Tag Archives: aforismos

La felicidad no es una cosa en sí misma

9 Jun

La felicidad no es una cosa en sí misma…, es tan sólo un contraste con algo que no resulta placentero. Y por tanto,  en cuanto se acaba la novedad y la fuerza del contraste se debilita, se acaba la felicidad y uno tiene que ir en busca de algo nuevo.

Mark Twain

Si Nicolás Gómez Dávila fuera tuitero

28 May

Gran escritor no es el que carece de defectos, sino el que logra que sus defectos no importen.

La soledad nos enseña a ser intelectualmente más honestos, pero nos induce a ser intelectualmente menos corteses.

Se acostumbra pregonar derechos para poder violar deberes.

No les demos a las opiniones estúpidas el placer de escandalizarnos.

Los reaccionarios les procuramos a los bobos el placer de sentirse atrevidos pensadores de vanguardia.

La decisión que no sea un poco demente no merece respeto.

Las influencias no enriquecen sino a los espíritus originales.

El manifiesto firmado por más de tres personas resulta siempre un ejemplo más del mismo tema idiota.

Para renovar no es necesario contradecir, basta profundizar.

La presencia de un imbécil entristece.

Abundan los que se creen enemigos de Dios y sólo alcanzan a serlo del sacristán.

Sólo lo inesperado satisface plenamente.

Los textos reaccionarios les parecen obsoletos a los contemporáneos y de una actualidad sorprendente a la posteridad.

Cada una de las sucesivas ortodoxias de una ciencia le parecen verdad definitiva al discípulo.

Las épocas de liberación sexual reducen a unos pocos gritos espasmódicos las ricas modulaciones de la sensualidad humana.

Sólo la contemplación de lo inmediato nos salva del tedio en este incomprensible universo.

Las soluciones en filosofía son el disfraz de nuevos problemas.

Cierta clase de alusión culta es propia del semi-culto.

Tan sólo el hombre inteligente y el estólido saben ser sedentarios. La mediocridad es inquieta y viaja.

Nada le es tan funesto al arte como el entusiasmo del público.

Las nomenclaturas metafóricas (v. g. cuerpo social — cerebro electrónico— etc.) proveen de soluciones y de enigmas al imbécil.

Indicios de civilización sólo son la claridad, la lucidez, el orden, los buenos modales, de la prosa cotidiana.

La filosofía que se tecnifica no gana en certidumbre, sino en ininteligibilidad.

Del que se dice que “pertenece a su tiempo” sólo se está diciendo que coincide con el mayor número de tontos en ese momento.

El libro que no escandalice un poco al experto no tiene razón de existir.

El reaccionario no es un pensador excéntrico, sino un pensador insobornable.

A la sombra del pintor genial, decenas de pintores de talento pueden crecer; la sombra del gran poeta, en cambio, es letal.

Literatura es todo lo que está escrito con talento.

Al vulgo no se le puede enseñar nada sino deduciéndoselo de sus apetitos, de su codicia, de su miedo.

El buen gusto aprendido resulta de peor gusto que el mal gusto espontáneo.

La lectura de poetas menores seguramente figura entre los suplicios del infierno.

Ideario del hombre moderno: comprar el mayor número de objetos; hacer el mayor número de viajes; copular el mayor número de veces.

Cuidémonos de llamar “aceptar la vida” aceptar sin resistencia lo que degrada.

Proletario consciente en el vocabulario marxista significa pueblo convertido a los ideales burgueses.

Lo que distingue al hombre culto del inculto es su manera de ignorar.

La “explicación” no necesita ser cierta para tranquilizar al tonto.

A la gente no la indigna el error en sí, sino el error, o la verdad, que no estén de moda.

Más que lo que dice, al imbécil lo delata su dicción.

Ya no hay clase alta, ni pueblo; sólo hay plebe pobre y plebe rica.

Las palabras son las verdaderas aventuras del auténtico escritor.

En todo sistema filosófico hay un lugar secreto,donde la rigidez del raciocinio se quiebra, donde la continuidad del pensamiento se rompe.

Los lugares comunes de las letras clásicas fueron los preceptores de Occidente.

En las utopías de una época se originan las matanzas de la siguiente.

