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Yo, diyéi de buseta

15 May

Ayer para ofenderme me dijeron: Me encanta cuando te pones de diyéi. Tu repertorio de buseta es el mejor. :*

Leí la frase y me encantó, mi mente se iluminó. Puedo escribir sobre eso, es un gran tema.

Tengo más experiencia oyendo música en los buses que hablando con la gente y a continuación les voy a explicar por qué.

Vivo en Bogotá desde hace cuarenta y cuatro años, es decir, desde que nací. Durante casi medio siglo he sido testigo de las grandes transformaciones de esta ciudad desde la silla de una buseta, mirando para adentro y mirando para afuera, oyendo hablar a la gente, analizando modos de mendicidad, actuación y ventas informales; sintiéndome una más con la chusma miserable que vive aquí porque cree que aquí se vive la gran vida, en La Capital.

Puedo transportarme en carro o en taxi pero no es emocionante, más para una persona como yo. En carro me siento en una casa ambulante y nunca miro para afuera porque voy hablando con el conductor; no podría hacer el papel de chofer porque soy muy sensible para tratarme con otros conductores, con policías, con  mendigos cara a cara, huecos, vidrios rotos, gatos y crucetas. Para ser conductor se necesita sangre fría, más en un país como Colombia. Se arriesga más la vida en un carro particular que en una buseta. Parece increíble pero es cierto.

En un taxi me siento culpable, asustada y obligada a hablar con gente que no me interesa (el conductor), me siento incómoda en la situación de “estamos solos aquí tú y yo y nos vigilamos con mucho disimulo uno al otro, somos colombianos, aquí no puede uno fiarse de nadie”. Hay taxistas asesinos y hay pasajeros asesinos.

Otro problema de los taxistas de Bogotá es que se toman por amigos de los pasajeros y a mí eso me molesta mucho. Me subo a un taxi cuando no tengo más alternativa, prefiero la buseta, el colectivo y el bus.

No recuerdo mis primeros viajes en bus pero sí recuerdo mis primeros viajes sola en un bus. ¿Para dónde iba? Para la Biblioteca Luis Angel Arango. ¿Cuántos años tenía? Tenía trece años. Lo recuerdo bien: desde que tengo trece años voy a esa biblioteca y por eso me enamoré del Centro, aunque cada día me gusta menos, debe ser por la edad.

Mi hermana, que es mucho más elegante que yo, me dice que pida los libros a domicilio pero yo no puedo, me gusta ir al Centro en buseta o en colectivo. En Transmilenio no, los usuarios de Transmilenio no son los usuarios de las busetas, son los mismos pero actúan de forma diferente, se sienten en el metro de Tokio.

Había música en las busetas en otros tiempos; ahora no. Los conductores de buseta, bus y colectivo ya no compiten con sus consolas, zapatos de bebé, vírgenes y cristos porque quieren disfrazarse de servicio decente, neutro, como los buses de Transmilenio y el nuevo SITP (Sistema de Transporte Público de Bogotá). Ahora no hay música en los buses pero antes sí había mucha y, claro, los pasajeros frecuentes de esos buses nos aprendíamos todas las canciones de memoria y teníamos que oír la emisora de radio que al conductor le gustaba. A mí no me molestaba, me gusta ver cómo piensa la gente, me gusta conocer el gusto del conductor y analizar si su gusto coincide con su forma de vestir, su corte de pelo, su forma de hablar y su cara. ¡Estoy obsesionada con los conductores de bus!

Hasta los treinta y cinco años disfruté el placer de ser elegida muchas veces como la mujer que va al lado el conductor del colectivo o la buseta bonita; la que él escoge para ir al lado suyo, como si fuera su novia transitoria. Ese privilegio era una delicia para mirar mejor al conductor, para ver cómo decora su casa ambulante, para ver su cara de susto al sentirse tan observado como si fuera un bicho raro.

Sentada en la silla de un bus he visto a mucha gente llorar, he oído conversaciones que sólo se oyen en los buses, he visto cómo se ha ido embruteciendo la gente con la tecnología, he visto pasar por la registradora a millones de personas y he visto a millones de mujeres maquillándose de diferentes maneras. Muchas mujeres en Bogotá se maquillan, se peinan y se cambian los zapatos dentro de los buses, se sienten ahí adentro como dentro de su casa, pierden el pudor.

