La música y la escritura

19 Jun

Un día me siento y escribo nada más que un texto en prosa, y otro día, otro. Eso lo comprende usted, unas veces le apetece a uno una cosa, otras otra. La verdad es que no tengo ningún plan, como Heimito von Doderer. El proyectaba sus libros, los construía como un arquitecto, sobre un tablero de dibujo y en distintos colores: los capítulos positivos, creo, los escribía en verde y los negativos -apenas los había- en rojo. Tituló un libro suyo Los demonios. Sólo que nunca he encontrado en él ningún demonio.

Uno quiere hacer algo bueno, le gusta hacer lo que hace, como a un pianista. También un pianista empieza a tocar probando con tres notas, luego domina veinte y luego todas, y se va perfeccionando mientras vive. Y yo hago con palabras lo que otros con notas. Nada más. En el fondo, otra cosa no me interesa lo más mínimo. Ese es el atractivo de todo arte. El arte consiste sólo en tocar cada vez mejor el instrumento que se ha elegido. Esa es la diversión, y uno no deja que nadie se la arrebate, ni que lo disuada y, si se trata de un extraordinario pianista, ya puede uno vaciar toda la habitación donde esté con su piano, levantar mucho polvo y tirarle cubos de agua, que él se quedará allí tocando. Y aunque la casa le caiga encima, seguirá tocando, y lo mismo ocurre al escribir.

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