para la consecución de ese misterioso impulso hacia la verdad.

Sólo mediante el olvido de este mundo primitivo de metáforas, sólo mediante el endurecimiento y petrificación de un fogoso torrente primordial compuesto por una masa de imágenes que surgen de la capacidad originaria de la fantasía humana, sólo mediante la invencible creencia en que este sol, esta ventana, esta mesa son una verdad en sí, en resumen: gracias solamente al hecho de que el hombre se olvida de sí mismo como sujeto y, por cierto, como sujeto artísticamente creador, vive con cierta calma, seguridad y consecuencia; si pudiera salir, aunque sólo fuese un instante, fuera de los muros de esa creencia que lo tiene prisionero, se terminaría en el acto su “conciencia de sí mismo”.

 

Sobre verdad y mentira en sentido extramoral

17 Abr

 1

En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo. Pero, si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo. Nada hay en la naturaleza, por despreciable e insignificante que sea, que, al más pequeño soplo de aquel poder del conocimiento, no se infle inmediatamente como un odre; y del mismo modo que cualquier mozo de cuerda quiere tener su admirador, el más soberbio de los hombres, el filósofo, está completamente convencido de que, desde todas partes, los ojos del universo tienen telescópicamente puesta su mirada en sus obras y pensamientos.

Es digno de nota que sea el intelecto quien así obre, él que, sin embargo, sólo ha sido añadido precisamente como un recurso de los seres más infelices, delicados y efímeros, para conservarlos un minuto en la existencia, de la cual, por el contrario, sin ese aditamento tendrían toda clase de motivos para huir tan rápidamente como el hijo de Lessing. Ese orgullo, ligado al conocimiento y a la sensación, niebla cegadora colocada sobre los ojos y los sentidos de los hombres, los hace engañarse sobre el valor de la existencia, puesto que aquél proporciona la más aduladora valoración sobre el conocimiento mismo. Su efecto más general es el engaño —pero también los efectos más particulares llevan consigo algo del mismo carácter—.

El intelecto, como medio de conservación del individuo, desarrolla sus fuerzas principales fingiendo, puesto que éste es el medio, merced al cual sobreviven los individuos débiles y poco robustos, como aquellos a quienes les ha sido negado servirse, en la lucha por la existencia, de cuernos, o de la afilada dentadura del animal de rapiña. En los hombres alcanza su punto culminante este arte de fingir; aquí el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la murmuración, la farsa, el vivir del brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, la escenificación ante los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante alrededor de la llama de la vanidad es hasta tal punto regla y ley, que apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad. Se encuentran profundamente sumergidos en ilusiones y ensueños; su mirada se limita a deslizarse sobre la superficie de las cosas y percibe “formas”, su sensación no conduce en ningún caso a la verdad, sino que se contenta con recibir estímulos, como si jugase a tantear el dorso de las cosas. Además, durante toda una vida, el hombre se deja engañar por la noche en el sueño, sin que su sentido moral haya tratado nunca de impedirlo, mientras que parece que ha habido hombres que, a fuerza de voluntad, han conseguido eliminar los ronquidos. En realidad, ¿qué sabe el hombre de sí mismo? ¿Sería capaz de percibirse a sí mismo, aunque sólo fuese por una vez, como si estuviese tendido en una vitrina iluminada? ¿Acaso no le oculta la naturaleza la mayor parte de las cosas, incluso su propio cuerpo, de modo que, al margen de las circunvoluciones de sus intestinos, del rápido flujo de su circulación sanguínea, de las complejas vibraciones de sus fibras, quede desterrado y enredado en una conciencia soberbia e ilusa? Ella ha tirado la llave, y ¡ay de la funesta curiosidad que pudiese mirar fuera a través de una hendidura del cuarto de la conciencia y vislumbrase entonces que el hombre descansa sobre la crueldad, la codicia, la insaciabilidad, el asesinato, en la indiferencia de su ignorancia y, por así decirlo, pendiente en sus sueños del lomo de un tigre! ¿De dónde procede en el mundo entero, en esta constelación, el impulso hacia la verdad?  

En un estado natural de las cosas, el individuo, en la medida en que se quiere mantener frente a los demás individuos, utiliza el intelecto y la mayor parte de las veces solamente para fingir, pero, puesto que el hombre, tanto por la necesidad como por hastío, desea existir en sociedad y gregariamente, precisa de un tratado de paz y, de acuerdo con este, procura que, al menos, desaparezca de su mundo el más grande bellum omnium contra omnes. Este tratado de paz conlleva algo que promete ser el primer paso para la consecución de ese misterioso impulso hacia la verdad. En este mismo momento se fija lo que a partir de entonces ha de ser “verdad”, es decir, se ha inventado una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria, y el poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira. El mentiroso utiliza las designaciones válidas, las palabras, para hacer aparecer lo irreal como real; dice, por ejemplo, “soy rico” cuando la designación correcta para su estado sería justamente “pobre”. Abusa de las convenciones consolidadas haciendo cambios discrecionales, cuando no invirtiendo los nombres. Si hace esto de manera interesada y que además ocasione perjuicios, la sociedad no confiará ya más en él y, por este motivo, lo expulsará de su seno. Por eso los hombres no huyen tanto de ser engañados como de ser perjudicados mediante el engaño; en este estadio tampoco detestan en rigor el embuste, sino las consecuencias perniciosas, hostiles, de ciertas clases de embustes. El hombre nada más que desea la verdad en un sentido análogamente limitado: ansía las consecuencias agradables de la verdad, aquellas que mantienen la vida; es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias e incluso hostil frente a las verdades susceptibles de efectos perjudiciales o destructivos. Y, además, ¿qué sucede con esas convenciones del lenguaje? ¿Son quizá productos del conocimiento, del sentido de la verdad? ¿Concuerdan las designaciones y las cosas? ¿Es el lenguaje la expresión adecuada de todas las realidades?  

Solamente mediante el olvido puede el hombre alguna vez llegar a imaginarse que está en posesión de una “verdad” en el grado que se acaba de señalar. Si no se contenta con la verdad en forma de tautología, es decir, con conchas vacías, entonces trocará continuamente ilusiones por verdades. ¿Qué es una palabra? La reproducción en sonidos de un impulso nervioso. Pero inferir además a partir del impulso nervioso la existencia de una causa fuera de nosotros, es ya el resultado de un uso falso e injustificado del principio de razón. ¡Cómo podríamos decir legítimamente, si la verdad fuese lo único decisivo en la génesis del lenguaje, si el punto de vista de la certeza lo fuese también respecto a las designaciones, cómo, no obstante, podríamos decir legítimamente: la piedra es dura, como si además captásemos lo “duro” de otra manera y no solamente como una excitación completamente subjetiva! Dividimos las cosas en géneros, caracterizamos el árbol como masculino y la planta como femenino: ¡qué extrapolación tan arbitraria! ¡A qué altura volamos por encima del canon de la certeza! Hablamos de una “serpiente”: la designación cubre solamente el hecho de retorcerse; podría, por tanto, atribuírsele también al gusano. ¡Qué arbitrariedad en las delimitaciones! ¡Qué parcialidad en las preferencias, unas veces de una propiedad de una cosa, otras veces de otra! Los diferentes lenguajes, comparados unos con otros, ponen en evidencia que con las palabras jamás se llega a la verdad ni a una expresión adecuada pues, en caso contrario, no habría tantos lenguajes. La “cosa en sí” (esto sería justamente la verdad pura, sin consecuencias) es totalmente inalcanzable y no es deseable en absoluto para el creador del lenguaje. Éste se limita a designar las relaciones de las cosas con respecto a los hombres y para expresarlas apela a las metáforas más audaces. ¡En primer lugar, un impulso nervioso extrapolado en una imagen! Primera metáfora. ¡La imagen transformada de nuevo en un sonido! Segunda metáfora. Y, en cada caso, un salto total desde una esfera a otra completamente distinta. Se podría pensar en un hombre que fuese completamente sordo y jamás hubiera tenido ninguna sensación sonora ni musical; del mismo modo que un hombre de estas características se queda atónito ante las figuras acústicas de Chladni en la arena, descubre su causa en las vibraciones de la cuerda y jurará entonces que, en adelante, no se puede ignorar lo que los hombres llaman “sonido”, así nos sucede a todos nosotros con el lenguaje. Creemos saber algo de las cosas mismas cuando hablamos de árboles, colores, nieve y flores y no poseemos, sin embargo, más que metáforas de las cosas que no corresponden en absoluto a las esencias primitivas. Del mismo modo que el sonido configurado en la arena, la enigmática x de la cosa en sí se presenta en principio como impulso nervioso, después como figura, finalmente como sonido. Por tanto, en cualquier caso, el origen del lenguaje no sigue un proceso lógico, y todo el material sobre el que, y a partir del cual, trabaja y construye el hombre de la verdad, el investigador, el filósofo, procede, si no de las nubes, en ningún caso de la esencia de las cosas.

Pero pensemos especialmente en la formación de los conceptos. Toda palabra se convierte de manera inmediata en concepto en tanto que justamente no ha de servir para la experiencia singular y completamente individualizada a la que debe su origen, por ejemplo, como recuerdo, sino que debe encajar al mismo tiempo con innumerables experiencias, por así decirlo, más o menos similares, jamás idénticas estrictamente hablando; en suma, con casos puramente diferentes. Todo concepto se forma por equiparación de casos no iguales. Del mismo modo que es cierto que una hoja no es igual a otra, también es cierto que el concepto hoja se ha formado al abandonar de manera arbitraria esas diferencias individuales, al olvidar las notas distintivas, con lo cual se suscita entonces la representación, como si en la naturaleza hubiese algo separado de las hojas que fuese la “hoja”, una especie de arquetipo primigenio a partir del cual todas las hojas habrían sido tejidas, diseñadas, calibradas, coloreadas, onduladas, pintadas, pero por manos tan torpes, que ningún ejemplar resultase ser correcto y fidedigno como copia fiel del arquetipo. Decimos que un hombre es “honesto”. ¿Por qué ha obrado hoy tan honestamente?, preguntamos. Nuestra respuesta suele ser así: a causa de su honestidad. ¡La honestidad! Esto significa a su vez: la hoja es la causa de las hojas. Ciertamente no sabemos nada en absoluto de una cualidad esencial, denominada “honestidad”, pero sí de una serie numerosa de acciones individuales, por lo tanto desemejantes, que igualamos olvidando las desemejanzas, y, entonces, las denominamos acciones honestas; al final formulamos a partir de ellas una qualitas occulta con el nombre de “honestidad”.

La omisión de lo individual y de lo real nos proporciona el concepto del mismo modo que también nos proporciona la forma, mientras que la naturaleza no conoce formas ni conceptos, así como tampoco ningún tipo de géneros, sino solamente una x que es para nosotros inaccesible e indefinible. También la oposición que hacemos entre individuo y especie es antropomórfica y no procede de la esencia de las cosas, aun cuando tampoco nos aventuramos a decir que no le corresponde: en efecto, sería una afirmación dogmática y, en cuanto tal, tan demostrable como su contraria.

¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal.

