Archivo | febrero, 2014

En mis manos acojo los excrementos

8 Feb

En mis manos acojo los excrementos
formando con ellos poemas
cerca estoy ya de donde sopla el viento.

Mi ano es todo lo profundo
solo construye un mundo
un niño baila en el dibujo
fiel a la rosa de lo inmundo.

Los labios de los hombres
dicen que la mujer es bella
y mienten.
Sin embargo tú eres bella como de la mujer
dicen los libros y las leyendas
y pensé en besarte al amparo de la muerte
única segura compañera
y eyaculé sangre pensando que me amabas.
Hoy de aquella Zaragoza que la amistad nombró
sólo queda
sobre la mesa un ejemplar sin vida
de “vida ávida” de Ángel Guinda
y unas voces que oigo en las pesadillas.

Leopoldo María Panero

Lo que Stephan Mallarmé quiso decir en sus poemas

8 Feb
Quiso el viejo decir cuando ya la última lámpara
en el cuarto estaba apagada
y el sol no nos veía, la sierpe lanzaba
con las heces del día al pozo del recuerdo
al sueño que todo lo borra, al sueño,
quiso decir el viejo que las leyes
del amor no son las leyes de la nada
y que sólo abrazados a un esqueleto en el mundo vacío
sabremos como siempre que el amor es nada,
y que la nada
siendo así algo que con el amor y la vida
fatalmente rompe, quiere una ascesis
y es por ello que una cruz en los ojos, y un
escorpión en el falo representan al poeta
en brazos de la nada, de la nada henchido
diciendo que ni siquiera Dios es superior al poema.
***
Leopoldo María Panero

Un loco tocado de la maldición del cielo

8 Feb

Un loco tocado de la maldición del cielo

canta humillado en una esquina

sus canciones que hablan de ángeles y cosas

que cuestan la vida al ojo humano

la vida cerca se pudre a sus pies como una rosa

y ya cerca de la tumba, pasa junto a él

una Princesa.

Leopoldo María Panero

 

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Blancanieves se despide de los siete enanos

8 Feb

Prometo escribiros, pañuelos que se pierden en el horizonte, risas que palidecen, rostros que caen sin peso sobre la hierba húmeda, donde las arañas tejen ahora sus azules telas. En la casa del bosque crujen, de noche, las viejas maderas, el viento agita raídos cortinajes, entra sólo la luna a través de las grietas. Los espejos silenciosos, ahora, qué grotescos. Os echaré de menos, nunca os olvidaré. Pañuelos que se pierden en el horizonte. A lo lejos se oyen golpes secos, uno tras otro los árboles se derrumban. Está a la venta el jardín de los cerezos.

Leopoldo María Panero

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Estoy condenada a escribir textos cortos

7 Feb

Varias veces he intentado escribir ensayos como los que escribía hace veinte años. Cuando voy en la página diez desfallezco, pierdo el impulso, tropiezo y caigo. Siento que no tengo nada más que decir y quedo muda.

El último intento fue una novela de terror interactiva. En la mente todo parecía perfecto, cuadraban las piezas del rompecabezas, sabía exactamente cuál escena iba después de la anterior. Cuando llegué a la página diez perdí el entusiasmo y decidí abandonar ese proyecto porque la vida no vale la pena si tenemos que esforzarnos para que las cosas salgan bien, para cumplirnos a nosotros mismos y demostrarle al público lo inteligentes, creativos y sensibles que podemos llegar a ser.

Lo mío no es correr sino fluir, no es la fuerza  ni el deseo lo que me embarga, sino la emoción. Si no me gusta no lo hago y si me gusta lo hago muy bien, sin esfuerzo. Mi medida ideal son dos cuartillas, un impulso que va desde el comienzo hasta el final. Si me detengo me pierdo, si imagino el texto escrito no lo escribo, si hago una pausa breve para comer o para ir al baño pierdo el impulso y echo todo a perder. Así de serio es el asunto.

Parece que estoy condenada a escribir a partir de impulsos que duran muy poco tiempo, experiencias narradas de hechos sin importancia que puedo hacer pasar por grandes epopeyas; ideas que pasan por la mente mientras camino, nada que sea producto de una larga reflexión, fruto del estudio, la investigación, la profundización, el insomnio, la  depresión, la locura, la desesperación o el ceño fruncido. No, nada de eso, aquí no hay dramas, todo fluye con naturalidad.

