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Mi larga noche con la heroína

19 May

El texto que leerán a continuación fue escrito por Juan Sebastián Lozano. Es uno de los talentos que como profesora he tenido el gusto de conocer. No creo que lo haya descubierto, cuando ejercí como “maestra” suya él ya era un lector formado y escribía muy bien.

Cuando leí su primer texto supe que había sido afortunada al encontrar un interlocutor con el que podría hablar más allá del salón de clase. No me equivoqué, después de cuatro o cinco años creo que este joven escribe muy bien y es generoso al compartir su testimonio con nosotros:

La probé por primera vez en 2008, en un apartamento de Chapinero. Me sentí muy cómodo, experimenté sensaciones y alucinaciones magníficas. Un viejo amigo de infancia me había presentado a unos barranquilleros que tenían una banda de rock. En el mejor momento de una de sus fiestas, me pasaron un porro con un poco de “H” de condimento. Terminé tumbado en un sofá y dormí plácidamente durante diez horas. Repetí la experiencia con ellos un par de veces en el transcurso de dos semanas. En los días siguientes al consumo, me sentía más deprimido que de costumbre.

Volvía a la casa de mis nuevos “amigos” como un autómata, con la excusa de oírlos tocar, y un día, como era de esperarse, terminaron diciéndome que ya era hora de que comprara mi heroína, que ellos me presentarían a su dealer. Un mes después lo llamaba a diario. Me engañaba a mí mismo diciéndome que lo hacía para experimentar y escribir sobre el tema.

Meses después, la búsqueda del placer inmediato hacía que descuidara todo lo demás: los proyectos más simples, mi rutina de estudios, algún trabajo de momento, la cordialidad familiar, los amigos, las mujeres. Hacía todo lo que estuviera a mi alcance para comprar heroína y encerrarme con ella en casa.

La cantidad para un día costaba $10.000 y el gramo, $30.000. No era fácil conseguir dinero en esa época, sólo contaba con lo que me daban mis padres, a quienes manipulaba y engañaba; por eso nunca tuve necesidad de robar, aunque más de una vez contemplé la posibilidad de hacerlo.

Cuando duraba varias horas sin consumir, sentía que me enfermaba de nuevo, estornudaba, bostezaba continuamente y me daban escalofríos.

Viajé a la Costa con mis padres en las vacaciones de ese año, y al segundo día de estar allá mi abuela encontró la poca heroína que pude llevar y la escondió. No podía protestar. Todos fingimos que no había pasado nada. A pesar de haber visto Trainspotting, Réquiem por un sueño y otras películas sobre heroinómanos, no era consciente todavía de la magnitud del síndrome de abstinencia. Un viejo consumidor me había dicho que alguna vez en una clínica le habían dado clonidina, un medicamento para la hipertensión, y que éste había menguado los síntomas de abstinencia o “mono”. Compré una caja de clonidina y unos analgésicos comunes, pero no funcionaron. La primera noche, a los síntomas ya descritos se sumaron unos fuertes espasmos
musculares que me impedían estar quieto en la cama. Tomé más clonidina y empeoró la situación. Sentía una debilidad extrema y no pude dormir durante casi una semana.

En esas vacaciones logré recuperarme, y como el protagonista de Yonqui, de William Burroughs, empecé a salir mucho y a tomar bastante alcohol. Como la heroína es una droga para estar encerrado en casa y en sí mismo, cuando se deja dan ganas exageradas de socializar, de tirar, de bailar. No dormía bien, pero no me sentía cansado. Me prometí que jamás volvería a consumir.

Al regresar a Bogotá, llamé al dealer y compré una bolsa de $10.000, con la intención de drogarme sólo una vez más. Esta vez decidí fumarla sin marihuana. Preparé lo que se conoce como un
“chino” o “dragón”, que consiste en poner un poco del polvo marrón en un papel de aluminio, calentarlo por debajo con un encendedor y aspirar con la boca el humo que sale del papel. Sin la marihuana el efecto me gustó más, sentí mucha energía y ganas de caminar, tuve pensamientos agradables por varias horas.

