Archivo | abril, 2014

El Jonathan Vega que conoció Juan Sebastián Lozano

8 Abr

Esta es la primera vez que publico el texto de un autor que no soy yo en este blog. En enero publiqué dos o tres textos ajenos pero la autora pidió que su nombre se mantuviera en el anonimato y yo cumplí mi promesa, porque tengo palabra. Entonces, volviendo al comienzo, este es el primer post de autor que no soy yo con nombre propio que publico en este blog.

Tengo el placer de conocer a Juan Sebastián Lozano desde hace más o menos el mismo tiempo que él lleva de conocer a Jonathan Vega, el nombre de moda en todos los medios colombianos que, a falta de El Espacio, terminaron sumidos sin excepción en el amarillismo total con este asunto, hasta nombre le tienen a la Bestia: “El monstruo del Batán”.

Los medios colombianos pretenden terminar de  embrutecernos, ¿para que nos olvidemos de Petro? Y todos, hombres y mujeres vivimos ahora en pánico permanente porque en el momento menos pensado puede aparecer un agresor con ácido que lo lanzará sobre nuestra cara o sobre nuestra espalda. Gracias al gran despliegue de todos los pormenores de la vida y el estado de salud de Natalia Ponce de León, y de toda su familia, después de ese ataque con ácido han ocurrido dos más. ¿será que los medios le están dando ideas a los agresores que quieren gozar la adrenalina que provoca estar en boca de todo el mundo durante tres días sin interrupción?

Los periodistas colombianos, sin ser médicos, abogados ni jueces desean para el monstruo todo el peso de la ley. Repiten con aire de prepotencia, con la autoridad que les concede estar sentados ante un micrófono: este hombre ahora se hace el loco para no hacerse cargo de su horrendo crimen, deseamos que le vaya muy mal en la cárcel, una escoria social como esta merece el linchamiento, el repudio de toda la sociedad… Y como la mayoría de la gente cree todo lo que dicen en el noticiero el país entero quiere ver mucho sufrimiento físico y la pena máxima para el agresor.

Cuando apareció el escándalo sobre la mujer que fue atacada con ácido y capturaron al agresor Juan Sebastián dijo -en su cuenta de Twitter- que conocía personalmente a Jonathan Vega, quien es  esquizofrénico y no estaba tomando medicamentos para tratarse. El agresor ya lo dijo, el abogado lo sabe, el juez también, seguramente lo sabe también el médico forense, pero todos lo siguen tratando como si fuera la peor bestia desalmada y cruel y no un hombre enfermo que merece ser tratado por profesionales de la psicología y la psiquiatría. Está detenido en La Picota mientras se define su situación  y no creo que esté siendo tratado por profesionales de la salud sino por policías, guardias, abogados y periodistas llenos de odio y con el deseo de que sea condenado a 37 años de cárcel o más. En vista de que no lo pueden picar y luego arrojar mucho ácido sobre los trozos pequeños para que no quede nada de él le desean el peor de los finales en la peor cárcel de Colombia. Son los mismos periodistas que dirán la próxima semana que estamos muy cerca de lograr la tan anhelada paz de Colombia, que estamos muy cerca de alcanzar el sueño.

Si no hay cárceles dignas para los delincuentes colombianos  no creo que haya centros médicos especializados donde puedan ser tratados este tipo de pacientes, porque si es cierto que el delito lo cometió porque es esquizofrénico, más que porque sea una persona llena de mucha maldad, debe estar siendo valorado por médicos, no por policías, abogados ni periodistas, debe estar siendo tratado como un paciente, como una persona enferma.

Con ustedes, la narración de Juan Sebastián Lozano. Lo que  más deseo -de todo corazón- es que después de leerla no nos vayan a insultar a los dos y a concluir que los tres somos asesinos en serie y quieran picarnos también a nosotros por “defender” a la bestia:

Conocí a Jonathan Vega hace tres años en un retiro campestre organizado por una psicóloga que trataba a jóvenes con problemas de depresión y abuso en el consumo de drogas. Llegó con el libroFilosofía del tocador del Marqués de Sade bajo el brazo, con lo cual se ganó la simpatía de los que ya estábamos ahí. Llevaba puestas unas gafas grandes (tipo hipster), tenía un saco negro de capucha, pantalón de dril y botas Dr. Martens negras. Nos contó que había empezado a estudiar cine en Argentina, pero que debido a problemas psicológicos había abandonado la carrera.

