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Nicolás Gómez Dávila: un colombiano dispuesto a decir lo que pensaba

28 May

Casi todos los autores se vanaglorian de decir la verdad, de desnudar su alma sensible a través de la palabra pero casi todos mienten, es parte de su condición humana, de su miedo, su interés, su deseo de ser amados, su búsqueda eterna de  vida fácil y cómoda. Reflexionan así: sentirme amado, comprendido y admirado por  mis contemporáneos me asegura un puesto en la historia de la literatura y le da bienestar a mi miserable existencia. Eso deben pensar cada mañana al despertar Héctor Abad Faciolince, Ricardo Silva Romero, Alberto Salcedo Ramos y otros treinta tontos más que se toman por joyas vivas de la literatura colombiana contemporánea. El 98% de estos inocentes seres mueren engañados y son olvidados pronto.

Nicolás Gómez Dávila lo resumiría así:

Del que se dice que “pertenece a su tiempo” sólo se está diciendo que coincide con el mayor número de tontos en ese momento.

Ayer  tuve el placer de leer por primera vez con atención las frases contundentes de este bogotano amargado, fanático, culto, clasista, soberbio y cruel y supe que es como mis autores favoritos, amigos de las sentencias que debieron gozar como niños mientras las escribían y que por lo general son  mansas palomas, gente que pasó la mayor parte de su vida leyendo y que cuando tomaron la mala decisión de compartir un momento con sus semejantes enfermaron al regresar a su cuarto y reflexionaron sobre lo vivido mientras escribían y vomitaban. Casi todos los autores dispuestos a decir lo que piensan son más o menos así.

Nuestro autor no tiene problema en llamar bobo, tonto, idiota o imbécil a su lector y eso es maravilloso. Si escribe de esta manera es porque no le interesa nada, ni siquiera que los demás crean que se trata de un alma sensible:

Los reaccionarios les procuramos a los bobos el placer de sentirse atrevidos pensadores de vanguardia.

El manifiesto firmado por más de tres personas resulta siempre un ejemplo más del mismo tema idiota.

La presencia de un imbécil entristece.

Las nomenclaturas metafóricas (v. g. cuerpo social — cerebro electrónico— etc.) proveen de soluciones y de enigmas al imbécil.

La “explicación” no necesita ser cierta para tranquilizar al tonto.

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A los escritores de frases maravillosas no vale la pena comentarlos sino citarlos, voy a conseguir todas las frases de este bogotano ilustre y prometo seleccionar las mejores para deleite de todos. Tenía que decir lo admirable que me parece este autor porque es extraño este tipo de escritura en países felices, violentos, despiadados, dominados por la ignorancia, el alcoholismo, la promiscuidad, el mal gusto, la superficialidad y la tontería como Colombia. No somos tan poca cosa finalmente. Hay países que no tienen su Nicolás Gómez Dávila, su José Asunción Silva ni su Fernando Vallejo.

Carolina Sanín se desnuda para El Espacio

17 May

En Colombia -a pesar de internet- todavía se vive con la sensación de que conceder entrevistas para un medio o salir en televisión convierte como por arte de magia al protagonista en Figura Pública. Y entonces vemos a los mejores y a los peores, a  los más finos y a los más vulgares, a los artistas y a los embaucadores, a todos y a todas, en los mismos medios con la misma avidez de sentirse famosos y especiales fingiendo desinterés.

Hay un medio bogotano digno de desprecio entre intelectuales, entre los mejores y entre los peores, ellos se imaginan en una entrevista para Arcadia, SoHo, El Malpensante, Semana y similares. No se imaginan hablando de sus gustos estéticos y  de sus procesos creativos para El Espacio. Ayer me encontré esta joya de colección. ¿tan desesperada de figurar está nuestra joven desencantada?

¿Como en el personaje de tu cuento, ‘Una hoja escrita’, te ha atacado la desesperación como para montarte en un colectivo y buscar el mar a contracorriente en una jungla de cemento?

“No la desesperación, pero la confusión, sí. Alguna vez en un estado de despecho amoroso, cuando viví en España, un día hice toda la ruta en un metro de ida y vuelta hasta la última estación”.

¿Y fue terapéutico?

“Sí, o por lo menos hipnótico”.

¿Crees que la buena literatura, definitivamente, nace de esos estados de opresión y desasosiego?

“No creo. Pienso que las experiencias malas no prevalecen sobre las buenas para hacer literatura”.

¿Cómo nace un cuento tuyo?

“Muchas veces de una reflexión sobre algo, de una observación, más que de una idea para un argumento”.

¿De una imagen, de un olor, de algo que escuchas?

“Realmente, no; más bien de fragmentos de conversaciones que escucho sin darme cuenta”.

¿Eso que llaman chisme?

“Sí, los rumores que terminan siendo parte de la definición de las cosas”.

¿Cómo germina la ávida escritora que hay en ti?

“Supongo que en algún momento me di cuenta, siendo niña, de que llamaba la atención por lo que escribía, entonces me acostumbré a hacerlo”.

¿A partir de qué lecturas?

“No eran unas lecturas específicas, siempre he sido buena lectora, y en algún momento quise imitar los libros que leía y parecerme a sus autores”.

¿Quiénes, por ejemplo?

“En la infancia, los cómics; luego Dickens, cuya obra no se parece en nada a lo que hago, y ya después autores de teatro del Siglo de Oro, escritores españoles posteriores como Juan Ramón Jiménez; los franceses de la ‘nueva novela’; Rulfo, Thomas Pynshon, entre otros”.

¿En tu caso, cómo es la construcción de un cuento?

“De forma diferente, algunos se construyen a partir de notas que he tomado y que luego se van a armando como bloques, mientras que otros crecen más orgánicamente a partir de sí mismos. Es como si se desplegaran de una primera idea”.

¿Qué tan difícil es llevar encima el apellido Sanín?

“No soy una persona muy de familia, es decir que tengo poco contacto con mis familiares en general; a pesar de eso y de que siempre ha sido así desde mucho tiempo, al principio, cuando empecé a publicar en el diario, algunos me atacaron diciendo que me habían dado un espacio allí por mi apellido, cuando eso nunca ha sido cierto”.

¿Pero sí has esculcado en la obra del maestro Baldomero Sanín Cano, tu tío bisabuelo?

“Sí, y lo admiro, pero no lo he estudiado con profundidad”.

¿Nunca te llamó la atención la política?

“Me llama la atención, pero no el ejercicio de la política electoral, sino la crítica del poder”.

¿Más o menos lo que haces desde tu habitual columna de El Espectador?

“Sí, aunque a veces me gustaría involucrarme en movimientos activistas”.

¿Por qué dijiste alguna vez que es un dolor de cabeza escribir esa columna?

“Porque no deja de ser estresante, pero a la larga satisfactorio”.

¿Cuando le vas a dar palo a alguien lo piensas más de dos veces?

“Sí, y suelo suavizar mucho el texto final”.

¿A veces lo haces como un acto de venganza?

“En alguna medida, sí”.

Por ejemplo, ¿la columna que escribiste contra Daniel Samper Ospina, hace ya dos años en El Malpensante?

“No procede en absoluto de una venganza personal. De hecho tengo una relación cortés con Samper Ospina, pero supongo que cumplía un resarcimiento con la actitud sexista generalizada entre los colombianos”.

De alguna manera escribes para Soho, ¿o no?

“No. Publiqué un cuento en Soho hace cinco años y no he vuelto a publicar allí, aunque alguna vez me lo han pedido, pero no comparto su estética, ni su machismo ni su periodismo de explotación”.

¿Cuál es tu lectura de la literatura que se hace en Colombia de quince años para acá?

“Creo que ha habido grandes obras como ‘El Crimen del siglo’, de Miguel Torres; que hay muchos escritores en formación, y también que ha habido obras muy infladas”.

¿Eso que llaman literatura del ‘glamour’?

“Algo así. Digamos que a veces hay unos acuerdos tácitos o explícitos entre un autor ambicioso, un editor conservador, un periodista cultural mediocre y un público conformista que no tiene con qué comparar lo que le dicen que compre”.

¿Crees en las listas de los diez más vendidos?

“Nunca las leo”.

¿Tú sí has corrido con la suerte de que todo lo que escribes lo publican?

“No todo, ha habido textos que se han quedado por fuera, pero todos los libros que he terminado se han publicado, afortunadamente”.

¿Qué le aporta la filosofía a la literatura?

“Ayuda a desconfiar de los lugares comunes”.

¿Quién es Carolina Sanín cuando no está en sus labores de cátedra y de escritura?

“La dueña de un perro y una persona que trata de ser libre”.

¿Neurótica, insoportable, radical, cuadriculada?

“Radical, a veces; cuadriculada, no; creo en la seriedad y no en la solemnidad”.

Pero neurótica, ¿sí?

“Sí”.