En las esquinas donde me citaba el dealer, vi gente de todas las edades y condiciones: jovencitos novatos entusiasmados, viejos resignados, punkeros, médicos, profesores y gente de corbata; tipos muy pálidos y casi sin pupilas, medio muertos, que contaban orgullosos sus robos y aventuras para conseguir la dosis diaria. Algunos me dieron los números telefónicos de otros dealers, porque es un riesgo depender de uno solo, ya que lo normal es que al principio te vendan mercancía de calidad, barata e incluso que te la regalen, y cuando ya estás enganchado rebajen la sustancia y aumenten el precio. Siempre llegan tarde a las citas para enseñarte quién es el que manda.

Metido de cabeza en esto conocí a personajes indolentes que parecían resignados a su suerte, como enfermos terminales. Leo, uno de ellos, vendía y estafaba a los clientes novatos para asegurar su consumo gratis. Una tarde nos metimos a un baño público a fumar “chinos”. Cuando alguien se dio cuenta y gritó que iba a llamar a la policía, Leo salió y le dijo que yo era el delincuente. Aquella vez alcancé a escapar. Kike, un tipo que a veces me vendía “H”, le había robado un televisor a Leo y Leo después le robó varios gramos y juegos de Xbox. Un día, en mi casa, Kike lo atacó con un cuchillo y Leo escapó. Ambos me robaron.

Por curiosidad, una tarde decidí inyectarme; de ahí en adelante la adicción se hizo más intensa y apremiante. Sentía una corriente por las venas que terminaba con un golpe en el cerebro, y luego
era como estar en el mar con una sirena. Me sentía como una especie de vampiro que no cedía ante el guion aburrido y lleno de esfuerzos innecesarios que le imponía la sociedad para ser un “hombre de bien”, un esclavo metido en la carrera por el dinero y el éxito social

Cuando ya llevaba unos meses inyectándome, apareció una exnovia. A pesar de enfurecerse cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo con mi vida, intentó ayudarme, pero fue imposible.
Como en la canción Heroin, de Lou Reed, le dije que debía aceptarme así, que tarde o temprano dejaría de consumir, que sería un hombre valiente y responsable y que trabajaría con seriedad. Pero ella no me creyó y volvió a irse.

Dos años después de estar inyectándome habitualmente, recurrí desesperado a la ayuda de una psicóloga que me había recomendado el viejo amigo con quien había consumido la primera vez. Estuve dos semanas en una fría cabaña al norte de Bogotá consumiendo metadona, un opiáceo legal que genera analgesia y sedación pero no euforia. Allí, un grupo de cinco personas con problemas similares hacíamos algunas terapias psicológicas y sesiones de relajación, meditación y sauna. Sin embargo, dos semanas no son tiempo suficiente para desacostumbrarse a algo tan fuerte. Al salir, tomé metadona por un mes, pero finalmente volví a consumir.

Continué un año más en la rutina de la inyección, hasta que la situación se hizo insostenible. Llega un momento en que ya no hay espacio en las venas para inyectarse. Ya están demasiado afectadas. Y, mientras tanto, el dinero no alcanza ni la farsa puede continuar. En una ocasión tuve una sobredosis y alguien que me acompañaba llamó una ambulancia. Cuando me desperté, estaba en una clínica conectado a una máquina con suero, con la mitad de la cara llena de costras de sangre y mi madre sentada a mi lado, rezando. Había comprado una heroína de mejor calidad que la anterior y el cambio fue casi letal.

Por presión familiar, ingresé a una costosa clínica de salud mental para desintoxicarme. Allí me dijeron que la mejor manera de dejar la heroína era estar encerrado varios meses, mientras cumplía con un programa de deshabituación. Compartí sobre todo con gente diagnosticada con depresión, bipolaridad y esquizofrenia.

A los quince días me trasladaron a una bonita finca a las afueras de Bogotá, donde estuve internado durante ocho meses. Tuve que adaptarme a una disciplina, cumplir con unas actividades lúdicas y terapéuticas, trabajar en una huerta y asistir a reuniones de grupos de adictos. Había cerca de doce personas, de distintos oficios y edades, adictas a la cocaína y al alcohol; el único que conocía la heroína era un francés que se había inyectado por veinte años y tenía las manos hinchadas por un problema en las venas.

