Mujeres que decidieron vivir solas

23 Jun

Margarita Rosa de Francisco está estudiando filosofía a distancia en la UNAD y ahora escribe sobre temas de toda índole como si se tratara de una académica reputada. Escribe columnas de menos de siete párrafos en El Tiempo en pose de autoridad y casi siempre se escuda en una amiga menos competente que ella para desarrollar mejor sus planteamientos.

La última columna se titula “La mujer sola” y empieza diciendo: “Vanessa Rosales, escritora especializada en crítica cultural, historia y teoría de moda con perspectiva feminista, tiene un pódcast exquisito que se llama ‘Mujer vestida’. En un episodio titulado ‘Mujeres solitarias’ hace una reflexión muy inspiradora sobre la soledad de las mujeres. Comparto con ella la apreciación de que esa particular situación ha resultado siempre muy inquietante socialmente”.

Para comenzar pensemos en lo triste que resulta pensar en mujeres que viven solas o decidieron vivir solas como La mujer sola o Mujeres solitarias. Los dos títulos se oyen despectivos y conmiserativos. Ellas le quieren hacer creer a la audiencia que no es tan desagradable vivir sola y la mujer no precisa del hombre para sentirse bien pero lo más seguro es que han padecido con el demonio de la soledad y no encontraron al hombre de sus sueños o la historia de amor que vivieron con sus respectivos príncipes azules simplemente no funcionó y ahora quieren posar de independientes.

Margarita continúa con una frase digna de una influencer que posa de psicóloga sin haber estudiado psicología: “Nuestra cultura no se ocupa de cultivar la soledad en general. Por el contrario, esta es considerada una amenaza y un estado que debe ser breve y, en lo posible, evitarse a toda costa” y continúa: “La soledad femenina tiene connotaciones específicas que todavía la relacionan con el fracaso amoroso, el abandono, el rechazo masculino, y también con la neurosis o la locura”.

Quiero decirle a Margarita que está hablando de lo que no sabe y no ha vivido. Cuando en Bogotá una mujer decide vivir sola -y hablo de mi experiencia- la presionan para que se case y tenga hijos hasta las treinta años, después de esa edad se empieza a respirar una libertad absoluta y la gente siente curiosidad y admiración por las mujeres que viven solas y no he percibido ningún tipo de violencia ni discriminación por ser soltera y no tener hijos. Los vecinos me miraban con recelo al comienzo pero después de varios años asumieron con resignación que si uno no tiene marido ni hijos tampoco quiere ser amigo de los vecinos. Ellos respetan esa decisión y saben que nunca los voy a mirar porque no estoy obligada a mirarlos y mucho menos a saludar a una persona todos los días solo porque vive al lado.

Dice Margarita de nuevo equivocada: “Puede ser que la soledad prolongada de un hombre o una mujer siempre sea sospechosa. Pero una mujer sola inspira lástima. No tiene quien valide su rol. Parece como si su soledad no pudiera provenir de una voluntad autónoma, sino de la decisión de otro, que la ha dejado y desdeñado”. Le cuento a Margarita que después de vivir sola durante más de treinta años a los hombres no les importa si soy soltera o casada, si vivo sola o tengo gato porque con ellos sólo hablamos de asuntos que de verdad importan como la literatura, la política, el fin de la historia o la existencia de Dios. A medida que pasa el tiempo hay más personas que quisieran saber de mí y no precisamente para consolar mis horas de soledad sino porque les interesa saber qué pienso sobre los temas que nos interesan.

Otra mentira: “Es muy curioso que la soledad de la mujer suponga un mal, una abyección, y no un momento anhelado por ella. Además, a las mujeres se nos enseña a temerle a una soledad que solo alude a la dolorosa ausencia de hombre”. Le cuento que yo me hice a mí misma y en mi casa nunca me dijeron -como seguramente le dijeron en la casa a Margarita- que si no consigo marido voy a ser digna de lástima porque una mujer sin un hombre al lado no vale nada y todos la van a ver como una loca frustrada fea e indeseable. Tomé la decisión de no casarme ni tener hijos cuando tenía nueve años y entre más vivo más me convenzo de que fue la decisión mejor tomada de mi vida porque a partir de esa soledad construida he armado todo el edificio de mi vida. Me imagino que para Margarita es deprimente imaginar que una mujer ha estado sola durante tres meses de cuarentena y puede pasar otros meses o tal vez seis sin renegar en ningún momento de su bendita, elegida y asumida soledad.

Margarita sigue diciendo una lista de barbaridades y ella asume que todas las mujeres en Colombia compartimos su pequeño mundo mental y sólo hemos leído literatura colombiana. No sigo analizando la red de estupideces porque se me acabó la paciencia. Sólo enuncio sus mentiras y suposiciones gracias a la forma en que fue educada, como fueron y seguirán siendo educadas la mayoría de las mujeres colombianas, con discursos de madres abnegadas que les piden ser pacientes con los hombres y con telenovelas en las que todavía prometen el matrimonio como el momento más deseado de la vida:

“Todavía elegimos soportar las agresiones de una pareja con tal de no formar parte del triste grupo de mujeres solas. Creemos que es preferible ser atacadas por quienes ‘nos aman’ que asumir el tiempo muerto que precede al júbilo de la liberación”.
“La soledad de la mujer en esta sociedad no es un espacio vital, sino algo semejante a una enfermedad deprimente que, históricamente, se ha pretendido ‘curar’ prescribiéndole camisas de fuerza, como el matrimonio, para protegerla de su escasez fundamental”.
Para terminar sale con este chiste gestado en los debates con “feministas” hechas a pulso en las redes sociales sin haber leído ningún libro sobre feminismo:

Mujeres: si queremos desmontar el patriarcado, empecemos por resignificar nuestra soledad. Estar solas no puede seguir produciéndonos vergüenza.

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