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El Jonathan Vega que conoció Juan Sebastián Lozano

8 Abr

Esta es la primera vez que publico el texto de un autor que no soy yo en este blog. En enero publiqué dos o tres textos ajenos pero la autora pidió que su nombre se mantuviera en el anonimato y yo cumplí mi promesa, porque tengo palabra. Entonces, volviendo al comienzo, este es el primer post de autor que no soy yo con nombre propio que publico en este blog.

Tengo el placer de conocer a Juan Sebastián Lozano desde hace más o menos el mismo tiempo que él lleva de conocer a Jonathan Vega, el nombre de moda en todos los medios colombianos que, a falta de El Espacio, terminaron sumidos sin excepción en el amarillismo total con este asunto, hasta nombre le tienen a la Bestia: “El monstruo del Batán”.

Los medios colombianos pretenden terminar de  embrutecernos, ¿para que nos olvidemos de Petro? Y todos, hombres y mujeres vivimos ahora en pánico permanente porque en el momento menos pensado puede aparecer un agresor con ácido que lo lanzará sobre nuestra cara o sobre nuestra espalda. Gracias al gran despliegue de todos los pormenores de la vida y el estado de salud de Natalia Ponce de León, y de toda su familia, después de ese ataque con ácido han ocurrido dos más. ¿será que los medios le están dando ideas a los agresores que quieren gozar la adrenalina que provoca estar en boca de todo el mundo durante tres días sin interrupción?

Los periodistas colombianos, sin ser médicos, abogados ni jueces desean para el monstruo todo el peso de la ley. Repiten con aire de prepotencia, con la autoridad que les concede estar sentados ante un micrófono: este hombre ahora se hace el loco para no hacerse cargo de su horrendo crimen, deseamos que le vaya muy mal en la cárcel, una escoria social como esta merece el linchamiento, el repudio de toda la sociedad… Y como la mayoría de la gente cree todo lo que dicen en el noticiero el país entero quiere ver mucho sufrimiento físico y la pena máxima para el agresor.

Cuando apareció el escándalo sobre la mujer que fue atacada con ácido y capturaron al agresor Juan Sebastián dijo -en su cuenta de Twitter- que conocía personalmente a Jonathan Vega, quien es  esquizofrénico y no estaba tomando medicamentos para tratarse. El agresor ya lo dijo, el abogado lo sabe, el juez también, seguramente lo sabe también el médico forense, pero todos lo siguen tratando como si fuera la peor bestia desalmada y cruel y no un hombre enfermo que merece ser tratado por profesionales de la psicología y la psiquiatría. Está detenido en La Picota mientras se define su situación  y no creo que esté siendo tratado por profesionales de la salud sino por policías, guardias, abogados y periodistas llenos de odio y con el deseo de que sea condenado a 37 años de cárcel o más. En vista de que no lo pueden picar y luego arrojar mucho ácido sobre los trozos pequeños para que no quede nada de él le desean el peor de los finales en la peor cárcel de Colombia. Son los mismos periodistas que dirán la próxima semana que estamos muy cerca de lograr la tan anhelada paz de Colombia, que estamos muy cerca de alcanzar el sueño.

Si no hay cárceles dignas para los delincuentes colombianos  no creo que haya centros médicos especializados donde puedan ser tratados este tipo de pacientes, porque si es cierto que el delito lo cometió porque es esquizofrénico, más que porque sea una persona llena de mucha maldad, debe estar siendo valorado por médicos, no por policías, abogados ni periodistas, debe estar siendo tratado como un paciente, como una persona enferma.

Con ustedes, la narración de Juan Sebastián Lozano. Lo que  más deseo -de todo corazón- es que después de leerla no nos vayan a insultar a los dos y a concluir que los tres somos asesinos en serie y quieran picarnos también a nosotros por “defender” a la bestia:

Conocí a Jonathan Vega hace tres años en un retiro campestre organizado por una psicóloga que trataba a jóvenes con problemas de depresión y abuso en el consumo de drogas. Llegó con el libroFilosofía del tocador del Marqués de Sade bajo el brazo, con lo cual se ganó la simpatía de los que ya estábamos ahí. Llevaba puestas unas gafas grandes (tipo hipster), tenía un saco negro de capucha, pantalón de dril y botas Dr. Martens negras. Nos contó que había empezado a estudiar cine en Argentina, pero que debido a problemas psicológicos había abandonado la carrera.