No sabemos todavía de dónde procede el impulso hacia la verdad, pues hasta ahora solamente hemos prestado atención al compromiso que la sociedad establece para existir: ser veraz, es decir, utilizar las metáforas usuales; por tanto, solamente hemos prestado atención, dicho en términos morales, al compromiso de mentir de acuerdo con una convención firme, mentir borreguilmente, de acuerdo con un estilo vinculante para todos. Ciertamente, el hombre se olvida de que su situación es ésta; por tanto, miente de la manera señalada inconscientemente y en virtud de hábitos seculares —y precisamente en virtud de esta inconsciencia, precisamente en virtud de este olvido, adquiere el sentimiento de la verdad—. A partir del sentimiento de estar comprometido a designar una cosa como “roja”, otra como “fría” y una tercera como “muda”, se despierta un movimiento moral hacia la verdad; a partir del contraste del mentiroso, en quien nadie confía y a quien todo el mundo excluye, el hombre se demuestra a sí mismo lo honesto, lo fiable y lo provechoso de la verdad. En ese instante, el hombre pone sus actos como ser racional bajo el dominio de las abstracciones; ya no tolera más el ser arrastrado por las impresiones repentinas, por las intuiciones; generaliza en primer lugar todas esas impresiones en conceptos más descoloridos, más fríos, para uncirlos al carro de su vida y de su acción. Todo lo que eleva al hombre por encima del animal depende de esa capacidad de volatilizar las metáforas intuitivas en un esquema; en suma, de la capacidad de disolver una figura en un concepto. En el ámbito de esos esquemas es posible algo que jamás podría conseguirse bajo las primitivas impresiones intuitivas: construir un orden piramidal por castas y grados; instituir un mundo nuevo de leyes, privilegios, subordinaciones y delimitaciones, que ahora se contrapone al otro mundo de las primitivas impresiones intuitivas como lo más firme, lo más general, lo mejor conocido y lo más humano y, por tanto, como una instancia reguladora e imperativa. Mientras que toda metáfora intuitiva es individual y no tiene otra idéntica y, por tanto, sabe siempre ponerse a salvo de toda clasificación, el gran edificio de los conceptos ostenta la rígida regularidad de un columbarium romano e insufla en la lógica el rigor y la frialdad peculiares de la matemática. Aquel a quien envuelve el hálito de esa frialdad, se resiste a creer que también el concepto, óseo y octogonal como un dado y, como tal, versátil, no sea más que el residuo de una metáfora, y que la ilusión de la extrapolación artística de un impulso nervioso en imágenes es, si no la madre, sí sin embargo la abuela de cualquier concepto. Ahora bien, dentro de ese juego de dados de los conceptos se denomina “verdad” al uso de cada dado según su designación; contar exactamente sus puntos, formar las clasificaciones correctas y no violar en ningún caso el orden de las castas ni la sucesión jerárquica. Así como los romanos y los etruscos dividían el cielo mediante rígidas líneas matemáticas y conjuraban en ese espacio así delimitado, como en un templum, a un dios, cada pueblo tiene sobre él un cielo conceptual semejante matemáticamente repartido y en esas circunstancias entiende por mor de la verdad, que todo dios conceptual ha de buscarse solamente en su propia esfera. Cabe admirar en este caso al hombre como poderoso genio constructor, que acierta a levantar sobre cimientos inestables y, por así decirlo, sobre agua en movimiento una catedral de conceptos infinitamente compleja: ciertamente, para encontrar apoyo en tales cimientos debe tratarse de un edificio hecho como de telarañas, suficientemente liviano para ser transportado por las olas, suficientemente firme para no desintegrarse ante cualquier soplo de viento. Como genio de la arquitectura el hombre se eleva muy por encima de la abeja: ésta construye con la cera que recoge de la naturaleza; aquél, con la materia bastante más delicada de los conceptos que, desde el principio, tiene que fabricar por sí mismo. Aquí él es acreedor de admiración profunda —pero no ciertamente por su inclinación a la verdad, al conocimiento puro de las cosas—. Si alguien esconde una cosa detrás de un matorral, a continuación la busca en ese mismo sitio y, además, la encuentra, no hay mucho de qué vanagloriarse en esa búsqueda y ese descubrimiento; sin embargo, esto es lo que sucede con la búsqueda y descubrimiento de la “verdad” dentro del recinto de la razón. Si doy la definición de mamífero y a continuación, después de haber examinado un camello, declaro: “he aquí un mamífero”, no cabe duda de que con ello se ha traído a la luz una nueva verdad, pero es de valor limitado; quiero decir; es antropomórfica de cabo a rabo y no contiene un solo punto que sea “verdadero en sí”, real y universal, prescindiendo de los hombres. El que busca tales verdades en el fondo solamente busca la metamorfosis del mundo en los hombres; aspira a una comprensión del mundo en tanto que cosa humanizada y consigue, en el mejor de los casos, el sentimiento de una asimilación. Del mismo modo que el astrólogo considera a las estrellas al servicio de los hombres y en conexión con su felicidad y con su desgracia, así también un investigador tal considera que el mundo en su totalidad está ligado a los hombres; como el eco infinitamente repetido de un sonido original, el hombre; como la imagen multiplicada de un arquetipo, el hombre. Su procedimiento consiste en tomar al hombre como medida de todas las cosas; pero entonces parte del error de creer que tiene estas cosas ante sí de manera inmediata,como objetos puros. Por tanto, olvida que las metáforas intuitivas originales no son más que metáforas y las toma por las cosas mismas.

Sólo mediante el olvido de este mundo primitivo de metáforas, sólo mediante el endurecimiento y petrificación de un fogoso torrente primordial compuesto por una masa de imágenes que surgen de la capacidad originaria de la fantasía humana, sólo mediante la invencible creencia en que este sol, esta ventana, esta mesa son una verdad en sí, en resumen: gracias solamente al hecho de que el hombre se olvida de sí mismo como sujeto y, por cierto, como sujeto artísticamente creador, vive con cierta calma, seguridad y consecuencia; si pudiera salir, aunque sólo fuese un instante, fuera de los muros de esa creencia que lo tiene prisionero, se terminaría en el acto su “conciencia de sí mismo”. Le cuesta trabajo reconocer ante sí mismo que el insecto o el pájaro perciben otro mundo completamente diferente al del hombre y que la cuestión de cuál de las dos percepciones del mundo es la correcta carece totalmente de sentido, ya que para decidir sobre ello tendríamos que medir con la medida de la percepción correcta, es decir, con una medida de la que no se dispone. Pero, por lo demás, la “percepción correcta” —es decir, la expresión adecuada de un objeto en el sujeto— me parece un absurdo lleno de contradicciones, puesto que entre dos esferas absolutamente distintas, como lo son el sujeto y el objeto, no hay ninguna causalidad, ninguna exactitud, ninguna expresión, sino, a lo sumo, una conducta estética, quiero decir: un extrapolar alusivo, un traducir balbuciente a un lenguaje completamente extraño, para lo que, en todo caso, se necesita una esfera intermedia y una fuerza mediadora, libres ambas para poetizar e inventar. La palabra “fenómeno” encierra muchas seducciones, por lo que, en lo posible, procuro evitarla, puesto que no es cierto que la esencia de las cosas se manifieste en el mundo empírico. Un pintor que careciese de manos y quisiera expresar por medio del canto el cuadro que ha concebido, revelará siempre, en ese paso de una esfera a otra, mucho más sobre la esencia de las cosas que en el mundo empírico. La misma relación de un impulso nervioso con la imagen producida no es, en sí, necesaria; pero cuando la misma imagen se ha producido millones de veces y se ha transmitido hereditariamente a través de muchas generaciones de hombres, apareciendo finalmente en toda la humanidad como consecuencia cada vez del mismo motivo, acaba por llegar a tener para el hombre el mismo significado que si fuese la única imagen necesaria, como si la relación del impulso nervioso original con la imagen producida fuese una relación de causalidad estricta; del mismo modo que un sueño eternamente repetido sería percibido y juzgado como algo absolutamente real. Pero el endurecimiento y la petrificación de una metáfora no garantizan para nada en absoluto la necesidad y la legitimación exclusiva de esta metáfora.

Sin duda, todo hombre que esté familiarizado con tales consideraciones ha sentido una profunda desconfianza hacia todo idealismo de este tipo, cada vez que se ha convencido con la claridad necesaria de la consecuencia, ubicuidad e infalibilidad de las leyes de la naturaleza; y ha sacado esta conclusión: aquí, cuanto alcanzamos en las alturas del mundo telescópico y en los abismos del mundo microscópico, todo es tan seguro, tan elaborado, tan infinito, tan regular, tan exento de lagunas; la ciencia cavará eternamente con éxito en estos pozos, y todo lo que encuentre habrá de concordar entre sí y no se contradirá. Qué poco se asemeja esto a un producto de la imaginación; si lo fuese, tendría que quedar al descubierto en alguna parte de la apariencia y la irrealidad. Al contrario, cabe decir por lo pronto que, si cada uno de nosotros tuviese una percepción sensorial diferente, podríamos percibir unas veces como pájaros, otras como gusanos, otras como plantas, o si alguno de nosotros viese el mismo estímulo como rojo, otro como azul e incluso un tercero lo percibiese como un sonido, entonces nadie hablaría de tal regularidad de la naturaleza, sino que solamente se la concebiría como una creación altamente subjetiva. Entonces, ¿qué es, en suma, para nosotros una ley de la naturaleza? No nos es conocida en sí, sino solamente por sus efectos, es decir, en sus relaciones con otras leyes de la naturaleza que, a su vez, sólo nos son conocidas como sumas de relaciones. Por consiguiente, todas esas relaciones no hacen más que remitir continuamente unas a otras y nos resultan completamente incomprensibles en su esencia; en realidad sólo conocemos de ellas lo que nosotros aportamos: el tiempo, el espacio, por tanto las relaciones de sucesión y los números. Pero todo lo maravilloso, lo que precisamente nos asombra de las leyes de la naturaleza, lo que reclama nuestra explicación y lo que podría introducir en nosotros la desconfianza respecto al idealismo, reside única y exclusivamente en el rigor matemático y en la inviolabilidad de las representaciones del espacio y del tiempo. Sin embargo, esas nociones las producimos en nosotros y a partir de nosotros con la misma necesidad que la araña teje su tela; si estamos obligados a concebir todas las cosas solamente bajo esas formas, entonces no es ninguna maravilla el que, a decir verdad, sólo captemos en todas las cosas precisamente esas formas, puesto que todas ellas deben llevar consigo las leyes del número, y el número es precisamente lo más asombroso de las cosas. Toda la regularidad de las órbitas de los astros y de los procesos químicos, regularidad que tanto respeto nos infunde, coincide en el fondo con aquellas propiedades que nosotros introducimos en las cosas, de modo que, con esto, nos infundimos respeto a nosotros mismos. En efecto, de aquí resulta que esta producción artística de metáforas con la que comienza en nosotros toda percepción, supone ya esas formas y, por tanto, se realizará en ellas; sólo por la sólida persistencia de esas formas primigenias resulta posible explicar el que más tarde haya podido construirse sobre las metáforas mismas el edificio de los conceptos. Este edificio es, efectivamente, una imitación, sobre la base de las metáforas, de las relaciones de espacio, tiempo y número.  

 

2

Como hemos visto, en la construcción de los conceptos trabaja originariamente el lenguaje; más tarde la ciencia. Así como la abeja construye las celdas y, simultáneamente, las rellena de miel, del mismo modo la ciencia trabaja inconteniblemente en ese gran columbarium de los conceptos, necrópolis de las intuiciones; construye sin cesar nuevas y más elevadas plantas, apuntala, limpia y renueva las celdas viejas y, sobre todo, se esfuerza en llenar ese colosal andamiaje que desmesuradamente ha apilado y en ordenar dentro de él todo el mundo empírico, es decir, el mundo antropomórfico. Si ya el hombre de acción ata su vida a la razón y a los conceptos para no verse arrastrado y no perderse a sí mismo, el investigador construye su choza junto a la torre de la ciencia para que pueda servirle de ayuda y encontrar él mismo protección bajo ese baluarte ya existente. De hecho necesita protección, puesto que existen fuerzas terribles que constantemente le amenazan y que oponen a la verdad científica “verdades” de un tipo completamente diferente con las más diversas etiquetas.  

Ese impulso hacia la construcción de metáforas, ese impulso fundamental del hombre del que no se puede prescindir ni un solo instante, pues si así se hiciese se prescindiría del hombre mismo, no queda en verdad sujeto y apenas si domado por el hecho de que con sus evanescentes productos, los conceptos, resulta construido un nuevo mundo regular y rígido que le sirve de fortaleza. Busca un nuevo campo para su actividad y otro cauce y lo encuentra en el mito y, sobre todo, en el arte. Confunde sin cesar las rúbricas y las celdas de los conceptos introduciendo de esta manera nuevas extrapolaciones, metáforas y metonimias; continuamente muestra el afán de configurar el mundo existente del hombre despierto, haciéndolo tan abigarradamente irregular, tan inconsecuente, tan inconexo, tan encantador y eternamente nuevo, como lo es el mundo de los sueños. En sí, ciertamente, el hombre despierto solamente adquiere conciencia de que está despierto por medio del rígido y regular tejido de los conceptos y, justamente por eso, cuando en alguna ocasión un tejido de conceptos es desgarrado de repente por el arte llega a creer que sueña. Tenía razón Pascal cuando afirmaba que, si todas las noches nos sobreviniese el mismo sueño, nos ocuparíamos tanto de él como de las cosas que vemos cada día: “Si un artesano estuviese seguro de que sueña cada noche, durante doce horas completas, que es rey, creo —dice Pascal— que sería tan dichoso como un rey que soñase todas las noches durante doce horas que es artesano”. La diurna vigilia de un pueblo míticamente excitado, como el de los antiguos griegos, es, de hecho, merced al milagro que se opera de continuo, tal y como el mito supone, más parecida al sueño que a la vigilia del pensador científicamente desilusionado. Si cada árbol puede hablar como una ninfa, o si un dios, bajo la apariencia de un toro, puede raptar doncellas, si de pronto la misma diosa Atenea puede ser vista en compañía de Pisístrato recorriendo las plazas de Atenas en un hermoso tiro —y esto el honrado ateniense lo creía—, entonces, en cada momento, como en sueños, todo es posible y la naturaleza entera revolotea alrededor del hombre como si solamente se tratase de una mascarada de los dioses, para quienes no constituiría más que una broma el engañar a los hombres bajo todas las figuras.