Llevo nueve meses sin consumir heroína. Me siento más libre, tranquilo, reconciliado con el mundo. La vida no es bella en general ni mucho menos. La historia de bastante gente está llena de dolor y sufrimiento, y consumir sustancias tan fuertes y riesgosas finalmente los aumenta. No conozco al primero que pueda controlar su consumo, aunque dicen que existen.

Algunos rehabilitados y sabios dicen que el consumo de heroína es un escape cobarde, una renuncia a la guerra vital y a una derrota valerosa, un camino de egoísmo extremo. A diferencia de la adicción al bazuco, sin dinero no se puede ser yonqui. Sobre todo, es una muy mala opción para relajarse, una sustancia demasiado adictiva y extrema que genera una abstinencia de los mil demonios.

Ahora experimento la mesura en general, estoy mejor. O eso quiero creer.

Matices de la realidad

21 Sep

El discurso sobre las drogas se ha traspasado, a lo largo del tiempo, de una sustancia a otra, borrando en cada momento los matices de la realidad. La visión homogeneizante impide ver la diferencia radical que existe entre los consumidores: un mama arhuaco que encuentra en el mambeo un camino a la sabiduría, un yuppie deseoso de eficiencia que mete compulsivamente cocaína, un indígena embera que consume chicha para una sesión de sanación, un asesino que se da en la cabeza con roches, una mujer triste que busca en los antidepresivos un aliento para su alma, un consumidor de basuco que ha soplado todo su patrimonio, un marihuanero expulsado de la universidad, un indígena que no abandona su botella de aguardiente Platino, un intelectual vencido por el alcohol.

Alonso Salazar, en Drogas y narcotráfico en Colombia. Bogotá, Planeta. 2001.

Soy un ser extraordinario

21 Sep

Todos los hombres, en todos los momentos y bajo todas las latitudes se entregan a la droga. Esta conducta, entre muchas otras, nos distingue de las criaturas del reino animal.

Aquellos seres extraordinarios que saben o pueden vivir sin drogas los denominamos según nuestras culturas, sabios, justos y santos.

Michel Serres

No se den el cabeza con drogas y alcohol

21 Feb

El doctor Rodolfo Llinás es el colombiano con mayor posibilidad de ser Premio Nobel de Medicina. Es el actual jefe de neurociencia del Hospital de Nueva York y es uno de los  médicos que más ha estudiado y que más sabe del cerebro en el mundo.

¿Será posible algún día hacer trasplantes de cerebro?

No, absolutamente imposible. Y no porque si a uno le trasplantan un cerebro, no le estén trasplantando un cerebro, que a alguien se le tomó de su cuerpo. Es que usted desaparece como tal cuando le quitan el cerebro para ponerle uno nuevo. Una mano o el corazón pueden trasplantarse, pero el cerebro, nunca. Si yo me quito mi cerebro y me pongo el suyo, ya no soy yo, sino que soy usted.

¿Es posible en el futuro descubrir una vacuna contra el Alzheimer y el mal de Parkinson?

Sí, no sólo una vacuna, hay muchos tratamientos, de eso he venido hablando últimamente. Eso ya es mucho más real, porque el Parkinson es una enfermedad degenerativa, y el Alzheimer es una enfermedad degenerativa. Trabajamos la proteína de una persona como antes experimentamos con el cerebro de un calamar. Ya conocemos el mecanismo de la enfermedad y la solución es muy factible.

¿Pronto o muy lejana todavía?

Creo que es probable que en los próximos diez años haya una solución, que pueda encontrarse la curación. Tenemos una droga que sirve aunque no es perfecta, y porque sirve es que ya uno tiene más o menos arrinconada la enfermedad.

¿Usted ha señalado la posibilidad de una especie de vacuna para incitar el  amor?

Me han preguntado mucho sobre eso, ¡pero cómo voy a decir semejante cosa! No existen vacunas contra una situación de ese calibre. El amor no es una enfermedad, no es un virus, ¿entonces a quién se va a atacar? ¿Y entonces qué es el amor? Es un estado funcional del cerebro. Y las bases del sentimiento no las entiendo aunque sé dónde están.

