Archivo | enero, 2014

El noticiero de las siete

16 Ene

Se supone que a medida que pasa el tiempo nos divertimos más con nosotros mismos porque tenemos abundante material en el cerebro llamado memoria; podemos contrastar, comparar y sonreír ante los aciertos y los errores cometidos en el pasado y anhelamos seguir soñando con un futuro menos inocente porque contamos con ese tesoro prodigioso llamado la experiencia de la vida. Nada de eso es cierto, los recuerdos no sirven para nada porque lo que recordamos sin desearlo casi siempre son imágenes que no podemos comprender y no sabemos por qué se convierten en recuerdos recurrentes que a veces nos hacen sufrir, soñar o sentir estúpidos.

Desde hace más de un año cuando son las siete de la noche recuerdo que veía el noticiero a esa hora con mi papá cuando era niña. Esa experiencia no tenía nada de significativo para él ni para mí, había emociones y recuerdos mucho más fuertes que esperaría fueran los más memorables a su lado, pero no, lo que recuerdo de él y junto a él es el tonto noticiero de las siete. El era joven pero yo era más joven que él; ahora él es un viejo y yo soy una señora de 43 años, un número no apto para pensar en una niña que ve televisión muy concentrada mientras espera la llegada de su héroe.

Ahora no vemos televisión y no hablamos mucho porque él es todavía más serio y pesimista que yo, pero a los dos nos duele que se la haya esfumado la vida y le queden menos años de los que le gustaría esperar. Tal vez lo que se resume con esa imagen mía viendo el noticiero de las siete es el recuerdo de lo mucho que me gustaba ver televisión cuando era niña y de lo emocionante que era verlo llegar a él, más si traía regalo sorpresa de comer para los niños. Mi papá es de esos papás que adoran a los niños, se fastidian con los jóvenes y vuelve a ser cariñoso cuando los niños se convierten en viejos como él. Es un cariño expresado a través de la expresión de su rostro, nada que ver con frases cursis o discursos estúpidos. No somos ese tipo de gente.

Yo pasaba horas ante la pantalla y sentía que aprendía mucho y me divertía más de lo que merecía, me gustaba más ver televisión que estudiar, veía televisión sola y con mucha solemnidad. Como había tanta programación en vivo lo que más esperaba era los errores para poder reírme de los presentadores o de los invitados.

A medida que pasa el tiempo siento más pesar por la televisión de ahora y cuando veo un uniforme de colegio siento ganas de vomitar. Los uniformes, las rejas, los coordinadores, las filas y las notas sólo pueden estimular a una persona muy dócil con déficit cognitivo.

Te hice un triste regalo al ofrecerte mi amistad

12 Ene

No estimes tanto mi talento, no aspiro a ser un Goethe, pues las velas resultan pálidas al lado del sol y, aunque no lo creas, no me esfuerzo por remedar a nadie, y a los grandes hombres mucho menos. En cuanto a mi corazón, su conducto es angosto y está embozado, el líquido no sale de él con facilidad, va corriendo arriba y da vueltas como un torbellino… todo él lleno de bajos fondos movedizos, muchos barcos embarcaron en ellos.

Adiós, trata de olvidarme; yo nunca te olvidaré. Te equivocaste al decirme que sólo sentía por ti curiosidad. Hay más, pero tú sólo crees en las cosas cuando son extremas. Adiós otra vez. Siempre que necesites algo me encontrarás.

Gustave Flaubert, a Louise Colet

La carta de amor que a cualquier mujer le gustaría recibir

11 Ene

¡Qué hermosos son los versos que me envías! Su ritmo es dulce como la caricia de tu voz cuando incluyes mi nombre en tu tierno balbuceo. Perdóname si me parecen los más bellos de todos cuantos has escrito. No es amor propio lo que he sentido al pensar que estaban hechos para mí, no, es amor, es ternura. ¿Sabes que tus brazos de sirena hechizarían al más duro? Sí, hermosa mía, me has apresado con tu encanto, me has empapado con tu sustancia. ¡Oh!, si he podido parecerte frío, si mis sátiras son rudas y te hieren, quiero, cuando vuelva a verte, rodearte de amor, de voluptuosidad, de embriaguez; quiere colmarte con todas las felicidades de la carne, hasta cansarte, hasta hacerte morir. Quiero que te asombres de mí y que, en tu interior, te confieses que ni siquiera habías soñado que existiesen semejantes arrebatos. Yo he sido feliz y deseo que tú lo seas también. Quiero que, cuando llegues a vieja, recuerdes estas pocas horas, y que tus huesos ya resecos, se estremezcan de gozo al recordarlas.

Flaubert, a Louise Colet

Un canto a la limpieza

7 Ene

Nací con el gen de la mujer ordenada y limpia. Cuando era niña descubrí el placer de organizar, de transformar el caos en orden, como un dios; ver algo sucio convertido en algo limpio, eso me emocionaba. Era un placer inocente, jugaba muy seria a organizar la casa, no la casa de las muñecas estúpidas sino la casa en la que vivía con mi familia de carne y hueso, gente real. Pudimos haber tenido una sirvienta, claro, pero en mi casa no gozamos el placer de la servidumbre, no gozamos viendo a otro ser humano de rodillas limpiando nuestra inmundicia, la limpiábamos nosotros mismos, como gente civilizada y noble.