Pero el hombre mismo tiene una invencible inclinación a dejarse engañar y está como hechizado por la felicidad cuando el rapsoda le narra cuentos épicos como si fuesen verdades, o cuando en una obra de teatro el cómico, haciendo el papel de rey, actúa más regiamente que un rey en la realidad. El intelecto, ese maestro del fingir, se encuentra libre y relevado de su esclavitud habitual tanto tiempo como puede engañar sin causar daño, y en esos momentos celebra sus Saturnales. Jamás es tan exuberante, tan rico, tan soberbio, tan ágil y tan audaz: poseído de placer creador, arroja las metáforas sin orden alguno y remueve los mojones de las abstracciones de tal manera que, por ejemplo, designa el río como el camino en movimiento que lleva al hombre allí donde habitualmente va. Ahora ha arrojado de sí el signo de la servidumbre; mientras que antes se esforzaba con triste solicitud en mostrar el camino y las herramientas a un pobre individuo que ansía la existencia y se lanza, como un siervo, en buscar de presa y botín para su señor, ahora se ha convertido en señor y puede borrar de su semblante la expresión de indigencia. Todo lo que él hace ahora conlleva, en comparación con sus acciones anteriores, el fingimiento, lo mismo que las anteriores conllevaban la distorsión. Copia la vida del hombre, pero la toma como una cosa buena y parece darse por satisfecho con ella. Ese enorme entramado y andamiaje de los conceptos al que de por vida se aferra el hombre indigente para salvarse, es solamente un armazón para el intelecto liberado y un juguete para sus más audaces obras de arte y, cuando lo destruye, lo mezcla desordenadamente y lo vuelve a juntar irónicamente, uniendo lo más diverso y separando lo más afín, pone de manifiesto que no necesita de aquellos recursos de la indigencia y que ahora no se guía por conceptos, sino por intuiciones. No existe ningún camino regular que conduzca desde esas intuiciones a la región de los esquemas espectrales, las abstracciones; la palabra no está hecha para ellas, el hombre enmudece al verlas o habla en metáforas rigurosamente prohibidas o mediante concatenaciones conceptuales jamás oídas, para corresponder de un modo creador, aunque sólo sea mediante la destrucción y el escarnio de los antiguos límites conceptuales, a la impresión de la poderosa intuición actual.

Hay períodos en los que el hombre racional y el hombre intuitivo caminan juntos; el uno angustiado ante la intuición, el otro mofándose de la abstracción; es tan irracional el último como poco artístico el primero. Ambos ansían dominar la vida: éste sabiendo afrontar las necesidades más imperiosas mediante previsión, prudencia y regularidad; aquél sin ver, como “héroe desbordante de alegría”, esas necesidades y tomando como real solamente la vida disfrazada de apariencia y belleza. Allí donde el hombre intuitivo, como en la Grecia antigua, maneja sus armas de manera más potente y victoriosa que su adversario, puede, si las circunstancias son favorables, configurar una cultura y establecer el dominio del arte sobre la vida; ese fingir, ese rechazo de la indigencia, ese brillo de las intuiciones metafóricas y, en suma, esa inmediatez del engaño acompañan todas las manifestaciones de una vida de esa especie. Ni la casa, ni el paso, ni la indumentaria, ni la tinaja de barro descubren que ha sido la necesidad la que los ha concebido: parece como si en todos ellos hubiera de expresarse una felicidad sublime y una serenidad olímpica y, en cierto modo, un juego con la seriedad. Mientras que el hombre guiado por conceptos y abstracciones solamente conjura la desgracia mediante ellas, sin extraer de las abstracciones mismas algún tipo de felicidad; mientras que aspira a liberarse de los dolores lo más posible, el hombre intuitivo, aposentado en medio de una cultura, consigue ya, gracias a sus intuiciones, además de conjurar los males, un flujo constante de claridad, animación y liberación. Es cierto que sufre con más vehemencia cuando sufre; incluso sufre más a menudo porque no sabe aprender de la experiencia y tropieza una y otra vez en la misma piedra en la que ya ha tropezado anteriormente. Es tan irracional en el sufrimiento como en la felicidad, se desgañita y no encuentra consuelo. ¡Cuán distintamente se comporta el hombre estoico ante las mismas desgracias, instruido por la experiencia y autocontrolado a través de los conceptos! Él, que sólo busca habitualmente sinceridad, verdad, emanciparse de los engaños y protegerse de las incursiones seductoras, representa ahora, en la desgracia, como aquél, en la felicidad, la obra maestra del fingimiento; no presenta un rostro humano, palpitante y expresivo, sino una especie de máscara de facciones dignas y proporcionadas; no grita y ni siquiera altera su voz; cuando todo un nublado descarga sobre él, se envuelve en su manto y se marcha caminando lentamente bajo la tormenta.

NietzscheSobre verdad y mentira en sentido extramoral. Tecnos, Madrid.

 

 

Títulos, viajes y libros

13 Mar

Tengo en mis manos el libro titulado El hombre en las redes de las nuevas tecnologías. Aportes a la disolución del enfrentamiento hombre-técnica, de Andrea Cortés-Boussac. Un libro pretencioso que no terminé de leer porque mi paciencia tiene límites.

La autora es filósofa de los Andes y doctora en filosofía de la Freie Universität de Berlín (Alemania, aclara ella), parece que allá conoció a su esposo ilustre, a quien dedica su libro agradecida por haberla sacada de la ignorancia en la que estaba sumida. A su esposo Etienne, a su hija Sophie y a su maestro Andrew Feenberg, quien fue discípulo de Marcuse, quien fue discípulo de Heidegger.

Andrew Feenberg se deshace en elogios al libro de Andrea Cortés-Boussac, quien se deshace en elogios a la obra de Marcuse y Heidegger, parece que Andrea parte del presupuesto de que en la universidad se gestan las grandes ideas y que el cuatrinomio Cortés-Boussac-Feenberg-Marcuse-Heidegger es apenas lógico: los maestros preparan a los discípulos para que dominen la materia y den cuenta de que en la universidad surgen las grandes ideas, las más revolucionarias.

En el libro son fundamentales los títulos, los cargos y los reconocimientos académicos de la autora y de quien presenta el libro de la autora y se presenta la obra y la figura de Heidegger como si se tratara de El Más Sabio de los hombres. Se usan las grandes ideas del Maestro para saber si cuando una persona usa su cuenta de Twitter o de Facebook se trata de un hombre, un ser, un ser humano, un ente, un humano, un sujeto, una persona, una cosa, un zombie… Lo más gracioso de todo es que la autora se rompe la cabeza tratando de explicar la tonterías que el Maestro explicó de manera confusa (para que las entendiera sólo él mismo) y la susodicha ni siquiera tiene perfil en las redes sociales, es una completa nulidad en el manejo de estos espacios.

¿Por qué se publican este tipo de libros?

¿Quién lee este tipo de libros?

¿Qué sentido tiene usar la obra de Heidegger para explicar algo tan tonto como la experiencia de los usuarios en las redes sociales?

¿Qué sentido tiene viajar desde Bogotá hasta Berlín, perder varios años de la vida allá para terminar escribiendo babosadas del tipo?:

“Esto no quiere decir que el hombre esté preso de la tecnología porque según esta interpretación seguiría primando el esquema sujeto-objeto. Bajo este esquema no se explica el mundo en redes, más que como una suma de objetos que afectan al sujeto, pues, en determinados casos éste ya no los puede dominar. Por el contrario, la propuesta heideggeriana de “In-der-Welt-sein” (ser o estar en el mundo) envuelve hombre y mundo en una unidad con diferentes dimensiones que no la descomponen, sino la exponen mejor y la enriquecen”. (página 35).

Imagen

Si Nicolás Gómez Dávila fuera tuitero

28 May

Gran escritor no es el que carece de defectos, sino el que logra que sus defectos no importen.

La soledad nos enseña a ser intelectualmente más honestos, pero nos induce a ser intelectualmente menos corteses.

Se acostumbra pregonar derechos para poder violar deberes.

No les demos a las opiniones estúpidas el placer de escandalizarnos.

Los reaccionarios les procuramos a los bobos el placer de sentirse atrevidos pensadores de vanguardia.

La decisión que no sea un poco demente no merece respeto.

Las influencias no enriquecen sino a los espíritus originales.

El manifiesto firmado por más de tres personas resulta siempre un ejemplo más del mismo tema idiota.

Para renovar no es necesario contradecir, basta profundizar.

La presencia de un imbécil entristece.

Abundan los que se creen enemigos de Dios y sólo alcanzan a serlo del sacristán.

Sólo lo inesperado satisface plenamente.

Los textos reaccionarios les parecen obsoletos a los contemporáneos y de una actualidad sorprendente a la posteridad.

Cada una de las sucesivas ortodoxias de una ciencia le parecen verdad definitiva al discípulo.

Las épocas de liberación sexual reducen a unos pocos gritos espasmódicos las ricas modulaciones de la sensualidad humana.

Sólo la contemplación de lo inmediato nos salva del tedio en este incomprensible universo.

Las soluciones en filosofía son el disfraz de nuevos problemas.

Cierta clase de alusión culta es propia del semi-culto.

Tan sólo el hombre inteligente y el estólido saben ser sedentarios. La mediocridad es inquieta y viaja.

Nada le es tan funesto al arte como el entusiasmo del público.

Las nomenclaturas metafóricas (v. g. cuerpo social — cerebro electrónico— etc.) proveen de soluciones y de enigmas al imbécil.

Indicios de civilización sólo son la claridad, la lucidez, el orden, los buenos modales, de la prosa cotidiana.

La filosofía que se tecnifica no gana en certidumbre, sino en ininteligibilidad.

Del que se dice que “pertenece a su tiempo” sólo se está diciendo que coincide con el mayor número de tontos en ese momento.

El libro que no escandalice un poco al experto no tiene razón de existir.

El reaccionario no es un pensador excéntrico, sino un pensador insobornable.

A la sombra del pintor genial, decenas de pintores de talento pueden crecer; la sombra del gran poeta, en cambio, es letal.

Literatura es todo lo que está escrito con talento.

Al vulgo no se le puede enseñar nada sino deduciéndoselo de sus apetitos, de su codicia, de su miedo.

El buen gusto aprendido resulta de peor gusto que el mal gusto espontáneo.

La lectura de poetas menores seguramente figura entre los suplicios del infierno.

Ideario del hombre moderno: comprar el mayor número de objetos; hacer el mayor número de viajes; copular el mayor número de veces.

Cuidémonos de llamar “aceptar la vida” aceptar sin resistencia lo que degrada.

Proletario consciente en el vocabulario marxista significa pueblo convertido a los ideales burgueses.

Lo que distingue al hombre culto del inculto es su manera de ignorar.

La “explicación” no necesita ser cierta para tranquilizar al tonto.

A la gente no la indigna el error en sí, sino el error, o la verdad, que no estén de moda.

Más que lo que dice, al imbécil lo delata su dicción.

Ya no hay clase alta, ni pueblo; sólo hay plebe pobre y plebe rica.

Las palabras son las verdaderas aventuras del auténtico escritor.

En todo sistema filosófico hay un lugar secreto,donde la rigidez del raciocinio se quiebra, donde la continuidad del pensamiento se rompe.

Los lugares comunes de las letras clásicas fueron los preceptores de Occidente.

En las utopías de una época se originan las matanzas de la siguiente.

Nada inquieta más al incrédulo inteligente que el católico inteligente.

Para ridiculizar basta citar fuera de contexto.

Los credos del incrédulo me dejan atónito.

La aserción breve no debe ser ocurrencia repentina sino conclusión lacónica.

La pérdida de transparencia es el primer síntoma de decadencia de un idioma.

La perfecta transparencia de un texto es, sin más, una delicia suficiente.

Al repudiar los ritos, el hombre se reduce a animal que copula y come.

El contemporáneo que no admira a los escritores de su tiempo comete algunas injusticias, pero evita un sin número de cómicos errores.

Sólo es transparente el diálogo entre dos solitarios.

Mis convicciones son las mismas que las de la anciana que reza en el rincón de una iglesia.

Marxismo y psico-análisis han sido los dos cepos de la inteligencia moderna.

Más que la estupidez misma lo irritante es un vocabulario científico en su boca.

Nuestras repugnancias espontáneas suelen ser más lúcidas que nuestras convicciones razonadas.

Todo el que se sienta parte de una muchedumbre cualquiera sin incomodarse, debe avergonzarse.

Discurso de la servidumbre voluntaria

22 Mar

Según Homero, Ulises dijo públicamente que “No es bueno tener varios amos; tengamos sólo uno. Que sólo uno sea el amo, que sólo uno sea el rey”. Habría bastado con que se hubiera limitado a decir “no es bueno tener varios amos”. Pero en vez de deducir que la dominación de varios no puede ser buena, ya que el poder de sólo uno, una vez que adopta ese título de amo, ya es de por sí duro y no razonable, añade, por el contrario, que “tengamos sólo un amo”.

Quiza haya que excusar a Ulises por tal lenguaje, que le servía para amainar la rebelión del ejército. Yo creo que no adaptaba su discurso a la verdad sino, más bien, a las circunstancias. Pero, a la luz de la reflexión, resulta desgracia extrema el estar sometido a un amo, de cuya bondad nunca se puede estar seguro y que posee el poder de ser cruel siempre que así lo quiera. En cuanto a la obediencia ante varios amos, multiplicará esa extremada desgracia tantas veces como amos haya.