La psicóloga nos contó más tarde que Jonathan (que en ese momento se hacía llamar “Wolf”, en un intento por renovar su identidad) sufría de esquizofrenia y había sido mal tratado por algunos psiquiatras. Ella era una cristiana convencida e insistía en que podía sacarlo de sus problemas con terapias psicológicas y técnicas orientales como los masajes “Reiky”, sin necesidad de pastillas fuertes que, según ella, le hacían más daño. Por aquel entonces Jonathan estaba interesado en el misticismo oriental, en especial en el hinduismo, tema que lo apasiona. Decía que su problema era espiritual y se mostraba de acuerdo con la postura anti-psiquiátrica de la psicóloga.

Su comportamiento era relativamente normal. Era el comportamiento de un joven interesado en la expresión artística, algo que teníamos en común los seis pacientes que estábamos en el retiro. El espació físico a las afueras de Bogotá era muy cómodo, pero las postura religiosa y anticientífica de la psicóloga no nos agradó a algunos. Solo en ciertos momentos Jonathan mostraba un comportamiento fuera de lo común: hablaba solo, caminaba alrededor de la casa, pero nada que indicara una esquizofrenia avanzada.

Después de esa experiencia nos vimos en Bogotá un par de veces, y ya en la vida ordinaria mostró un comportamiento más extraño. No podía quedarse quieto en un mismo lugar por muchos minutos, caminaba con mucha ansiedad y fumaba de manera compulsiva. En un momento su comportamiento me resultó molesto y hasta asfixiante, y decidí no volver a buscarlo, negarme cuando venía a buscarme a mi casa y no contestarle el teléfono. Al principio insistía en buscarme, pero finalmente entendió el mensaje y dejó de hacerlo.

Lo volví a ver hace seis meses. Hablamos por Facebook y decidimos encontrarnos. Lo vi mucho más tranquilo y reflexivo, me dejó una buena impresión, como si tuviera controlada su enfermedad. Me dijo que estaba yendo al psiquiatra, aunque al parecer no estaba tomando pastillas. En ese momento los dos estábamos leyendo al psicomago chileno Alejandro Jodorowsky y planeábamos hacer unos performances o actos teatrales con dos objetivos en mente: modificar la rutina y superar conflictos psicológicos.

Finalmente, nos ganó la timidez y no hicimos nada, nos conformamos con desarrollar cada uno por su lado la actividad que lo apasiona, él la pintura y yo la escritura. Como compartíamos el gusto por el cine, empezamos a ver películas dos veces a la semana.

Caminamos un par de noches desoladas en las que parecía ganarnos el tedio. Ambos habíamos dejado de consumir drogas y buscábamos razones que nos motivaran a vivir. Hablábamos del futuro incierto de este país dominado por la frivolidad y el individualismo, con la gran mayoría de sus habitantes atrapados en la ciega carrera por el dinero.

No me cabe en la cabeza que la misma persona con la que vi más de una decena de películas en mi casa, leí en voz alta poesía y fragmentos de Nietzsche (su autor favorito), y hablé de mujeres –nunca mencionó a Natalia Ponce de León-, haya cometido tan cobarde crimen; que haya perjudicado gravemente la existencia de una bella joven que, según sus allegados, es una mujer noble y alegre.
El tema de las mujeres le generaba mucha ansiedad. Decía que necesitaba una novia con urgencia y que ya le aburría acostarse con prostitutas.

Yo hablo del Jonathan que conocí. Pocas veces me he encontrado con alguien tan amable, pacífico y receptivo. Parecía incapaz de matar una mosca. Sin embargo, sí parecía estar rodeado por una nube negra. Algo lo atormentaba, sospeché más de una vez.

Compartíamos el gusto por las películas de individuos outsiders o marginales. Quizás como una suerte de anticipación inconsciente al atroz crimen que cometería, la última película que vimos fue Bronson, de Nicholas Winding-Refn, una excelente historia que habla de un hombre que quería ser famoso a cualquier costo, y como no sabía cantar ni actuar se convirtió en el preso más peligroso de Inglaterra, un tipo con inquietudes artísticas no estimuladas a quien el sistema carcelario lo transforma en alguien cada vez más monstruoso. Es una crítica a la sociedad del espectáculo actual, que idealiza cualquier tipo de fama.

Después de ver cada película, yo le insistía a Jonathan en que las personas inteligentes descargaban su rabia hacia la sociedad que criticaban a través de la expresión artística: el arte como una venganza simbólica del rechazado o marginado social. Todo parece indicar que para Jonathan la posibilidad de convertir en arte o en reflexión su descontento social no fue suficiente, y cruzó el límite hacia lo real, atacó lo que odiaba de la sociedad: la belleza autocomplaciente, la vida burguesa aparentemente feliz, la sociabilidad. ¿Acaso Natalia Ponce representaba lo que él odia y a la vez desea? ¿Al no poder acceder a ella quiso dañarla?

