Archivo | julio, 2016

Censura en Colombia

2 Jul

La censura es la herramienta de aquellos que tienen la necesidad de esconder realidades de sí mismos frente a los demás.

Charles Bukowski

Mi nombre es Elsy Rosas Crespo, nací en Bogotá en junio de 1970. En 1975 aprendí a leer y a escribir y en 1979 supe que mi destino era ese: leer y escribir. Cuando era niña soñaba con compartir en público mis lecturas favoritas y los textos escritos fruto de esas lecturas. Eso es lo que hago en el blog, que es mi espacio digital ideal, el soñado por  un lector organizado como Emerson. Cuando era niña me imaginaba dando conferencias, pero en 1995 descubrí internet y supe que mi auditorio estaba ahí, en los espacios digitales.

Hice el recorrido conocido por todos: correo, chats, MSN, comunidades, Facebook y Twitter. Entre 1995 y 2010 mis interlocutores virtuales fueron en su mayoría personas de España, Argentina, Chile y México. Interlocutores cultos, amables e informados. Sólo hasta 2010 vine a interactuar con colombianos -en Twitter- y ahí comenzó mi tragedia: amenazas de muerte, amenazas de ataques con ácido, suplantación de identidad, divulgación de información privada, publicación de avisos clasificados en los que me ofrecían como prostituta con mi número telefónico, precio y tipo de servicio, persecución y toma de fotos en el servicio público, hackeo de la cuenta en 2010 y reporte masivo hasta hacerla suspender en 2015. Antes era @ensayista, ahora soy @marcodelenguaje, un pobre ser abatido y confundido ante tantas formas de violencia ejercidas por mis compatriotas, siempre desde el anonimato, como tiene que ser. Aparte de la bobada literaria que me acusa de fea y del llamado Mad Army, liderado por Nicolás Arrieta, autores del hackeo a la cuenta de Twitter en 2010, no sé más nombres de mis centenares de agresores y odiadores nada amables.

A continuación  un consejo de un lector frecuente que me lee con atención, para que se hagan una idea del tipo de ataques de los que he sido víctima y el contexto en el que se generan. Este mensaje, a modo de comentario, fue dejado en el blog en el año 2014:

“¡Ay ensayista! te advertí hace algunas semanas el costo de hacer trascendental lo intrascendente. Es un esfuerzo inútil y fútil, y ya que te he leído con cierta constancia creo que vales más que eso. No es sano desgastarse glorificando la miseria de algunos seres engreídos en un país donde la crítica siempre ha sido asesinada, ¡muchos han muerto por menos! No leo las notas que le dedicas a las estrellitas insignificantes, me parecen glorificaciones sin sustancia. Si tanto te gusta ese tipo de burlas creo que deberías replantear tus métodos. Puedes hacerlo, pero no directamente, no de un modo tan simple como citándolos y recitándoles su pobreza. Este no es un problema sólo de Colombia, que en sí es un país difícil, es un problema del tiempo en el que vivimos. Nos gobierna el silencio absoluto, el silencio cómplice de los medios, la presión de una observación suprema en donde todos nos sentimos de antemano agredidos por las luces de un espectáculo iracundo en donde todos estamos expuestos. Valora tu privacidad. No expongas a tus familiares al cúmulo de enemigos que te has fabricado. Mucha gente ha muerto por verdades mucho más importantes, y sin embargo, su destino fue igual de insignificante que cualquier otra muerte casual. Si tuvieses la osadía de meterte con políticos y no con estrellitas de Twitter probablemente ya estarías muerta. Yo aprendí eso de un modo mucho más cruel.

En Transmilenio he visto reacciones ilógicas de parte de personas comunes. No soy de Bogotá, así que eso no deja de sorprenderme; una agresividad atroz por parte de gente que en apariencia parece muy normal, muy tranquila. Cualquier provocación obtiene una respuesta desproporcionada. Hay frustración y agresividad en la ciudad.

¿Sabes que puedes burlarte de ellos de un modo mucho más elegante sin que se den cuenta siquiera? Ese es precisamente el poder de la literatura. Úsalo. Creo que deberías involucrarte un poco más con eso que has observado desde una distancia prudente toda la vida.

Hace algunos días pensaba en una historia con un personaje muy similar a ensayista, una sobreviviente del último cataclismo habitando una ciudad en ruinas. Luego de pasar el día caminando por la ciudad dedica las tardes a escribí sobre gente muerta. ¡Y ni siquiera sabe si existen otros sobrevivientes! pero no por eso deja de escribir. Su inspiración son antiguos ídolos de barro, gente agresiva y engreída que acarició la cúspide de una sociedad arruinada, gente que creyó por un instante acariciar con sus dedos un cielo de cartón. Para mayor comodidad, lleva sus cadáveres a un anfiteatro, y allí los observa mientras les recuerda su miseria. La suya es una tarea bastante absurda, ¿no crees?”. Hasta ahí llega el consejo.

Algunos lectores tienen claro que el asunto en contra mía está relacionado con censura, un atentado a la libertad de expresión. ¿Qué es lo que quieren? Que no vuelva a escribir. Lo sé porque desde hace más de un año dejé de referirme a las estrellas de la farándula tuitera y a los grandes intelectuales colombianos y las amenazas continúan.