Nada inquieta más al incrédulo inteligente que el católico inteligente.

Para ridiculizar basta citar fuera de contexto.

Los credos del incrédulo me dejan atónito.

La aserción breve no debe ser ocurrencia repentina sino conclusión lacónica.

La pérdida de transparencia es el primer síntoma de decadencia de un idioma.

La perfecta transparencia de un texto es, sin más, una delicia suficiente.

Al repudiar los ritos, el hombre se reduce a animal que copula y come.

El contemporáneo que no admira a los escritores de su tiempo comete algunas injusticias, pero evita un sin número de cómicos errores.

Sólo es transparente el diálogo entre dos solitarios.

Mis convicciones son las mismas que las de la anciana que reza en el rincón de una iglesia.

Marxismo y psico-análisis han sido los dos cepos de la inteligencia moderna.

Más que la estupidez misma lo irritante es un vocabulario científico en su boca.

Nuestras repugnancias espontáneas suelen ser más lúcidas que nuestras convicciones razonadas.

Todo el que se sienta parte de una muchedumbre cualquiera sin incomodarse, debe avergonzarse.

Un singular silencio bienhechor

3 May

Después de la muerte de una persona, se produce, incluso en el mundo terrenal, un singular silencio bienhechor en lo que respecta al muerto: por fin ha cesado aquella fiebre terrenal, no se ve ya continuar aquella muerte, parece que se ha subsanado un error, es incluso para los vivos una oportunidad para tomar aliento, por todo lo cual se abren las ventanas de la habitación del muerto, hasta que se descubre que todo es apariencia y empiezan el dolor y los lamentos.

Kafka

Toda persona tiene que poder justificar su vida

3 May

Aquí nadie produce nada que vaya más allá de su posibilidad  vital espiritual; el hecho de que aparentemente trabaje por su alimentación, para vestirse, etc., es secundario, ya que con cada bocado visible  le dan otro invisible, y con cada traje visible un traje invisible, etc. Esa es la justificación de cada persona.  Aparentemente cimienta su existencia con justificaciones a posteriori, pero eso no es más que un juego de espejos psicológico, en realidad construye su vida sobre sus justificaciones. Aún así, toda persona tiene que poder justificar su vida (o su muerte, lo que es lo mismo), nadie puede librarse de esa tarea.

 

Kafka

El conocimiento por sí mismo es ya un consuelo

2 May

Uno podría pensar que está de sobra en el mundo y pese a ello, y sin falsear esa noción, hallar sostén en la conciencia de haberlo comprendido.  Eso sí que vendría a ser como   sacándose a un mismo del pantano tirándose del pelo. Lo que en el mundo físico resulta ridículo, es posible en el mundo espiritual. En esto no rige la ley de la gravedad (los ángeles no vuelan, en realidad no escapan a ninguna ley de la gravedad; lo que pasa es que nosotros, observadores del mundo terrenal, no podemos imaginárnoslo de otra manera), algo que, desde luego, no podemos concebir en un nivel superior. Qué pobre es mi conocimiento de mí mismo en comparación, por ejemplo,  con el conocimiento que tengo de mi habitación.

Kafka

Drama amoroso

2 May

Algunos suponen  que además del gran engaño original se organiza  en cada caso un pequeño engaño particular  especialmente destinado a ellos, esto es, que, por ejemplo,  cuando se representa un drama amoroso en el escenario, la actriz no sólo dirige una sonrisa hipócrita a su amado, sino que reserva, además,  una sonrisa con segundas intenciones  a ese espectador  concreto situado en el gallinero. Eso es ir demasiado lejos.

 

kafka

Amor al prójimo

2 May

Quien dentro del mundo ama a su prójimo, no actúa más justa ni más injustamente que quien dentro del mundo se ama a sí mismo. Sólo queda por resolver la cuestión de si lo primero es posible.

 

Kafka

Pensamientos de Pascal

7 Feb

Lo propio de la justicia es abatir el orgullo por santas que las obras sean.

Todo lo que sé es que pronto debo morir; pero lo que más ignoro es esta muerte, que no puedo evitar.