La psicóloga nos contó más tarde que Jonathan (que en ese momento se hacía llamar “Wolf”, en un intento por renovar su identidad) sufría de esquizofrenia y había sido mal tratado por algunos psiquiatras. Ella era una cristiana convencida e insistía en que podía sacarlo de sus problemas con terapias psicológicas y técnicas orientales como los masajes “Reiky”, sin necesidad de pastillas fuertes que, según ella, le hacían más daño. Por aquel entonces Jonathan estaba interesado en el misticismo oriental, en especial en el hinduismo, tema que lo apasiona. Decía que su problema era espiritual y se mostraba de acuerdo con la postura anti-psiquiátrica de la psicóloga.

Su comportamiento era relativamente normal. Era el comportamiento de un joven interesado en la expresión artística, algo que teníamos en común los seis pacientes que estábamos en el retiro. El espació físico a las afueras de Bogotá era muy cómodo, pero las postura religiosa y anticientífica de la psicóloga no nos agradó a algunos. Solo en ciertos momentos Jonathan mostraba un comportamiento fuera de lo común: hablaba solo, caminaba alrededor de la casa, pero nada que indicara una esquizofrenia avanzada.

Después de esa experiencia nos vimos en Bogotá un par de veces, y ya en la vida ordinaria mostró un comportamiento más extraño. No podía quedarse quieto en un mismo lugar por muchos minutos, caminaba con mucha ansiedad y fumaba de manera compulsiva. En un momento su comportamiento me resultó molesto y hasta asfixiante, y decidí no volver a buscarlo, negarme cuando venía a buscarme a mi casa y no contestarle el teléfono. Al principio insistía en buscarme, pero finalmente entendió el mensaje y dejó de hacerlo.

Lo volví a ver hace seis meses. Hablamos por Facebook y decidimos encontrarnos. Lo vi mucho más tranquilo y reflexivo, me dejó una buena impresión, como si tuviera controlada su enfermedad. Me dijo que estaba yendo al psiquiatra, aunque al parecer no estaba tomando pastillas. En ese momento los dos estábamos leyendo al psicomago chileno Alejandro Jodorowsky y planeábamos hacer unos performances o actos teatrales con dos objetivos en mente: modificar la rutina y superar conflictos psicológicos.

Finalmente, nos ganó la timidez y no hicimos nada, nos conformamos con desarrollar cada uno por su lado la actividad que lo apasiona, él la pintura y yo la escritura. Como compartíamos el gusto por el cine, empezamos a ver películas dos veces a la semana.

Caminamos un par de noches desoladas en las que parecía ganarnos el tedio. Ambos habíamos dejado de consumir drogas y buscábamos razones que nos motivaran a vivir. Hablábamos del futuro incierto de este país dominado por la frivolidad y el individualismo, con la gran mayoría de sus habitantes atrapados en la ciega carrera por el dinero.

No me cabe en la cabeza que la misma persona con la que vi más de una decena de películas en mi casa, leí en voz alta poesía y fragmentos de Nietzsche (su autor favorito), y hablé de mujeres –nunca mencionó a Natalia Ponce de León-, haya cometido tan cobarde crimen; que haya perjudicado gravemente la existencia de una bella joven que, según sus allegados, es una mujer noble y alegre.
El tema de las mujeres le generaba mucha ansiedad. Decía que necesitaba una novia con urgencia y que ya le aburría acostarse con prostitutas.

Yo hablo del Jonathan que conocí. Pocas veces me he encontrado con alguien tan amable, pacífico y receptivo. Parecía incapaz de matar una mosca. Sin embargo, sí parecía estar rodeado por una nube negra. Algo lo atormentaba, sospeché más de una vez.

Compartíamos el gusto por las películas de individuos outsiders o marginales. Quizás como una suerte de anticipación inconsciente al atroz crimen que cometería, la última película que vimos fue Bronson, de Nicholas Winding-Refn, una excelente historia que habla de un hombre que quería ser famoso a cualquier costo, y como no sabía cantar ni actuar se convirtió en el preso más peligroso de Inglaterra, un tipo con inquietudes artísticas no estimuladas a quien el sistema carcelario lo transforma en alguien cada vez más monstruoso. Es una crítica a la sociedad del espectáculo actual, que idealiza cualquier tipo de fama.