No hay justificación. Jonathan cometió un crimen abominable contra una persona inocente que no tenía por qué estar obligada a aceptarlo. Yo también rechacé a Jonathan varias veces. Hace dos meses tuve que hacerlo de nuevo. Últimamente, cuando estaba con él, sentía una energía pesada, una depresión al cuadrado, y por eso concluí que no me convenía volverlo a ver. Aunque me parecía interesante conocer a alguien como él, yo sentía que debía mantenerme alejado. Una vez me soltó una frase en tono agresivo que me dejó pensando: “Si yo fuera asesino en serie, lo mataría a usted, porque es un gordo narcisista y egocéntrico”. En seguida se echó a reír y dijo que era una broma. Ese fue el único comentario hostil que sentí como un ataque personal.

Soy testigo de que Jonathan Vega es un hombre enfermo. Un par de veces me dijo que lo atormentaban voces. En una ocasión me dijo que las voces que escuchaba le decían que no querían que fuera un hombre feliz, y que por eso debía vencer a los fuertes demonios que lo atormentaban.

No sé cuál es su grado de esquizofrenia, pero es claro que su condición influyó en su nefasta decisión.

Este acto de violencia extrema no debería verse como un suceso aislado de los problemas que nos aquejan como sociedad. Colombia, ya lo sabemos, no es un paraíso, es un país con el porvenir cerrado para muchos, sin futuro para millones de personas. Somos esclavos de un sistema injusto, desigual, del que se beneficia una minoría. Un país en el que todavía está latente el racismo, el clasismo, la discriminación al diferente. Ya sabemos, además, que aquí la salud y la educación son negocios.

Los jueces y los médicos determinarán cuál es la pena para “El monstruo del Batán”. Jonathan pasará varios años en la cárcel o quizás será internado de por vida en un hospital psiquiátrico. Por supuesto, debe pagar por su crimen. Algunos considerarán que se hizo justicia y otros que no. Mientras tanto, deberíamos pensar más en el rumbo que queremos tomar como sociedad, si el de la sed de venganza y la violencia perpetua o el del perdón, la paz y la reconciliación, teniendo en cuenta las hondas raíces sociales de nuestros conflictos.

Si no superamos el estado inequidad, la ley del más fuerte, la violencia prevalecerá. Y mientras el negocio de la salud esté por encima del bienestar colectivo, enfermos mentales como Vega seguirán representando un peligro para la sociedad. Y eso que estamos que hablando de alguien que vive en el norte de Bogotá, con una posición acomodada. No me imagino la situación con enfermos mentales cuyas familias no tienen recursos para tratarlos.

Milagrosa hoja verde

7 Abr

La vida se nos da y se nos quita, pero hay momentos en que la merecemos, quiero decir que depende de nosotros que continúe o que cese. Y esto lo digo al recordar aquella noche atroz en el hospital, en la cual lloraba desamparado sintiéndome perdido y sin ningún socorro posible, pues hacía dos días que no dormía, mi cuerpo se evaporaba en la transpiración, tubos y sondas me salían de la nariz, la boca, el recto, la uretra, la vena, el tórax.

Deseaba que me borraran todo y antes que nada mi propio sufrimiento. Una enfermera vino a protestar por mis gritos y destempladamente me hizo callar.  Como los enfermos se vuelven niños, la obedecí y quedé flotando en el silencio nocturno. De pronto vi por la ventana que comenzaba a amanecer y escuché muy ténuemente el canto de los pájaros. Se acercaba la primavera. Sabía que en el hospital había un claustro arbolado e imaginé que las primeras hojas estaban por brotar. Y fue una hoja la que me retuvo.

Quería verla. No podía morir sin abandonar ese cuarto y retornar aunque fuera de paso a la naturaleza. Ver esa hoja verde recortada contra el cielo. ¿Por qué absurdo raciocinio pensaba que mi vida dependía de ver esa hoja verde? Y me esforcé, resistí, luché porque llegara el día y me permitieran contemplar por la ventana el patio. El médico lo autorizó al cabo de unos días. Me bajaron en camilla por el ascensor. Y al llegar al claustro vi los árboles implacablemente pelados, pero en la rama de uno de ellos había brotado una hoja. Pequeñísima, translúcida, recortada contra el cielo, milagrosa hoja verde.