Jesucristo es un Dios a quien uno se acerca sin orgullo, y bajo el cual se humilla sin desesperación.

La suprema adquisición de la razón consiste en reconocer que hay una infinidad de cosas que la sobrepasan.

Gustosa cosa es permanecer en un navío combatido por la tempestad cuando se tiene la seguridad de que no puede perecer.

No veo sino infinitos en todo, que me encierran como un átomo, y como una sombra, que no dura sino un instante y ya no vuelve.

Hay dos clases de personas que pueden llamarse razonables: las que sirven a Dios de todo corazón y las que le buscan de todo corazón porque aún no lo conocen.

Jesucristo ha dicho las cosas grandes tan sencillamente, que parece que no las ha pensado; y con tanta certeza, sin embargo, que bien se vio cómo pensaba.

Si todo se somete a la razón, nuestra religión no tendría nada de misterioso ni de sobrenatural. Si se choca con los principios de la razón, nuestra religión es absurda y ridícula.

Es preciso, para que una religión sea verdadera, que haya conocido nuestra naturaleza. Debe haber conocido la grandeza y la pequeñez, y la razón de la una y de la otra. ¿Cuál la ha conocido sino la cristiana?

No es bueno que el hombre no vea nada; no es bueno tampoco que vea lo bastante para creer que posee; sino que vea tan sólo lo suficiente para conocer que ha perdido. Es bueno ver y no ver; esto es precisamente el estado de naturaleza.

Después de su muerte vino San Pablo a declarar a los hombres que todas estas cosas había acontecido en figuras; que el reino de Dios no consistía en la carne, sino en el espíritu; que los enemigos de los hombres no eran los babilonios, sino sus pasiones propias.

Si hay Dios es infinitamente incomprensible, puesto que, no teniendo ni parte ni límites, no tiene ninguna relación con nosotros; somos, pues, incapaces de conocer cómo es, ni es siendo así ¿Quién osará proponerse resolver esta cuestión? No nosotros, que carecemos de relación con él.

Dios existe o no existe. ¿A qué respuesta nos inclinaremos? La razón nada puede decidir en esto. Hay un caos infinito que nos separa. Un juego se está jugando a tal infinita distancia; saldrá cara o cruz. ¿Por cuál apostaréis? La razón nada os dice; por la razón ninguna de las dos soluciones puede ser defendida.

Nada acusa más claramente una extrema debilidad de espíritu que el desconocer cuál es la desgracia de un hombre sin dios; nada señala hasta tal punto la mala disposición de un corazón, que el no desear la verdad de las promesas eternas; nada es más cobarde que fingirse valiente en contra de Dios.

El Dios de los cristianos es un Dios de amor y de consolación; es un Dios que llena el alma y el corazón que posee; es un Dios que hace sentir interiormente la propia miseria y al misericordia infinita, que se une al fondo de las almas; que llena de humildad, de gozo, de confianza, de amor; que los hace incapaces de otro fin que no sea El mismo.

Sólo la religión cristiana es proporcionada a todos, porque en ella se mezcla lo exterior y lo interior. Ella eleva al pueblo a lo interior, y hace descender a los soberbios a lo exterior, y no es perfecta sin lo uno y lo otro. Porque precisa que el pueblo entienda el espíritu de la letra, y los sutiles sepan someter su espíritu a la letra (practicando lo que hay en ella de exterior).

¿No está más claro que el día que sentimos en nosotros mismos los caracteres imborrables de la excelencia?¿Y no es verdad también que experimentamos constantemente los efectos de nuestra deplorable condición? ¿Qué nos clama pues, este caos y esta confusión monstruosa sino la verdad de estos dos estados, con una voz que es imposible resistir?

Es tan dañino para el hombre conocer a Dios sin conocer su propia miseria, que conocer su miseria sin conocer al Redentor que puede curarle de ella. Tener uno solo de estos conocimientos sin el otro, he aquí la causa del orgullo de los filósofos, que han conocido a Dios, y no a su propia miseria, o la desesperación de los ateos, que conocen su miseria sin conocer al Redentor.
Las condiciones más cómodas para vivir según el mundo, son las más difíciles para vivir según Dios; y, al contrario, nada es tan difícil, según el mundo, como la vida religiosa; nada es más fácil, según Dios; nada es tan cómodo como un gran empleo y grandes bienes, según el mundo; nada más difícil que vivir en él según Dios., y sin tomar en él parte y gusto.