¿Por qué esa manía de esconder la belleza en una capul que me recuerda a la de Marta Traba?

“No me parece que sea esconder la belleza y no siempre llevo capul”.

¿Qué puede ser lo más feo que tienes?

“Varios vicios de comportamiento”.

Fuera de tu cuento, ¿cuál es tu ponqué favorito?

“El de ciruela”.

http://www.elespacio.com.co/archivo/component/content/article/103-farndula/farandula/fa4-1d/15618-comiendo-ponque-con-carolina-sanin

Mario Mendoza y Antonio García Ángel

6 Mar

En tiempos de incertidumbre como los que estamos condenados a vivir ni siquiera Edgar Morin es fuente de consuelo. Ni Edgar Morin ni ningún intelectual postmoderno está a la altura de Pierre Bourdieu, el último intelectual comprometido que tuve el placer de leer, el último con quien gocé el placer de la dificultad.

Ahora todo fluye en conferencias y libros de lectura rápida sobre el fin del periodismo, el fin de las instituciones, eras del vacío, renuncia de papas, muerte de Chávez, velocidad de la información, lluvia de asteroides, sociedades líquidas…

Como no hay futuro tampoco hay compromiso, seriedad ni rigurosidad, todo fluye con la velocidad del rayo y nosotros, pobres mortales, románticos soñadores de tiempos pasados, estamos condenados a abrir la boca todo los días ante la inesperado.

Todo transcurre rápido y nada nos garantiza que la reflexión profunda tarde demasiado en gestarse y cuando esté a punto de revelarse el resultado de la investigación nos estrelle el asteroide. Entonces tenemos que hacer todo muy rápido: este post lo redactaré desde un vil café internet ubicado justo en frente de la universidad para la que trabajo. El ambiente es el propicio para estar a tono con el tema que nos convoca: dos libros de autores colombianos reconocidos como algunos de los más influyentes desde hace ya un buen tiempo: Antonio García Ángel y Mario Mendoza.

Antonio García Ángel es un tuitero estrella, los usuarios lo encuentran gracioso, inteligente y de humor sofisticado. El libro que leí se titula Animales domésticos y es una reverenda basura, no muy diferente a lo que se publica en Colombia desde hace más de veinte años. Nuestro artista escribe historias ligeras para ser leídas en la buseta. Estos autores  toman todas las voces, se ven inmersos en situaciones inverosímiles, hacen despliegues inimaginables de humor y creatividad pero una lectora como yo termina asqueada, ofendida y alarmada ante la podredumbre de su estilo, la falsedad de las historias, el modelo eterno que nos recuerda las “crónicas” de la revista SoHo y la idea de que estos pelmazos deben sentirse al lado de Kafka, Joyce, Proust, Musil…

Y no falta el escritor “famoso” y el columnista influyente que se lo hace creer. Nuestro artista es íntimo amigo y admirador de Ricardo Silva Romero y Daniel Samper Ospina ¿podemos esperar algo digno de ser leído fruto de la pluma de este selecto grupo? ¡No!

El libro de Antonio García Ángel lo encontré en la mesa de descuentos de la Panamericana en cinco mil pesos ($5.000) al lado de Ponqué y otros cuentos, de Carolina Sanín (que escribe mucho peor que nuestro artista tuitero). Carolina no tiene cuenta en Twitter, se interesa en temas mucho más estúpidos y publica en Arcadia. ¡Punto para Antonio!

Por el libro de Mario Mendoza pagué treinta y nueve mil pesos ($39.000) y eso incrementa más mi furia contra este narrador filósofo savatereano. ¡Lástima mi plata! El título de libro es La importancia de morir a tiempo y ha sido un verdadero fenómeno de ventas, se agotó la primera edición y ya está a la venta la segunda.

Mario Mendoza es todavía más patético que Antonio García porque se toma más en serio su papel de Maestro, se compara sin rubor con los grandes, se asume como la versión colombiana de Ernesto Sabato y cree que sus melancolías entán emparentadas con las de Flaubert, es un  vendedor de libros profesional, ha aprendido la técnica de Héctor Abad Faciolince: la de hablar en sus libros de bellos sentimientos con palabritas bonitas para engatuzar mejor al lector y hacerlo sentir bien o bueno. Estos libros son una especie de narcótico para olvidarnos de la velocidad, es una buena estrategia editorial para estos tiempos confusos.

Si comparamos La importancia de morir a tiempo con Animales domésticos  es mucho más deshonesto Mario Mendoza porque trivializa temas serios y profundos de literatura, filosofía, psicología, pedagogía…  y los pone al alcance de los niños, de niños de escuela secundaria. En vez de motivar a los jóvenes a leer los clásicos les hace creer que él es el hombre enciclopedia, el hombre sensibilidad, el hombre sabiduría y el hombre madurez y los niños lo deben tomar en serio porque el lector modelo de La importancia de morir a tiempo es no sólo un niño muy ignorante sino, especialmente, un niño muy tonto, mucho más inocente que las admiradoras que suspiran con los trinos bien construidos de Antonio García Ángel.

En fin…

Vivimos tiempos de incertudimbre.

Cartas de Ricardo Cano Gaviria a Elsy Rosas Crespo

7 Feb

Hace diez años estaba terminando el segundo año de la maestría en Literatura Hispanoamericana en en Instituto Caro y Cuervo, en ese tiempo el director del Insitituto era el profesor Ignacio Chávez Cuevas y mi directora de Trabajo de Grado la profesora Hélène Pouliquén. El titulo de la monografía es Dos tomas de posición en el campo literario colombiano actual: Fernando Vallejo y Ricardo Cano Gaviria. Ricardo Cano Gaviria vino a Colombia a un Congreso organizado por el Instituto Caro y Cuervo y allí lo conocí, le hice saber que me interesaba estudiar su obra y él se puso a mi total disposición para colaborarme. El viajó a España y yo me quedé en Colombia, nuestra “amistad” fue virtual y a través de unos inocentes e-mail se desató una historia que vale la pena volver a recordar:

1. Cuando lo conocí el trabajo no había avanzado mucho y la imagen que yo tenía de él y de su obra era muy favorecedora.

2. A medida que pasaba el tiempo y yo ahondaba en el estudio de la obra de los autores descubría que Fernando Vallejo era quien me sorprendía más -de manera positiva, claro- y eso a Ricardo cano Gaviria le molestaba mucho.

3. Llegó un momento en el que él tenía claro que yo no iba a “defender” su obra ni su toma de posición y optó por hablar con el director del Instituto Caro y Cuervo para que me sancionaran por “atacarlo”.

4. Yo tuve que dar cuenta de lo que estaba haciendo y defender mi trabajo, poner en claro que la honestidad intelectual y la rigurosidad deben estar por encima de la amistad, si es que se podía llamar amistad a un intercambio de correos electrónicos con una persona a la que vi sólo dos veces.

5. Las cartas de Ricardo Cano Gaviria se hicieron más extensas, agresivas, nerviosas, insistentes, tanto que cada vez que las leía veía un relato epistolar con inicio, nudo y deselance, estaba segura de que las haría pasar por ficción.

6. Las publiqué cambiando los nombres de los dos para que las Cartas no se vieran como una simple pelea entre un escritor y su crítica.

7. Titulé la colección de cartas con un nombre muy diciente para mí en esa época: Cartas del inquisidor, las envié a la revista Crítica y las publicaron. Anoche, para sorpresa mía, noté que las cartas fueron borradas, sospecho que Ricardo Cano Gaviria descubrió ahí su pluma, pidió que fueran retiradas y las retiraron.

8. La obra de Ricardo Cano Gaviria dejó de interesarme desde hace unos cuatro o cinco años, lo último que leí de él fue El hombre que rezó a Baudelaire.

9. Di por terminada nuestra disputa hace mucho tiempo pero tenía claro, me lo había prometido, que diez años después de haber iniciado nuestro intercambio epistolar yo explicaría los detalles y le cambiaría el título al “cuento”:

Las cartas que a continuación transcribo fueron enviadas a mí -vía internet- por Ricardo Cano Gaviria (un escritor colombiano radicado en Barcelona desde hace más de treinta años) mientras yo escribía una monografía sobre literatura colombiana contemporánea. Pueden ser leídas como un relato epistolar con visos literarios (no precisamente gracias a mis dotes como artista) o como una serie de fragmentos de cartas inéditas publicadas sin autorización de su autor.

¿Las cartas pertenecen a quien las envía o a quien las recibe? Yo, como es obvio, creo en la segunda opción y acepto como justos los reproches que me hagan quienes conozcan y aprecien las obras de Cano Gaviria y con mayor razón los de sus amigos colombianos; seguramente -y por paradójico que pueda parecer- serán ellos los primeros en sorprenderse cuando lo descubran en ataque directo en contra de una estudiante a quien no era necesario intentar eliminar en una lucha tan desigual.