Me condené a las superficies, al camino fácil, a la escritura poco meditada y poco estructurada, a hacer de cada post un ejercicio de diversión pura. A mí me gusta escribir de esa manera y cada día hay más público cautivado porque parezco una loca desquiciada o un ángel caído del cielo que viene a revelar la verdad de todas las cosas.

Hay quien me felicita, hay quien llora de emoción con cada composición, hay quien cree que tengo tesoros ocultos en mi mente que me niego a revelar porque los lectores todavía no están preparados para tan memorable acontecimiento.

La culebra

3 Feb

Del texto que estás leyendo hay tres versiones: la del blog, la de Word y otra en  PDF. La del blog se publica cada vez que termina una parte de la historia larga y cada parte va señalada en la versión de Word con negrilla o negrita, como quieras llamarla, las dos están bien. La versión en PDF será una versión definitiva que revisaré con calma cuando complete las primeras doscientas páginas del Gran Texto, el que estoy redactando en Word. Esa medida será el punto de partida para empezar a revisar y a pulir el estilo del texto final, del que verás la versión definitiva en PDF antes de terminar este año. Recuerda que hoy es 3 de febrero de 2014. Será algo digno de ser leído en un tarde y cuando termines la primera  emprenderás la segunda sin pensarlo mucho. Te tendré en mis manos y te haré mi autómata. Harás exactamente lo que yo quiera.

Serán cien historias de dos páginas y cada historia se enlazará con las demás, pero también podrás leerlas por separado. Puedes disponer de la culebra por la cabeza o por la cola; puedes comenzar con las historias del centro de la narración, todo depende de que te percates a tiempo del juego, porque se trata de un juego.

Si estás leyendo este post después de haber leído los tres anteriores lo más seguro es que comenzaste a jugar desde cuando todo era apenas un proyecto titulado “Proyecto de escritura de una novela de terror: Tentada por siete Demonios” publicado en el blog el 27 de enero y, entonces, puedes llamarte a ti mismo afortunado:

Tendrás la posibilidad de modificar la historia a lo largo de este año interactuando con la protagonista -con la mal llamada Rosa- en Twitter o comentando las entradas en el blog. Todas serán etiquetadas con tres palabras clave: Elsy Rosas Crespo, Ensayista y La mal llamada Rosa, precisamente. Puedes guiarte, navegar por el blog -sólo por el blog-  gracias a estas etiquetas. Te lo digo aquí y no te lo volveré a recordar en las páginas que vendrán.

Una culebra puede ser la imagen grande de un gusano o la imagen pequeña de un dragón, de ti depende que el texto total sea gusano, culebra o dragón. Yo sólo te daré pistas, el resto está en tu cerebro, en tu memoria o en tu imaginación. Puedes pensar en una culebra viva, en una muerta, en una de tela, de caucho o de madera; puedes imaginarte el texto como el esqueleto de la culebra, como piezas parecidas pero diferentes y puedes pensar también que cada una debe encajar en el lugar que le corresponde; puedes forzar las piezas hasta que encajen, incluso hasta que se rompan, o puedes imaginarte una culebra flexible, fabricada con una tela fina de color verde que parece tela pero también parece polvo y que es a veces tela, a veces culebra, a veces dragón.

Pierre Bourdieu era feminista y era hombre. ¡Increíble!

2 Feb

Yo dije: Andrés es feminista. Yo respeto y adoro a este hombre porque él adora, respeta y reverencia a las mujeres. Me tiene en un merecido pedestal.

Ella dijo: Hombre que le diga que es feminista, una de dos: se la quiere comer o es gay. ATT: Freud y Dios.

Yo dije: Mira, Pierre Bourdieu es feminista. Increíble que sea un hombre quien tenga que decir esto:

 

Las armas del débil son siempre armas débiles.

Se dice del pene que es el único macho que incuba dos huevos.

“Para muchas mujeres, un estatuto dominante de los hombres es excitante”.

Pensemos en los pasitos rápidos de algunas muchachas con pantalones y zapatos planos.

La fuerza del orden masculino se descubre en el hecho de que prescinde de cualquier justificación.

La familia es la que asume sin duda el papel principal en la reproducción de la dominación y de la visión masculinas.

El acto sexual en sí mismo está pensado en función del principio de la primacía de la masculinidad.

Lo típico de los dominadores es ser capaces de hacer que se reconozca como universal su manera de ser particular.

Encima o debajo, activo o pasivo, estas alternativas paralelas describen el acto sexual como una relación de dominación.