No quiero debatir aquí la cuestión, tantas veces discutida, de “si otros tipos de república son mejores que la monarquía”. Si tuviera que hacerlo, antes de ponerme a buscar el lugar que la monarquía debe ocupar entre los diversos modos de gobernar la cosa pública, preguntaría primero si se le debe conceder algún lugar, pues resulta difícil creer que haya nada de público en ese gobierno en el que todo es de uno solo. Pero dejemos para otro momento esta cuestión que bien merecería otro tratado dedicado a ella y que provocaría todo tipo de disputas políticas.

Por el momento, querría solamente comprender cómo puede ser que tantos hombres, burgos, ciudades y naciones soporten a veces a un único tirano que no tiene más poder que el que ellos le dan, que sólo puede perjudicarles porque ellos lo aguantan, que no podría hacerles ningún mal si no prefiriesen sufrirle a contradecirle.

Resulta cosa verdaderamente sorprendente, aunque sea tan común que más cabe gemir que asombrarse, ver a un millón de hombres miserablemente esclavizados, con la cabeza bajo el yugo, no porque estén sometidos por una fuerza mayor sino porque han sido fascinados, embrujados podríamos decir, por el nombre de uno solo, al que no deberían temer, ya que sólo es uno, ni amar, ya que es inhumano y cruel con ellos. Sin embargo, esta es la debilidad de los hombres: forzados a la obediencia, obligados a contemporizar, no siempre pueden ser los más fuertes. Por tanto, si una nación, coaccionada por la fuerza de las armas, se ve sometida al poder de uno sólo, como la ciudad de Atenas se vio sometida a la dominación de los treinta tiranos, no hay que extrañarse de que actue como sierva, sino, más bien, deplorarlo. O, más bien, no extrañarse ni compadecerse de ello, sino soportar la desgracia con paciencia y reservarse para un futuro mejor.

Estamos hechos de tal modo que los deberes comunes de la amistad absorven buena parte de nuestra vida. Es razonable amar la virtud, estimar las buenas acciones, agradecer los favores recibidos y, con frecuencia, reducir nuestro propio bienestar para poder acrecentar  el honor y provecho de aquellos a quienes amamos y merecen ser amados. Si, por tanto, los habitantes de un país encuentran entre ellos a uno de esos escasos hombres que les haya dado pruebas de una gran previsión para salvaguardarles, de un gran coraje para defenderles, de una gran prudencia para gobernarles y si, a la larga, se acostumbran a obedecerle y a confiar en él hasta el punto de otorgarle cierta supremacía, no sé si sería sensato quitarle de allá donde lo hacía bien para colocarle donde podría hacerlo mal. Parece, en efecto, natural  ser atentos con quien nos ha hecho el bien y no temer que nos depare un mal.

Pero, por Dios, ¿qué es esto? ¿Cómo denominar a esta desgracia? ¿Cuál es este vicio, este vicio horrible, por el que un número infinito de hombres no sólo obeceden, sino que sirven, no sólo son gobernados, sino tiranizados, de forma que no les pertenecen ni sus bienes, ni sus parientes, ni sus hijos ni su vida misma? Se les ve sufrir las rapiñas, las arbitrariedades y las crueldades que les son inflingidas, no por un ejército ni por una bárbara bandería frente a los que cada uno debería defender su sangre y suvida, ¡sino por un solo hombre! No un Hércules o un Sansón, sino un hombrecillo que frecuentemente es el más ruin y pusilánime de la nación, que nunca ha olido el polvo de las batallas ni apenas pisado la arena de los torneos. Un hombrecito que no sólo carece de actitudes para dirigir a los hombres, sino incluso para satisfacer a cualquier pequeña mujer.

¿Daremos nombre a esta villanía? ¿Llamaremos viles y cobardes a estos hombres sometidos? Si fuesen dos, tres o cuatro quienes cediesen ante un solo hombre, resultaría raro, pero no obstante posible; quizá se podría decir con razón: les falta corazón. Pero si se trata de cien o de mil que sufren la opresión de uno, ¿se dirá que no se atreven a atacarle o que no quieren? ¿será cobardía o desprecio y desdén?

¿Y cómo calificar el estado de cosas en el que no cien ni mil hombres, sino cien países, mil ciudades o un millón de hombres renuncian a asaltar a aquel que les trata como siervos y esclavos? ¿Es cobardía? Pero todos los vicios tienen límites que no pueden sobrepasar. Dos hombres, incluso diez, pueden temer a uno; pero que mil o un millón de hombres, o mil ciudades, no se defiendan contra un solo hombre, eso no es cobardía, pues ésta no llega hasta tal punto, de la misma forma que el coraje no exige que un solo hombre escale una fortaleza, ataque a un ejército o conquiste un reino. ¿Qué vicio monstruoso es, pues, éste, que ni siquiera merece el título de cobardía, que no encuentra nombre lo bastante sucio y al que la naturaleza condena y al que la lengua no quiere nombrar?…

Póngase frente a frente a cincuenta mil hombres armados; lánceseles a la batalla y que choquen en pelea. Los unos, libres, combaten por su libertad, los otros combaten  para arrebatársela. ¿Para quién será la victoria? ¿Quiénes acudiran al combate con más coraje, los que esperan tener como recompensa el mantenimiento de su propia libertad o los que, como salario por los golpes que dan y reciben, no esperan recibir más recompensa que la servidumbre de otro?
Los primeros tienen siempre ante sus ojos la felicidad de su vida pasada y la espera de un bienestar similar en el futuro. Piensan menos en lo que deben soportar durante la batalla que en lo que, vencidos, tendrían que soportar ellos, sus hijos y todos sus descendientes.

A los segundos, por el contrario, apenas les azuza un poco de codicia, que se atenúa repentinamente al hacer frente al peligro y cuyo ardor se extingue ante la sangre de la primera herida.

En las tan renombradas batallas de Milciades, Leónidas o Temístocles, que datan de hace dos mil años y que aún hoy viven frescas en la memoria de los libros y de los hombres, tal y como si hubiesen sido libradas ayer, en Grecia, por el bien de los griegos y del mundo entero, ¿qué dio a un número tan pequeño de griegos, no el poder, sino el coraje para soportar la fuerza de navíos en número tan grande que la propia mar se desbordaba,  para vencer a naciones tan numerosas que ni siquiera todos los soldados griegos habrían sido suficientes para abastecer de capitanes a sus ejércitos enemigos? En esas jornadas gloriosas lo que estaba en juego no era tanto la batalla entre griegos y persas, sino la victoria de la libertad sobre la dominación, de la liberación sobre la codicia.

Son, en verdad, extraordinarios los relatos que se refieren a la valentía que la libertad pone en el corazón de quienes la defienden. Sin embargo, en todos los lugares y todos los días ocurre que un solo hombre oprime a cien mil y les priva de su libertad. ¿Quién podría creerlo si se lo contasen pero no lo viese con sus propios ojos? Si esto sólo ocurriese en países extraños y tierras lejanas, ¿quién no creería que tal relato era pura invención?

No obstante, a tal tirano único no es preciso combatirle ni abatirle.  Se descompondría por sí mismo, a condición de que el país no consienta en servirle. No se trata de quitarle nada, sino de no darle nada. No sería necesario que el país haga nada por sí mismo, a condición de no hacer nada en su propia contra. Son pues los pueblos los que se dejan, o, mejor dicho, se hacen maltratar, ya que para librarse de ello bastaría con que dejasen de servir. Es el pueblo quien se esclaviza y se degüella a sí mismo; quien, pudiendo escoger entre estar sometido o ser libre, rechaza la libertad  y admite el yugo; quien consiente su propio mal, o, más bien, lo busca… Si recobrar su libertad le costase algo, yo no le urgiría a ello. Aunque lo primero que debiera tener en su corazón es recuperar sus derechos naturales y, por así decirlo, dejar de ser bestia para volver a ser hombre, no espero de él tanta audacia. Admito que prefiera la seguridad de vivir miserablemente que una dudosa esperanza de vivir a su manera.

Ahora bien, si para tener libertad basta con desearla y con un simple quererla, ¿habrá una nación en el mundo que crea que la paga demasiado cara si la adquiere con un simple deseo? ¿Quién lamentaria tener la voluntad de recobrar un bien que se debería rescatar incluso pagando sangre por ello, un bien cuya pérdida hace que para todo hombre de honor la vida sea amarga y la muerte un beneficio?

Es cierto que, al igual que el fuego de una pequeña chispa crece y se refuerza, haciéndose más devorador cuanta más madera encuentra para quemar, pero al final se consume y termina extinguiéndose por sí mismo en cuenta deja de ser alimentado, también los tiranos cuanto más roban, más exigen, y cuanto más arruinan y destruyen, más obtienen y más servidumbre obtienen. Se hacen tanto más fuertes, tanto más descarados y dispuestos a asolar y destruir todo. Pero si no se les da nada, si no se les obedece, aunque no se les combata ni golpee, quedan desnudos y derrotados. Ya nada son, como la rama se seca y muere cuando su raíz queda sin jugo y alimento.

Para adquirir el bien al que aspira, el hombre audaz no teme ningún peligro y el hombre prudente no se desanima ante ninguna fatiga. Los cobartes y aletargados son los únicos que no saben ni aguantar el mal ni recobrar el bien que ellos se limitan a codiciar. La energía para pretender tal bien les es arrebatada por su propia cobardía y sólo les queda el deseo natural de poseerle. Este deseo, esa voluntad común a los sabios y a los imprudentes, a los valerosos y a los cobardes, les hace desear toda las cosas cuya posesión les haría más felices y contentos. Sólo hay una cosa para la que los hombres, ignoro el motivo, no tienen la fuerza necesaria para desearla: ¡la libertad, bien tan grande y dulce! Una vez perdida la libertad, todos los males llegan uno tras otro, y sin ella todos los demás bienes, corrompidos por la servidumbre, pierden todo su gusto y sabor.

Parece que los hombres sólo desdeñan la libertad porque, si la deseasen, la tendrían; da la impresión de que rehusan alcanzar tan preciosa adquisición por ser demasiado fácil de conseguir.

¡Pobres gentes miserables, pueblos insensatos, naciones que os acomodáis a vuestro mal y os cegáis ante vuestro bien! Os dejáis arrebatar ante vuestros ojos lo más bello y luminoso de vuestras rentas, dejáis que saqueen vuestros campos y que roben y despojen vuestras casas de los viejos muebles legados por vuestros antepasados. Tal y cómo vivís, ya no tenéis nada vuestro. Parece que seríais felices si sólo quedase a vuestra disposición la mitad de vuestros bienes, de vuestras familias, de vuestras vidas. Y tales estragos, tales desgracias y tal runina no os llegan de mano de los enemigos, sino del enemigo, de aquel al que vosotros habéis convertido en lo que es, aquel para el que marcháis valerosamente hacia la guerra y por cuya grandeza no rechazáis echaros en brazos de la muerte. Y, sin embargo, ese amo sólo tiene dos ojos, dos manos, un cuerpo, nada que no tenga el último de los habitantes de nuestras ciudades. Él sólo tiene de más aquello que vosotros le dais para que os destruya.¿De dónde saca todos esos ojos que os espían, sino de vosotros mismos? ¿Cómo tendría todas esas manos que os golpean, sino os las tomase en préstamo? Los pies con que pisotea vuestras ciudades, ¿no son vuestros? ¿Qué poder tiene sobre vosotros, salvo a vosotros mismos? ¿Cómo se atrevería a agrediros si no fuese porque lo hace de acuerdo con vosotros? ¿Qué mal podría haceros si no fueseis los encubridores del ladrón que os roba, los cómplices del asesino que os mata, los traidores de vosotros mismos?

Sembráis vuestros campos para que él los devaste, amuebláis y acondicionáis vuestra casa para proveer su pillaje, educáis a vuestras hijas para entregarlas a su lujuria, alimentáis a vuestros hijos para que, en el mejor de los casos, les convierta en soldados, para que los lleve a la guerra y a la masacre, para que los haga ministros de sus codicias y ejecutores de sus venganzas.

Os acostumbráis a la pena para que él pueda regalarse todas sus delicias y repantigarse en sus sucios placeres. Os debilitáis para que él sea más fuerte y pueda teneros agarrados por la brida con mayor rudeza. Tantas y tantas indignidades que las propias bestias se negarían a soportar si las sintiesen, y de las que podríais liberaros si intentáseis, no ya lograr vuestra liberación, sino solamente quererla.
Tomad la resolución de no servir y seréis libres. No os pido que le empujéis y le hagáis tambalear, sino sólo que no le sostengáis. Entonces veríais como un gran coloso, al que se le ha roto su base, se derrumba por su propio peso y se destruye.
Los médicos, precisamente, aconsejan no intentar sanar las plagas incurables, y quizá yo haya cometido un error al querer exhortar de esta manera a un pueblo que parece haber perdido, desde hace mucho tiempo, todo conocimiento sobre su mal, lo que demuestra que su enfermedad es mortal. Busquemos pues comprender, si es posible, como esta obstinada voluntad de servidumbre se ha enraizado de forma tan profunda que podríamos creer que el propio amor a la libertad no es tan natural como pensamos.