Además de las drogas y el alcohol, ¿es cierto que ser negativo también deteriora el cerebro? Es decir: ¿es dañino ser pesimista o amargado?

Ser pesimista o amargado es un estado del cerebro. No se puede ser triste sin cerebro. Entonces usted me pregunta si el estado general de la tristeza o la amargura deterioran el cerebro. Yo le diría que no, porque el cerebro ya está dañado: por eso es que está triste todo el tiempo, son funciones del cerebro que han evolucionado. Cuando uno está feliz es porque está relacionado con algo bueno. Es conveniente hacer cosas que le mejoren a uno la vida. Es importante la capacidad de reproducirse, la sensación de no sentir dolor. Aunque parezca obvio, generalmente uno se siente bien cuando deja de sentirse mal. Después de un dolor de cabeza, yo me siento fantástico porque ya no tengo dolor de cabeza.

¿A qué edad es más importante en el cerebro la educación?

La educación debe hacerse tan tempranamente como sea posible. A los niños hay que enseñarles a pensar, a que generen sus propias soluciones. Hay que enseñarles a que entiendan, pues el saber se pierde. ¿Acaso usted recuerda los afluentes del Caquetá? ¿Los estudió? Es inmensa la cantidad de cosas que aprendimos pero que no sabemos porque no tuvieron contexto. En la educación le queman a uno el cerebro. A los niños hay que enseñarles a pensar, es decir, enseñarles en contexto.

¿Se podrá llegar a leer alguna vez la mente humana, la de los demás?

Sí, ya lo hablamos: cableándolo, o con estímulos. Una vez trabajé en París y teníamos que llegar por la noche y el celador cerraba con llave, y entonces debíamos timbrar, y el celador nos echaba unas vaciadas tremendas: que ya estaba en la cama, que qué desgracia, y escupía y gritaba. Entonces dije: Vamos a hacer un experimento interesante: le llevamos una botella de vino. Entonces el celador cambió y cada noche nos recibía como a unos príncipes. Le cambiamos el modo de pensar, pues cambiar la manera de pensar es de lo más pendejo que hay! Ahora: que la gente se lo deje cambiar, es otro asunto, pues hay cosas que no son negociables. Es muy difícil, por ejemplo, convencer a otro para que mate a su mamá, aunque alguien existirá que lo haría muy fácilmente

Usted, que ha estudiado el cerebro, ¿cree que el suyo funciona mejor ahora que cuando era joven?

Mucho mejor cuando era joven. Lo que pasa es que ahora sé más. Bien se dice que el diablo sabe más por viejo que por diablo. El ideal es que yo pudiera tener el cerebro joven sabiendo todo lo que sé ahora. Si al cerebro le quitamos el conocimiento, sería botar a la basura un gran capital que me ha costado tanto trabajo.

¿Existe alguna fórmula para mejorar el cerebro?

Hay muchísimas. La principal: úselo. Si uno no usa el cerebro, éste se atrofia, como los músculos y como todo lo demás. Por ejemplo, no se meta esas borracheras espantosas ni consuma drogas. A mí me preguntan que si he consumido drogas. No he tomado droga de ninguna especie, lo máximo que me he tomado es un vino, drogas no, porque no me interesa, porque si yo veo los colores muy bien y no quiero que sean más claros, pues no me interesa. Esas gentes que se están metiendo ese tipo de drogas, ¡qué horror!, van a tener el cerebro podrido cuando tengan sesenta años, si es que llegan a los sesenta.

¿Se puede afirmar que algunas personas tienen el cerebro tan poderoso como para dominar a otras?

Es una buena pregunta sobre lo que es un cerebro poderoso. Si uno mira los animales, hay unos que son animales Alfa, líderes, y eso quiere decir que piensan un poco más rápido, que ven mejor, que oyen mejor, que para ciertas cosas son mucho mejores. Entonces todos los siguen. Una persona que realmente es un líder puede hacer las cosas mejor. Mire usted la importancia del liderazgo en las fuerzas armadas. El liderazgo es importantísimo, pero no es que sea más fuerte el cerebro. De pronto sí piensa mejor. Entonces cambie la pregunta: Si uno tiene un cerebro que piensa mejor, ¿puede convencer a las personas? Pues claro, ese es el concierto humano.