La visión androcéntrica se impone como neutra y no siente la necesidad de enunciarse en unos discursos capaces de legitimarla.

El orden social funciona como una inmensa máquina simbólica que tiende a ratificar la dominación masculina en la que se apoya.

Si las mujeres son especialmente propensas al amor llamado romántico, se debe sin duda, por una parte, a que están especialmente interesadas en ello.

Cualquier oficio, sea cual sea, se ve en cierto modo cualificado por el hecho de ser realizado por los hombres (que, desde ese punto de vista, son todos, por definición, de calidad).

El principio de visión de dominante no es una simple representación mental, un fantasma (“unas ideas en la cabeza”), una “ideología”, sino un sistema de estructuras establemente inscritas en las cosas y en los cuerpos.

Al estar la mujer constituida como una identidad negativa, definida únicamente por defecto, sus virtudes sólo pueden afirmarse en una doble negación, como vicio negado o superado, o como mal menor.

Inscrito en las cosas el orden masculino se inscribe también en los cuerpos a través de las conminaciones tácitas implicadas en las rutinas de la división del trabajo o de los rituales colectivos o privados.

Las mujeres son capaces de hablar de su marido con mucho detalle, mientras que los hombres sólo pueden describir a su mujer a través de estereotipos muy generales, válidos para “las mujeres en general”.

A los ojos de los hombres, las mujeres que, rompiendo la relación tácita de disponibilidad, se reapropian en cierto modo de su imagen corporal, y con ello, de su cuerpo, aparecen como no “femenina”, prácticamente como lesbiana.

Al estar simbólicamente destinadas a la resignación y a la discreción, las mujeres sólo pueden ejercer algún poder dirigiendo contra el fuerte su propia fuerza o accediendo a difuminarse y, en cualquier caso, negar un poder que ellas sólo pueden ejercer por delegación (como eminencias grises).

Las mujeres francesas manifiestan, en una amplísima mayoría, que desean tener una pareja de mayor edad y también, de manera muy coherente, de mayor altura física, y dos terceras partes de ellas llegan a rechazar explícitamente a un hombre más bajo.

Todo, en la génesis del hábito femenino y en las condiciones sociales de su actualización, contribuye a hacer de la experiencia femenina del cuerpo el límite de la experiencia universal del cuerpo-para-otro, incesantemente expuesta a la objetividad operada por la mirada y el discurso de los otros.

A los que puedan objetar que muchas mujeres han roto actualmente con las normas y las formalidades tradicionales del pudor y verían en el espacio que dejan a la exhibición controlada del cuerpo un indicio de “liberación” basta con indicarles que esta utilización del propio cuerpo permanece evidentemente subordinada al punto de vista masculino.

Forma especial de la peculiar lucidez de los dominados, la llamada “intuición femenina” es, en nuestro propio universo, inseparable de la sumisión objetiva y subjetiva que estimula u obliga a la atención y a las atenciones, a la vigilancia y a la atención necesarias para adelantarse a los deseos o presentir los disgustos.

Los hombres (y las propias mujeres) no pueden ver que la lógica de la relación de dominación es la que consigue imponer e inculcar a las mujeres, en la misma medida que las virtudes dictadas por la moral, todas las propiedades negativas que la visión dominante imputa a su naturaleza, como la astusia, o por tomar una característica más favorable, la intuición.

El cuerpo tiene su parte delantera, lugar de diferencia sexual, y su parte trasera, sexualidad indiferencia, y potencialmente femenina, es decir, pasiva, sometida, como lo recuerdan, mediante el gesto o palabra, los insultos mediterráneos (especialmente el famoso “corte de mangas”) contra la homosexualidad.

La diferencia biológica entre los sexos, es decir, entre los cuerpos masculino y femenino, y muy especialmente, la diferencia anatómica entre los órganos sexuales, puede aparecer de ese modo como la justificación natural de la diferencia socialmente establecida entre los sexos, y en especial de la división sexual del trabajo.

La misma protección “caballeresca”, además de que puede llevar a su confinamiento o servir para justificarla, puede contribuir también a mantener a las mujeres al margen de cualquier contacto con todos los aspectos del mundo real “para los cuales no están hechas” porque ellos no están hechos para ellas.

De acuerdo con la lógica habitual del prejuicio desfavorable, la representación masculina puede condenar las capacidades o las incapacidades femeninas que ella misma exige o contribuye a producir. De ese modo observamos que “el mercado de las mujeres no se termina” -son parlanchinas y sobre todo pueden pasarse siete días y siete noches discutiendo sin decidirse- o, para manifestar su acuerdo, las mujeres tienen que decir sí dos veces.