Creo que está fuera de duda que si viviésemos con los derechos que poseemos según la naturaleza y siguiendo los preceptos que ella nos enseña, nos someteríamos de buen grado a nuestro padre y a nuestra madre, subditos de la razón sin ser esclavos de nadie. Cada uno de nosotros reconoce, de manera natural, el impulso de obediencia hacia su padre y su madre.

En cuanto a saber si la razón nos es innata, tema muy debatido por las academias y discutido por todas las escuelas filosóficas, no creo equivocarme si digo que hay en nuestro alma un germen natural de razón, un germen que, desarrollado por los buenos consejos y los buenos ejemplos, puede desarrollarse de forma virtuosa, pero que también puede abortar, como frecuentemente ocurrre, ahogado por los vicios sobrevenidos. Lo que es claro y evidente, de manera que nadie puede ignorarlo, es que la naturaleza, ministro de Dios, gobernante de los hombres, en cierto modo nos ha creado y vertido en el mismo molde, para mostrarnos que todos somos iguales o, mejor dicho, hermanos. Y si en la distribución que ha hecho de sus dones ha otorgado ciertas ventajas corporales o espirituales a algunos, no por ello ha querido colocarnos en este mundo como si nos encontrásemos en un campo de batalla, ni ha enviado aquí a los más fuertes o diestros para que actúen como bandoleros armados ocultos en un bosque para maltratar a los más débiles.

Más bien creemos que al repartir lotes más grandes a unos, más pequeños a otros, ha querido hacer nacer un afecto fraternal e impulsarnos a practicarlo, ya que unos disponen del poder de socorrer mientras que otros necesitan ser socorridos. Por lo tanto, ya que esa buena madre nos ha dado a todos la tierra por residencia; ya que nos ha alojado a todos en la misma casa; ya que nos ha formado siguiendo el mismo modelo para que cada uno pueda mirarse y reconocerse en el otro como en un espejo; ya que nos ha dado a todos el bello regalo de la voz y la palabra para que nos reencontremos y fraternicemos, y para que se produzca, a través de la comunicación y el intercambio de nuestros pensamientos, la comunicación de nuestras voluntades; ya que ha buscado por todos los medios hacer y estrechar el nudo de nuestra alienza, de nuestra sociedad; ya que ha demostrado a través de todas las cosas que no sólo nos quería unidos sino que fuésemos como un sólo ser… ¿cómo dudar entonces de que somos libres por naturaleza, ya que somos todos iguales? Nadie puede pensar que la naturaleza haya colocado a nadie en situación de servidumbre, pues nos ha puesto a todos en compañía.

A decir verdad, es muy inútil preguntarse si la libertad es natural, ya que a nadie puede mantenérsele en servidumbre sin dañarle: nada hay en el mundo más contrario a la naturaleza, completamente razonable, que la injusticia. La libertad es, por tanto, natural. Por ello, en mi opinión, no sólo hemos nacido con la libertad, sino también con la pasión de defenderla.

Y si por casualidad aún encontramos a quienes dudan de ello, embrutecidos hasta el punto de no reconocer sus dones ni sus pasiones originales, será preciso que les rinda los honores que se merecen y eleve, por así decirlo, a los animales hasta la tarima de la cátedra, para enseñarles su naturaleza y condición. Los animales, Dios me ayude, gritan “Viva la libertad” a los hombres, si quieres escucharles. Varias de estas bestias muerten rápidamente una vez que son capturadas. Como el pez que pierde la vida fuera del agua, se dejan morir para no seguir viviendo una vez perdida su libertad natural. Si entre los animales hubiera jerarquías, de tal libertad harían su nobleza. Otras bestias, grandes o pequeñas, al ser capturadas muestran tan grande resistencia, con sus garras, cuernos, picos y patas, que demuestran claramente el precio que asignan a aquello que pierden.

Una vez capturadas, dan tantos evidentes signos de que conocen su desgracia que resulta bello verles languidecer más que vivir, gemir por su felicidad perdida más que disfrutar en servidumbre. Cuando el elefante, ya a punto de ser capturado y sin esperanza tras haberse defendido hasta el último aliento, clava sus mandíbulas y rompe sus dientes contra los árboles, ¿no quiere acaso decir así que su gran deseo de permanecer libre le ha dotado del espíritu y la astucia del mercader frente a los cazadores, a los que trata de comprar pagando con sus propios dientes y su marfil como precio de su libertad?

Al caballo le acariciamos desde su nacimiento para acostumbrarle a servir. Pero nuestras caricias no impiden que cuando se le quiere domar muerda su freno y cocee al sufrir la espuela. Creo que de esa forma quiere dar testimonio de que, si sirve, no lo hace de buen grado, sino forzado. ¿Qué decir entonces?

“Hasta los bueyes gimen bajo el yugo, y los pájaros se quejan en la jaula”, he dicho ya en verso en otra ocasión.

Así pues, ya que todo ser provisto de sentimientos siente la desgracia de la opresión y corre hacia la libertad; ya que las bestias, incluso aquellas destinadas al servicio del hombre, sólo se someten tras protestar y expresar un deseo contrario, ¿qué desgracia puede haber desnaturalizado al hombre -único ser  que verdaderamente ha nacido para ser libre-  hasta el punto de hacerle perder el recuerdo de su primer estado y el deseo de recuperarlo?

Hay tres tipos de tiranos.

Unos, reinan por elección del pueblo, otros por la fuerza de las armas, y los del tercer tipo reinan por sucesión de casta.

Aquellos que han adquirido el poder por el derecho de guerra, a ello ajustan su comportamiento, sabiéndolo y proclamándolo como en país conquistado.
Aquellos que nacen reyes no son, en general, mucho mejores. Nacidos y alimentados en el seno de la tiranía, desde su lactancia maman todo aquello que es propio del tirano y ven a los pueblos que les están sometidos como si fuesen sus siervos hereditarios. Según su tendencia dominante -ávaros o pródigos-, usan del reino como de su herencia.

En cuanto a aquel que ha recibido su poder del pueblo, parece que debería ser más soportable; y creo que lo sería si una vez alzado por encima de todos los demás, animado por eso que suele denominarse como “grandeza”, aunque yo no sé bien qué es, tomase la decisión de no cambiar por ello. Pero, casi siempre, el que a tal situación llega considera que debe transmitir el poder a sus hijos. Y una vez que han adoptado tal opinión, sorprende ver cómo superan en vicios y crueldades a todos los demás tiranos. No encuentran mejor medio de asegurar su nueva tiranía que el reforzamiento de la servidumbre, arrancando las ideas de libertad del espíritu de sus súbditos con tanta eficacia que, por reciente que sea el recuerdo de ellas, queden pronto borradas de su memoria. A decir verdad, entre estos tiranos veo algunas diferencias, pero ninguna cualitativa, pues, aunque llegan al trono por medios diversos, su manera de gobernar es siempre más o menos la misma. Los que son elegidos por el pueblo, le tratan como toro a domar; los conquistadores, como si fuese su presa; y los que llegan al trono por sucesión, como a rebaño de esclavos que les pertenece por naturaleza.

Yo haría esta pregunta: si por azar naciesen hoy en día algunas personas totalmente nuevas, que no estén acostumbradas a la sumisión ni hayan conocido el dulce sabor de la libertad, ignorando incluso el nombre de una y otra condición, ¿qué eligirían si se les propusiese escoger entre estar sometidos o vivir libres? Sin ninguna duda, preferirían obeceder solamente a la razón en vez de servir a un hombre, a menos que sean como aquellas gentes de Israel que, sin estar sometidas a necesidad o imposición, se dieron un tirano. Nunca leo su historia sin experimentar un despecho tan profundo que casi me lleva al borde de sentirme inhumano y alegrarme de todos los males que les ocurrieron. Pues para que los hombres, en tanto que son hombres, se dejen someter es preciso que sean obligados a ello o que sean engañados. Obligados por los ejércitos extranjeros, como lo fueron Esparta y Atenas por los ejércitos de Alejandro, o engañados por tal o cual facción, como lo fue el gobierno de Atenas, caído antes en manos de Pisistrato.

Con frecuencia, los hombres pierden su libertad por ser engañados, pero engañados por sí mismos con más frecuencia que seducidos por otro. Así, el pueblo de Siracusa, capital de Sicilia, presionado por las guerras y tomando en cuenta solamente el peligro inmediato, eligió a Dionisio I y le dio el mando de su ejército, sin darse cuenta de que le había hecho tan poderoso que cuando este malvado retornó, triunfal como si hubiera vencido a sus conciudadanos más que a sus enemigos, se proclamó primero general, luego rey y finalmente rey tirano. Resulta increíble ver como el pueblo, una vez que se encuentra sometido, cae frecuentemente en un olvido tan profundo de su libertad que le resulta imposible despertar para reconquistarla. Sirve tan bien y tan voluntariamente que se diría que no sólo ha perdido su libertad sino que ha ganado su servidumbre.

Es verdad que al comienzo sirve forzado a ello y vencido por la fuerza. Pero los sucesores sirven sin lamentarlo y hacen de buen grado lo que sus antecesores habían hecho bajo coacción. Los hombres nacidos bajo el yugo, y por tanto alimentados y educados en la servidumbre sin ningún otro horizonte, se contentan con vivir tal y cómo han nacido y no piensan en tener más bienes o derechos que aquellos con los que se han encontrado. Consideran que la condición en que han nacido es su condición por naturaleza.

Sin embargo, no hay heredero, por pródigo o indolente que sea, que no dirija en algún momento su mirada sobre los archivos de su padre para ver si dispone de todos los derechos de sucesión y comprobar que nada se ha hecho en contra suya o de su predecesor. Pero la costumbre, que ejece en todos los ámbitos tan gran poder sobre nosotros, tiene, ante todo, el poder de enseñarnos a servir y, como se dice de Mitriades, que terminó por acostumbrarse al veneno, el poder de enseñarnos a tragar el veneno de la servidumbre sin encontrarlo amargo. No cabe duda de que la naturaleza nos dirige hacia donde ella quiere, tanto si nos ha favorecido como si nos ha desfavorecido, pero hay que confesar que tiene menos poder sobre nosotros que la costumbre. Por bueno que sea nuestro natural, se pierde si no es alimentado, y la costumbre nos modela siempre a su manera, pese a la naturaleza. Las semillas de bien que la naturaleza pone en nosotros son tan pequeñas y frágiles que no pueden resistir el más mínimo choque con una costumbre de signo contrario. A tales semillas les resulta mucho más difícil alimentarse que envilecerse y degenerar, como esos árboles frutales que conservan los caracteres de su especie si se les deja crecer, pero que, según el injerto que se les haga, los pierden y dan frutos diferentes a los que les son propios.

También las hierbas tienen cada una de ellas sus propias propiedades, su natural, su singularidad; sin embargo, su tiempo de vida, las intemperies, el sol o la mano del jardinero aumentan o disminuyen en gran medida sus virtudes. La planta vista en un país resulta con frecuencia irreconocible en otro.

Aquel que viese a los venecianos, un puñado de gentes viviendo tan libremente que ni siquera el más miserable de ellos querría ser rey, nacidos y educados de manera que no conocen más ambición que la de conservar su libertad, educados y formados desde la cuna de tal forma que no cambiarían una brizna de su libertad a cambio de todas las demás felicidades de la tierra; aquel, digo, que viese a esas personas y después se fuese al dominio de algún “gran señor”, en el que encontrase personas que sólo han nacido para servir a éste y que para mantenerle abandonan su propia vida, ¿pensaría que estos dos pueblos tienen la misma naturaleza? ¿No creería más bien que ha salido de una ciudad humana para entrar en un zoológico?

Se cuenta que Licurgo, el legislador de Esparta, había criado a dos perros, hermanos y alimentados con la misma leche. Uno de ellos estaba siempre en la cocina, mientras que el otro solía correr por los campos al son de la trompa y el cuerno. Queriendo demostrar a los lacedemonios que los hombres son tales como la cultura los ha hecho, exhibio a ambos perros públicamente y puso entre ellos una sopa y una liebre. Uno, corrió hacia el plato, el otro hacia la liebre. Y sin embargo, dijo, ¡son hermanos!

Licurgo, con sus leyes y su arte político, educó y formó tan adecuadamente a los lacedemonios que cada uno de ellos prefería sufrir mil muertes antes que someterse a más amo que la ley y la razón.

Me place recordar ahora una anécdota referida a uno de los favoritos de Jerjes, gran rey de Persia, y a dos espartanos. Cuando Jerjes preparaba su guerra para la conquista de toda Grecia, envío embajadores a varias ciudades del país para pedirles agua y tierra, que era la manera utilizada por los persas para reclamar la rendición de las ciudades. Pero se guardó mucho de enviarles a Esparta o a Atenas, pues antes lo había hecho su padre Dario y los espartanos y atenienses habían arrojado a algunos de sus enviados a los fosos y a los restantes a los pozos, diciéndoles “Ahí están, tomad agua y tierra y llevadlas a vuestro príncipe”.
Estas gentes no podían sufrir que se atentase contra su libertad, ni siquiera a través de la menor de las palabras. Los espartanos reconocieron que al actuar así habían ofendido a los dioses, sobre todo a Taltibio, dios de los mensajeros. Para apaciguarles decidieron enviar a Jerjes dos de sus conciudadanos para que dispusiese de ellos como quisiera y pudiese vengar así el asesinato de los embajadores de su padre.