¿Qué opina de tantos negociantes que ofrecen vitaminas y medicinas para el cerebro?

Que quieren plata. La gente vende porquerías por plata, desde el principio de la vida. Es como el cuento de los tres judíos que están en un tren y llega un ruso y les pregunta: ¿Ustedes por qué son tan inteligentes?, y le contestan: Es que nosotros comemos cerebro de pescado, y si nos paga por estas cabezas, se las vendemos. El ruso se las come y piensa que de inmediato se va a poner más inteligente. Al rato regresa y dice: Pues me comí el cerebro de los pescados y nada; yo creo que eso no sirve. Entonces los judíos le responden: Le sirvió para que se diera cuenta de algo de lo que antes no se había dado cuenta: de que eso no sirve. ¡O sea que su cerebro empezó a funcionar!

Usted dijo que la plata es importante pero que el negocio es la vida…

Lo que dije es que el negociar, la capacidad de interactuar socialmente, es sumamente importante porque somos animales sociales. La plata es una manera muy sencilla de facilitar los negocios. Uno puede hacer una pregunta muy sencilla que yo le hago a la gente: ¿Cuánta plata tengo que darle para que me deje matarlo? Y responden: “¡Cómo así!”. El dinero es una metodología para mejorar ciertas cosas, pero no es la vida.

En esa perspectiva, ¿cómo explica usted la muerte? ¿Tanto luchar para morirse?

Es que si no quiere luchar, pues no luche. Pero si alguien no lucha, entonces no entendió la vida. La vida no es para que le paguen a uno para trabajar, qué cosa tan triste. Y si cree que el trabajo es para burros, si cree eso, fue que le dañaron el cerebro. Vivimos para trabajar, para pensar, para cambiar, eso es la vida.

¿Entonces usted no le tiene miedo a la muerte?

¡Pero cómo voy a tenerle miedo a la muerte! Qué le voy a tener miedo a la muerte si nunca voy a conocerla. La única muerte que yo no voy a conocer es la mía. La muerte para mí no existe. De todas maneras me voy a morir. Yo les digo a mis estudiantes: Estar vivo es sumamente peligroso; si no quiere peligro, muérase, porque a los muertos no les pasa nada.

¿Usted sueña?

Sí, con detalles y con sonidos y colores. Sueño en colores, oigo a las personas y le hablo a la gente en todos los idiomas, y pasan toda clase de situaciones, pasan cosas interesantes y la mayoría de ellas son verdad.

¿Cómo puede mejorarse la memoria?

La memoria es un estado funcional del cerebro. Si usted me pregunta cómo determina la masa muscular la fuerza, le respondo que la fuerza es la masa muscular. Haga ejercicio. Venden productos que pueden mejorar la memoria, como programas de computadora, y sudokus, y no solamente eso: viva más. Esos aparatitos son buenos y fuerzan a la gente a utilizar la memoria. A mí me dicen: Usted dejó de hablar castellano durante veinte años, ¿y cómo es que no se le olvidó? Pues es que si yo hablo el castellano y sueño en castellano, ¿cómo se me va a olvidar?

¿Los humanos tenemos el mismo cerebro o hay diferencias entre razas, entre hombre y mujer, entre ricos y pobres…?

La similitud de los cerebros es como la de la nariz: todas las personas la tienen, pero no hay dos iguales. El cerebro es el mismo para todos, pero se diferencia en la organización de los circuitos, que se da al azar; aquí la variabilidad es infinita. Hay personas con mayor capacidad para ver los colores, para interpretar música o para ser parlanchinas… Y eso depende de las propiedades intrínsecas de las neuronas, no del color de la piel o del tamaño del bolsillo.

¿Qué nos hace distintos entonces?