Después de ver cada película, yo le insistía a Jonathan en que las personas inteligentes descargaban su rabia hacia la sociedad que criticaban a través de la expresión artística: el arte como una venganza simbólica del rechazado o marginado social. Todo parece indicar que para Jonathan la posibilidad de convertir en arte o en reflexión su descontento social no fue suficiente, y cruzó el límite hacia lo real, atacó lo que odiaba de la sociedad: la belleza autocomplaciente, la vida burguesa aparentemente feliz, la sociabilidad. ¿Acaso Natalia Ponce representaba lo que él odia y a la vez desea? ¿Al no poder acceder a ella quiso dañarla?

No hay justificación. Jonathan cometió un crimen abominable contra una persona inocente que no tenía por qué estar obligada a aceptarlo. Yo también rechacé a Jonathan varias veces. Hace dos meses tuve que hacerlo de nuevo. Últimamente, cuando estaba con él, sentía una energía pesada, una depresión al cuadrado, y por eso concluí que no me convenía volverlo a ver. Aunque me parecía interesante conocer a alguien como él, yo sentía que debía mantenerme alejado. Una vez me soltó una frase en tono agresivo que me dejó pensando: “Si yo fuera asesino en serie, lo mataría a usted, porque es un gordo narcisista y egocéntrico”. En seguida se echó a reír y dijo que era una broma. Ese fue el único comentario hostil que sentí como un ataque personal.

Soy testigo de que Jonathan Vega es un hombre enfermo. Un par de veces me dijo que lo atormentaban voces. En una ocasión me dijo que las voces que escuchaba le decían que no querían que fuera un hombre feliz, y que por eso debía vencer a los fuertes demonios que lo atormentaban.

No sé cuál es su grado de esquizofrenia, pero es claro que su condición influyó en su nefasta decisión.

Este acto de violencia extrema no debería verse como un suceso aislado de los problemas que nos aquejan como sociedad. Colombia, ya lo sabemos, no es un paraíso, es un país con el porvenir cerrado para muchos, sin futuro para millones de personas. Somos esclavos de un sistema injusto, desigual, del que se beneficia una minoría. Un país en el que todavía está latente el racismo, el clasismo, la discriminación al diferente. Ya sabemos, además, que aquí la salud y la educación son negocios.

Los jueces y los médicos determinarán cuál es la pena para “El monstruo del Batán”. Jonathan pasará varios años en la cárcel o quizás será internado de por vida en un hospital psiquiátrico. Por supuesto, debe pagar por su crimen. Algunos considerarán que se hizo justicia y otros que no. Mientras tanto, deberíamos pensar más en el rumbo que queremos tomar como sociedad, si el de la sed de venganza y la violencia perpetua o el del perdón, la paz y la reconciliación, teniendo en cuenta las hondas raíces sociales de nuestros conflictos.

Si no superamos el estado inequidad, la ley del más fuerte, la violencia prevalecerá. Y mientras el negocio de la salud esté por encima del bienestar colectivo, enfermos mentales como Vega seguirán representando un peligro para la sociedad. Y eso que estamos que hablando de alguien que vive en el norte de Bogotá, con una posición acomodada. No me imagino la situación con enfermos mentales cuyas familias no tienen recursos para tratarlos.

Carta a una enemiga inventada

31 Mar

No estoy feliz, este asunto ha sido más complejo de lo que te imaginas y gracias al escritor argentino que me confunde con alguien que no soy yo he tenido la fortuna de conocer un poco más a las personas que están cerca de mí, estoy asombrada ante el apoyo que me han brindado, de lo interesadas que están algunas almas nobles y generosas- que no parecen humanos sino ángeles caídos del Cielo o Hadas o Gnomos Buenos- en mi bienestar y en mi futuro. Te confieso que ha sido una experiencia conmovedora, he llorado de alegría varias veces durante los últimos cinco días, nunca antes había derramado tantas lágrimas. Gracias a este percance descubrí que hay mucha gente que cree en mí y está dispuesta a brindarme su apoyo y eso ha sido maravilloso. Claro, estoy feliz, dichosa de la vida.

Ha habido todo tipo de especulaciones sobre quién o quiénes están detrás de esta broma o este asunto descabellado y varias personas han usado la palabra enemigo, me han dicho que detrás de esta locura puede haber una persona que me odia, alguien de Colombia que contactó a don Francisco Antonio Cerón García para mortificarme la vida. Estas palabras: enemigo y odio me desconciertan porque no puedo creer que alguien se tome el trabajo de llamarse mi enemigo o de odiarme. ¡A mí! ¡Precisamente a mí! Sería excesivo sentir que tengo enemigos o que hay gente que me odia por lo que escribo aquí y en mi cuenta de Twitter, pero estamos en Colombia, el país en el que se puede llegar a odiar y a matar por cualquier tontería. Sé dónde estoy, no creas que me siento en El mundo de la Fantasía.

