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Chao 2019

15 Sep

Como vivo de forma veloz y ya está terminando septiembre podemos dar por hecho que se acabó 2019 y va siendo hora de hacer balance, positivo como siempre.

2019 fue el año de las renuncias definitivas y de empezar a pensar que en 2020 cumpliré cincuenta años y mi mayor deseo es no caer en la cursilería y el ridículo de las mujeres que no quieren envejecer. El caso más lamentable es, por supuesto, Margarita Rosa de Francisco, seguida de una fila larga de viejas lastimeras que producen una mezcla de risa y pesar porque quieren parecer de veinte o de treinta y tienen cincuenta, sesenta o setenta.

Después de los cincuenta es ridículo volverse feminista, lesbiana, animalista, lectora, pensadora, la mejor vecina del barrio o creyente y rezandera con porte de mansa paloma.

Todo eso no es más que Miedo y nada más.

La filosofía griega educa para la vejez y ese es el gran reto, por supuesto. Empecé la vida leyendo los lamentos de los viejos que no supieron vivir la vida y se supone que mi Buena Vida ha sido una larga preparación para no cometer los mismos errores y las mismas tonterías de los griegos viejos y de todos sus discípulos. No deseo el final ridículo de Nietzsche y tampoco sueño con terminar arrepentida de mi vida como el pobre Sabato. No sueño con la locura y tampoco quiero terminar rezando el Rosario, creyendo en el Amor Universal y lamentando no haber abrazado más fuerte y de manera más intensa a mis “viejos”.

Me acaban de decir una frase muy graciosa: ¡La yegua envejece por los cascos!

Esto a propósito de que mañana pienso ir a Monserrate no precisamente en funicular.

En 2018 leí un libro hermoso sobre adicciones con sustancia (marihuana, basuco, LSD…) y adicciones sin sustancia (compras, televisión, redes sociales…) y en el primer semestre de 2019 leí todos los libros de Byung-Chul Han y entonces vino el Despertar Definitivo y renuncié de una vez y para siempre al consumo estúpido de centro comercial, al café, a Twitter y a Instragram.

Dejar el café fue más refrescante que dejar Twitter y dejar de comprar basura de forma instintiva me han convertido en la ahorradora estrella y ese ha sido el gran dilema del año: Fundar una ONG, tirar plata desde una avioneta o renunciar al trabajo remunerado y convertirme en una señora que se queda todo el día sentada en la banca de un parque viendo pasar gente adormecida durante cada uno de los días que les queda de vida.

Desaparecí de las redes sociales y probablemente desaparezca en cinco o diez años de este blog porque uno de mis grandes sueños es el sueño que no logró Fernando Vallejo porque fue tragado por la fama y el negocio de los libros: ser una muerta viviente que está más viva que todos y sonríe al ver cómo el 98% de sus conciudadanos corren todos los días detrás de algo que no van a alcanzar porque no existe o se lo ofrecieron en un anuncio o en un centro comercial.