Veinte años de experiencia docente

15 Ene

Nací muy seria y convencida y a medida que ha ido transcurriendo el tiempo soy menos seria y estoy menos convencida. Cuando tenía siete años le daba discursos a mis hermanos menores y mayores sobre por qué no casarse ni tener hijos. Esa fue mi primera gran lección y fracasé como maestra porque todos ellos son casados y tienen hijos. Mis clases no calaron en la mente de mis discípulos irresponsables.

Cuando tenía 18 di mi primera lección formal. Era la profesora de un grupo de niños de quinto de primaria y yo fui su madre putativa durante un año: una niña de 18 con quince o veinte niños de diez. La mejor parte de la historia es cuando los llevaba al parque con sus impecables uniformes blancos y les decía, qué clase de educación física ni qué nada. Niños, ¡a jugar! Y los veía correr como locos felices porque la profesora los dejaba ser niños y no los torturaba haciendo ejercicios estúpidos. Después de veinte años de experiencia sé que esa fue la gran experiencia de mi vida como profesora y que sin haber terminado el bachillerato y sin haber leído ningún libro de pedagogía supe que ahí, con esos niños, desarrollé mi mejor faceta como educadora porque sentía que aprendían muy en serio y me querían como a nadie.

Después leí Entrego mi corazón a los niños y supe que tratar a los estudiantes con cariño, como si fueran seres humanos sensibles, tiene todo el sentido y vale la pena.

Cuando tenía veinte o veintidós fui profesora de colegio, de bachillerato, y esa experiencia no me gustó nada porque entré en conflicto con los discípulos porque pensaban que la profesora podría ir a beber con ellos en El búho -un bar o discoteca que quedaba cerca del colegio- y las niñas me miraban con recelo y yo de forma arrogante les decía: ¡Niña, usted puede ser mayor que yo pero yo he leído más que usted y entonces me hace el favor de respetar y guarde ese espejo y no se maquille en clase! Trabajé un año con niños de bachillerato siendo yo todavía un poco niña y supe de una vez y para siempre que prefería mil veces a los niños de quinto de primaria.

Cuando tenía 32 siendo profesional con maestría y veinte ensayos eruditos a cuestas empecé a ser profesora universitaria y ahí encontré mi destino, el sueño de los humanos de este tiempo triste: hago lo que me gusta y me pagan. Son quince años hablando en público, un público joven y entusiasta, sobre los temas que me interesan y con esos jóvenes trato de ser de nuevo la misma profesora de los niños de quinto de primaria sin llevarlos al parque pero sí tratando de hacer divertido el asunto mientras aprenden, aprender jugando, aprender riendo y hablando de la vida.

Estoy leyendo Contarlo todo de Jeremías Gamboa, estoy oyendo la música de Control Machete, dos descubrimientos recientes que me han hecho soñar con el barrio popular, con la vida dura en una pieza oscura tratando de hacer arte, nada más que arte y sin mimos de ningún tipo, hasta se me pasó por la mente renunciar a mi trabajo como profesora y lanzarme a la vida pero esta mañana recordé lo feliz que he sido durante tanto tiempo hablando, riendo y viendo reír a otros hablando de libros, de los libros que me gusta leer, y me pedí perdón a mí misma por sólo pensar en la idea, fantasear un rato con la idea de dejar de ser profesora, dejar de estar en contacto con las mentes que me ayudan a tratar de imaginar el futuro.

 

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