No ha sido divertido explicar ante personas formales esta historia absurda, pero debo reconocer que he aprendido un poco más sobre la condición humana y, como siempre, me asombro y tiemblo de emoción ante la bondad de algunas personas que me aprecian más de lo que yo esperaría; también sé -y eso me llena de tristeza y de desconsuelo-  que hay algunas personas felices celebrando porque dicen que se está haciendo justicia conmigo, un ser malvado. Me han dicho que estoy recibiendo de mi propia medicina, que esto es asunto del karma, un castigo divino, el Juicio en la Tierra del Dios Vengador…

Espero que no seas tú uno de mis enemigos, no valgo tanto como para que pueda ser la causa del insomnio o la gastritis de alguien que llega aquí y me lee por voluntad propia. Tú bien sabes que estás aquí porque lo decidiste, sabes bien que no te estoy pagando por leerme ni te puse en revólver en la cabeza para que dejaras un comentario.

Besos

 

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Las imágenes que Rafael Pardo no quiere que veas en Bogotá

29 Mar

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Tomadas de http://www.whatareyouandewandoing.com/2014/02/16/the-brighter-side-of-bogota/

Un día de mi vida

29 Mar

Anoche estrenamos las sábanas más grandes, suaves y coloridas que hayamos visto en la vida.

Dije Hasta mañana mi amor, di media vuelta y dormí hasta las 6.

Andrés amaneció muy serio y yo desperté hecha un pequeño payaso.

Le hice dos o tres bromas, me llevó el desayuno a la cama y y se fue.

Di media vuelta en la cama y dormí hasta las 9.

Entre sueños oí a Julito zalamero con Rafael Pardo.

Oí a Rafael Pardo celebrando proyectos que son de Gustavo Petro.

Oí cuando dijo que limpiarían las paredes en Bogotá para quitarle la sensación de inseguridad a los transeúntes de la Calle  26.

Me levanté a las 10, me puse mi bata de reina, me preparé un café y dije para mí:

“Hoy me quedo todo el día en bata”

Y en bata todo el día me quedé.

A las 12 vi en qué iban las quejas de don Francisco Cerón:

Ahora le envió una carta al presidente de Colombia.

¡Dios!

Lo único que deseo es que el proceso no llegue al despacho del Procurador, este buen hombre es capaz de destituirme e inhabilitarme durante quince años para que yo no cumpla con mis funciones de Ama de Casa y para mí ese sería un golpe bajo puesto que uno de mis pequeños placeres es pasar un día en bata viendo cómo fluyen los segundos, los minutos y las horas.

 

¿Por qué puedo ser una pobre profesora hora cátedra?

22 Mar

La mayoría de los profesores universitarios no son profesores de tiempo completo o de planta sino profesores catedráticos. Para armar un sueldo “digno” los pobres deben trabajar en dos o tres universidades, hacer trabajos de investigación y escribir libros que luego enviarán a concursos con la ilusión de ganarse un premio gordo. Cuando escriben no están pensando en arte o en desarrollo sino en plata, en invitaciones, reconocimientos, estatuillas para decorar la mesa de la sala o del estudio… Como los comerciantes, viven de la frase célebre que dice Plata llama plata; escriben mucho, publican mucho, trabajan mucho y leen muy poco porque no tienen tiempo para leer, sólo para trabajar. Esa es la triste y dolorosa realidad.

¿Por qué puedo ser yo una pobre profesora hora cátedra de una sola universidad?:

–  Porque la plata no me gusta.

– Porque este trabajo me deja mucho tiempo libre para leer, escribir, ir a cine, caminar y dormir.

– Porque no tengo hijos, mascotas, no pago arriendo y nadie depende económicamente de mí.

– Porque no debo costearme una penosa enfermedad.

Pero, claro, otros profesores tienen hijos, perros, gatos, carro, familiares de los cuales deben hacerse cargo. Les gustan los lujos, los buenos vinos, los viajes, las buenas vistas desde una terraza imponente de una gran ciudad.

Debe ser triste soñar con una vida aristocrática y trabajar como una mula para concederse de vez en cuando la sensación de que se vive la vida soñada.

Tengo un consuelo: no soy periodista, esa gente vive mucho peor que una pobre profesora hora cátedra.

