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En estas diez frases de Flaubert puedes tratar de encontrarla a Ella

2 Feb

Elsy, Ensayante, El Cirrosis…  como la quieras llamar según tu aire de superioridad, tu ingenio y creatividad, escribe pensando siempre en estas diez frases de Flaubert.

Si las lees bien -con humildad y con atención- tal vez empieces a encontrar la clave para encontrarla a ella. A partir de estas diez frases inteligentes se armarán las últimas cincuenta historias que componen la cola de la culebra que describiremos cuando termines de leer este post (porque el título de la próxima entrega de esta historia de terror es precisamente La culebra):

1. Quisiera escribir palabras que te hicieran llorar de admiración.

2. Temo ser frío, seco, egoísta, y Dios sabe bien, sin embargo, lo que sucede en estos momentos dentro de mí.

3. Lo que vuelve tan hermosas las figuras de la antigüedad es que eran originales: ahí está todo, el sacar de uno mismo.

4. La comicidad llegada al extremo, la comicidad que no hace reír, el lirismo en la broma es lo que más me seduce como escritor.

5. Lo que constituye la fuerza de una obra es el empalme, como se dice vulgarmente, es decir, una larga energía que corre de un extremo a otro y no flaquea.

6. Porque un imbécil tenga dos pies como yo, en vez de cuatro como un burro, no me creo obligado a quererlo, o al menos, a decir que lo quiero y que me interesa.

7. Soy el hermano en Dios en todo lo viviente, de la jirafa y del cocodrilo tanto como del hombre, y conciudadano de todos los inquilinos del gran caserón amueblado que es el Universo.

8. Es fácil, con una jerga convenida, con dos o tres ideas en boga, hacerse pasar por un escritor socialista, humanitario, renovador y precursor de ese porvenir evangélico soñado por los pobres y por los locos.

9. Todo el talento de escribir no consiste, después de todo, más que en la elección de las palabras. La precisión es la que hace la fuerza. En estilo es como en música: lo más hermoso y lo más raro que hay es la pureza del sonido.

10. Lo que a mí me parece lo más elevado del Arte (y lo más difícil) no es hacer reír ni llorar, ni poner cachondo o enfurecer, sino obrar al modo de la naturaleza, es decir, hacer soñar. Por eso las obras más hermosas poseen ese carácter. Son serenas de aspecto e incomprensibles.

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Ella

31 Ene

Ella es el personaje perfecto para crear una horripilante historia de horror como la que vamos a desarrollar aquí, a partir de este momento.

Ella es una especie de tuza de un buen amor, ella, por sobre todas las cosas del mundo y aunque nos duela y nos cueste reconocerlo… Ella sabe escribir. Ella escribe muy bien, es imposible no leerla y pensar  en ella intermediado por un suspiro y mucha confusión:

¿Quién es ella?

Ella nos ha dicho de todas las formas posibles que es una mujer y nosotros seguimos empeñados en imaginárnosla como nos dé la gana, según nuestro estado de ánimo y nuestro coeficiente intelectual, según nuestros deseos de discutir con ella para que nos responda de forma altanera; queremos provocarla, queremos herirla, queremos que nos responda como un ser humano, como una colombiana. Y ella sólo responde con el silencio, como un ser inmisericorde y mudo, o  como sabe responder ella, con escritura, con la mejor escritura. Así es como ella mejor nos explica que ella es ella y que no es él quien se dirige a nosotros. Léanla, lloren de admiración con su estilo característico. Si en algún momento han dudado de esta mujer y de su genio deslumbrante les pido que le pidan perdón de rodillas, llorando:

