Archivo | agosto, 2014

¿Soy un talento desperdiciado o necesito ayuda profesional?

7 Ago

Cuando me lo propongo puedo parecer torpe, lenta y fracasada. Sé representar muy bien ese papel (especialmente si voy muy mal vestida y muy mal peinada).

Me aferro con terquedad obstinada al deseo de realizar sueños y anhelos superiores a mis condiciones y cualidades particulares, sueños inverosímiles.

Soy fría y seca con la gente que no me interesa.

Hay tardes en las que aspiro el aire desde mi ventana, llena de tedio y con la muerte en el alma. Siento deseos de lanzarme y acabar con todo, pero recuerdo que hay alimentos deliciosos en la nevera que no puedo dejar abandonados.

Soy dueña de un corazón testarudo que va demasiado lejos en las fantasías o en el estudio de las cosas que mi razón no puede comprender, soy presa de absurdos pensamientos, amiga del capricho y de lo deshilvanado.

La sabiduría en mí viene del abismo, deriva de la inmersión, nada debe a la voz de la revelación o al deseo de grandeza o de reconocimiento. Ni en los avances intelectuales ni en los materiales. No aspiro a nada, no quiero nada.

Cuando alguien me asfixia con su amor o con su admiración desmedida pienso: tu amor hace que mi corazón desfallezca de tristeza. No es una pose, es real. Déjame en paz, no me tortures más.

A veces tiendo a la desesperación, siento náuseas de tedio que impulsan a desear la muerte, llevo dentro de mí el aburrimiento de vivir. Puedo pensar también: ayer estuve espantosamente triste con una de esas tristezas que tenía en mi juventud y para librarme de las cuales hubiera sido capaz de tirarme por la ventana. Cuando tenía nueve años me lancé desde la terraza y nada pasó, caí parada, nadie se enteró de mi triste plan. No lo volví a intentar porque le temo al ridículo.

Los espectáculos alegres me ponen triste y los espectáculos tristes no me afectan gran cosa. Lloro demasiado por dentro para derramar lágrimas por fuera y es porque  sufro por la humanidad entera.

La aflicción, que en otros ablanda el corazón hasta la humildad, sólo consigue que me obstine cada vez más en mis extraños pensamientos; mis lágrimas no caen en el corazón, ablandando mi dureza, sino que me sucede lo que a la piedra: cuando el tiempo está húmedo suda por fuera.

En alguien como yo las ansias de vivir y el desprecio por la vida se mezclan de manera extraña: nací obsesionada con la idea de la muerte (frecuentemente la deseo con fervor desenfrenado) y, sin embargo, mi vida está colmada de planes para el futuro; mientras desprecio de manera consciente la vida, al mismo tiempo, a través de mi comportamiento y mis ilusiones, lucho por preservarla; cuando paso por periodos optimistas sueño con una vejez en la que rememoro el pasado.

Soy reservada, directa y poco dispuesta a expresar cariño a través de efusivas manifestaciones, razón por la cual es  imposible saber a quién amo y a quién desprecio. Evoco acontecimientos por las reacciones que éstos suscitaron en mí, los lugares son recordados con nostalgia por las emociones que han producido en mi mente y las personas por el encuentro que experimenté a través de ellos; vivo en función de mí misma y de las experiencias que pueda realizar sin ilusionarme fervorosamente por nada en particular.

El disimulo y el secreto son una necesidad para alguien como yo, a menudo mis relaciones son complejas, veladas, a pesar del afecto que pueda sentir y pienso: soy fría, seca, egoísta, y Dios sabe, sin embargo, lo que en estos momentos siento dentro de mí… He hecho mal, he sido necia. Me he portado contigo igual que en otros tiempos hice con aquellos a quienes más quería: les mostré el fondo de mi saco, y el polvo acre que despedía se les pegó a la garganta… Quisiera mandarte únicamente palabras dulces y tiernas, de esas suaves como un beso que algunos saben decir pero que, en mi caso, se quedan en el fondo del corazón y expiran al llegar a los labios. Si yo pudiera, cada mañana tu despertar se vería perfumado por una olorosa página de amor…

Deseo pasar desapercibida aún en medio de mis “excentricidades”, no quiero llamar la atención de nadie. Y, sin embargo, hay quien me condena debido a que mi comportamiento es interpretado de manera equivocada o exagerada: mi indiferencia se interpreta como arrogancia, mi sequedad como orgullo y mi frialdad como desprecio.

Los mejores afectos con frecuencia me irritan desmesuradamente y pienso de las personas que me interesan: ¿me comprenderás hasta el final, soportarás el peso de mi tedio, mis manías, mis caprichos, mis desánimos y mis coléricas mudanzas?… soy la oscura y paciente pescadora de perlas que bucea en los bajos fondos y vuelve con las manos vacías y la cara azulada. Una atracción fatal me empuja hacia los abismos del pensamiento, me lleva al fondo de esos precipicios interiores que jamás se agotan para los fuertes.

Cioran y Bukowski: desesperados por la fama como todos los demás

3 Ago

La mayor parte de la gente que escribe aspira a la inmortalidad y espera generosidad y compasión de parte de la suerte, de Dios, de los críticos, de los amigos y admiradores, de las musas. Todo depende del momento y del contexto.

Es imposible saber cuántos verdaderos grandes maestros alcanzaron la inmortalidad porque el tiempo es caprichoso y lo que es importante hoy puede no serlo mañana.

