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El porvenir se alza ante mí

3 Abr

Este ha sido un año diferente a todos los demás en los últimos diez años. He deseado volar, me ha perseguido el afán de santidad, quiero escribir crítica positiva, quiero hacer reír sin herir, he devenido en conquistadora y me he entregado complemente al amor de un hombre al que no conozco ni veré jamás pero que sabe cómo calentarme los ojos y los oídos con dibujos, fotografías, canciones, llamadas de cinco horas, citas fallidas, tonos de voz cambiantes, ausencias abruptas, apariciones apoteósicas, chistes buenísimos, historias asombrosas y libros sorprendentes, tengo un pretendiente 22 años menor que yo y a veces pienso que debería darle el sí porque nunca ningún hombre en la vida me ha adorado y deseado tanto como él sin haberme visto (me lo dijo todo en una conversación de tres horas esta semana, un récord absoluto el de este joven encantador y muy apasionado). Toda su admiración nace de una idea que ha armado de mí leyendo lo que escribo aquí y en mi cuenta de Twitter. No es la primera vez que pasa, estoy acostumbrada a ese tipo de reacciones y lo más seguro es que cuando me vea y descubra que soy un simple ser humano, una señora que camina por ahí mirando culos como todos los demás, el ídolo hecho de palabras se derretirá ante su presencia por aquello de que si te gustó el libro no conozcas al autor y porque la escritura siempre será superior y mucho más poderosa que la persona que se sienta frente al teclado y ve como las palabras se van poniendo una al lado de la otra sin pasión y con mucha seriedad y, además, porque la señora que escribe no habla como la señora que se sienta frente al teclado porque soy una persona común que casi siempre anda muerta de la risa con lo que oye y con lo que ve. Soy una persona común pero él quiere verme convertida en su maestra, quiere erudición, quiere ver como mi cerebro se manifiesta a través de mis ojos y mi boca pero también quiere mucho sexo y cree que yo sería la persona más indicada para hacer realidad sus sueños… Pero hay algo mucho más poderoso que parece estar tomando forma en lo más interno de mi ser interior: el deseo de escribir crítica literaria con la misma rigurosidad de hace quince años pero en otro tono, una especie de crítica literaria artística. Mi alma me dice que me consagre a la lectura de forma seria, mucho más seria que en los últimos diez años.

También quiero pelear con la autora de este libro:

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Definitivamente este es un año diferente a todos los demás en los últimos diez años.

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El camino

25 Mar

1995 – 2000. Teoría y crítica  literaria

Empecé a leer en 1979. Ahí comenzó mi proceso educativo. La universidad me sirvió para ponerle orden al conocimiento y los trabajos que escribía para mis profesores me dieron impulso para escribir textos que llegaran un poco más allá de los ojos de ellos y, entonces, empecé a publicar en revistas indexadas y no indexadas. Cuando era niña soñaba con hablar en público, me imaginaba ante un gran auditorio aclamada por la multitud enardecida. Soñaba con saludar de esta manera a mis fans: ¡Ya basta, no aplaudan más, no es necesario exagerar, no estamos en un circo, recuerden que este es un espacio académico! Mi sueño era ser diestra con el discurso oral. Soñaba con influir en los demás, con renovar sus ideas y su forma de pensar y de actuar. Mi sueño de infancia consistía en presentarme como un ser humano digno de ser imitado. Quería que aprendieran a evitar el sufrimiento, ese ha sido el gran interés de mi vida: el sufrimiento humano.

Hoy, 25 de marzo de 2016, creo que es imposible influir en los demás de manera profunda y lo digo por los miembros de mi familia: nací convencida de que dar la vida es un error, eduqué a mis hermanos para que no se casaran ni tuvieran hijos y hoy todos ellos tienen o tuvieron una linda pareja a la que amaban y todos son padres. No logré influir de manera profunda en ninguno de ellos después de años y años de haber pronunciado largos discursos sobre por qué los seres humanos inteligentes, justos y nobles no tienen hijos. Si no convencí a los miembros de mi familia -gente que me conoce, me aprecia y me respeta desde hace mucho tiempo- creo que es imposible convencer a una persona que, por ejemplo, lee este blog.