El placer masculino es, por una parte, disfrute del placer femenino, del poder de hacer disfrutar. Es indudable que Catherine MacKinnon acierta al ver en la “simulación del orgasmo”, una demostración ejemplar del poder masculino de conformar la interacción entre los sexos de acuerdo con la visión de los hombres, que esperan del orgasmo femenino una prueba de su virilidad, y el placer asegurado de esta forma suprema de la sumisión.

Si la relación sexual aparece como una relación social de dominación es porque se constituye a través del principio de división fundamental entre lo masculino, activo y lo femenino, pasivo, y ese principio crea, organiza, expresa y dirige el deseo, el deseo masculino como deseo de posesión, como dominación erótica, y el deseo femenino como deseo de la dominación masculina, como subordinación erotizada, o incluso, en su límite, reconocimiento erotizado de la dominación.

Cuando los dominados aplican a lo que les domina unos esquemas que son el producto de la dominación, o, en otras palabras, cuando sus pensamientos y sus percepciones están estructurados de acuerdo con las propias estructuras de la relación de dominación que se les ha impuesto, sus actos de conocimiento son, inevitablemente, unos actos de reconocimiento, de sumisión.

La lógica, esencialmente social, de lo que se llama “vocación” tiene como efecto producir tales encuentro armoniosos entre las disposiciones y las posiciones que hacen que las víctimas de la dominación psicológica puedan realizar dichosamente (en su doble sentido) las tareas subalternas o subordinadas atribuidas a sus virtudes de sumisión, amabilidad, docilidad, entrega y abnegación.

Habría que enumerar todos los caso en que los hombres mejor intencionados (la violencia simbólica, como sabemos, no opera en el orden de las intenciones conscientes) realizan unas acciones discriminatorias, que excluyen a las mujeres, sin siquiera planteárselo, de las posiciones de autoridad, reduciendo sus reivindicaciones a caprichos, merecedoras de una palabra de apaciguamiento o de una palmadita en la mejilla.

El hombre no puede realizar sin rebajarse determinadas tareas domésticas consideradas inferiores (entre otras razones porque no considera que pueda realizarlas), las mismas tareas pueden ser nobles y difíciles cuando son realizadas por unos hombres, o insignificantes e imperceptibles, fáciles y triviales, cuando corren a cargo de las mujeres, como lo recuerda la diferencia que separa al cocinero de la cocinera, al modisto de la modista; basta con que los hombres se apoderen de tareas consideradas femeninas y las realicen fuera de la esfera privada para que se vean ennoblecidas y transfiguradas.

De acuerdo con la ley universal de la adecuación a las esperanza a las posibilidades, de las aspiraciones a las oportunidades, la experiencia prolongada e invisiblemente amputada de un mundo totalmente sexuado tiende a hacer desaparecer, diseminándola, la misma inclinación a realizar los actos que no corresponden a las mujeres, sin tener ni siquiera que rechazarlos.

“Cuanto más me trataban como mujer, en más mujer me convertía. Me adaptaba de grado o a la fuerza. Si me supusieran incapaz de retroceder unos escalones o de abrir unas botellas, sentiría extrañamente, que me estaba volviendo incompetente. Si alguien pensaba que una maleta era demasiado pesada para mí, inexplicablemente, yo también lo consideraría así”.

Para alcanzar plenamente cierta posición, una mujer tendría que poseer no sólo lo que exige explícitamente la descripción del puesto, sino también todo un conjunto de propiedades que sus ocupantes añaden habitualmente al mismo, una estatura física, una voz, o unas disposiciones como la agresividad, la seguridad, la “distancia respecto al papel”, la llamada autoridad natural, etc. para las que los hombres han sido preparados en cuanto que hombres.

Al sentir la necesidad de la mirada de los demás para construirse, las mujeres están constantemente orientadas en su práctica para la evaluación anticipada del precio que su apariencia corporal, su manera de mover el cuerpo y de presentarlo, podrá recibir (de ahí una propensión más o menos clara a la autodenigración y a la asimilación del juicio social bajo la forma de malestar corporal o timidez.

La iglesia, habitada por el profundo antifeminismo de un clero dispuesto a condenar todas las faltas femeninas a la decencia, especialmente en materia de indumentaria, y notoria reproductora de una visión pesimista de las mujeres y de la feminidad, inculca (o inculcaba) explícitamente una moral profamiliar, enteramente dominada por los valores patriarcales, especialmente por el dogma de la inferioridad natural de las mujeres.