Los filósofos no saben prescribir sentimientos proporcionados a los dos estados. Inspiran movimientos de grandeza pura, y éste no es el estado del hombre. Inspiran movimientos de bajeza pura, y éste no es el estado del hombre. Necesarios son los movimientos de bajeza, no de naturaleza, sino de penitencia. No para permanecer en ellos, sino para ir a la grandeza, no de mérito, sino de gracia, y después de haber pasado por la bajeza.

No es necesario ser un espíritu muy cultivado para comprender que no hay aquí abajo satisfacción verdadera y sólida; que todos nuestros placeres no son otra cosa que vanidad; que nuestros males son infinitos; y que, en fin, la muerte que nos amenaza en todos los instantes debe infaliblemente colocarnos dentro de pocos años en la infalible realidad de ser eternamente aniquilados o desgraciados.

Yo no sé quién me ha traído al mundo, ni lo que es el mundo, ni lo que soy yo mismo. Permanezco en una ignorancia terrible de todas las cosas. No sé lo que es mi cuerpo, ni mis sentidos, ni mi alma, ni esta parte de mí mismo que piensa lo que estoy diciendo y que reflexiona sobre todo, y sobre sí misma, y que, por otra parte, no se conoce tampoco. Veo estos espantosos espacios del Universo que encierran, y me encuentro ligado a un rincón de esta vasta extensión , sin que sepa por qué estoy colocado en este lugar y no en otro, ni por qué este poco tiempo que me es dado vivir me ha sido asignado a este punto, y no a otro, de toda la eternidad que me precede y de toda la que me sigue.

Nada es tan importante al hombre como su estado; nada le es tan temible como la eternidad; a sí, el hecho de que se encuentren hombres tan indiferentes a la pérdida de su estado y al peligro de una eternidad de miserias, no es cosa natural. Bien diferentes son respecto a las demás cosas; temen las más ligeras, las prevén, las sienten; y ese mismo hombre que pasa los días y las noches en la desesperación por la pérdida de su empleo, o por alguna ofensa imaginaria a su honor, es el mismo que sin inquietud y sin emoción sabe que va a perderlo todo a su muerte. Es una cosa monstruosa ver a un mismo corazón, y a un mismo tiempo, esta susceptibilidad ante las menores cosas y esta extraña impasibilidad ante las mas grandes.

Los hombre no aman naturalmente sino aquello que puede serles útil. ¿Qué ventaja hay para nosotros en oír decir a un hombre que él ha sacudido el yugo, que no cree que haya un Dios que vele por nuestras acciones, y que se considera como el único señor de su conducta y que no piensa rendir cuentas sino a sí mismo? ¿Juzga él, por ventura, que esto nos llevará a nosotros a tener, en adelante, confianza en él y a esperar sus consuelos, sus socorros o sus consejos, en las necesidades de la vida? ¿Pretenden los que dicen tal, darnos mucho gusto cuando nos cuentan que nuestra alma no es más que un poco de viento y humo, y así nos lo cuentan con un tono de voz satisfecho y alegre? ¿No es al contrario, una cosa que debiera decirse tristemente, como la cosa más triste que existe en el mundo?

No viendo la verdad entera, no han podido llegar a la perfecta virtud. Considerando los unos la naturaleza como incorrupta, los otros como irreparable, no han podido huir del orgullo o de la pereza, que son la fuente de todos los vicios, puesto que no pueden hacer otra cosa sino abandonarse en la cobardía o crecerse en el orgullo. Porque, si conocen la excelencia del hombre, ignoran su corrupción; de suerte que si evitan la pereza se pierden en la soberbia. Y si reconocen la flaqueza de la naturaleza, ignoran su dignidad; de suerte que pueden evitar la vanidad, pero se precipitan en la desesperación.

Las mejores frases de Raymond Chandler

7 Feb

Ganar delicadeza sin perder fuerza, ése es el problema.

Cuando más dura la ironía, menos enérgico tendrá que ser el modo en que se lo diga.