En 1999 descubrí el mundo virtual y supe que no necesitaría tribunas ni auditorios, mi tribuna y mi auditorio serían las redes sociales. Desde la comodidad del hogar pronunciará los más bellos discursos y haría llorar de alegría e indignación; desde la redes sociales me haría amar y me haría odiar: me amarían los justos, los nobles y los sinceros y me odiarían los zalameros, los deshonestos y los tontos. Creo que lo logré. Por prudencia tuve que terminar el ciclo 2010-2015 (al que llamaremos mi fase activa en Twitter Colombia) más pronto de lo que esperaba y deseaba. Lo que me han dicho es que las amenazas de muerte iban muy en serio. Yo quería hacer reír o llorar, no quería que me mandaran matar, esa no era la intención.

Entre 1995 y 2000, como buena novata, estaba dispuesta a mostrar de qué estaba hecha y, entonces, escribía ladrillos teóricos y críticos que yo misma no soporto ahora. Mucho marco teórico, mucha cita, mucha nota de pie de página, mucha bibliografía de veinte páginas.

No quiero volver a saber nada de esa vida tan intelectual, tan rancia y tan conservadora, no quiero volver a escribir como esa señora. No quiero saber nada más de teorías ni de críticas literarias, renuncio a y me avergüenzo de ese pasado oscuro.

2000 -2005. Ensayos filosóficos y psicológicos

Mi primer amor, por haber sido el primero, me causó un fuerte impacto cuando se acabó porque -en mi inocencia- creía que era para siempre. No era para siempre, se acabó y ese final me llevó a experimentar etapas de furia e intenso dolor. Como nací aprendida sabía que un ser humano destrozado no se cura con alcohol, promiscuidad, psicólogos ni suicidio sino con libros y, entonces, me entregué de lleno a la lectura para saber qué era exactamente lo que me pasaba y cómo salir de eso. Terminé convertida en experta en amor, melancolía,  depresión, nostalgia, insomnio y, como soy tan inteligente, desemboqué en la risa. Entre 2000 y 2005 escribí mis ensayos favoritos, los que todavía me gustan y me dan ánimo en los momentos oscuros.

2005 – 2010. Escritura en internet (escritura sobre escritura)

En 2005 conocí a Andrés y fueron diez años de risa e irresponsabilidad, por eso decidimos que lo mejor era cortar el juego y seguir cada uno su camino, sin odio, sin deseo de volver y con la sensación de que lo nuestro no era amor sino diversión total. En 2005 ya estaba totalmente curada, estaba completamente entregada a la vida y al placer, a la risa y a la satisfacción y con esa actitud me embarqué en la vida virtual. Entre 2005 y 2010 fui un portento en la red, escribí más de cien posts sobre virtualidad, oralidad, lectura, escritura, educación… Conocí gente maravillosa, nadie de Colombia, era extraño, yo era colombiana pero no me contactaba con colombianos. La experiencia de esos cinco años me sirvió para lo que sería encontrarme con mi gente, con mi patria, con colombianos en Twitter.

2010 – 2015. Escritura despiadada

Twitter fue una locura maravillosa, un juego peligroso del que todavía no sé si me he librado del todo. Se supone que tengo más enemigos que el colombiano más peligroso que pueda existir en Colombia, se supone que dañé vidas y le hice daño a mucha gente, pero ¿Qué fue lo que hice? Lo que hice fue escribir sobre quince o veinte colombianos entre figuritas de Twitter, escritores, periodistas, intelectuales y humoristas y eso bastó para que me convirtieran en objetivo militar, me calumniaran, persiguieran, censuraran y desprestigiaron.

¿Es Colombia un país peligroso en el que no se puede ejercer la libertad de expresión?

Sí, eso es correcto. Tuve que dejar de escribir sobre colombianos porque varias personas me dijeron que las amenazas de muerte iban muy en serio.

2016. De lleno en la autoficción (escritura sobre el yo)

A finales de 2015 descubrí un término nuevo de la nueva teoría literaria: autoficción. Estoy entregada de lleno en la experimentación de esa nuevo género literario.

 

Pero si crees en lo que escribes, yo iría hasta el final

14 Mar

¿Por qué le gustó tanto este comentario?

Porque no sabía de la existencia de Karl Ove Knausgard y no conocía tampoco la frase de Bukowski: “Crear arte significa estar terriblemente solo para siempre”.

¿Qué tiene de extraño el nombre y qué tiene de particular la frase?