Las coléricas mudanzas de mi corresponsal se instalan entre lo sublime y lo ridículo (no sobra recordar que “de lo sublime a lo ridículo sólo hay un paso”) y en los momentos de mayor desilusión reveló lo que apenas se insinuaba en las primeras cartas. A medida que aumentaba su irritación eran más notorias las semejanzas entre su escritura y la de algunos personajes de sus novelas, este detalle me puso sobre aviso y entonces decidí publicar las cartas para compartir mi hallazgo con los lectores.

La selección parte del siguiente principio: se le da prelación a lo literario sobre lo biográfico, a las ideas sobre las acciones y a las acciones sobre las personas; en pocas palabras, los lectores no encontrarán detalles de la vida privada del escritor, sino apenas una síntesis de ideas que se podría resumir a través del siguiente interrogante, pensando siempre en los argumentos de Cano Gaviria: ¿es posible hacer crítica literaria cuando el crítico se pone en contacto con el autor de la obra que estudia y éste, de manera generosa, se ofrece para ayudarle a interpretarla sin ningún tipo de “interés”?

En las últimas cartas Durán se empeña en insistir en que yo no leí una de sus galardonadas novelas, bajo este argumento crea una serie de ficciones y comentarios que sólo podrían surgir de una mente tan talentosa como la suya. La otra ficción creada por Durán consiste en suponer que yo trabajo con un grupo interdisciplinario y tengo asesores de imagen.

Septiembre 2 de 2001

Querida Elsy,

Al fin he recibido tu mensaje, estando ya de regreso en casa, y sólo he podido leerlo parcialmente porque aparece con muchas letras cambiadas.

Me limito a decirte ahora que todo lo que me cuentas acerca de tu interés por mis obras publicadas es muy estimulante para mí. Acerca de tu intención de utilizar la primera edición de mi novela para tu trabajo, es perfectamente legítima, pues una vez publicados los libros pasan a un dominio en el que el autor sólo puede hacer recomendaciones… es un derecho tuyo hacer lo que más te convenga. Entiendo, por otra parte, que dispones de poco tiempo para entrar a comparar las dos versiones. Finalmente, si puedo ayudarte en algo cuenta conmigo y no dejes de comunicármelo.

Septiembre 16 de 2001

… Escribir cartas puede convertirse en una actividad compulsiva, perversa y hasta peligrosa. Al final de la novela se alude a esos enfermos epistolares que hacen reales sus fantasías en sus cartas; si se añade esto a la idea de que la carta en la novela es la base de un voyerismo, de un mirar en la intimidad ajena y que el juego consiste en entrar a saco en el otro, pero considerado como un juego de moda, es decir, como algo aceptado aunque irregular, tenemos la base para plantear la praxis misma de la escritura como un acto perverso…

Por otro lado, creo que en la novela hay muchas cosas anormales o perversas, pero en el caso del personaje que mencionas, que actúa como catalizador de las desviaciones ajenas, su desviación tiene que ver con su defecto físico…

Finalmente, ten en cuenta que al decirte estas cosas yo actúo, más que como autor, como lector de mí mismo, actividad que es un poco anómala…

… Creo que hay que tener una perspectiva sobre lo que se escribe, y en mi caso creo que no la tendría si escribiera sobre hechos más actuales. Es más fácil llegar a ellos a través del periodismo, y no quiero caer en la trampa de utilizar a la novela como un sucedáneo del periodismo, o viceversa. Pero lo decisivo aquí es la perspectiva; el ejemplo de los clásicos de siglo XIX es fundamental; tanto Flaubert como Stendhal tuvieron que esperar a tener una perspectiva que les permitiera ver los hechos en pasado cuando quisieron ocuparse de algunos que habían vivido ellos mismos, como fueron la revolución del 48 y las guerras napoleónicas…

¿Los escritores que en Colombia escriben sobre el narcotráfico posiblemente son mejores que Flaubert o Stendhal, por no haber tenido que guardar esta regla? El tiempo lo dirá.

Octubre 18 de 2001

Estimada Elsy,

Estoy desolado… Te había escrito un larga carta y se me borró. Ahora no puedo reconstruírtela. Te la resumo telegráficamente: acerca de tu desconcierto por mis opiniones sobre lo que escribo, te decía que no tiene razón de ser; utiliza lo que te digo cuando te sirva y cuando no, lo dejas de lado y ya está.

Tus cambios se deben quizá a que esperas que los personajes sean totalmente negativos o totalmente positivos; pero la verdad es que tienen los dos signos, porque están vivos.

Noviembre 13 de 2001

Querida Elsy,

… Cuando escribí la novela no pensaba en ese cuadro, sino en otro. Luego, al revisarlos todos reparé en el que mencionas, que ya conocía, y supe que estaba inspirado en un caso real, de una joven que se volvió loca por amor, pero sin pensar en ese poema, que no recuerdo haber leído, esa es la verdad pura y simple.

De todos modos, aunque eso haya sido así, creo que no invalida tu interpretación, que me parece muy sugerente… En última instancia, esa interpretación y la que parte del poema no se contradicen y hasta es posible que en última instancia se apoyen.

Enero 11 de 2002

Querida Elsy,

Espero que estés bien.

Ah, no se me había ocurrido que pensaras en las otras cosas mías.
Tienen en común que no se parecen a nada de lo que se escribe en Colombia, he ahí un bonito tema.

Febrero 13 de 2002

Querida Elsy,

Disculpa que esta vez haya tardado tanto en responderte. Te prometo que en cuanto pueda te mandaré todo lo que encuentre sobre mi “biografía”, si así puede llamarse…

Mientras tanto, opino que eres muy generosa al ocuparte tanto de mis escritos… Espero que te encuentres bien y con ganas de trabajar…

Por cierto, ¿Cuál es el trabajo que te quita tanto tiempo?

Me gusta saber de la gente que tengo cerca…

Febrero 26 de 2002

Querida Elsy,

Nosotros empezamos a estar bien después de unos días bastante difíciles; aún no he podido mirar nada acerca de mi biografía… Hay una entrevista que salió en la televisión de Colombia en la que menciono algunos detalles; no sé si tienen mucha importancia; yo creo, en ese punto, que hay dos tipos de escritores; los que tienen biografía y los que no; en el primer caso Conrad, en el segundo Borges; si Conrad no hubiera sido hombre de mar, no hubiera podido escribir las novelas que escribió; pero nadie imagina que Borges hubiera debido tener grandes experiencias para escribir lo que escribió…

De todos modos, la línea divisoria a lo mejor no es tajante y se admiten ejemplos en los que se mezclan los dos modelos; pero yo estoy en este punto sin duda más cerca de Borges que de Conrad…

Abril 7 de 2002

Querida Elsy,

Espero que estés bien.

No recuerdo exactamente tu último mensaje, creo que me hablabas de la publicación de un texto sobre mis obras en una revista mexicana. Espero que me mandes una copia, o al menos una fotocopia.

Yo estoy desde hace días calentando motores, ni sé bien para qué, si para una nueva novela o para darle el toque que le falta a la que ya tengo desde hace años acabada pero que no me he decidido a publicar. Ganas de escribir tengo muchas, lo que me hace falta es tiempo y tranquilidad.

Como ves, todos tenemos problemas gordos que resolver para intentar al menos hacer lo que queremos o más nos gusta.

Abril 30 de 2002

Querida Elsy,

Me alegra mucho que tu trabajo siga adelante, no tanto por mí como por ti. Me gusta que la gente que está cerca de mí alcance sus objetivos, acaso porque yo atravesé una vez una época en la que no avanzaba y me sentía estancado, cosa que considero muy insana…

Respecto a tu artículo, ¿No te parece absolutamente natural que si escribes algo sobre mis cosas, y lo publicas, yo quiera leerlo? Ahora bien, prefiero hacerlo cuando tú lo decidas, no tengo ningún inconveniente en esperar.

Mientras tanto, te deseo mucha suerte.

Mayo 23 de 2002

Querida Elsy,

He tenido que esperar varios días para leer tu artículo, que me ha sorprendido muy agradablemente. Me parece que abre muchas puertas y que maneja muy buenas referencias y bibliografías. Sólo tengo una sugerencia que hacerte: deberías ampliarlo un poco más, se acaba muy pronto.

Muchas gracias por tu artículo, por el que te felicito, y con el que disfruté mucho.

Julio 25 de 2002

Querida Elsy,

… Reivindico mi derecho a figurar entre los melancólicos, lo quieras o no: la relación es tan evidente que no entiendo cómo se te ha pasado por alto… Imposible e inadmisible… Me sublevo. ¡Quiero estar en los dos grupos! ¡Y si no es posible en los dos, entonces en el de los melancólicos!