Los textos escritos, a diferencia de la narración o el diálogo oral, conservan el discurso y se convierten en archivos disponibles para la memoria individual y colectiva, si la lectura es posible es porque el texto no está cerrado en sí mismo sino abierto a otra cosa. Leer es encadenar un discurso conocido al discurso del texto que se está leyendo, relacionar experiencias anteriores de lectura y de vida y actualizar o activar la lectura de nuevos textos o de textos ya leídos a partir de perspectivas nuevas, la capacidad de reactualización de los documentos escritos es lo que garantiza su carácter abierto. En la correspondencia de Flaubert, y especialmente en las Cartas a Louise Colet, esta regla se evidencia en todo su esplendor puesto que al lector se le brinda la posibilidad de encontrar una y otra vez, expresado desde diversas perspectivas y con énfasis diferentes, desde la voz del enamorado que expresa la intensidad de sus sentimientos sólo a través de la escritura y desde la distancia, pasando por los más honestos consejos para emprender una vida menos dolorosa -toda una filosofía de la vida con argumentos lo suficientemente lógicos, sólidos y consecuentes- hasta las reflexiones más lúcidas relacionadas con el arte, la lectura y la escritura, sopesadas por un hombre que se autoproclama como un practicante del misticismo estético.

Para Flaubert el amor loco y las valores de la vida comunitaria como experiencias humanas son inferiores a las que proporciona la relectura de un clásico en absoluta soledad; él necesita de todo su tiempo para volver una y otra vez sobre los autores que más admira: Cervantes, Rabelais, Epicteto… y se empeñó en convertir en realidad la escritura de las obras con las que soñó. Ese fue su gran ideal y lo alcanzó a fuerza de trabajo, soledad y perseverancia, tres valores que enaltece a lo largo de su correspondencia.

Flaubert le escribía a su amante para distraerse del trabajo o para desatar la ira, la felicidad o la impotencia que generaba en él la escritura de su obra literaria más importante: Madame Bovary. La gran paradoja alrededor de la escritura simultánea de estos dos textos está relacionada con el hecho de que a pesar del innegable valor estético de la novela la lectura de las cartas en algunas ocasiones puede llegar a ser más estimulante, actual y universal, este hecho se debe, tal vez, a que son expresión cabal de lo que el mismo Flaubert consideraba sería la gran obra literaria del futuro: un texto autobiográfico escrito con total sinceridad, buen estilo y sin omitir detalles que pongan a salvo la imagen del escritor: “Cualquier hombre que supiera escribir correctamente crearía un libro soberbio al redactar sus Memorias, si las expusiera con sinceridad y de manera completa” (Flaubert. 1989. 95).

El principal objeto de estudio de Flaubert a lo largo de su vida fue él mismo y la experiencia amorosa con Louise Colet se constituyó en el mejor pretexto para profundizar más en su autocontemplación, en algunas ocasiones es asombrosa la convicción de Flaubert para expresar sus sentimientos y otorgarle un lugar preciso o cada pasión, casi siempre de manera racional y calculada, en medio de la placidez que le proporciona el hecho de compartir impresiones sobre la gran pasión de su vida -la lectura y la escritura- con una mujer que además de eso lo ama y estuvo dispuesta siempre a soportar sus cambiantes estados de ánimo y sus ausencias.

Flaubert escribe sobre la vida y la muerte, sobre las pasiones y las flaquezas humanas, sobre el arte, la lectura y la escritura. En vista de que se trata de un hombre tan consecuente consigo mismo y ha constituido su vida de tal manera que cada idea y acción suyas se corresponden de manera plena, sobran más explicaciones.

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¿Quién es esa chica?

31 Ene

El siguiente texto se compone de siete historias y son historias de terror, no están relacionadas con la vida sino con la realidad mental que los personajes crean en la mente a través de sus experiencias virtuales. Hay historias de locura disfrazadas de cordura y hay historias de cordura disfrazadas de locura. Aquí los cuerdos son los locos y los locos son los cuerdos. Quien narra es un observador mudo que conoce a cuerdos y a locos por igual, una especie de Dios Todopoderoso que puede leer la mente de los protagonistas porque aquí los cuerpos carecen de importancia.

El personaje central de todas las historia es Elsy Rosas Crespo, mejor conocida como Ensayista, la ensayista, ella, esa señora, ensajackson, la loca de los ensayos, ensayante, la mal llamada Rosa, Elvis Crespo, Rosa Elvira Cely y veinte o treinta variaciones a partir del nombre más sonoro que haya existido jamás para crear un personaje virtual, un nombre perfecto para ser desplegado como no lo ha sido jamás ninguno en obras literarias del pasado ni del futuro.

