Relato de Alejandra Sophie sobre como subí al Quehuisha donde nace el río Amazonas

24 Ago

El relato de viaje que leerán a continuación tiene origen en la vida real. Lo escribió Alejandra Sophie, la hija de @jairogarciacol, un tuitero al que no he visto nunca pero al que aprecio mucho y con quien he aprendido bastante. Él me presentó, entre otras cosas, la crema de caléndula y me dijo dónde comprarla en Bogotá.

Alejandra Sophie es una joven promesa con varios reconocimientos, sospecho que tiene mucho futuro como escritora, es lo que más deseo. Padre e hija desean que ustedes lean el relato en este blog y para mí es un placer compartirlo, claro. 

Me gusta compartir textos de otros autores cuando creo que tienen talento como yo. Los dejo con el relato, espero que lo disfruten:

Mi nombre es Alejandra Sophia, tengo 15 años y estudio grado 11 en la I.E. INEM-José Félix de Restrepo de Medellín, participe en la Ruta BBVA 2014 con un ensayo sobre Federico García Lorca. Después de casi 40 días por Perú y España con 200 jóvenes de todos los países de Iberoamérica con quienes compartí 24 horas (ese fue el premio). Conocí sus mejores museos, probé su deliciosa gastronomía, estuve en ruinas como Pachacamac, las líneas de Nazca, estuve en la corrientes del Humbolt, camine por los caminos que se dirigen a Santiago de Compostela y finalmente fuimos recibidos por Felipe VI Rey de España.  Esta crónica es la narración de lo que más me marco en toda la ruta. Subir a 5200 metros de altura a la montaña del Quehuischa donde se encuentra la quebrada Apacheta, allí nace el majestuoso Rio Amazonas

  “Pepito conejo al bosque salió, corre, corre, corre,…desapareció”

 Con eso empezó la jornada más larga, difícil y satisfactoria de toda mi vida. Fue el día de la subida al Quehuischa en busca de las fuentes del Río Amazonas, el día que visitamos la quebrada Apacheta y el día que realizamos la aventura más grande de toda nuestra excursión a Perú.

Eran las dos y media de la mañana cuando escuchamos la canción llamada “pepito conejo”, cantada por el jefe de campamento, Jesús Luna y a diferencia de lo que muchos creían, nos despertamos sin duda alguna, dispuestas a lanzarnos a la gran aventura de nuestras vidas. Poco a poco nos fuimos despertando, pero no lo suficientemente rápido, ya que los monitores entraron bruscamente en nuestra tienda solicitando la salida, y nosotras, somnolientas, pero emocionadas, intentábamos movernos rápido, aunque tropezando entre sí.

Finalmente, logramos salir de nuestras respectivas tiendas y debido al itinerario tan ajustado, no tuvimos tiempo para terminar de arreglar las maletas, así que corrimos a la salida del polideportivo de Chivay con lo poco que teníamos metido en ellas. En mi caso, llevaba simplemente mi cantimplora, mi diario, mi cortaviento, buff, bloqueador solar y gorra. No llevaba nada más, y lo agradezco, ya que en esta clase de subidas era mejor ir lo más liviano posible, cualquier peso extra lo único que lograría sería cansarme.

Me puse las mayas térmicas bajo la ropa que nos uniformaba, y me até las botas, dando una última mirada al campamento, donde dejaba a otros 150  compañeros de excursión que no podrían acompañarnos en la caminata, algunos porque sufrían de mal de altura, otros por cuestiones del destino no habían sido escogidos, pero yo, yo lo había logrado, había logrado conseguir el apoyo de mis compañeras de grupo y de los demás ruteros, y sería una de los 50 expedicionarios que subirían a esta maravillosa montaña.

Abandonamos las instalaciones del polideportivo y llegamos a un pequeño restaurante de comida típica peruana donde desayunamos y nos dieron las instrucciones del ascenso. La comida perdió sabor alguno, debido a que los nervios se apoderaron de mí y me quitaron el apetito, pero no sabíamos cuando sería el almuerzo, así que decidí comer un poco, no podía dejar que el hambre me jugara una mala partida en la caminata.