Bromas aparte (que no son del todo bromas) me alegra que te hayan pedido ese texto y sólo quisiera que a la hora de escribirlo, te deshicieras un poco de los esquemas. Creo que es un buen consejo el que te doy; los esquemas a veces no sirven más que para evitar descubrir la realidad; hay que usarlos con cautela… Mira si no lo que te pasa con eso de la melancolía: tienes a un melancólico agarrado al cuello y te pones a buscarlo debajo de la cama. Una posibilidad sería la de desarrollar más la línea del texto que me mandaste, que sólo parecía un esbozo… Mi postura es la de la ruptura y por ahí tienes una buena línea de entrada…
A mí me han escrito para que participe también en ese libro, pero no entiendo muy bien cuál es el planteamiento y les he respondido que antes de aceptar necesito más datos.

No sé si te conté que una de mis novelas salió en portugués y han publicado en Lisboa, que junto a París es la ciudad más bella del mundo, unas entrevistas y reseñas de las cuales te mando la única que tengo en versión electrónica: tiene algunos datos biográficos que te sorprenderán.

Bueno, espero que esté bien, con el abrazo de siempre.

Julio 30 de 2002

Querida Elsy,

1) ¿Es cierto como me dijiste en carta anterior, que te han pedido un trabajo sobre mis cosas? ¿Sigue en pie esa petición? ¿Vas a redactar ese trabajo para ellos y ellos lo van a publicar?

2) para mí es fundamental saber esto a la hora de decidir si escribo lo que me piden o no… No quiero aparecer en un volumen sobre literatura como crítico y no como narrador; en cualquier caso como narrador y crítico, o sólo como narrador…
Te ruego me respondas lo más pronto posible…

Septiembre 4 de 2002

Querida Elsy,

Gracias por mandarme tu texto; convendrás en que tu correspondencia sobre lo que escribías sobre mí ha sido muy incoherente, sembrada de comentarios ambiguos, lo cual no ha hecho más que sembrar en mí el desconcierto; y tenía yo razón en mis temores acerca de las conclusiones a las que te llevaría tu clasificación: si bien me equivoqué al detectar la fuente, no me equivoqué al presentir por dónde iban los tiros, ni en sospechar que, si sólo me habías mandado un fragmento de tu trabajo, debía ser porque en el resto había cosas que evidentemente no me iban a gustar.

Respecto a la forma como te ocupas de mis escritos, tengo que decirte que, así como en otros trabajos que se han escrito sobre mí se ha afinado muy bien, lo tuyo me parece bastante desafinado. Y aquí tenemos que sincerarnos; tú me puedes pedir ayuda siempre y cuando mantengas la objetividad, y tus clasificaciones no sean ni alabatorias ni condenatorias, ni mucho menos que parezcan hechas para darle gusto quién sabe a quién, pero lo que no puedes pedirme es que yo te ayude a escribir contra lo que yo mismo escribo. Yo prefiero que seamos amigos y escribas lo que quieras sobre mí, pero no me pidas que te ayude a sostener cosas inspiradas en mi opinión por lecturas muy mal digeridas…

Bueno, espero que no lo tomes a mal, deseo simplemente que te encuentres a ti misma. Y, sobre todo, no vayas a pensar que estoy enojado; sólo sorprendido y un poco decepcionado. Tampoco te vayas a sentir desalentada en tu trabajo… Lo que ocurre tal vez es que hay que tener una cierta afinidad con la obra de un autor para poder interpretarla y entenderla; yo no percibo que tengas mucha afinidad con mis escritos, mientras que sospecho que la tienes con los de otros autores, por cierto, no muy parecidos a mí.

Abrazos.

P-D:

para finalizar, te hago sobre todo una recomendación: cuando en una investigación o lo que sea te hagas una pregunta, procura que esté bien formulada y que no sea una pregunta tramposa: llamo pregunta tramposa aquella que se responde a sí misma con una manera falseada de plantear las cosas; las preguntas hay que hacerlas limpiamente, de modo que permitan respuestas limpias y nuevas. Por ejemplo, si tú le dices a alguien acerca de un libro: “Dime sinceramente cómo te pareció”, aquí hay una pregunta limpia que permite una respuesta nueva; pero si tú le preguntas: “¿verdad que este libro es pretencioso y falso?”, esta es una pregunta sucia, que no permite una respuesta nueva.

Septiembre 14 de 2002

Hola Elsy,

Me encuentras en línea, y te respondo en caliente. Creo que mi último mensaje dejó muy claro que no esperaba que escribieras elogiándome… No sé por qué te cuesta tanto entender que eres libre de escribir y publicar sobre mí lo que quieras, yendo por tu cuenta, pero en el momento en que te pones en contacto conmigo, adquieres un compromiso mínimo, y es el de no escribir elogiando lo que escribo, pero tampoco echándolo por tierra. Simplemente siendo objetiva: es más, personalmente no creo que estés convencida de lo que has escrito, pues todavía no tienes criterios (es normal, te falta aprender muchas cosas), y estoy convencido de que tus opiniones negativas provienen de otras personas; escribes lo que has oído comentar, y lo has puesto ahí para parecer seria y crítica. Quienes te asesoran han abusado de ti, en el sentido de que te ha inducido a escribir esas cosas a sabiendas de que no eran tus opiniones sino las de ellos. Es más, no te han aconsejado bien si han sido incapaces de explicarte que una cosa es consignar esas opiniones en un manuscrito y otra cosa más grave es publicarlas: la publicación es algo muy serio, que requiere que uno sea incapaz de escribir tan crudamente sobre algo que ni siquiera ha leído.

Finalmente, no tengo nada contra ti, no tenemos por qué pelearnos, si trazamos una línea de separación entre lo profesional y lo personal: no mezclamos las dos cosas, nos servirá a los dos: mi discrepancia es profesional no personal, y no sabes cuánto admiro tus esfuerzos por estudiar y hasta qué punto te deseo buena suerte. Pero, en lo profesional, no puedo ser cómplice de una forma de trabajar tan irresponsable; supongo que todavía no has pensado en el daño que le puedes hacer a otra persona haciendo públicas opiniones negativas tan poco meditadas y tan superficiales (¿qué más superficial que lo que has escrito sobre una novela mía si leerla?)

Creo que te harías un favor a ti misma si fueras un poco más responsable, si maduraras un poco. En cuanto a mí, si yo puedo ayudarte no dudes en decírmelo, pero no me pidas que te ayude sobre mis cosas, si no estás dispuesta a respetar un pacto mínimo, que es el de no escribir elogiando, pero tampoco destruyendo, y también esa ley de la cortesía que no hubieras violado si me hubieras consultado antes de hacer públicas las conclusiones de tus “investigaciones” sobre mis libros; ¡por lo menos me hubieras dado la oportunidad de mandártelos para que los leyeras!

Este pasaje tuyo resulta algo gracioso: “Es relativamente fácil detectar si quien escribe es amigo o no muy amigo del autor de la obra estudiada, no se arriesga mucho como lector e intérprete para no poner en peligro la amistad”. Claro, diría el autor, no arriesga mucho como lector, ¡ni siquiera lee los libros que refuta!, ¿”para no poner en peligro su amistad”? Ay Catalina, esto no hay por dónde agarrarlo…

Cuéntame mejor de tu vida, si sigues trabajando en lo mismo… El otro día encontré en Internet un anuncio que pusiste para buscar trabajo… Te deseo mucha suerte, pues yo también pasé por ahí. ¡Pero tenía más cuidado con lo que escribía sobre los demás!

Bueno, espero que todo te vaya bien, sinceramente, con un abrazo.

Septiembre 18 de 2002

Querida Elsy,

Te ruego que me mandes las referencias exactas de la revista mexicana en que publicaste el artículo sobre mí; me he enterado de que hay por lo menos tres revistas allí y no sé en cuál ocurrió el incidente; quiero pedir un ejemplar y me gustaría también tener el e-mail de los que están al frente de la misma.

Aprovecho para comentarte, por cortesía hacia ti, dos o tres cosas:

Primero; la afirmación que te hice de que habías estado mal asesorada no es gratuita; a continuación te mando el fragmento de un artículo publicado por un escritor argentino muy conocido y, sobre todo, muy preocupado por escribir desde la perspectiva ideológica y social, que es, según me parece, requisito imprescindible para que los sociocríticos se interesen por una novela. Si lees con atención y sin prejuicios este corto y condensado fragmento verás que quien lo escribe posee las dotes críticas e imaginativas necesarias, en el caso de mis libros, para que la sociocrítica no se convierta en un ejercicio escolástico destinado a proyectar nuestras frustraciones e inconfesables heridas sobre una realidad totalmente falseada; posee también el autor de ese texto las referencias literarias mínimas acerca de la cultura y la literatura francesa que resulta dable esperar también posea una persona culta de esa nacionalidad, en el caso no de una lectura inocente, sino de una lectura crítica y de “investigación” cuyo destino posible es la letra impresa…

Personalmente opino que, si bien la sociocrítica es una disciplina que está expuesta al peligro de ignorar flagrantemente que el investigador hace parte del proceso de investigación, es decir, que el investigador poco preparado puede terminar confundiendo la sombra que proyecta sobre el proyecto investigado con el objeto mismo, es de todos modos una disciplina útil; y que incluso en el caso de un libro como el mío, la lectura ideológica es no sólo posible sino también necesaria; creo que se necesita muy mala fe para no darse cuenta de que los dos protagonistas encarnan diferentes posturas ideológicas respecto a la realidad histórica del periodo de entreguerras; y más mala fe se necesita aún para no entender que entre esas dos posturas, condenadas ambas, la una por frívola y retardataria, y la otra por fantasmagórica, la postura de Piedad es la que ofrece una salida ética al callejón sin salida de entreguerras: muy mala fe, por supuesto, se necesita para no ver que la protagonista es casi una pionera del feminismo (ella reivindica entre líneas incluso el lesbianismo), y que dentro de la novela representa una clara postura a favor de un cierto compromiso ético consigo misma y con los demás.