Comencemos por el principio:

¿Quién o qué es Ensayista?

¿Es un hombre?

¿Es una mujer?

¿Es un grupo de personas que se dividen el trabajo y por eso es tan prolífica y diversa?

¿Es un loco que se comunica con el mundo desde su centro de reclusión?

Algunos dicen que Ensayista no existe.

Otros dudan de la existencia de  Elsy Rosas Crespo.

Ella o él, o ellos, remiten siempre al lector interesado en develar  el misterio de tan emblemático personaje a Google. Se puede leer en Twitter y en su blog como única carta de presentación la siguiente biografía: “Es más fácil si buscas mi nombre en Google”.

Pero uno va y busca su nombre en Google, Elsy Rosas Crespo o Ensayista, y siempre se estrella con un bloque de concreto porque se pierde en la cantidad de información que circula. Su admirador o su detractor puede pasar meses navegando y al final quedará con la sensación de que no sabe nada de ella. A partir de este momento vamos a pensar en nuestro personaje como ella.

Necesito un editor que quiera trabajar conmigo por una causa noble: los lectores de la biblioteca Luis Angel Arango

29 Nov

Un día por bromear busqué mi nombre en el catálogo de la biblioteca Luis Angel Arango y encontré dos registros. Quería pedir esos documentos para préstamo externo con la intención de saber qué trato le dan los lectores a esos textos, el nivel de deterioro de las páginas y los comentarios anotados al margen. Me encontré con una agradable sorpresa: estaban prestados. Llevo más de un año tratando de verlos y siempre están prestados. 

¿Cuáles son esos textos tan deseados por los lectores de la bloguera más famosa y leída de Colombia?:

La monografía que escribí para graduarme en la Universidad Nacional de Colombia y la monografía que escribí para graduarme en el Instituto Caro y Cuervo. ¿Cómo llegaron esos trabajos a la biblioteca? No sé. Fueron requerimientos académicos para ser Profesional en Estudios Literarios y Magíster en Literatura Hispanoamericana. El primero es sobre Luvina, un cuento de Juan Rulfo, y el segundo es sobre Fernando Vallejo y Ricardo Cano Gaviria. Ninguno de esos trabajos fue escrito por placer, los escribí como requisito para graduarme. Yo quería ser autodidacta, mi Universidad será siempre la biblioteca Luis Angel Arango, es allá donde he pasado la mayor parte de mi vida, el sitio con el que he sido más constante y fiel, es una de las grandes ventajas de vivir en Bogotá: ir a esa biblioteca y no a otra cada quince días para pedir tres libros en préstamo externo.

Estudié porque es más fácil vivir la vida con títulos académicos de instituciones prestigiosas pero en ninguno de esos dos trabajos encontrarán la pasión que me caracteriza, el estilo y la erudición de los ensayos que escribí después y  publiqué en revistas de circulación nacional e internacional.

Esos dos trabajos los escribí bajo la supervisión de Fabio Jurado y Hélène Pouliquen, dos pesos pesados en el arte de dirigir trabajos de grado. Ellos y yo hicimos lo posible por escribir algo digno de nuestro jurado, nada pretencioso, nada digno de ser leído en el futuro por admiradores de la autora; cuando los escribí no los imaginaba en el catálogo de la biblioteca Luis Angel Arango, esa es la verdad pura y simple. Lo que imaginaba mientras escribía era el diploma para guardar luego en la bolsa de manila gigante. Ahí están guardados esos dos diplomas y las actas de grado.

La  redacción de las monografías fueron la base para aprender a escribir textos extensos y rigurosos, pero lo más bello, lo mejor, es lo que viene después. Los ensayos están publicados en revistas digitales, revistas chilenas, mexicanas, españolas… lo demás está todo en el blog que empecé a usar como medio de expresión desde 2007. A partir de ese año no volví a publicar en otro medio que no fuera ese, es una apuesta arriesgada pero ha valido la pena. Más de 1000 visitas diarias no son poca cosa, es imposible que mil personas pasen los ojos diariamente por el mismo libro. Esa es una de las grandes ventajas de publicar sólo en internet.