La historia y la crítica literarias están tan llenas de jactancia y deshonestidad como la historia en general.

Una gran proporción de la literatura que ha sobrevivido ha tenido que ver con distintas formas de muerte violenta.

La frase con alambre de púas, la palabra laboriosamente rara, la afectación intelectual del estilo, son todos trucos divertidos, pero inútiles.

Por superficiales y accidentadas que sean la mayoría de las amistades, la vida es un asunto bastante sombrío sin ellas.

Soy estrictamente del tipo de los que se quedan al fondo, y mi carácter es una mezcla no llevadera de indiferencia exterior y arrogancia interior.

Una vez le escribí, en un estado de ánimo sarcástico, que las técnicas de ficción se habían estandarizado tanto que uno de estos días una máquina escribiría novelas.

Uno puede preferir un barrio de vida libre y fácil donde rompan las botellas vacías en la acera los sábados por la noche. Pero en la práctica no es muy cómodo.

La parte más difícil de su técnica era la capacidad de crear situaciones que estaban en el límite de lo inverosímil, pero que en la lectura parecían lo bastante reales.

Pienso que algunos escritores se sienten obligados a escribir en frases rebuscadas como compensación por una carencia de alguna clase de emoción animal natural.

Nuestro autor radial vino una vez a verme aquí y se sentó frente a esta ventana y lloró de lo hermosa que encontraba la vista. Pero nosotros vivimos aquí, y al diablo con la vista.

Me gusta la gente con modales, algo de intuición social, una educación ligeramente por encima del Readers Digest, gente cuyo orgullo de vivir no se exprese en sus aparatos de cocina o sus automóviles.

Tengo una historia en mente que espero escribir antes de morirme. No tendrá casi nada de dureza en la superficie. pero la actitud de mandarlo todo al infierno, que en mí no es una pose, probablemente aparecerá de todos modos.

¿Qué hago en mi vida cotidiana? Escribo cuando puedo y no escribo cuando no puedo; siempre por la mañana o en la primera parte del día. De noche, uno tiene ideas muy brillantes, pero no se sostienen. Esto lo descubrí hace mucho.

Odio la publicidad, sinceramente. He pasado por la piedra de molino de las entrevistas y las considero una pérdida de tiempo. El tipo que encuentro en esas entrevistas haciéndose pasar por mí suele ser un engreído al que no me gustaría conocer.

Creo que escribiré una novela policiaca a la inglesa, sobre el portero Jones y dos hermanas ancianas en esa cabaña de techo a dos aguas, algo que tenga latín y música y muebles de época y un caballero auténtico; uno de esos libros en los que todos salen a dar largas caminatas.

La mortal repetición de palabras favoritas hasta que a uno le hacen gritar de impaciencia. Y las palabras favoritas son siempre pequeñas palabritas a medias arcaicas como jejuney umbrage y vouchsafe, ninguna de las cuales la persona de educación media podría siquiera definir correctamente.

Los norteamericanos, al tener la civilización más compleja que haya visto el mundo, siguen queriendo verse como un pueblo simple. En otras palabras, les gusta pensar que el artista de cómics es mejor dibujante que Leonardo, sólo porque es un artista de cómics, y el cómic está dirigido a la gente simple.

Es horrible admirar el libro de un hombre y después conocerlo, y destruir todo el placer que causó su obra con unas pocas posturas egocéntricas, de modo que no sólo a uno le disgusta su personalidad, sino que nunca puede volver a leer nada de él con una mente abierta. Su pequeño ego malo siempre está espiándolo a uno detrás de las palabras.

La mayoría de los escritores son gente tan fea que sus caras destruyen un sentimiento que quizá podría haberles sido favorables. Quizá soy demasiado sensible, pero varias veces me he sentido tan repugnado por esas caras que no he podido leer los libros sin que la cara se interpusiera. Especialmente esas caras de mujeres maduras gordas con ojos de cuervo.

Otros escritores están haciendo cosas todo el tiempo (charlas en ferias del libro, giras de firmas de autógrafos, conferencias, difusión de sus personalidades en tontas entrevistas) que, no puedo evitar pensarlo, los hacen parecer un poco baratos. Para ellos es parte del oficio, para mí, es lo que lo vuelve un oficio.