Por eso te digo que si has sido incapaz de captar cosas tan elementales en la única novela mía que has leído con cierto interés, sin contar con que te negaste a leer la novela en la versión de Alfaguara, en la que los aspectos que acabo de señalar están todavía más resaltados, lo menos que puedo pensar es que careces, respecto a mí, de la imparcialidad o de la limpieza de espíritu que creo necesarias para ocuparse de mis escritos.

Finalmente, te confieso que cuanto más pienso en esta desagradable historia, que ya he tenido que comentar con otras personas, más imposible me parece que todas estas descalificaciones hubieran podido salir sólo de tu cabeza; es evidente que has tenido muy cerca una persona que te ha machacado una y otra vez sobre este asunto, y sólo se me antoja que esa persona ha sido precisamente quien hubiera debido llamarte la atención incluso sobre algo tan elemental como esto: que tanta descalificación en un mismo trabajo, tanto reproche mal argumentado, necesariamente tenía que volverse en contra tuya puesto que todavía creo que no ha nacido en Colombia un escritor tan malo como el que tú pretendes demostrar que soy.

A una persona por la que siento gran respeto le he contado el caso, y de la carta que le he escrito extraigo estos dos fragmentos:

1)… A lo que en realidad me estoy resistiendo es a que mi muerte literaria ocurra en un callejón oscuro y no en la plaza pública, con todos los requisitos marcados por la ley; es decir, que si he de ser eliminado por alguien como ella, quiero para mí un fusilamiento en regla y no un vulgar homicidio.

2) Ahora bien, lo que más me ha irritado de todo es que se ve claramente que había una postura previa a la lectura, es decir, que todas esas ideas eran inducidas, bien por teorías mal digeridas que en ningún momento podrían estar a la altura de algo que pudiera considerarse un estudio serio; a mi modo de ver, esto de invalidar a un escritor, incluso sin haberlo leído, responde a una andanada de prejuicios sobre la fórmula literaria que practico, prejuicios cuya inspiración provienen claramente de una disciplina crítica que prefiere las obras de evidente contenido social o ideológico, a las obras donde hay que hacer un esfuerzo imaginativo para descubrirlo. Como si se eligiera a Vargas Llosa y no a Borges, Mujica Lainez o Lezama Lima, porque en los personajes del primero los mecanismos ideológicos son más fáciles de desentrañar que en las de los segundos; a mí personalmente me preocupan mucho estos excesos que, en virtud de una rutina escolástica y falta de imaginación, canonizan a una serie de escritores de segunda categoría -no es el caso de Vargas Llosa, a quien admiro, pero sí el de Luis Sepúlveda, por aludir a alguien sobre el que se escriben muchos trabajos de sociocrítica-, mientras se dejan de lado muchos escritores que simplemente están intentando explorar nuevos horizontes. Que una tal arbitrariedad pueda plantearse ya al comienzo de un proyecto que debería estar cobijado por el máximo rigor e imparcialidad, y supeditado a una moda teórica, a mí personalmente me parece muy preocupante…”

______________

Y con esto doy por concluido este incidente, que nunca imaginé que me pudiera ocurrir, y que espero no tener que recordar en el futuro.

Te deseo mucha suerte, con un abrazo de tu amigo (a pesar de todo).

Septiembre 21 de 2002

Estimada amiga, parece que todavía tengo que explicarle algunas cosas elementales:

1) Usted puso en un compromiso a la Institución de la que forma parte al publicar algo peyorativo contra un escritor por el que esa Institución tiene aprecio, y que a su vez aprecia a dicha Institución bajo cuya sombra usted se cobijó al firmar el artículo aparecido en una revista. Es absolutamente lógico que ahora esta Institución y su director, se sienta apenado, e intente evitar que en el futuro vuelva a ocurrir algo así. ¿Que tal que cada vez que esa Institución se interese por un autor, aparezca alguien indigestado como usted y le vomite toda su indigestión en la cara, en un ensayo publicado y firmado amparándose en esa Institución?

2) Usted ha entendido sólo la mitad de lo que tiene que entender si arguye que no es nadie en el terreno de la crítica, por lo tanto sus opiniones no deben contar todavía, pues no están sedimentadas, no están confrontadas, y son de una parcialidad exacerbante. Pero la primera que tiene que actuar de acuerdo con esto es usted; y usted no lo ha hecho, al hacer públicas, valiéndose del nombre de una Institución, las elucubraciones producto de su inmadurez y falta de información: aquí es donde yo digo que debería haberse asesorado… ¿O es que esa publicación la hizo también sin contar con la opinión de nadie, como dice siempre?… Quien haya sido la persona que la asesoró y la incitó a publicar eso no le hizo a usted un favor, ni tampoco a mí, y no me atrevo a pensar que eso era lo que buscaba; prefiero pensar también en su irresponsabilidad…

3) Yo he intentado asesorarla, pero usted no ha hecho caso de ninguna de mis recomendaciones. A pesar de eso, le he ofrecido siempre mi ayuda y mi amistad; no creo que, con todos los prejuicios que tiene sobre mí (prejuicios quiere decir tomas de postura previas, sin comprobar si son ciertas o no), no está en la situación de cualquier investigador que elija a un escritor para trabajar sobre él.

Desde este punto de vista, cada vez entiendo menos por qué usted me ha elegido a mí. Normalmente, los críticos eligen para sus trabajos a un escritor que les interesa por algo: o les gusta como escribe, o lo que dice, etc. pero no lo eligen porque no les gusta. Eso yo no lo había vista nunca: usted ha inventado una fórmula nueva, la elección de un escritor malo, para escribir contra él; pero en su invento hay algo que no funciona: si usted elige a un escritor en su tesis para escribir contra él, porque le parece muy burgués, procure no ponerse en contacto con él, ni presentarse como su amiga, pues cuando se descubra el embrollo, como se ha descubierto ahora, por mucho que usted haya intentado taparlo, el escritor en cuestión se va a sentir burlado, y usted quedará como quien ha engañado a alguien que ha actuado de buena fe.

4) Yo no estoy llorando por lo ocurrido, esté tranquila. Sí le confieso, en cambio, que cada vez que pienso en esta historia mi asombro se multiplica incrementando mi irritación. Tengo mucho trabajo y estoy perdiendo tiempo con esta historia, que decidí poner en manos de otros, no fuera que usted tuviera otras publicaciones en marcha sobre mí o sobre otros escritores aristocráticos y burgueses a los que quiera destruir con la misma arbitrariedad y falta de responsabilidad, amparándose en la misma Institución. Además, estaba en juego un famoso proyecto editorial, un proyecto muy serio, que no se puede poner en manos de alguien que, como usted, antes que dar lecciones, tiene que recibirlas…

5) Así y todo, querida amiga, le deseo buena suerte. Y le confieso que el trabajo suyo no lo leí entero la primera vez… Fue cuando me escribió ese segundo mensaje en que me dio a entender que no había entendido nada de nada, cuando lo leí entero y me quedé horrorizado. De todo lo que se ha escrito sobre mí, hay un diez por ciento de cosas que son reticentes o poco entusiastas; lo suyo es demoledor. Tiene usted el récord; por mi bien espero nadie lo supere.

Finalmente, le desaconsejo que vuelva a involucrarse en un proyecto literario cargada de tanto odio y resentimiento. El odio y el resentimiento sólo son un buen tema para los grandes escritores, como Dante, que son los que llegan a hacer con ellos algo sublime; los pequeños, como nosotros, cuando están resentidos, sólo hacen el ridículo. Intente encontrar un escritor sobre el que sienta entusiasmo, y dediquese a él; eso le evitará que se equivoque más juzgando a escritores aún vivos…

La calidad estética de una obra no se puede juzgar ni por la extracción social de su autor, ni por la carga ideológica que ella tenga, sino por algo que está más allá, y si usted no lo descubre pronto habrá perdido todo su tiempo y acabará convertida en una profesora que “interpreta” libros con el mismo desafecto e indiferencia con que otro despluma gallinas. Sin descubrir nada en ellos, y por el placer de la simple rutina. O por sentir que tiene algún poder sobre un objeto inerte, un libro.