Me gusta publicar sólo en el blog y compartir lo escrito en Facebook y en Twitter, pero me siento culpable con los lectores de libros, que son los lectores más apasionados. Parece que los lectores fieles de la biblioteca Luis Angel Arango piden a gritos leer un libro mío y al no encontrarlo se conforman con un tonto trabajo de grado, eso es triste y conmovedor. No es justo con ellos.

Si usted es editor y quisiera publicar una selección de ensayos, poemas, pastiches, parodias, o un poco de todo eso, espero su propuesta. Pensemos en los lectores, sólo en los lectores. Por ellos me animo a exponerme al público, a ferearme en la vitrina de cualquier librería al lado  de los autores mediocres que abundan hoy más que en cualquier otro momento de la historia. Los lectores de libros merecen subrayar los textos, mirar el índice, ilusionarse con los títulos. Yo todavía lee más libros que textos en versión digital, todavía voy cada quince días a la biblioteca con la ilusión de perderme en las páginas de un libro.

Si le interesa complacer a ese público ávido no dude en escribirme a esta cuenta de correo: elsyrosas@gmail.com. No lo haga por mí, hágalo por ellos (y de paso se puede ganar una buena plata). Sospecho que mi nombre es vendible.

 

Yo por yo al estilo nuevo periodismo colombiano

12 Oct

Cuando una fórmula literaria funciona y quien la desarrolla gana un premio esta formula se repite de forma incesante mientras aparece otra fórmula digna de ser imitada y premiada. Imitan a Fernando Vallejo, imitan a Alberto Salcedo Ramos. Fernando Vallejo es imposible de imitar, quien lo intente se expone al ridículo;  Alberto Salcedo Ramos, en cambio, nació para ser imitado. Su “arte” parece tan fresco, tan original, tan artístico. En las universidades lo llaman Maestro y él juega a serlo, representa muy bien la pose de humilde, detallista, profundo, diestro en el contenido y en la forma… Y millones de imbéciles en Colombia están concentrados en la crónica periodística al mejor estilo de revistas tipo SoHo y El Malpensante porque decidieron seguir los pasos del Bienaventurado.

Desde el más burdo periódico virtual hasta la más encumbrada revista de farándula contratan periodistas formados en la Escuela del Maestro Alberto Salcedo Ramos  para que deconstruyan a sus invitados en sendos perfiles biográficos que dejan siempre muy bien parado al observador, cuidadoso de los detalles -psicólogo, sociólogo y antropólogo intuitivo- y al protagonista de la historia, que casi siempre termina representado como un semidios. Los dos quedan satisfechos con el producto final y el lector queda con la sensación de que se hizo más culto leyendo un texto profundo, artístico, sincero y bien estructurado. En estos perfiles la imagen fresca del protagonista de la historia a través de la fotografía  se constituye en un detalle fundamental.

Voy a intentar deconstruirme a través de una crónica enmarcada en el nuevo periodismo colombiano. Espero que queden fascinados con la observadora y con el objeto de observación:

Estoy en calle 72 con 15, miro los libros de la Panamericana mientras espero a Elsy, a ella no le gustan las citas en una esquina cualquiera sino en espacios cerrados. La he obligado a que nos veamos aquí porque le voy a demostrar que en esta ocasión seré yo quien domine la situación. Es un sector congestionado de Bogotá. La gente camina desesperada. Las mujeres se miran el culo en los vidrios de las vitrinas mientras pasan apresuradas y los hombres las miran mirarse preguntándose por qué se miran tanto ese lugar específico del cuerpo si a los hombres les gusta mirar más tetas que culos, en fin. Son las 3:59, Elsy está a punto de llegar, tiene fama de ser puntual, consulté a tres miembros de su familia, a tres estudiantes y a tres amigos cercanos y los tres coincidieron en que ella es muy puntual.

Han pasado más de cuarenta y cinco minutos y nada que aparece, me estoy empezando a poner nerviosa. Recibo un mensaje de texto en el que me dice que mejor nos veamos a las cinco en el Oma de la Avenida Chile, esto se me está empezando a salir de las manos. Camino resignada hacia el oriente, veo los cerros imponentes de esta imponente ciudad (cabe recordar que todos los provincianos estamos obligados a decir que los cerros de Bogotá nos parecen imponentes y que nos  instalamos aquí porque no podemos vivir sin esos cerros).

