Picando el ojo

28 Ene

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Sócrates en el centro comercial

28 Ene

Confieso que me he traicionado a mí misma

Antes de cumplir diez años me hice varias promesas que no cumplí:

Ser estoica como Sócrates:

¿Ves todo lo que hay expuesto en la feria para la venta?

Sí, maestro, muy bonito todo. Muy buenas las promociones de enero.

¡No necesito ninguno de esos objetos, todos son innecesarios!

Vivir toda la vida en la misma casa como Flaubert:

Una persona debe vivir toda su vida en la misma casa, ser parte de ella. Cuando la persona muere deben enterrarla y quemar la casa porque la casa es un objeto vivo, es parte del difunto, no es un simple espacio para vivir.

Ser autodidacta como los verdaderos Maestros:

Para despreciar el sistema educativo no necesité a Sócrates ni a Flaubert porque lo descubrí con mis propios ojos y oídos. Cuando todavía no era bachiller tomé la decisión de no someterme más a esa prisión, a ese espacio creado para uniformar a las personas, para hacerlos dóciles, buenos ciudadanos, para que acojan con cariño y sumisión los aparatos ideológicos del Estado que tan bien explicó Althusser antes de matar a su esposa. La educación sirve para que la gente educada repita la misma historia hasta el infinito: nacer, crecer, estudiar, buscar novio, casarse, tener un hijo, comprar casa, tener otro hijo, comprar otra casa y carro, comprar, tener varias tarjetas de crédito, viajar, comprar en Zara y en Mango, debatir en las redes sociales, defender diferentes Causas, esperar que sus hijos repitan la misma historia, ver crecer a las nietos, morir convencido de que lo hizo todo muy bien y fue un ciudadano ejemplar.

También me prometí no ser esposa abnegada ni madre amorosa y de eso sí me siento bastante orgullosa porque cumplí, claro. Pero en estos últimos días me he torturado pensando que me traicioné a mí misma porque yo quería ser estoica, vivir siempre en la misma casa y no haber terminado el bachillerato (me hubiera gustado tener segundo de Primaria) y me doy látigo todos los días porque me siento como una idiota entre millones de idiotas en el centro comercial. Soy como todos.

Por no haber cumplido esas tres grandes promesas me siento inauténtica, frustrada, fracasada, una idiota entre millones de idiotas, una ciudadana ejemplar, una persona que ha “triunfado en la vida” y se puede constituir en modelo digno de ser imitado y yo no soñaba con eso para mi vida. Pienso en lo que hubiera podido llegar a ser sin tener una casa PROPIA, formación educativa en las mejores instituciones del país, un trabajo digno porque me deja mucho tiempo libre y -en vista de que pagan por trabajar- estar obligada a comprar, a hacer uso de la ganancia en el centro comercial.

Si me hubiera rebelado de verdad sería otra, el camino hacia la escritura hubiera sido mucho más complicado, no tendría los lectores que tengo ni me prestarían la atención que me prestan porque los benditos títulos pesan más que lo que yo pueda decir si sólo tuviera segundo de Primaria, no tendrían valor mis palabras aunque hubiera leído todos los libros que he leído en la biblioteca. En la universidad estuve apenas seis años y esos seis años pesan más que los treinta años como lectora de biblioteca, no es justo ese trato con los autodidactas.

Los signos de puntuación

27 Ene

Primero se lee y después se escribe.

Cuando usted descubre que le gusta leer más que cualquier otra cosa en la vida se pregunta con lágrimas de emoción ante la verdad revelada por qué le gusta tanto leer y no ver televisión o hablar con el hijo de la vecina, por ejemplo. Cuando SABE que le gusta leer más que realizar cualquier otra actividad en la vida deja de pensar en el contenido de los textos y pasa a fijarse con atención en la forma como están escritos esos textos que lo conmueven hasta las lágrimas y lo llevan a descubrir que tiene cerebro y corazón, raciocinio y sentimiento; descubre usted que no es un simple animal y es ahí donde con lágrimas de alegría se fija en los signos de puntuación, se pregunta si son cosas de Dios o el secreto mejor guardado de los escritores profesionales.

Sobre los signos de puntuación puede usted encontrar manuales, letra muerta redactada por gente de mente cerrada que está segura de que hay una sola forma de escribir, gente que casi siempre asume con prepotencia que la coma, por ejemplo, es para respirar y que hay una diferencia radical entre el guión y la raya o entre un asterisco y una nota de pie de página.

