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La diva de Transmilenio

15 Feb

He conocido a varias personas a través de Twitter y con todas coincidimos en algo: la mayoría de la gente -los millones de humanos que caminan por ahí- no tienen una cuenta en esa página y no se mueren por estar ahí sino que viven en el mundo real. Los tuiteros son personas con tiempo libre, gente a la que le gusta leer y escribir frases que no trascienden más allá del teclado, una gran masa de desconocidos luchando por hacerse relevantes.

Cuando logran cierto reconocimiento descubren que su fama no va más allá de Twitter, cuando caminan por la calle, trabajan y se desplazan por la ciudad comprenden que son un humano más, nadie se fija en ellos, nadie sabe que tienen una cuenta en Twitter y un número determinado de seguidores, amigos influyentes, favs y retuits. No existen.

Consciente de este hecho camino tranquila por ahí, como un perro sin amo, me visto de cualquier forma y voy a cualquier sitio porque soy una persona común.

A veces me sorprendo ante la sorpresa de alguien que me pregunta si soy la misma señora que tiene una cuenta en Twitter. Hay quien sonríe con dulzura, hay quien se asusta, hay quien se ríe en mi cara, hay quien se estrella contra un muro, hay quien sonríe con sonrisa nerviosa, hay quien me da la mano temblando de miedo, hay quien crea una imagen distorsionada de mí en su mente. Me sigue, lo sigo, me pide que nos veamos algún día y compartamos un café.

Casi siempre acepto para que se convenzan de que soy la persona más común del mundo, una persona que tiene un trabajo normal, una vida normal, una señora que vive en un barrio popular, se transporta en servicio público y no habla como un libro sino como una persona común. Me esfuerzo para que el hecho de leer, de escribir y de trabajar como profesora no interfiera en mi forma de comunicarme con la gente porque no soporto esas poses.

Ayer ocurrió algo entre grotesco y divertido: un tuitero compartía bus conmigo y decidió hacerme un pequeño estudio mientras llegaba a mi destino. Lo más seguro es que me vio, me reconoció, pensó en mí como en una especie de estrella y decidió tomarme tres fotos desde diferentes ángulos para presentarlas luego como el gran hallazgo, como si se hubiera cruzado por casualidad o de forma premeditada conmigo, con la idea que ha creado en su mente de mí a partir de lo que lee aquí y en mi cuenta de Twitter. Es el tuitero que ha llegado más lejos y es imposible saber si me admira, me odia o me persigue con fines que sólo él conoce. Se trata de uno de los millones de personajes anónimos de la red que hablan fuerte pero sin nombre ni rostro propio.

El fotógrafo improvisado presentó las imágenes con la intención de desmitificar a la “diva”, es probable que, como muchas personas, tenga una idea distorsionada de mí y mientras me veía sentada en la silla de un bus como cualquier pobre ser humano, mientras miraba el teléfono como cualquier ciudadano de bien, pensara que ganaría cierto reconocimiento porque me sorprendió, porque revelaría elementos no reconocidos de mi vida privada que acabarán con la idea que he tratado de recrear a través de la escritura.

La pregunta de hoy es simple:

¿Por qué hay gente así?

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¿Por qué tengo tantos seguidores?

21 Sep

Desde que nací he pasado la vida dando explicaciones.

Desde que escribo también.

¿Quién escribe?

¿Cuántos son?

¿Por qué sobre temas tan diversos?

¿En realidad es usted una mujer?

¿Por qué no parece que escribiera siempre la misma persona?

¿Usted qué hace?

¿Dónde trabaja?

¿Usted se inventa a Andrés?

¿Cuántas cuentas tiene?

¿Por qué es tan famosa?

¿Por qué es tan fea?…

Y últimamente:

¿Por qué tiene tantos seguidores?

Esta es la pregunta más injusta que he leído y también la que me lleva a hacerme más preguntas porque la respuesta no la sé:

¿Por qué me siguen si no soy complaciente?

¿Por qué me siguen si no sigo?

¿Por qué me siguen si no me favean?

¿Por qué no me siguen todos los que me leen?

¿Por qué soy tan famosa?

¿Por qué duele tanto que yo tenga “tantos” seguidores?

¿Por qué la gente es tan estúpida?

¿Por qué estoy tan vigilada?

Lennon

9 Sep

En Ocio. La felicidad de no hacer nada, Ulrich Schnabel hace la lista de los grandes ociosos de los últimos tiempos y en esa lista está John Lennon.  Lo describe como partidario de estar echado en la cama mirando la pared, como Cioran o como Bukowski, dos grandes vagos de la literatura. Sabe que es ahí donde surgen las grandes ideas. Y tiene razón.