Llego entre nerviosa y confundida y ella está ahí, con su mirada de pocos amigos:

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Me dice con voz de ultratumba que no tiene mucho tiempo para conversar conmigo, que odia las entrevistas,  nunca ha concedido una y no entiende por qué se ha prestado para esta payasada que le recuerda a Virginia Mayer jugando a la periodista zalamera y aduladora con Catalina Ruiz-Navarro y con Margarita Rosa de Francisco.

Esta presentación me deja un poco confundida, no sé por dónde empezar.  Le pregunto para romper el hielo qué piensa  de la imagen que se ha ido creando la gente de @ensayista y ella cambia el rostro de pálido a más pálido de la ira que le ha provocado mi pregunta -es obvio que le parezco repugnante- y me responde con una mirada todavía más hiriente que la de la imagen que les he compartido.  No va a ser fácil abordar a este personaje, creo que le voy a dar un giro a la entrevista.

Son las 5:15 y no hemos avanzado mucho, no he sido capaz de ofrecerle un café y ella tampoco está dispuesta a proponer que compartamos alguna bebida, tengo la garganta seca, quisiera entretenerme con un vaso entre las manos, debo confesar que estoy bastante nerviosa.

Intento hacer una pregunta más afortunada: ¿por qué es más fácil si buscan tu nombre en Google? Ella sonríe un poco, es un ser repugnante, es obvio que le gusta jugar con la gente y que no me va a dar más información de ella de la que puedo encontrar si busco su nombre en Google, no sé si odiarla o pedirle que me dé un beso ¿ya les dije que soy bisexual y que me gustan las tetas grandes?

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No puedo sacarme esta imagen de la mente, es una de las fotografías más extrañas de Elsy, ella me confiesa que todas las fotos que circulan en internet han sido tomadas por ella misma o por Andrés, que es como la monja sin cabeza: si alguien intenta tomarle una foto el fotógrafo desaparece y la cámara también, es un verdadero misterio. Tendré que llamar al fotógrafo de Kien y Ke para decirle que no venga, que ella no se va a dejar tomar una sola fotografía por más que sea con una cámara profesional.

Son las 5:30 y no hemos avanzado mucho.  Le pregunto qué piensa del amor, las mujeres y la muerte, sé que a ella le parecerá graciosa esa pregunta puesto que es experta en Schopenhauer. Se relaja un poco y me pide que cambie la pregunta porque no se siente cómoda hablando de temas serios y eruditos si no es en un salón de clase o con una persona digna de ser oída por ella y que definitivamente yo, como interlocutora suya, le parezco un verdadero desastre. Siente pena porque la experiencia no está saliendo bien pero es incapaz de fingir como fingiría cualquier entrevistado en cualquier revista del mundo,  el solo hecho de pensar que está pasando por esta situación la hace temblar de ira y se siente ridícula. Todos sabemos que llegará a su casa a llorar y a vomitar recordando los cuarenta y cinco minutos que pasó conmigo en esta desafortunada experiencia.

Le muestro estas  tres imágenes suyas y le pido que me explique qué espera de nosotros cuando las veamos:

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Ella dice que mi pregunta no es inteligente pero responde: “Me apasiona la idea de que la gente se divierta a costa de estas imágenes, que fantasee con la idea de que tiene un pedacito de mí porque conserva un archivo llamado “imágenes de Ensayista”, porque se siente superior a otros ante semejante hallazgo. Es algo simple y tonto, pero a la gente  sin vida propia le fascina vivir ese tipo de experiencias. La gente que me conoce ríe fascinada porque la persona que ven en la imagen no tiene nada que ver con la imagen que tienen de mí cara a cara. Lo que más me divierte de la escritura es imaginar la cara del lector, lo que puede llegar a pensar o interpretar cuando lee lo que escribo; también fantaseo con esa misma cara cuando buscan imágenes mías en Google, es un placer inocente pero muy vital”.