Corrección de estilo a la biografía de Catalina Ruiz-Navarro

7 Dic

En el post anterior analicé la Respuesta Larga de Catalina Ruiz-Navarro, el extenso regaño dirigido a quienes cometimos el error de dudar de sus dotes intelectuales y su honestidad. Hoy vamos a analizar la biografía de la autora compartida en ese mismo post. Al leerla hoy de nuevo encontré errores imperdonables en quien es vista por sus admiradores como una de las mentes más brillantes de esta pobre nación doblegada ante la mediocridad y la mentira.

Para comunicarse a través de la escritura es preciso saber escribir, para saber escribir es preciso ser paciente y para ser paciente es preciso contar con mucho tiempo libre y ninguna ambición de tipo material. El estilo más bello en la escritura se logra cuando se escribe para uno mismo -por simple placer- y se comparte el placer de lo logrado con lectores como tú y como yo (porque has de saber que escribo para gozar placeres futuros: el placer de leer algo digno de mis ojos).

Para gozar el placer de escribir es preciso también ser un miserable o un fracasado en la vida desde la perspectiva de los triunfadores, es decir, la gente orgullosa porque siempre está muy ocupada y no tiene tiempo para pensar en algo tan tonto como el estilo en la escritura por una simple razón: es una Mente Brillante y “los ritmos de producción son rápidos, casi que industriales”, alguien como la ilustre Catalina Ruiz-Navarro.

Algo tan simple como la biografía que Catalina usa para presumir e intimidar a lectores descrestados con sus columnas de opinión y posibles contradictores -quien intente dudar de su formación académica y su trayectoria profesional- está plagado de errores básicos, dignos de un estudiante desaplicado de grado séptimo de Educación Básica en Colombia.

La biografía:

Tomada de http://catalinapordios.com/2013/12/06/la-respuesta-larga/ a la izquierda resaltada en negro.

Columnista y reportera de El Espectador, Directora y fundadora de Hoja Blanca revista-ONG (HojaBlanca.net) y dicta la cátedra de Periodismo Digital en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Ha trabajado como Oficial de Comunicaciones en Women’s Link Worldwide, como Jefe de Prensa de el Instituto Caro y Cuervo y la Feria Internacional del Libro de Bogotá y como catedrática de Periodismo de Opinión en la Facultad de Comunicación de la Universidad Javeriana. Su trabajo en poesía ha sido publicado en revistas como Viacuarenta y El Malpensante. Maestra en Artes Visuales con énfasis en Artes Plásticas y Filósofa de la Univesidad Javeriana. Tiene una Maestría en Literatura de la Universidad de Los Andes. Barranquillera.

******

No seré yo quien haga la corrección de estilo de algo tan fácil de corregir, dejo la tarea a quien esté dispuesto a probar qué tanto aprendió en sus clases de Español si es que tiene un mísero título de Bachiller Académico.

Fin

Cartas de los amigos de Catalina Ruiz-Navarro

4 Dic

El post sobre el plagio de Catalina Ruiz-Navarro ha dado mucho de qué hablar y sus amigos están desesperados. A continuación voy a compartir con ustedes sólo tres comentarios de alguien que se hace llamar el prosista. Me ha enviado más de veinte correos insultándome, lo reporto como spam, vuelve a crear otro correo y me vuelve a insultar.

Habilité estos comentarios y otros en el blog para que quede evidencia de que se trata de un acoso digno de estudio.

1)

elprosista12@risamail.com

65.49.14.70

Enviado el 03/12/2013 a las 14:51

“Gurrecito, pare ese ataque de diarrea que me tiene secuestrado mi timeline, me va a tocar bloquearla. Además de gurre salió intensa, joder!”.

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2)