La forma más efectiva de entender los signos de puntuación consiste en fascinarse con un texto muy bien escrito, un clásico, por ejemplo. También le puede servir un premio nobel de literatura. Debe leerlo varias veces, tratar de entender por qué es tan particular, único, diferente a todos los demás, así como cuando estamos enamorados y lloramos de emoción porque nos sentimos bendecidos y afortunados al suponer -antes de que caiga el velo- que nos hallamos ante la perfección hecha carne. El amor se acaba pero el texto permanece siempre fijo, dispuesto a ser descubierto si se mira con atención, listo para convertirse en su maestro.

¿Por qué ante un texto que nos gusta mucho es imposible parar de leer y cuando terminamos queremos volver a comenzar? ¿Por qué siente usted que es como música? ¿Por qué lo recuerda después de varios días si ha leído otros textos y sólo ese llega a su memoria en el momento menos esperado? ¿Será el contenido, la sinceridad  o los signos de puntuación?

Son los signos de puntuación.

Los signos de puntuación son de uso exclusivo de la escritura, no de la oralidad. En pocas palabras, los signos de puntuación son signos de sentido como el tema, el tipo de texto, el tratamiento, la selección de las palabras, la intención, el tono y todo lo demás.

Entre más leo, escribo, pienso y siento más me convenzo de que la fuerza de la escritura está en los signos de puntuación.

Bullying a la madre

26 Ene

Los grandes autores de autoficción (casi todos hombres, claro) hacen ajustes de cuentas a través de la literatura y los peores insultos casi siempre recaen sobre la pobre mujer que les dio la vida: la madre:

Me quiero follar a mi madre, vieja hijueputa, no me abrazaron lo suficiente, soy muy marica y muy loco y la responsable es ella, lo mío es pura falta de amor y por eso escupo a todas las mujeres…

Esta mañana pensé en ese asunto y me pregunté por qué aunque pretendo hacer autoficción -porque está de moda- mi pelea no es con mi madre, mi padre, mi hermana, mi marido, mis vecinos ni ningún otro ser humano con el que haya tenido contacto cara a cara; mi lucha es con vendedores de libros que posan de artistas, tuiteras emprendedoras, periodistas que hacen porno, modelos Soho dizque feministas, todo tipo de embaucadores digitales pero jamás con una persona con la que no haya conversado, con seres humanos no construidos a partir de la escritura. El hecho de que le haya sonreído y lo haya arrullado con el tono de mi voz lo salva como por arte de magia de mi vara implacable y la pregunta es simple. ¿Por qué?

No tengo nada que reclamarle a mi familia y no me imagino haciendo esos reclamos en público, a través de un largo insulto al que pretendo llamar literatura. No se me antoja escribir la versión criolla de  Carta al padre y tampoco me parece elegante escribir la versión femenina de El olvido que seremos.

No creo en traumas de infancia ni en la literatura como terapia familiar. Le creo más a Paul Watzlawick que a Freud.

Locuras de juventud

24 Ene

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Cinco fotografías recientes

24 Ene

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Instagram y el fetichismo de la imagen

24 Ene

Tengo cuenta en Instagram desde diciembre de 2015, la creé por sugerencia de una persona que me dijo algo como “Si impactas tanto con la escritura no me imagino lo que puedes llegar a hacer con las fotografías”. Creé la cuenta y empecé a tomar fotos, muchas fotos. No seguí a nadie porque allá no encontraré gente como Man Ray o Leni Riefenstahl y si los llegara a encontrar -si en esa red social hubiera imágenes dignas de mis ojos- esas pobres imágenes estarían navegando entre millones y millones de fotos basura. Sospecho que Instagram puede ser tanto o más hediondo que Facebook y no quise hacer la prueba. Durante los dos últimos meses seguí a dos amigos pero lo que me interesaba de Instagram era el chat, nada más.

¿Qué me sorprende de mi cuenta en Instagram?

Las visitas diarias. Superan las de Twitter y las de este blog.

Muchas personas pasan diariamente por ahí y contemplan mis imágenes perturbadoras. Sé que son perturbadoras porque llegan a inquietarme a mí también.

¿Por qué me perturban?

Porque son fotos de estados de ánimo y fotos de momentos importantes para mí. Todos los días reviso esas fotos y las voy borrando; dejo sólo las que me transmiten un mensaje concreto y el mensaje es para mí, no para el espectador anónimo.

He recibido comentarios del tipo: “No me gusta su actitud en Twitter ni lo que escribe en el blog pero me gusta mucho su cuenta en Instagram”. Yo también me gusto mucho ahí porque revelo mi parte más humana y además me sirve para navegar en el tiempo y el espacio, la memoria y el olvido; para hacer grandes reflexiones sobre la permanencia, el cambio, los ciclos y el eterno retorno.