Dos espartanos, Espertias y Bulis, se ofrecieron voluntariamente como víctimas y partieron. Una vez llegados al palacio de un persa llamado Hidarnos, delegado del rey para todas las ciudades costeras de Asia, éste les acogió con muchos honores, les dedicó grandes atenciones y, poco a poco, les preguntó por qué motivo rechazaban tan tajantemente la amistad del rey, diciéndoles: “Espartanos, por mi ejemplo podéis ver como el Rey sabe honrar a quienes lo merecen. Si estuvieseis a su servicio y os hubiese conocido, seríais gobernadores de alguna ciudad griega”. Los lacedemonios respondieron: “En esto no puedes darnos buen consejo, ya que, si bien has probado la felicidad que nos prometes, tú desconoces completamente aquella de la que nosotros disfrutamos. Has experimentado el favor del rey, pero no conoces el delicioso gusto de la libertad. Si la hubieras probado, nos aconsejarías defenderla, no sólo con la lanza y el escudo, sino también con uñas y dientes”. La verdad sólo estaba en boca de los espartanos, pero cada cual estaba hablando según la educación recibida. Al persa le era tan imposible añorar la libertad, que nunca había disfrutado, como a los lacedemonios, que la habían saboreado, aceptar la esclavitud.

Catón de Utica, aún niño y bajo el tutelaje de su maestro, visitaba con frecuencia al dictador Sila, a cuya casa tenía acceso a causa del rango de su familia y de sus vínculos de parentesco. En estas visitas iba siempre acompañado por su preceptor, siguiendo la costumbre romana para los hijos de los nobles. Un día observó que en la propia residencia de Sila, en su presencia o por orden suya, se hacia prisioneros a los unos, se condenaba a los otros, se desterraba a éste o se estrangulaba a aquel. Uno pedía la confiscación de los bienes de un ciudadano, otro pedía su cabeza. En resumen, lo que allí ocurría no era propio de la casa de un magistrado de la ciudad, sino de la de un tirano sobre el pueblo. No era el santuario de la justicia sino la caverna de la tiranía.

Ese joven muchacho dijo a su preceptor: “¿Por qué no me dais un puñal? Lo ocultaría bajo mi ropa. Con frecuencia entro  en la habitación de Sila antes de que se haya levantado. Mi brazo es lo suficientemente fuerte para liberar de él a la ciudad”. Esa es, en verdad, la palabra de un Catón. Tal inicio de una vida era digno de lo que fue su muerte. Callad el nombre y el país, contad solamente el hecho tal y como ocurrió, que hablará por sí mismo. Se dirá de inmediato: “Ese niño era romano, nacido en Roma cuando era libre”.

¿Por qué digo esto? No es mi intención decir que el país y el suelo lo decidan todo, ya que en cualquier lugar la esclavitud resulta amarga a los hombres y la libertad les es querida. Pero me parece que se debe sentir piedad hacia aquellos que ya al nacer se encuentran sometidos bajo el yugo, y que se les debe perdonar si, no habiendo visto nunca ni una sombra de la libertad ni habiendo oído hablar de ella, no sienten la desgracia de ser esclavos.

En aquellos países en los que, como atribuía Homero al país de los cimerios, el Sol se manifiesta de forma muy diferente que a nosotros, ya que en ellos tras seis meses consecutivos de claridad vienen otros seis meses de oscuridad, ¿sería de extrañar que quienes nacen durante el largo periodo nocturno y nunca han oido hablar de la claridad ni visto el día se acostumbren a las tinieblas en las que han nacido y no deseen la luz?

No se siente la pérdida de aquello que nunca se ha tenido. La tristeza llega siempre después del placer, y al conocimiento de la desgracia se suma el recuerdo de alguna alegría pasada. La naturaleza del hombre es ser libre y querer ser libre, pero fácilmente se acomoda a otra condición cuando la educación le prepara para ello.

Digamos pues que si todas las cosas le parecen naturales al hombre que se ha acostumbrado a ellas, sólo perseverá en su naturaleza aquel que sólo desea las cosas simples e inalteradas. Así que la primera razón de la servidumbre voluntaria es la costumbre. Eso mismo les ocurre a los más briosos caballos, que primero muerden el freno y después se entretienen  jugueteando con él; antes respingaban ante la silla de montar, pero ahora ellos mismos facilitan que les pongan los arneses y se pavonean orgullosos bajo la barda.

Dicen algunos que ellos siempre han estado sometidos, que sus padres también han vivido así. Piensan que están hechos para soportar el mal y se persuaden de ello por medio de ejemplos, consolidando ellos mismos, con el paso del tiempo, la posesión de aquellos que les tiranizan.

Pero el paso de los años no otorga el derecho a actuar mal. Por el contrario, acrecenta la injuria. En verdad, hay algunos que, mejor nacidos que otros, sienten el peso del yugo y no pueden evitar intentar sacudírselo, ni se adaptan nunca al sometimiento, y que, al igual que Ulises buscaba por tierra y mar volver a ver el humo de su casa, no han olvidado sus derechos naturales, sus orígenes, su estado primero, y aprovechan cualquier ocasión para reivindicarlos. Dado que tienen el entendimiento limpio y el espíritu clarividente, ellos no se contentan, como los ignorantes, en ver lo que está bajo sus pies sin mirar hacia atrás ni hacia adelante. Rememoran las cosas pasadas para juzgar el presente y prever el porvenir. Disponiendo de una cabeza bien colocada, la han afinado aún más con el estudio y el saber. Son aquellos que, incluso cuando la libertad estuviese perdida enteramente y prohíbida en este mundo, la imaginan y la sienten en su espíritu, y la saborean. La servidumbre les desagrada, por muy ridículamente que se la disfrace.

El gran Turco [Solimán] ha comprendido bien que los libros y el pensamiento, más que cualquier otra cosa, dan a los hombres sentimiento de su dignidad y odio a la tiranía. Comprendo que en su país no hay casi sabios ni demanda de ellos. El celo y la pasión de aquellos que, pese a las circunstancias, se han mantenidos devotos a la libertad queda habitualmente incapacitados de provocar efectos, sea cual sea su número, porque no pueden hacerse oír. Los tiranos les arrebatan toda libertad de acción, de expresión e incluso de pensamiento, por lo que quedan aislados en sus sueños.

Momo (dios de la mitología griega) no bromeaba demasiado cuando decía que había que rehacer al hombre forjado por Hefesto, ya que  carecía de puertas en sus pechos a través de las que poder ver sus pensamientos.

Se dice que Bruto y Casio, cuando se propusieron liberar Roma (es decir, el mundo entero) no quisieron que Cicerón, el gran vigilante del bien público, estuviese al tanto de la operación, juzgando que su corazón era demasiado débil para un hecho tan elevado. Creían ensu voluntad, pero no en su coraje. Quien quiera recordar los tiempos pasados y repasar los viejos anales se convencerá de que casi todos aquellos que, viendo a su país maltratado y en malas manos, se forjaron el propósito de liberarlo con una buena, recta y decidida intención, consiguieron fácilmente su objetivo: para poder manifestarse ella misma, la libertad vino siempre en su ayuda. Harmodio, Aristogitón, Trasibulo, Bruto el Viejo, Valerio y Dión, que concibieron un proyecto tan virtuoso, lo llevaron a cabo con éxito. En tales casos, un firme deseo garantiza casi siempre el triunfo.

Bruto el Joven y Casio lograron quebrar la servidumbre; sólo perecieron cuando intentaron restablecer la libertad, no de una forma miserable, pues nadie osaría encontrar nada miserable en su vida o en su muerte, pero sí de forma muy lamentable, para la perpetua desgracia y la completa ruina de la república, la que, a mi entender, fue enterrada con ellos.Los intentos posteriores contra los emperadores romanos sólo fueron conjuras de ambiciosos cuyo fracaso y mal final no deben ser lamentados, ya que no deseaban derrocar el trono sino sólo sacudir la corona con el objetivo de echar al tirano para mantener la tiranía. Me habría enojado que estos últimos hubieran triunfado y me alegra que, con su ejemplo, hayan demostrado que no debe abusarse del santo nombre de la libertad para llevar a cabo una mala acción.

Pero volveré a mi tema, que casi había olvidado. La primera razón por la que los hombres sirven voluntariamente es que nacen siervos y son educados como siervos. De esa razón se deriva otra: bajo los tiranos, las personas se hacen rápidamente cobardes y pusilánimes. Agradezco al gran Hipócrates, padre de la medicina,  haberlo resaltado tan claramente en su libro Las enfermedades. Era un hombre de buen corazón, y lo demostró cuando el rey de Persia quiso atraerle hacia él con grandes ofrendas y presentes. Hipócrates le respondió francamente, diciéndole que violaría su conciencia dedicarse a curar a los bárbaros que querían matar a los griegos y el servir con su arte a aquel que quería someter su país a la servidumbre. La carta que le escribió figura aún junto a sus otras obras, y siempre dará testimonio de su coraje y nobleza.

Con la libertad se pierde también la bravura. Las gentes sometidas carecen de ardor y de combatividad en la lucha, a la que van aturdidos y aletargados, asumiendo sin ganas una obligación. No bulle en su corazón ese ardor de la libertad que hace despreciar el peligro y anima a ganar, junto a los compañeros, el honor y la gloria, incluso al precio de una bella muerte. Entre los hombres libres, ocurre todo lo contrario, cada uno para todos y para sí mismo. Saben que todos recogeran partes igual del mal de la derrota o del bien de la victoria. Pero las personas sometidas, carentes de coraje y vivacidad, llevan bajeza y flojedad en el corazón, lo que les hace incapaces de cualquier gran acción. Los tiranos lo saben muy bien y hacen todo lo posible para apoltronarles aún más.

El historiador Jenofonte, uno de los más serios y estimados entre los griegos, escribió un pequeño libro en el que establecía un diálogo entre Simonides e Hierón, tirano de Siracusa, sobre las miserias del tirano. Este libro está lleno de buenas e importantes lecciones, expuestas con una gracia infinita. Quisiera Dios que todos los tiranos que han existido hubiesen tomado este libro como espejo. En él habrían reconocido sus taras y se habrían avergonzado de sus faltas. Este tratado habla de la pena que cae sobre los tiranos, ya que, al hacer mal a todos, a todos han de temer. Dice, entre otras cosas, que los malos reyes toman a su servicio mercenarios extranjeros, porque no se atreven a dar armas a sus súbditos, a los que han maltratado. En Francia, incluso, más en otros épocas que en ésta, algunos buenos reyes han tenido a sueldo tropas extranjeras, pero era más bien para salvaguardar a sus súbditos, sin reparar en gastos a la hora de proteger a los hombres.

Esa era también, creo yo, la opinión del gran Escipión el Africano, que prefería haber salvado la vida de un ciudadano que haber destruido a cien enemigos. Pero lo cierto es que el tirano sólo cree tener asegurado su poder si ha conseguido que sus súbditos sean hombres sin valor. Se le podría decir lo que, según Terencio, Trasón dijo al coronel de los elefantes: “¿haces tanto de bravo porque tienes mando sobre las bestias?”.

Esa astucia de los tiranos para embrutecer a sus súbditos no ha sido nunca más evidente que en la conducta de Ciro hacia los lidios, una vez que ya se había apoderado de su capital y cautivado a Creso, ese tan rico rey. Le llegó la noticia de que los habitantes de Sardes se habían rebelado. Pronto los redujo a la obediencia, pero no queriendo arrasar una ciudad tan bella ni verse obligado a mantener un ejército para dominarla, recurrió al admirable expediente de crear burdeles, tabernas y juegos públicos, publicando una ordenanza que obligaba a los ciudadanos a acudir a ellos. A partir de ese momento, ya no tuvo que usar la espada contra los lidios. Esos miserables se divertían inventando todo tipo de juegos, y lo hicieron tan bien que los latinos utilizaron el nombre de los lidios para formar la palabra con la que designaron lo que nosotros llamamos pasatiempos y ellos denominaron “Ludi”  a partir de una deformación de la palabra “Lydi”.
Cierto es que no todos los tiranos han manifestado de forma tan explícita su propósito de pusilanimizar a sus súbditos; pero lo que ese tirano ordenó formalmente, la mayor parte de los otros lo han hecho bajo cuerda. La tendencia natural del pueblo ignorante, que suele ser el más numeroso en las ciudades, es desconfiar de quien le ama y confiar en quien le engaña. No hay pájaro que más fácilmente acuda hacia el reclamo de caza ni pez que, atraido por el gusano, muerda antes el anzuelo que todos esos pueblos que se dejan seducir por la servidumbre al menor caramelo que se les deje probar. Parece cosa maravillosa que tan pronto cedan al menor cosquilleo. El teatro, los juegos, las farsas, los espectáculos, los gladiadores, los animales extraños, las medallas, las pinturas y otras drogas de esa especie eran para los pueblos antiguos los incentivos de su servidumbre, el precio de su libertad arrebatada, las herramientas de la tiranía. Esos medios, esas prácticas, esas tentaciones, eran empleados por los antiguos tiranos para adormecer a sus súbditos bajo el jugo. Así, los pueblos embrutecidos, que encontraban bellos todos estos pasatiempos, entretenidos en un vano placer que les deslumbraba, se acostumbraban  a servir con aún mayor torpeza que esos niños que sólo aprenden a leer con brillantes imágenes.