Alrededor de las seis de la mañana tomamos unos pequeños buses, que nos acercaron al inicio de la caminata, donde disfruté de la maravillosa compañía de un grupo de españoles, un portugués, y una estadounidense. Las primeras dos horas del camino nos sirvieron a todos para recargar energías y descansar, pero luego, la emoción empezó.

De manera inesperada el chico portugués empezó a cantar una canción de Coldplay, titulada “Paradise” y yo, como gran fan de ellos, empecé a seguir la canción con él. Mientras cantaba observé el paisaje que me rodeaba, las diferentes gamas de verdes, las montañas que se elevaban por doquier, las diferentes razas de animales que habitaban en este lugar, sentí que eso era realmente el paraíso.

foto 1

Alrededor de las seis de la mañana nos bajamos de los buses y empezamos la caminata, era increíble como todos los temores se disipaban, eran reemplazados por mis pasos seguros y mi respiración brusca. 

Los primeros momentos de la caminata fueron maravillosos, el mal de altura no me afectaba para nada y en lo único en que pensaba era en subir esa gigantesca montaña. Incluso algunos de mis compañeros empezaron a quejarse, a sentir mareo, vómitos, y otros síntomas, hasta el punto en que los médicos empezaron a suministrarles hojas de coca. Pero en mi caso, estaba plena. Era increíble como algunos de los demás expedicionarios habían realizado actividades físicamente demandantes antes de la caminata y no se habían quejado, pero  después de una hora de caminar, ya empezaban a sentir los síntomas, más yo no sentía nada, solo el aire frio que se habría paso en mis pulmones.

La primera parte de la caminata, es decir, las primeras dos horas fueron de bajada, así que todo era maravilloso, paso a paso lograba imaginarme llegando a la cima, batiendo la bandera de Colombia y sintiéndome plena, sintiendo como si hubiera llegado a la meta más grande hasta ahora en mi vida, ¡subir el Quehuischa!. Esto logró impulsarme hora tras hora, minuto a minuto, respiración tras respiración; haciendo que los primeros kilómetros fueran como un flote, un vuelo magnífico sobre las montañas peruanas.

foto 2

Alrededor de las doce del mediodía terminamos la parte de bajada de la caminata, y lo verdaderamente exigente comenzó. Nos recibió una colina de unos 200 mts de altura que tuvimos que subir de un tirón, ya que no iba creciendo progresivamente, sino que era casi perpendicular, allí fue cuando de hecho empecé a sentir el cansancio. Mis piernas empezaron a encalambrarse, mis rodillas rechinaban y mis tobillos sentían la presión, incluso mis pulmones sintieron como la dificultad fue incrementando, llegando al punto de olvidar como respirar, tuve que parar unos minutos para recordar cómo hacer lo que antes para mí había sido completamente automático.

Cada cierto tiempo nos decían a qué altura estábamos y eso me mantenía con un cierto sentido de la ubicación que antes  era completamente inexistente, estaba en medio de un terreno inexplorado, siendo guiada por alguien extraño, a una hora, altura, y temperatura que hasta el día de hoy desconozco. Solo tenía una certeza, subiría a esa monstruosa montaña, vencería mis miedos, mis cansancios, ¡vencería mi humanidad!

En toda la subida solo paramos una vez, íbamos a paso lento pero constante y eso permitió que no sintiéramos tanto el cansancio, que no tuviéramos que impulsarnos a levantarnos constantemente, sino que de un solo empujón lográramos llegar. Pero a pesar de esta constante caminata, hubo un momento en que mi cuerpo estaba a punto de desplomarse, me sentía a punto de caer, de fallar, mis pies temblaban constantemente y esa idea de un paso seguro se desvaneció del todo de mi mente. 