El nombre del autor noruego es muy sonoro, busqué su nombre en Wikipedia y me encantó la biografía, pero no estoy dispuesta a leer un libro de 3.500 páginas para tratar de entender cómo se hace autoficción en Noruega. Perdió familiares, amigos y esposa por haber escrito sobre ellos en un libro. Muy radical tuvo que haber sido lo que escribió. Verdad cruda o caricaturas despiadadas de personas reales, eso debe doler mucho. La frase de Bukowski me gustó porque sin ser el borracho creo entender lo que sentía, aunque yo no me siento tan mal, no estoy tan sola y no he perdido muchas amistades por escribir lo que escribo.

“Pero si crees en lo que escribes, yo iría hasta el final”. ¿Qué piensa de esa frase?

No termino de entenderla porque no sé a qué se refiere el autor de la frase, lo que vivo en este momento es una historia de amor con una persona a la que no he visto y no creo que vaya a ver. La historia está en mi mente, no creo que esté en la de él. ¿Qué debo entender por ir hasta el final? ¿Debo obligarlo a que nos veamos? ¿Debo esperar a ver qué pasa con la historia? ¿Debo forzar las cosas para que la historia termine bien y sea digna de ser narrada?  No creo que esté dispuesta a eso. No entiendo nada.

Hasta el año pasado usted era más arriesgada pero no fue hasta el final, mucha gente quedó con la sensación de que lograron callarla, de que la censura se aplicó en su caso. Antes era una persona implacable y ahora representa el papel de ángel caído del cielo. ¿Por qué ese cambio tan radical?

Por proteger la vida, supongo. Desde que represento el papel de ángel caído del cielo no me han vuelto a amenazar de muerte, este año ha sido muy tranquilo y eso es un alivio para mí. Además no tengo nada más que decir sobre escritores colombianos, divas tuiteras, periodistas, influenciadores, actores de televisión, emprendedores colombianos en la red… Recuerde que entre 2010 y 2015 me consagré a tratar esos temas.

Cuando escribía sobre esos temas parecía usted una persona bastante agresiva. ¿Es usted una persona agresiva?

No, soy muy tranquila, de trato amable y complaciente.

¿Se siente mejor como crítica implacable o como aspirante a monja?

Es diferente, son experiencias de vida y de escritura diferentes.

Usted es una persona muy fuerte, un volcán a punto de estallar. ¿Cómo hace para fingir tan bien? Parece la flor de la compostura pero usted y yo sabemos que es más fuerte de lo que mucha gente se imagina.

Tengo un maestro espiritual: Juan Lozano.

¿Es un monje tibetano?

No, es un amigo. Nos vemos dos veces por semana y meditamos durante horas. Hablamos de la vida, de la muerte, del ser y la nada.

¿Con él probó el chontaduro?

Sí.

¿Cuándo?

Hace una semana larga.

¿A qué sabe el chontuduro?

Tiene un sabor extraño pero agradable, parece una fruta pero tiene toques de verdura.

¿Juan le envió un video sobre los valores nutritivos y curativos del chontaduro?

Así es.

¿Y qué piensa de esas propiedades?

Creo que el chontaduro no ha sido lo suficientemente valorado. Mi sospecha es que merece estar al lado del banano, el limón, la sábila y la guanábana, las frutas reinas.

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Confieso que…

12 Mar

A veces siento que no vivo por vivir sino para narrar lo vivido y eso me hace sentir un poco culpable, siento que exprimo a mis amigos, que mientras hablo con ellos la persona que escribe está muy atenta a la conversación para no perder la esencia de la experiencia, procesarla mientras duermo y cuando ha sido completamente asimilada salto al teclado antes de la cinco de la mañana y escribo.

Autoentrevista sobre autoficción

7 Feb

Lleva dos meses leyendo sobre autoficción y a veces aparecen las dudas. ¿Era todo más sencillo cuando no sabía que estaba escribiendo la literatura del futuro?

Sí, claro. Era todo mucho más fácil, la vida y la escritura.

Ahora sabe que usted es un personaje que sabe escribir y que es hábil para hacerse leer como tal.

Sí.

¿Es más autora, crítica literaria, humorista, irreverente, erudita, persona o personaje?

Es una mezcla absurda de todo eso y me da miedo terminar perdiendo la esencia de mi ser porque parece como si viviera en función de la escritura. A veces siento que no vivo por vivir sino para narrar lo vivido y eso me hace sentir un poco culpable, siento que exprimo a mis amigos, que mientras hablo con ellos la persona que escribe está muy atenta a la conversación para no perder la esencia de la experiencia, procesarla mientras duermo y cuando ha sido completamente asimilada salto al teclado antes de la cinco de la mañana y escribo.