Bueno, creo que ya le he escrito bastante, y ya estoy cansado de esta historia. Abrazos.

P-D. No he intentado hacerla quedar mal, más de lo que usted se ha hecho quedar por su propio mérito, o el de lo que publicó. Al contrario, he intentado disculparla atribuyendo parte de lo ocurrido a su falta de seriedad y diciendo que usted estaba mal asesorada… Así pues, no tenga miedo de mí en ese sentido, ni intente hacerme creer que me aprecia más de lo que me aprecia para que yo no vaya a proceder contra usted. No es necesario. No haré nada más de lo que ya he hecho y era mi obligación hacer, por lealtad y responsabilidad hacia una Institución; no porque quiera perjudicarla a usted.

La situación de Carolina Sanín es complicada

5 Feb

Supe de la existencia de Carolina Sanín hace menos de un mes y ese tiempo me bastó para desilusionarme de ella. ¿Dónde supe de su existencia? En Twitter, por supuesto, como supe también allí que hay un personaje lamentable llamado Suso el Paspi y una presentadora de farándula llamada Jessica Cediel que lloró ante Pirry mientras narraba su drama relacionado con una cirugía estética mal practicada. Sí, los profesores de literatura de los Andes ahora son Trending Topic en Twitter como cualquier Amparo Grisales o Natalia París y no precisamente porque escriban literatura o crítica literaria sino porque, como las figuras de la farándula, escriben con el propósito de ser insultados bajo el precepto de Oscar Wilde.

Carolina Sanín no logró hacerse notar con sus lamentables obras literarias ni con sus columnas de señora amargada y ahora, como si se tratara de una caricatura de Fernando Vallejo mimada, se despide de su espacio en El Espectador con un insulto de varios párrafos que sólo se pueden tomar en serio sus eternos enamorados y los jóvenes melancólicos que se deprimen porque llueve y porque no llueve.

No debe ser agradable saberse sobrina de Noemí Sanín, bella, burguesa, doctora en literatura, políglota, feminista, espectadora sufrida de la deplorable televisión colombiana -incluyendo reinados de belleza y conciertos de Juanes- y además de todo eso, solitaria, triste, melancólica y clara en lo que tiene que ver con su odio a los taxistas, el agua embotellada, las mujeres enmorcilladas en sus pantalones debajo de sus botas y sus horribles “rayitos”.

Carolina Sanín, como todo buen principiante que aspira a convertirse en Maestro de Las Letras Colombianas, en este momento adopta el estilo de Héctor Abad Faciolince y Evelio Rosero antes de convertirse en divos, en buenos vendedores de libros, en bebedores compulsivos de whisky en eventos culturales patrocinados por El Malpensante, Soho o Arcadia (no debemos olvidar que nuestra sufrida escritora ha publicado en estas revistas); pasa por la fase en que sufre, llora y se lamenta porque nadie comprende la hondura de su pensamiento, el estilo de su prosa, los mensajes cifrados que se ocultan en párrafos de aparente sencillez.

No quisiera estar en el cuerpo de Carolina Sanín, no debe ser fácil soportar el peso de un apellido y una familia, estar bajo la sombra y seguramente la tutela de una tía que pocas escritoras quisieran tener, un rostro hermoso que excita a hombres ordinarios que sueñan con un beso de la mujer seria que escribe cuentos para niños que no soportan ni siquiera los niños, la misma mujer que seguramente ha estudiado con juicio los clásicos de la literatura tal vez con la idea de que en estos tiempos la literatura significa lo mismo que significaba hace veinte años, una mujer demasiado seria y exquisita para soportar los insultos de millones de ignorantes que pasan sus días escuchando música popular y viendo televisión colombiana.

Zonas húmedas: ir al fondo de las cosas hasta vomitar

5 Feb

Helen es una joven de 18 años que se llama a sí misma Helen en su discurso autoreflexivo mientras se prepara y se recupera de una operación de culo: “Estoy horrorizada con el ojo de mi culo, mejor dicho, con lo que ha quedado de él. Es más ojo que culo” (Roche. 2009: 47). Es observadora, analítica y está obsesionada con la verdad, la verdad relacionada con el cuerpo, la sexualidad femenina y los “desechos”; le acaban de extirpar un trozo de carne que colgada de su culo, y ella necesita ver qué es, en qué se ha convertido esa parte que era suya:

Las cosas siempre salen de manera distinta a como te imaginas. Por lo menos me imagino algo y me figuro ese algo hasta el mínimo detalle; pregunto para contrastar con la realidad y saber más que antes. Así lo he aprendido de papá. Ir al fondo de las cosas hasta vomitar. O casi. Estoy contenta de haber visto lo que fue mío antes de que termine en la incineradora de los residuos hospitalarios (Roche. 2009: 77).

Su madre, una señora pulcra, no le ayuda mucho a resolver sus dudas, al contrario, ha hecho de la niña un ser tímido y avergonzado con su propio cuerpo que lucha sin tregua para erradicar sus prejuicios relacionados con la corrección y la higiene femenina. Helen está obsesionada con la “naturaleza”:

Todos somos animales deseosos de copular. Y preferiblemente con seres que huelen a coño – El olor a chocho, polla, sudor, nos pone cachondos a todos- La mayoría de la gente está desnaturalizada y piensa que lo natural apesta y que lo artificial huele a gloria (Roche. 2009: 22).

El origen de la enfermedad de Helen tiene que ver con la educación recibida de su madre:

Que en los asuntos del coño sea tan sana y en los del ano tan estrecha, se debe a que mi madre me adoctrinó en una cagafobia inmensa. Cuando era pequeña me decía muchas veces que ella nunca hacía aguas mayores. Y que tampoco tenía necesidad de tirarse pedos. Que se le guardaba todo adentro hasta que se disolvía. Lógico, pues, que yo esté como estoy (Roche. 2009: 73).

Helen disfruta comiendo, saboreando los “residuos” las costras, los fluidos de su cuerpo y los de otros:

Y así me bebí por primera vez en mi vida los vómitos de otra persona, y a litros. Mezclados con los míos. A grandes tragos y alternando. Hasta que el cubo quedó vacío (Roche. 2009: 63).

Sus placeres favoritos son el sexo con hombres y con mujeres, el goce con su propio mal olor, masturbarse y masturbar, cultivar aguacates y frecuentar el puticlub para resolver dudas, para ver, preguntar y practicar, siempre con mujeres, preferiblemente de raza negra:

Hace poco, en una de mis excitantes visitas al puticlub, aprendí algo más sobre hemorragias y tampones. Resulta que ahora frecuento a menudo esos sitios para explorar el cuerpo femenino. Porque difícilmente puedo preguntarles a mi madre o mis amigas si están dispuestas a abrirme un rato sus vaginas para que pueda satisfacer mi lúbrica sed de conocimientos. No me atrevo (Roche. 2009: 109).

Helen no quiere ser una mujer cuidada, las desprecia:

Las mujeres cuidadas se hacen las uñas, las manos, la cara, los labios, el pelo, la piel, los pies, se pintan, se depilan, se tiñen, se rizan, se esmaltan, se exfolian y se untan con crema.

Se sienten tiesas como una estatua rococó porque cuánto trabajo han invertido y quieren que les dure el mayor tiempo posible.

¡Quién se va a atrever a sobar y follar a esas tías!

Todo lo que se considera sexy, el pelo revuelto, los tirantes cayéndose de los hombros, el brillo de sudor en la cara, de una imagen de desorden, sí, pero llama al toqueteo (Roche: 209: 101).

A Helen le gusta el olor de su propia sangre:

Cuando follo con un chico al que le guste que esté sangrando, dejamos la cama hecha una marranada a lo gore. También me encanta que me lo chupen. De hecho, es una especie de prueba de fuego para él. Después de terminar, levanta la cabeza y me mira con la boca pringada, y yo le doy un beso para que los dos parezcamos un par de lobos que acaban de cepillarse un venado (Roche. 2009: 104-105).

La madre de Helen, como la mujer ejemplar que es, espera que su hija sea madre y abuela. Helen se ríe de ella mientras la oye hacer sus planes:

Al llegar a los dieciocho mi vida ha mejorado mucho, pero también es más cara. Primero, la esterilización. Novecientos euros con anestesia incluida (Roche. 2009: 109).

Helen es una mujer autónoma, decide sobre su cuerpo y decide con quién sí y con quién no, es truculenta, una habilidad no precisamente “femenina”:

Cuando he quedado con un chico para follar después, uso un truco genial como prueba. Como prueba de que soy yo la autora intelectual del polvo y que éste no es producto del azar. De hecho, esas salidas empiezan sin ninguna garantía, no se sabe (Roche. 2009: 97).