Algunas chicas para darse fuerza mutuamente empezaron a hablar, a cogerse de las manos y caminar juntas, yo en cambio decidí guardar fuerzas y sola, agarrando fuertemente mi bandera y mis ilusiones empecé a abrirme camino entre la multitud. Las ampollas en mis pies empezaron a salir más y a volverse más y más prominentes, hasta el punto en que cada paso hacía que un dolor agudo recorriese todo mi cuerpo. Pero aún así, casi arrastrando los pies y respirando lentamente llegué a los 5000 mts donde hicimos un pequeño receso para la reagrupación.

Justo al llegar a los 5000 mts me desplomé entre unas piedras y empecé a buscar frenéticamente mi cantimplora; en la subida me había dado cuenta que la falta de oxígeno era muy grande, y que hasta el más mínimo movimiento para alcanzar mi cantimplora, me drenaba completamente, me asfixiaba, por lo que decidí guardarla en la mochila y solo tomar agua cuando fuera completamente necesario. Pero luego, sentada disfrutando del paisaje maravilloso que se asomaba ante mí, tomar agua era lo más sabroso y tranquilizador que había hecho en mucho tiempo.

Alrededor de treinta minutos después, nuestro guía nos dijo que faltaban alrededor de 170 metros, que estos últimos eran de subida inclinada, y que los compañeros que estaban enfermos no podrían hacer esa última etapa; en ese momento pensé seriamente en volver, mis pies no podían soportar más mi peso y todo mi cuerpo gritaba por la necesidad de volver al campamento. En ese momento de crisis, saqué mi bandera y la bandera de Brasil y sentí que más que un gusto por subir, era un deber, una necesidad.

Había llegado tan lejos, me había arrastrado hasta los 5000 mts, ¿cómo no subir unos 170 mts más? Además, no estaba allí solo por mí misma, estaba por mi grupo, por mi familia, por mí misma y por Madalena,     quien estaba enferma en esos momentos en el campamento y no  había logrado hacer parte de este grupo de ruteros que se enfrentaban al Quehuischa, ella era la única rutera Brasilera y me había dado su bandera buscando que la llevase hasta el nacimiento del Rio Amazonas; ¿cómo defraudarla?, ¿cómo frenar la subida de la bandera Brasilera solo por la insignificancia, de un dolor de pies? Así que a duras penas me puse de pie, amarré cada bandera a mi mochila, y empecé el final de la subida al Quehuischa.

Efectivamente los últimos metros fueron de pendientes, y mi cuerpo no estaba para nada preparado, mi respiración se aceleró completamente y luego me tiré en la mitad del camino. Corta de respiración y adolorida pensaba que debía haberme devuelto y que no iba llegar a la cima. Este mismo proceso lo repetí casi cuatro veces, en las cuales mis piernas olvidaron sus responsabilidades, encontrándome tirada en la arena, observando como los demás pasaban cerca de mí.

Finalmente, una monitora me tomó de la mano y me alzó del piso y poco a poco me impulsó hasta los treinta metros faltantes;  luego falta de respiración y agotada, llegué a las fuentes del Río Amazonas.  En ese momento todas mis emociones se entremezclaron y explotaron, empecé a llorar y a sonreír al mismo tiempo. Visualicé a unas compañeras de mi grupo y corrí hacia ellas, gritando y llorando de la alegría; la falta de oxígeno desapareció completamente y la excitación del momento se tomó todo mi ser.

Corrí desenfrenadamente para bajar unas dunas de arena que eran lo único que se interponía entre mí y  la fuente del Río Amazonas. Llegué corriendo, alegre y sintiendo que este era, sin duda alguna, el momento más alegre de toda mi vida.

Y así, gritando y saltando me reuní con otras dos colombianas que habían logrado completar esta odisea;  cansadas y extasiadas tomamos la bandera y capturamos el momento. Nos situamos cerca de un hilito de agua, de una ternura infinita, de un color cristalino que no me permitía dudar de su pureza extrema, tome un poco de su agua fría que me llegó hasta el alma y me dije para mis adentros, ahí nace el majestuoso Río Amazonas. Lloré porque Colombia había llegado al Quehuischa.

foto 3

foto 4

 Y eso fue solo la subida, la bajada es otra aventura.

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