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El amor es pura imaginación y nada más

16 Ago

Estaba enamorado de mí y buscaba la soledad para poder deleitarse más a gusto en mi imagen.

Cuando mejor me recordaba y me sentía era cuando bebía su taza de café antes de emprender cualquier actividad. Entre las siete y las ocho de la mañana.

La ausencia avivaba la pasión, el recuerdo fortalecía el sentimiento.

Mientras lo preparaba se sentía pleno, lleno de mí, aunque no recordara mi cara ni mis gestos.

Yo era un ser sin rostro, estaba ahí, lo colmaba todo.

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Mi presencia lo turbaba y la voluptuosidad de aquella meditación era menos intensa.

Yo era más yo cuando navegaba por su mente sin voz ni rostro, mientras bebía su café.

Cuando me sentaba a su lado era una señora, una mujer cualquiera, como todas las que ve pasar diariamente por ahí.

Palpaba el ruido de mis pasos y se estremecía, sospechaba la emoción de mi presencia y temblaba.

Después, en mi presencia, la emoción decaía.

Eramos dos personas hablando de temas triviales, como todos los demás.

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Y luego no le quedaba más que un inmenso estupor que terminaba en tristeza.

La presencia no era tan intensa como el recuerdo de mi presencia.