Los tiranos romanos sobrepasaban estos medios. Hacían que las decurías empinasen el codo con frecuencia, cebaban a esa canalla atraída por los placeres de la boca más que por cualquier otra cosa. Así, ni el más despierto entre ellos habría dejado su escudilla sopera para reencontrar la libertad de la República de Platón. Los tiranos distribuían con largueza el cuarto de trigo, el medio de vino, los sestercios, y entonces era habitual oír gritar “¡Viva el rey!”.  Semejantes zopencos no se daban cuenta de que apenas recobraban una parte de lo que era suyo, una parte que el tirano no podría haberles dado si antes no se la hubiese quitado. Uno echaba hoy el guante al sestercio, y aquel otro se cebaba en el banquete público bendiciendo a Tiberio y Nerón por su liberalidad, pero cuando llegado el día de mañana era obligado a ceder sus bienes ante la avidez, sus hijos ante la lujuria, su sangre incluso ante la crueldad de estos “magníficos” emperadores, entonces no decía ni palabra, como si una piedra fuese, y no reaccionaba más que pudiera hacerlo un tronco. El pueblo ignorante siempre ha sido así: para el placer que no puede obtenerse de forma honesta, siempre está dispuesto; pero se muestra insensible ante el daño y el dolor  sufrido con honestidad.

Hoy en día no veo a nadie que, al oir hablar de Nerón, no tiemble ante el nombre de este vil monstruo, esa sucia peste. Sin embargo, hay que decir que tras la muerte, tan desagradable como su vida, de ese incendiario, de ese verdugo, de esa bestia salvaje, el famoso pueblo romano experimentó tanto disgusto, recordando sus juegos y festines, que llegó a rendirle duelo. Eso, al menos, es lo que escribe Tácito, excelente autor y uno de los historiadores más fiables. Y esto no resultará extraño si se toma en cuenta lo que ese mismo pueblo había hecho a la muerte de Julio César, que había secuestrado las leyes y la libertad romanas. Tengo entendido que de este personaje se alababa, ante todo, su “humanidad”; sin embargo, ella fue más funesta para su país que la mayor crueldad del tirano más salvaje que nunca haya vivido, pues, en verdad, esa venenosa dulzura edulcoró para el pueblo romano el brevaje de la servidumbre. Tras su muerte, ese pueblo, que aún sentía en su boca el sabor de los banquetes y recordaba sus prodigalidades, amontonó los bancos de la plaza pública para prender una gran hoguera en su honor; después, le alzó una columna como “padre del pueblo” (incripción que figuraba en su capitel) y rindió más honores a este muerto que los que debería haber hecho a un vivo, comenzando por aquellos que le habían matado.

Los emperadores romanos no se olvidaban de tomar el título de “Tribuno del pueblo”, oficio tenido por santo y sagrado; creado para la defensa y protección del pueblo, gozaba de alto prestigio en el Estado. Se aseguraban así de que el pueblo se fiase más de ellos, como si bastante con escuchar ese nombre y pudiese prescindirse de sentir sus efectos. Pero no se comportan mejor los que hoy, antes de cometer los peores crímenes, los preceden siempre de algunos bonitos discursos sobre el bien público y el alivio de los desgraciados. Son bien conocidas las fórmulas de las que hacen uso con tanta finura; ¿pero puede hablar de sutileza allá donde hay tanta impudicia?

Los reyes de Asiria, y más tarde los reyes medos, aparecían en público lo más raramente posible, para que el pueblo supusiese que tenían algo de sobrehumano y para dejar soñar a aquellos que fantasean sobre aquello que no pueden ver. Así, muchas naciones que estuvieron largo tiempo sometidas al imperio de estos misterios reyes se acostumbraron a servirles, y lo hacían aún más voluntariamente por ignorar quien era su amo o incluso por desconocer si tenían amo. De modo que vivían atemorizados por un ser al que nunca habían visto.

Los primeros reyes de Egipto casi nunca se mostraban sin llevar sobre su cabeza una rama o un fuego. Se enmascaraban y se portaban como titiriteros, inspirando con tales extrañas formas el respeto y la admiración de sus súbditos, que más bien habrían debido mofarse y reirse de ellos si no hubieran sido tan estúpidos o estado tan sometidos. Es verdaderamente lamentable descubrir todo lo que hacían los tiranos de tiempos pasados para fundamentar su tiranía, y ver que para ello les bastaban medios muy pequeños, ya que siempre encontraban a la población tan bien dispuesta hacia ellos que para pescarla les bastaba echar la red. Tanto más se mofaban de ella, tanto más fácil les resultaba engañarla y tanto mejor eran servidos.

¿Qué decir de otro de los camelos creídos a pies juntillas por los pueblos antiguos? Creyeron firmemente que uno de los dedos del pie de Pirro, rey de Epiro, hacia milagros y curaba a los enfermos del bazo. Adornaron este cuento diciendo que, cuando el cadáver de ese rey fue incinerado, ese dedo fue encontrado intacto entre las cenizas, inmune al fuego. El propio pueblo ha creado siempre los engaños, a los que añadía una estúpida fe. Muchos autores han informado de tales engaños. Puede verse fácilmente que los han recogido entre los chismes de los pueblos y las fábulas de los ignorantes.

Póngamos como ejemplo las maravillas atribuidas a Vespasiano, a su vuelta de Asiria con destino a Roma, pasando por Alejandría: devolvía el andar a los cojos y la vista a los ciegos, y miles de cosas similares que, a mi entender, sólo podrían ser creídas por aquellos que fuesen más ciegos que aquellos a los que Vespasiano sanaba.

Hasta los mismos tiranos se extrañaban de que los hombre soportasen que otro les maltratase, por lo que con gusto se cubrían con el manto de la religión y se disfrazaban con los oropeles de la divinidad para garantizar su malvada vida. Así, Salmoneo, por haberse mofado del pueblo intentando hacerse pasar por Júpiter, terminó finalmente en el fondo del infierno, según los versos de Virgilio, que allí le habría visto:

“Allí vi a los dos hijos de Aloeis, enormes gigantes, que intentaron quebrantar con sus manos el inmenso cielo y expusrar a Júpiter de su excelso trono; vi también a Salmoneo, padeciendo horribles castigos por haber querido imitar los rayos de Júpiter y los truenos del Olimpo. Tirado por un carro de cuatro caballos y blandiendo teas, iba ufano por los pueblos de Grecia y cruzaba su ciudad de Elix, reclamando para sí los honores debidos a los dioses. ¡Insensato, que creía simular con el bronce batido por los cascos de sus caballos el crujido de las tempestades y del inimitable rayo!, pero Júpiter, sin teas ni humeantes llamas, le disparó entre densas nubes un dardo de fuego y le precipitó en el profundo abismo” (La Eneida).

Si así fue tratado allá abajo quien sólo hizo el idiota, creo que aquellos que han abusado de la religión para hacer el mal serán allí alistados bajo mejor enseña.
Nuestros tiranos también han sembrado en Francia todo tipo de cosas del mismo género: sapos en los blasones, flores de lis, la Santa Ampolla y la oriflama. Cosas que, por mi parte y por más que así lo sea, no quiero creer que sólo sean desatinos, ya que nuestros ancestros en ellos creyeron y en nuestro tiempo no hemos tenido ocasión de sospechar que tal cosa sean. Pues hemos tenido algunos reyes tan buenos en la paz y tan valientes en la guerra que, aunque hayan nacido reyes, parece que la naturaleza no les haya hecho como a los demás y que el dios todopoderoso les haya escogido antes de su nacimiento para confiarles el gobierno y la protección de este reino. Y aún cuando esto no fuese así, no querría entrar en liza para debatir la verdad de nuestras historias ni espulgarlas libremente, evitando así el secuestro de tan bello tema en el que podrá empeñarse nuestra poesía francesa, esa poesía que no sólo ha sido embellecida sino que, por así decir, ha sido creada de nuevo por Ronsard, Baïf et Bellay, quienes hacen progresar tanto nuestra lengua que me atrevo a esperar que pronto nada tendremos que envidiar a griegos o latinos, salvo el derecho de progenitura.

En verdad, yo haría gran daño a nuestra rima (uso intencionadamente ese término, que me agrada, pues, aunque muchos la hayan convertido en mera mecánica, otros hay capaces de darle nobleza y devolverle su original lustre). Le haría, sí, gran daño robándole los bonitos cuentos sobre el rey Clovis, en los que se anima con tanto ingenio y conveniencia el verbo de nuestro Ronsard, en su Francíada. Conozco la capacidad, el fino espíritu y la gracia de ese hombre, que hará de la oriflama su tema, como hacían los romanos con sus vestales y con esos “escudos caídos del cielo” de los que habla Virgilio. De nuestra Santa Ampolla sacará tan buen partido como los atenienses sacaron de la cesta de Eresictón. Habla de nuestros escudos de armas tan bien como ellos hablaron de su olivo, cuya existencia aún presumen en la torre de Minerva. Sí, sería temerario pretender desmentir a nuestros libros invadiendo el terreno de nuestros poetas. Pero para volver a mi tema, del que me he alejado sin darme cuenta, ¿no está claro que los tiranos, para afirmar su poder, se han esforzado en acostumbrar al pueblo, no sólo a la obediencia y a la servidumbre, sino también a prestarles devoción? Todo lo que yo he dicho hasta aquí sobre los medios empleados por los tiranos para imponer la servidumbre sólo es ejercido sobre la gente ignorante.

Llego así a un punto que es, a mi entender, el resorte y el secreto de la dominación, el sosten y fundamento de toda tiranía. Se equivocaría mucho quien pensase que las alabardas, los guardas y los vigilantes son protección suficiente para los tiranos. De ellos se sirven, más bien, como forma y como espantajo, pero sin confiarse a su mera protección. Los arqueros pueden impedir el acceso al palacio de los incapaces sin medios para hacer daño, pero no a personas audaces y bien armadas. El número de emperadores romanos que escaparon del peligro gracias a sus arqueros es menor al de aquellos emperadores que murieron a manos de sus propios arqueros. Quienes defienden a un tirano no son los hombres de caballería o infantería, ni las armas, sino cuatro o cinco hombres que le sostienen y someten ante él a todo el país. Puede ser difícil de creer, pero es la exacta verdad. Siempre ha sido así: cinco o seis hombres a los que el tirano escucha, llegados hasta él por su propia voluntad o porque él los ha llamado, para ser los cómplices de sus crueldades, los compañeros de sus placeres, los rufianes de sus voluptuosidades y los beneficiarios de sus rapiñas.

Esa media docena de hombres moldean tan bien a su jefe que la maldad de éste hacia la sociedad ya no es sólo la suya propia, sino también la de los suyos. Esos seis hombres tienen debajo a seiscientos, a los que corrompen al igual que corrompieron al tirano. Y de esos seiscientos dependen seis mil, a los que promueven, otorgándoles el gobierno de las provincias o el manejo de los dineros para tenerles atrapados por su codicia o su crueldad, de manera que las ejerzan por delegación y hagan tanto mal que no puedan quedar en la sombra y que sólo gracias a su protección puedan escapar a las leyes y al castigo.

Grande es también el número de los que siguen a éstos.  Quien quiera devanar el ovillo verá que no son seis mil, sino cien mil o incluso millones, quienes sostienen al tirano por medio de esta ininterrumpida cadena que les ata y liga a él, como Horacio pone en boca de Jupíter, que se jacta de que, tirando de una cadena semejante, arrastraría todos los dioses. De ahí procede el incremento del poder del Senado bajo Julio César, el establecimiento de nuevas funciones y la institución de nuevos cargos, no para reorganizar la justicia sino para dar nuevos apoyos a la tiranía.

En resumen, los beneficios y favores recibidos del tirano hacen que se llegué a un punto en el que hay casi tantas personas a las que la tiranía beneficia como personas a las que placería la libertad.

Según los médicos, desde que se manifiesta un tumor en algún lugar de nuestro cuerpo, aunque nada parezca haber cambiado en éste, todos los humores se dirigen hacia esa parte carcomida. Igualmente, una vez que un rey se declara tirano, todo lo malo del reino, todas sus heces, y no me refiero con ello a unos cuantos pícaros y bribones que no pueden causar bien ni mal a un país, sino a aquellos que están poseídos por una ardiente ambición y una notable codicia, se agrupa en torno a dicho rey y le sostiene para tener parte en el botín y para ser, bajo el gran tirano, otros tantos pequeños tiranos.