¿Escribe sobre todo lo que vive?

No, escribo sobre lo que mi mente me pide que escriba mientras duermo.

¿De diez experiencias vividas cuántas narra?

Una.

¿La gente que usted menciona en sus textos la autoriza a mencionarla?

Nunca les pido una autorización porque cuando vivo no sé si lo que estoy viviendo se convertirá en escritura.

¿Algunas personas le han pedido no ser mencionadas en sus textos?

Sí.

¿Quiénes?

Andrés, mi sobrino y un tuitero con el que hablo desde hace menos de un mes.

¿Por qué no quieren ser mencionados?

Cada quien tiene sus razones. Es molesto para ellos porque mucha gente lee y sus amigos los identifican y les hacen bromas o los ven como almas de élite y los tres son personas muy humildes, sin sed de protagonismo.

¿Usted escribe sobre qué tipo de personas?

Me gusta escribir sobre las personas más admirables y sobre las más despreciables.

Pero últimamente ha dejado de escribir sobre gente despreciable. ¿Por qué?

Porque he estado muy ocupada con la gente admirable y porque ahora tengo más amigos, me he convertido en una persona muy sociable. La farándula y los escritores colombianos no me interesan mucho en este momento.

 

Fernando Vallejo y la autoficción

28 Dic

Lukács, Goldmann, Bajtin, Bourdieu, Zima, Kristeva, Doubrovsky, Lejeune, Genette, Alberca, Lecarme, Joset, Diaconu…

Para estudiar la obra y la toma de posición  ética, estética e ideológica de Fernando Vallejo se está recurriendo desde hace unos diez años al término autoficción y para comprender al ahora famoso escritor colombiano los expertos -casi todos doctores en Francia o en España- están recurriendo a los clásicos de la sociología de la literatura, la teoría de la enunciación, la semántica, la sintaxis, la pragmática, teorías sobre la modernidad, la posmodernidad, los cínicos, el humor, la ironía, la revuelta, la vida en el capitalismo de ficción, entre otros. Se están escribiendo trabajos de posdoctorado de dos mil páginas para comprender el genio inconfundible de Fernando Vallejo.

¿No es un poco exagerado?

Yo creo que sí.

Como pionera en los estudios críticos sobre La virgen de los sicarios y El desbarrancadero creo que los críticos y los teóricos están llegando demasiado lejos cuando intentan explicar algo que no es tan problemático como ellos nos quieren hacer creer. Tal vez deberían leer el clásico de Alan Sokal titulado Imposturas intelectuales y concentrarse más en los discursos orales de Fernando Vallejo, es ahí donde pueden encontrar las respuestas a casi todos sus interrogantes. Las intervenciones públicas de Fernando Vallejo parten de un texto escrito que ha sido pensado para ser leído en voz alta con la firme intención de crear un efecto en el público y en sus contertulios. Más que la autoficción es la ficcionalización de la oralidad lo que predomina en la totalidad de la obra del autor de La virgen de los sicarios. Lo dije hace quince años y lo vuelvo a decir de nuevo porque sé que no estoy equivocada.

Pacto autobiográfico

Cuando escribí “La virgen de los sicarios como extensión de la narrativa de la transculturación”(2003) pensé que había quedado claro que el autor se proponía hacerle creer al lector que el narrador Fernando es el mismo escritor Fernando que se enamora de Alexis y Wilmar y que en su travesía aprende la jerga de los sicarios y de paso le pide al lector extranjero que la aprenda también. En la teoría sobre la autoficción se hace énfasis en el hecho de que se mezclan tres instancias: autor, narrador, personaje y creo que no es necesario escribir textos complejísimos con fórmulas y cuadros comparativos para comprender algo tan simple como esto:

Fernando Vallejo es un escritor (hombre de carne y hueso) que recurre a la primera persona para escribir libros en los que narra hechos de su propia vida y el narrador tiene el mismo nombre del autor: Fernando. Como lectores sabemos que no todo lo que narra es cierto porque la verdad no la tiene nadie y cada vez que recordamos le damos un nuevo giro a los hechos recordados; si narramos esos mismos hechos  a través de la escritura  haciendo uso de  poderosos recursos estéticos como el humor, la ironía, la comparación, la hipérbole, la lista interminable… vamos a distorsionar todavía más esos hechos y nos encontramos, entonces, en el terreno de la literatura. Casi ningún crítico ha analizado los textos leídos en voz alta y las entrevistas. Esas dos facetas completan la imagen del escritor, que es absolutamente encantadora porque al hombre de carne y hueso, al señor sonriente y amable, le fascina confundir  y escandalizar a los lectores  y oyentes con sus exageraciones, sus listas interminables y sus “malas palabras”.

