Había llegado el final de un ciclo

12 Nov

Terminó la bandeja de canalones, encontró un resto de coñac. Encendió la regleta de halógenos a su máxima potencia y los enfocó hacia el centro del lienzo. Mirando de cerca,  ni siquiera la noche estaba bien: no tenía esa suntuosidad, ese misterio que asociamos con las noches de la Península Arábiga; habría debido emplear un azul cerúleo en vez de uno ultramar.  El cuadro que estaba pintando era en realidad una auténtica mierda. Cogió un cuchillo de pescado, reventó el ojo de Damien Hirst, ensanchó el agujero con esfuerzo: era una tela de fibras de lino apretadas, muy resistente. Aferrando con una mano el lienzo pegajoso, lo desgarró de un solo golpe, lo que desequilibró el caballete, que se desplomó en el suelo. Se detuvo, un poco calmado,  contempló sus manos pringosas de pintura, apuró el coñac antes de saltar con los pies juntos sobre el cuadro, y lo pisoteó y restregó contra el suelo, que se volvía resbaladizo. Acabó perdiendo el equillibrio y cayó, el marco del caballete le golpeó violentamente el occipucio, eructó y vomitó, de golpe se sintió mejor, el aire nocturno fresco circulaba libremente por su rostro, cerró los ojos de felicidad: era evidente que había llegado el final de un ciclo.

Michel Houellebecq, en El mapa y el territorio.

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