elprosista13@punishmail.com
65.49.14.158

Gurrecito, qué ternurita usted pidiendo que le definan qué es cuquioxidada, qué negación de la realidad tan marcada tiene usted. Le voy a dar una manito porque se la merece, en más de una forma [risas estruendosas]. Una mujer cuquioxidada es la que ante la falta de sexo recurre a formas perversas de autoestimulación, como involucrarse en prácticas sadomasoquistas de múltiples formas y vertientes. Por ejemplo, el estado de hiperexcitación que le causa la lapidación de Catalina Ruiz. Dado su cuquioxidamiento se autosatisface usted con unas pajillas en forma de lapidación.
En principio compartimos usted y yo la misma fuente de placer, solo que en mi caso venir a decirle unas cuantas verdades no son pajillas sino simples rascaditas de pelotas en su nombre. Su spam con Catalina es todo un despliegue público autoerótico. Cada vez pone usted más en evidencia sus celos hacia las mujeres sobresalientes, atractivas e inteligentes. Su fuente de lubricación es lapidarlas. De paso devela la inexistencia de su Andresito: una mujer bien follada no recurre a estas prácticas perversas autoeróticas.
La solución obviamente sería encontrar otras formas de lubricar su cuca oxidada, esa caverna llena de telarañas que ningún ser humano o animal, ni siquiera su propia mano, visita desde hace algunas décadas. Comprensiblemente, la verdad sea dicha. No le vendría nada mal una cata de condones. Hoy lamento que Dante no conociera a una mujer como usted, qué pasajes los que hubiera escrito sobre el infierno y el purgatorio, qué personaje grotesco es usted.
Le envío dos patadas en el culo a su novio imaginario, por guevón y por no saber comportarse como un varón con usted.

3)

elprosista14@punishmail.com
65.49.14.93

Enviado el 04/12/2013 a las 5:13 |

Confirmado también que usted, como Sandra Suárez, tampoco sabe inglés. Luego ninguna de las 2 sabe exactamente qué fue lo que plagió Catalina. Las comillas son anecdóticas Gurrecito. Mande a traducir el artículo de Wade para que pueda argumentar la paliza que le dio a Catalina. Le doy una pista: Wade apenas aparece mencionada en el sexto párrafo, cuando todo lo escrito en los párrafos anteriores es trabajo de ella. Pero como sus lecturas a medias son suficientes para usted, se quedó con la versión de Pabs en lugar de verificar de qué estaba hablando. Esa es la medida de su mediocridad. Patética.

A Virginia Mayer le sobran 50 kilos

30 Nov

La última columna de Virginia Mayer se titula “Gordos, calvos y peludos exigiendo mujeres flacas”. Comienza explicando por qué le  dolieron tanto las críticas que le hicieron a ella por criticar el reinado nacional de la belleza, enfatiza que las mujeres gordas también tienen derecho a apreciar la belleza de una reina porque las gordas también conocen los ideales estéticos de la belleza femenina como cualquier otro ser humano. Por increíble que parezca el origen de la indignación es el reinado nacional de la belleza, sí, esa banalidad creada para divertir masas embrutecidas, las mismas masas que gozan viendo, telenovelas, realitys y partidos de fútbol. Las predilectas de los políticos, los dueños de los medios y los anunciantes.

Nuestra adorada Virginia Mayer ve reinados de belleza y nos cuenta por qué los reinados de belleza son patéticos. ¿una persona con dos neuronas ve reinados de belleza? No. ¿una persona con dos neuronas se detiene a pensar en el coeficiente intelectual de una reina de belleza? No. ¿una persona con dos neuronas trata de explicarnos por qué los reinados de belleza son patéticos? No. Pero Virginia Mayer sufre y llora porque los reinados de belleza son machistas y refuerzan ideas tontas como que las mujeres altas, delgadas, esbeltas y de sonrisa diseñada son las mujeres deseadas por los hombres calvos, gordos y peludos.

Virginia Mayer: no seas tonta. Todos sabemos que la belleza es escasa y que por ser tan escasa nos sobrecogemos de emoción ante una cara hermosa, un cuerpo equilibrado, una voz divina, una forma de caminar elegante. Hombres y mujeres admiramos la belleza femenina porque las formas equilibradas llaman la atención y los cuerpos grotescos nos invitan a mirarlos con rechazo o con burla, es parte de nuestra triste condición humana, no somos ángeles, somo miquitos burlones.

El cuerpo de los demás y el cuerpo propio dan pistas sobre la salud, la edad, el estado de ánimo y la condición física; el cuerpo y la forma en que cargamos con ese cuerpo es nuestra carta de presentación ante los demás nos guste o no. Los animales también se seleccionan así y aunque te cueste creerlo las perras, las gatas y las cerdas no saben de feminismo ni de machismo, son animales y ya. Debes saber que tú, yo y el resto de los seres humanos descendemos de otros animales, no somos creación divina ni nos modelamos a nuestro antojo, conservamos intacto el deseo inconsciente de copular con los ejemplares mejor dotados aunque no queramos reproducirnos o hayamos superado la edad para realizar semejante hazaña. La belleza tiene que ver con la biología, no es una creación humana, está en la naturaleza.