Contrato de lectura que el autor como sujeto responsable de la enunciación cierra con el lector

Se ha dicho hasta la saciedad que la obra de Fernando Vallejo no admite  términos medios: gusta o disgusta, produce ira o risa, hay identificación total con el escritor o manifestación no disimulada de odio y desprecio a la persona que escribe hasta el límite. Veamos un ejemplo: El narrador de La virgen de los sicarios (Fernando) insulta a un presidente de Colombia en el libro, el columnista Germán Santamaría escribe la columna titulada “Prohibir al sicario” en la revista Semana y después insulta a Fernando Vallejo en W Radio en presencia de Julio Sánchez Cristo y su respetable audiencia.

Por desgracia ese es el lector típico de las obras de Fernando Vallejo en Colombia. El colombiano más elemental que odia al escritor no ha leído ninguno de sus libros o los ha leído creyendo que el narrador (Fernando) es Fernando Vallejo, se trata de un odio gratuito porque no entiende el pacto narrativo, es un sentimiento que alimenta a partir de los comentarios que ha oído y a la forma escandalosa como a veces lo presentan en los noticieros, que suelen  mostrar sólo una faceta del escritor, la que genera escándalo por una respuesta en una entrevista o por la frase pronunciada en un discurso. El interlocutor se queda con esa faceta, ese fragmento le basta para convertirlo en persona no grata, en persona digna de odio. Se odia al escritor sin haber leído sus libros, se le desea una muerte lenta y dolorosa porque es una persona burda e insensible, esa es la percepción que tiene el colombiano del común y ese es, precisamente,  uno de los propósitos de Fernando Vallejo, hacerse odiar de forma gratuita, sólo para convencerse de la bajeza de la que es capaz un ser humano, los colombianos en particular. Recordemos que La virgen de los sicarios es una historia de amor en el país del odio y que antes de haberse consagrado como escritor no faltaba quien deseaba matar a Fernando Vallejo por ser un mal colombiano, por hablar mal de sus compatriotas desde México.

Autoficción. Pacto ambivalente

Lo que molesta a algunos lectores de textos de la llamada autoficción es el hecho de no saber cuándo habla la persona y cuándo el personaje, cuando miente y cuándo dice la verdad, cuándo exagera los hechos narrados y cuándo omite o distorsiona la información. El lector sabe que le están narrando una historia pero sabe también que muchos de los hechos narrados forman parte de la vida real del escritor. No es autobiografía ni testimonio pero tampoco es narrativa en el sentido convencional. Esa particularidad suele incomodar al lector, que quiere sentirse sobre terreno seguro, como en la novela realista.

Fernando Vallejo tuvo que pedir la nacionalidad en México porque en Colombia el procurador  Alejandro Ordoñez lo quería ver preso por haber escrito contra el Evangelio en la revista SoHo. El texto leído no es un texto más, una interpretación, el punto de vista sobre un tema particular como uno entre varios escrito por un intelectual colombiano bastante respetable, uno de los colombianos más cultos de la actualidad, sino que se trata de  una afrenta personal. Jaime Garzón seguramente soñaba con una apuesta similar a la que representa Fernando Vallejo y terminó asesinado. En Colombia no se ha aprendido a distinguir la persona del personaje, no se ha aprendido a tolerar el humor, la ironía y la exageración. A pesar de ser catalogados como los más felices del mundo el colombiano típico es muy ignorante, muy serio, muy indignado y muy dispuesto a amenazar y a hacer cumplir sus amenazas sólo porque una determinada postura política o estética no es de su agrado. Fernando Vallejo es un sobreviviente. En varias ocasiones, antes de ser famoso, salía en los noticieros diciendo dónde estaba alojado para que fuera el sicario al hotel a darle el tiro en la cabeza, era un hombre mucho más provocador que el Fernando Vallejo actual, decía que quería morir como se muere en Colombia, de un tiro en la cabeza y en la absoluta impunidad.