Cada cosa que uno alcanza elimina un motivo para querer alcanzar algo más. ¿Quiero ser un gran escritor? ¿Quiero ganar el premio Nobel? No si es demasiado trabajo. Qué diablos, les dan el premio Nobel a demasiados mediocres para que me interese. Además, tendría que ir a Suecia y ponerme un frac y pronunciar un discurso. ¿El premio Nobel vale todo eso? Diablos, no.

¿Por qué diablos esos idiotas editores no dejan de poner fotos de escritores en sus sobrecubiertas? Compré un libro perfectamente bueno… estaba dispuesto a que me gustara, había leído sobre él y entonces le echo una mirada a la foto del tipo y es obviamente un completo imbécil, una basura realmente abrumadora (fotogénicamente hablando) y no puedo leer el maldito libro.

Un personaje en primera persona tiene la desventaja de que debe ser mejor persona para el lector que lo es para sí mismo. Demasiados personajes en primera persona dan una impresión ofensivamente engreída. Eso está mal. Para evitarlo, no siempre deben darle a él la réplica de impacto o la réplica final. Ni siquiera con frecuencia. Que otros personajes se lleven los aplausos. Que él se quede sin chistes, en la medida de lo posible.

Mi experiencia en ayudar a la gente a escribir ha sido limitada pero en extremo intensiva. Lo he hecho todo, desde dar dinero a futuros escritores para que vivan, hasta darles argumentos y reescribir sus textos, y hasta el momento no ha servido para nada. La gente que Dios o la naturaleza quiso que fueran escritores encuentran sus propias respuestas, y los que tienen que preguntar es imposible ayudarlos. Son simplemente gente que quiere ser escritora.

Declarando audazmente que harían a un lado todo optimismo ficticio, eligen automáticamente el aspecto oscuro de las cosas para no correr riesgos; como resultado, lo desagradable se asocia en sus mentes con la verdad, y si quieren producir un retrato sin defectos de un hombre, todo lo que tienen que hacer es pintar sus debilidades y después, aunque no sea más que para propiciar el instinto de bondad remanente por descuido en sus corazones, explicar que sus defectos son la consecuencia inevitable de un plan de vida equivocado.

La verdad en el arte, como en otras cosas, no debería buscarse mediante ese proceso de agotamiento alentado tan fatalmente en nuestro tiempo por los pedantes de la ciencia, y por la falacia de que se lo descubrirá considerando todas las posibilidades: un método que reniega de la intuición y de todos los mejores instintos del alma para recibir a cambio un puñado de teorías que, comparadas con las formas infinitas de la verdad inmortal conocida por los dioses, son como un puñado de guijarros respecto de mil kilómetros de playa cubierta de guijarros.

No puede planearse una buena historia; tiene que destilarse. A largo plazo, por poco que uno hable sobre el tema, lo más durable en lo que se escribe es el estilo, y el estilo es la más valiosa inversión que puede hacer un escritor con su tiempo. Las ventas se demoran, el agente se burla, el editor no entiende, y se necesitará gente de la que uno nunca ha oído para convencerlos poco a poco de que el escritor que pone su marca individual en lo que escribe siempre dará ganancia. No basta sólo con intentarlo, porque la clase de estilo en la que estoy pensando es una proyección de la personalidad y es preciso tener una personalidad antes de poder proyectarla. Pero si uno la tiene, sólo puede proyectarla en el papel pensando en otra cosa. Esto es irónico en cierto modo. Es el motivo, supongo, por el que en una generación de escritores “hechos”. Sigo diciendo que no se puede hacer un escritor. La preocupación por el estilo no lo producirá. Ninguna cantidad de corrección y pulido tendrá ningún efecto apreciable sobre el sabor de lo que un hombre escriba. Es un producto de la cualidad de su emoción y percepción; es la capacidad de transferirlos al papel lo que hace de él un escritor, en contraste con la gran cantidad de gente que tiene emociones igualmente buenas y percepciones igualmente agudas, pero no lleva mi un millón de kilómetros de ponerlas sobre el papel. Conozco a varios escritores hechos. Hollywood, por supuesto, está lleno de ellos; sus libros a menudo tienen un impacto inmediato de habilidad y sofisticación, pero por debajo están huecos, y uno nunca vuelve a ellos.

