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Contra la amistad

1 Dic

Desde hace más o menos cinco años siento que no tengo amigos, conozco a mucha gente, me relaciono con algunas personas graciosas, me divierto conversando con ellas, pero ninguna de esas amistades me entusiasma como me entusiasmaban mis amigos del pasado, los de la lejana juventud. ¿Será la edad? ¿Será el estado civil? ¿Será la pereza de ver cómo todo comienzo termina convertido en nada?

Lo más bello de la vida es el entusiasmo y me entusiasma caminar sola, reírme con Andrés viendo bobear a la gente o masajearme los pies con mucho cariño mientras pienso que ahora no tengo amigos.

No tengo los amigos que me gustan: amigos amados con los que se comparten los mejores momentos durante años, durante más de diez años. Hasta que parezcan mis hermanos aunque sólo sean mis amigos.

Me gustan las amistades largas que se parecen al amor por la emoción que se le concede a cada encuentro, las que se acaban de forma abrupta pero me dejan un bonito recuerdo. Llevo más de cinco años sin vivir esa experiencia, el entusiasmo no me dura más de dos o tres años y ese es apenas el comienzo de la amistad ideal para una persona seria y sensible como yo. Prefiero querer como loca a una persona que tener veinte amigos bobos.

Hace veinte años valoraba más la amistad que el amor, pasaba horas pensando en la plenitud vivida con las dos o tres personas que me hacían sentir dichosa de la vida. Ahora no, ahora prefiero quedarme todo el día en la casa viendo pasar el tiempo, perdida como si no me importara nada. Lo peor de todo es que me gusta.

Me entusiasmaba cuando recordaba cómo quería a esas personas que me daban tanta felicidad. Ahora no. Todo se acabó, el sentimiento llamado amistad está negado para mí.