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Yo, la peor de todas

29 May

Este post no ha sido escrito para Andrés, para Juliana Malaparte, para quienes me censuraron en Twitter, para mi madre, mi sobrino, mi cuñado o mi novio. No. Dejo las dedicatorias insulsas a los jóvenes escritores que recién descubrieron que publicar un libro pasó de moda hace más de un siglo y que ignoran además que los grandes autores están todos muertos, es decir, aquellas pobres gentes que todavía posan de divos o de intelectuales porque son autores de libros insulsos redactados en el español más pobre que te puedas llegar a imaginar, libros feos y mal escritos publicados en editoriales de tres pesos o gente segura de su valía porque publica sus pobres columnas de opinión en ADN, Quiubo o El Colombiano.

Los amantes apasionados de la descripción descarnada, es decir, la gente como yo, se exponen al odio de las multitudes, los cientos de lectores que pasan todos los días temblando de ira y de indignación por este blog, al que han llegado por voluntad propia o redireccionados desde mi página de Fans en Facebook o desde mi nueva cuenta de Twitter: @ennsayista. A la pobre  la convirtieron en cuenta suspendida precisamente muchos de los lectores que deben estar ansiosos por descubrir cuál es la idea central que voy a desarrollar en este post para indignarse de nuevo y decir que Esa señora no tiene perdón de Dios y merece ser silenciada en internet y en la vida real porque representa un peligro para la sociedad y porque su cara es un atentado al buen gusto porque soy fea, muy fea, la más fea de todas.

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A todos los lectores que pasan sus ojos por estas líneas y por otras que he escrito con la ilusión de leer de primera mano mi última gran composición. No les gusta leer nada de lo que escribo pero caen como buitres sobre cada uno de mis textos, los comparten con otros lectores indignados, los interpretan a su modo y  luego me anuncian casi siempre en un comentario escrito desde un sucio café internet que me van a buscar para matarme cuando vaya caminando por la 72. Yo, la peor de todas.

Mas ningún respeto humano, ningún falso pudor, ninguna coalición, ningún director de teatro, ningún presentador de noticias, ningún periodista, abogado, profesor universitario, ningún tuitero con más de cincuenta mil seguidores con ínfulas de divo porque cambia tuits por botellas de cerveza Poker, nadie podrá obligarme a hablar la jerga empalagosa que marcha al ritmo del emprendimiento, ni a confundir la escritura con el deseo infinito de cambiar tuits por regalos ofrecidos por las grandes marcas, porque quien esto escribe es un ser con dignidad que se gana el pan con el sudor de la frente y no precisamente usando las redes sociales para llenarle los bolsillos al empresario que se sirve de personas inocentes, tuiteros emprendedores que promocionan marcas de forma gratuita a cambio de muestras gratis.

Este blog, esencialmente inútil, absolutamente inocente, no tiene otro fin que divertirme y estimular mi gusto apasionado por la dificultad. La dificultad consiste en que cuando escribo un post de este tipo tiene que hacerme reír con risa estruendosa, así mido yo el control de calidad de mis valiosos textos. Si me hacen reír a mí harán reír a otros pero también harán temblar de ira a otros, a los lectores indignados que me odian pero me leen. Siempre será imposible que estemos todos de acuerdo y esa es la mejor parte del encanto, porque debes reconocer que soy encantadora y me seduce la idea de ser leída por quienes me quieren y por quienes no me quieren.

Tengo mis encantos femeninos, tengo mi sonrisa de mujer y mi andar de gata, pero la idea de ser leída me excita más que la idea de ser deseada cuando ves fotos como esta

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Algunos han apuntado que mis bellas composiciones podrían dañar; no he sentido alegría por ello. Otros, almas buenas, que podían hacer bien; no me he afligido. El temor de unos y la esperanza de otros me resultan extraños y no han servido más que para probarme, una vez más, que este siglo había olvidado todas las nociones clásicas concernientes al poder y a la filosofía de la risa, a la risa satánica, a la risa que hiere, esa es la risa que me interesa. La sonrisa tonta no me sirve para nada. Entre la risa tonta y la indiferencia prefiero quedarme todo el día en la casa leyendo, oyendo música y tomando café.

Cometí la imprudencia de leer esta mañana algunos tuits de personas bloqueadas y repentinamente una lasitud como el peso de veinte atmósferas se abatió sobre mí, y me he visto paralizada ante la espantosa inutilidad de explicar cualquier cosa a quien fuese. Quienes saben, me pueden adivinar, y para los que no quieren o no pueden comprenderme, amontonaría en vano las explicaciones.