Esta novela, es y será una novela que generará polémica. Harod Bloom no sabrá qué hacer con ella, a críticos como él no les interesa mucho ir al fondo de las cosas hasta vomitar si no hay suficiente poesía y en este libro no hay mucha poesía, hay mucha verdad dicha de forma ofensiva, asquerosa, nada que ver con Emily Dickinson ni con Virgina Woolf. Está más cerca de la prosa de Marguerite Duras en El amante, especialmente si se observa desde la inversión de los valores: la mujer escoge, la mujer narra, la mujer goza, la mujer decide, la mujer abandona. A las feministas radicales este libro les debe parecer toda una revelación, pueden encontrar citas abundantes para argumentar sobre la emancipación femenina; si son feministas radicales de las que odian a los hombres y, por esa razón, considerarán que la mejor feminista es también lesbiana concluirán fácilmente que en esta novela lo que hay es un bello canto al lesbianismo. En fin, una novela que vale la pena leer y que se basta a sí misma, se explica y se justifica con su propio estilo.

Roche, Charlotte. Zonas húmedas. Barcelona: Anagrama. 2009. 206 páginas.

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Hot hot Bogotá ¿una novela feminista?

4 Feb

Alejandra López González es de Cali y escribió una novela sobre Bogotá, la Bogotá hot, la del sexo casual, la rumba y la marihuana. La protagonista tenía que llamarse Sola, Solita, Soledad, no podía llamarse de otra forma, y es, claro, una mujer joven, hermosa e inteligente que cree vivir como se debe vivir y supone que sus valores son los Valores dignos de una mujer liberada, crítica y autoconsciente.

En la novela aparecen bien definidos los tipos femeninos eternos: la bruja, la puta y la madre santa: Sola consulta a la bruja, Clarita es una gran puta y al final de la historia la heroína renuncia a depender de la presencia de un hombre y la cambia por la que le brinda la hija, que se tenía que llamar María, claro, y ante a cual se siente felizmente esclavizada, como tenía que ser en una novela moralista que lleva implícito el sello de uno de los lugares comunes más extendidos: la máxima realización personal de una mujer consiste en ser Madre y al ser madre se le borra su historial de puta: “Pienso en el aborto, pero sé muy bien que a pesar de todo, a pesar del abandono de Oliver, de la partida de Santi, a pesar del calentamiento global y de las fosas comunes, quiero tener ese bebé” (pág. 84).

La protagonista reivindica el papel de la madre soltera, el amor filial y la recuperación de la pureza, cumple con el recorrido de rigor: una niña bien educada por una pareja de padres decentes al cumplir 18 años decide liberarse y olvidarse de los padres decentes y los valores inculcados por ellos, la niña se las da de inteligente y liberada, supone que serlo consiste en rumbear todos los fines de semana, putearse, fumar marihuana, tener amantes y quedar embarazada de uno de ellos, del más promiscuo y machista, del que la hacía sentir más puta: “Total que con chequera en blanco, tarjetas de crédito Gold Platino con cupo ilimitado, este hombre que tenía todas las posibilidades de llevarse a la que quisiera, a la hora que quisiera, como quisiera y cuando quisiera a las camas más lujosas de la hot Bogotá city” (pág.30). Cuando se ve como una mujer sola, abandonada por el amante y desamparada, regresa a la casa de los padres, que le perdonan todos los pecados y aman a su nietecita como si fuera la reencarnación de la hija; la hija omitirá ahora en su historial su pasado de puta marihuanera y aparecerá ante su hija como una santa, la niña al crecer recreará la historia y al cumplir 18 años deseará no ser tan santa como su santa madre y se hará una puta redimida con futuro de santa, como tal vez fue su abuela.

Sola posa de crítica pero no toma distancia de las situaciones que critica; ella goza de la banalidad, de la vanidad, de la tontería, es de las tontas que saben que son tontas pero no les preocupa mucho seguir siéndolo; en varias ocasiones se jacta de su propia tontería, de lo estúpidas y banales que son sus amigas, pero la reflexión no la lleva nunca a renunciar a su mundo. Para dárselas de inteligente vive con un antropólogo destapador de fosas y profesor universitario y, como era de esperarse, tenía que ser durísima con los “intelectuales”, con estos viles seres: “da clases en universidad, dicta foros y talleres y se la pasa entre otros seres como él, que creen que tienen las respuestas a todo y que el sol gira alrededor de ellos y de su sabiduría infinita” (pág. 10), la idea que tiene la narradora de los intelectuales no es muy diferente a la de algunos facebookqueros muy ignorantes que, en conclusión, definen al intelectual colombiano como un hijueputa.

La historia se desarrolla en contextos de supuesta clase alta, pero las puticas son traductoras, egresadas de lenguas modernas, se evidencia el deseo por parte de la autora de hacerle creer al lector que está bien relacionada en Bogotá, muy bien relacionada, pero al escribir la historia descuida detalles que ponen en tela de juicio la verosimilitud de las fantasías que narra: “Entonces yo, Sola, Solita, tuve que acompañarla a la clínica, todo en gran secreto, con gran misterio, con pañoletas en la cabeza y gafas oscuras gigantes para que nadie reconociera a Clarita y para que jamás la sociedad bogotana se enterara de que a la mujer mejor vestida del año, su propio marido le había pegado una enfermedad venérea de esas que hacen picar, arder y doler al orinar” (pág. 14).

Solita reniega del matrimonio: “A las que están casadas se les ve infelices. Se les nota en la cara y en la forma en que repiten, de manera incansable y casi obsesiva, que son muy felices y están muy satisfechas con lo que les ha dado la vida” (Pág. 24). Solita tiene alma de campesina: “El baño de las siete hierbas tiene ruda, altamisa, manzanilla, nogal, laurel y cicuta… con una pequeña vasija, uno se va echando esa agua de la siete hierbas por todo el cuerpo” (pág. 72). Solita es básica, tiene pensamientos de postal de Día de la Madre: “Tengo miedo y ansiedad. Quiero que mi hija venga pronto al mundo, quiero que nazca para que me dé motivos suficientes para vivir, para ser feliz para siempre” (pág. 105).

 

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Vera: una novela muy interesante

4 Feb

Ahora se encuentran en cualquier esquina mesas con libros de Editorial Norma a $4.000 y $5.000 ¿Por qué? Una campaña para combatir la piratería. Gracias a la campaña tuve el placer de leer Las Horas, de Michael Cunningham, y ahora me espera Días cruciales, del mismo autor. Espero encontrarme con otro Frederic Beigbeder y no con otro Daniel Pennac: de Frederic Beigbeder me gusta todo, de Daniel Pennac sólo Como una novela. Con la lectura de Las Horas puedo terminar en paz el 2008, en un año se descubre un autor, esa es la norma a la que estoy acostumbrada y eso que paso la mayor parte del tiempo leyendo.

En la mesa había un libro de Andrés Hoyos, una novela escrita por el director de la Revista El Malpensante. El no me gusta ni como director, ni como columnista, ni como administrador de grupos en Facebook, ni como contador de chistes o anécdotas graciosas; él es de los que no hace reír sino enfurecer cuando se las quiere dar de chistoso, supongo que admira con desesperación a Daniel Samper Ospina.

Compré el libro con la intención de ejercitar un tipo de escritura que tengo abandonada: la crítica ofendida, la que se escribe después de haber leído pensando en la persona que escribe y con la seguridad de que el texto no merece ser leído pero se lee. La ventaja de este tipo de lectura y de escritura es que no exige relectura, desde la primera página se usa el resaltador y antes de llegar a la página veinte ya se sabe sobre qué se va a escribir, mientras se escribe se piensa en la cara que pondrá el Artista si es que llegara a leer lo que se escribió sobre su novela.

Compré el libro a las doce, son 148 páginas de la coleccion La otra orilla, ni muy grande ni muy pequeño, comencé a leer a las dos, son la seis, ya lo terminé con breves interrupciones: un café, una llamada de veinte minutos. Lectura rápida, no muy predecible, abundantes lugares comunes, un libro digno para subir los niveles de lectura en el colombiano promedio. El comienzo me hace pensar en el estilo de Ricardo Cano Gaviria, en la página veinte recuerdo un libro sobre el parlache, en la cincuenta rememoro Muertos de susto de Harold Trompetero. No pienso en Flaubert, en Bufalino, en Chandler, en Dickinson, en Ribeyro… en ningún gran escritor.