Te invito a que superes la inocencia y la ignorancia, sumérgete en los libros de Desmond Morris, Richard Dawkins y Rodolfo Llinás, no leas sólo basura feminista de mujeres viejas, feas y resentidas porque la vida no las ha tratado bien, no armes tanto alboroto porque las masas embrutecidas se emocionan viendo tetas y culos, en esos seres el miquito está más latente que en los seres privilegiados que renunciamos desde hace mucho tiempo a ver programas de televisión.

***

Virginia Mayer escribió en tono indignado: “Mientras mis médicos en Nueva York me decían que hiciera ejercicio y controlara mi sobrepeso, aquí me han dicho que soy obesa mórbida. Los obesos mórbidos del primer mundo son los que andan en sillas eléctricas al no poder moverse por sus propios medios. Aquí la obesa mórbida soy yo. Sociedad enferma”. Ahí también te equivocas. En Colombia la mayor parte de la gente no tiene problemas de obesidad como los que tú padeces, pocas personas tienen 50 kilos de sobrepeso como tú. En Nueva York podrías pasar por una persona normal pero Bogotá no es Nueva York. En Bogotá podemos gozar de una alimentación balanceada y hay cierta conciencia sobre el cuidado del cuerpo con fines relacionados con salud y bienestar más que con obsesiones sexuales y complacencia ante la mirada ajena, esas obsesiones tuyas no son las obsesiones de la mayoría de las mujeres en Bogotá ni en Colombia.

Continúa Virginia Mayer con esta joya: “Tengo un amante, un hombre que a pesar de asegurar que estoy entre el top tres de los mejores polvos de su vida, me ha dicho que si me adelgazo podría penetrarme más profundamente”. Ay, Dios mío, qué niveles alarmantes de superficialidad.

“Es cierto que estoy gorda, y mi salud se está viendo comprometida por los 50 kilos que me sobran. La artritis degenerativa que tengo en la espalda no se ve beneficiada por mi sobrepeso. Subo dos pisos de escaleras y llego ahogada. No me puedo quedar dormida si no me empepo. Me sobran los motivos para adelgazar, es verdad. Pero esta sociedad no me condena por no estar sana, me condena porque no soy flaca”. Ay, Dios mío, Virginia Mayer necesita con urgencia un psicólogo y un nutricionista que la asesore. Si aspira a ser nuestra Virginia Woolf o nuestra Marguerite Duras es preciso que, para comenzar, aprenda a leer y a escribir y no use su condición física para inspirar la lástima de este público morboso acostumbrado a ver expuesta la miseria de la gente común en Laura en América o El show de Cristina.

“Vivir en Colombia con sobrepeso es tóxico para el alma. Aquí es pecado ser gorda. La gorda siempre podría ser diferente. A la gorda no la aceptan como tal, ¡siempre está la posibilidad de que haga dieta! Y yo, hasta el momento, me he negado. Es mí opción”. Ay, Dios mío, estas pataletas insoportables las llamas periodismo en KienyKe.

“Deliro con mujerones como Monica Bellucci, Scarlett Johansson, Marcela Mar y Carolina Guerra”. Ay, Dios mío. Parece que Virginia no sabe que estas mujeres son mujeres diseñadas para hacer películas y armar revistas.

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En la revista Jetset deben sentir compasión por Virginia Mayer

30 Sep

Ayer encontré sin querer este video. Virginia Mayer de nuevo.  Ahora con sus frases célebres:

– Yo soy muy valiente,  soy muy valiente,  muy valiente….

– Soy temeraria, que es  un sinónimo de estúpida, pero es un poco valiente.

– Hablo sin pelos en la lengua.

–  No tengo temores ni miedos y no tengo vergüenzas.

– Yo digo las cosas como las pienso y las siento y pienso  que de eso  no hay mucho en Colombia y menos en la voz de una mujer.

– El éxito de mi columna es mi voz, siendo  que es una mujer, contando  y  diciendo las cosas que digo.

–  El hecho de que yo no combine con esta sociedad retrógrada del Sagrado Corazón es un constante motor para mí.

– ¡Soy una rebelde!

– Yo soy sencilla.

– No me las doy de nada.

– Soy lo que ven.

Lo que vemos es a una muchacha insegura, tímida, más gorda que en el último video, deseosa de ser admirada. Inspira compasión.

¿Por qué hay gente así?