Este comentario fue dejado en el blog cuando reportaron y suspendieron la cuenta @ensayista. La calumnia para suspenderla fue que divulgué información privada de usuarios de Twitter. Terminé siendo acusada de un delito del que he sido víctima varias veces, como buenos colombianos convirtieron a la víctima en victimario, me acusaron en masa de lo que me habían hecho padecer. Veamos uno de los tantos comentarios dejado en el blog cuando suspendieron la cuenta que le molestaba a tantos colombianos:

“Esto no solo se refiere a Twitter y este bloqueo no sólo se trata de que ella haga criticas de ciertas personas, parece que a mucha gente le fastidia que les digan la verdad en la cara, se jactan de ser de mente abierta y apoyar la libre expresión pero eso es solo hasta donde su doble moral se los permite, cuantas cuentas llenas de mierda se ven todos los días en Twitter Colombia y nadie dice nada porque como forman parte de los simios de circo de la rosca de turno entonces los aplaudimos, pero como es alguien que odia todos y cada uno de sus comportamientos, entonces a esa persona la reportamos porque no es igual a nosotros”.

Ahora el comentario de un lector que parece comprender cuáles son algunos de mis propósitos cuando escribo:

“No deje Twitter. Usted es mordaz con sus comentarios en muchas ocasiones, pero es más lo que le aporta a todos sus seguidores con sus recomendaciones para leer, con unas preguntas profundas sobre la existencia, porque escribe bien y sobretodo porque es honesta y fiel a sus convicciones. Me parece que de alguna forma cuando es agresiva lo que pretende es llamar la atención de la persona que se puede sentir acosada para que crezca, se pellizque y deje fluir su creación de manera auténtica más allá de poses y de marcadas manipulaciones para destacarse en medio de la frivolidad. Yo la voy a extrañar y ojalá reconsidere su salida”.

Otro comentario, ahora enviado por correo:

“Pensé en esa chispa que hemos perdido, en cómo la falta de arrojo se remplaza por los moldes que elegimos, pretendiendo salir positivos luego de ser vaciados. Y todo se vuelve una pose de adolescentes refinados. Entonces aparecen los niños y las niñas genio que necesitan aplauso y que corren frenéticos a él; entonces aparecen los vergonzantes que lastimeros hacen de la miseria de los pobres su bandera y su experiencia de orden superior. Entonces aparecen todos los perros de mercado de pueblo viejo queriendo un pedazo del gomelo del que nadie sabía que era menos que nadie.

Pensaba en usted, y deseé volver a clase, porque sacar a pasear las palabras sin llevar tras de sí las cosas se ha vuelto un trámite fácil en la fragilidad de gente fragmentada que escribe en retazos. Entonces pensé en usted, con la máscara corrida y envuelta en un tufo de anís, riendo mientras todos se le quedan viendo sin saber qué hacer, sin saber que es precisamente ese no saber lo que los hizo del montón”.

Fin de la autoficción

2 Jul

Durante los últimos diez años consagré la mitad del espacio en este blog y más de la mitad en mi cuenta de Twitter a convertir mi vida en asunto de dominio público, especialmente mi vida amorosa. No quiero seguir haciendo eso porque el amor se acaba y yo sigo pensando en literatura, en temas eruditos, en frases célebres, en comprar un libro o en sacar otro de la biblioteca.

El amor de pareja no es el gran tema en la historia de mi vida, no es el centro, es mucho más importante leer y escribir y escribir sobre lo que leo y sobre lo que pienso de esas lecturas. Voy a retomar lo que hacía hace quince años: ensayos. No quiero escribir ensayos de veinte o treinta páginas con veinte citas y  dos páginas de bibliografía; quiero escribir ensayos de quinientas páginas sin muchas citas y sin mucha bibliografía. Espero hacer eso durante los próximos cinco años.

Para lograr lo que sueño me acogeré a los consejos sabios de Emerson.

Hace quince hace tenía un extenso fichero que llenaba a mano, ahora tengo este blog y Word. Más fácil imposible:

“Lleva un diario para hacerte el hábito de rendir cuenta de ti mismo ante ti mismo de alguna manera rigurosa y con intervalos más regulares que los que puede ofrecerte la mera conversación”. Lo que Emerson llevaba , y lo que recomendaba con entusiasmo a otros, era lo que solía denominarse un libro de citas, un volumen en blanco en el que uno toma nota de las imágenes más vívidas, las grandes descripciones, las expresiones notables, los puntos sobresalientes de la propia vida y de sus lecturas; las cosas que uno quiere recordar y conservar.  Un libro de citas no es un diario, ni un calendario ni una agenda, ni un registro de los propios sentimientos. Si tu diario consiste en los mejores momentos de tu vida y tus lecturas, entonces releerlo será como caminar por una elevada senda de montaña que va de una cumbre a otra sin tener que descender a la depresión de la rutina. El solo hecho de leer un diario exclusivamente compuesto por puntos altos tensará las cuerdas y elevará el tono del lector.

***

Siempre es útil que otros te digan qué es lo que no funciona. Entonces, cuando esa persona habla de lo que sí funciona, podemos darle crédito. Emerson abandonó el sistema del encabezamiento predeterminado del tema. Le explicó su nuevo sistema a Elizabeth Peabody, quien se lo transmitió por carta a su hermano George:

“Me aconsejó llevar un libro manuscrito y tomar nota en él de cada idea que se me ocurriera sobre cualquier tema interesante, conservando las imágenes con las que había surgido en mi mente. Este manuscrito debía ser perfectamente informal, permitiendo pasar de un tema a otro con sólo trazar una línea divisoria entre ellos. Después de que estuviera escrito, podía encabezar cada zona con un tema; y cuando quisiera escribir un artículo… allí estarían todas mis ideas, listas“.

Emerson debería haber agregado -o tal vez Peabody lo olvidó- que uno tenía que hacer un índice de cada diario al final para poder encontrar todas las entradas sobre un determinado tema sin tener que leer todo el manuscrito cada vez que se deseaba localizar algo. ¡Un blog!