Julio Ramón Ribeyro

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Lo bello y lo triste

6 Abr

Un escritor narra la historia de su amor con una joven de dieciséis años y como es literatura la heroína es mucho más fantástica que la protagonista, que la mujer real; es la historia de una verdad distorsionada, una versión de los hechos desde la distancia y el recuerdo por un hombre triste que se divierte observando a los pasajeros de un tren, los paisajes desde la distancia, flores y sonidos de campañas en la Noche de Año Nuevo. Se han vendido muchas ediciones, el autor mejora su condición económica, es un escritor famoso. Su esposa y sus dos hijos se dan la buena vida a costa de la narración del sufrimiento de una joven y el amor de esa joven con el narrador (que es el mismo escritor). El título de la novela es Una chica de dieciséis, simple, como tenía que ser el título de una novela de  Yasunari Kawabata.

Oki y Otoko se conocieron en Tokio, se enamoraron, ella era una amante diestra dispuesta a todo, sumisa y discreta, quedó embarazada, perdió al bebé de Oki (una niña) y la pérdida la llevó a la locura, pero nunca dejó de amarlo. El asunto es cursi y la historia es absurda. ¿Será frecuente este hecho en Tokio y en kioto? ¿En Japón los hombres de treinta y cinco años desean y se enamoran de jóvenes vírgenes que luego enloquecen de amor por ellos? El narrador insiste en que la literatura sólo puede surgir de la vida real, de las experiencias intensas, que sólo se puede escribir algo bello, artístico, cuando el sentimiento ha sido muy profundo: sin amor, sin odio, sin deseo…  es imposible  escribir algo que pueda llamarse con respeto y reverencia una  Obra de Arte digna de ser apreciada, esa es una de las conclusiones contundentes en esta novela en la que se reflexiona seriamente sobre la esencia de la estética, el estilo y la pureza.

En Colombia esta  conmovedora historia de amor sólo podría verse en una telenovela, no en lo que llamamos Una Obra Literaria. Si las feministas analizan Lo bello y los triste con lupa descubrirán fácilmente el patriarcado y el falocentrismo, podrían terminar odiando a Kawabata como odian a Bukowski y tal vez a Lovecraft. ¡Dios no permita que esta novela caiga en las manos de Catalina Ruiz-Navarro porque la destrozaría!

Otoko supera el dolor gracias al apoyo de su madre, se tienen la una a la otra y la madre desea que su hija se enamore de nuevo, se case y tenga hijos pero ella sólo puede amar a Oki y lo amará hasta la última página del libro porque en ella no cabe el odio, el resentimiento ni la venganza, ella sólo sabe amar a ese hombre y él también siente que no volverá a amar a otra mujer como la amó a ella.

Otoko pinta y Oki escribe novelas, la esposa de Oki ha perdonado la traición pero se atormenta sabiendo que en la novela se destaca más la pureza de la joven que sus propios celos y sabe que debe soportar el sufrimiento que implica ser la esposa de un escritor. Pasan los años y parecen haberse curado las heridas, ninguno de los personajes imagina el final dramático de la historia en manos de Keiko, la protegida de la señorita  Otoko Ueno. Un drama total que termina en la muerte de un joven que no pudo resistirse ante los encantos de la belleza femenina.

Oki es un hombre triste y sueña con ir a Kioto (donde vive Otoko) para oír con ella las campanas en la noche de Año Nuevo. Ella lo recibe con su aprendiz: Keiko. Keiko es joven, hermosa y seductora y espera vengar el dolor de Otoko, su maestra,  a través del sufrimiento del padre y el hijo y, entonces, los seduce a los dos. La novela termina con la muerte de Taichiro, el hijo de Oki, una joven promesa de la intelectualidad de Tokio.

 

Andrés se llevó mi sombrilla de niña

3 Abr

Desde que conozco a Andrés le he regalado sombrillas porque siempre tengo muchas.

En mi colección tenía sombrillas que podían ser exhibidas por un hombre sin misterio, sin parecer homosexual.

Pero ahora sólo compro sombrillas de niña.

La última que tuvo era una sombrilla en forma de vestido de niña con arandelas,

La usó hasta cuando quedó inservible.

Era una sombrilla hermosa de fondo negro con flores blancas.

Los colores la harían menos femenina si fuera de fondo rosado con flores blancas.

Esa sombrilla la disfrutó durante más de un año pero la rompió, como todas las demás, porque es hombre.

“Tengo sólo sombrillas rosaditas de niña”, le dije, “le tocó comprar sus propias sombrillas”.

Escogió la menos rosada de todas y la adoptó desde hace una semana… Pero esta mañana descubrí que se llevó mi sombrilla favorita, la sombrilla de niña que más me gusta.

¿Por qué se lleva mis sombrillas?

¿Qué diría Freud?