Como es de suponerse me gustan los autores auténticos o los que tratan de serlo, los que han fingido mejor, los que han luchado contra la miseria de su época y los que se han revelado ante la tontería y la gente tonta con la que les ha correspondido vivir la miseria llamada realidad real, el desagradable tiempo que se sufre minuto a minuto, hora tras hora.

Quienes han tenido el poder de describir la tontería que les ha correspondido vivir lo han hecho con el mejor estilo y por eso son los mejores, porque en escritura lo que importa es el estilo, nada más, todo lo demás es tontería.

En el siglo XIX Flaubert y Baudelaire; en el siglo XX Cioran y Bukowski. Ellos son los grandes maestros. No hay quien lo dude. Ni siquiera yo.

A Flaubert y a Baudelaire me he acercado desde hace mucho tiempo y, claro, son los mejores, son los maestros. Los dos padecieron la miseria de haber sido juzgados por la chusma de su tiempo. La gente decente hubiera deseado el peor final para estas bestias decadentes e irrespetuosas.

Con Cioran y con Bukowski fue diferente:

Siempre he huido del gusto de la chusma y la chusma colombiana delira por Bukowski y por Cioran y, claro, los toman como modelo. De Bukowski les gusta el hecho de que haya sido un  borracho, machista y cerdo y de Cioran la faceta de parásito de universidad pública que comió gratis hasta los cuarenta años y malvivió en hoteles de caridad por gusto, porque el hombre que no dormía y que gozaba hablando con las putas y con los vagabundos, tampoco quería trabajar. Eso es lo que las jóvenes generaciones toman para sí, lo que tratan de imitar al pie de la letra y, claro, muchos lo logran porque es muy fácil vivir una vida de esas, es muy fácil. En cuanto les sea posible, los poetas malditos de Bogotá son un poco como Cioran, un poco como Bukowski.

No aspiro ni aspiraré a ser como este tipo de gente, a ser una especie de desecho social y por eso los vine a leer después de los cuarenta. No sé en qué momento ni por qué terminé leyendo a Cioran y a Bukowski pero el hecho es que me tienen convencida de que son grandes escritores. El convencimiento no me llega transmitido a través de la voz de los vagos y los borrachos sino gracias a la lectura de los libros. Me gustan, son divertidos, tienen bueno gusto y escriben muy bien, los dos escriben muy bien. Pero hay algo que me atormenta: estaban desesperados por la fama como todos los demás y lo disimulaban muy bien.

Cioran se jacta de ser el hombre sin biografía, de no conceder entrevistas, de no aspirar a ser un escritor famoso, pero la biografía es clara -no falta nada, ningún detalle para conocer completo al personaje-, concedió más de treinta entrevistas a lo largo de su vida y escribió tantos libros que se dio el gusto de revisarlos, comentarlos y firmarlos para sus admiradores. Y lo peor de todo: estaba preocupado, quería saber si sería famoso en el futuro, si sus libros caerían en mis manos, si su nombre figuraría al lado del nombre de Eliade, Beckett, Sartre, Camus y demás vendedores de libros de su tiempo.

Bukowski es un poco más rebelde pero también tenía miedo, vagaba no sólo buscando mujeres y bares sino que buscaba también revistas, muchas revistas para publicar sus poemas, vendía libros, se exhibía en público, firmaba libros, hablaba de su obra y sufría pensando si su nombre figuraría al lado del de sus contemporáneos. Como Cioran.

Los dos tienen la fuerza, el templo, la furia ante la vida pero los vencía el miedo al vacío, la sensación de que serían olvidados en el futuro, de que no quedaría nada de ellos, ni la obra ni el recuerdo de su rebeldía. El intento de estos hombres es válido pero es triste imaginarse que eran gente común preocupada por la gloria y el honor, obsesionados con la idea de compararse con los demás para estar seguros de su propia valía, demostrándose a sí mismos y a la humanidad que no fueron otro idiota más que pasó por la vida como la mayor parte de la gente: como perros y como gatos, en la total inconsciencia y con la seguridad de que fueron imprescindibles.

Elsy Rosas Crespo, la impenetrable

1 Ago

Si fuese como su personaje (Ensayista), si no hubiese conocido el menor “éxito” en las redes sociales, sería exactamente la misma:

La señora imperturbable.

Da la impresión de no desear en absoluto afirmarse y no es sólo una impresión, ella es así, casi invisible, imperceptible, un cero a la izquierda, más si se encuentra rodeada de gente “importante”.

Es tan ajena a la idea de triunfo como a la de fracaso. Qué difícil es descifrar a este personaje (porque la gente tiende ver a Elsy y a Ensayista no como persona sino como personaje) y ella es una simple señora que camina por ahí sin hacerle daño a nadie, un ser insignificante.

En el caso improbable de que no escondiera ningún secreto, seguiría teniendo a los ojos de quienes la conocen, o creen conocerla, la certeza de que es impenetrable.

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Sólo hay una manera de alabar

1 Ago

Sólo hay una manera de alabar: atemorizar a quien se elogia, hacerle temblar, obligarle a ocultarse lejos de la estatua que se le erige, forzarla mediante la hipérbole generosa a calibrar su mediocridad y a sufrir por ella. ¿Qué es un alegato que no atormente ni perturbe, un panegírico que no mate? Toda apología debería ser un asesinato por entusiasmo.

Cioran