Autodefinición frente al otro y para el otro, es decir, un acto de comunicación

Una persona escribe porque tiene algo que comunicar y tiene derecho a hacerlo en los términos que considere son los más convenientes, sea pensando en el propósito del proceso comunicativo o en fines estéticos. Nadie debe ser amenazado, encarcelado, sometido al  exilio, la tortura o el asesinado por presentar sus puntos de vista a través de la escritura, por poner a consideración del público su versión de la verdad y de la vida. Así de simple.

Las quejas de los detractores de la posición asumida por Fernando Vallejo como escritor y como figura pública son simples y contundentes: asumen un aire de superioridad o de falsa modestia, de personas educadas, comprensivas, tolerantes y compasivas, de colombianos de bien, en pocas palabras lo que quieren es que se calle porque

¿Qué derecho tiene usted a decir lo que dice?

¿Acaso usted es perfecto?

¿Si la vida le parece una carga por qué no se mata?

¿Si usted no quiere tener hijos por qué no deja que otros los tengan y sean felices?

¿Si no le va a solucionar los problemas a los colombianos por qué mejor no se calla?

Si Colombia le parece tan mala patria no regrese, mejor quédese en México para siempre rumiando su amargura…

Dinamitar los viejos códigos para sorprender al que leyera

Fernando Vallejo es un gran provocador y en la medida en que más provoca más goza, ríe ante la furia de su interlocutor y a medida que pasa el tiempo habla más fuerte y es más implacable. Dice tantas verdades y de forma tan exagerada que hace reír a quien comprende su apuesta estética; quien no lo comprende lo desprecia cada día más.

Si el discurso provoca indignación el orador logró el propósito porque es mucho más elaborado el texto cuando ha sido escrito para ser leído en voz alta que cuando no aparece el hombre como presencia. Uno de sus últimos discursos -cuando fue invitado a hacer propuestas sobre el actual proceso de paz en Colombia- fue demoledor, incomodó a sus compañeros de mesa y ningún político salió bien librado. Busca enunciar su versión de los hechos, su visión de la vida y del futuro de Colombia pero también quiere hacer estremecer a su interlocutor.  Le da forma cabal a  uno de los grandes propósitos de la autoficción: exagerar de tal forma su discurso que al lector o al espectador le queda la duda acerca de la identidad y la verdad definitiva. ¿Quien habla es el escritor, el narrador o el personaje o es siempre una fusión de las tres instancias?

Queda pendiente porque estoy cansada:

La autoficción problematiza toda realidad que se presenta bajo la apariencia de una certeza inmutable.

El yo, a pesar de ser fragmentado, frágil, difícil de aprehender, es a la vez lo único importante y cierto, la única fuente de verdad.

 

Autoentrevista sobre autoficción

7 Dic

Esta semana descubrió el término autoficción en un libro sobre Fernando Vallejo. Descubrió que su nombre (Elsy Rosas Crespo) figura en algunos estudios críticos sobre el autor antioqueño relacionados con este enfoque, es decir, que en alguna medida usted estudiaba la estética del autor desde una perspectiva novedosa aunque usted no la llamaba autoficción sino ficcionalización de la oralidad. Descubrió también que usted misma ha llevado la autoficción al límite sin proponérselo, sin ser consciente de que está haciendo literatura en la medida en que ha sido capaz de construir un personaje que suele confundirse con la persona que lo construyó. El personaje es Ensayista, la persona es Elsy Rosas Crespo. Ensayista es el nombre de un usuario que escribe sobre sí mismo y sobre otros y es un poco engreída, nada que ver con la dulzura, la amabilidad y la sencillez de Elsy Rosas Crespo. La gente odia al personaje Ensayista y persigue con un hacha a la pobre Elsy Rosas Crespo. ¿Cómo se siente ante tantos hallazgos?

Confundida.

¿Por qué?

Ahora entiendo mejor por qué he recibido tantas amenazas de muerte, de ataques con ácido,  por qué me han cerrado y suspendida tantas veces la cuenta en Twitter, por qué me han perseguido en la calle y en el servicio público, por qué he tenido que cambiar mis números telefónicos varias veces y por qué he tenido que dar tantas explicaciones que mucha gente se niega a entender.

¿Qué es lo que la gente no entiende?