Nunca me he divertido con juguetes para niños, siempre me ha gustado divertirme a costa de la gente o jugando con un gato o con un perro. Cuando era niña tenía mi gato negro y mi perro criollo, ahora salimos al parque con Andrés a buscar perros sin amo para jugar y caminamos buscando gatos de antejardín o de calle para consentir. Tener mascota en estos tiempos de soledad y miseria existencial es un acto vil. La humanización de los animales es peor que la animalización de los humanos.

El olor a limpio me entusiasma y ver el agua muy sucia y luego muy limpia me produce tanto placer como caminar o ver una película. Sospecho que esos placeres los goza más intensamente una mujer que un hombre porque la mujer durante siglos ha sido entrenada para asear la casa, para organizar el hogar, para sentirse plena realizando tareas innobles, para ser una buena mujer, una buena ama de casa.

Yo lo vivo como un juego que disfruto con cierta frecuencia y cuando estoy de rodillas ante la mancha que no afloja siempre pienso en las mujeres que son sólo amas de casa y para quienes su única función en la vida es ser sólo eso. Ese pensamiento me hace sentir triste por ellas y feliz por mí: puedo “rebajarme” haciendo un supuesto trabajo vil que disfruto como un juego y mientras lo realizo pienso en lo que he leído y en lo que he escrito. Y me siento bien: puedo escribir sobre lo divertido que es asear la casa.

Combo de Año Nuevo

1 Ene

Anoche fue 31 de diciembre y -como siempre- estuve compartiendo en familia. En un momento pasé a revisar mi cuenta de Twitter y uno de mis tantos detectives no remunerados y no convocados compartió esta imagen a través de un mensaje privado conmigo. La vi, me impactó y como no me la puedo sacar de la mente la quise compartir con ustedes porque si no escribo lo que pienso de la bendita foto me gano un dolor de estómago y -ya saben- lo que más amo y cuido es mi salud.

En la imagen aparecen en pose informal y descomplicada Javier Moreno, Alejandro Gaviria, Katherine Ríos y Jorge Orlando Melo. La niña alzada es la hija de Javier Moreno, creo. Hay un ministro y un gran intelectual, un hombre joven que presume con su combo de Año Nuevo (gente importante) y una joven esposa de un hombre muy culto pero muy viejo que no me deja dormir en paz desde hace varias noches.

Yo admiraba a Jorge Orlando Melo por sus reflexiones sobre la lectura y porque fue director de la biblioteca Luis Angel Arango. Vine a ver fotos suyas en las redes sociales, lo leía desde hace mucho tiempo sin interesarme en ver su cara, sólo lo pensaba como intelectual, como un gran intelectual colombiano. Viendo sus fotografías, enterándome de su vida privada a través de la redes sociales, vuelve a mi mente la frase triste que dice: “si te gusta el libro no conozcas al autor”. Las redes sociales echan a perder la imagen que teníamos de las personas ilustres, de los autores que nos conmovieron con sus ideas. Para mí es una gran pérdida, no lo puedo negar.

Desde cuando supe que Jorge Orlando Melo es el esposo que Katherine Ríos, la geógrafa de la Universidad Nacional que nunca ejerció, una especie de secretaria del Maestro, la encargada de organizar su obra en una página web; cuando vi que él puede ser cuarenta o más años mayor que ella, no dejo de pensar en los dos como pareja, en su séquito de admiradores que hacen todo lo posible por posicionar a Katherine Ríos como una mujer con méritos intelectuales sólo por ser la esposa de Jorge Orlando Melo. Cuando noto que nadie cuestiona que él podría ser el abuelo de ella me vuelve a fastidiar la condición humana porque es vil, despreciable, interesada, zalamera, disimulada y arrodillada ante el poder, ante la imagen que representa la gente importante, es casi como si el viejo tuviera derecho a su niña sólo porque es Jorge Orlando Melo, un gran intelectual. Para mí eso es simplemente asqueroso, más cuando es consentido y casi aplaudido por su club de fans en Twitter (sin nombrarlo a él, claro).

¿Qué hace él con esa mujer tan joven? ¿qué hace ella con ese hombre tan viejo? ¿qué piensan los fans de la pareja que hablan de temas serios como si no fuera serio pensar en la pareja dispareja? Todos callan, estoy intrigada y admirada, casi desconcertada.

Los comentarios a la fotografía también fastidian mucho, Javier Moreno es digno de  la envidia de su público -que quisiera estar allá en vez de él y posando para la foto, claro-  y con ese propósito publicó la fotografía. Es un juego, una exhibición. Si no hay registro fotográfico el encuentro es irrelevante, se puede decir que no existió. Esto lo veíamos en Facebook, las fiestas de los muchachos jóvenes presumiendo con su trago barato. Ahora vemos a las figuras públicas de renombre representando el mismo papel. ¿A dónde hemos llegado?

Imagen