Buscando sobre la vida del ocioso supe que David Foenkinos había escrito Lennon, una biografía novelada del artista y sin pensarlo dos veces compré el libro. A David Foenkinos lo leí por recomendación de un hombre que sospecha que soy una gran lectora y tengo buen gusto, quería impresionarme y lo logró: me pidió que leyera La delicadeza y cuando lo terminé supe que la literatura no ha muerto y el libro tampoco. La delicadeza  y Lennon son libros para comprar, resaltar, describir y volver a leer. No es para leer en el ipad, es para pasar las páginas, es literatura.

Lennon es una narración en dieciocho sesiones de psicoanálisis. En cada sesión el lector se imagina el diván y al artista recordando su vida. Esa vida narrada es una hermosa reflexión sobre el amor, la música, las mujeres, la fama, las drogas, el abandono y la creación. Hay momentos en los cuales sentimos que es Lennon quien narra pero también es clara la voz del autor. El libro es fruto de un riguroso proceso de investigación de David Foenkinos, quien se presenta como admirador incondicional de John Lennon. Advierte que es un libro escrito al ritmo de su música.

Cada lector tendrá su propia versión de los hechos y se concentrará en los aspectos que más le interesan. A mí, como es de suponerse, me interesa la relación del artista con los padres, especialmente con la madre, la idea que tiene del amor y de la fama y la forma en que concibe el proceso creador. Lo más impactante es el amor a la madre, la timidez y el desprecio a la fama y al dinero, la sensación extraña de sentirse poca cosa y de no saber cómo representar el papel de John Lennon. Este libro recuerda a Virginia Woolf tratando de ser Virginia Woolf, en Las horas.

Para motivar al lector, para que se anime al leer el libro, no voy a hacer un análisis erudito de cada sesión para mostrar cómo soy de inteligente, culta y perspicaz, sino que voy a compartir las citas que más me impactaron por el contenido, la teorización -teniendo en cuenta que se trata de un artista tratando de comprender a otro artista- y la voz de David Foenkinos a través de su personaje:

La exposición brutal a la luz me permitió desaparecer una vez más. Al volverme una imagen para todos, existía menos (página 13).

Una parte de mí mismo está persuadida de que soy un pobre diablo, y la otra piensa que soy Dios (página 14).

Yo era demasiado intelectual, demasiado perverso para que creyeran en la castidad de mi imaginación (página 16).

Se puede dar un concierto frente a cincuenta mil personas y tener un pánico atroz a hablarle a una mujer (páginas 17).

Mi vida es un intento incesante de probarle al mundo que valgo algo (página 17)

El sufrimiento es una eternidad. Antes de los gritos, había probado el silencio (página 17).

La búsqueda de Dios es una idea para los débiles, al final de esa inspiración esperaba también el vacío (página 18).

Yo era un canalla, como todos los que triunfan (página 20).

Soy puro instinto, siempre viví bajo el dictado de mi sensibilidad (página 20).

Soy tan famoso que mi vida pertenece a todos. Todo el mundo tiene su opinión sobre lo que he vivido (página 21).

Ahora pienso que el amor experimentado es proporcional al que no se recibe (página 25).

Al fin puedo vivir días que se parecen unos a otros. Descubro la rutina maravillado (página 33).

Algunos han visto en mí un príncipe de la exuberancia, y les sorprendería saber que todo eso nació de un gran mutismo (página 52).

Nunca había conocido a una chica como ella, y bebía sus palabras. Y hasta su silencio, lo bebía también (página 91).

No tengo ninguna idea del camino a tomar para acceder a mi corazón (página 90).

Nunca asumí mi lado de hombre rico. En el fondo, no soy un tipo generoso, sino un tipo que se siente incómodo con el dinero (página 144).

Lo que siempre había buscado: una mujer que fuera también una compañera de la creación. Y la felicidad física se escondía ahí, detrás de la prioridad intelectual del deseo (página 152).

Celebridad depresiva es un pleonasmo (página 170).

Me angustiaba terriblemente la idea de cantar en público. Era capaz de vomitar en un concierto. Nunca tuve confianza en mí. Y entonces me sentía más frágil de lo habitual (página 182).

Vestido con un simple kimono, podía quedarme sin hablar, sin hacer nada. No era pereza ni meditación, sino un estado de contemplación interior (página 187).

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Si la fama me perteneciera

5 Feb

Si la fama me perteneciera, no podría escapar de ella – si no, el día más largo se me pasaría en su persecución – y la aprobación de mi Perro me abandonaría así que – Mi Rango Descalzo – es mejor.

Emily Dickinson