Así son los grandes ladrones y los famosos corsarios. Unos recorren el país, otros persiguen a los viajeros. Unos preparan emboscadas, otros están al acecho. Unos masacran, otros despojan, y aunque entre ellos haya jerarquías, siendo unos criados y otros jefes en la banda, al fin y al cabo todos ellos se aprovechan del botín, bien del principal, bien de sus migajas.

Se dijo que los piratas cicilianos se unieron en tan gran número que fue preciso enviar contra ellos al gran Pompeyo, y que atrajeron a su alianza a varias bellas y grandes ciudades, en cuyas abras, al volver de sus correrías, se refugiaban, entregando a cambio una parte del fruto de sus pillajes.

De esa forma, el tirano somete a sus súbditos utilizando a unos contra otros. Es protegido por aquellos de los que debería protegerse, si es que algún valor tuviesen. Pero como bien ha sido dicho, para hendir la madera se usan cuñas de madera; eso son, precisamente, sus arqueros, sus guardias, sus alabarderos. No es que éstos no sufran, pero esos miserables abandonados por Dios y por los hombres se contentan con sobrellevar su mal y causárselo, no a quien se lo causa a ellos, sino a los que, como ellos, también lo sobrellevan y no tienen  ninguna culpa.  Cuando pienso en esa gente que halaga al tirano para aprovecharse de su tiranía y de la servidumbre del pueblo, me siento casi tan sorprendido por su maldad como compadecido por su estupidez.

Pues, a decir verdad, aproximarse al tirano es alejarse de su propia libertad y abrazar y saludar aparatosamente a su propia servidumbre. Si dejasen de lado durante un momento su ambición, si se distanciasen algo de su codicia, y después se mirasen y se tomasen en consideración, verían claramente que esos aldeanos, esos campesinos que ellos pisotean y a los que tratan como a forzados o esclavos, son, pese a estar tan maltratados, más felices que ellos y, de alguna forma, más libres. El labrador y el artesano, por avasallados que estén, pasan desapercibidos si obedecen; pero el tirano ve como aquellos que le rodean mendigan su favor. No basta con que cumplan sus órdenes, sino que también se requiere que piensen lo que él quiere que piensen y, con frecuencia, que, para satisfacerle, prevean sus deseos. No basta con obedecerle, hay que complacerle.  Deben romperse, atormentarse, matarse en aras de sus intereses, y, dado que sólo deben encontrar placer en el placer de él, deben sacrificar sus gustos ante los suyos, forzar su temperamento y despojarse de su naturaleza. Deben estar atentos a sus palabras, a su voz, a su mirada, a sus gestos, mientras que sus propios ojos, pies y manos deben estar continuamente dedicados a indagar los deseos y adivinar los pensamientos del tirano.
¿Es eso vivir feliz? ¿Es, incluso, vivir? Nada hay más insoprotable en el mundo, no sólo para todo hombre valeroso, sino para cualquiera que tenga sentido común o mero aspecto humano. ¿Qué condición puede ser más miserable que la de vivir de esa manera, sin nada propio y poniendo a disposición de otro su comodidad, su libertad, su cuerpo y su vida?

Pero quieren servir para amasar riquezas. ¡Cómo si pudiesen ganar nada que sea suyo, cuando no siquiera pueden decir que ellos son de sí mismos! Cómo si bajo un tirano alguien pudiese tener algo verdaderamente suyo, pretenden convertirse en poseedores de riquezas, olvidando que ellos mismos dan al tirano la fuerza para arrebatar todo a todos, sin dejar a nadie nada de lo que pueda decirse que pertenece a su persona. Sin embargo, pueden ver que precisamente esas riquezas hacen que los hombres dependan de la crueldad del tirano; que para éste no hay crimen más digno de muerte que el beneficio de otro; que sólo ama las riquezas y que no vacila en atacar a los ricos. Estos, pese a todo, se presentan ante él como corderos ante el matarife,  ahítos y cebados como si quisieran darle envidia. No deberían acordase tanto de aquellos que han ganado mucho cerca de los tiranos y deberían acordarse más de aquellos que, habiendo podido llenarse hasta el hartazgo durante algún tiempo, han terminado poco después perdiendo todos sus bienes e incluso la vida. Deberían pensar menos en el gran número de los que así han adquirido riquezas y deberían pensar más en el pequeño número de los que han podido conservarlas.

Si repasamos todas las antiguas historias y si evocamos todas aquellas que recordamos, veremos cuan numerosos son aquellos que, habiendo llegado a influir sobre los príncipes con malas artes, halagando sus malas tendencias o abusando de su ingenuidad, fueron finalmente aplastados por esos mismos príncipes, que empeñaron tanta soltura a la hora de encumbrarles como inconstancia a la hora de defenderles. Entre aquellos que han estado cercanos a los malos reyes, pocos hay, casi ninguno, que no haya sufrido finalmente la misma crueldad del tirano que ellos habían atizado contra otros. Con frecuencia, los que, a la sombra del favor del tirano, se habían enriquecido con los despojos arrebatados a otros, terminaron enriqueciendo al tirano con sus propios despojos.

Por mucho que reluzcan en ellas la virtud y la integridad (que, vistas de cerca, inspiran cierto respeto a los mezquinos), tampoco lograrán mantener la consideración del tirano las personas de bien, a las que en algunas ocasiones el tirano llega a amar. También ellas experimentarán el mal común y padecerán la tiranía. Así, por ejmplo, un Séneca, un Burro, un Traceas, tres personas de bien. Las dos primeras tuvieron la desgracia de estar próximas a un tirano del que eran muy queridas y que les confió la gestión de sus asuntos. Pues bien, aunque uno de ellos hubiera educado al tirano y tuviese como garantía de su amistad los cuidados que le prestó durante la infancia, los tres tuvieron una muerte muy cruel. ¿No basta esto como ejemplo de la poca confianza que se debe depositar en un amo malvado?  En verdad, ¿qué amistad puede esperarse de aquel que tiene el corazón lo bastante duro como para odiar a todo un reino que se limita  a obedecerle?, ¿qué amistad cabe esperar de un ser que, incapaz de amar, se empobrece a sí mismo y destruye su propio imperio?

No obstante, alguien podría decir que esos tres hombres padecieron tal desgracia precisamente por ser personas excesivamente buenas. Pero eso puede desmentirse si nos fijamos con atención en el entorno de Nerón, donde veremos que tampoco tuvieron un final mejor todos aquellos que contaron con su gracia y que estuvieron cercanos a él por medio de su propia maldad.

¿Alguien ha oido hablar de un amor tan desenfrenado, de un cariño tan impetuoso, de un hombre tan obstinadamente apegado a una mujer como en el caso de Nerón respecto a Popea? Sin embargo, él mismo la envenenó. Para colocarle en el trono, su madre, Agripina, había matado a su propio marido Claudio; para favorecerle, todo hizo y todo sufrió. No obstante, fue su hijo, su bebé, al que había convertido en emperador, quien le arrebató la vida tras haberla maltratado frecuentemente. Nadie hubiera negado que fue un castigo merecido… si lo hubiese ejecutado cualquier otro. ¿Quien hubo más fácil de manejar, más simple e inocente que el emperador Claudio? ¿Quién estuvo más chiflado de una mujer que él de Mesalina? Mas la entregó al verdugo. Las bestias tiránicas siguen siendo bestias y son incapaces de hacer nunca el bien, pero, ignoro cómo, finalmente el poco espíritu que les queda se despierta para ser utilizado cruelmente contra aquellos que les son más cercanos. Es conocida la historia de aquel que, habiendo destapado la garganta de su mujer, aquella a la que más amaba y sin la que parecía no poder vivir, le dirigió este bonito cumplido: “este bello cuello será cortado inmediatamente si lo ordeno”. Esa es la razón por la que la mayor parte de los tiranos han sido asesinados por sus favoritos, ya que, conociendo la naturaleza de la tiranía, les intranquilizaba cuál sería la voluntad del tirano y desconfiaban de su poder. Domitiano fue matado por Estefano, Cómodo por una de sus amantes, Caracalla por el centurión Marcial, alentado por Macrín, etcétera.

En verdad, el tirano nunca ama ni es amado. La amistad es una palabra sagrada, algo santo. Sólo existe entre personas de bien. Nace de una mutua estima y se mantiene mucho más por la honestidad que por las ventajas obtenidas con ella. Un amigo está seguro de otro porque conoce su integridad y tiene como garantía su buen natural, su lealtad, su constancia. Donde hay crueldad, deslealtad e injusticia no puede haber amistad. Si se juntan los malvados, lo que se forma es un complot, no una sociedad. No se aman, pero se temen. No son amigos, sino cómplices.

Incluso aunque esto no fuese así, sería difícil encontrar en un tirano un amor seguro, ya que, al estar por encima de todos, sin que nadie sea su par, se encuentra más allá de los límites de la amistad, pues ésta florece en la igualdad, en la que se marcha al compás. Por ese motivo, por ser todos pares y compañeros, existe una especie de buena fe entre los ladrones cuando se reparten el botín. Si no se aman, al menos se temen. No quieren debilitar su fuerza desuniéndose.

Pero los favoritos de un tirano no pueden contar nunca con él, porque ellos mismo le han enseñado que es omnipotente, que ningún derecho o deber le obliga, que no tiene que dar más razón que su voluntad, que nadie es igual a él y que es el amo de todos. ¿No resulta deporable que, pese a tantos llamativos ejemplos y teniento el peligro tan presente, nadie quiera aprender las lecciones de las miserias ajenas y que sean tantas las gentes que aún se acercan voluntariamente al tirano? ¿Que no haya uno que tenga la prudencia y el coraje de decirle, como el zorro de la fábula al león que se hacía pasar por enfermo, “iría con gusto a visitarte a tu cubil, pero veo muchas huellas de los animales que entran en ella, pero ninguna de los que salen”.

Estos miserables ven como relucen los tesoros del tirano; admiran, sorprendidos, los destellos de su magnificencia. Atraídos por su resplandor, se acercan sin darse cuenta de que se aproximan a una llama que les devorará, como el imprudente sátiro de la fábula, que, viendo brillar el fuego robado por Prometeo, le pareció tan bello que fue a besarlo y ardió. Así, la mariposa que, esperando disfrutar de algún placer, se lanza contra el brillante fuego, pronto experimenta que éste también tiene el poder de quemar, como decía Lucano.

Cuando estos validos logran escapar de las manos de aquel al que sirven, no se salvarán de las de su sucesor. Pues, si es bueno, tendrán que rendir cuentas y someterse a la razón, y si es malo, como su predecesor, tendrá sus propios favoritos que, habitualmente, no se contentarán con quitarles su puesto sino que también querrán quitarles sus bienes y su vida. ¿Cómo es entonces que haya alguno que, ante tal peligro y con tan pocas garantías, quiera ocupar una posición tan peligrosa y servir con tantos sufrimientos a un amo tan peligroso?

¡Qué pena, qué martirio, Dios mio! Pasarse día y noche placiendo a un hombre y desconfiando de él más que de cualquier otro. Estar siempre ojo avizor, con los oídos bien abiertos, tratando de saber de dónde vendrá el golpe, de descubrir emboscadas, de escudriñar el semblante de los competidores y adivinar dónde está el traidor. Sonreír a cada uno y desconfiar de todos, no tener enemigo abiertamente proclamado ni amigo seguro. Mostrar siempre un rostro sonriente aunque el corazón esté helado. No poder ser feliz ni poder atreverse a estar triste.

Resulta gracioso considerar que es lo que obtienen a cambio de ese gran tormento, de esa fatiga y de su vida miserable: el pueblo no acusa al tirano de los males que sufre, sino a ellos, los que le gobiernan. De ellos, conocen sus nombres y narran sus vicios los pueblos, las naciones, todos a porfía, incluyendo a los campesinos y labradores. Acumulan sobre ellos ultrajes, insultos y juramentos. Todas las oraciones y maldiciones se dirigen contra ellos. se les atribuye todas las desgracias, pestes y hambrunas. Y si a veces se finge rendirles homenaje, a la vez se les maldice desde el fondo del corazón y se les tiene más horror que a las bestias salvajes.

Ese es el honor y la gloria que, por sus servicios, recogen entre personas que no quedarían satisfechas ni medio consoladas por su sufrimiento si cada una pudiese tener un trozo de su cuerpo. Incluso tras su muerte, el nombre de estos “tragapueblos” será oscurecido por la tinta de mil plumas y su reputación desgarrada en mil libros. Hasta sus huesos son arrojados al fango para toda la posteridad, como si se quisiera castigarles después de muertos por su malvada vida.

Aprendamos pues a actuar bien. Alcemos nuestros ojos hacia el cielo por nuestro honor o por honor a la verdad, o mejor aún por los de Dios todopoderoso, fiel testigo de nuestros actos y juez de nuestras faltas. Yo pienso, y creo no equivocarme, que, dado que  nada es más contrario a un Dios bueno y liberal que la tiranía, él reservará a los tiranos y a sus cómplices algun particular castigo en los infiernos.

Étienne de la Boétie