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Contra la reproducción

10 Nov

Nací dotada de una inteligencia superior a la de cualquier miembro de mi familia. Cuando tuve conciencia de mis dotes miré a mi alrededor y me pregunté estupefacta: ¿qué hago yo aquí? ¿quiénes son ellos?

Me sentía como si me hubieran abandonado en un país extraño, desarrollé una mezcla de compasión y asco por la humanidad y lo peor de todo es que yo formaba parte de esto, tenía que mezclarme con la podredumbre llamada gente y pensarlos como mi prójimo.  No fue fácil el comienzo, debo reconocerlo. Ahora vivo en estado de resignación.

La primera decisión que tomé en la vida sin haber leído ningún libro y sin haber hablado con ningún sabio fue: la vida no vale la pena. No me voy a reproducir como todos los demás.

Empecé a leer siendo muy joven y descubrí que los autores que más admiraba también despreciaban la multiplicación de los seres. Supe que era un mamífero cuando vi los perros con los ojos desorbitados por su perra y sentí asco. Supe que las mujeres no pueden ponerse en el nivel de las cerdas y las burras porque tienen cerebro y conciencia y  porque un embarazo es un desgaste innecesario de energía, un riesgo para la salud. Y los hijos una inversión económica tirada a la basura.

Al ver el tipo de hija que era yo, los pensamientos que se cruzaban por mi mente, supe que jamás tendría un hijo porque ese pobre ser no me daría la talla, no me merecería. Sin contar con que como mamífero, al haberme “realizado como madre” me hubiera convertido en una idiota más, porque así de “sabia” es la naturaleza y así de triste es la vida.

Además la genética es caprichosa y no vale la pena arriesgarse.

Millones de imbéciles se reproducen desde el comienzo de los tiempos justificando su acto perverso con ideas altruistas del tipo: quiero formar ciudadanos de bien, qué bonito es dar ejemplo, es maravilloso ver crecer a un niño indefenso, este es mi legado, mi apellido, mi herencia, la huella de mi paso por la vida…

Ningún ser humano pidió ser tirado a este mundo miserable y sin embargo este acto tonto se ha realizado de manera automática y no parará hasta cuando la Tierra explote o hasta cuando se cumpla el sueño postapocalíptico que ha presentado el cine y la literatura pero que casi nadie se toma en serio porque todavía sienten que vendrán tiempos mejores y no vale la pena estresarse pensando en tonterías sin importancia. La raza superior justificará su tontería diciendo que esperaban la venida gloriosa de su Salvador o de un ser de otra galaxia y hasta el final dirán que los hijos son la alegría del hogar y que se ven primorosos en sus perfiles de Facebook y de Twitter en compañía de sus padres. Hasta el último día los exhibirán como su gran obra de arte.

De entrada no creo en la humanidad, en su bondad ni en su altruismo, creo que la mayor parte de los seres humanos no saben que son un animal y como no lo saben no se asumen como tal, sienten que nacieron con alma, que fueron creados por un ser superior, que tienen una misión y que los hijos son el fruto del amor y una bendición, un regalo de su creador, de su dios.