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Mi desnudo en la revista SoHo

7 Jun

La revista SoHo ha superado sus propios niveles de vulgaridad, desde hace varios años es un reencauche de sí misma y a falta de mujeres voluptuosas (como las que aparecen en las tapas de los cuadernos de los niños de colegio) ha rebajado sus estándares de calidad porque casi todas las damas desnudables de Colombia -los mejores ejemplares de nuestra raza-  ya han pasado por allá. Se quedaron sin material, sólo les queda la pauta, el gancho para vender los productos que ofrecen en la revista, es decir, las mujeres expuestas como objetos disponibles para ser disfrutados al lado de otros objetos de lujo se han vuelto escasos y esos cuerpos deseables eran los que hacían que la otra mercancía ofertada luciera mejor, mucho más elegante. Ese detalle debe tener un poco ansiosos a las dueños y a los anunciantes de la revista.

Aunque el lector no compre nada, aunque pase las páginas de la revista en un supermercado o en una peluquería ávido de los cuerpos voluptuosos y los objetos apetecibles, aunque ni las mujeres ni los objetos estén al alcance de quien devora con la mirada lo que le ofrece la revista más monoseada de Colombia, aunque la mayoría de los fieles lectores de la revista no sean precisamente la gente más hermosa, sensual ni escultural, muchas de esas personas han empezado a creer que ahora la revista no vale la pena porque desde hace un buen tiempo desnudan a cualquiera.

Con cualquiera me refiero a mujeres no estereotipadas, a mujeres comunes o incluso desagradables si se piensa en los cánones de belleza y sensualidad actuales. Pueden desnudar mujeres con treinta kilos de sobrepeso o abuelas de setenta años, actrices de telenovela odiadas por la teleaudiencia o transexuales más sensuales que una mujer.

¿Cuál será el nivel de decadencia al que ha llegado la revista SoHo que hay quien sueña con que algún día me verá desnuda allá?

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¿Desaparece primero la versión impresa de la revista El Malpensante, SoHo o El Espectador?

Envejecer con dignidad

7 Jun

Acabo de recibir dos mensajes ofensivos:

“No sean como Elsy, envejezcan con dignidad” y “Cada vez me convenzo más de que Elsy es un hombre. Tanta ordinariez no puede ser posible en una mujer”.

El segundo mensaje es tan burdo que no vale la pena ser tenido en cuenta, el que me llama poderosamente la atención es el primero: “No sean como Elsy, envejezcan con dignidad”.

Me asombra porque es obvio que quien lo escribió no me conoce, no me ha visto nunca cara a cara, no me ha oído hablar y no sabe nada de mi seriedad ni de mi formalidad. Si hay algo que me caracteriza es la claridad que tengo sobre el paso de los años y nunca he deseado verme más joven de lo que soy, ni siquiera cuando tenía veinte me jactaba de mi juventud.

Cuando tenía veinte quería llegar pronto a los treinta porque la juventud me resultaba un poco fatigosa, nunca he sido amiga de las fiestas, los paseos o los grupos de más de tres personas riendo de sus tonterías de juventud, no sé lo que es gozar los placeres de la vida como son concebidos por la mayoría de la gente. En ninguna edad fui amiga de mostrar el cuerpo, de ser provocativa ante la mirada ajena. Si no lo fui a los veinte no espero serlo a los cuarenta y cinco ni a las cincuenta, si es que llego a los cincuenta.

Y entonces surge la pregunta:

¿Qué es envejecer con dignidad?

No fumo, no bebo, no trasnocho, no consumo drogas, no soy promiscua, no forma parte de ningún partido político, organización o institución, no soy de izquierda ni de derecha, no tengo mascotas, matas ni grandes amigas en el vecindario, en realidad no tengo ninguna amiga en el vecindario, no saludo a ninguno de mis vecinos, ellos creen que soy una señora bastante presumida y amargada.

Soy una persona más bien inofensiva que pasa la mayor parte del tiempo leyendo, escribiendo y pensando en eso que lee y en eso que escribe. Para la mayoría de la humanidad no existo, ni siquiera produzco basura abundante y nunca hago ruido. Soy un ser imperceptible.

Formo parte de una familia de gente vieja y cada uno de ellos, especialmente los mayores de sesenta, me abruman con tanta salud y tanta vitalidad. Yo los veo y siempre me asombro, cuando me despido de ellos me pregunto si de llegar a los sesenta sabré vivir la vejez de una forma tan enérgica, tan positiva.

¿Ellos viven la vejez con dignidad o son gente ridícula por comer bien, caminar, comprar ropa, salir de paseo, reírse de los chistes que hacen otros viejos?

¿Qué es lo que debe hacer una persona mayor de sesenta años para ser digna de llamarse un buen viejo, una persona que ha sabido vivir la vejez con dignidad?

Desde que tengo uso de razón la mayoría de la gente que me ha tratado me ha pedido de diferentes formas que sea un poco más relajada, que no sea tan seria, que no me tome todo tan a pecho, en pocas palabras, me piden siempre que sea un poco más juvenil y yo no entiendo nada de lo que me proponen, no entiendo ninguno de esos consejos.

Y entonces me vuelvo a hacer la pregunta:

¿En una vida tan simple y sencilla como la mía en qué consiste el arte de envejecer con dignidad?