Turismofobia

11 Ago

Desde que tengo uso de razón leo libros y desde que empecé a relacionarme con gente que lee libros todos repiten como loras que TENGO que viajar porque un lector que no viaja es como una prepago sin tetas y culo de silicona.

Mis primeras lecturas fueron libros de filosofía -especialmente memorias, diarios y cartas- y mis favoritos eran siempre los escritores sinceros que sabían quedarse solos leyendo en su casa mientras nos explicaban a otros lectores que sabíamos quedarnos solos leyendo en nuestra casa por qué viajar nos enferma, nos roba el tiempo, nos deja ver lo más bajo de la condición humana, nos convence de que todos somos el mismo simio y nos convierte en seres banales como la mayoría de los amantes del buen comer, el buen vestir, los buenos vinos y los buenos viajes; la mayoría de los buenos viajeros creen que entre más lejos mejor, más elegante.

Sócrates no quería viajar, Séneca no quería viajar, Kant no quería viajar, Bukowski no quería viajar. A lo largo de la Historia la gente más inteligente no quiere viajar porque saben que es tan absurdo como casarse y tener hijos para soportar mejor el peso de la existencia, para olvidarse de que existen, para matar las horas con múltiples ocupaciones.

La gente más tonta -que es mayoría indiscutible porque Dios es sabio- vive en familia y sueña con viajar y la miseria del mundo actual puso a medio mundo a conocer al otro medio mundo y los sitios más turísticos son lugares emblemáticos para ir a ver turistas porque el turismo desplazó a los habitantes, a quienes tuvieron la mala suerte de nacer en un sitio turístico.

Venecia y Barcelona son las ciudades más azotadas por la llegada de millones de turistas desesperados por su deseo de comer, beber, mirar, tomar fotografías y estos pobres seres no pueden ver las ciudades ni los museos porque no hay espacio para caminar y las masas de desesperados destruyen el tejido social y hacen que los habitantes tengan que irse a otras ciudades porque ya no hay vivienda; cada día construyen más hoteles y las casas y apartamentos se usan para arrendárselo a los turistas y, entonces, eso empobrece más a los habitantes y nadie los puede ver porque ellos no quieren que los turistas los vean porque los turistas son la peor desgracia que llegó a sus vidas y las destruyó.

las tomamos de afuera -especialmente de Estados Unidos y Europa- con la ilusión de que pueden aplicarse aquí y, como siempre, terminamos siendo la caricatura de actos caricaturescos en otros países. Con los progres colombianos se repite la misma triste historia que con las culturas urbanas: la payasada local llega demasiado tarde casi siempre, la copia de la copia de una payasada venida de afuera con el sello de lo juvenil, lo rebelde, lo contestatario… pero ya todos sabemos que los rebeldes del piercing y el tatuaje serán siempre los eternos ridículos desde 1960 hasta nuestros días aquí o en cualquier lugar del mundo.

El progre es rico y ve los países pobres y a sus habitantes (nosotros) con cariño y mucha conmiseración, pero no quiere vivir en Colombia, en Cuba ni en Venezuela; el remedo de progre colombiano instalado en Bogotá no querría vivir en Tarazá o en Tambo sino que llora a los pobres y a sus muertos desde la comodidad del hogar y busca muchos favs y muchos rts gracias a la refinada elaboración de sus tuits, fruto de un largo proceso de depuración de sus estados anímicos archisutiles.

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