Sea cual sea su posición en el espacio social, las mujeres tienen en común su separación de los hombres por un coeficiente simbólico negativa que, al igual que el color de la piel para los negros o cualquier otro signo de pertenencia a un grupo estigmatizado, afecta de manera negativa a todo lo que son y a todo lo que hacen, y está en el principio de un conjunto sistemático de diferencias homólogas.

A través de la experiencia de un orden social “sexualmente” ordenado y los llamamientos explícitos al orden que les dirigen sus padres, sus profesores y sus condiscípulos, dotados a su vez de principios de visión adquiridos en unas experiencias semejantes del mundo, las chicas asimilan, bajo formas de esquemas de percepción y de estimación difícilmente accesibles a la conciencia, los principios de división dominante que les lleven a considerar normal, o incluso natural, el orden social tal cual es y a anticipar de algún modo su destino, rechazando las ramas o las carreras de las que están en cualquier caso excluidas, precipitándose hacia aquellas que, en cualquier caso, están destinadas.

La dominación masculina, que convierte a las mujeres en objetos simbólicos, cuyo ser es un ser percibido, tiene el efecto de colocarlas en un estado permanente de inseguridad corporal o, mejor dicho, de dependencia simbólica. Existen fundamentalmente por y para la mirada de los demás, es decir, en cuanto que objetos acogedores, atractivos, disponibles. Se espera de ellas que sean “femeninas”, es decir, sonrientes, simpáticas, atentas, sumisas, discretas, contenidas, por no decir difuminadas. Y la supuesta “feminidad” sólo es a menudo una forma de complacencia respecto a las expectativas masculinas, reales o supuestas, especialmente en materia de incremente del ego. Consecuentemente, la relación de dependencia respecto a los demás (y no únicamente respecto a los hombres) tiende a convertirse en constitutivo de su ser.

Bourdieu, pierre. La dominación masculina. Madrid: Anagrama. 1996.

En estas diez frases de Flaubert puedes tratar de encontrarla a Ella

2 Feb

Elsy, Ensayante, El Cirrosis…  como la quieras llamar según tu aire de superioridad, tu ingenio y creatividad, escribe pensando siempre en estas diez frases de Flaubert.

Si las lees bien -con humildad y con atención- tal vez empieces a encontrar la clave para encontrarla a ella. A partir de estas diez frases inteligentes se armarán las últimas cincuenta historias que componen la cola de la culebra que describiremos cuando termines de leer este post (porque el título de la próxima entrega de esta historia de terror es precisamente La culebra):

1. Quisiera escribir palabras que te hicieran llorar de admiración.

2. Temo ser frío, seco, egoísta, y Dios sabe bien, sin embargo, lo que sucede en estos momentos dentro de mí.

3. Lo que vuelve tan hermosas las figuras de la antigüedad es que eran originales: ahí está todo, el sacar de uno mismo.

4. La comicidad llegada al extremo, la comicidad que no hace reír, el lirismo en la broma es lo que más me seduce como escritor.

5. Lo que constituye la fuerza de una obra es el empalme, como se dice vulgarmente, es decir, una larga energía que corre de un extremo a otro y no flaquea.

6. Porque un imbécil tenga dos pies como yo, en vez de cuatro como un burro, no me creo obligado a quererlo, o al menos, a decir que lo quiero y que me interesa.

7. Soy el hermano en Dios en todo lo viviente, de la jirafa y del cocodrilo tanto como del hombre, y conciudadano de todos los inquilinos del gran caserón amueblado que es el Universo.

8. Es fácil, con una jerga convenida, con dos o tres ideas en boga, hacerse pasar por un escritor socialista, humanitario, renovador y precursor de ese porvenir evangélico soñado por los pobres y por los locos.

9. Todo el talento de escribir no consiste, después de todo, más que en la elección de las palabras. La precisión es la que hace la fuerza. En estilo es como en música: lo más hermoso y lo más raro que hay es la pureza del sonido.

10. Lo que a mí me parece lo más elevado del Arte (y lo más difícil) no es hacer reír ni llorar, ni poner cachondo o enfurecer, sino obrar al modo de la naturaleza, es decir, hacer soñar. Por eso las obras más hermosas poseen ese carácter. Son serenas de aspecto e incomprensibles.