Lo más desagradable de la novela es el uso reiterado de la expresión “muy interesante”, una expresión vacía. Se supone que Vera es vista y narrada desde tres perspectivas: la del detective, la del columnista y la de ella misma, a pesar de que el escritor se esfuerza por hacerle creer al lector que se trata de tres voces diferentes los tres narradores desprecian lo mismo que desprecia Andrés Hoyos por diferentes razones: la izquierda, los profesores universitarios que se follan a las estudiantes bonitas y desaplicadas del curso, los sociólogos, los pobres, los feos… y los tres se hallan inmersos en situaciones “muy interesantes”. Vamos a dar varios ejemplos en los que se usa la expresión que, de paso, sirven para plasmar la pobreza del estilo en la escritura del autor:

Examinando con mayor cuidado, noto que varias de las fotos más interesantes son tomadas en una discoteca que yo conozco. (Pág. 20)

Estas últimas, pese a que están hechas para mundos que no existen, no dejan de tener aquí y allá ideas interesantes. (Pág. 73)

Interesante, pero no para lo que nos ocupa. (Pág. 74)

¿No le interesarán a tu amiguito el grafómano ése para que malgaste en cosas más interesantes su mala prosa? (pág. 91)

El parlache:

Hay varios pasajes a lo largo de la novela que hacen pensar en el parlache, nunca sabré cuál es el propósito de usar este tipo de registro en personajes que se vanaglorian de su buen gusto y su clase cuando se trata de pensar en comida, bebida, lugares de encuentro. Para quienes no saben lo que es el parlache a continuación la conversación entre amigas de la base social en la que se origina el “fenómeno”, sería lamentable que no sólo el cine colombiano sino la literatura se favorecieran de este recurso, creo que es una pérdida:

Texto número cuatro

-Quiubo.

-Bien.

-Hijueputa. Más mal, estuve en el entierro de Janik.

– ¿Cómo?

– Sí, hijueputa, lo mataron el viernes.

– Vida marica: ¡lo mataron! ¿Quién fue el gonorrea?

– No que va, el malparido se mató solo.

– ¿Mande?

– Sí, íba en una moto con Jerry y se le atravesó una puta buseta y el gorzobia voló, explotó.

– Hijueputa, es güevón vivito todavía no se pasaba de remojo, pa’ ir a matase él mismo.

– Sí, aquél… está más grave, el que lo íba parrillando y a ese sí no, sólo se jodió una mano y se cortó la cara. Ese man ya está es de mental y no hace sino gritar, dizque: viejo, por qué vos, hijueputa, y casi no lo deja enterrrar.

– Jerry es un amor, una nota, Hoy mismo me piso pa’ allá. El no se va a joder más.

-Yanik quedó más lindo, todo nota, lo peinaron muy cuquita, yo me tomé todo un rollo con él; pero ahí el feto era yo, él estaba preciosis. Los muchachos, cuando lo íban a enterrar, se tiraron a es gueco, casi no dejan hacer nada. Los chachos están dolidos, más si no tienen por qué vengarse. Porque cuando hay con quién, ellos se desahogan, pero ahora están con eso adentro. Mejor no vas donde Yerry.

– ¡Las güevas! Así me den chumbimba, yo tengo que ir, tengo que estar con él, a la efe, como debe ser, ¿o sino qué? Yo vuelo, no, olvídate, ese man me necesita.

-Sisas, tienes razón, cuando él entienda te va a agradecer.

-Bueno parcera, parlamos, paso por vos a las ocho pa’ que nos pisemos pa la novena.

-¡Jmp! Hijueputa, me dañaste la mañana. Chao.

-Bye.

Falsarios y críticos

4 Feb

En cierto momento del siglo IV a. de C., Heraclides Póntico se enzarzó en una disputa con otro filósofo, Dionisio “el Renegado”. Heráclides era un caballero distinguido y respetable, corpulento, estudiante de Platón y experto en filosofía natural… Dionisio, en cambio, tenía peor fama. Inicialmente era un estoico que negaba la existencia del dolor y del placer, pero desarrolló una inflamación ocular aguda que lo convenció de lo erróneo de sus principios. Abandonó, a la sazón, la escuela estoica y se pasó el resto de su vida -larga y feliz, al parecer- como un buen cirenaico, frecuentando tabernas y prostíbulos.
……

En 1950, Paul Coleman-Norton, profesor de la Universidad de Princeton, publicó un fragmento griego desconocido, extraído de una serie de sermones sobre el Evangelio según San Mateo. Este experto en patrística, formado en Oxford, había realizado en la década de 1920 diversas investigaciones sobre cuestiones de autenticidad y transmisión textual. Afirmó que el nuevo texto formaba parte de un manuscrito árabe olvidado en cierta mezquita marroquí que pudo visitar durante la Segunda Guerra Mundial, en el transcurso de la “Operación Antorcha”; el rigor de los tiempos de guerra y ciertas fricciones entre los soldados estadounidenses y la población local le habían imposibilitado obtener una fotografía del manuscrito, pero afortunadamente sí había logrado transcribir el pasaje relevante, que se imprimió en el Catholic Biblical Quarterly, con su aparato crítico y un extenso comentario lingüístico. El texto reemprende el lugar de Mateo, 24, 42 ss. en el que Jesús afirma que el mal siervo será condenado junto con los hipócritas, y, “allí habrá llanto y crujir de dientes”. En la continuación, a uno de los discípulos le surge una duda y pregunta: “¿Qué sucederá con los desdentados?”; Jesús le responde: “Habrá dientes para todos”.

Grafton, Anthony. Falsarios y críticos. Creatividad e impostura en la tradición occidental. Barcelona: Crítica. 2001. 161 páginas.

Gustave Flaubert. Historia de una cama

4 Feb

Hoy quería leer sobre Flaubert, fuí a la biblioteca y lo más reciente que encontré fue Gustave Flaubert. Historia de una cama. El autor es Azriel Bibliowicz, uno de los profesores que esquivé con éxito durante mi pregrado, hasta ahora me entero de que a él también le interesa Flaubert.

El texto, que esperaba fuera una biografía, ya que forma parte de una colección de Panamerica títulada 100 personajes 100 autores en la que se le pide a un escritor colombiano que por un valor simbólico escriba una biografía del autor de su predilección, no es precisamente una biografía sino, según palabras del editor: “Un relato a partir de una carta a un joven adolescente con la cual compone la historia de una cama”. Cuando comencé a leer el “cuento” pensé que el autor había decidido pedirle perdón en público a su hijo -si lo tiene- por no haberlo llevado a montar en bicicleta al parque: “Sé que hace días no dispongo de un minuto libre para estar contigo, y vivo sumido en el computador escribiendo a toda hora. Sé que te he fallado y que no te he acompañado a tus entrenamientos. Sé que esta ausencia te afecta…”

Con el primer párrafo evoqué simultáneamente algunos textos de autosuperación de Walter Riso, la Carta a un joven poeta de Rilke y Como una novela de Daniel Pennac, traté de obligar a mi mente para que se olvidara del psicólogo más leído en Colombia y se concentrara en el artista y mientras lo hacía me preguntaba dónde estaba la biografía más reciente de Flaubert que encontré en la biblioteca.

El profesor leyó las cartas de Flaubert a Louise Colet y en ellas encontró las alusiones a la cama, a las historias de una cama, pero lo que él ha olvidado es que no se trata de cualquier cama, Flaubert se refiere a las camas visitadas por ellos en sus paseos de amor por París, las que tanto le gustaban a Madame Bovary, pensaba en las camas como se piensa en las paredes, lo que podrían decir si pudieran hablar, se trata del uso que le dan a las camas las parejas de amantes que no van precisamente a dormir; el profesor decide, a costa de una idea de Flaubert, hacer de la cama un “objeto poético” que sirve de pretexto para repetir los eternas alusiones a los clásicos de la literatura con las mismas palabras de las historias de la literatura que subestiman a los niños: “Estoy seguro de que Flaubert habría aprobado la historia de Homero como la primera gran cama. Sin duda es una de las camas trascendentales en la historia de la literatura. Es el tálamo cuya cabecera se talló en el tronco de un olivo, árbol de Atenea, diosa de la sabiduría. Todo el palacio real de Ulises surge y depende de dicha cama”.

Además de inspirarse en la idea de la cama, el profesor perdona a Flaubert por su racismo, machismo, soltería, mal humor y por el hecho de no haberse querido realizar como padre, dice que finalmente lo que importa es la obra, sin saber que las condiciones personales del autor fueron fundamentales para llegar a ser quien fue como artista. Cuando el profesor encuentra comentarios del tipo “les cortan el famoso botón” o “es una máquina y no ven ninguna diferencia entre un hombre y otro”, al referirse a una prostituta, disculpa la mala educación de Flaubert: “No son frases agraciadas, pero corresponden a la época y nos enseñan que los estereotipos y racismos pueden ser muy fuertes y que anidan muy hondo aun en un escritor tan lúcido”. Muy didáctico el libro del profesor, lo único que le faltó fue haber lamentado que Flaubert no fuera a misa todos los domingos ni que se reuniera con las vecinas a tomar el té para contemplar puestas de sol, supongo que estas son buenas costumbres para un Flaubert criollo, porque el profesor se vanagloria de ser un digno descendiente del biografiado.