El simple arte de escribir. Cartas y ensayos escogidos. Raymond Chandler. Barcelona: Emecé: 2004. 326 páginas.

Luis H. Aristizábal: “maestro” del aforismo en Twitter

7 Feb

Algunas personas impresionables se deslumbran cuando conocen Twitter, si completan mil seguidores sienten que tienen un pedacito de cielo y se toman por celebridades, empiezan a dar conferencias a nivel nacional e internacional tituladas:

Cómo ser buen tuitero y no perder seguidores en el intento.

Cómo influir en los demás con un trino bien pensado y estructurado.

Cómo lograr ser nombrado en el noticiero del mediodía o en La red.

Cómo ser condecorado en la revista Soho con un premio muy codiciado entre intelectuales colombianos: Tuitero del mes (si no logra ser condecorado en la revista Soho puede intentar en Arcadia o El Malpensante -A esos intelectuales también les gusta encontrar buenos aforistas online-).

Cómo escribir aforismos.

Cómo convertirse en poeta tuitero.

Cómo convertirse en novelista tuitero.

Cómo convertirse en pensador tuitero.

Cómo convertirse en humorista tuitero.

Cómo redactar noticias en Twitter.

.
.
.

Si sólo contamos con 140 caracteres los mensajes deben ser breves. Las Mentes Brillantes descubrieron que Twitter es la herramienta perfecta para crear y copiar aforismos.

El gran aforista de Twitter es Luis H. Aristizábal, Luis es un tuitero relativamente nuevo y todavía babea ante el caudal inmanejable de inteligencia que destilan los usuarios (más si son mujeres, estudiantes, bellas, dóciles… jóvenes que ríen y lo hacen reír a él con sus travesuras de 140 caracteres).

Luis se siente en Twitter ante un templo de Sabiduría, pasa la mayor parte de su vida buscando aforismos y publicando otros (casi todos encontrados en proverbia.net). Cuando no está copiando aforismos está chateando con sus conquistas; cuando no está chateando con sus conquistas está recomendado libros o artículos hediondos de Héctor Abad Faciolince, Ricardo Silva Romero, Jorge Franco, Alberto Salcedo Ramos, Daniel Samper Ospina y demás amigos de El Malpensante, Arcadia, Soho, Semana, Cromos, TVyNovelas… Y cuando no está en Twitter debe estar reclinado en algún sofá pensando en alguna frase divertida o inteligente para tuitear más tarde o simplemente debe sertirse orgulloso de ser un gran intelectual y pensador tuitero.

El gran problema de los cazadores de aforismos y de mentes brillantes parece tener que ver con su particular idea de aforismo tuitero. No se dan cuenta de que es una contradicción: el aforismo es eterno, los tuits son pasajeros. Los tuits -por más poéticos o filosóficos que parezcan y por más que hayan sido escritos en un soporte que se conserva y que se puede recuperar y rememorar- pierden sentido fuera de contexto, tienen sentido sólo si son memorizados y repetidos por los usuarios y en esa medida no forman parte de la cultura escrita sino de la cultura oral y popular, la del humor y la vida práctica. La escritura en Twitter tiene poco que ver con la escritura de libros y la lectura de tuits tiene poco que ver con la lectura de libros de más de trescientas páginas.

Luis H. Aristizábal forma parte de la inmensa mayoría de ancianos rancios que leen y escriben en redes sociales como si escribieran y leyeran en papel. Esta gente pontifica en periódicos y revistas y se sienten con autoridad para pontificar en espacios virtuales también, repiten esquemas y son felices organizando listas y buscando genios, calificando y descalificando por el poder que les confiere ser escritor de reseñas en revistas tan rancias como ellos.

Colombia es país de alianzas estratégicas y la cultura no se salva de esta miseria. Casi todos están en Twitter, tienen miedo de no figurar en la página de moda en televisión, radio y prensa. No vale la pena nombrarlos, todos sabemos quiénes son.

Imagen