Una neurona es como una maraca que suena por su lado, y nunca deja de sonar. Frente a un estímulo externo, o de manera automática, todas las neuronas entran en un estado de ‘maraquismo’ y suenan a la par, después vuelve cada una a lo suyo… Esa capacidad para cambiar sus ritmos es distinta. Eso nos hace diferentes, pero la gente tiende a exagerar esas diferencias.

En definitiva, ¿qué es el amor?

Es un estado funcional, como una golosina, y los enamorados son golosos (“que me ame, que me ame”). Eso hace que se sienta rico y que se activen los sistemas de gratificación. Por eso gusta. Claro, eso es indistinto de lo que se ame o a quién se ame. Amar la plata o a alguien del mismo sexo es, funcionalmente, la misma vaina. Eso sí, nunca es demasiado, nadie se muere por exceso de amor. No es como la epilepsia.

¿Y el amor a primera vista?

Funciona como en el cerebro de los pájaros: el patrón de acción fijo estaba activado, disponible y listo cuando apareció la persona que le gustó, y listo.

¿Y el amor eterno?

Ese es de inteligentes que estructuran y modulan los patrones de acción fijos sobre la base de ver al otro como la mano de uno. Cuidarla es mi responsabilidad y viceversa. Saber que no habrá puñalada trapera es la norma. ¡Nunca, primero me matan tres veces! Esa es la clave neuronal del amor eterno, la que mantiene el estado funcional activo y bloquea cualquier cosa que le sea contraria. Es una calidad de estado mental. Si se entiende, no hay otra posibilidad que amar al otro; en cambio, querer acostarse con otro y pasarla rico no es amor. Amor es compromiso y cerebralmente está en el cerebro truhán, porque con él se interactúa y se avanza, con las tetas no. Amar es cerebralmente un baile y hay que bailar con el que pueda danzar con el cerebro de uno. Amar es bailar, no hacer gimnasia. Encontrar eso es muy difícil; hallarlo es un tesoro.

¿Qué es la inteligencia?

Cerebralmente es la capacidad de abstraer para simplificar y actuar sobre esa simplificación. Cerebralmente está entre un oído y el otro, es decir en todas partes… Y claro, existen diferentes tipos de inteligencia.

¿El subdesarrollo es un patrón cerebral?

El país puede estar subdesarrollado, pero yo no. Eso no es contagioso. Ah, no hay cerebros subdesarrollados.

Se dice que solo usamos el 10 por ciento del cerebro…

Esa es una forma estúpida de pensar. Lo usamos todo y nunca se detiene. El cerebro actúa todo siempre; lo que sí sucede es que unas funciones se inactivan para que otras puedan marchar. Eso es necesario.

¿Las nuevas generaciones serán más inteligentes?

No hablen caca…

¿Cómo define a una persona inteligente?

La que es capaz de poner en contexto el mundo externo.

¿Se puede ejercitar el cerebro?

Sí, la labor intelectual genera más labor intelectual…

¿Quién es genio?

Aquél al que no le cuesta trabajo.

¿Y nace o se hace?

Nace con patrones cerebrales específicos: por ejemplo, el que es buen matemático, no es bueno bailando; el que es bueno pintando, se puede enredar haciendo una cuenta.

¿Por qué los científicos no son políticos?

Porque la política es un arte, no una ciencia.

¿Cree que este país debe seguir siendo manejado por esos artistas?

Desgraciadamente no hay más remedio.

¿Tenemos buenos artistas de la política?

No son artistas de la política pura. La mayoría son fracasados de otras disciplinas.

¿Por qué usted pudo y otros no?

Por suerte. Sea lo que sea, no me hice a mí mismo. Si en el momento en que uno nace las narices grandes son favorables, y uno viene con ellas, ¡de buenas! El valor que uno tiene es el problema de los demás, uno no se juzga, lo juzgan los demás.

¿Cómo se sentiría si mañana encuentra la cura de una enfermedad?

¡Colombianísimo!

 

http://www.arcoiris.com.co/2013/02/vivimos-para-trabajar-para-pensar-para-cambiar-eso-es-la-vida-rodolfo-llinas/?fb_comment_id=fbc_137761209722885_227040_137941643038175#f3b9455b7c

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