Quienes dicen que me odian confunden la escritura con la persona que escribe. Ayer escribí precisamente sobre eso. Sobre el hecho de que algunas personas leen lo que escribo y reaccionan con violencia. En vez de responder con un texto escrito que se convierta en puente para establecer un diálogo en torno a un tema concreto que parta, por ejemplo, de un texto publicado en este blog, me dicen que me están buscando para matarme o me dejan comentarios insultantes en el blog. La escritura los hiere, sueñan con aniquilar a la persona que escribe por aquello que escribió. Se toma cada palabra al pie de la letra, no piensan en procesos de escritura sino que sienten que la persona llamada Elsy Rosas Crespo los está atacando y creen que deben reaccionar. Es como cuando Germán Santamaría escribió una columna de opinión titulada “Prohibir al sicario” para referirse a la adaptación cinematográfica de La virgen de los sicarios. El periodista leyó el libro, vio la película, y quedó convencido de que Fernando Vallejo es el personaje de la obra literaria. Confundió al personaje, que también se llama Fernando, con el autor, que es Fernando Vallejo, vive en México desde hace más de treinta años y confiesa conocer las comunas de Medellín a lo lejos.

¿La costumbre de autoentrevistarse formaría parte de la autoficción?

Hasta donde he leído sí. El personaje Ensayista se niega a conceder entrevistas, escribir su autobiografía en Wikipedia, ir a recitales, participar en concursos de cuento, publicar libros, no aspira a ser amiga de escritores colombianos ni de figuras influyentes de las redes sociales  y Elsy Rosas Crespo la apoya, le sigue el juego porque se ha terminado convirtiendo en algo serio lo que comenzó siendo apenas un juego. Cuando me autoentrevisto puedo ejercer bien el papel de periodista y de escritora. Creo que sueno convincente.

¿Cuando se autoentrevista responde Ensayista o Elsy Rosas Crespo?

Hasta donde he leído en la autoficción se terminan fusionando la persona y el personaje. Para algunas personas la que responde es Ensayista, para otras la que responde es Elsy, para otras responde el personaje que ha construido en su mente a partir de la idea generada en el cerebro del espectador  al observar las fotos que he ido publicando desde hace cinco años, a partir de los tuits, de los posts y de los ensayos que publiqué hace quince años cuando era simple y llanamente Elsy Rosas Crespo, cuando no habían aparecido las redes sociales y no tenía la posibilidad de pensar en algo como Ensayista. Me imagino que la imagen del personaje también se nutre con los rumores entre los lectores,  se alimenta de las calumnias y exageraciones de las que he sido víctima. Se han inventado muchas mentiras sobre mí. Los lectores le dan nuevas dimensiones al personaje y los reclamos se los hacen a la persona. Es bastante confuso todo.

¿Se siente orgullosa de su gran descubrimiento?

Más que orgullosa estoy sorprendida.

¿Por qué cree que terminó haciendo autoficción?

Supongo que tiene que ver con el hecho de que estoy obsesionada con la vida de las grandes mentes de todos los tiempos. Me gustan los seres humanos honestos y auténticos, los que no han tenido miedo cuando se trata de  hacer públicos sus puntos de vista, los que han tratado de vivir una vida digna de ser imitada. Busco gente admirable que hable bien de la condición humana, que me motive a ser tan grande como ellos. Es algo que nació conmigo, necesito admirar a vivos y a muertos. Por eso tengo tan pocos amigos y soy desconfiada, porque tengo que estar segura de que admiro a una o dos personas porque son dignas de admiración, porque conversar con ellas se convierte en un gran acontecimiento para mí.

En el caso de los humanos admirables muertos la honestidad brota en las cartas, los diarios, las autobiografías, las memorias, los consejos y las entrevistas más que en las obras de ficción. Lo más sorprendente de los escritores que más admiro no lo encuentro en las obras que los hicieron famosos sino cuando hablaban sin pensar en la fama ni en el arte,  cuando eran un simple ser humano, cuando le escribían una carta a un familiar o a un amigo muy querido.

¿Cómo cree que es el personaje que ha ido construyendo?

Supongo que quiero presentarme como un ser humano digno de ser admirado pero también como una persona arrogante, implacable y desmedida y por eso el personaje puede afectar de manera tan directa y contundente a algunas personas, sienten que están ante un personaje pero saben que en algún momento me pueden ver caminando por ahí, como la persona más común del mundo, porque eso es lo que soy.